‘Sin miedo’, el cine como acción política

Un documental, que empieza con unos personajes en busca de un director, acerca la tragedia de los miles de desaparecidos en Guatemala

“En los documentales son las historias las que se tropiezan contigo”, explica Claudio Zulian (Campodasergo, Italia, 1960), director de la película Sin miedo, una cinta basada en los testimonios de los desaparecidos de la dictadura guatemalteca. En su caso, visitaba el país maya con motivo de una bienal de arte y llegó a ellos por azar, por una amiga que quiso que conociese su historia. Fue así como el documentalista se encontró a los “peticionarios”, un grupo de familias que querían, entre otras cosas, que se cumpliese la ley. Años antes, en 2012, la Corte Interamericana de Derechos Humanos había condenado al Estado de Guatemala por los crímenes cometidos contra su población. Entre las medidas de reparación se encontraba la realización de un documental que contase lo que allí pasó, algo que jamás ocurrió. Ante la inacción, ellos se movieron, hicieran un casting de directores, de guionistas y productoras y se pusieron a la “caza” de un director que contase al mundo que allí, en un país de ocho millones de personas, con 45.000 desaparecidos y 200.000 muertos, se vivió una de las represiones más salvajes de América Latina.

“Especialmente por la historia que reflejo, la de ellos, intenté desde un principio romper con la dinámica tradicional del documental en la que el cineasta dirige y escribe un guión para ir construyendo un relato predefinido. Aquí lo importante era lo que ellos querían, debía narrar lo que les importaba y sentían”, explica Zulian. De ahí que en la cinta se introduzca el dibujo o la fotografía para intentar pensar y reconstruir cómo serían esos hombres y mujeres que ya no están. Por medio de ellas, los familiares –sin un registro gráfico de sus seres queridos- imaginan cómo serían y consiguen, de alguna forma, seguir denunciando y sanar, según explica el cineasta. “Tenían razón ellos. La memoria la construimos con audiovisuales y empezamos a no distinguir qué hemos vivido o qué hemos visto. La película aborda eso y les hace presentes en la acción de sus familiares”, señala Zulian.

Así, a pesar de una Guatemala  lejos de funcionar, donde impera la violencia de una forma extrema –a pesar del fin de la guerra civil- y persiste la corrupción y la impunidad, emociona cuando los protagonistas “eligen” el título de la cinta, Sin miedo, a pesar de las amenazas, del dolor de los muertos y de una actualidad que sigue desgarrando. “La pobreza y la opresión no son un destino. Vamos a seguir luchando porque los volvieron inmortales”, afirman los familiares de esos miles que se llevaron. La cinta se estrena en España en cines el próximo 20 de abril y empieza su periplo por América Latina. En Guatemala hubo en noviembre un pase en la capital en noviembre y empezará a rodar por centros culturales. FIN

Publicado en El País

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La publicidad se levanta contra los estereotipos machistas

Preocupada por los muchos estereotipos contra las mujeres que se dan en su sector, la publicidad, Uschi Henkes, presidenta del Círculo de Creativos (CdC) se propuso plantear un cambio. Escuchó propuestas, que si una web a modo de tutorial, que si un manual de buenas prácticas para profesionales, que si una app con instrucciones… Ninguna le convenció: Henkes, la primera presidenta de este selectivo club, no quiso plantear una iniciativa elaborada de arriba a abajo e unidireccional y prefirió escuchar. Por eso, hace apenas un mes envió, como una de sus primeras acciones al frente de la institución, una carta a todo el colectivo para empezar a cambiar las cosas.

“Me gustaría que los profesionales, tanto del lado del cliente o de la agencia, tuviéramos una especial sensibilidad con los estereotipos que utilizamos en la comunicación que, por costumbre, inercia o comodidad, siguen anclados en el pasado. Desde el CdC lanzamos una campaña que llamamos OVER. Se acabó. Un OVER que es un grito que tapa esos anuncios que hemos visto durante años donde la mujer cumple un papel secundario, sumiso y muchas veces cercano a un cliché sexual. Ya va siendo hora de que el sector de la comunicación opine sobre lo que se debate actualmente en la sociedad”, escribía.

Para empezar, y mientras recibía respuestas a su misiva, invitó a los profesionales del sector a empezar a llenar twitter de reflexiones con el hastag #over. “La gente quiere opinar y hay que escuchar”, afirma. Por eso, arrancarán con doce mesas en las que sentarán a diferentes sectores de la industria de la publicidad (automación, belleza, limpieza, banca, comunicaciones…) con artistas, anunciantes, modelos, sociólogos, estudiantes, académicos y distintos perfiles para crear un documento que ayude a romper esos estereotipos, violencias, contras las mujeres.

La idea es que cada reunión se forme con gente nueva para que discutan una pregunta temática y concienciar sobre el problema. Tal y como explica Henkes, es pronto para saber qué forma tendrá la herramienta que salga de tanta discusión. En principio, habla de libro -aunque sin precisar-. En él, la intención es entregar el producto de esas reuniones a importantes cineastas, gente anónima, como un ama de casa, pensadores y trabajadores ajenos al sector (¿por qué no un taxista?) para que ellos escriban y creen a partir de lo debatido. ¿La fecha? Abril de 2019, durante el próximo Certamen de la Creatividad Española, comentaba a Público este fin de semana en la clausura de la edición de este año.

