Desaparecidas de la morgue; sin derecho a morir

La mexicana Guadalupe Lizárraga lleva años fuera de su país: como tantos otros reporteros está amenazada. Los periodistas en México son callados a balazos (el país azteca fue en 2017 el más mortífero para la prensa, con un total de trece periodistas asesinados, por delante de Irak y Siria). El feminicidio que sufren las mujeres mexicanas en uno de los temas que le ha puesto en la diana, un asunto que ella considera tiene la obligación de contar, a pesar de los medios y de las muchas muertas, muchas desaparecidas y muchas verdades no contadas.

Ella denuncia la desaparición de los cuerpos de las chicas de las morgues, la prueba del horror. Es fácil de explicar: sin evidencia, sin sus cadáveres, ocultados durante años, las cifras de la vergüenza, inevitablemente bajan. Porque a pesar de los 914 asesinatos de mujeres registrados por el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF) en 17 estados en 2017 faltan otras muchas, subraya Lizárraga. Y en ese cómputo macabro habría que sumar a las víctimas no contabilizadas de estados como Guerrero, Tamaulipas, Veracruz y Michoacán, con un alto índice de violencia feminicida. “La violencia sexual, las desapariciones de mujeres y los feminicicios son una realidad que nos rebasa y abruma. A pesar de la intención de las autoridades de tratar de ocultarla e invisibilizarla, día a día conocemos historias de mujeres que son víctimas de violencia cada vez mas crueles”, señala la ONCF.

Guadalupe Lizárraga lo relata en Desaparecidas de la morgue, publicado por Editorial Casa Fuerte, hace apenas unos meses. En el libro, la periodista cuenta la doble desaparición de las jóvenes (la primera, la física, cuando son arrancadas de sus casas para ser torturadas, vendidas y asesinadas; y la segunda, cuando desaparecen de los depósitos de cadáveres, cuando les roban el derecho hasta a morir. Durante tres años la reportera siguió la pista de Brenda Berenice, madre de 16 años, una joven más de la lista de mujeres víctimas del feminicidio. Ella es el hilo conductor para entretejer las historias de otras mujeres asesinadas, de 233 restos de mujeres que fueron ocultados durante años en la morgue de la Procuraduría General de Ciudad de Juárez.

“Con este trabajo busco denunciar que en México ser mujer y pobre son condiciones suficientes para que se te vulnere el derecho a la vida. Y esa barbaridad ahora se extiende también al resto de mujeres: universitarias, trabajadoras y de clase media. Las matan bajo el patrón de una violencia brutal que cuenta con la complicidad de las autoridades, sometidas a un narcoestado”, afirma la periodista.

La reportera considera que no interesa informar sobre las tres mujeres que cada día son asesinadas en México porque no es rentable y porque la sociedad ha normalizado la violencia. También culpa al miedo y a la corrupción, que como relata en las páginas de su publicación, llega a comprar a las propias madres. De esa forma callan, y aguantan el dolor de la muerte con unos cuantos dólares, señala la reportera. Lizárraga es contundente en su discurso: “No hay gobernante en México que no esté respaldado por un grupo delictivo. Por eso, se llega a decir (y lo hacen los presidentes) que las mujeres son víctimas colaterales de la lucha contra el crimen”.

A la pregunta de si ella, como periodista, tiene también miedo a un balazo, por denunciar y por ser mujer, responde contundente: “Los periodistas, al menos, elegimos la profesión. Ellas no”. Y para cerrar, el demoledor párrafo con el que cierra el libro: “Desde entonces [cuando cierra la investigación], nada ha cambiado. Las jóvenes siguen desapareciendo. Los funcionarios de la Fiscalía siguen en sus cargos. Los cárteles operan de la misma manera. El gobierno mexicano sigue su guerra contra el narco, contra los rivales de sus aliados. La única diferencia es que a la prensa ya no le interesa la desaparición de jovencitas, menos las desaparecidas de la morgue”.

Publicado originalmente en https://elpais.com/internacional/2018/02/11/mexico/1518317749_299642.html

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El Holocausto también estuvo en América

La Casa de América en Madrid ha querido rendir homenaje a las víctimas del Holocausto estos días. Lo ha hecho con dos películas en las que sobrevivientes de aquella barbarie recuperan y recuerdan aquellos días desde los países a los que llegaron huyendo del terror. Son parte del proyecto Broken Silence (Romper el silencio), dirigido por el cineasta Steven Spielberg para mantener viva la memoria de aquella infamia. El objetivo: que aquella atrocidad nunca se repita.

De alguna forma, el cineasta norteamericano, tocado por la dureza de la realidad que contó en su film, La lista de Schindler (1993), quiso que el cine fuese una herramienta útil en manos de la humanidad gracias a los testimonios de quienes sufrieron el horror nazi. Tras la premiada cinta, el director creó la Fundación Shoah, desde la que empezó a grabar y recoger entrevistas con más de 52.000 testigos de aquel disparate. Su misión: superar los prejuicios, la intolerancia y el fanatismo –así como el sufrimiento que causan- a través del uso educativo de testimonios visuales. Con ese gigantesco archivo llevó adelante el proyecto, cinco películas entre las cuales se muestra cómo el holocausto se puede repetir y llegó a todos los continentes, también llegó a América del sur. De esas miles de entrevistas, unas 800 corresponden a los testimonios de unos 800 judíos que viven hoy en América del Sur.

