Helena Maleno: “Las mujeres deben normalizar la violencia para sobrevivir”

La violencia sexual es el peaje que deben normalizar las mujeres migrantes para poder sobrevivir, explica la activista Helena Maleno. Es una de las conclusiones de la investigación que ha elaborado para Alianza para la Solidaridad sobre mujeres migrantes subsaharianas. La otra opción que tendrían es morir, señala. Son algunas de las terribles afirmaciones que se extraen del documento que se presenta hoy en Madrid. Está basado en los testimonios de cien mujeres que hablan de violaciones, pobreza y exclusión, multiplicadas por el “fatal” hecho de haber nacido mujeres.

¿Qué cuentan esos testimonios?

En sus discursos se encuentran y repiten unas situaciones de violencia brutal por el hecho de ser mujeres. Ellas cuentan que siguen sufriendo las mismas violencias estructurales que en sus países, pero que su viaje es más costoso, que “moverse” las expone a violencias vinculadas al género. Y además son negras, pobres y tienen otra religión. Con este trabajo buscábamos recoger la realidad de estas subsaharianas, invisibilizadas durante muchos años y reiterar que son personas, sujetas de derechos, que no deben ser miradas solo como víctimas.

¿De qué violencias hablan?

De violencia sexual, algo que les pasa a todas y que han normalizado. Y son violentadas por sus compañeros de viaje, por las fuerzas de seguridad, por los hombres de los países de acogida, por población civil… Son presa fácil: no pueden ir a una comisaría a denunciar, no tienen instrumentos de defensa, nadie las protege.
Otra cosa típica que les ocurre es que cuando están en el bosque y hay una redada, huyen de los militares, tras ellos entran los bandidos marroquíes. A ellos, a los hombres, les roban; a ellas las violan.

¿Les cuesta hablar y contarlo?

No. Bueno, conmigo no, pero también es cierto que yo tengo una relación especial con ellas. Cuando hice el informe estaba en medio de mi proceso judicial y sentíamos que teníamos una lucha en común, la defensa de los derechos humanos. Ellas hablaban conmigo en clave de estrategia, de empoderamiento, como para tomar fuerzas. Me explicaban que se lo contaban entre ellas porque ellas sabían lo que era aquello, porque habían sentido y sufrido lo mismo. De alguna forma, se hermanan y organizan redes de apoyo mutuo entre ellas. Y para defenderse, intentan ir en grupo, no salir a determinadas horas…

“A nosotras nos violan, eso es así. Pocas escapamos. También morimos más, de forma más fácil. En el desierto o en el agua. En cada cruce de frontera, si te quedas al borde del agua estás expuesta a más violencia por ser mujer. Cada hombre que ves, ya sea negro o blanco, bandido o militar, puede convertirse en un agresor. No puedes vivir con miedo porque te mueres, tienes que vivir sabiendo que tarde o temprano te va a pasar”, dicen las mujeres en el informe. Con esa realidad, ¿cuáles son sus estrategias de empoderamiento?

La primera es normalizar que te va a pasar. ¡Claro que te va a pasar: pagas con un dinero y tu cuerpo tu proyecto migratorio! Normalizarlo es apostar por tu proyecto y saber que te va a ocurrir para no enloquecer cuando te pase.

“Normalizar la violencia es una gran estrategia para no morirte”

¿Perdón?

Eso es supervivencia, porque si no mueres. El viaje es terrorífico. Cada vez, por ejemplo, por el hecho de que haya más controles, lo hace más duro, especialmente para las mujeres. Ellas se exponen a las violencias ligadas a la trata de personas y a ser explotadas durante el tránsito para poder llevar a cabo el viaje, por no hablar de los abusos y violaciones sistemáticos. Normalizar la violencia es una gran estrategia para no morirte.

¿Y una vez aquí? Porque el informe habla de ellas en territorio español y de sus condiciones en el servicio doméstico.

Sí. Hablan de esclavitud en el servicio doméstico y esclavitud sexual. Saben que están abocadas a un nicho laboral muy vinculado a su condición de mujeres. Y ahí otra estrategia es pensar: ‘vale, voy a ser explotada un tiempo, pero después podré tener un negocio y ser independiente’.  Algo muy curioso es cuando hablábamos con ellas de la necesidad de cuidarse a sí mismas. Para ellas, cuidarse es ser independientes.

La ruta del Estrecho parece haberse vuelto a abrir por la cantidad de muertos. ¿Qué hacemos? Porque no es una cuestión de condiciones meteorológicas.

Hay algo que ellas dicen que es la clave. Ellas repiten: ‘No tenemos derecho a migrar pero no tenemos derecho a no migrar’. No tienen derecho a no quedarse. Por eso no hay que hablar de efecto llamada, sino de efecto salida. No tienen opciones.

¿Qué le pediría al nuevo presidente en materia migratoria?

Lo primero que debe hacer, y a eso ya se comprometió, conmigo, directamente, por Twitter, es terminar con las devoluciones en caliente, en la valla y en el agua (donde hay muchas muertes calladas). Él dijo que iba a derogarlas. También es básico que anule la Ley mordaza, con la que se persigue a defensores.
Son muchos los debes. Debe escolarizar a los niños y niñas menores de Melilla, que son más de 120. Al igual que a los de Ceuta. Debe mejorar los centros de menores y tener otro tipo de prácticas con ellos: son nuestros niños, ¡están en el Estado español! Debe fomentar políticas no racistas y hacer que funcionen los filtros democráticos cuando ocurran cosas como la tragedia de Tarajal.
Con respecto a las políticas de acogida, debe poner recursos. Porque hoy quienes llegan se bajan de las pateras, duermen en las calles. El sistema de acogida debe ser verdadero.