Henkes, que sí reconoce haberse encontrado con alguna crítica ante su iniciativa, se apoya en el trabajo ya iniciado apenas hace un par de años por Más Mujeres Creativas, una plataforma colaborativa e independiente nacida para promover la visibilidad e igualdad de oportunidades en España. Porque en el sector, con un 56% de mujeres, solo el 14% son directoras creativas y apenas un 1% llega a la dirección general. Belén Coca, una de sus fundadoras, utiliza la palabra “evangelizar” sobre feminismo para revertir los muchos patrones adquiridos.

Habla también de la oportunidad que se presenta ahora para romper con los roles culturales que se han dado a hombres y mujeres. “¿Quién dice que los hombres no tienen sentimientos, quién dice que a nosotras nos gusta aparecer reflejadas con un jabón de platos y no querremos comprar uno en el que aparezca un hombre? Es irreal”, señala. Y en ese aspecto, tanto Henkes como Coca coinciden en señalar cómo las consumidoras empiezan a preferir una publicidad no sexista. FIN

(Publicado en Público)

Laura Mora: “En Colombia, la belleza y la violencia son igualmente democráticas”

Tiene un tatuaje que le atraviesa el cuello como si fuera una raja. El tatuaje dice “latina”. Y es cierto, si por ello se entiende fuerza y coraje unido a no tener miedo a sentir. Laura Mora (Medellín, 1981) lleva también otro tatuaje: el asesinato de su padre, un señor normal, un profesor de universidad al que un sicario disparó hace casi 20 años.

Ese disparo –como el de tantos otros sobre personajes anónimos de su país, Colombia- le ha servido para dirigir y escribir la película Matar a Jesús. La cinta, con una larga lista de premios a sus espaldas, es el testimonio salvaje de una chica de 22 años, ella, que busca al asesino de su padre. Mora está en Madrid para presentar su trabajo, que se estrena el próximo 13 de abril en España. Allí participará también en la primera edición del festival Cine por mujeres. Su largometraje fue uno de las grandes vencedoras del Festival de Cine de Guadalajara que se celebró en marzo en la ciudad mexicana. En el certamen se llevó el premio a mejor película de ficción y el de mejor actor por el papel de Giovanni Rodríguez.

Pregunta. ¿Cómo se puede filmar con honestidad un drama como el que cuentas?

Respuesta. No lo sé. Con años, diría. Me interesaba poder sobrepasar la trágica anécdota y ser capaz de contar una historia que tuviese más impacto. Se trataba de poder separarme de dolor. Y eso se logra con los años.

Me gusta que menciones la honestidad; es lo que buscaba. Y es así gracias a la educación que recibí. Y sí, el guión está más pegado a lo que pueda ser una catarsis, pero la película es una carta de amor a mi papá y a una educación que dice que no se debe excluir a nadie y que está en contra de dividirnos en “buenos” y “malos”. Me refiero a una educación de una humanidad tan excesiva que te permite contar esta historia.

P. Hablas de resistencia.

R. Eso es. La película trata de resistirse a ser violento. Eso es de Sábato, cuando dice que la resistencia es el único lugar donde habita la esperanza siento que todas las familias que nos hemos resistido a la venganza, a pesar de no tener ninguna verdad o reparación, somos la resistencia. Resulta muy complejo, cuando la violencia es tan cotidiana. Porque cuando uno sufre una pérdida de este tipo, es normal que surja la venganza; es una pasión humana que de repente se despierta de una forma totalmente natural. El problema es cómo la contenemos. Además, aquí es más complicado desactivarla porque lo que en otros países va acompañado de una sociedad que compadece y de un sistema penal que acompaña, en Colombia hay una sociedad indolente, impunidad y un sistema corrupto.

P. Dices que te gusta hacer preguntas…

R. Me interesa más generar preguntas que construir mensajes, moralejas o imponer mi visión del mundo. Prefiero construir reflexiones. Por eso me sigue inquietando la violencia de una forma muy profunda, porque no tengo las respuestas.

Me impresiona la exclusión, que es la que la violencia que opera a diario. Y en la película cuento la exclusión del sicario, pero también la de ella, que también ha sido excluida de un sistema penal. Y sí, la protagonista crece con un tipo de privilegios, pero a ella la sociedad y la justicia la excluyen, como a él, que está fuera del sistema desde que nace. Me preocupa cómo hemos perdido la capacidad de compasión, de mirar al otro.

P. En Matar a Jesús la víctima y el verdugo llegan a bailar juntos. ¿Eso es posible?

R. Aplaudo el proceso de paz con todas mis fuerzas y me quito el sombrero ante esas víctimas que fueron a La Habana, se enfrentaron a los victimarios y se abrazaron. Pero creo que el tema del perdón debe ser algo muy íntimo. Imponérselo a toda una sociedad no debe ser la forma. Debes permitir a una víctima decir: “Yo no perdono”. Yo no lo hago, pero no perpetúo. Me siento incapaz de perdonar a quienes ordenaron asesinar a mi papá, pero lo que sí sé es que yo no voy a perpetuar la violencia.