El oscarizado director argentino Luis Puenzo fue uno de los elegidos para contar su historia a partir de ese ingente material. Y lo hizo a partir del documental Algunos que vivieron (2002), donde mediante una serie de charlas mezcladas con imágenes de archivo, lo que más impacta es la intencionalidad del autor. Las secuencias tantas veces vistas de “paladas” de muertos judíos tirados en fosas comunes durante el nazismo, acompañadas de las palabras de esos argentinos, uruguayos y chilenos que pueden todavía contarlo, recuerdan a las paladas de muertos que hoy dejamos ahogarse en el Mediterráneo ante la indiferencia de muchos, si lo traemos a la actualidad. En sus testimonios, los sobrevivientes recuerdan el clima de creciente antisemitismo y nazismo durante la pre-guerra, la guerra y la etapa posterior a ella. Porque Puenzo no limita la perspectiva de su película al Holocausto, su cinta incursiona sobre otras barbaries como el atentado contra la Embajada de Israel en Buenos Aires o la represión de la dictadura argentina.

Por su parte, la realizadora argentina Poli Martínez Kaplun cuenta en Lea y Mira dejan su huella la historia de dos mujeres en Buenos Aires que en el final de sus vidas recuerdan sus vidas y su paso por Auschwitz-Birkenau, el más grande de los campos de concentración y exterminio construido por el régimen de la Alemania nazi tras la invasión de Polonia a principios de la Segunda Guerra Mundial. “La locura humana. Lo que el ser humano es capaz de hacer y no de manera individual, sino de forma organizada, racional y consensuada. Fue además cometido por el hombre moderno, hace pocos años y en países con gran desarrollo. Entender bien lo que sucedió y cuáles fueron las causas que la gestaron puede quizás a estar muy atentos cuando algo de esta simiente pueda volver a ocurrir”, declaraba la directora el estreno de su película, en 2017. Pocos meses después de su estreno, una de sus protagonistas ha fallecido; perdura su voz, queda un testimonio para siempre en contra del horror en esa carrera contra el tiempo a la que decía Spielberg que nos enfrentábamos para presentar sus voces, el mayor número de testimonios posibles de supervivientes antes de que sea demasiado tarde. FIN
Publicado originalmente en El País América/ El Espectador

“Las ciudades deben ser feministas”: Eduardo Moreno

rprende escuchar a un técnico de Naciones Unidas hablar tan claro sobre corrupción e intereses inmobiliarios que compran a autoridades, prevalencia de lo privado sobre lo público a la hora de diseñar ciudades y desigualdad. Eduardo Moreno (Guadalajara, México, 1956), director de Investigación y Desarrollo de Capacidades de ONU-Habitat, narra cómo deberían articularse las grandes urbes del planeta para que la vida fuese más digna.

Pregunta. ¿Qué dice ONU-Habitat con respecto al derecho a la vivienda?

Respuesta. Nosotros mantenemos que debemos respetar el derecho a la vivienda de una forma enfática y clara. Formalmente muchos países lo asumen así, pero sus habitantes viven en zonas inhabitables en términos de distancia, contaminación, seguridad o acceso a bienes y servicios. Por eso, además hablamos de que esas viviendas además de ser accesibles económicamente, deben serlo en cuanto a su localización. Deben también contar con un acondicionamiento climático digno. Uno de los grandes problemas ha sido que muchas ciudades, con la idea de llevar vivienda a sus habitantes, construyeron viviendas en zonas no accesibles con el argumento de que eran baratas. Violentaban así la accesibilidad en miras de hacer negocio. Y eso es un disparate: socialmente y desde un punto de vista de la sostenibilidad.

P. Ustedes hablan de urbanismo sostenible. Explíquese.

R. La ciudad es la fuente de la sostenibilidad, siempre que esté bien planificada y sea compacta. La lógica de un mundo sostenible es utilizar menos energía y que las infraestructuras cuesten menos. No es necesario que las ciudades se expandan como lo han hecho. Si miramos a Europa, muchas de sus urbes han crecido físicamente, mientras que han decrecido demográficamente. Y eso es insostenible e implica mayor desigualdad. Cuando las ciudades no se planifican, el crecimiento lo lideran los agentes privados guiados por sus propios intereses. Por ejemplo, en los últimos 20 años el cambio de estatuto de rural a urbano se ha hecho de una forma muy oscura, y ahí están implicadas lógicamente las autoridades. Las ciudades crearon ciudades de periferia absolutamente insostenibles. Lo dicen los datos: si una ciudad crece en 20 kilómetros, se incrementa en un 10% el costo del transporte. Y sus habitantes pasarán de consumir 40 minutos en desplazamientos a una hora y veinte.

P. Pero entonces, ¿quién planifica las ciudades?

R. En más de un 60% lo han hecho principalmente los promotores inmobiliarios. Y no siempre se construían en los lugares adecuados. Muchas veces los desarrollos se hacían en cauces de agua, en zonas no urbanizables, en terrenos con subsuelos con problemas… No importaba: el argumento era vivienda barata. La sostenibilidad no es un accidente. Requiere de un Estado fuerte y las instituciones locales y los Gobiernos se han debilitado.

P. ¿Cómo es la ciudad ideal?

R. Además de sostenible, hay que evitar que determinadas áreas se conviertan en guetos. La ciudad óptima debe buscar una mezcla de sus usos sociales y económicos. Y por supuesto, los ricos no deben vivir apartados: ciertas formas de pobreza y riqueza deben convivir. En Singapur, por ejemplo, se obliga a los promotores inmobiliarios a que si construyen 100 viviendas, 30 sean para pobres, 40 para una clase media y 30 para otra más adinerada. Hay que corregir la funcionalidad de las ciudades divididas en industria, vivienda y servicios y comercio. Las ciudades deben tener economías de aglomeración. Es sencillo: si creas zonas exclusivas de viviendas, aumentas la necesidad de transporte en zonas que no hay trabajo. Y con el comercio ocurre algo similar: hay que apostar por el de proximidad. Los grandes centros comerciales nos llevan de nuevo a más consumo energético y a perder más tiempo en desplazamientos.