Debe también reforzar el trabajo de salvamento marítimo, por encima del control de fronteras. Es básico: el derecho a la vida es sagrado y está por encima de todo, sobre todo en el mar. Hay que acabar con los años de propaganda racista que dice que las políticas migratorias nos defienden: en una democracia eso es un engaño para poder matarles y levantar muros. FIN

Publicado en Público

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El hashtag que se convirtió en libro, #LasFeministasQueremos

¿Pero qué más quieren las feministas? A esa pregunta tan repetida en las calles responde el libro que presenta ahora Isabel Mastroménico, directora de la Agencia Comunicación y Género, feminista y experta en igualdad. En Las feministas queremos, editado por Lo que no existe, la autora recoge de una forma clara y sencilla, la máxima del movimiento que defiende el feminismo: la igualdad.

Para ello, la escritora se agarra a 12 fragmentos de cartas de grandes mujeres de todas las épocas. De esa forma desvela en 12 capítulos las tantas veces calladas reivindicaciones de las mujeres. En su libro, Mastrodoménico va desmenuzando que las mujeres quieren que se respeten sus derechos humanos, igualdad de oportunidades, paridad, respeto para los derechos sexuales y reproductivo, educación en igualdad, paridad, erradicación de las violencias de género… ¿El tono? “Muy divulgativo. Ya hay grandísimos libros que explican el feminismo. Aquí lo que buscaba es que no nos vuelvan a preguntar qué pedimos en las calles; quiero que cualquier adolescente pueda entrar en el feminismo y entender que hacerlo supone cuestionarse internamente su forma de relacionarse con la pareja, las amistades, la familia, el trabajo… Se trata de empezar a ver las realidades desiguales a las que el sistema nos ha acostumbrado a asumir con naturalidad”, apunta la experta en género que gestó la idea a partir del hashtag #LasFeministasQueremos.

Así, de algo tan básico como que se respeten nuestros derechos humanos habla, por ejemplo, Olympe de Gouges, la intelectual de la revolución francesa que redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, dos años después de la Declaración que solo incluía a los hombres. La activista le pedía entonces a la reina María Antonieta que pensara en las mujeres. “Esta revolución no se llevará a cabo hasta que todas las mujeres estén convencidas de su deplorable suerte y de los derechos que les ha arrebatado la sociedad. Apoyad, Señora, tan bella causa, defended a este sexo desgraciado y tendréis a vuestro favor, por lo menos, la mitad del reino y un tercio de la otra”, escribía la revolucionaria francesa que acabó en la guillotina. Conmueve recuperar, como hace Mastrodoménico, partes del artículo 3 de ese texto, el que habla de “los derechos a la vida, a la libertad y a la seguridad”. En ese sentido, hoy, dos siglos y medio más tarde, la autora recuerdo lo importante que es recordar que aunque en Occidente parte de esas premisas, como la libertad, estén más claras, la situación de muchas mujeres de otros puntos del planeta es bien distinta. A la seguridad (acosos y abusos) aluden los capítulos en los que hace referencia a las violencias físicas.

Sobre las políticas públicas con perspectiva de género anheladas por las feministas, lsa Mastrodoménico hace referencia a temas como la educación, la reforma laboral, una ley de pensiones o la dotación de un presupuesto sanitario que incluya y piense en las enfermedades de las mujeres. Las mujeres quieren, dice la escritora, leyes, normativas que entiendan que “a las personas normales las empoderan las leyes”, dice Mastroménico parafraseando a Amelia Valcárcel. “En el nuevo código legislativo que supongo habréis de redactar, es mi deseo que recordéis a las damas; que seáis generosos con ellas, y que les seáis más favorables de cuanto lo fueron vuestros ancestros. No depositéis unos poderes tan ilimitados en manos de los maridos. Recordad que todos los hombres serían tiranos si pudieran. Si no se nos presta a las damas una especial atención y cuidado, nos veremos obligadas a fomentar una Rebelión, y no nos sentiremos obligadas por ninguna ley en la que no hayamos tenido voz, o Representación”, apuntaba Abigail Adams, a su marido, John Adams, el que sería presidente de los Estados Unidos. Corría el año 1735 y ese es el fragmento de carta elegido por la autora para contar esa demanda.

Hay otro capítulo exclusivo al deseo de una comunicación no sexista. En él aparece Virginia Wolf, pero no con su “cuarto propio”. Lo hace en una carta al director del diario The New Statesman para quejarse por una reseña que quería demostrar la superioridad cerebral y creativa de los varones sobre las mujeres. En esas páginas recuerda la legítima demanda, por parte de quienes constituyen la mitad del planeta, de que se cumplan las leyes en cuanto a comunicación se refiere (porque tanto las leyes de igualdad, como la de violencia de género como la específica para publicidad y comunicación audiovisual recogen normas contra el sexismo que se incumplen una y otra vez). En las páginas del libro, para traer estas antiguas reclamas a la actualidad, la autora va trufando sus páginas con citas de feministas españolas actuales que invitan a reflexionar sobre el tema abordado. En este punto, recoge una pregunta de la diputada feminista Ángeles Álvarez: “Si no permitimos que se intoxique a la población con productos químicamente tóxicos, ¿por qué permitimos que se les intoxique con contenidos audiovisuales tóxicos?”.

