Feministómetro

Sí, ahora hasta los centros comerciales dicen ser feministas, las marcas de camisetas se tornan violetas y las pecheras se han llenado de Fridas Kahlos y eslóganes por los derechos de las mujeres. También los partidos parecen haber oído el grito de las mujeres en las calles por defender la igualdad: a un mismo salario, a vivir libres de violencia, a la paridad, a una investigación en salud, a una visibilización. Es un gusto, el mundo de repente se ha vuelto feminista, pareciese. Pero, ¿será verdaderamente así, cómo medir el compromiso real con la causa de quienes abrazan ahora el feminismo? El problema, es que no tenemos un feministrómetro, es decir, una máquina para medir machismos. Puesto que no contamos con ese contador y seguimos cayendo en las mismas prácticas patriarcales, van una serie de términos y experiencias que hablan de machismos. Haz la prueba, responde el siguiente test y comprueba cuánto pesan los estereotipos o las máximas tantas veces repetidas. Sí, tienes varios “síes” es fácil que te/nos quede todavía por aprender en feminismo y tenga/mos un problema a la hora de pensar, dada la sistematización de un mundo dictado por ellos. Prueba…

  1. A) Desconozco qué quiere decir palabra “señoro”.
  2. B) Desconozco qué quiere decir la palabra sororidad.
  3. C) Sí, creo que las feministas radicales son feminazis.
  4. D) Sí, sostengo que decir piropos a las mujeres por la calle es una galantería.
  5. E) Conjugo el verbo correr de la siguiente manera: yo corro, tu corres, el corre, nosotros corremos, vosotros corréis, ellos corren.
  6. F) Sigues hablando de conciliación y no de corresponsabilidad
  7. G) Comentas: “Si a mi hija o mi mujer le pasara lo de La Manada…”

Y aquí, las respuestas.

1. Para quienes no saben ver todavía a los “señoros” alrededor (cuidado, hay muchos) o ni conocen el concepto, les invito a irse a salir a las calles, es uno de los términos que más nos gustan. No está en los diccionarios, pero habla de “cierto tipo de hombres de comportamientos sexistas y con una visión del mundo tradicional y patriarcal. Son peligrosos, mandan, actúan bajo estereotipos y se sienten amenazados por el simple hecho de que una mujer sea consciente de sus derechos, y los reclame.

2. Sororidad. En la Fundeu lo dan por término válido y explican que es hermandad entre mujeres, lo que fue la fraternidad de la revolución francesa. https://www.fundeu.es/recomendacion/sororidad-termino-valido/En la RAE no está incluida, vaya, como feminista radical, invito a firmar porque exista, https://www.change.org/p/real-academia-española-incluir-la-palabra-sororidad-en-la-rae

3. Ser feminista radical es exactamente igual que defender los derechos humanos de una manera radical, puesto que no se pueden reivindicar a medias tintas.

4. No, los piropos son la práctica machista más comúnmente aceptada y constituyen una falta de respeto. Piropearnos supone cosificarnos y asumir que quien lo lanza tiene el derecho de lanzar y opinar, de dictaminar qué le parece esa mujer que deambula por las calles.

5. Yo, mujer, también aprendí a decir “nosotros corremos”. Las nuevas generaciones son la esperanza. Caí rendida de amor ante la llamada de atención de una maestra a la hija de mis amigos. Cuando le pidieron el verbo ella lo conjugó así: yo corro, tu corres, ella corre, nosotras corremos, vosotras corréis, ellas Corren. La profesora no cabía de gozo, la niña ya piensa diferente. La aplaudo con todas mis fuerzas.

6. La conciliación sigue recayendo sobre las mujeres; la corresponsabilidad sobre el Estado, las empresas, los hombres y las mujeres.

7. ¿De verdad tienen que violar a tu hija para que sientas cercano el terror de ese delito? Las mujeres somos personas, no necesitamos parentescos para que se defiendan los derechos humanos.

Y tras esto, parafraseo a la jueza Gloria Poyatos, que dice que el “machismo es una enfermedad de transmisión cultural cuya vacuna es la educación”. Afortunadamente, como apunta la jurista, se puede curar.  Así que a correr, a por libros. Yo ya corro en femenino y además, invito a la comunidad a enviarnos más propuestas para engordar este necesario feministómetro.

Publicado en Más de la mitad, 20 minutos

“Las niñas necesitan módems”: Laura Jordan

El diario The Guardian la define como un icono del feminismo digital. Cuando le preguntamos, Laura Jordan Bambach encoge los hombros y lo explica por su compromiso por contar las cosas desde la diversidad. Lo lleva haciendo desde hace décadas, cuando empezó a editar una revista diferente para chicas. “Ser reconocida me pone en una situación de responsabilidad. Considero y creo también que debo aprovechar mi voz para cambiar los estereotipos que nos rodean”, explica la publicista a su salida de una charla organizada por el Círculo de Creativos (cDc), de donde se ha despedido con un sonoro “break de rules (rompe las reglas)”.