P. ¿No sería más lógico hablar de autoridades y ciudadanos inteligentes, en vez de ciudades?

R. La noción de ciudades inteligentes ha trastocado la idea de la tecnología, que debe ser un medio y no un fin. La innovación debe ser sinónimo de desarrollo y no está siendo así en muchos lugares. Porque, ¿son inteligentes unas urbes donde el 75% de sus habitantes viven en condiciones tremendamente desiguales? ¿Cómo podemos tolerar que se dé una mayor desigualdad entre los habitantes de ciudades que han crecido económicamente hasta siete y ocho veces? ¿Dónde está la inteligencia que decide ciudades más ricas y ciudadanos más pobres? Necesitamos articular políticas de lucha contra la desigualdad en las que se piense que el Estado central no es el único responsable. También lo son las autoridades locales y provinciales. La historia, geografía, instituciones y política local juegan un papel importante en el desarrollo. Deben crear un marco de actuación que tiene que ver con la provisión de bienes públicos, con el respeto local del empleo, con evitar que los habitantes se vayan a vivir tan lejos y en condiciones inhóspitas… En América Latina, por ejemplo, hemos visto que en los últimos diez años, el 25% de las ciudades crecieron de una forma más igualitaria.

P. ¿A qué ciudades se refiere y cuáles han sido sus prácticas de éxito?

R. Si bien América Latina ha sido una región de grandes desigualdades, en los últimos 15 años se observa una tendencia general de mejoría. Ciudades en Uruguay, Perú, Paraguay y Nicaragua fueron las más exitosas reduciendo desigualdades. Otras colombianas se destacaron en innovación y provisión de bienes públicos, como lo hicieron ciudades en Sri Lanka, Ruanda y Filipinas en otros continentes.

P. ¿Cómo ven desde ONU-Habitat el futuro de las grandes urbes latinoamericanas en las próximas décadas: Ciudad de México, São Paulo, Buenos Aires, Bogotá, Rio de Janeiro…?

R. El futuro de las grandes urbes está vinculado al tratamiento que se le dé a las pequeñas y medianas ciudades. Para que estas urbes sean exitosas es necesario repensar el sistema nacional de ciudades para darle a cada una, pequeña, pobre o alejada, un papel en el concierto nacional. Se debe repensar la geografía nacional y darle más importancia a la planificación regional. Solo así se pueden atajar problemas territoriales asociados a la desigualdad y la concentración de riqueza. Una revalorización de las ventajas comparativas de cada ciudad es necesaria y eso implica un esquema diferente de inversiones y provisión de infraestructura, bienes y servicios. Una política nacional urbana es crucial en este sentido.

P. ¿Cómo resolver el binomio seguridad y libertad en las ciudades?

R. Habría tres grandes inseguridades a las que se enfrentan las ciudades: una global, que tiene que ver con los problemas asociados al terrorismo internacional; la de la criminalidad de las grandes mafias; y el crimen a menor escala, homicidios, robos y otro tipo de violencias, muy ligado a unas políticas municipales. Pero, a pesar de lo muy distante que pueda parecer la política local y los problemas de terrorismo global, las ciudades pueden hacer mucho por el primero. Desde lo local y la comunidad se pueden identificar y detectar problemas potenciales de desarraigo y violencia. Lo estamos viendo en Europa. Funcionan las ciudades que saben articular gobiernos locales, centrales y regionales. En temas de seguridad, muchas ciudades colombianas han sabido hacerlo. Pero para eso, hace falta un nuevo pacto social que entienda que hay que hacer puentes entre partidos y autoridades para trabajar de forma conjunta.

P. ¿Qué me dice del binomio mujeres y ciudad?

R. Que es una variable fundamental y que hace falta que los Estados y municipios entiendan la noción de género e igualdad. Las ciudades deben contar con una perspectiva de género para que todo lo que pueden ofrecer se pueda gozar en igualdad de condiciones si eres hombre o mujer. Hay que pensar en temas de accesibilidad, control, seguridad y oportunidades. Hay que pensar en ciudades con diseños urbanos que consideren las necesidades específicas de las mujeres en relación con el transporte público, los espacios abiertos, las áreas de empleo.

P. ¿Las ciudades deberían ser feministas?

R. Sí, claro. Deben ser sensitivas e integradoras de las necesidades, preocupaciones y sueños de las mujeres.

P. ¿Y dónde debe estar el ciudadano en los tiempos de una democracia 2.0?

R. Diseñando sus propias soluciones, midiendo y pidiendo rendición de cuentas. La opinión de los ciudadanos debe contribuir a la toma de decisiones para que las ciudades sean de ellos. La lucha por lo público, así como la noción de provisión de bienes públicos, bienestar colectivo e identidad social compete al ciudadano. FIN

Publicado originalmente en El País, Internacional

 