¿Por qué puedo escribir de otra forma sobre el sicario? Porque él es también una víctima de ese aparato criminal que se vale de su exclusión, de una pobreza que le convierte en un soldado de ellos que pone la cara.

El baile entre los dos protagonistas tiene que ver con esos odios heredados. Si este mundo salvaje alrededor de ellos no existiera, quizás hubieran podido ser amigos, amantes, hermanos. Es la sociedad la que los ha enemistado antes de nacer. Antes de que él cometa el crimen.

P. ¿Colombia está acostumbrada a la muerte?

R. Sí, estamos anestesiados, acostumbrados. En Colombia nos duelen los grandes líderes, los hombres, no. Mi papá era un abogado, un hombre, un padre, un profesor… y esos hombres no parecen importarnos. Por eso era importante decir en la película “se nos marchó un hombre”. Deberían dolernos todos. Los muertos nos tienen que seguir doliendo.

P. La indiferencia mata, dicen las víctimas colombianas.

R. Sin duda. ¿Qué me iba a imaginar yo cuando escribía la película, que todo esto iba a coincidir con el proceso de paz? Imposible imaginármelo. Pero fíjate, casualidades, empezamos la preproducción de la película el domingo que ganó el “no” en el referéndum. Y mientras trabajábamos, se oía pólvora y la gente pitaba y celebraba como si hubiesen ganado un partido de fútbol. Eso es ser bárbaros. Ese día la película cobró más sentido que nunca, un sentido político. El proceso de paz tiene todos los problemas del mundo, pero si con eso estamos salvándonos 500 vidas al año, vale la pena.

Seguimos enfrascados en el discurso del odio. Es como si los colombianos estuviésemos asustados de desprendernos de la violencia. Porque en Colombia la belleza y la violencia son igualmente democráticas: la tenemos todos. Es así de trágico. Por eso el cine es importante, porque puede ayudarnos a desprendernos del relato de la violencia, desactivarla y ver la monstruosidad que hay en ella. Tenemos tanto miedo porque tenemos que reinventarnos para construir un nuevo relato social.

P. ¿Es la educación la clave, como lo fue en tu caso?

R. Yo creo que la educación es un eje fundamental, pero el Estado debe empezar a ocupar unos lugares que ha dejado desprotegidos en un sistema absolutamente desigual. La educación funciona cuando te va a servir para algo. Porque si dices, sí, voy a la escuela, pero llego a casa y no hay qué comer, mi mamá no tiene trabajo, no hay salud, no hay pensión, no hay agua… ¿Entonces? Hay que repensar radicalmente el sistema de igualdad.

P. Qué ha sido de los dos actores protagonistas, actores naturales, por cierto.

R. Natasha no tiene ningún interés en volver a actuar. Es artista plástica, estudia en la Universidad, trabaja con un colectivo y es una chica con una postura política y artística impresionante. ¡22 años y tanta coherencia! Es maravillosa. Él tiene una vida más compleja. Giovanni es la tragedia de Colombia en un cuerpo de 24 años. Le mataron a su papá cuando su mamá estaba en embarazo, su mamá lo abandonó, creció a la merced de la calle, a los 11 fue reclutado por grupos ilegales en la ciudad. ¿Qué más querés? Pero es un chico de una inteligencia brillante, ya no como actor, sino en la vida. Lo que hablábamos de la educación: Ella es hija de profesores, le han inculcado la libertad, el respeto. Y él… ¿ves? No cerramos esas brechas con educación, hace falta igualdad. FIN

Publicado en El País

Cine elevado a M, de mujer

“Cuando las mujeres hacemos cine, filmamos lo mismo y más, porque tenemos otras historias que no se han contado. Es así de simple”, afirma Carlota Álvarez, codirectora de la primera edición del Festival Internacional Cine por Mujeres, que se clausura este domingo 8 de abril. No es cuento. Debra Zimmerman, directora ejecutiva de Women Make Films, lo explica con estadísticas y con un argumento claro: la organización que representa está aburrida de la misma película de siempre, de los mismos patrones, dice, y quiere ver cintas donde aparezcan mujeres con poder, que no sean objetos y que reflejen la realidad de lo que vive la mitad de la humanidad. Porque según los datos que aporta, con los que coinciden multitud de estudios, en los diálogos de la gran pantalla las mujeres ocupan un 30 por ciento, por ejemplo.

Para evitando caer en el tópico sobre qué es lo que retratan las mujeres —que si un cine menor, o más sensiblero—, la crítica de cine Pilar Aguilar se cuestionaba hace unos días si los hombres hacen un cine “de hombres”. “Claro que sí, absolutamente. Y lo peor es que ni se dan cuenta. Es el patriarcado que dice que los hombres están en el centro del universo”, responde Zimmerman, que lleva décadas en una organización que se declara feminista y se dedica a distribuir cine independiente hecho por mujeres.

“Sí, feminista, rotundamente. Y desde hace muchos años: ayudamos a las mujeres a distribuir cine con perspectiva de género. Hablo de contenidos nuevos a kilómetros de distancia de lo que vemos en Hollywood”, asevera la norteamericana.

Álvarez, por su parte, puntualiza que en su festival todos y todas son feministas, pero que se dirigen a todos los públicos para, entre otras cosas, romper estereotipos y mostrar que las cineastas no solo hacen cine intimista, sino que aportan talento y un abanico de visiones más amplio.

