Física pura

67,

68,

69,

70,

71…

Marta aprendió a contar aquel día pegada a la tele. Siempre le habían costado los números, le aburrían. Pero aquel septiembre, absorta ante la pantalla, entendió la gravedad, que resultó ser una ley física.

-¡Más lejos¡ Se te va a estropear la vista, le decía su madre desde la cocina. ¿Qué haces?, ¿estás rezando?

La pequeña estaba paralizada, y de pronto supo que tras el 67, donde siempre se había cansado, iba el 68, el 69 y luego se saltaba al 70 (con esa “t” fricante y rara). Petrificada ante el cómputo de esas siluetas que se lanzaban de los edificios, imaginaba el poco tiempo en el que esos números llegarían al suelo.

Llegado el ciento, no quiso seguir.

Lula Gómez

(un cuento que me pidió Diana Restrepo para hablar de la gravedad de la caída)

 

“Para las mujeres, en drogas, no vale un modelo pensado para hombres”: Inma Aguilar

 Reconoce haber tenido días de pánico, cuando trató a sus primeros heroinómanos, dentro y fuera de la cárcel. No obstante, señala Inma Aguilar, rápidamente supo que tenía un lugar entre ellos para dignificar y profesionalizar su atención.

Dicen que cuando empezó a trabajar el mundo de las drogas, y lo hizo de lleno, podría haber sido la joven a la que se refería Burning en su famoso tema “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?”. “Estábamos en pleno monte, sin luz, sin agua y ‘rodeada de yonquis”, recuerda entre risas que apuntillaba su padre al relato de cómo arrancaron. Con apenas 24 años se encontró de lleno con las muertes de la heroína y luchó para que la intervención social fuese de calidad. No lo era hasta entonces. Años más tarde, entró en prisiones, dos años en los que cuenta que hasta ella se asustaba de lo que vivió: prisiones, vulnerabilidad y personas con graves problemas de consumo. De la trena pasó a dirigir una de las primeras comunidades terapéuticas existentes en España, la de Barajas. Hoy es la responsable de un centro para la Tercera Edad de Sanitas. En todos estos años ha estado siempre cerca de la Fundación Atenea, de la que es patrona.

Dirigiste una de las primeras comunidades terapéuticas en una época en la que la visión era principalmente heroinómanocentrica. ¿Cómo han cambiado las cosas?

Yo diría que no han cambiado tanto. En su momento cambió la vía, sí, la aguja. Porque el sida alteró el patrón del consumo, pero hoy hay otras dependencias. Ya en el 1993, invitada a Estados Unidos, se extrañaban de que aquí el boom de la cocaína no hubiese llegado, cosa que ocurrió años más tarde. Luego cambiaron las sustancias, y los patrones de consumo. Se pasó de un consumo a otro, incluso a consumidores puros de alcohol, que es algo con lo que convivimos hoy. Se ha convertido en un consumo más socializado que entonces, pero los problemas y su origen son muy similares.

¿No hay por lo tanto lecciones aprendidas de lo que representaron aquellos años y tanta muerte?

Si hubiésemos aprendido hubiésemos frenado los consumos que vinieron después. Los 80 y 90 fueron una brutalidad. Ni se sabía qué era un heroinómano. Yo por ejemplo, vi a mi primer heroinómano el primer día que trabajé. Aquello se llevó muchas vidas y destruyó familias enteras. Lo que sí es cierto es que actualmente el consumo está más regulado y se cuenta con más medios y recursos para alguien que lo necesite, aunque también ha habido recortes que han reducido opciones. Aparte, la información ha jugado un papel en cuanto a sus consecuencias. Pero, repito, cuidado con el problema del alcohol u otros consumos de población vulnerable.

¿A qué te refieres?

Al consumo de drogas ligado a temas de género, por ejemplo. Cuando yo trabajaba en este campo no se entraba en ese tema. Ahora sí, y hay un problema de salud con el alcohol, los tranquilizantes…

La Fundación subraya la importancia de trabajar drogas con perspectiva género. ¿Por qué ha de hacerse?

Es fundamental. Y los motivos son claros: nos educan de formas diferentes y si los valores son diversos, no vale un modelo pensado para hombres. Y eso ya se veía en los años en que yo trabajaba en drogodependencias. Llegaban mujeres, sí, pero pocas, y se sentían discriminadas y desvinculadas. Porque o tenían que actuar bajo patrones masculinizados o pasar al papel de mujer sumisa y ser un cuerpo para venderlo o para los cuidados. En la actualidad, la socialización de los consumos existentes ha supuesto un mayor porcentaje de mujeres entre los consumidores.

¿Y qué habría que hacer para prevenir el consumo entre los jóvenes?

Es complicado, porque hay una edad en que la experimentación forma parte de la vida. El riesgo está cuando un joven lo hace con las drogas, estas cumplen una función y se queda ahí. Y esto vale para las sustancias o para conductas como la ludopatía y otras, la base es la misma, no hay que centrarse exclusivamente en el consumo de sustancias. Tenemos que ofrecerles otras alternativas de ocio, de ayuda, de compartir. Pero es algo que tampoco es nuevo. El problema es que la expansión y casi imposición del modelo biomédico ha reducido la presencia y el peso de programas orientados al cambio personal, como la comunidad terapéutica, y eso es un error importante en términos estratégicos; debería recuperarse la visión biopsicosocial porque ofrece un abordaje mucho más integral de las necesidades, tanto desde la prevención como desde el propio tratamiento.