“El machismo es una enfermedad de transmisión social”: Gloria Poyatos

“La violencia contra las mujeres hunde sus raíces en las relaciones de género dominantes como resultado de un notorio y sistémico desequilibrio de poder. En la civilización occidental, desde sus orígenes, el sexo ha venido funcionando tradicionalmente como un decisivo factor de discriminación a la hora de reconocer a las personas derechos y obligaciones de acuerdo con la cultura judeocristiana, con clara persistencia en el derecho visigodo, agudizándose en la Edad Media al recuperarse entonces principios básicos del derecho romano que han estado presentes en nuestro ordenamiento jurídico español hasta hace pocas décadas”, afirma Gloria Poyatos, la jueza que hace apenas un año organizó la Asociación de Mujeres Juezas de España. Es parte del contundente prólogo del libro Todas, un libro editado por libros.com que cuenta mediante reportajes que todas nosotras hemos sido tocadas. Poyatos denuncia que nuestra sociedad vive una cultura de la igualdad simulada que violenta las mujeres en todos los ámbitos, también el suyo, el jurídico.  “Nuestro derecho sigue padeciendo severas carencias de perspectiva de género, tanto en el fondo como en la forma, y conserva aún numerosos vestigios de desigualdad”, señala la jueza, Magistrada del Tribunal Superior de Justicia de Canarias y presidenta de la Asociación de Mujeres Juezas de España

Poyatos cuenta con el Mallete de Oro de 2017, galardón otorgado por la ONG Women´s Link por defender, junto a sus compañeros, “la mejor sentencia del mundo de género”.

El movimiento feminista cada vez denuncia más que la Justicia es patriarcal. ¿Qué significa aplicar perspectiva de género al mundo de la Justicia?

Significa integrar la mirada feminista en la Justicia, para interpretar un ordenamiento jurídico (construido con severas carencias de género), de forma equitativa, contextualizada y respetuosa con los derechos humanos de las mujeres.  Aplicar un enfoque de género supone franquear los estereotipos sexistas, porque jueces y juezas nacemos, nos educamos y opositamos en la misma sociedad machista que el resto de profesiones y estamos igual de contaminados, pero con mayor responsabilidad social porque nuestras decisiones tienen gran impacto humano.

Para romper los estereotipos machistas dentro del mundo de la Justicia, hacen falta cambios endógenos y exógenos. Actualmente somos más juezas que jueces en España (52% ). En cambio, la representación femenina en el Tribunal Supremo es pura anécdota (de 77 integrantes, solo 11 mujeres). Y el mismo patrón se reproduce en el Tribunal Constitucional, donde de 64 integrantes a lo largo de su historia, solo 6 tienen nombre de mujer. Eso es una anomalía democrática que no representa la mirada completa de una sociedad formada por mujeres y hombres. El feminismo reivindica la igualdad entre hombres y mujeres, al igual que nuestra Constitución, que ordena remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud.

Márqueme esos estereotipos. 

Los estereotipos y prejuicios de género asignan determinados patrones a hombres y mujeres, como el rol de cuidadoras y madres para ellas frente al rol de proveedores de los hombres. Para corregir eso, hay que aplicar una justicia con perspectiva de género, crítica y contextualizada para dar espacio a los derechos de las mujeres. La sociedad debe cambiar y aplicar realmente el principio de igualdad que dicen las leyes. Vivimos en una cultura de igualdad simulada que devalúa continuamente la imagen de las mujeres.

Los estereotipos están por todas partes. En Derecho hay una larga historia de ellos sobre las testigos mujeres como intrínsecamente mentirosas o no confiables. El ejemplo más claro es el caso de Ángela González, una víctima de violencia de género que había presentado 51 denuncias ante juzgados y comisarías frente a su exmarido, para evitar las visitas sin vigilancia de la hija común del matrimonio. No fue atendida, y su hija Andrea, con tan solo 7 años fue asesinada por su padre de un disparo. Por ello desde la ONU se condenó a España en 2014.

También fue importante la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Canarias de marzo de 2017, que revocó una decisión judicial y definió, por primera vez en España, la técnica de juzgar con perspectiva de género. En ese caso se dudaba de las 10 denuncias que había presentado una mujer, cuestionando la declaración propia de la víctima. Recientemente hemos dictado otra importante sentencia frente al Grupo Endesa, donde se impidió el acceso a un puesto de trabajo a una mujer a pesar de existir empate de méritos. No se aplicaba la acción positiva prevista en el convenio. Creer que las mujeres somos intelectualmente inferiores también es un estereotipo.  Y otro muy frecuente, sobre todo en el ámbito de los delitos sexuales, es el del consentimiento sexual implícito de las mujeres.

Parece ser que la dificultad estriba en que ellos, para que se dé la igualdad, deben renunciar a privilegios. 

Más que plantearlo como una batalla prefiero pensar en cómo captamos a los hombres para que entiendan que la igualdad es un avance para toda la sociedad (hombres y mujeres). Yo siempre digo que la cultura patriarcal ahoga a las mujeres, sí, pero aprieta a los hombres, que también son maltratados. Porque ellos también tienen y sufren determinados estereotipos. Por cada mujer cosificada, hay un hombre que tiene que demostrar en todo momento una gran potencia sexual; por cada mujer lista cansada de actuar como si fuese tonta, hay un hombre que debe aparentar saberlo todo; por cada mujer fuerte en apariencia débil, un hombre debe demostrar su fuerza. Un sistema que no respeta a la diversidad de las personas, también les maltrata a ellos.

Debemos actuar desde la educación. ¡Claro que hay que cambiar la Justicia!, pero tengamos en cuenta que nosotros al fin y al cabo gestionamos el fracaso social. Hay que actuar desde la prevención. El maltratador no nace, se hace. El machismo es una enfermedad de transmisión social que se cura. Su vacuna se llama educación.

El nombre de la organización que fundó, Asociación de Mujeres Juezas, ¿no es redundante?