La autora también recuerda que las feministas quieren igualdad en la educación y para ello rescata una misiva de la escritora francesa Georges Sand (1804-1876). En ella, le pide a su madre que le explique por qué es una estupidez que las niñas estudien latín, una tarea considerada por la progenitora muy alejada de los roles tradicionales de las mujeres. Y ahí, entran los cuidados, otra de las peticiones: ¡que se compartan, que se hable de corresponsabilidad y no conciliación!, publica la agente en igualdad.

El último capítulo es de alguna forma el que resume la proclama básica: igualdad, “eso que quieren todas las feministas, sin importar en olas o generaciones”, explica la autora. Bajo el título “Queremos que no nos engañen”, la escritora recupera las contundentes palabras de la activista Nelly Rousell (1878-1922), unas frases en las que habla de la esencia del feminismo, basada en una independencia económica, una igualdad de salarios, una maternidad elegida, libertad y felicidad. He aquí su discurso:

“Todas aquellas que yo conozco ––y todos aquellos, puesto que también hay hombres entre nosotras, hombres de espíritu recto, de alma generosa–– no dejan pasar una ocasión para declarar y explicar que el feminismo, no es una declaración de guerra al hombre (es decir, a toda una mitad de la humanidad, que nosotras necesitamos tanto como dicha mitad nos necesita a nosotras), sino a las instituciones, a la monstruosa organización social que desconoce su única razón de ser, y que se alía con la madrastra-Naturaleza en contra nuestra, en lugar de suavizar sus leyes y de atenuar sus errores”. (…)

“Pues bien: ¡he aquí lo que ya no estamos dispuestas a tolerar! Y es por eso que creemos necesario garantizar a la mujer, en primer lugar, la independencia económica, fuente de todas las demás independencias: la física, la moral y la intelectual. Y, para asegurar esta independencia económica, necesitamos, no solo la admisión de las mujeres en todos los puestos de trabajo (les corresponde a ellas juzgar cuáles les convienen) y un salario igual (por el mismo trabajo, por supuesto; nunca hemos dicho otra cosa) al del elemento masculino, sino también dos condiciones esenciales para la libertad y la felicidad, pero que, con demasiada frecuencia, los constructores de ciudades ideales olvidan situar en la base de sus combinaciones. Son estas: la posibilidad de que cada mujer sea madre o no según su propio criterio, cuando reúna las condiciones necesarias para dar a luz, sin sufrir demasiado, sin comprometer o perjudicar su propia vida, a un niño bien constituido física y moralmente… y para educarlo luego con cuidado, con arte, como se cultiva una planta preciosa, en una atmósfera de bienestar y ternura gozosa, favorable al desarrollo armónico de su personalidad. La justa retribución por el trabajo materno. Resulta odioso que tal trabajo pueda ser una causa de esclavitud e inferioridad para aquellas que lo desempeñan”. Esa es la pedagogía que cierra la publicación, un libro “urgente y necesario, como lo es el feminismo”, subraya la feminista Nuria Varela, en el prólogo del mismo.

Publicado en Público

Feministómetro

Sí, ahora hasta los centros comerciales dicen ser feministas, las marcas de camisetas se tornan violetas y las pecheras se han llenado de Fridas Kahlos y eslóganes por los derechos de las mujeres. También los partidos parecen haber oído el grito de las mujeres en las calles por defender la igualdad: a un mismo salario, a vivir libres de violencia, a la paridad, a una investigación en salud, a una visibilización. Es un gusto, el mundo de repente se ha vuelto feminista, pareciese. Pero, ¿será verdaderamente así, cómo medir el compromiso real con la causa de quienes abrazan ahora el feminismo? El problema, es que no tenemos un feministrómetro, es decir, una máquina para medir machismos. Puesto que no contamos con ese contador y seguimos cayendo en las mismas prácticas patriarcales, van una serie de términos y experiencias que hablan de machismos. Haz la prueba, responde el siguiente test y comprueba cuánto pesan los estereotipos o las máximas tantas veces repetidas. Sí, tienes varios “síes” es fácil que te/nos quede todavía por aprender en feminismo y tenga/mos un problema a la hora de pensar, dada la sistematización de un mundo dictado por ellos. Prueba…

  1. A) Desconozco qué quiere decir palabra “señoro”.
  2. B) Desconozco qué quiere decir la palabra sororidad.
  3. C) Sí, creo que las feministas radicales son feminazis.
  4. D) Sí, sostengo que decir piropos a las mujeres por la calle es una galantería.
  5. E) Conjugo el verbo correr de la siguiente manera: yo corro, tu corres, el corre, nosotros corremos, vosotros corréis, ellos corren.
  6. F) Sigues hablando de conciliación y no de corresponsabilidad
  7. G) Comentas: “Si a mi hija o mi mujer le pasara lo de La Manada…”

Y aquí, las respuestas.

1. Para quienes no saben ver todavía a los “señoros” alrededor (cuidado, hay muchos) o ni conocen el concepto, les invito a irse a salir a las calles, es uno de los términos que más nos gustan. No está en los diccionarios, pero habla de “cierto tipo de hombres de comportamientos sexistas y con una visión del mundo tradicional y patriarcal. Son peligrosos, mandan, actúan bajo estereotipos y se sienten amenazados por el simple hecho de que una mujer sea consciente de sus derechos, y los reclame.