Ahora trabajas en la esfera privada. ¿Cómo debe ser la relación entre lo privado y el Estado?

Yo lo veo fácil: ambos mundos deben reforzarse. Lo público tiene sin lugar a dudas una función que cumplir y debe estar sin ningún tipo duda. Y lo privado, por su parte, puede llegar donde no llega el Estado con otra gestión, formas y maneras.

¿Qué papel juegan ahí las fundaciones como Atenea?

 De nuevo, llegan donde quizás no llega ni lo público ni lo privado. Y sí, a veces están cubriendo un espacio que debería ser del Estado.

¿Qué te aporta ser patrona de la Fundación?

Conocimiento. La Fundación me permite reflexionar, aprender y seguir conectada al mundo de la exclusión social o de la población que está en riesgo de serlo. Es un lujo poder estar en ella rodeada de gente tan valiosa, y lo digo tanto por su directiva como por las personas que llevan a cabo sus programas, un auténtico lujo. FIN

Publicado originalmente en la newsletter de la Fundación Atenea. 

 

 

 

Si son ciclistas son escándalo. Si son mujeres, un suceso

Tres mujeres han sido asesinadas este fin de semana. Hoy, lunes, los principales diarios no sacan en sus portadas ninguna referencia. En el interior de sus páginas, sí, y en ellas, las muertas “han muerto” y no han sido asesinadas. Hay una enorme diferencia. Se muere de una forma transitiva, se muere por un accidente o una enfermedad. Pero asesinar es “matar a una persona con premeditación o con otra circunstancia agravante”, que es lo que ha ocurrido en estos tres casos, que no son los únicos y que se suman a una larga lista en lo que va de año. Y no nos inmutamos: los consideramos sucesos.

Porque la muerte -porque fue un terrible accidente perpetrado por una persona al volante de un coche- de los ciclistas hace apenas unas semanas alteró nuestro psique. Y no solo eso, también el de las autoridades, que desde el fatal episodio hablan, con todo el tino del mundo, de legislar de una forma diferente: se trata de evitar esos inútiles fallecimientos. ¿Y en cuanto a nosotras, las asesinadas de una forma no accidental? ¿Dónde están los medios, dónde los políticos, dónde el dinero  necesario para pensar en las políticas de prevención?, ¿dónde está el Pacto de Estado? Nos están asesinando. Somos más las asesinadas por violencia machista que por la violencia etarra. ¿Otra vez hay que decirlo?

“¿Dónde están los hombres rebelándose contra el machismo que asesina mujeres? ¿Por qué callan y asumen la violencia como si fuera un suceso?”, grita desde las redes el feminista Octavio Salazar. Yo añado. ¿Y nosotros, los periodistas, dónde estamos?

 “Porque violentar a una mujer es fracturar el núcleo básico de la sociedad y, cuando nosotros tratamos el tema con tanta ligereza estamos poniéndonos del lado de los violentos y olvidando a las víctimas. Para los periodistas, la violencia contra las mujeres no es una noticia importante. Es un breve, un suceso. Los medios hemos cosificado a las mujeres. No podemos hablar de una primera ministra sin contar cómo viste, pareciese que vernos en bikini fuese noticia… Es absurdo. Debemos empezar a contar que las mujeres no somos un par de zapatos, unas medias ni un escote perfecto. Y por último, no hay una conciencia y un compromiso claro por parte de los periodistas (y no hablo de los medios) con las víctimas de la violencia para entender que esa mujer puede ser su hermana, su hija o ella misma. Cuando escribimos sobre ellas, las tratamos como a seres de segunda categoría, no nos ponemos en sus zapatos”, respondía Jineth Bedoya en Ethic.

Y luego dirán que somos feminazis. 

 

 

“Lo más importante no es el perdón, es la verdad”: Jineth Bedoya

«Míreme bien la cara hijueputa; míremela porque no se le va a olvidar nunca», le espetaron a Jineth Bedoya (1974) los tres hombres que la violaron y la torturaron hace más de una década. No se imaginaban aquellos paramilitares colombianos el efecto bumerán que tendría su acción. Hoy, la periodista, nominada a Premio Nobel de la Paz y activista por los derechos humanos, no deja de encararse con quien haga falta para gritar que mientras ella habla una mujer siria está siendo violada en los campos de refugiados y diez casos de violencia contra mujeres caen en el olvido. Y aunque su caso fue declarado crimen de lesa humanidad, no está cerrado; hace apenas unos meses, la reportera tuvo que narrar por duodécima vez lo sucedido en el día de la violación ante sus verdugos y la Administración. «La justicia de este país me está obligando a revictimizarme, y el Tribunal Superior de Bogotá me ha obligado a que vuelva a contar mi violación. Esto no solo me pasa a mí, les pasa a muchas mujeres que, como yo, han sido víctimas», señalaba Bedoya, cabeza de la campaña ‘No es hora de callar’ .