Sí, claro, pero de forma intencionada. Queríamos destacar nuestra faceta como juezas pero también, y más importante, como mujeres. Entre otras cosas, porque reivindicamos la histórica invisibilización de lo femenino, que pasa sin duda por el lenguaje. Porque el lenguaje es un reflejo del pensamiento y el instrumento a través del cual nos relacionamos y mostramos nuestra manera de ver el mundo y puede erigirse como un arma de discriminación masiva. Por ello desde nuestra Asociación enviamos una carta a la RAE, en la que solicitábamos la eliminación del Diccionario normativo de determinadas acepciones discriminatorias. Es muy sencillo, las juezas no somos la mujer del juez, ni las zapateras del zapatero… Y todo eso debe cambiarse. FIN

(Entrevista completa, parte fue publicada en El País/ Suplemento Smoda)

#MeNiegoA la indiferencia

Mayerlis Angarita, una defensora colombiana de los derechos de las mujeres, repetía algo que dio titulares en España cuando la entrevisté en su país. Decía: “No es normal que nos violen. No es normal que nos desaparezcan”. Aquí su frase llamó la atención; allí, menos.

Es como si en su país, acostumbrado al horror de la guerra y a más de ocho millones de víctimas, la gente se hubiese anestesiado contra el dolor. Ella, que vive con guardaespaldas porque varias veces han intentado matar, afirma también que la indiferencia mata.

En España, donde la violencia machista ya ha asesinado a 44 mujeresme niego a normalizar las muchas violencias que sufrimos las mujeres de aquí y de allá, de mayor y menor formación, de clases altas y bajas, de orientaciones sexuales diversas y los más variados credos y culturas. Porque es violencia contra nosotras que cobremos menos, que no estemos representadas en la política de una forma paritaria, es violencia que haya más desempleo entre las mujeres, que paguemos una factura mayor en términos de salud que los hombres, que la justicia todavía no cuente con una perspectiva de género, que nos cosifiquen, nos piropeen por las calles y los chistes machistas sigan siendo jaleando… Todo eso son violencias, especialmente cuando nos están matando. Y ante esos datos que sin duda constituyen una agresión a todas y cada una de nosotras, solo un 0,8 de los españoles consideran la violencia contra las mujeres como un asunto grave. Y hoy, a dos días del Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, me uno a la campaña que lanza Oxfam Intermón contra esta enfermedad que son las violencias contras las mujeres, un problema calificado de pandemia por Organización Mundial de la Salud, y digo “#MeNiegoA la indiferencia contra las múltiples violencias machistas”.

E intencionadamente uso el plural porque son muchas las desigualdades. Van algunas, las más obvias. #MeNiegoA

  1. A que no lideremos y existan techos de cristal. Las mujeres ocupan un 14,3% de los puestos directivos.
  2. A que cobremos menos. Cobramos de media un 15% menos.
  3. A trabajar más en el hogar. El uso del tiempo es radicalmente distinto: nosotras dedicamos al hogar una media de 4,29 horas al día; ellos dos menos.
  4. A cobrar menos pensiones. Nuestra vida laboral es más corta, los sueldos más precarios y por lo tanto, cotizamos menos. Pensiones. Un 69% de los hombres cobra pensión, mientras que las mujeres son un 30,78%.
  5. A que sigamos sin jugar un papel igualitario y en paridad en la política.
  6. A que sea más difícil trabajar para una mujer. El paro entre las mujeres es mayor.La tasa de empleo femenino en 2012 no llegó al 39%, 10 puntos por debajo de la masculina. Entre 2008 y 2013, el desempleo femenino se duplicó, pasando del 13 al 27%. El 72,5% de las personas con contrato a tiempo parcial son mujeres.
  7. A que tengamos un papel secundario en el mundo de la ciencia.
  8. A sufrir acoso sexual
  9. Al maltrato físico y psíquico. El 35% de las mujeres en todo el mundo han sufrido violencia física y/o sexual.
  10. A un lenguaje sexista.

Pero hay muchos más motivos y causas a las que hombres y mujeres debemos negarnos. Va una lista rápida confeccionada entre mis compañeras:

Me niego a educar a mi hij@ en el machismo

Me niego a callarme cuando me interrumpen por el mero hecho de ser mujer

Me niego a tratar de manera diferente a las personas según su sexo

Me niego a escuchar tertulias sólo de hombres

Me niego a soportar que la pobreza y la desigualdad afecten más a las mujeres

Me niego a que miles de niñas sufran ablación

Me niego a alimentar los estereotipos que limitan a las mujeres

Me niego a comprar juguetes sexistas

Me niego a que las mujeres sigamos cobrando un 15% menos

Me niego a trabajar 54 días gratis

Me niego a que las trabajadoras domésticas estén discriminadas

Me niego a juzgar a las mujeres sólo por su apariencia

Me niego a que las mujeres cobremos menos. ¡22,9%!

Me niego a que ser madre perjudique la carrera profesional de una mujer

Me niego a que se minusvaloren los logros de las deportistas

Me niego a minusvalorar el maltrato psicológico

Me niego a que en mi país se tolere la explotación sexual de mujeres

Me niego a interrumpir a una mujer cuando habla

Me niego a perpetuar el machismo

Me niego a ignorar la violencia machista que existe a mi alrededor

Me niego a callar ante el ciberacoso

Me niego a callar ante el acoso

Me niego a participar en un panel o conferencia solo de hombres

Este post forma parte de una serie de entradas creadas específicamente por diversas expertas, en el marco de la campaña #MeNiegoA  de Oxfam Intermón.  Tienen como objetivo sensibilizar y generar debate acerca de la gravedad de las violencias machistas en nuestra sociedad durante los 16 Días de Activismo contra la violencia de género.

