Qué pena, qué pene: una guía a favor del lenguaje inclusivo

Libros Catarata lanza ‘Ni por favor ni por favora’, una guía para hablar en inclusivo. Lo escribe María Martín, que pide que se adapte el lenguaje para el 100% de sus hablantes. Esgrime, entre otros motivos, estos dos: que la lengua no muera y por justicia social. Ay, qué pena, penita, pene.

María Martín, abogada, impenitente y feminista (entre otros títulos), argumenta con absoluta contundencia en Ni por favor ni por favora, editado con Catarata, lo necesario que resulta que adaptemos el lenguaje. Lo hace abrazándose a importantes razones de peso: lingüísticas, a pesar de lo mucho que nos han advertido de la imperiosa necesidad de ahorrar vocablos o de la apocalíptica destrucción de su cuerpo, la lengua, si las feministas seguimos insistiendo en esa manía de estar, y por justicia social. Y es que, al fin y al cabo, el idioma lo hablamos las mujeres en un porcentaje de como mínimo el 50%. Además, si sigue anclado en el pasado, morirá por caduco, advierte. Tres estomagantes motivos para las autoridades lingüísticas, advertidas desde las primeras páginas de que el libro, escrito íntegramente en inclusivo, puede afectar gravemente a su verdad.

La publicación, que se define como una guía para hablar para todas y todos sin que se note demasiado, analiza las trampas del lenguaje por las que los señoros y machirulos (*) y sus argumentos siempre han ganado. No es retórica. “La jerarquización del masculino sobre el femenino corresponde a una visión del mundo del siglo XVIII, y la gramática que cristaliza esa jerarquización en el lenguaje, también. La Academia que fija la norma solo ha tenido 11 mujeres en 500 años de historia. Hasta 2013 no ha tenido a una mujer dirigiendo una de las academias. Solo tres hasta 2019…”, apunta la escritora.

Porque la lengua, por sí misma, no es sexista, señala María Martín, pero sí quienes dan cuerpo a la gramática, la sintaxis y deciden qué palabras se definen y cuáles no. Pero analicemos algunos de los grandes axiomas de los fundamentalistas del lenguaje. El primer mantra asevera que el masculino es genérico. “Si niño es genérico y designa al niño y a la niña, ¿por qué se sintió la necesidad de crear la palabra niña? Y una vez creada la palabra niña, ¿por qué los niños no se sintieron identificados con ella?”, lanza la autora, que defiende que el lenguaje es además político. (Ay, ¡igual que lo personal!: va a ser que esto del feminismo debe de ser transversal).

De ahí que ella hable de un masculino excluyente. La razón es fácil: provoca la invisibilización del 50% del total. “Es redundante lo que se nombra dos veces. Un niño y una niña no son lo mismo. Porque si fueran lo mismo, la propia existencia de las dos palabras sería redundante”, afirma. Bajo esa pauta, las mujeres nos encontramos con que debemos aprender nuestra identidad sociolingüística para renunciar inmediatamente a ella y permanecer toda la vida frente a una ambigüedad de expresión a la que terminamos acostumbrándonos con el sentimiento de que ocupamos un lugar provisional en el idioma, explica la abogada Martín.

Pero no se preocupen, angustiados -por mantener la pureza de la lengua- y acelerados -por esa repentina manía de economizar los vocablos-, no hace falta llenar los textos de carniceros y carniceras, españolas y españoles y enfermos y enfermas. Hay soluciones mucho más inteligentes. Y sí, a veces habrá que desdoblar, pero otras muchas, muchísimas, se podrá usar un genérico como ciudadanía, alumnado, profesorado, vecindario, población… Otras bastará con utilizar abstractos y hablar de la redacción y no de los redactores, de la legislación y evitar así a los legisladores o del equipo docente para que también haya maestras. Existen también, recuerda la autora, estrategias semánticas, o lo que es lo mismo, darle la vuelta a la tortilla para que nosotras sí estemos. No es difícil. Las mujeres estamos en España si decimos “que la renta per cápita en España es de…”, algo a lo que no llegaremos si seguimos repitiendo que “en España los españoles tiene una renta de…”. Utilizar el impersonal también vale.