Porque a ella, comunicadora nata, esa fórmula —en principio sencilla y hasta manida— le ha funcionado. Mirar desde otra perspectiva, la de la diversidad y de los derechos de las mujeres, puede ser esa manera de “salirse de la norma”. “Yo apuesto por trabajos de gente diversa que habla de otras creatividades y que se mete en otras pieles. Y sí, la ausencia de mujeres en la Historia hace que nuestra forma de crear se salga de lo establecido. Es terrible que sólo veamos el mundo con los ojos de quienes siempre mandaron”, relata.

“Lo interesante es alejarse de eso”, señala la directora creativa y socia de una de las agencias más influyentes de Londres, Mr. President. Es una cuestión de justicia, cargada además de pragmatismo, argumenta. Esa mirada fue la culpable de su primer éxito: a principios de los 90, en su lejana Australia, su tierra natal, Laura Jordan lanzó Geekgirl, un cibermagazine hacker para mujeres. Pensar y contar historias con perspectiva de género fue la clave para la publicación geek, es decir, rara, que montó.

Sus promotoras se inspiraban, cuentan, en calcomanías con lemas que decían “Deja tu ponny y coge un ordenador” o “las niñas necesitan módems”. Y así, desde su espacio ciber, entró de lleno a hablar de mujeres y tecnología, de mujeres y ciberarte, de ciberfeminismo, de código, programación y animación. Las protagonistas eran mujeres digitales fuertes (hackers, artistas, poetas, codificadoras…). Se hablaba de otros temas también. Valía el porno, el género, el sexo y hasta la guerra, pero sin pelos en la lengua. Ella cuenta que sentían que “pirateaban la cultura”. De ahí saltó de continente y desde Europa, en Reino Unido, montó la plataforma She Says.

Desde ella impulsa a las mujeres a tomar parte de las carreras digitales. “Damos a las mujeres un espacio para compartir su creatividad. Buscamos romper las barreras y techos de cristal. Repetimos que hay que hacer red y que no estamos allí para hablar de que no estamos en la industria, sino de nuestros puntos de vista”. ¿Por qué no hay mujeres en la cúpula de la industria publicitaria? “Porque nos enseñaron a estar calladas, a no opinar y a complacer”, responde. “Desde la publicidad y la creatividad, tenemos el poder de cambiar la cultura. Si nos ponemos y lo creemos. Debemos posicionarnos y decir basta a que todas las voces sean masculinas y blancas, ya vale de una cultura estándar, una norma que además ya no comunica”.

“¿Quién compraría ahora una publicidad de una lavadora porque esté detrás una señora? No somos objetos”, apuntilla. Para Jordan, el #MeeToo debe dar un paso más allá para transformar desde la diversidad, algo para lo que las empresas “deben ser más valientes”. E insiste en la creatividad porque cree que cuando una idea es realmente buena, deja de ser publicidad y se convierte en cultura, que en el siglo XXI debe ser disruptiva, feminista e inclusiva.

Respecto a las redes sociales, la australiana considera que son una excelente plataforma para romper el espacio que siempre tuvieron acotado el poder. No obstante, avisa de los peros. De Facebook, por ejemplo, con quien colabora, considera que puede ser un gran hermano, que depende de los usuarios y que no podemos olvidar que las plataformas gratuitas hacen su negocio de vender al usuario. “Entonces, piensa lo que haces”, sentencia esta mujer con nombre de película de Tarantino y un Facebook pobre en cuanto a contenidos. No debe de ser su red, parece. FIN.

Publicado en Público

No es no y una violación es una violación

Señoros jueces: voy a consultar simplemente con la RAE por si puede ayudarles a entender qué es una violación. Porque hay algo que todas hemos entendido, y a ustedes parece que les cuesta.

Para ello me acojo a las palabras que recoge la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Navarra, los hechos probados que sufrió una mujer de 18 años por parte de cinco hombres durante la fiesta de San Fermín 2016. La víctima se sintió ‘impresionada y sin capacidad de reacción‘, con ‘un intenso agobio y desasosiego, que le produjo estupor y le hizo adoptar una actitud de sometimiento y pasividad, determinándole a hacer lo que los procesados le decían que hiciera, manteniendo la mayor parte del tiempo los ojos cerrados’. En los vídeos, la joven violada aparece ‘agazapada, acorralada contra la pared por dos de los procesados‘, y expresando ‘gritos que reflejan dolor’.

“Acorralada”. Definición 1: encerrar o meter el ganado en el corral. Definición 2. Encerrar a alguien dentro de estrechos límites, impidiéndole que pueda escapar. Definición 3. Dejar a alguien confundido y sin tener qué responder. Definición 4. Intimidar, acobardar.

“Someter”. Definición 1: sujetar, humillar a una persona, una tropa o una facción.

“Agobio”: sofocación. Angustia.

“Agazapada”. Agacharse como lo hace el gazapo cuando quiere ocultarse de quienes lo persiguen.

Si a esto le sumamos que ella estaba –tal y como recogen los hechos- “sin capacidad de reacción”, “contra la pared”, “con gritos que expresan dolor” y en “situación de sometimiento y sumisión” eso es una violación en toda regla.

Y aquí vuelvo a la RAE:

“Violación”: Tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad o cuando se halla privado de sentido o discernimiento.

