¿Esclavos de las máquinas?

“El peligro del pasado era que los hombres fueran esclavos. Pero el peligro del futuro es que los hombres se conviertan en robots”. “Hemos convertido las máquinas en dioses, y nos hemos vuelto divinos sirviendo a las máquinas”, Erich Fromm, psicólogo social 

¿Nos robarán los robots el trabajo? ¿Habrá que pedir que tributen y compensen así la eliminación de empleos y contribuyan a pagar nuestras pensiones? En un mundo cada vez más tecnológico, se replantean los patrones del empleo, el ocio, el consumo y la demanda.

Lula Gómez.- En el Metro de Madrid ya no hay forma humana de comprar un billete; unas máquinas expiden los billetes. En las gasolineras no hacen falta dependientes; los surtidores lo hacen todo; también cobran. Google translator traduce a cientos de idiomas en cuestión de un clic gratis y cada vez mejor. Sobrevolar países e incluso bombardearlos es posible desde un dron; adiós a los pilotos, copilotos y demás tripulación… Los coches ya no necesitan conductores… se valen de su inteligencia, que además podría llegar a fallar menos que la humana, dicen. Y Amazon ya ha abierto en Seattle la primera tienda física donde no hay cajas para cobrar. En sus establecimientos, uno entra, elige y se va y Just Eat ya entrega pedidos mediante robots que van solos por la calle. Todo esto no es ciencia ficción, ocurre hoy, mientras usted lee esta revista parece imparable.

La robotización del empleo implica muchos cambios, buenos y malos, como todo en la vida, pero el más evidente es la necesidad de adaptar el mercado laboral a un nuevo paradigma porque al igual que el trabajo de los serenos es ya historia, muchos de nuestros oficios serán automatizados.

En el encuentro del Foro Económico Mundial de Davos de 2016, reunión poco sospechosa por sus tintes marxistas o revolucionarias, uno de los grandes temas entre los directivos allí congregados fue el cada vez más importante papel de las máquinas. Y el asunto no era lo muy ventajosa productividad que viven los negocios al introducir máquinas que no se cansan ni tienen derechos sociales, sino la destrucción del empleo que suponen, muy por encima, señalaban, de la globalización o liberación de mercados. El debate es amplio y toca muchos palos porque transforma el mundo en cuanto al reparto del trabajo, su remuneración, el ocio, la oferta, la demanda y hasta conceptos más espirituales como el sentido de la vida y la felicidad. “Los nuevos patrones de consumo, producción y empleo que se presentan plantean desafíos importantes que requieren de una adaptación proactiva por parte de las empresas, gobiernos y individuos. Porque a la vez que se produce esta revolución tecnológica, concurren una serie de factores socioeconómicos, geopolíticos y demográficos que interactúan entre sí e intensifican el cambio. Y mientras las industrias se ajustan a la nueva realidad, la mayoría de los trabajos están sufriendo una importante transformación”, rezaba el documento titulado The future of Jobs de hace menos de un año del World Economic Forum. Las incertidumbres son muchas: “Se presenta un futuro color de rosa en el que las máquinas se ocuparán de hacer múltiples trabajos y la gente tendrá más tiempo para consumir bienes y servicios, incrementando la demanda en la economía, sin tener en consideración lo que se pregunta Martin Ford, el autor de Rise of the robots: “en un mundo con menos empleos, ¿quién tendrá los ingresos y la confianza para comprar los productos y servicios producidos por el sistema económico? ¿De dónde vendrá la demanda?” El futuro estaría marcado por una robotización con desempleo masivo y deflación, escribía el pensador Mariano Aguirre en la revista es.global.es

Pero el cambio producido por la dicotomía máquinas y trabajo no es nuevo. Lo sorprendente ahora es la velocidad con la que se está implementando. Un informe de McKinsey Global Institute asegura que la transformación de la sociedad gracias a la Inteligencia Artificial ocurrirá “diez veces más rápido y a 300 veces la escala, o tendrá aproximadamente 3.000 veces el impacto que tuvo la revolución industrial”. Y el tiempo, en esta ocasión, juega en contra de los trabajadores, que deben competir con robots que trabajan más rápido y con más eficiencia. Valga un dato: en 1960 la compañía más productiva era General Motors, con unos beneficios anuales de 7.600 millones de dólares y 600.000 empleados. Hoy, Apple genera 89.000 millones de dólares y emplea tan solo a 92.000 trabajadores.

¿Adiós al 50% del trabajo?

El cambio o fractura, para los más fatalistas, es de vértigo y en el pasado foro de Davos se estimaba que en los próximos cinco años las distintas tecnologías (inteligencia artificial, robots, realidad virtual, impresoras 3D y big data) supondrán la pérdida de siete millones de puestos de trabajo en el todo el planeta. Otro reconocido trabajo, El futuro del empleo: ¿cómo son de susceptibles los trabajos a la computarización?, publicado el pasado septiembre por Oxford Martin School hablaba de que hasta un 47% de los puestos de trabajo en Estados Unidos estarían en riesgo de desaparecer en los próximos 20 años. Es decir, ¡casi la mitad!. Los oficios relacionados con logística, transporte y administrativos serían, según los expertos, los primeros en ser reemplazados.