No es su única batalla. Está también implicada en el proceso de paz: «La gente cree que nos arrodillamos ante las FARC. No. Les estamos diciendo: es hora de que digan la verdad, que reconozcan que violaron, que forzaron abortos, que utilizaban a las mujeres. Y si no lo hacen, iremos a los Tribunales Internacionales para que respondan. Así que tienen esa oportunidad. Yo no, no dejo de soñar», confiesa a Ethic.

Abanderas una campaña denominada ‘No es hora de callar’. ¿Es suficiente con hablar?

Hablar es un paso fundamental y hay que darlo para soltar parte del dolor que se lleva dentro. Porque crees que llevas una vida normal y no es cierto, llevas algo, sientes que te jala, que te va pesando y te arrastra. Hay que hablar. Y eso no significa siempre ir a la fiscalía o a la policía. Puedes hacerlo con alguien al que simplemente le verbalices: «Me está pasando esto». Es un paso definitivo para, después de lanzar ese primer grito, amarrar a esas primeras palabras toda una cadena de cosas que vienen detrás, como buscar un acompañamiento psicosocial o acudir a las autoridades para denunciar. Hablar es armarse de fuerza para decir: «No me equivoqué al abrir la boca. La culpable no soy yo. El culpable es quien me hizo el daño». Entonces, efectivamente, no es suficiente con hablar, pero sí es lo esencial.

Y el perdón de los verdugos ¿es suficiente? 

La palabra perdón se ha devaluado mucho. No sé cuántas veces me habrán preguntado a mí si yo lo había hecho. Y ahí pregunto: ¿qué significa dar perdón? Tras darle muchas vueltas, yo no he podido. Y no puedo hacerlo porque no tengo la libertad para llegar a mi casa tranquila y acostarme sin amenazas. Yo llego a mi casa sabiendo que al día siguiente me tengo que volver meter en un coche blindado, mover de una forma limitada, renunciar a disfrutar de unas vacaciones en mi país y vivir rodeada de escoltas. ¿Tú crees que así se puede perdonar? Pero sobre todo: ¿tú crees que se puede perdonar cuando no se sabe la verdad? Lo más importante no es el perdón; es la verdad. El perdón es el resultado final de un proceso, y no al revés. Antes de eso tiene que llegar la verdad.

A ti te revictimizaron. Se dijo que eras las amante de un guerrillero…

Todos los días me pasa y escucho frecuentemente que me lo merecí. Dos días después de mi secuestro, todavía en la clínica, me llamó un colega y me dijo que estaban contando que me habían violado porque era la amante de Yesid Arteta [miembro de las FARC en prisión cuando ocurrieron los hechos]. ¡Malnacidos! Ahora ya lo puedo digerir, pero a mí me quisieron deslegitimizar como mujer para justificar lo que me habían hecho. Y no, todo era inventado, pero si hubiera sido verdad, si yo hubiese sido la novia de ese guerrillero, eso jamás justificaría ninguno de los atropellos físicos y verbales que tuve que afrontar. Hoy ya se sabe que aquella mentira salió de la inteligencia militar. Montaron la historia, se la contaron a unos periodistas y ese rumor se convirtió en verdad para muchos. Durante muchos años me hizo mucho daño, porque se metieron con mi dignidad como persona. Pero hoy todo eso ya es anécdota y me parece muy válido hablar de ello para que no le pase a otra mujer. No se puede justificar una agresión por ser blanca, negra o salir con menganito.

¿Cómo diría que anda la Justicia colombiana de salud? 

En Colombia yo diría que la instituciones prácticamente no existen. Están, pero no actúan. Tenemos unas leyes avanzadísimas para las mujeres, contamos una normativa específica sobre feminicidio… pero, ¿cuántas veces se aplican? Y no me refiero al conflicto armado. Hablo de lo que ocurre a una mujer cuando llega a su casa y recibe diez puñaladas de su marido. Por eso, para mí, la Justicia en Colombia es inexistente, es paupérrima, es mediocre, no está comprometida: no existe. Eso en lo cotidiano, porque si nos vamos a lo que ha ocurrido durante la guerra hay que denunciar que ni siquiera hay unanimidad para investigar lo qué han vivido las mujeres en las zonas rurales.

Hay quien sostiene que estamos viviendo una guerra contra las mujeres.

Es que muchos hombres se sienten amenazados por los avances que las mujeres hemos logrado a nivel global en los últimos años. En la última década hemos vivido una especie de despertar para decir que nos estaban matando, fue como nuestra ‘primavera’. Y cuando hemos hecho oír nuestra voz, muchos nos llaman feminazis, locas y cuentan que les odiamos.

Hablemos de los medios de comunicación y su responsabilidad a la hora de contar la violencia de género. 