2. Sororidad. En la Fundeu lo dan por término válido y explican que es hermandad entre mujeres, lo que fue la fraternidad de la revolución francesa. https://www.fundeu.es/recomendacion/sororidad-termino-valido/En la RAE no está incluida, vaya, como feminista radical, invito a firmar porque exista, https://www.change.org/p/real-academia-española-incluir-la-palabra-sororidad-en-la-rae

3. Ser feminista radical es exactamente igual que defender los derechos humanos de una manera radical, puesto que no se pueden reivindicar a medias tintas.

4. No, los piropos son la práctica machista más comúnmente aceptada y constituyen una falta de respeto. Piropearnos supone cosificarnos y asumir que quien lo lanza tiene el derecho de lanzar y opinar, de dictaminar qué le parece esa mujer que deambula por las calles.

5. Yo, mujer, también aprendí a decir “nosotros corremos”. Las nuevas generaciones son la esperanza. Caí rendida de amor ante la llamada de atención de una maestra a la hija de mis amigos. Cuando le pidieron el verbo ella lo conjugó así: yo corro, tu corres, ella corre, nosotras corremos, vosotras corréis, ellas Corren. La profesora no cabía de gozo, la niña ya piensa diferente. La aplaudo con todas mis fuerzas.

6. La conciliación sigue recayendo sobre las mujeres; la corresponsabilidad sobre el Estado, las empresas, los hombres y las mujeres.

7. ¿De verdad tienen que violar a tu hija para que sientas cercano el terror de ese delito? Las mujeres somos personas, no necesitamos parentescos para que se defiendan los derechos humanos.

Y tras esto, parafraseo a la jueza Gloria Poyatos, que dice que el “machismo es una enfermedad de transmisión cultural cuya vacuna es la educación”. Afortunadamente, como apunta la jurista, se puede curar.  Así que a correr, a por libros. Yo ya corro en femenino y además, invito a la comunidad a enviarnos más propuestas para engordar este necesario feministómetro.

Publicado en Más de la mitad, 20 minutos

“Las niñas necesitan módems”: Laura Jordan

El diario The Guardian la define como un icono del feminismo digital. Cuando le preguntamos, Laura Jordan Bambach encoge los hombros y lo explica por su compromiso por contar las cosas desde la diversidad. Lo lleva haciendo desde hace décadas, cuando empezó a editar una revista diferente para chicas. “Ser reconocida me pone en una situación de responsabilidad. Considero y creo también que debo aprovechar mi voz para cambiar los estereotipos que nos rodean”, explica la publicista a su salida de una charla organizada por el Círculo de Creativos (cDc), de donde se ha despedido con un sonoro “break de rules (rompe las reglas)”.

Porque a ella, comunicadora nata, esa fórmula —en principio sencilla y hasta manida— le ha funcionado. Mirar desde otra perspectiva, la de la diversidad y de los derechos de las mujeres, puede ser esa manera de “salirse de la norma”. “Yo apuesto por trabajos de gente diversa que habla de otras creatividades y que se mete en otras pieles. Y sí, la ausencia de mujeres en la Historia hace que nuestra forma de crear se salga de lo establecido. Es terrible que sólo veamos el mundo con los ojos de quienes siempre mandaron”, relata.

“Lo interesante es alejarse de eso”, señala la directora creativa y socia de una de las agencias más influyentes de Londres, Mr. President. Es una cuestión de justicia, cargada además de pragmatismo, argumenta. Esa mirada fue la culpable de su primer éxito: a principios de los 90, en su lejana Australia, su tierra natal, Laura Jordan lanzó Geekgirl, un cibermagazine hacker para mujeres. Pensar y contar historias con perspectiva de género fue la clave para la publicación geek, es decir, rara, que montó.

Sus promotoras se inspiraban, cuentan, en calcomanías con lemas que decían “Deja tu ponny y coge un ordenador” o “las niñas necesitan módems”. Y así, desde su espacio ciber, entró de lleno a hablar de mujeres y tecnología, de mujeres y ciberarte, de ciberfeminismo, de código, programación y animación. Las protagonistas eran mujeres digitales fuertes (hackers, artistas, poetas, codificadoras…). Se hablaba de otros temas también. Valía el porno, el género, el sexo y hasta la guerra, pero sin pelos en la lengua. Ella cuenta que sentían que “pirateaban la cultura”. De ahí saltó de continente y desde Europa, en Reino Unido, montó la plataforma She Says.

Desde ella impulsa a las mujeres a tomar parte de las carreras digitales. “Damos a las mujeres un espacio para compartir su creatividad. Buscamos romper las barreras y techos de cristal. Repetimos que hay que hacer red y que no estamos allí para hablar de que no estamos en la industria, sino de nuestros puntos de vista”. ¿Por qué no hay mujeres en la cúpula de la industria publicitaria? “Porque nos enseñaron a estar calladas, a no opinar y a complacer”, responde. “Desde la publicidad y la creatividad, tenemos el poder de cambiar la cultura. Si nos ponemos y lo creemos. Debemos posicionarnos y decir basta a que todas las voces sean masculinas y blancas, ya vale de una cultura estándar, una norma que además ya no comunica”.

“¿Quién compraría ahora una publicidad de una lavadora porque esté detrás una señora? No somos objetos”, apuntilla. Para Jordan, el #MeeToo debe dar un paso más allá para transformar desde la diversidad, algo para lo que las empresas “deben ser más valientes”. E insiste en la creatividad porque cree que cuando una idea es realmente buena, deja de ser publicidad y se convierte en cultura, que en el siglo XXI debe ser disruptiva, feminista e inclusiva.