Lo terrible de este caso, por el que nos han violado a todas, es que aquí no se ha juzgado a estos hombres que a la fuerza y abusando de su superioridad física y numérica, introducen a una joven en un portal sin su consentimiento. Lo bárbaro es que se la ha juzgado a ella y lo peor, estamos dando carta blanca a los violadores para que sigan utilizando los cuerpos de las mujeres como si fueran propios.

Yo, y todas nosotras, que sí somos manada #NosotrasSomosLaManada no vamos a parar hasta que esto se revierta. Nuestro mensaje para la víctima es: te creemos. No nos importa, como parece que sí a la justicia patriarcal, que no enfatizases el uso de la violencia: estabas sometida, agobiada, aterrada… No hay más que explicar. Qué exquisitas, sus señorías, de repente cogiéndose a la semántica para aducir que solo utilizaste el verbo ‘obligar’ una vez: Nos basta con tu ‘me hicieron algo que yo no quería hacer’.

No vale juzgar a la víctima, no vale perseguirla, no vale espiar sus redes socialespara ver si ella hacía ‘vida normal’ tras tan salvaje atropello, no vale cuestionar si ella estaba borracha. No podemos aceptar volver a tener que escuchar exabruptos como los del magistrado González al escribir que vio en ella vestigios de jolgorio y regocijo. ¿De qué habla? Y más: ¿A quién juzga, a ella o a ellos? ¿Qué ojos hay que poner ante unas bestias que abusan de su fuerza, te roban el móvil, te vejan y graban y difunden el horror?.

  • Señoros: dícese de cierto tipo de hombres de comportamientos sexistas y con una visión del mundo tradicional y patriarcal. Son peligrosos, mandan, actúan bajo estereotipos y se sienten amenazados por el simple hecho de que una mujer sea consciente de sus derechos, y los reclame. (Esta definición todavía no está en el diccionario, pero llegará: se la regalamos a la RAE).

Publicado en 20 minutos, Más de la mitad

‘Sin miedo’, el cine como acción política

Un documental, que empieza con unos personajes en busca de un director, acerca la tragedia de los miles de desaparecidos en Guatemala

“En los documentales son las historias las que se tropiezan contigo”, explica Claudio Zulian (Campodasergo, Italia, 1960), director de la película Sin miedo, una cinta basada en los testimonios de los desaparecidos de la dictadura guatemalteca. En su caso, visitaba el país maya con motivo de una bienal de arte y llegó a ellos por azar, por una amiga que quiso que conociese su historia. Fue así como el documentalista se encontró a los “peticionarios”, un grupo de familias que querían, entre otras cosas, que se cumpliese la ley. Años antes, en 2012, la Corte Interamericana de Derechos Humanos había condenado al Estado de Guatemala por los crímenes cometidos contra su población. Entre las medidas de reparación se encontraba la realización de un documental que contase lo que allí pasó, algo que jamás ocurrió. Ante la inacción, ellos se movieron, hicieran un casting de directores, de guionistas y productoras y se pusieron a la “caza” de un director que contase al mundo que allí, en un país de ocho millones de personas, con 45.000 desaparecidos y 200.000 muertos, se vivió una de las represiones más salvajes de América Latina.

“Especialmente por la historia que reflejo, la de ellos, intenté desde un principio romper con la dinámica tradicional del documental en la que el cineasta dirige y escribe un guión para ir construyendo un relato predefinido. Aquí lo importante era lo que ellos querían, debía narrar lo que les importaba y sentían”, explica Zulian. De ahí que en la cinta se introduzca el dibujo o la fotografía para intentar pensar y reconstruir cómo serían esos hombres y mujeres que ya no están. Por medio de ellas, los familiares –sin un registro gráfico de sus seres queridos- imaginan cómo serían y consiguen, de alguna forma, seguir denunciando y sanar, según explica el cineasta. “Tenían razón ellos. La memoria la construimos con audiovisuales y empezamos a no distinguir qué hemos vivido o qué hemos visto. La película aborda eso y les hace presentes en la acción de sus familiares”, señala Zulian.

Así, a pesar de una Guatemala  lejos de funcionar, donde impera la violencia de una forma extrema –a pesar del fin de la guerra civil- y persiste la corrupción y la impunidad, emociona cuando los protagonistas “eligen” el título de la cinta, Sin miedo, a pesar de las amenazas, del dolor de los muertos y de una actualidad que sigue desgarrando. “La pobreza y la opresión no son un destino. Vamos a seguir luchando porque los volvieron inmortales”, afirman los familiares de esos miles que se llevaron. La cinta se estrena en España en cines el próximo 20 de abril y empieza su periplo por América Latina. En Guatemala hubo en noviembre un pase en la capital en noviembre y empezará a rodar por centros culturales. FIN

Publicado en El País

La publicidad se levanta contra los estereotipos machistas

Preocupada por los muchos estereotipos contra las mujeres que se dan en su sector, la publicidad, Uschi Henkes, presidenta del Círculo de Creativos (CdC) se propuso plantear un cambio. Escuchó propuestas, que si una web a modo de tutorial, que si un manual de buenas prácticas para profesionales, que si una app con instrucciones… Ninguna le convenció: Henkes, la primera presidenta de este selectivo club, no quiso plantear una iniciativa elaborada de arriba a abajo e unidireccional y prefirió escuchar. Por eso, hace apenas un mes envió, como una de sus primeras acciones al frente de la institución, una carta a todo el colectivo para empezar a cambiar las cosas.