 

“Pedimos perdón porque necesitamos sanar heridas”: Camila Cienfuegos

Con 14 años dejó de su casa y se enmontañó, que es como dicen en Colombia, su país, coger un fusil y meterse en la guerrilla. Tras toda su vida en la guerra, la comandante Camila Cienfuegos (Valle del Cauca, 1977) fue una de las mujeres de la insurgencia que estuvo en La Habana durante el largo negociado de la paz. Formaba parte de la Subcomisión de Género. Se declara feminista, a pesar de haber formado parte de un grupo fuertemente patriarcal, jerarquizado y acusado de utilizar la violencia sexual (como el resto de los actores armados legales e ilegales) como un arma de guerra. Cienfuegos lo niega y recuerda los estatutos del grupo insurgente en pro de la igualdad de hombres y mujeres. Molesta ante la afirmación, reitera que jamás existió un mandato para que se dieran esas violaciones, y que si ocurrieron, señala, fueron siempre a modo particular. Terminada la entrevista y apagada la grabadora, pide reiterar ese punto y subraya el papel de la Jurisdicción Espacial para la paz, que se encargará durante 15 años, de juzgar a exguerrilleros de cualquier delito, violencia sexual incluida.

¿Está Colombia hoy más cerca de la paz, tras un año de la firma del acuerdo?

Relativamente, porque sí, formalmente la guerra ha terminado, pero mientras no se implementen los cambios que están en el papel, el avance no será real. Si no se ejecuta lo que firmamos, no habrá paz.

¿Cuáles son las principales dificultades para que la paz sea haga efectiva?

La extrema derecha no quiere la paz. Nosotros hemos cumplido nuestra palabra y el Gobierno en parte, pero un sector de la sociedad no la quiere. Y uno de los motivos es que la paz tiene una gran desventaja: no genera dividendos, como lo hace la guerra.

Dicen que la indiferencia de parte de los colombianos mata más que las balas. 

Sí, y esa parte de falta de solidaridad e insensibilidad también está en los medios de comunicación. De alguna forma parece que si no hay muertos, no hay titular. En Colombia nos hemos acostumbrado y no contamos con periodistas que sepan visibilizar la paz. Entre todos hicimos que la guerra fuera lo ordinario.

Usted nació en un país en guerra, se enroló en las filas de la insurgencia siendo una adolescente y hasta hace un año no supo qué era la dejación de armas. ¿Sabría qué es la paz?

La guerra no se vive simplemente por haber militado en las FARC, tiene muchas más dimensiones. La guerra son las bombas, la metralla, sí, pero también la miseria, el abandono del campo colombiano, la falta de atención a los derechos de las mujeres, que no tengan derecho a unas tierras, a una educación, a una vida más allá de la esfera privada…

La paz es una reforma rural integral, es acceso a la educación, es que se respete el derecho a la vida, es hacer una política distinta a la del uso de las armas. Paz es respeto a la vida, que haya libertad de pensamiento, de opinión, que no nos asesinemos por decir lo que pensamos, es ejercer de verdad una democracia, también para nosotros [las FARC].

Habla de respeto a la vida. ¿Eso lo entenderán también las víctimas de las FARC?

Sí, porque nuestra lucha nunca pretendió hacer daño a nuestro pueblo. Siempre tuvo una intencionalidad política y buscó una salida negociada. Y si nos equivocamos alguna vez, hemos pedido perdón a quien hicimos daño.

Sí, nos hemos acercado a esa gente a la que pudimos hacer daño y les hemos pedido perdón. Perdón porque necesitamos sanar heridas, reconciliarnos y dejar los rencores y odios. Si los que estábamos frente a frente nos hemos dado la mano y hablado con el adversario, que no enemigo, si hemos podido entender que nos enfrentamos innecesariamente porque ninguno entendía al otro… creo que debemos buscar entendernos. Porque además, a nosotros (exguerrilleros y defensores de los derechos humanos) nos siguen matando, prácticamente una persona por semana. La violencia sigue su curso en Colombia.

¿Cómo es la vuelta a la sociedad civil, tras toda una vida en la guerra?

Nosotros siempre estuvimos en la sociedad, con las comunidades. Nosotros estábamos donde no estaba el Estado con escuelas, puestos de salud, construyendo carreteras… Vivíamos el día a día de esa sociedad históricamente marginada. Y seguimos con ellos, especialmente ahora, tras el acuerdo. Somos hijos e hijas de las comunidades y siempre hemos estado con ellos. Estamos trabajando en proyectos productivos y haciendo capacitaciones y pedagogía de la implementación de los acuerdos y de la importancia de incluir el enfoque de género en una nueva Colombia.

Sorprende en sus biografías que una de las primeras cosas que aparecen es su autodefinición como feminista. 

Soy una firme defensora de las mujeres. Hay que tener en cuenta que a nosotras, un 30% de la organización, siempre nos han tachado de ser “las compañeras” , las asistentes y mujeres de los guerrilleros. Y eso no era cierto, en la guerrilla hombres y mujeres cocinaban, batallaban, aprendían y se formaban sin distinción de generos. No se ha contado que somos mujeres empoderadas que luchamos por nuestros derechos, por el acceso a la tierra, por la igualdad, por participar en la esfera política, por todos los derechos vulnerados de las mujeres en Colombia y en todas partes.

A pesar de las dificultades, ¿tiene esperanza en una Colombia en paz?

Sí, siempre. No podemos perder la esperanza.