Y ese porcentaje, según los estudiosos, se elevaría hasta el 56% de media en las economías desarrolladas del selecto club de la OCDE e incluso alcanzaría un 77% en China y un 85% en Etiopía. En España, las proyecciones de la OCDE afirman que el 12% del empleo estaría en riesgo de ser automatizado. Pero ojo, de este total, advierte la organización, el 50% de los trabajadores con estudios inferiores a la Educación Segundaría serían los primeros en ser sustituidos por productivas máquinas. Seríamos, tras Austria y Alemania, el tercer país europeo más afectado por este fenómeno. Porque para estar dentro del club de los digitalizados, se calcula que deberíamos invertir un 3% del PIB en Tecnologías de la Información. Y aunque en infraestructuras somos un país avanzado, estamos lejos de estar en la avanzadilla de esa transformación digital. Un estudio de UGT de julio de 2015 señalaba que casi 7,5 millones de españoles nunca habían entrado en Internet y 4,1 millones de viviendas no tenían acceso a la red.

“Las máquinas ya no solo realizan tareas repetitivas y rutinarias, sino que cada vez son más capaces de realizar cosas que antes se nos antojaban imposibles como conducir vehículos, diagnosticar enfermedades u ofrecer asesoría financiera”, señalaba McAfee, investigador del MIT y autor del libro La segunda era de las máquinas (2014). Incidía en lo que tres años antes avanzaba, junto a Erik Brynjolfsson, en La carrera contra las máquinas: “La raíz de nuestros problemas no es que estamos en una gran recesión, o un gran estancamiento, sino más bien en las primeras etapas de una gran reestructuración. Nuestras tecnologías están avanzando, pero muchas de nuestras habilidades y organizaciones están rezagadas. Por lo tanto, es urgente que entendamos estos fenómenos, discutamos sus implicaciones y presentemos estrategias que permitan a los trabajadores humanos avanzar con las máquinas en vez de competir contra ellas”.

Pero mientras discutimos, las máquinas empiezan a cuidar ya a nuestros enfermos. En Japón, desde hace años existe un prototipo de 2,5 kilos y forma de bebé foca que percibe el comportamiento de los mayores y actúa según se comporten con él. Cuánto más cariño, más carantoñas. “De lo que no se habla es de la compleja situación de la que partimos y de cómo nuestra sociedad va a soportar la destrucción del empleo que provoca la robótica con el paro estructural que ya tenemos. No podemos oponernos al futuro, pero falta elaborar un ideario y una cultura para saber contrarrestar la nueva situación”, apunta Gonzalo Pino, Secretario de Políticas Sindicales de UGT. Para él, uno de los problemas que no abordamos es la velocidad de esta nueva revolución de las máquinas. “No hay tiempo. Y además, no tenemos la formación necesaria. Por eso hay que atender la exclusión que van a vivir una serie de trabajadores sin acceso al trabajo”, señala ante un porvenir muy complicado para quienes sean despedidos, no se adapten y aprendan las nuevas habilidades requeridas en un mundo más globalizado, con menos empleo fijo y automatizado.

Para su sindicato, la solución se fundamenta en dos pilares: educación e impuestos a los robots.  Argumentan que si la empresa gana más gracias a unas máquinas que incrementan la productividad y beneficios de la empresa, las nuevas tecnologías deben cotizar y así sostener el Estado de bienestar. Se trataría, según UGT, de “redistribuir” los beneficios que representa el incremento en productividad y el recorte de la mano de obra. Lo que no está claro, al igual que otras muchas cuestiones relacionadas con el papel de los sindicatos en un mundo donde se va hacia el empleo autónomo y descentralizado, es cómo se calcularían esas cotizaciones: ¿se tendrá en cuenta la productividad del robot?, ¿cómo se contabilizarán las horas invertidas en su mantenimiento? ¿pagarían igual los dispositivos más inteligentes…?

En su contra, gran parte del sector empresarial mantiene que ese gravamen supondría más cargas al empresario y la posible salida de compañías a espacios donde fueran mejor tratadas. Dicen que más impuestos es reaccionario y solo son cortapisas al progreso.

Elena Pisonero, presidenta de Hispasat y estudiosa del tema desde hace años, es más partidaria de crear una renta universal para apoyar a quiénes más sufran la brecha digital. Sería para ella, un reconocimiento de cierto fracaso del sistema, pero un paliativo a la tensión social que provocan la brecha digital.