“Me gustaría que los profesionales, tanto del lado del cliente o de la agencia, tuviéramos una especial sensibilidad con los estereotipos que utilizamos en la comunicación que, por costumbre, inercia o comodidad, siguen anclados en el pasado. Desde el CdC lanzamos una campaña que llamamos OVER. Se acabó. Un OVER que es un grito que tapa esos anuncios que hemos visto durante años donde la mujer cumple un papel secundario, sumiso y muchas veces cercano a un cliché sexual. Ya va siendo hora de que el sector de la comunicación opine sobre lo que se debate actualmente en la sociedad”, escribía.

Para empezar, y mientras recibía respuestas a su misiva, invitó a los profesionales del sector a empezar a llenar twitter de reflexiones con el hastag #over. “La gente quiere opinar y hay que escuchar”, afirma. Por eso, arrancarán con doce mesas en las que sentarán a diferentes sectores de la industria de la publicidad (automación, belleza, limpieza, banca, comunicaciones…) con artistas, anunciantes, modelos, sociólogos, estudiantes, académicos y distintos perfiles para crear un documento que ayude a romper esos estereotipos, violencias, contras las mujeres.

La idea es que cada reunión se forme con gente nueva para que discutan una pregunta temática y concienciar sobre el problema. Tal y como explica Henkes, es pronto para saber qué forma tendrá la herramienta que salga de tanta discusión. En principio, habla de libro -aunque sin precisar-. En él, la intención es entregar el producto de esas reuniones a importantes cineastas, gente anónima, como un ama de casa, pensadores y trabajadores ajenos al sector (¿por qué no un taxista?) para que ellos escriban y creen a partir de lo debatido. ¿La fecha? Abril de 2019, durante el próximo Certamen de la Creatividad Española, comentaba a Público este fin de semana en la clausura de la edición de este año.

Henkes, que sí reconoce haberse encontrado con alguna crítica ante su iniciativa, se apoya en el trabajo ya iniciado apenas hace un par de años por Más Mujeres Creativas, una plataforma colaborativa e independiente nacida para promover la visibilidad e igualdad de oportunidades en España. Porque en el sector, con un 56% de mujeres, solo el 14% son directoras creativas y apenas un 1% llega a la dirección general. Belén Coca, una de sus fundadoras, utiliza la palabra “evangelizar” sobre feminismo para revertir los muchos patrones adquiridos.

Habla también de la oportunidad que se presenta ahora para romper con los roles culturales que se han dado a hombres y mujeres. “¿Quién dice que los hombres no tienen sentimientos, quién dice que a nosotras nos gusta aparecer reflejadas con un jabón de platos y no querremos comprar uno en el que aparezca un hombre? Es irreal”, señala. Y en ese aspecto, tanto Henkes como Coca coinciden en señalar cómo las consumidoras empiezan a preferir una publicidad no sexista. FIN

(Publicado en Público)

Laura Mora: “En Colombia, la belleza y la violencia son igualmente democráticas”

Tiene un tatuaje que le atraviesa el cuello como si fuera una raja. El tatuaje dice “latina”. Y es cierto, si por ello se entiende fuerza y coraje unido a no tener miedo a sentir. Laura Mora (Medellín, 1981) lleva también otro tatuaje: el asesinato de su padre, un señor normal, un profesor de universidad al que un sicario disparó hace casi 20 años.

Ese disparo –como el de tantos otros sobre personajes anónimos de su país, Colombia- le ha servido para dirigir y escribir la película Matar a Jesús. La cinta, con una larga lista de premios a sus espaldas, es el testimonio salvaje de una chica de 22 años, ella, que busca al asesino de su padre. Mora está en Madrid para presentar su trabajo, que se estrena el próximo 13 de abril en España. Allí participará también en la primera edición del festival Cine por mujeres. Su largometraje fue uno de las grandes vencedoras del Festival de Cine de Guadalajara que se celebró en marzo en la ciudad mexicana. En el certamen se llevó el premio a mejor película de ficción y el de mejor actor por el papel de Giovanni Rodríguez.

Pregunta. ¿Cómo se puede filmar con honestidad un drama como el que cuentas?

Respuesta. No lo sé. Con años, diría. Me interesaba poder sobrepasar la trágica anécdota y ser capaz de contar una historia que tuviese más impacto. Se trataba de poder separarme de dolor. Y eso se logra con los años.

Me gusta que menciones la honestidad; es lo que buscaba. Y es así gracias a la educación que recibí. Y sí, el guión está más pegado a lo que pueda ser una catarsis, pero la película es una carta de amor a mi papá y a una educación que dice que no se debe excluir a nadie y que está en contra de dividirnos en “buenos” y “malos”. Me refiero a una educación de una humanidad tan excesiva que te permite contar esta historia.