En la charla, surge pronto cómo medir el grado de feminismo de una película: bajo qué parámetros, por ejemplo, acepta o no una cinta la organización Women Make Films. Ante la cuestión y los debates sobre las varias olas de feminismo, la norteamericana se ríe y dice que en su organización lo que se busca es una mirada inclusiva. Que eso es el feminismo. Pero ante la duda de cuál sería, por ejemplo, el buen feminismo, se agarra al nombre de su organización, mujeres que hacen cine, y recuerda que solo hay una línea roja: no repetir los patrones del cine en el que no estamos o solo somos objetos. “En Estados Unidos las mujeres tenemos un problema de salud: la medicina está hecha por hombres, y por lo tanto, no se han estudiado nuestros cuerpos. En el cine ocurre lo mismo: no hemos contado”, comenta.

Respecto a soluciones para conseguir una mirada más igualitaria, la responsable del festival no tiene dudas y habla de la necesidad de establecer “unos cuantos años de cuotas para conseguir la paridad. En Suecia es política de Estado. Si somos el 50% de la población y pagamos el 50% de los impuestos, nos corresponde ese tanto”, recuerda. Con las salas y charlas del festival llenas de hombres y mujeres, en un número bastante equitativo, preguntamos por el movimiento #MeToo.

“Al principio fui muy escéptica ante él, pensé que era otro año más que decíamos que ese era el de las mujeres. Pero, no, ahora siento que esto es imparable. ¿Motivos? Una combinación de hartazgo y de empoderamiento basado en el trabajo de las feministas de muchos años. Sinceramente, pienso que ahora se abre –de verdad- una oportunidad para las mujeres. También en el cine”, zanja la norteamericana.

Publicado en Diario Público

El amor como adicción

Todas hemos sufrido violencia machista, pero a pesar de esa realidad, sigue sorprendiendo el #MeToo, especialmente cuando nos tomamos el tiempo de entender qué hay detrás de ello. Choca especialmente si el testimonio es de alguien cercano. También lo hace si la superviviente (no quiero decir víctima), se toma el tiempo para explicar cómo ella, preparada, formada y culta –en contra de todos los estereotipos- malvivió durante años con la violencia.

 

Por eso, por auténtico, el testimonio de Rosalind Penfold resulta sobrecogedor. Su historia, contada por ella misma en viñetas, estremece. No solemos estar en disposición de prestar atención al horror; porque el machismo ha callado sus voces durante muchos años de múltiples maneras. De ahí la fuerza de su historia, contada en cómic bajo el título Quiéreme bien.

El proceso de una víctima, cuenta, sería algo así como: “bofetada, beso, bofetada, beso, bofetada, bofetada…” y así hasta anular a la persona, atrapada en un falso amor. Del libro que ahora publica en España Astiberri resulta escalofriante la claridad del mensaje: nos puede pasar a todas, también a las mujeres fuertes. “Lo bueno es que aprendí. Aprendí que si podía pasarme a mí, puede pasarle a cualquiera”, declaraba en una entrevista al diario Público.

Las tiras, escritas por ella a modo de terapia, constituyen un excelente retrato de la psicología del abusador, y son una invitación a todas las mujeres que podemos pasar por esa situación a salir y gritar “basta ya”. Tras leer sin aliento y de una sentada sus casi 250 páginas, ¡diez años de su vida!, se encuentran claves para comprendernos cuando caemos en la culpa, que esclaviza y ata; y en la absoluta erosión de la personalidad que sufre una persona maltratada, limada a golpes. La fórmula está en el grado de sinceridad del relato:

“Cuando conocí a Brian, me enamoré perdidamente de él. Era carismático y encantador. En nuestra primera cita me habló de su difunta esposa, de lo mucho que la había querido y de cómo, tras su fallecimiento, se había esforzado por hacer de padre y madre de sus cuatro hijos pequeños. Su sensibilidad me conmovió profundamente. Pensé que era el hombre más maravilloso que jamás había conocido. Pensé que me disponía a vivir una HISTORIA DE AMOR DE CUENTO DE HADAS. Y así fue, durante un tiempo. Luego saltamos a un territorio por el que yo nunca había viajado: UN CAMINO PANTANOSO DE MALTRATO VERBAL, EMOCIONAL, SEXUAL y, finalmente, FÍSICO. Mi ceguera, mi negativa a reconocer lo que estaba ocurriendo y, posteriormente, el bochorno y una profunda vergüenza me mantuvieron diez años al lado de Brian. Creía las cosas que él me decía en lugar de lo que yo misma veía y experimentaba. ME PASABA EL DÍA TRATANDO DE DESCUBRIR QUÉ ESTABA HACIENDO MAL y cómo podía hacerlo bien. Para colmo, no recordaba las agresiones verbales de un incidente a otro. Nunca se producían por el mismo motivo; en realidad, solían producirse por el motivo contrario. No existía un patrón de conducta fácil de prever, de modo que VIVÍA SUMIDA EN EL DESCONCIERTO”.