Se busca pensamiento crítico y creatividad

Pero no todo es negro y la mecanización abre la puerta también a oportunidades: nuevos oficios y formas de trabajar. Nos ocuparemos, por ejemplo, en nuevos oficios. La ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, decía hace poco que ocho de cada diez jóvenes que están estudiando ahora se desempeñarán en funciones o puestos que no existen hoy. Es decir, las nuevas tecnologías también crearán empleo, pero distinto, claro. “Según la Comisión Europea, en un futuro próximo, el 90% de los puestos de trabajo requerirán el desarrollo de habilidades digitales, por lo que las políticas de formación y recualificación de la mano de obra adquieren mayor trascendencia para prepararse a los nuevos tiempos. Y esa realidad contrasta con los problemas que tienen las empresas para encontrar expertos con competencias digitales. La cultura y la forma de trabajo es esencial para conseguir la transformación necesaria. En cuanto al nuevo trabajador, el marco de relaciones en que se mueva la empresa y trabajador será mucho más flexible”, apunta Almudena Semur, gerente del Instituto de Estudios Económicos. Para Elena Pisonero, no hay opción y la solución pasa por repensar el sistema. “Podríamos optar por frenar el progreso y que fueran las personas que tirasen de las máquinas –ironiza-, pero debemos tener la capacidad de imaginar otros mundos en donde se mejora la productividad y se trabaja mejor. Y sí, es cierto, se requieren nuevas habilidades. Se trata de ofrecer conocimiento, aportaciones de valor y no horas y jornadas. Eso ha pasado a la historia”, señala sin miedo a las máquinas y a que la cuide un robot.

Los expertos coinciden en que nuestras universidades siguen formando de una manera caduca y que la educación del futuro debe estar más orientada a la realidad práctica, fomentar el trabajo en equipo y entrenar a los jóvenes para que sepan superar los cambiantes retos a los que nos enfrentaremos en asuntos como el envejecimiento de la sociedad, la escasez energética o el cambio climático. Para World Economic Forum, las tres habilidades clave para encontrar un trabajo en 2020 serán la capacidad de resolver problemas complejos, el pensamiento crítico y la creatividad.

Eso sí, quedarán unos muchos descolgados, tanto individuos, como países. Según un análisis de Roland Berger para la Fundación Siemens, el nivel de preparación es muy desigual, tanto desde un punto de vista sectorial, como en las diversas variables macroeconómicas y sociales con relación a la penetración de la digitalización. Según sus datos, España estaría en el conjunto mundial en un puesto 45. “La posición de partida no es, por tanto, ideal, pero si algo han demostrado las tecnologías digitales es que dan oportunidades a todos. Esta Revolución es, posiblemente, la que menos masa crítica y peso histórico requiera para ponerse en marcha. Requiere tan solo apoyarse en la infraestructura existente y ser capaz de aprovechar los cambios y las oportunidades que ofrece. Lograrlo necesita de un compromiso por parte de todos los agentes implicados (empresas, organismos de investigación, Administración Pública, usuarios….) y un liderazgo decidido del    sector empresarial, quien debe incorporar, en primer lugar, el significado de esta Revolución”, recoge la revista Revolución digital, editada por el Instituto de Estudios Económicos hace menos de un año. Pisonero, defensora a ultranza de lo digital, apuntilla que “en el nuevo paradigma, hoy, para un ciudadano indio es más fácil y útil ser programador que estudiar filología inglesa”.

Porque sí, la diferencia entre los alfabetos y analfabetos digitales dividirá el mundo, más aldea global que nunca y con unas fronteras poco definidas para el mercado laboral. Y la brecha se verá en cómo abordan los países la organización del trabajo, las inversiones privadas y públicas por la automatización y la diferencia en la educación de los trabajadores. El peligro es que la minoría más rica de la sociedad aumentará su poder tecnológico y financiero, un desajuste que debe pensarse socialmente porque al tiempo, África subsahariana atraviesa continentes en busca de agua y en Albacete muere gente por frío en invierno.

Otras brechas: entre el futuro y la realidad

Entonces, como en los libros y películas de ficción, ¿se acaba todo y los robots por fin acabarán sustituyéndonos? Aunque resulta imposible negar su presencia y la vertiginosa rapidez con que las tecnologías de la información se han implementado, las cifras –señalan los más escépticos- deben interpretarse con cautela. Para empezar, todavía hay una brecha entre las capacidades tecnológicas y su utilización real, lo que podría conducir a una sobrestimación de la automatización del trabajo. En segundo lugar, el efecto sobre las perspectivas de empleo depende de que los lugares de trabajo se adapten a una nueva división del trabajo y de que los trabajadores puedan realizar tareas complementarias o nuevas.

Dentro de esas nuevas se encuentra la Inteligencia Artificial, no exenta de otros múltiples debates, como el de la privacidad de los datos, que ya están reportando beneficios. Los de la Inteligencia Artificial podrían ser enormes: un estudio reciente realizado por Merrill Lynch estima que estas tecnologías aportarán 200.000 millones de dólares en eficiencias de coste a nivel mundial. Para algunos, este progreso puede ejercer efectos positivos sobre el trabajador, ya que aumentaría la demanda de mano de obra. Pero de nuevo se repetiría el esquema, los beneficios serán para los empleados capacitados para esta revolución, los formados. De ahí la necesidad de paliar las desigualdades y requisitos de formación derivados del cambio tecnológico en lugar de la amenaza general de desempleo.

Superado ese gap solidario, mucho más serio que el tecnológico, el futuro sí podría ser interesante. FIN

(Publicado originalmente en Tintalibre, julio de 2017)

 

 

 

 

 

 

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