P. Hablas de resistencia.

R. Eso es. La película trata de resistirse a ser violento. Eso es de Sábato, cuando dice que la resistencia es el único lugar donde habita la esperanza siento que todas las familias que nos hemos resistido a la venganza, a pesar de no tener ninguna verdad o reparación, somos la resistencia. Resulta muy complejo, cuando la violencia es tan cotidiana. Porque cuando uno sufre una pérdida de este tipo, es normal que surja la venganza; es una pasión humana que de repente se despierta de una forma totalmente natural. El problema es cómo la contenemos. Además, aquí es más complicado desactivarla porque lo que en otros países va acompañado de una sociedad que compadece y de un sistema penal que acompaña, en Colombia hay una sociedad indolente, impunidad y un sistema corrupto.

P. Dices que te gusta hacer preguntas…

R. Me interesa más generar preguntas que construir mensajes, moralejas o imponer mi visión del mundo. Prefiero construir reflexiones. Por eso me sigue inquietando la violencia de una forma muy profunda, porque no tengo las respuestas.

Me impresiona la exclusión, que es la que la violencia que opera a diario. Y en la película cuento la exclusión del sicario, pero también la de ella, que también ha sido excluida de un sistema penal. Y sí, la protagonista crece con un tipo de privilegios, pero a ella la sociedad y la justicia la excluyen, como a él, que está fuera del sistema desde que nace. Me preocupa cómo hemos perdido la capacidad de compasión, de mirar al otro.

P. En Matar a Jesús la víctima y el verdugo llegan a bailar juntos. ¿Eso es posible?

R. Aplaudo el proceso de paz con todas mis fuerzas y me quito el sombrero ante esas víctimas que fueron a La Habana, se enfrentaron a los victimarios y se abrazaron. Pero creo que el tema del perdón debe ser algo muy íntimo. Imponérselo a toda una sociedad no debe ser la forma. Debes permitir a una víctima decir: “Yo no perdono”. Yo no lo hago, pero no perpetúo. Me siento incapaz de perdonar a quienes ordenaron asesinar a mi papá, pero lo que sí sé es que yo no voy a perpetuar la violencia.

¿Por qué puedo escribir de otra forma sobre el sicario? Porque él es también una víctima de ese aparato criminal que se vale de su exclusión, de una pobreza que le convierte en un soldado de ellos que pone la cara.

El baile entre los dos protagonistas tiene que ver con esos odios heredados. Si este mundo salvaje alrededor de ellos no existiera, quizás hubieran podido ser amigos, amantes, hermanos. Es la sociedad la que los ha enemistado antes de nacer. Antes de que él cometa el crimen.

P. ¿Colombia está acostumbrada a la muerte?

R. Sí, estamos anestesiados, acostumbrados. En Colombia nos duelen los grandes líderes, los hombres, no. Mi papá era un abogado, un hombre, un padre, un profesor… y esos hombres no parecen importarnos. Por eso era importante decir en la película “se nos marchó un hombre”. Deberían dolernos todos. Los muertos nos tienen que seguir doliendo.

P. La indiferencia mata, dicen las víctimas colombianas.

R. Sin duda. ¿Qué me iba a imaginar yo cuando escribía la película, que todo esto iba a coincidir con el proceso de paz? Imposible imaginármelo. Pero fíjate, casualidades, empezamos la preproducción de la película el domingo que ganó el “no” en el referéndum. Y mientras trabajábamos, se oía pólvora y la gente pitaba y celebraba como si hubiesen ganado un partido de fútbol. Eso es ser bárbaros. Ese día la película cobró más sentido que nunca, un sentido político. El proceso de paz tiene todos los problemas del mundo, pero si con eso estamos salvándonos 500 vidas al año, vale la pena.

Seguimos enfrascados en el discurso del odio. Es como si los colombianos estuviésemos asustados de desprendernos de la violencia. Porque en Colombia la belleza y la violencia son igualmente democráticas: la tenemos todos. Es así de trágico. Por eso el cine es importante, porque puede ayudarnos a desprendernos del relato de la violencia, desactivarla y ver la monstruosidad que hay en ella. Tenemos tanto miedo porque tenemos que reinventarnos para construir un nuevo relato social.

P. ¿Es la educación la clave, como lo fue en tu caso?

R. Yo creo que la educación es un eje fundamental, pero el Estado debe empezar a ocupar unos lugares que ha dejado desprotegidos en un sistema absolutamente desigual. La educación funciona cuando te va a servir para algo. Porque si dices, sí, voy a la escuela, pero llego a casa y no hay qué comer, mi mamá no tiene trabajo, no hay salud, no hay pensión, no hay agua… ¿Entonces? Hay que repensar radicalmente el sistema de igualdad.