Tras el ejercicio de sinceridad de la escritora, surge la pregunta de si ella finalmente acabará firmando con su nombre real algún día. “Estoy considerándolo, aunque no estoy segura de que sea necesario. El libro debe hablar por sí solo. Como cualquier símbolo que se convierte en un icono, la historia puede ser más potente si dejamos que represente a todas las mujeres, y no solo a mí”, señala. Toda una lección. FIN

Publicado en 20 minutos, https://blogs.20minutos.es/mas-de-la-mitad/

Y con ella, en entrevista, publicada unos días antes en Público, http://www.publico.es/sociedad/entrevista-rosalind-b-penfold-romance-ignoramos-alertas-abuso-entramos-negacion.html

ROSALIND B. PENFOLD:

 “Durante el romance ignoramos las alertas del abuso y entramos en la negación”

Quiéreme bien. Una historia de maltrato es una narración de un drama real y cotidiano protagonizado por la autora de esta peculiar novela gráfica durante diez años, los que vivió bajo violencia machista. Su historia es la de tantas mujeres, golpeadas, aterradas y con la autoestima destruida.

En poco más de 250 páginas que se leen sin levantarse de la silla y con el alma agarrotada, la autora, que firma como Rosalind B. Penfold, cuenta cómo una mujer fuerte y profesional cayó en el horror, en el consentimiento, en la culpa, en el perdón tras la bofetada, seguida de un beso, en la excusa del hogar y los hijos para aferrarse a él, al que ella consideraba el hombre perfecto, “su gran amor”. Las tiras, escritas por ella a modo de terapia, constituyen también una excelente retrato de la psicología del abusador, y son una invitación a todas las mujeres que podemos pasar por esa situación a salir y gritar “basta ya”.

En las páginas editadas por Astiberri, cuentas cómo te enamoraste de una locura que no era real, de una montaña rusa de emociones que te hacía sentir bien. ¿Es eso el amor romántico?

El amor romántico está aquí para quedarse, ¡es química! Porque si se basa en el respeto mutuo, la bondad y la confianza, es válido, puede profundizarse y ser duradero. El amor romántico no es el problema, pero sí las desilusiones que nos montamos entorno a él. En las primeras etapas, durante el romance, a menudo ignoramos las “advertencias” que señalan el abuso y entramos en la negación: ahí es donde empiezan los problemas.

¿Qué es el amor para ti?

El amor tiene muchas formas, pero nunca debería doler. Siempre debe incluir respeto, bondad y confianza. En mi caso, confundí la intensidad con la intimidad y me creía lo que quería escuchar y no lo que vivía. ¡Para mí, al final, fue una adicción!

¿Por qué las víctimas sienten vergüenza de serlo?

Resulta difícil admitir que estás en una relación abusiva y que sufres maltrato. Hay muchas razones para quedarse atrapada en ellos. Y una muy frecuente para es la financiera; o los hijos; o las amenazas. Y mientras se dan, seguimos esperando que las cosas mejoren. Pero cuanto más tiempo nos quedamos, más difícil es salir de ahí, porque nos sentimos humilladas y totalmente débiles. Entonces, hay que matar a la vergüenza, que nos impide pedir ayuda.

Muchas veces, cuando las mujeres víctimas de la violencia deciden hablar, vuelven a sufrir porque deben vivirlo una vez más. ¿Cómo podría evitarse esto?

 Toda violencia, ya sea emocional, sexual o física, causa trauma. Pero cuando esa violencia ocurre en tu casa es como vivir en una zona de guerra con bombas cayendo constantemente. Y lo peor es que quien se supone que debe amarte es el enemigo, vive contigo. Eso causa profundas cicatrices y una vez que sales, el síndrome de estrés postraumático dura mucho. El tiempo y la terapia ayudan, pero incluso después de muchos años, en mi caso ocurre que, a veces, cuando hablo de ello, mi corazón se acelera. Otras veces, por la ansiedad que me genera, mi recuerdos y memoria se congelan. No estoy segura de que eso pueda evitarse. La gente debe ser paciente y comprensiva con nosotras.

¿Por qué se cree que una mujer fuerte no sufrirá violencia?

La gente piensa que si eres una mujer fuerte, si te ocurre, te irás. En mi caso, yo creía que el hecho de ser fuerte, me protegería. Eso fue un error. Ahora sé que incluso las mujeres inteligentes y fuertes son vulnerables.

Tu madre te pregunta en un momento, tal y como reflejas en el libro: “¿Cómo has podido abandonarte?”

Sí, y esa es la pregunta clave. La respuesta es que una relación abusiva continua, te daña la autoestima y erosiona. Y eso pasa lenta y sutilmente hasta que ya no eres “tú misma”. Ese es el gran peligro.

¿Qué aprendiste de ese horror que viviste durante diez años?

Cuando miro hacia atrás me cuesta reconocer a esa mujer como a mí misma. Antes era fuerte, lo suficientemente fuerte como para sobrevivir, pero lamento haber perdido esos diez años. Obviamente, tenía cosas que aprender, ¡pero desearía haberlas aprendido de un libro! Lo bueno es que aprendí. Aprendí que si podía pasarme a mí, puede pasarle a cualquiera.

Por último, ¿algún día publicarás tu nombre y tu imagen?

