El olivo, o el valor de las personas

La última película de Icíar Bollaín, El olivo, con guión de Paul Laverty, podría haberse inspirado en el bueno de Saramago, en su Caverna, en el grito de un viejo agricultor ante un mundo que arrasa con todo: con la tierra, a quién él está pegado; con la ética, con el precio de las cosas, tan tentador, tan codiciado, tan deslumbrante, mentiroso y poderoso como para seducir a las personas. “Yo no tengo precio”, grita en un momento el anciano que con los años ha dejado de hablar. La cinta, exquisita, es una reflexión de un amor puro (el de una nieta por su abuelo -y aquí uno podría pensar en la Sonrisa etrusca, de Sampedro) con el trasfondo de la corrupción, la incomunicación, la capacidad de contar, la soledad y las ganas de cambiar el mundo.

De alguna forma, El olivo es una magistral manera de ver a la directora en sus temas de sus anteriores trabajos: Hola, ¿estás sola?; en la Batalla del agua; en Te doy mis ojos… Bollaín y lo más hondo del ser humano.

En breve, entrevista con su directora.

 

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