Creo que los medios de comunicación tenemos el 50 por ciento de responsabilidad en todos estos asesinatos, amenazas y golpes. Porque violentar a una mujer es fracturar el núcleo básico de la sociedad y, cuando nosotros tratamos el tema con tanta ligereza estamos poniéndonos del lado de los violentos y olvidando a las víctimas. Y digo esto porque, para los periodistas, la violencia contra las mujeres no es una noticia importante. Es un breve, un suceso. Los medios hemos cosificado a las mujeres. No podemos hablar de una primera ministra sin contar cómo viste, pareciese que vernos en bikini fuese noticia… Es absurdo. Debemos empezar a contar que las mujeres no somos un par de zapatos, unas medias ni un escote perfecto. Y por último, no hay una conciencia y un compromiso claro por parte de los periodistas (y no hablo de los medios) con las víctimas de la violencia para entender que esa mujer puede ser su hermana, su hija o ella misma. Cuando escribimos sobre ellas, las tratamos como a seres de segunda categoría, no nos ponemos en sus zapatos.

Como periodista, feminista, activista y directiva del diario Tiempo, ¿cómo vives ese tratamiento de los medios hacia la violencia contra las mujeres?

En Tiempo, en nuestra redacción hay una lucha muy fuerte. No con la directiva del periódico, que desde el primer día entendió que debíamos apropiarnos del tema. El problema está más en la redacción, donde hubo una lucha muy grande. Me ha costado siete años para que los hombres entiendan que este es un tema que es noticia y que debe tener un espacio en las páginas principales, más allá de si es 25 de noviembre u 8 de marzo. Las redacciones, como todas las organizaciones, están permeadas por el sistema patriarcal. Y mientras sigamos contando lo mismo, nos seguirán matando.

¿Dónde queda la objetividad?

En este activismo yo me arriesgo a implicarme sin ningún tipo de duda. ¡Estamos hablando de un tema que afecta directamente los derechos humanos! Y quien diga que el periodismo es objetivo es un gran mentiroso. Pero, además, cuando te pones a mirar cómo manejas el periodismo y el activismo en temas de violencia de género, siempre respondo que hacerlo de una forma profesional es completamente compatible. Porque yo entendí, desde mi posición, siendo víctima, siendo periodista, que sin los medios de comunicación no podemos transformar esta realidad. Y, lógicamente, cuando te sientas a escribir sobre un caso, claro que hay que tener cuatro dedos de frente para mirar porque de ese universo de mujeres que somos violentadas, siempre habrá un mínimo por ciento de casos (¿un dos?)  que son falsos y ahí no te puedes equivocar. Pero se trata de seguir los mismos parámetros del buen periodismo: comprobar, contrapreguntar, consultar todas las fuentes, tener una duda, tener mil. Siempre. No importa el caso. Eso no lo he perdido, no lo perderé y me ayuda a equilibrar ese activismo que dices.

Eres un referente público en Colombia, una bandera, una mujer valiente y un testimonio valiosísimo, pero eso tiene un precio personal: has renunciado a una vida normal. ¿Merece la pena?

Renuncié a una vida normal en tranquilidad, hijos, familia y duele, sí, pero hay cosas que pesan más en mi vida después de todos estos años. Decidí por voluntad propia convertirme en lo que soy hoy: una voz para llegar a las mujeres, y eso vale mas que todos los secuestros, amenazas, calumnias y todo lo que ha podido pasar. Duele, pero hay cosas que pesan más en mi vida después de todos estos años. FIN

Publicado originalmente en la revista Ethic.

Octavio Granado: “La alternativa al Estado de bienestar es la barbarie”

Economía, Presupuestos, Sanidad y Servicios Sociales, Drogas… han sido algunas de las portavocías que ha ocupado en el Senado con el PSOE. Octavio Granados, que también fue Secretario de Estado de la Seguridad Social en el Ministerio de Trabajo e Inmigración, es miembro del patronato de la Fundación Atenea desde hace décadas.

 ¿Hay quien sostiene que el Estado de bienestar es insostenible? ¿Qué opina al respecto?

El Estado del Bienestar es sostenible si se aborda globalmente. La competencia desleal entre países y el intento de reducir la tributación para mejorar la competitividad sí son insostenibles. Desde el punto de vista social, la alternativa al Estado de bienestar es la barbarie.

¿Cómo hacerlo sostenible, porque la ecuación no es fácil con una población cada vez más envejecida, un paro estructural importante, una crisis interna y externa…?

Concretamente en España, históricamente el porcentaje de población activa solía ser muy inferior al actual, y el paro estructural mayor. Nuestro problema es, simplemente, que deseamos los mejores servicios pagando los menores impuestos.

¿Quiénes considera -que con las crisis- viven una situación de mayor vulnerabilidad en España? ¿Soluciones?

Los más vulnerables son las familias con hijos de menor edad, o con disminución de ingresos por rupturas traumáticas, que además concentran una baja cualificación y carencias en las redes de apoyo (otros familiares esencialmente).

La solución es aumentar las prestaciones familiares desligadas del empleo: seguimos obsesionados en pagar subsidios de desempleo muy bajos incompatibles con prestaciones familiares decentes, en vez de pagar estas últimas compatibilizándolas con el empleo en supuestos concretos.

Trabajo e inmigración. ¿Cómo plantear de una forma correcta y solidaria este binomio?