Respecto a las redes sociales, la australiana considera que son una excelente plataforma para romper el espacio que siempre tuvieron acotado el poder. No obstante, avisa de los peros. De Facebook, por ejemplo, con quien colabora, considera que puede ser un gran hermano, que depende de los usuarios y que no podemos olvidar que las plataformas gratuitas hacen su negocio de vender al usuario. “Entonces, piensa lo que haces”, sentencia esta mujer con nombre de película de Tarantino y un Facebook pobre en cuanto a contenidos. No debe de ser su red, parece. FIN.

Publicado en Público

No es no y una violación es una violación

Señoros jueces: voy a consultar simplemente con la RAE por si puede ayudarles a entender qué es una violación. Porque hay algo que todas hemos entendido, y a ustedes parece que les cuesta.

Para ello me acojo a las palabras que recoge la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Navarra, los hechos probados que sufrió una mujer de 18 años por parte de cinco hombres durante la fiesta de San Fermín 2016. La víctima se sintió ‘impresionada y sin capacidad de reacción‘, con ‘un intenso agobio y desasosiego, que le produjo estupor y le hizo adoptar una actitud de sometimiento y pasividad, determinándole a hacer lo que los procesados le decían que hiciera, manteniendo la mayor parte del tiempo los ojos cerrados’. En los vídeos, la joven violada aparece ‘agazapada, acorralada contra la pared por dos de los procesados‘, y expresando ‘gritos que reflejan dolor’.

“Acorralada”. Definición 1: encerrar o meter el ganado en el corral. Definición 2. Encerrar a alguien dentro de estrechos límites, impidiéndole que pueda escapar. Definición 3. Dejar a alguien confundido y sin tener qué responder. Definición 4. Intimidar, acobardar.

“Someter”. Definición 1: sujetar, humillar a una persona, una tropa o una facción.

“Agobio”: sofocación. Angustia.

“Agazapada”. Agacharse como lo hace el gazapo cuando quiere ocultarse de quienes lo persiguen.

Si a esto le sumamos que ella estaba –tal y como recogen los hechos- “sin capacidad de reacción”, “contra la pared”, “con gritos que expresan dolor” y en “situación de sometimiento y sumisión” eso es una violación en toda regla.

Y aquí vuelvo a la RAE:

“Violación”: Tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad o cuando se halla privado de sentido o discernimiento.

Lo terrible de este caso, por el que nos han violado a todas, es que aquí no se ha juzgado a estos hombres que a la fuerza y abusando de su superioridad física y numérica, introducen a una joven en un portal sin su consentimiento. Lo bárbaro es que se la ha juzgado a ella y lo peor, estamos dando carta blanca a los violadores para que sigan utilizando los cuerpos de las mujeres como si fueran propios.

Yo, y todas nosotras, que sí somos manada #NosotrasSomosLaManada no vamos a parar hasta que esto se revierta. Nuestro mensaje para la víctima es: te creemos. No nos importa, como parece que sí a la justicia patriarcal, que no enfatizases el uso de la violencia: estabas sometida, agobiada, aterrada… No hay más que explicar. Qué exquisitas, sus señorías, de repente cogiéndose a la semántica para aducir que solo utilizaste el verbo ‘obligar’ una vez: Nos basta con tu ‘me hicieron algo que yo no quería hacer’.

No vale juzgar a la víctima, no vale perseguirla, no vale espiar sus redes socialespara ver si ella hacía ‘vida normal’ tras tan salvaje atropello, no vale cuestionar si ella estaba borracha. No podemos aceptar volver a tener que escuchar exabruptos como los del magistrado González al escribir que vio en ella vestigios de jolgorio y regocijo. ¿De qué habla? Y más: ¿A quién juzga, a ella o a ellos? ¿Qué ojos hay que poner ante unas bestias que abusan de su fuerza, te roban el móvil, te vejan y graban y difunden el horror?.

  • Señoros: dícese de cierto tipo de hombres de comportamientos sexistas y con una visión del mundo tradicional y patriarcal. Son peligrosos, mandan, actúan bajo estereotipos y se sienten amenazados por el simple hecho de que una mujer sea consciente de sus derechos, y los reclame. (Esta definición todavía no está en el diccionario, pero llegará: se la regalamos a la RAE).

Publicado en 20 minutos, Más de la mitad

‘Sin miedo’, el cine como acción política

Un documental, que empieza con unos personajes en busca de un director, acerca la tragedia de los miles de desaparecidos en Guatemala

“En los documentales son las historias las que se tropiezan contigo”, explica Claudio Zulian (Campodasergo, Italia, 1960), director de la película Sin miedo, una cinta basada en los testimonios de los desaparecidos de la dictadura guatemalteca. En su caso, visitaba el país maya con motivo de una bienal de arte y llegó a ellos por azar, por una amiga que quiso que conociese su historia. Fue así como el documentalista se encontró a los “peticionarios”, un grupo de familias que querían, entre otras cosas, que se cumpliese la ley. Años antes, en 2012, la Corte Interamericana de Derechos Humanos había condenado al Estado de Guatemala por los crímenes cometidos contra su población. Entre las medidas de reparación se encontraba la realización de un documental que contase lo que allí pasó, algo que jamás ocurrió. Ante la inacción, ellos se movieron, hicieran un casting de directores, de guionistas y productoras y se pusieron a la “caza” de un director que contase al mundo que allí, en un país de ocho millones de personas, con 45.000 desaparecidos y 200.000 muertos, se vivió una de las represiones más salvajes de América Latina.