Estoy considerándolo, aunque no estoy segura de que sea necesario. El libro debe hablar por sí solo. Como cualquier símbolo que se convierte en un icono, la historia puede ser más potente si dejamos que represente a todas las mujeres, y no solo a mí. FIN

Loving Pablo, loving Disney

Loving Pablo, de Fernando León de Aranoa, basada en el libro del mismo nombre, de Virginia Vallejo, amante y periodista del narco, duele. Y lo hace porque cuenta el drama de la guerra del narco que vivió Colombia en un tono Disney y hasta cómico. Y sí, el director filma con la dureza que merece el narcoterrorista, pero parece reírse de los muchos de miles de colombianos que padecieron sus bombas, amenazas y miedo. También parece hacer burla a las mujeres, que aparecen todas como tontas y/o prostitutas: no hay matices.

La cinta, una gran producción, escuece y chirría –principalmente- por el personaje que interpreta Penélope Cruz, Virgina Vallejo, reportera de la época y auténtica sex symbol del país. No se entienden sus chillidos histéricos, su forma de contonearse gratuitamente por hoteles, fincas y restaurantes, los saltitos que pega cuando su novio -el hombre que llegó a controlar más del 80% de la producción mundial de coca- le mete en la maleta fajos de billetes. Ella, la mujer más deseada de su país en su momento, astuta, rica, culta, rápida y poderosa, no los necesitaba. Y sí, sin duda, le gustaba el dinero, y era ambiciosa y se acostó con quien quiso, pero siempre con cabeza. Ella fue mucho más que las piernas más bonitas de Colombia: fue la persona que encandiló a uno de los mayores asesinos de la historia reciente. Su historia es la de un duelo de titanes que no aparece en la cinta.

Fernando León se olvida de contar la complejidad de un país que enamora y mata a la vez. No hay matices en su film, y a pesar de retratar el horror de los asesinatos, extorsiones, secuestros y ríos de sangre que provocó el huracán Pablo, el director utiliza un tono de princesas de Disney difícil de creer. El realizador se pierde la exquisita ocasión que ofrece el libro de profundizar en el enamoramiento de un monstruo, por ejemplo. No está el drama de una Colombia en el que todavía en la tumba del sicario, todos los días del año, suena su música preferida durante 24 horas. “Nada hace latir más a un ego que encontrarse con otro del mismo tamaño (…) y dominarlo”, confiesa Virginia Vallejo en las páginas de su libro, en un relato en el que Escobar llega a compararla con Manuela Sáenz, la amante de Bolívar. Hasta la música confunde e imágenes duras, como cuando la protagonista se enamora del sicario, en un vertedero de basura donde él hace caridad, edulcora una historia que tuvo muy poco que ver con los cuentos de hadas.

Publicado en https://elpais.com/cultura/2018/03/08/actualidad/1520470538_390292.html

Un minuto antes del 8 de marzo

Nota de la autora: Hoy, 8M, no escribo. Lo hice ayer, robando un poco de tiempo a mi trabajo ordinario. Y publico dos minutillos antes de que comience el 8 de marzo, para que este post luzca el día que las mujeres paramos. Más concretamente, #LasBloguerasParamos

Me gustaría explicar, rápido y con muchas ayudas, por qué paro yo hoy y por qué cientos de mujeres paramos incluso por las que no lo hacen. Para argumentarlo salgo rápido al patio de vecinos que es Twitter. Recupero de todas formas algo en lo que me hizo pensar el pasado domingo la alcaldesa de Madrid en el programa El Objetivo. Decía la exjueza que el feminismo plantea también el modo y la distribución del trabajo: si queremos conciliar, y si queremos que empresas, hombres, mujeres y la sociedad se hagan corresponsables. Algo así como decir adiós a esas jornadas laborales que duran hasta las 8 de la tarde y se extienden en un afterwork con gin-tonics. Decir adiós a calentar las sillas por horas sin cuento, entre otras muchas cosas demasiado asentadas.

Pero voy con los tuits, los titulares de esta huelga:

La valiente periodista Mónica G. Prieto @monicagprieto, corresponsal de guerra, dice:

“Lo sorprendente es que nadie pregunte por qué paramos el jueves. Paramos porque es nuestra obligación limpiar esta parte de la sociedad hostil e intolerante que, o emplea la violencia contra su mitad femenina, o protege con su silencio a los agresores. #8deMarzo 1/2

Y luego, por si alguien no lo entiende, prosigue:

” #Paramos pq no queremos esa sociedad para nuestras hijas, y porque tememos perder esta oportunidad histórica para hacer del mundo un lugar más justo y seguro para todos, ellas y ellos. Y porque no si paramos y el patriarcado se crece, comenzaremos a perder libertades y derechos

Me golpea otro argumento, las que ya no están, las víctimas asesinadas por hombres, una cifra vergonzosa y que hemos normalizado”.

Sara Sere Siri‏ @LlamameLolita, profesora, recoge parte el intachable artículo de @Barjijaputa:

“Paramos por las que no os podéis levantar, paramos por las que ya no os acostáis. Paramos para demostrar al mundo que las mujeres sostenemos la mitad del cielo.”

Se refiere la pieza que ella misma publicaba en El diario, un texto que podría servir de mantra para que nosotras, las mujeres, en este día de huelga no friamos un huevo.