Es muy difícil ajustar los ciclos migratorios a las necesidades del mercado de trabajo, y todavía más si un sector de los trabajadores menos cualificados se convencen de que los inmigrantes son sus enemigos. Trump, el Brexit y Le Pen son tres ejemplos de que los menos inteligentes han sido siempre la base del nacionalismo reaccionario. Pero no tengo una varita contra esto, distinta de ser capaz de ofrecer a estas personas algo atractivo también a ellos desde el punto de vista social.

¿Y las mujeres, cómo plantear la economía de los cuidados?

La economía de los cuidados sigue exigiendo dignificación, y en este sentido un discurso abstracto sobre la asunción de responsabilidades de los varones no puede desdeñar el que las cuidadoras de los niñ@s y de los enferm@s  siguen siendo esencialmente mujeres, y especialmente mujeres con pocos recursos.

“¿Cómo sería nuestro país sin el ejército de ladrones que ha robado las instituciones?” demandaba en estos días en las redes Isaías Lafuente. Al hilo de esa información, pregunto, ¿qué hacer para combatir la corrupción?

En un país con un PIB de más de un billón de euros al año el daño de la corrupción es básicamente reputacional, porque sus efectos concretos son más simbólicos que materiales. Dicho esto, la experiencia de los departamento del FBI norteamericano sobre corrupción política es muy atractiva, en lo más concreto, y en lo más general, necesitamos superar nuestra asunción de la picaresca como seña de identidad para que cada segmento de electores castigue a sus corruptos, no seleccione a sus ignorantes, etcétera, etcétera. En fin, que desaparezcan las clientelas.

Si fuera ministro de Economía, ¿cuál sería su primera reforma?

¿Sólo una? Que el superávit del Servicio Público de Empleo Estatal se convierta por ley en un recurso de las pensiones de la Seguridad Social. O que se establezca una prestación general modesta para las familias con bajos ingresos e hijos pequeños, financiada con un pequeño recargo fiscal.

De Secretario de Estado a profesor de instituto, ¿cómo se vive ese viaje?

El problema es tener claro que es un viaje que hay que hacer como decía Machado “ligero de equipaje”. Es decir, que uno es un profesor de instituto convertido en Secretario de Estado, y que lo natural es la  vuelta.

¿Qué aporta ser patrono de la Fundación?

Mi padre me enseñó dos cosas: el gusto por el conocimiento y una cierta honradez personal algo presbiteriana. La Fundación me permite un espacio personal en el que aprender sin enfadarse, algo que a estas alturas de la vida valoro especialmente (Entrevista realizada para la Fundación Atenea). 

Un testimonio de dignidad y coraje

Por Piedad Bonnett

(Epílogo del Mujeres al frente, el libro que próximamente será publicado por libros.com. Gracias, querida escritora y poeta colombiana, autora, entre otros de Lo que no tiene nombre, un libro dedicado a la vida y la muerte de su hijo Daniel, donde alcanza los lugares más extremos de la existencia y lleva la literatura hasta la asfixia. Gracias, querida Piedad por regalarme este texto y participar así en Mujeres al frente. Tú eres otra más).

“Cuando decimos la palabra guerra solemos imaginarnos enormes contingentes de hombres armados que luchan, bien de manera formal en ejércitos regulares, bien como grupos dispersos que llevan a cabo ataques sorpresivos en guerra de guerrillas. Visualizamos tanques de guerra, bombarderos, trincheras, camiones, atestados de hombres que exponen sus vidas. A las mujeres en la guerra nos las imaginamos, en cambio, de la manera en que lo ha mostrado el cine: como enfermeras en el frente o como víctimas en un segundo plano, madres que reciben los cadáveres de sus hijos, novias y viudas que lloran a los jóvenes sacrificados. Pero la realidad es muy otra. No sólo porque las mujeres ya no sólo nos dedicamos a desempeñar aquellos roles que la tradición consideró “naturalmente” femeninos – de modo que hoy encontramos ya a muchas desempeñando puestos políticos y militares decisivos a la hora de los conflictos armados- sino porque la guerra nos involucra de otras maneras, a menudo difícilmente percibidas. Una realidad de la que dan cuenta la literatura y el periodismo, como lo hizo Svetlana Alexievich en La guerra no tiene rostro de mujer y como hace Lula Gómez a través de Mujeres al frente, libro de entrevistas a siete mujeres que han tenido que ver con el conflicto armado colombiano.

Detrás de cada una de ellas hay historias muy distintas, pero en todas hay dolor, conciencia y empoderamiento: la voluntad de convertir una experiencia personal en acción social, en transformación y consecución de metas, ya sean justicia, rehabilitación, transformación legal o humana de las condiciones oprobiosas. Algunas son mujeres que se han crecido ante la adversidad y, como tantas otras, anónimas, han debido multiplicar sus fuerzas y hacer cosas que jamás imaginaron que podían hacer, como las madres de los muchachos asesinados en lo que se ha llamado “falsos positivos”, un nombre para crímenes infames cometidos por miembros de las fuerzas del Estado sólo para escalar posiciones, conseguir permisos o ganar dinero. Y otras, personas que, desde una visión de género, han embarcado sus vidas en proyectos solidarios y de defensa de las víctimas, haciendo visible lo que la sociedad muchas veces no ve: que hay una violencia de género que tiene un carácter estructural, que es un arma de guerra usada por los distintos actores del conflicto, y que se apoya en últimas en el machismo ancestral que se aprende en el hogar, se reafirma en la escuela y se ejerce en todos los niveles en las sociedades que han naturalizado la desvalorización de lo femenino.