Camila Cienfuegos es una de las cuatro ponentes invitadas por Alianza por la Solidaridad para analizar la realidad del conflicto colombiano un año después de la firma del acuerdo de paz. La ex comandante, que “concibe la lucha de las mujeres como una conquista de derechos en igualdad para todo el conjunto de la sociedad”, hablará también de la importancia de incluir una perspectiva de género en la implementación de los acuerdos. La exguerrillera participará junto con Pilar Rueda, jurista e integrante de la Subcomisión de Genero de la Mesa de Conversaciones de La Habana, en la que incidió especialmente en los derechos de las mujeres víctimas de la violencia sexual; Charo Mina, activista y afrocolombiana, que jugó un papel importante a la hora de incluir los derechos étnicos en el tratado de paz y Aida Quilcué, lideresa indígena, una voz clave para entender la diversidad del país andino.

(Publicado originalmente en El País)

La necesidad de un nuevo relato

 

 

“Durante mucho tiempo dudé en escribir un libro sobre la mujer. El tema es irritante, sobre todo para las mujeres; pero no es nuevo”, decía Simone de Beauvoir en el arranque de El segundo sexo, en 1949. Lo recupero hoy en el día de las escritoras: porque, ¡qué aburrimiento tener que seguir contando con una jornada por lo que es obvio¡: escribimos.

Por eso dudé si escribir este post sobre mujeres escritoras. Pero nos toca tomar las armas, mejor, los pinceles y los lápices para –por un tema de justicia- que se vea el mundo con la diversidad que tiene. ¿Cuántos años más de un arte solo contado por unos, casi siempre blancos, occidentales y con poder? Es hora de construir otro relato. Y para muestra un ejemplo traído de una conversación en twitter hace unos días. Me quejaba antes las redes de los siete tertulianos, que por tercer día consecutivo ocupaban la pantalla y que, curiosamente, cumplían con el patrón enunciado unas líneas más arriba. Tras mi grito a la red, surgió la magia, un microcuento que habla de esas historias contadas por hombres o por mujeres escrito en menos de 144 caracteres.

     Yo estoy disfrutando vivamente de que el nacionalismo se exponga como una cuestión masculina: mismo universo caduco. Mujeres=municipalismo.

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Magnífico.

 Para colmo, el conductor del programa, Ferreras, despedía a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, tras entrevistarla, con un: “Bueno, sé que le espera su hijo en casa”. “A ti también”, respondió ella rauda. ¿Qué no hace falta otro relato que entienda que otras formas de resolver, de hablar, exponer y de recordar algo tan básico como que –ellos también tienen hijos?

 Escribamos. Entre otras cosas “porque lo personal es político”, como decía Kate Millet hace ya décadas. Escribamos, porque no se puede aislar la política, el poder y la participación de las mujeres dentro de la sociedad. Escribamos porque la literatura es también política y una forma de respirar.

 

 

 

 

Para los nazis somos culos: ¿burka o bikini?

En las tristes elecciones que hoy se han celebrado en Alemania y en las que un partido de ultraderecha podría conseguir hasta 90 escaños, con un 13,5% de los votos, las mujeres somos culos. Era parte de su publicidad, ilustrada con tres mujeres jóvenes, esbeltas a las que se veía de espaldas en bikini metiéndose en el mar. ¿Burka o bikini?, rezaba el panfleto. “Nosotros, preferimos bikini”, proseguía el partido que habla de la expulsión del extranjero y la defensa de lo propio.

La forma de llamar la atención contra el extranjero (identificado con el burka) ha sido escándalo en el país de Hitler, para algunos, sí, pero para otros muchos, no. Porque las mujeres seguimos siendo cosificadas, objetos, culos, tetas y madres que paren hijos (e hijas) para que el sistema siga funcionando, pero no más. Que un señor (y lo siento, aquí utilizo el masculino singular) de derechas se quede tranquilo optando por el bikini me aterra por varios motivos.

*) sigue siendo un machirulo que me llamará feminazi y que considera que sus hijas solo pueden ser, como mucho, un culo bonito.

*) está comparando la velocidad con el tocino (no vale ser tan simplista a la hora de gritar y querer expulsar al otro).  No es lícito pensar que una prenda de vestir, tan peligrosa como un traje de chaqueta, pueda representar “el uniforme de un movimiento contra el que estamos en guerra” y una “señal de adhesión al yihadismo (se llegó a escuchar en Francia con la polémica del burkini, el burka adaptado al baño.

*) Que ellas lleven un atuendo u otro no les fuerza e ellos a tener que usarlo y mucho menos, a opinar sobre lo que visten ellas.

*) y sin entrar de defender el burka, por si alguno esgrime estar defendiendo los derechos de las mujeres, ¿no son los reducidísimos uniformes de vóley-playa, por ejemplo, tan machistas como el burka? Porque puestos, en España hace poco en una piscina prohibieron el uso del burkini y admitieron el top less. Y de aquí al disparate del ayuntamiento de Cannes, que llegó a prohibir el baño en sus playas a las mujeres que usaban burkini porque “representaba una forma ostentosa de pertenencia religiosa”. Menos mal que dicha acción provocó al menos el sarcasmo internacional, bendito humor inglés que titulaba: “El burkini, prohibido en las costas francesas, para proteger a la gente” (The Independent).