“Especialmente por la historia que reflejo, la de ellos, intenté desde un principio romper con la dinámica tradicional del documental en la que el cineasta dirige y escribe un guión para ir construyendo un relato predefinido. Aquí lo importante era lo que ellos querían, debía narrar lo que les importaba y sentían”, explica Zulian. De ahí que en la cinta se introduzca el dibujo o la fotografía para intentar pensar y reconstruir cómo serían esos hombres y mujeres que ya no están. Por medio de ellas, los familiares –sin un registro gráfico de sus seres queridos- imaginan cómo serían y consiguen, de alguna forma, seguir denunciando y sanar, según explica el cineasta. “Tenían razón ellos. La memoria la construimos con audiovisuales y empezamos a no distinguir qué hemos vivido o qué hemos visto. La película aborda eso y les hace presentes en la acción de sus familiares”, señala Zulian.

Así, a pesar de una Guatemala  lejos de funcionar, donde impera la violencia de una forma extrema –a pesar del fin de la guerra civil- y persiste la corrupción y la impunidad, emociona cuando los protagonistas “eligen” el título de la cinta, Sin miedo, a pesar de las amenazas, del dolor de los muertos y de una actualidad que sigue desgarrando. “La pobreza y la opresión no son un destino. Vamos a seguir luchando porque los volvieron inmortales”, afirman los familiares de esos miles que se llevaron. La cinta se estrena en España en cines el próximo 20 de abril y empieza su periplo por América Latina. En Guatemala hubo en noviembre un pase en la capital en noviembre y empezará a rodar por centros culturales. FIN

Publicado en El País

La publicidad se levanta contra los estereotipos machistas

Preocupada por los muchos estereotipos contra las mujeres que se dan en su sector, la publicidad, Uschi Henkes, presidenta del Círculo de Creativos (CdC) se propuso plantear un cambio. Escuchó propuestas, que si una web a modo de tutorial, que si un manual de buenas prácticas para profesionales, que si una app con instrucciones… Ninguna le convenció: Henkes, la primera presidenta de este selectivo club, no quiso plantear una iniciativa elaborada de arriba a abajo e unidireccional y prefirió escuchar. Por eso, hace apenas un mes envió, como una de sus primeras acciones al frente de la institución, una carta a todo el colectivo para empezar a cambiar las cosas.

“Me gustaría que los profesionales, tanto del lado del cliente o de la agencia, tuviéramos una especial sensibilidad con los estereotipos que utilizamos en la comunicación que, por costumbre, inercia o comodidad, siguen anclados en el pasado. Desde el CdC lanzamos una campaña que llamamos OVER. Se acabó. Un OVER que es un grito que tapa esos anuncios que hemos visto durante años donde la mujer cumple un papel secundario, sumiso y muchas veces cercano a un cliché sexual. Ya va siendo hora de que el sector de la comunicación opine sobre lo que se debate actualmente en la sociedad”, escribía.

Para empezar, y mientras recibía respuestas a su misiva, invitó a los profesionales del sector a empezar a llenar twitter de reflexiones con el hastag #over. “La gente quiere opinar y hay que escuchar”, afirma. Por eso, arrancarán con doce mesas en las que sentarán a diferentes sectores de la industria de la publicidad (automación, belleza, limpieza, banca, comunicaciones…) con artistas, anunciantes, modelos, sociólogos, estudiantes, académicos y distintos perfiles para crear un documento que ayude a romper esos estereotipos, violencias, contras las mujeres.

La idea es que cada reunión se forme con gente nueva para que discutan una pregunta temática y concienciar sobre el problema. Tal y como explica Henkes, es pronto para saber qué forma tendrá la herramienta que salga de tanta discusión. En principio, habla de libro -aunque sin precisar-. En él, la intención es entregar el producto de esas reuniones a importantes cineastas, gente anónima, como un ama de casa, pensadores y trabajadores ajenos al sector (¿por qué no un taxista?) para que ellos escriban y creen a partir de lo debatido. ¿La fecha? Abril de 2019, durante el próximo Certamen de la Creatividad Española, comentaba a Público este fin de semana en la clausura de la edición de este año.

Henkes, que sí reconoce haberse encontrado con alguna crítica ante su iniciativa, se apoya en el trabajo ya iniciado apenas hace un par de años por Más Mujeres Creativas, una plataforma colaborativa e independiente nacida para promover la visibilidad e igualdad de oportunidades en España. Porque en el sector, con un 56% de mujeres, solo el 14% son directoras creativas y apenas un 1% llega a la dirección general. Belén Coca, una de sus fundadoras, utiliza la palabra “evangelizar” sobre feminismo para revertir los muchos patrones adquiridos.

Habla también de la oportunidad que se presenta ahora para romper con los roles culturales que se han dado a hombres y mujeres. “¿Quién dice que los hombres no tienen sentimientos, quién dice que a nosotras nos gusta aparecer reflejadas con un jabón de platos y no querremos comprar uno en el que aparezca un hombre? Es irreal”, señala. Y en ese aspecto, tanto Henkes como Coca coinciden en señalar cómo las consumidoras empiezan a preferir una publicidad no sexista. FIN

(Publicado en Público)

Laura Mora: “En Colombia, la belleza y la violencia son igualmente democráticas”

Tiene un tatuaje que le atraviesa el cuello como si fuera una raja. El tatuaje dice “latina”. Y es cierto, si por ello se entiende fuerza y coraje unido a no tener miedo a sentir. Laura Mora (Medellín, 1981) lleva también otro tatuaje: el asesinato de su padre, un señor normal, un profesor de universidad al que un sicario disparó hace casi 20 años.