Un prominente grupo de investigadores encabezado por María Emma Wills, dentro del Centro de Memoria Histórica que dirige el sociólogo Gonzalo Sánchez, ha adelantado un juicioso estudio sobre mujer y guerra en Colombia que demuestra que la violencia sexual fue una estrategia de sometimiento adelantada por casi todos los actores del conflicto, que como sabemos fueron paramilitares, narcotraficantes, agentes del Estado y guerrilla, muchas veces actuando en pérfidas alianzas; y que en algunos casos, como el de los paramilitares, esa violencia –ejercida contra mujeres y personas de la comunidad LGBTI– cuya intención era humillar, degradar, herir, fue desde imponer pautas de comportamiento, que incluían horarios de diversión, tipo de atuendo, corte de pelo, humillaciones públicas, etcétera, hasta violaciones, sometimiento a esclavitud, prostitución forzosa, desplazamiento y muerte. Dentro de esta violencia de género sistemática, se cuenta el asesinato selectivo de cientos de líderes comunitarias o de mujeres contestatarias que se atrevieron a desafiar a sus victimarios.

Este tipo de violencia ha sido soslayada por muchas razones, entre otras por el silencio de las propias víctimas, llevadas por el miedo a la estigmatización que a menudo trae la vejación sexual o por el deseo de ocultar a los hijos de los violadores su doloroso origen; pero también por indolencia de las instituciones del Estado, que hasta hace unos años ni siquiera aceptaba que existe un delito llamado feminicidio y que se ha interesado poco en investigar los crímenes desde una perspectiva de género. Miles de viudas o de madres que perdieron a sus hijos en la guerra, muchas de ellas, además, despojadas de sus tierras, se vieron forzadas a desplazarse a otras zonas o a las ciudades implacables donde las esperaba la discriminación, la miseria e incluso la mendicidad. Mantener la dignidad en esas circunstancias no es fácil. Aun así, muchas encontraron la manera de organizarse, de recomponer sus vidas y además de insertarse en un proceso de reconciliación y paz. Apoyadas por algunas ONG o por organizaciones estatales o internacionales, brotaron proyectos esforzados de productividad, y grupos centrados en recuperar la memoria de los hechos y restañar, hasta donde es posible, las heridas. De estos hay numerosos ejemplos. María Emma Wills, en artículo reciente sobre la resiliencia, nos dice: “…la imagen que me ayuda a seguir creyendo que Colombia sí tiene futuro es la de las familiares Débora, Telemina y Carmen, quienes no sólo emprendieron una lucha en los estrados judiciales estatales con el fin de que los responsables fueran detenidos y pagaran por sus fechorías, sino que, en una actitud altiva, lucieron mantas rojas en uno de los rituales de entierro de sus familiares. Con ese gesto indicaban a los perpetradores que sus actos de sevicia contra otras mujeres de su comunidad no las doblegaban ¡no a ellas!, que portaban con orgullo los emblemas de su estirpe”.

Lula Gómez nos enfrenta, a través de los testimonios de estas siete valiosas mujeres, no sólo a las realidades complejísimas de una guerra donde todo es maraña, difícil de desentrañar, sino, y sobre todo, a la capacidad de resistencia que ellas ilustran, apoyadas en su dignidad, su valentía y no poca imaginación”.

PIEDAD BONNETT

 

 

Periodistas enfadadas

Es un lujo que un grupo de jóvenes estudiantes de Periodismo convoquen una mesa sobre mujeres y periodismo. De eso trataba el I Congreso sobre el papel de las Mujeres en los medios, organizado por la asociación universitaria Eco, @ECOasoc ‏ hace una semana. Y sin querer, al entrar en arena, el tema nos enfadó, especialmente a dos de las ponentes que compartíamos mesa: la periodista Cristina Sánchez, directora del programa Países en conflicto, de RNE; y a quien esto escribe, reportera también y freelance.

¿Será posible que todavía, en el año 2017, se deba debatir que no estamos en los medios? ¿Será posible que todavía tengamos que repetir que estamos infra-representadas en las direcciones de los medios? ¿Será posible que todavía, cuando presentamos un tema de género, tengamos que justificar que los temas de mujeres no son los de un colectivo, son los de pongamos, un 51% de la humanidad? Sí, resulta cansino, pero es necesario seguir haciendo enrojecer a quien no lo vea. Y es que sigue haciendo falta hablar de feminismo y medios. Más que nada, porque como afirmaba acertadamente Javier Gallego hace poco, @carnecrudaradio, “el que no es feminista, es machista”.  ¿Pero sabe y conoce el lector el nombre de cinco corresponsales de guerra españolas?, preguntaba la reportera de la radio pública. El auditorio de estudiantes de periodismo, no. ¿Hombres? Unos cuantos, señalaba Cristina.