 

 

 

“Sería conveniente un nuevo despertar ciudadano”: Iván Velásquez

Acepta el término “quijote” como sinónimo de idealista. Cuando a Iván Velásquez, con una carrera pública como magistrado casi terminada en Colombia, le ofrecieron combatir la impunidad en Guatemala, donde se calcula que ronda el 97% y hasta el 99% para casos de violencia contra las mujeres, aceptó convencido de que se pueden cambiar las cosas a mejor. El máximo responsable de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), organismo auspiciado por Naciones Unidas, cree en la ciudadanía como palanca de otro tipo de democracias más participativas, apoyadas en una prensa que denuncie y despierte para, como decían los guatemaltecos, que los corruptos pongan cara a la indignación. Estuvo en Madrid, invitado por Oxfam Intermón, para hablar de los desafíos de la cooperación internacional.

Pregunta. ¿Funciona Guatemala?

Respuesta. Guatemala, con un desarrollo institucional muy incipiente, vive un momento de transición frente a la gran dificultad que supone la corrupción. No creo que sea un Estado fallido. Lo que hemos visto con las investigaciones que venimos desarrollando es que el país ha sido capturado por redes ilícitas desde hace décadas. La corrupción aquí es estructural; está dentro del sistema, pero es posible lograr la liberación del Estado.

P. Ustedes hablan de avances respecto a su trabajo, pero los índices de impunidad siguen siendo de vértigo.

R. La CIGIG tiene dos actividades fundamentales: identificación y persecución de los cuerpos ilegales y propiciar condiciones para impedir que estas estructuras se reproduzcan.

En lo que hemos avanzado, junto al Ministerio Público (Fiscalía), es en empezar el proceso de desarticulación de las redes criminales. Y eso, especialmente desde el 2015, se tradujo en la primera expresión de la ciudadana en las calles contra la impunidad, una actitud que generó una nueva confianza por parte de los guatemaltecos, esperanza y, también, un estado más vigilante de ellos frente a las instituciones. Ese avance social no logra transformaciones inmediatas, pero si la ciudadanía se mantiene atenta, participa, propone y protesta hay una mayor posibilidad de construcción de democracia.

P. Sí, ¿pero podría puntualizar su avance en la lucha de esos porcentajes terribles de impunidad?

R. La actividad de la CIGIG no incide realmente en la reducción de la impunidad. Y no lo hace porque nosotros solo trabajamos en la persecución de estructuras criminales. La reducción de la impunidad le corresponde al Ministerio Público.

En lo que sí ha contribuido la CIGIG es en demostrar que la lucha contra la impunidad, o mejor, contra la corrupción, es posible. Ahora, ¿cómo puede enfrentarse el Ministerio Público a ella? Con más presupuesto, más recursos y más personal… Con lo que tienen ahora es imposible frenar la corrupción. Los fiscales necesitarían 15 años para responder a los casos que tienen acumulados hasta enero de 2016, pero si solo se dedicaran a ellos, en ese tiempo se habrían cometido otros 15.000 casos nuevos. En las condiciones actuales la lucha contra la impunidad no va a triunfar por los exiguos recursos del sistema de justicia.

Nosotros decimos que es indispensable variar las condiciones actuales y demostramos que sí se pueden hacer investigaciones serias y profundas que encuentren a los responsables de hechos gravísimos.

P. Para ser un funcionario de Naciones Unidas, su discurso suena muy político.

R. Si eso se entiende como que la CIGIG tiene una pretensión de incidencia en los debates partidistas, digo absolutamente que no, que no somos políticos. Pero si eso quiere decir que insistimos en que haya funcionarios de carrera, que la elección de los altos cargos del sistema de justicia se haga de otra forma, que hablamos de cambios estructurales, sí, mi discurso es político.

Yo creo en la participación ciudadana y en que hay que promover su interés por lo público. Creo que esa es la mejor garantía en la lucha contra la corrupción, una ciudadana interesada que busque formas de participación. También digo que sería conveniente un nuevo despertar ciudadano. Para algunos eso es incitar a la protesta, pero no, es algo que debe existir. Cuando no la hay, el terreno queda cultivado para la corrupción.

P. Pero esos despertares de la ciudadanía, como el que vivió Guatemala en 2015, sirven de poco por sí solos. Hacen falta cambios.

R. Es difícil que la ciudadanía sostenga una reacción emotiva como la que vivió Guatemala hace un par de años si no hay cambios. En Guatemala el retraso de la acción judicial incide en que no se den. Cuando no se ven sentencias, cuando no hay responsabilidades, cuando es probable que haya intereses en dilatar esos procesos, porque el tiempo calma las aguas, se puede olvidar ese despertar del 2015. La indiferencia es positiva para los corruptos.

P. ¿Ustedes están cerca de esos movimientos?

R. No. Sería muy complicado. Muchos acaban articulándose como movimientos políticos, pero saludamos toda expresión ciudadana.

P. El narcotráfico impregna y envenena las sociedades. Y Guatemala está geográficamente situada en un lugar estratégico para su distribución.

R. Guatemala es un punto estratégico de paso de la droga, por lo que los intereses del narco son muy fuertes aquí. Y en un Estado débil, y con poca presencia de las instituciones en muchas regiones, hay que prestarle mucha atención a este problema. Porque, como pasó en Colombia, esas organizaciones además están interesadas en tener control político. Creo que aquí no se ha dimensionado bien el problema.

P. Con ese panorama, ¿sigue siendo usted optimista?

R. El reto es enorme. Hay que generar una cultura de respeto por la legalidad. Hay muchos temas donde tenemos que avanzar. Una necesidad urgente es la reforma constitucional para modernizar el sistema de justicia y profundizar en la investigación criminal. Falta mucho por hacer. ¿Cuántos años serán necesarios? No lo sé. Lo que sé es hay que empezar.

Publicado originalmente en El País, El País, Internacional