Ese disparo –como el de tantos otros sobre personajes anónimos de su país, Colombia- le ha servido para dirigir y escribir la película Matar a Jesús. La cinta, con una larga lista de premios a sus espaldas, es el testimonio salvaje de una chica de 22 años, ella, que busca al asesino de su padre. Mora está en Madrid para presentar su trabajo, que se estrena el próximo 13 de abril en España. Allí participará también en la primera edición del festival Cine por mujeres. Su largometraje fue uno de las grandes vencedoras del Festival de Cine de Guadalajara que se celebró en marzo en la ciudad mexicana. En el certamen se llevó el premio a mejor película de ficción y el de mejor actor por el papel de Giovanni Rodríguez.

Pregunta. ¿Cómo se puede filmar con honestidad un drama como el que cuentas?

Respuesta. No lo sé. Con años, diría. Me interesaba poder sobrepasar la trágica anécdota y ser capaz de contar una historia que tuviese más impacto. Se trataba de poder separarme de dolor. Y eso se logra con los años.

Me gusta que menciones la honestidad; es lo que buscaba. Y es así gracias a la educación que recibí. Y sí, el guión está más pegado a lo que pueda ser una catarsis, pero la película es una carta de amor a mi papá y a una educación que dice que no se debe excluir a nadie y que está en contra de dividirnos en “buenos” y “malos”. Me refiero a una educación de una humanidad tan excesiva que te permite contar esta historia.

P. Hablas de resistencia.

R. Eso es. La película trata de resistirse a ser violento. Eso es de Sábato, cuando dice que la resistencia es el único lugar donde habita la esperanza siento que todas las familias que nos hemos resistido a la venganza, a pesar de no tener ninguna verdad o reparación, somos la resistencia. Resulta muy complejo, cuando la violencia es tan cotidiana. Porque cuando uno sufre una pérdida de este tipo, es normal que surja la venganza; es una pasión humana que de repente se despierta de una forma totalmente natural. El problema es cómo la contenemos. Además, aquí es más complicado desactivarla porque lo que en otros países va acompañado de una sociedad que compadece y de un sistema penal que acompaña, en Colombia hay una sociedad indolente, impunidad y un sistema corrupto.

P. Dices que te gusta hacer preguntas…

R. Me interesa más generar preguntas que construir mensajes, moralejas o imponer mi visión del mundo. Prefiero construir reflexiones. Por eso me sigue inquietando la violencia de una forma muy profunda, porque no tengo las respuestas.

Me impresiona la exclusión, que es la que la violencia que opera a diario. Y en la película cuento la exclusión del sicario, pero también la de ella, que también ha sido excluida de un sistema penal. Y sí, la protagonista crece con un tipo de privilegios, pero a ella la sociedad y la justicia la excluyen, como a él, que está fuera del sistema desde que nace. Me preocupa cómo hemos perdido la capacidad de compasión, de mirar al otro.

P. En Matar a Jesús la víctima y el verdugo llegan a bailar juntos. ¿Eso es posible?

R. Aplaudo el proceso de paz con todas mis fuerzas y me quito el sombrero ante esas víctimas que fueron a La Habana, se enfrentaron a los victimarios y se abrazaron. Pero creo que el tema del perdón debe ser algo muy íntimo. Imponérselo a toda una sociedad no debe ser la forma. Debes permitir a una víctima decir: “Yo no perdono”. Yo no lo hago, pero no perpetúo. Me siento incapaz de perdonar a quienes ordenaron asesinar a mi papá, pero lo que sí sé es que yo no voy a perpetuar la violencia.

¿Por qué puedo escribir de otra forma sobre el sicario? Porque él es también una víctima de ese aparato criminal que se vale de su exclusión, de una pobreza que le convierte en un soldado de ellos que pone la cara.

El baile entre los dos protagonistas tiene que ver con esos odios heredados. Si este mundo salvaje alrededor de ellos no existiera, quizás hubieran podido ser amigos, amantes, hermanos. Es la sociedad la que los ha enemistado antes de nacer. Antes de que él cometa el crimen.

P. ¿Colombia está acostumbrada a la muerte?

R. Sí, estamos anestesiados, acostumbrados. En Colombia nos duelen los grandes líderes, los hombres, no. Mi papá era un abogado, un hombre, un padre, un profesor… y esos hombres no parecen importarnos. Por eso era importante decir en la película “se nos marchó un hombre”. Deberían dolernos todos. Los muertos nos tienen que seguir doliendo.

P. La indiferencia mata, dicen las víctimas colombianas.

R. Sin duda. ¿Qué me iba a imaginar yo cuando escribía la película, que todo esto iba a coincidir con el proceso de paz? Imposible imaginármelo. Pero fíjate, casualidades, empezamos la preproducción de la película el domingo que ganó el “no” en el referéndum. Y mientras trabajábamos, se oía pólvora y la gente pitaba y celebraba como si hubiesen ganado un partido de fútbol. Eso es ser bárbaros. Ese día la película cobró más sentido que nunca, un sentido político. El proceso de paz tiene todos los problemas del mundo, pero si con eso estamos salvándonos 500 vidas al año, vale la pena.