Más temas que salieron y por el que levantamos el tono de voz: la importancia de poner sobre el tapete el uso del lenguaje inclusivo, la necesidad de tratar a las víctimas de la violencia machista como si las hubiese asesinado el terrorismo etarra o yihadista, las estúpidas preguntas a las periodistas de cómo conciliamos…

La guerra y las mujeres 

Y es curioso, porque se va a las guerras, y como protagonistas, no estamos, aunque las suframos (en la retaguardia se muere y se sufre también). Una maravillosa excepción llena de mujeres, La guerra no tiene nombre de mujer, de Svetlana Alexíevich, periodista y Nobel de Literatura en 2015. En esta joya del reporterismo, la autora narra lo que podría ser una auténtica revancha del periodismo de las historias pequeñas y se fija en la historia de las mujeres rusas que vivieron la Segunda Guerra Mundial.  “No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra”. “Reflexiono sobre el sufrimiento, que es el grado superior de información”. “La historia de la guerra ha sido reemplazada por la Historia de la Victoria”.

¿Y como reporteras estamos? Se abre el debate y de la mano del libro de Carmen Valiña, El mundo árabo-islámico como ellas no lo contaron, planteamos cómo las grandes corresponsales españolas no han relatado los conflictos de un modo muy distinto al de sus colegas. “Es casi imposible distinguirlo del de sus colegas masculinos. Desde la adopción sistemática del punto de vista oficial en Occidente hasta la tendencia a ningunear a los seres de carne y hueso que viven en esa región, pasando por la confusión entre la religión musulmana y las acciones deleznables de algunos grupos que le hacen interpretaciones fundamentalistas, el género del informador parece influir muy poco”, señalaba Javier Valenzuela, @cibermonfien una reseña del libro. Y proseguía: “No han contado el formidable esfuerzo de millones de mujeres desde el Atlántico al Índico para ir accediendo a los estudios y los trabajos, ni sus nuevos planteamientos en la vida familiar, con voluntad de tener menos hijos y más presencia en la vida laboral, civil y política”. Cierto, falta ponerse las gafas violetas, desaprender: no se nace feminista, es un proceso que cuesta a todos, a nosotras y a ellos. Ahí, reclamamos profesionalidad. Más que nada porque no vemos el machismo. Para contar eso estaba invitada Ana Requena, quien  lleva las riendas del espacio micromachismos, en el eldiario.

Y para hablar de visión de género, salieron a escena las mujeres colombianas y su propuesta de paz, histórica por el peso y presencia que han tenido en los acuerdos, entre otras cosas porque se ha pensado que debían estar presentes. Y tras oírlas, sus sensatas propuestas: acceso a las tierras en igualdad de condiciones. Reforma del sistema rural; participación política; Cese al fuego bilateral. Dejación de armas y garantías de seguridad; solución al problema de las drogas ilícitas; víctimas. Sistema integral de Verdad, Justicia, Reparación y no Repetición e implementación, verificación y refrendación. Sensatez sobre el plato, de unas víctimas hasta ahora nunca oídas (tampoco por los medios). Aprendamos de ellas, por sentido común y por justicia, por representatividad. Porque entre otras cosas, está demostrado que la paz es más sostenible en el tiempo si en ella participan las mujeres. ¿Qué no es importante su paso? Démosle páginas a las mujeres, pintaremos un mundo, cuanto menos, diferente. FIN

 

#Yotecreo. Falsas son un 0,14 de las denuncias

Si te roban la cartera, no debes demostrarlo en comisaría. Basta decir que tus enseres desaparecieron y que no sabes más. Si te violan, sí. Te toca abrir las piernas, mostrar los morados y relatar cómo, cuándo y dónde. Sí, es normal, hay que demostrar todo delito, pero… , ¿qué creemos y qué no, quién lo hace, bajo qué criterios? Sí, es posible que las mujeres mientan ante un delito tan atroz, pero vayamos al dato, a la realidad: según la Fiscalía General del Estado, las denuncias falsas por violencia machista presentadas en 2015 en España son el 0,014% del total. De las 129.292 mujeres que acudieron a la Justicia el pasado año, solo 18 se han tramitado como falsas. En periodismo dicen que cuando tu madre te afirme que te quiere, no la creas, que la progenitora debe aportar pruebas para que la afirmación se dé como válida. Estas estadísticas deberían servir, cuanto menos, para escuchar a quienes denuncian agresiones, principalmente mujeres.

“Hace unos años, fui violada. El agresor, a quien yo conocía, era en ese momento en quien más confiaba. No denuncié inmediatamente; lo cierto es que me costó mucho contárselo a alguien. Primero guardé silencio, tratando de comprender yo sola cómo algo así podía estar ocurriendo. Lloré mucho, me castigué, traté de apartarlo de mi cabeza y, al final, un día, fue incontenible: acudí a dos amigas y les conté lo que pude. El resto, lo que no fui capaz de expresar en palabras, lo dibujé”, contaba en nombre de Ana, una mujer real, la Asociación de Mujeres de Guatemala. Lo han hecho bajo una campaña denominada Yo te creo. Es en su nombre y en el de todas y con esta iniciativa batallan contra la falta de credibilidad de las víctimas sexuales. Su objetivo: concienciar sobre la injusticia y la revictimización a la que se ven sometidas las mujeres agredidas y sobre cuya palabra recae la sospecha de forma constante. ¿Por qué dudamos más de ellas que de cuando tu compañero de oficina te dice que le han quitado la cartera? La campaña también pretende combatir los estereotipos sobre el consentimiento y sus límites en las relaciones sexuales. Porque lamentablemente para la prensa e instituciones pesa el “mito” de las denuncias falsas.