Sigo y doy con #ElFémurEnHuelga #MisRazonesParaPararEl8M #HuelgaFeminista8MMe quedo con algo básico, los cuidados. Ayaná‏ @Kaiken68, apunta:

“Porque pertenezco a unos de los colectivos de trabajadoras donde más existe la precariedad,no gozamos de los mismos derechos que el resto de trabajadorxs. Las empleadas de hogar y cuidadoras seguimos sin derecho a paro”

Y sí, claro, la huelga es política, como todas las de la historia. Y porque, como dice,

Fani Grande‏ @fanigrande : “No quiero ni un minuto más a un Presidente de Gobierno que contesta: “No nos metamos ahora en eso”, cuando se le pregunta por la desigualdad salarial entre hombres y mujeres en SU país”.

Más. Por la paz, qué obvio. @Cmagallon1  retwittea a @aipaz.org:

“Para poner la vida y las relaciones en el centro y contra todo tipo de violencias que sufren las mujeres, el #8MHuelgaFeminista/#LasInvestigadorasporlaPazParamos

Y de la paz a la ciencia, aunque no tenga el hashtag del paro, hoy no trabajo por lo que señalan mis compañeras. @FECYT_Ciencia:

“Solo un 3 % de los galardonados con un Premio Nobel de ciencias son mujeres. Una de ellas es la británica Dorothy Hodgkin, que en 1964 fue presentada por la prensa como un “ama de casa ganadora de un Nobel de Química”.

Huy, creo que si no quiero hacer horas extras, voy a tener que dejarlo, pero con humor… ¿Y qué mejor que las declaraciones del obispo de San Sebastián, que dice que llevamos el demonio dentro? ¿Seremos brujas?

Estoy casi sin tiempo: no quiero hacer horas extras. Así que respondo de memoria a algunas de las críticas contra la huelga. Casimiro García Abadillo, http://@garcia_abadillodirector de El Independiente, señala que no apoya el manifiesto de las periodistas porque está en contra de las cuotas. Vale, colega, le invito a reflexionar: si las mujeres llevamos tres, cuatro décadas trabajando y no estamos en la dirección, sólo se me ocurren dos alternativas: o somos tontas, y en ese caso, descártennos; o hay techos de cristal.

Otra: no voy a la huelga porque la haré a la japonesa. Ay, que ese tipo de huelga no existe, y hasta Mariano os desdice, chicas… Perdón, quería decir Presidentas, Ministras…

Así que si estás leyendo esto, nos toca, por mí, por ti, por nosotras, vosotras y ellas: ¡a la calle!, porque es nuestra.

(Y todo esto lo firma Isabel Pallarés, muy cercana y amiga. La buena de Belén de La Banda, @bdelabanda  editó y mejoró el texto. Quiénes la conozcan podrán notar su pluma, todo un lujo)

Desaparecidas de la morgue; sin derecho a morir

La mexicana Guadalupe Lizárraga lleva años fuera de su país: como tantos otros reporteros está amenazada. Los periodistas en México son callados a balazos (el país azteca fue en 2017 el más mortífero para la prensa, con un total de trece periodistas asesinados, por delante de Irak y Siria). El feminicidio que sufren las mujeres mexicanas en uno de los temas que le ha puesto en la diana, un asunto que ella considera tiene la obligación de contar, a pesar de los medios y de las muchas muertas, muchas desaparecidas y muchas verdades no contadas.

Ella denuncia la desaparición de los cuerpos de las chicas de las morgues, la prueba del horror. Es fácil de explicar: sin evidencia, sin sus cadáveres, ocultados durante años, las cifras de la vergüenza, inevitablemente bajan. Porque a pesar de los 914 asesinatos de mujeres registrados por el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF) en 17 estados en 2017 faltan otras muchas, subraya Lizárraga. Y en ese cómputo macabro habría que sumar a las víctimas no contabilizadas de estados como Guerrero, Tamaulipas, Veracruz y Michoacán, con un alto índice de violencia feminicida. “La violencia sexual, las desapariciones de mujeres y los feminicicios son una realidad que nos rebasa y abruma. A pesar de la intención de las autoridades de tratar de ocultarla e invisibilizarla, día a día conocemos historias de mujeres que son víctimas de violencia cada vez mas crueles”, señala la ONCF.

Guadalupe Lizárraga lo relata en Desaparecidas de la morgue, publicado por Editorial Casa Fuerte, hace apenas unos meses. En el libro, la periodista cuenta la doble desaparición de las jóvenes (la primera, la física, cuando son arrancadas de sus casas para ser torturadas, vendidas y asesinadas; y la segunda, cuando desaparecen de los depósitos de cadáveres, cuando les roban el derecho hasta a morir. Durante tres años la reportera siguió la pista de Brenda Berenice, madre de 16 años, una joven más de la lista de mujeres víctimas del feminicidio. Ella es el hilo conductor para entretejer las historias de otras mujeres asesinadas, de 233 restos de mujeres que fueron ocultados durante años en la morgue de la Procuraduría General de Ciudad de Juárez.