Seguimos enfrascados en el discurso del odio. Es como si los colombianos estuviésemos asustados de desprendernos de la violencia. Porque en Colombia la belleza y la violencia son igualmente democráticas: la tenemos todos. Es así de trágico. Por eso el cine es importante, porque puede ayudarnos a desprendernos del relato de la violencia, desactivarla y ver la monstruosidad que hay en ella. Tenemos tanto miedo porque tenemos que reinventarnos para construir un nuevo relato social.

P. ¿Es la educación la clave, como lo fue en tu caso?

R. Yo creo que la educación es un eje fundamental, pero el Estado debe empezar a ocupar unos lugares que ha dejado desprotegidos en un sistema absolutamente desigual. La educación funciona cuando te va a servir para algo. Porque si dices, sí, voy a la escuela, pero llego a casa y no hay qué comer, mi mamá no tiene trabajo, no hay salud, no hay pensión, no hay agua… ¿Entonces? Hay que repensar radicalmente el sistema de igualdad.

P. Qué ha sido de los dos actores protagonistas, actores naturales, por cierto.

R. Natasha no tiene ningún interés en volver a actuar. Es artista plástica, estudia en la Universidad, trabaja con un colectivo y es una chica con una postura política y artística impresionante. ¡22 años y tanta coherencia! Es maravillosa. Él tiene una vida más compleja. Giovanni es la tragedia de Colombia en un cuerpo de 24 años. Le mataron a su papá cuando su mamá estaba en embarazo, su mamá lo abandonó, creció a la merced de la calle, a los 11 fue reclutado por grupos ilegales en la ciudad. ¿Qué más querés? Pero es un chico de una inteligencia brillante, ya no como actor, sino en la vida. Lo que hablábamos de la educación: Ella es hija de profesores, le han inculcado la libertad, el respeto. Y él… ¿ves? No cerramos esas brechas con educación, hace falta igualdad. FIN

Publicado en El País

Cine elevado a M, de mujer

“Cuando las mujeres hacemos cine, filmamos lo mismo y más, porque tenemos otras historias que no se han contado. Es así de simple”, afirma Carlota Álvarez, codirectora de la primera edición del Festival Internacional Cine por Mujeres, que se clausura este domingo 8 de abril. No es cuento. Debra Zimmerman, directora ejecutiva de Women Make Films, lo explica con estadísticas y con un argumento claro: la organización que representa está aburrida de la misma película de siempre, de los mismos patrones, dice, y quiere ver cintas donde aparezcan mujeres con poder, que no sean objetos y que reflejen la realidad de lo que vive la mitad de la humanidad. Porque según los datos que aporta, con los que coinciden multitud de estudios, en los diálogos de la gran pantalla las mujeres ocupan un 30 por ciento, por ejemplo.

Para evitando caer en el tópico sobre qué es lo que retratan las mujeres —que si un cine menor, o más sensiblero—, la crítica de cine Pilar Aguilar se cuestionaba hace unos días si los hombres hacen un cine “de hombres”. “Claro que sí, absolutamente. Y lo peor es que ni se dan cuenta. Es el patriarcado que dice que los hombres están en el centro del universo”, responde Zimmerman, que lleva décadas en una organización que se declara feminista y se dedica a distribuir cine independiente hecho por mujeres.

“Sí, feminista, rotundamente. Y desde hace muchos años: ayudamos a las mujeres a distribuir cine con perspectiva de género. Hablo de contenidos nuevos a kilómetros de distancia de lo que vemos en Hollywood”, asevera la norteamericana.

Álvarez, por su parte, puntualiza que en su festival todos y todas son feministas, pero que se dirigen a todos los públicos para, entre otras cosas, romper estereotipos y mostrar que las cineastas no solo hacen cine intimista, sino que aportan talento y un abanico de visiones más amplio.

En la charla, surge pronto cómo medir el grado de feminismo de una película: bajo qué parámetros, por ejemplo, acepta o no una cinta la organización Women Make Films. Ante la cuestión y los debates sobre las varias olas de feminismo, la norteamericana se ríe y dice que en su organización lo que se busca es una mirada inclusiva. Que eso es el feminismo. Pero ante la duda de cuál sería, por ejemplo, el buen feminismo, se agarra al nombre de su organización, mujeres que hacen cine, y recuerda que solo hay una línea roja: no repetir los patrones del cine en el que no estamos o solo somos objetos. “En Estados Unidos las mujeres tenemos un problema de salud: la medicina está hecha por hombres, y por lo tanto, no se han estudiado nuestros cuerpos. En el cine ocurre lo mismo: no hemos contado”, comenta.

Respecto a soluciones para conseguir una mirada más igualitaria, la responsable del festival no tiene dudas y habla de la necesidad de establecer “unos cuantos años de cuotas para conseguir la paridad. En Suecia es política de Estado. Si somos el 50% de la población y pagamos el 50% de los impuestos, nos corresponde ese tanto”, recuerda. Con las salas y charlas del festival llenas de hombres y mujeres, en un número bastante equitativo, preguntamos por el movimiento #MeToo.

“Al principio fui muy escéptica ante él, pensé que era otro año más que decíamos que ese era el de las mujeres. Pero, no, ahora siento que esto es imparable. ¿Motivos? Una combinación de hartazgo y de empoderamiento basado en el trabajo de las feministas de muchos años. Sinceramente, pienso que ahora se abre –de verdad- una oportunidad para las mujeres. También en el cine”, zanja la norteamericana.

Publicado en Diario Público