P. Qué ha sido de los dos actores protagonistas, actores naturales, por cierto.

R. Natasha no tiene ningún interés en volver a actuar. Es artista plástica, estudia en la Universidad, trabaja con un colectivo y es una chica con una postura política y artística impresionante. ¡22 años y tanta coherencia! Es maravillosa. Él tiene una vida más compleja. Giovanni es la tragedia de Colombia en un cuerpo de 24 años. Le mataron a su papá cuando su mamá estaba en embarazo, su mamá lo abandonó, creció a la merced de la calle, a los 11 fue reclutado por grupos ilegales en la ciudad. ¿Qué más querés? Pero es un chico de una inteligencia brillante, ya no como actor, sino en la vida. Lo que hablábamos de la educación: Ella es hija de profesores, le han inculcado la libertad, el respeto. Y él… ¿ves? No cerramos esas brechas con educación, hace falta igualdad. FIN

Publicado en El País

Cine elevado a M, de mujer

“Cuando las mujeres hacemos cine, filmamos lo mismo y más, porque tenemos otras historias que no se han contado. Es así de simple”, afirma Carlota Álvarez, codirectora de la primera edición del Festival Internacional Cine por Mujeres, que se clausura este domingo 8 de abril. No es cuento. Debra Zimmerman, directora ejecutiva de Women Make Films, lo explica con estadísticas y con un argumento claro: la organización que representa está aburrida de la misma película de siempre, de los mismos patrones, dice, y quiere ver cintas donde aparezcan mujeres con poder, que no sean objetos y que reflejen la realidad de lo que vive la mitad de la humanidad. Porque según los datos que aporta, con los que coinciden multitud de estudios, en los diálogos de la gran pantalla las mujeres ocupan un 30 por ciento, por ejemplo.

Para evitando caer en el tópico sobre qué es lo que retratan las mujeres —que si un cine menor, o más sensiblero—, la crítica de cine Pilar Aguilar se cuestionaba hace unos días si los hombres hacen un cine “de hombres”. “Claro que sí, absolutamente. Y lo peor es que ni se dan cuenta. Es el patriarcado que dice que los hombres están en el centro del universo”, responde Zimmerman, que lleva décadas en una organización que se declara feminista y se dedica a distribuir cine independiente hecho por mujeres.

“Sí, feminista, rotundamente. Y desde hace muchos años: ayudamos a las mujeres a distribuir cine con perspectiva de género. Hablo de contenidos nuevos a kilómetros de distancia de lo que vemos en Hollywood”, asevera la norteamericana.

Álvarez, por su parte, puntualiza que en su festival todos y todas son feministas, pero que se dirigen a todos los públicos para, entre otras cosas, romper estereotipos y mostrar que las cineastas no solo hacen cine intimista, sino que aportan talento y un abanico de visiones más amplio.

En la charla, surge pronto cómo medir el grado de feminismo de una película: bajo qué parámetros, por ejemplo, acepta o no una cinta la organización Women Make Films. Ante la cuestión y los debates sobre las varias olas de feminismo, la norteamericana se ríe y dice que en su organización lo que se busca es una mirada inclusiva. Que eso es el feminismo. Pero ante la duda de cuál sería, por ejemplo, el buen feminismo, se agarra al nombre de su organización, mujeres que hacen cine, y recuerda que solo hay una línea roja: no repetir los patrones del cine en el que no estamos o solo somos objetos. “En Estados Unidos las mujeres tenemos un problema de salud: la medicina está hecha por hombres, y por lo tanto, no se han estudiado nuestros cuerpos. En el cine ocurre lo mismo: no hemos contado”, comenta.

Respecto a soluciones para conseguir una mirada más igualitaria, la responsable del festival no tiene dudas y habla de la necesidad de establecer “unos cuantos años de cuotas para conseguir la paridad. En Suecia es política de Estado. Si somos el 50% de la población y pagamos el 50% de los impuestos, nos corresponde ese tanto”, recuerda. Con las salas y charlas del festival llenas de hombres y mujeres, en un número bastante equitativo, preguntamos por el movimiento #MeToo.

“Al principio fui muy escéptica ante él, pensé que era otro año más que decíamos que ese era el de las mujeres. Pero, no, ahora siento que esto es imparable. ¿Motivos? Una combinación de hartazgo y de empoderamiento basado en el trabajo de las feministas de muchos años. Sinceramente, pienso que ahora se abre –de verdad- una oportunidad para las mujeres. También en el cine”, zanja la norteamericana.

Publicado en Diario Público

El amor como adicción

Todas hemos sufrido violencia machista, pero a pesar de esa realidad, sigue sorprendiendo el #MeToo, especialmente cuando nos tomamos el tiempo de entender qué hay detrás de ello. Choca especialmente si el testimonio es de alguien cercano. También lo hace si la superviviente (no quiero decir víctima), se toma el tiempo para explicar cómo ella, preparada, formada y culta –en contra de todos los estereotipos- malvivió durante años con la violencia.

 

Por eso, por auténtico, el testimonio de Rosalind Penfold resulta sobrecogedor. Su historia, contada por ella misma en viñetas, estremece. No solemos estar en disposición de prestar atención al horror; porque el machismo ha callado sus voces durante muchos años de múltiples maneras. De ahí la fuerza de su historia, contada en cómic bajo el título Quiéreme bien.

El proceso de una víctima, cuenta, sería algo así como: “bofetada, beso, bofetada, beso, bofetada, bofetada…” y así hasta anular a la persona, atrapada en un falso amor. Del libro que ahora publica en España Astiberri resulta escalofriante la claridad del mensaje: nos puede pasar a todas, también a las mujeres fuertes. “Lo bueno es que aprendí. Aprendí que si podía pasarme a mí, puede pasarle a cualquiera”, declaraba en una entrevista al diario Público.