 “Creí en la justicia. Me equivoqué. El proceso fue devastador. Pasé por varios juristas y psicólogos que ni comprendieron ni creyeron mi historia, como tampoco la creyó la jueza del caso. Me acribillaron a preguntas que no buscaban esclarecer los hechos, sino convencerme de que era yo la culpable”, señala Ana en su relato. En su caso, la denuncia fue desestimada. Se alegó que es muy raro que una víctima de violación tenga estudios universitarios o acuda a manifestaciones contra la violencia machista. “Creer o no a las mujeres puede marcar el camino a la resilencia”, señala Mercedes Hernández, presidenta de la Asociación que ha lanzado la campaña.

La periodista Jineth Bedoya, víctima de violencia machista, y subdirectora del principal diario colombiano, El Tiempo, lo tiene claro: “Sí, cuando te sientas a escribir sobre un caso, claro que hay que tener cuatro dedos de frente para mirar y ser profesional. Porque lamentablemente, de ese universo de mujeres que somos violentadas, siempre habrá un dos por ciento de historias falsas y ahí no te puedes equivocar. Pero en el resto de los casos, hay que levantarse y gritar para hacer un especial de cuatro páginas, porque nos están matando y miramos para otro lado. Luego hay que seguir los mismos parámetros del periodismo bien hecho: comprobar, contrapreguntar, consultar todas las fuentes tener una duda, tener mil. Siempre. No importa el caso. Eso no le he perdido, no lo perderé y me ayuda a equilibrar mi activismo”, señala cómo fórmula para empezar a cambiar las cosas y que las mujeres no sufran una nueva revictimización, sean creídas y tratadas con la dignidad que merecen. FIN.

No son estadísticas; son vidas

2017 se está convirtiendo en España en el año de una masacre. Nos están matando y nos hacemos caso. Pasamos a otro tema, como si molestase o fuera poco importante. 21, hasta ayer, 3 de marzo, dos a la semana. ¿Han oído bien, dos a la semana? No quiero comparar con otros muertos por otras causas, porque me duele. El terrorífico número 21 esconde que la violencia machista la seguimos viendo como un suceso y un tema doméstico (ay, la semántica).

Sí, porque los medios siguen hablando de sucesos y de “mujeres”, siglas y nombres que no nos llegan. Quiero ver el mismo tratamiento que se da a la muerte de los que parece que sí importan. Exijamos el mismo enfoque y profesionalidad que esperamos de periodistas y políticos cuando mata el terrorismo islámico, el de Eta o cualquier. Busco las páginas y páginas, ediciones especiales y horas de visibilización del horror. Porque el día que en España empecemos a contar que nos matan con la contundencia que hicimos cuando el asesino era ETA (en una segunda fase), empezaremos a entender el drama.

“Aquí tienen que aplicarse políticas muy serias, el Estado y los violentos deben reconocer lo que le han hecho a las mujeres. Se debe saber que la violencia es una arma. Y hay que poner nombre a quienes lo permitieron y no lo evitaron. ¿Por qué se violenta a las mujeres? Es fácil: porque no se las reconoce como individuas, ni como grupo, ni como sociedad (…). Si nosotras permitimos que se piense así, que no haya políticas para enmendar esa realidad, que no se diga la verdad, que la sociedad no esté dispuesta a cambiar… pues no hemos hecho nada”, grita Patricia Guerrero en su discurso vital. Lo repite también en Mujeres al frente (libro y documental) y se refiere a Colombia, pero aplica igualmente a España.

Porque sí, señora ministra, hacen falta recursos y en este punto es importante recordad que el presupuesto para la prevención contra la violencia de género ha sufrido un tijeretazo del 26%. Y sí, además, hace falta coordinación, educación y un Pacto de Estado YA para que sepamos quién eran esas mujeres que se esconden bajo ese nombre de Matilde, peruana, B.E.M.A, Virginia, mujer en silla de ruedas…  Es mucha la educación que hace falta para que no volvamos a escuchar en boca de Interior que los crímenes machistas están relacionados con la decisión de las mujeres de separarse rápido.

mientras se dá la inacción por parte de las autoridades,un grupo de mujeres en la madrileña Puerta del Sol se han plantado para molestar, para desde el kilómetro cero de la capital, recordad que el patriarcado mata. No comen desde el pasado 9 febrero y reclaman ese Pacto de Estado contra la violencia machista. El próximo 6 de marzo acudirán al Senado para exponer sus propuestas contra esta lacra. Solo queda apoyarlas, en cuerpo y alma. Y una forma clara es la huelga a la que estamos invitadas todas las mujeres el próximo 8 de marzo, un paro de empleo, cuidados y consumo de media hora que comenzará a las 12,00, una iniciativa mundial convocada por el movimiento argentino Ni Una Menos. Yo paro. FIN

Publicado en Más de la Mitad