“Con este trabajo busco denunciar que en México ser mujer y pobre son condiciones suficientes para que se te vulnere el derecho a la vida. Y esa barbaridad ahora se extiende también al resto de mujeres: universitarias, trabajadoras y de clase media. Las matan bajo el patrón de una violencia brutal que cuenta con la complicidad de las autoridades, sometidas a un narcoestado”, afirma la periodista.

La reportera considera que no interesa informar sobre las tres mujeres que cada día son asesinadas en México porque no es rentable y porque la sociedad ha normalizado la violencia. También culpa al miedo y a la corrupción, que como relata en las páginas de su publicación, llega a comprar a las propias madres. De esa forma callan, y aguantan el dolor de la muerte con unos cuantos dólares, señala la reportera. Lizárraga es contundente en su discurso: “No hay gobernante en México que no esté respaldado por un grupo delictivo. Por eso, se llega a decir (y lo hacen los presidentes) que las mujeres son víctimas colaterales de la lucha contra el crimen”.

A la pregunta de si ella, como periodista, tiene también miedo a un balazo, por denunciar y por ser mujer, responde contundente: “Los periodistas, al menos, elegimos la profesión. Ellas no”. Y para cerrar, el demoledor párrafo con el que cierra el libro: “Desde entonces [cuando cierra la investigación], nada ha cambiado. Las jóvenes siguen desapareciendo. Los funcionarios de la Fiscalía siguen en sus cargos. Los cárteles operan de la misma manera. El gobierno mexicano sigue su guerra contra el narco, contra los rivales de sus aliados. La única diferencia es que a la prensa ya no le interesa la desaparición de jovencitas, menos las desaparecidas de la morgue”.

Publicado originalmente en https://elpais.com/internacional/2018/02/11/mexico/1518317749_299642.html

El Holocausto también estuvo en América

La Casa de América en Madrid ha querido rendir homenaje a las víctimas del Holocausto estos días. Lo ha hecho con dos películas en las que sobrevivientes de aquella barbarie recuperan y recuerdan aquellos días desde los países a los que llegaron huyendo del terror. Son parte del proyecto Broken Silence (Romper el silencio), dirigido por el cineasta Steven Spielberg para mantener viva la memoria de aquella infamia. El objetivo: que aquella atrocidad nunca se repita.

De alguna forma, el cineasta norteamericano, tocado por la dureza de la realidad que contó en su film, La lista de Schindler (1993), quiso que el cine fuese una herramienta útil en manos de la humanidad gracias a los testimonios de quienes sufrieron el horror nazi. Tras la premiada cinta, el director creó la Fundación Shoah, desde la que empezó a grabar y recoger entrevistas con más de 52.000 testigos de aquel disparate. Su misión: superar los prejuicios, la intolerancia y el fanatismo –así como el sufrimiento que causan- a través del uso educativo de testimonios visuales. Con ese gigantesco archivo llevó adelante el proyecto, cinco películas entre las cuales se muestra cómo el holocausto se puede repetir y llegó a todos los continentes, también llegó a América del sur. De esas miles de entrevistas, unas 800 corresponden a los testimonios de unos 800 judíos que viven hoy en América del Sur.

El oscarizado director argentino Luis Puenzo fue uno de los elegidos para contar su historia a partir de ese ingente material. Y lo hizo a partir del documental Algunos que vivieron (2002), donde mediante una serie de charlas mezcladas con imágenes de archivo, lo que más impacta es la intencionalidad del autor. Las secuencias tantas veces vistas de “paladas” de muertos judíos tirados en fosas comunes durante el nazismo, acompañadas de las palabras de esos argentinos, uruguayos y chilenos que pueden todavía contarlo, recuerdan a las paladas de muertos que hoy dejamos ahogarse en el Mediterráneo ante la indiferencia de muchos, si lo traemos a la actualidad. En sus testimonios, los sobrevivientes recuerdan el clima de creciente antisemitismo y nazismo durante la pre-guerra, la guerra y la etapa posterior a ella. Porque Puenzo no limita la perspectiva de su película al Holocausto, su cinta incursiona sobre otras barbaries como el atentado contra la Embajada de Israel en Buenos Aires o la represión de la dictadura argentina.

Por su parte, la realizadora argentina Poli Martínez Kaplun cuenta en Lea y Mira dejan su huella la historia de dos mujeres en Buenos Aires que en el final de sus vidas recuerdan sus vidas y su paso por Auschwitz-Birkenau, el más grande de los campos de concentración y exterminio construido por el régimen de la Alemania nazi tras la invasión de Polonia a principios de la Segunda Guerra Mundial. “La locura humana. Lo que el ser humano es capaz de hacer y no de manera individual, sino de forma organizada, racional y consensuada. Fue además cometido por el hombre moderno, hace pocos años y en países con gran desarrollo. Entender bien lo que sucedió y cuáles fueron las causas que la gestaron puede quizás a estar muy atentos cuando algo de esta simiente pueda volver a ocurrir”, declaraba la directora el estreno de su película, en 2017. Pocos meses después de su estreno, una de sus protagonistas ha fallecido; perdura su voz, queda un testimonio para siempre en contra del horror en esa carrera contra el tiempo a la que decía Spielberg que nos enfrentábamos para presentar sus voces, el mayor número de testimonios posibles de supervivientes antes de que sea demasiado tarde. FIN
Publicado originalmente en El País América/ El Espectador