Las tiras, escritas por ella a modo de terapia, constituyen un excelente retrato de la psicología del abusador, y son una invitación a todas las mujeres que podemos pasar por esa situación a salir y gritar “basta ya”. Tras leer sin aliento y de una sentada sus casi 250 páginas, ¡diez años de su vida!, se encuentran claves para comprendernos cuando caemos en la culpa, que esclaviza y ata; y en la absoluta erosión de la personalidad que sufre una persona maltratada, limada a golpes. La fórmula está en el grado de sinceridad del relato:

“Cuando conocí a Brian, me enamoré perdidamente de él. Era carismático y encantador. En nuestra primera cita me habló de su difunta esposa, de lo mucho que la había querido y de cómo, tras su fallecimiento, se había esforzado por hacer de padre y madre de sus cuatro hijos pequeños. Su sensibilidad me conmovió profundamente. Pensé que era el hombre más maravilloso que jamás había conocido. Pensé que me disponía a vivir una HISTORIA DE AMOR DE CUENTO DE HADAS. Y así fue, durante un tiempo. Luego saltamos a un territorio por el que yo nunca había viajado: UN CAMINO PANTANOSO DE MALTRATO VERBAL, EMOCIONAL, SEXUAL y, finalmente, FÍSICO. Mi ceguera, mi negativa a reconocer lo que estaba ocurriendo y, posteriormente, el bochorno y una profunda vergüenza me mantuvieron diez años al lado de Brian. Creía las cosas que él me decía en lugar de lo que yo misma veía y experimentaba. ME PASABA EL DÍA TRATANDO DE DESCUBRIR QUÉ ESTABA HACIENDO MAL y cómo podía hacerlo bien. Para colmo, no recordaba las agresiones verbales de un incidente a otro. Nunca se producían por el mismo motivo; en realidad, solían producirse por el motivo contrario. No existía un patrón de conducta fácil de prever, de modo que VIVÍA SUMIDA EN EL DESCONCIERTO”.

Tras el ejercicio de sinceridad de la escritora, surge la pregunta de si ella finalmente acabará firmando con su nombre real algún día. “Estoy considerándolo, aunque no estoy segura de que sea necesario. El libro debe hablar por sí solo. Como cualquier símbolo que se convierte en un icono, la historia puede ser más potente si dejamos que represente a todas las mujeres, y no solo a mí”, señala. Toda una lección. FIN

Publicado en 20 minutos, https://blogs.20minutos.es/mas-de-la-mitad/

Y con ella, en entrevista, publicada unos días antes en Público, http://www.publico.es/sociedad/entrevista-rosalind-b-penfold-romance-ignoramos-alertas-abuso-entramos-negacion.html

ROSALIND B. PENFOLD:

 “Durante el romance ignoramos las alertas del abuso y entramos en la negación”

Quiéreme bien. Una historia de maltrato es una narración de un drama real y cotidiano protagonizado por la autora de esta peculiar novela gráfica durante diez años, los que vivió bajo violencia machista. Su historia es la de tantas mujeres, golpeadas, aterradas y con la autoestima destruida.

En poco más de 250 páginas que se leen sin levantarse de la silla y con el alma agarrotada, la autora, que firma como Rosalind B. Penfold, cuenta cómo una mujer fuerte y profesional cayó en el horror, en el consentimiento, en la culpa, en el perdón tras la bofetada, seguida de un beso, en la excusa del hogar y los hijos para aferrarse a él, al que ella consideraba el hombre perfecto, “su gran amor”. Las tiras, escritas por ella a modo de terapia, constituyen también una excelente retrato de la psicología del abusador, y son una invitación a todas las mujeres que podemos pasar por esa situación a salir y gritar “basta ya”.

En las páginas editadas por Astiberri, cuentas cómo te enamoraste de una locura que no era real, de una montaña rusa de emociones que te hacía sentir bien. ¿Es eso el amor romántico?

El amor romántico está aquí para quedarse, ¡es química! Porque si se basa en el respeto mutuo, la bondad y la confianza, es válido, puede profundizarse y ser duradero. El amor romántico no es el problema, pero sí las desilusiones que nos montamos entorno a él. En las primeras etapas, durante el romance, a menudo ignoramos las “advertencias” que señalan el abuso y entramos en la negación: ahí es donde empiezan los problemas.

¿Qué es el amor para ti?

El amor tiene muchas formas, pero nunca debería doler. Siempre debe incluir respeto, bondad y confianza. En mi caso, confundí la intensidad con la intimidad y me creía lo que quería escuchar y no lo que vivía. ¡Para mí, al final, fue una adicción!

¿Por qué las víctimas sienten vergüenza de serlo?

Resulta difícil admitir que estás en una relación abusiva y que sufres maltrato. Hay muchas razones para quedarse atrapada en ellos. Y una muy frecuente para es la financiera; o los hijos; o las amenazas. Y mientras se dan, seguimos esperando que las cosas mejoren. Pero cuanto más tiempo nos quedamos, más difícil es salir de ahí, porque nos sentimos humilladas y totalmente débiles. Entonces, hay que matar a la vergüenza, que nos impide pedir ayuda.

