Cien años de mujeres sin ojos

Poder hablar de Cien años de soledad es ya de por sí un placer, una invitación a soñar, a sentir el hielo en el Caribe, trasportarse y entrar en una dimensión suprema. En el 50 cumpleaños de la publicación del libro (@libros.com y la Universidad Rey Juan Carlos), me han pedido cómo ve y pinta el genio García Márquez a las mujeres. La respuesta es difícil, porque en este gran viaje no hay una, sino cerca de una veintena de féminas que durante el macondiano siglo son un pilar fundamental para que transcurra la historia. Las hay fuertes y prácticas, como la matriarca Úrsula Iguarán; modernas como Amaranta Ürsula; monjas (Meme), vírgenes, niñas bellísimas (sic), prostitutas, como Pilar Ternera; cometierras como Rebeca Buendía… mujeres fascinantes y muy diversas, como la novela.

¿Pero, qué qué tienen en común? Dos cosas, me atrevo a afirmar. Una, están supeditadas a la historia de los hombres, y dos, no tienen ojos, porque no ven, o quizás más acertado sería decir, no sienten. Me atrevería a sugerir que al autor cartagenero se le olvidó en sus fantásticas descripciones apuntar que ellas son ciegas por algún misterioso motivo. Igual que por un mágico suceder damos por válido que los hijos del incesto nacen con cola de cerdo. Les ocurren cosas, muchas, muchísimas y extravagantes y nos las creemos, pero narradas desde la óptica de los vencedores, los que hacen guerras, los hombres que marcan el destino de esos Cien años de soledad. 

Y sí, a algunas de ellas les gusta el sexo, o más bien diría que lo practican, o peor, son forzadas. Hay también profesionales. Hay para todos los gustos en tan extraordinario siglo. Pero quisiera ver a mujeres con los ojos y piel necesaria para sentir los orgasmos (como ellos, que los anhelan y uno siente que se suben por las paredes hirviendo de deseo). Ellas no tienen ojos ni piel para querer cabalgar sobre un hombre y saber qué es el placer.  Todo lo contrario. Hasta la tenaz Úrsula:

“Temiendo que el corpulento y voluntarioso marido la violara dormida, Úrsula se ponía antes de acostarse un pantalón rudimentario que su madre le fabricó con lona de velero y reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que se cerraba por delante con una gruesa hebilla de hierro”.

Son mujeres relegadas a hacer la casa, lo íntimo y ¡no se hartan!. No odian planchar, ni la obligación diaria de vestir a sus hijos, darles de comer y ocuparse del campo. Porque a ellos les vemos distraídos, en sus cosas (que puede ser la nada) o sus grandes epopeyas, el propio transcurrir del libro. Y sigo con la matriarca, la más fuerte y presente en la novela.

“Fue esa la época en que [José Arcadio Buendía] adquirió el hábito de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena”. 

O. 

“Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sinencalar, los rúsiticos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios”…

Las violan y allí no pasa nada. Las mujeres sin ojos no sufren. Es un hecho. Y así sabemos de Pilar Ternera:

“Se llamaba Pilar Ternera. Habían formado parte del éxodo que culminó con la fundación de Macondo, arrastrada por su familia para separarla del hombre que la violó a los catorce años y siguió amándola hasta los veintidós, pero que nunca se decidió a hacer pública la situación porque era un hombre ajeno”. (Pobrecito, diría yo)

Ni cuando ascienden a los cielos se percatan. Los hechos pasan por ellas. Así muere Remedios la bella.

“Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”

¿Machismo en unas mujeres supeditadas al destino del hombre? Sí, como el de la época. Pero especialmente porque no hay una perspectiva de género, que no es otra cosa que contar las historias desde la mirada de las mujeres. El otro día en un texto periodístico sobre las mujeres y la guerra explicaba con un ejemplo en qué consiste esa mirada. Y voy a Colombia, como periodista, como buscadora de historias, que es algo que hace también un literato. Así se explica qué es la perspectiva de género en la guerra, hoy, en 2017. Si entre el 51 y 52% de los 6,5 millones de desplazados por el conflicto son mujeres, mujeres sin sus esposos -que están muertos o desaparecidos-; mujeres pobres; mujeres que tienen a sus hijos en alguno de los bandos o incluso en bandos contrarios; mujeres que viven con la carga de hijas violadas por los actores armados; mujeres que sostienen a sus familias; mujeres (y duele la reiteración) que han sufrido hasta dos y tres desplazamientos y que los lugares donde se asientan siguen sufriendo la violencia física y económica…, y no lo vemos, ¿qué país estamos contando? ¿Qué país contaba Gabo?

Pero bien, García Márquez en Cien años de soledad es un literato que decimos bebe de la observación miope, matizo. Y demos por válido el contexto en el que lo cuenta, los años 60.  Asumamos que nadie pasaría el filtro del feminismo. ¿Dónde quedaría Nabokov y su Lolita?, por citar un ejemplo. Y pasan los años, cuatro décadas, y ¿qué decimos de Historia de mis putas tristes, también de García Márquez.

“El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”, hasta el final: “Ay, mi sabio triste (…) Esa pobre criatura está lela de amor por ti”.

Bien, dejemos la corrección política en las artes. Volvamos al periodismo, a lo una autobiografía, que sería algo parecido a una crónica de un grande, Pablo Neruda. Hace poco señalaba  la sorpresa que me supuso releer Confieso que he vivido, un perfecto ejemplo de cómo normalizamos el machismo y la violencia contra las mujeres. En la primera lectura no lo vi el abuso. Confieso mi miopía.

“Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.

Ella pasaba sin oír ni mirar. 

Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

Como periodistas sí tenemos una responsabilidad en empezar a hacer las cosas bien. Nos toca desaprender. A todos y todas. Porque si yo fuese redactora jefe de un medio y un reportero me cuenta una historia que solo representan al 50% de las voces, lo daría por inválido. Si solo me contase la voz de los ganadores, le diría qué dónde está su instinto y olfato.

Y caemos en el tópico y nos empeñamos en seguir viendo el mundo solo con unos ojos. En El mundo árabo-islámico como ellas no lo contaron, de Carmen Valiña, se plantea cómo las grandes corresponsales españolas no han relatado los conflictos de un modo muy distinto al de sus colegas. “Es casi imposible distinguirlo del de sus colegas masculinos. Desde la adopción sistemática del punto de vista oficial en Occidente hasta la tendencia a ningunear a los seres de carne y hueso que viven en esa región, pasando por la confusión entre la religión musulmana y las acciones deleznables de algunos grupos que le hacen interpretaciones fundamentalistas, el género del informador parece influir muy poco”, señalaba Javier Valenzuela, en una reseña del libro. “No han contado el formidable esfuerzo de millones de mujeres desde el Atlántico al Índico para ir accediendo a los estudios y los trabajos, ni sus nuevos planteamientos en la vida familiar, con voluntad de tener menos hijos y más presencia en la vida laboral, civil y política”.

La buena noticia ahora es verlo y empezar a corregir la historia, porque la “verdadera historia está con las víctimas”, como dice Luz Marina Bernal, lideresa de las Madres de Soacha. Y debemos tomar posición y contar las guerras, si hablamos de conflictos, con los ojos de todos, también de las mujeres. ¿Hasta dónde? Yo diría que hasta que

“No estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara náuseas, que lograra que la sola idea de la guerra diera asco. Que pareciera de locos. Que hiciera vomitar a los generales”

 

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