Sexo débil y zorras

Más. “La lengua española está herida de sexismo”, afirma la feminista y escritora. Y es que además de esa exclusión, nuestro idioma sitúa lo masculino como superior y universal contra lo anecdótico e invisible. Y por si fuera poco, volvemos a discriminar a ese colectivo de casi la mitad de la población (permítanme el guiño), si analizamos el androcentrismo del diccionario, el orden sintáctico elegido como adecuado o la definición de las palabras. No es un berrinche, no: son hechos. Lo corroboran las entradas del diccionario y que hasta hace un par de años, recuerda Martín, gozar era “disfrutar carnalmente de una mujer” y solo tras mucho exigir se añadió a la definición de “sexo débil” (para referirse a las mujeres) el adjetivo de despectivo. Es que sigue resultando paradójico los distintos significados de zorra y zorro; que sombrero (en su segunda definición) sea una prenda de adorno usada por las mujeres para cubrirse la cabeza y ¡trapo sea una prenda de vestir de mujer! Tampoco sería justo, si seguimos el orden alfabético, tronco de cualquier diccionario, que la colocación de los términos sea primero para los que acaban en “o”, masculina; seguido del que termina en “a”, femenina. Vayan y vean: empedernido/empedernida o huérfano/huérfana; arquitecto/arquitecta.

El machismo con el que nos encontramos en la lengua es también una cuestión de ritmos, argumenta la abogada. No se explica de otra forma la lentitud para adoptar términos como sororidad, una palabra que ya utilizaba el bueno de Unamuno hace casi un siglo en su Tía Tula, 1921. Porque este amor entre hermanas, equivalente a la fraternidad (entre hermanos), ha tenido que esperar hasta 2019 para ser aceptado en la RAE, el mismo año que entraron los memes, los selfis, escraches o viagras. Y aquí es donde Martín señala que, o se incorporan los vocablos que llevamos exigiendo las mujeres desde hace años con una enorme resistencia, términos que reflejan unas realidades concretas, o la lengua muere. “Hay quienes se atrincheran pidiendo que la dejen como está. Quizás han olvidado cómo las lenguas que no se adaptan a las sociedades que las hablan se fosilizan y mueren. Por eso tenemos al español aún vivito y coleando y al latín más tieso que la mojama”, apunta.

Con el sexo hemos topado

Y bajo el título “el misterioso caso de las vaginas mutantes”, la escritora entra en unas hilarantes páginas para hablar de sexo. Provoca risa, sí, pero según la norma, escrita por ellos, el pene y los testículos, por ejemplo, tienen una función; algo de lo que carecen los órganos genitales femeninos. Qué pena, qué pene (bromea Martín), para explicar también los muchos vaivenes académicos que han sufrido los clítores en los últimos años. También perdemos las mujeres y disfrutamos menos -diccionario en mano- ante las felaciones, definidas como la práctica sexual consistente en la estimulación bucal del pene. Nada que ver con la simple y casi quirúrgica “práctica sexual consistente en aplicar la boca a la vulva”, véase cunnilingus. “Un fallito, con elle”, dice la autora, uno entre la legión que recopila en su libro.

Pero no se depriman, hay una excelente noticia en la publicación: hay solución, el lenguaje es una construcción cultural y hacerlo inclusivo “está en la punta de la lengua” (la suya). “Nombrar es un acto creador; no nombrar, de aniquilación”, concluye Martín.

Nota de la periodista. (*) Señoros, sinónimo de machirulos. No está en los diccionarios, pero habla de cierto tipo de hombres de comportamientos sexistas y con una visión del mundo tradicional y patriarcal. Son peligrosos, mandan, actúan bajo estereotipos y se sienten amenazados por el simple hecho de que una mujer sea consciente de sus derechos, y los reclame.

Publicado en https://elasombrario.com/pena-pene-guia-lenguaje-inclusivo/

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