Muchas veces, cuando las mujeres víctimas de la violencia deciden hablar, vuelven a sufrir porque deben vivirlo una vez más. ¿Cómo podría evitarse esto?

 Toda violencia, ya sea emocional, sexual o física, causa trauma. Pero cuando esa violencia ocurre en tu casa es como vivir en una zona de guerra con bombas cayendo constantemente. Y lo peor es que quien se supone que debe amarte es el enemigo, vive contigo. Eso causa profundas cicatrices y una vez que sales, el síndrome de estrés postraumático dura mucho. El tiempo y la terapia ayudan, pero incluso después de muchos años, en mi caso ocurre que, a veces, cuando hablo de ello, mi corazón se acelera. Otras veces, por la ansiedad que me genera, mi recuerdos y memoria se congelan. No estoy segura de que eso pueda evitarse. La gente debe ser paciente y comprensiva con nosotras.

¿Por qué se cree que una mujer fuerte no sufrirá violencia?

La gente piensa que si eres una mujer fuerte, si te ocurre, te irás. En mi caso, yo creía que el hecho de ser fuerte, me protegería. Eso fue un error. Ahora sé que incluso las mujeres inteligentes y fuertes son vulnerables.

Tu madre te pregunta en un momento, tal y como reflejas en el libro: “¿Cómo has podido abandonarte?”

Sí, y esa es la pregunta clave. La respuesta es que una relación abusiva continua, te daña la autoestima y erosiona. Y eso pasa lenta y sutilmente hasta que ya no eres “tú misma”. Ese es el gran peligro.

¿Qué aprendiste de ese horror que viviste durante diez años?

Cuando miro hacia atrás me cuesta reconocer a esa mujer como a mí misma. Antes era fuerte, lo suficientemente fuerte como para sobrevivir, pero lamento haber perdido esos diez años. Obviamente, tenía cosas que aprender, ¡pero desearía haberlas aprendido de un libro! Lo bueno es que aprendí. Aprendí que si podía pasarme a mí, puede pasarle a cualquiera.

Por último, ¿algún día publicarás tu nombre y tu imagen?

Estoy considerándolo, aunque no estoy segura de que sea necesario. El libro debe hablar por sí solo. Como cualquier símbolo que se convierte en un icono, la historia puede ser más potente si dejamos que represente a todas las mujeres, y no solo a mí. FIN

Loving Pablo, loving Disney

Loving Pablo, de Fernando León de Aranoa, basada en el libro del mismo nombre, de Virginia Vallejo, amante y periodista del narco, duele. Y lo hace porque cuenta el drama de la guerra del narco que vivió Colombia en un tono Disney y hasta cómico. Y sí, el director filma con la dureza que merece el narcoterrorista, pero parece reírse de los muchos de miles de colombianos que padecieron sus bombas, amenazas y miedo. También parece hacer burla a las mujeres, que aparecen todas como tontas y/o prostitutas: no hay matices.

La cinta, una gran producción, escuece y chirría –principalmente- por el personaje que interpreta Penélope Cruz, Virgina Vallejo, reportera de la época y auténtica sex symbol del país. No se entienden sus chillidos histéricos, su forma de contonearse gratuitamente por hoteles, fincas y restaurantes, los saltitos que pega cuando su novio -el hombre que llegó a controlar más del 80% de la producción mundial de coca- le mete en la maleta fajos de billetes. Ella, la mujer más deseada de su país en su momento, astuta, rica, culta, rápida y poderosa, no los necesitaba. Y sí, sin duda, le gustaba el dinero, y era ambiciosa y se acostó con quien quiso, pero siempre con cabeza. Ella fue mucho más que las piernas más bonitas de Colombia: fue la persona que encandiló a uno de los mayores asesinos de la historia reciente. Su historia es la de un duelo de titanes que no aparece en la cinta.

Fernando León se olvida de contar la complejidad de un país que enamora y mata a la vez. No hay matices en su film, y a pesar de retratar el horror de los asesinatos, extorsiones, secuestros y ríos de sangre que provocó el huracán Pablo, el director utiliza un tono de princesas de Disney difícil de creer. El realizador se pierde la exquisita ocasión que ofrece el libro de profundizar en el enamoramiento de un monstruo, por ejemplo. No está el drama de una Colombia en el que todavía en la tumba del sicario, todos los días del año, suena su música preferida durante 24 horas. “Nada hace latir más a un ego que encontrarse con otro del mismo tamaño (…) y dominarlo”, confiesa Virginia Vallejo en las páginas de su libro, en un relato en el que Escobar llega a compararla con Manuela Sáenz, la amante de Bolívar. Hasta la música confunde e imágenes duras, como cuando la protagonista se enamora del sicario, en un vertedero de basura donde él hace caridad, edulcora una historia que tuvo muy poco que ver con los cuentos de hadas.

Publicado en https://elpais.com/cultura/2018/03/08/actualidad/1520470538_390292.html