“Sería conveniente un nuevo despertar ciudadano”: Iván Velásquez

Acepta el término “quijote” como sinónimo de idealista. Cuando a Iván Velásquez, con una carrera pública como magistrado casi terminada en Colombia, le ofrecieron combatir la impunidad en Guatemala, donde se calcula que ronda el 97% y hasta el 99% para casos de violencia contra las mujeres, aceptó convencido de que se pueden cambiar las cosas a mejor. El máximo responsable de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), organismo auspiciado por Naciones Unidas, cree en la ciudadanía como palanca de otro tipo de democracias más participativas, apoyadas en una prensa que denuncie y despierte para, como decían los guatemaltecos, que los corruptos pongan cara a la indignación. Estuvo en Madrid, invitado por Oxfam Intermón, para hablar de los desafíos de la cooperación internacional.

Pregunta. ¿Funciona Guatemala?

Respuesta. Guatemala, con un desarrollo institucional muy incipiente, vive un momento de transición frente a la gran dificultad que supone la corrupción. No creo que sea un Estado fallido. Lo que hemos visto con las investigaciones que venimos desarrollando es que el país ha sido capturado por redes ilícitas desde hace décadas. La corrupción aquí es estructural; está dentro del sistema, pero es posible lograr la liberación del Estado.

P. Ustedes hablan de avances respecto a su trabajo, pero los índices de impunidad siguen siendo de vértigo.

R. La CIGIG tiene dos actividades fundamentales: identificación y persecución de los cuerpos ilegales y propiciar condiciones para impedir que estas estructuras se reproduzcan.

En lo que hemos avanzado, junto al Ministerio Público (Fiscalía), es en empezar el proceso de desarticulación de las redes criminales. Y eso, especialmente desde el 2015, se tradujo en la primera expresión de la ciudadana en las calles contra la impunidad, una actitud que generó una nueva confianza por parte de los guatemaltecos, esperanza y, también, un estado más vigilante de ellos frente a las instituciones. Ese avance social no logra transformaciones inmediatas, pero si la ciudadanía se mantiene atenta, participa, propone y protesta hay una mayor posibilidad de construcción de democracia.

P. Sí, ¿pero podría puntualizar su avance en la lucha de esos porcentajes terribles de impunidad?

R. La actividad de la CIGIG no incide realmente en la reducción de la impunidad. Y no lo hace porque nosotros solo trabajamos en la persecución de estructuras criminales. La reducción de la impunidad le corresponde al Ministerio Público.

En lo que sí ha contribuido la CIGIG es en demostrar que la lucha contra la impunidad, o mejor, contra la corrupción, es posible. Ahora, ¿cómo puede enfrentarse el Ministerio Público a ella? Con más presupuesto, más recursos y más personal… Con lo que tienen ahora es imposible frenar la corrupción. Los fiscales necesitarían 15 años para responder a los casos que tienen acumulados hasta enero de 2016, pero si solo se dedicaran a ellos, en ese tiempo se habrían cometido otros 15.000 casos nuevos. En las condiciones actuales la lucha contra la impunidad no va a triunfar por los exiguos recursos del sistema de justicia.

Nosotros decimos que es indispensable variar las condiciones actuales y demostramos que sí se pueden hacer investigaciones serias y profundas que encuentren a los responsables de hechos gravísimos.

P. Para ser un funcionario de Naciones Unidas, su discurso suena muy político.

R. Si eso se entiende como que la CIGIG tiene una pretensión de incidencia en los debates partidistas, digo absolutamente que no, que no somos políticos. Pero si eso quiere decir que insistimos en que haya funcionarios de carrera, que la elección de los altos cargos del sistema de justicia se haga de otra forma, que hablamos de cambios estructurales, sí, mi discurso es político.

Yo creo en la participación ciudadana y en que hay que promover su interés por lo público. Creo que esa es la mejor garantía en la lucha contra la corrupción, una ciudadana interesada que busque formas de participación. También digo que sería conveniente un nuevo despertar ciudadano. Para algunos eso es incitar a la protesta, pero no, es algo que debe existir. Cuando no la hay, el terreno queda cultivado para la corrupción.

P. Pero esos despertares de la ciudadanía, como el que vivió Guatemala en 2015, sirven de poco por sí solos. Hacen falta cambios.

R. Es difícil que la ciudadanía sostenga una reacción emotiva como la que vivió Guatemala hace un par de años si no hay cambios. En Guatemala el retraso de la acción judicial incide en que no se den. Cuando no se ven sentencias, cuando no hay responsabilidades, cuando es probable que haya intereses en dilatar esos procesos, porque el tiempo calma las aguas, se puede olvidar ese despertar del 2015. La indiferencia es positiva para los corruptos.

P. ¿Ustedes están cerca de esos movimientos?

R. No. Sería muy complicado. Muchos acaban articulándose como movimientos políticos, pero saludamos toda expresión ciudadana.

P. El narcotráfico impregna y envenena las sociedades. Y Guatemala está geográficamente situada en un lugar estratégico para su distribución.

R. Guatemala es un punto estratégico de paso de la droga, por lo que los intereses del narco son muy fuertes aquí. Y en un Estado débil, y con poca presencia de las instituciones en muchas regiones, hay que prestarle mucha atención a este problema. Porque, como pasó en Colombia, esas organizaciones además están interesadas en tener control político. Creo que aquí no se ha dimensionado bien el problema.

P. Con ese panorama, ¿sigue siendo usted optimista?

R. El reto es enorme. Hay que generar una cultura de respeto por la legalidad. Hay muchos temas donde tenemos que avanzar. Una necesidad urgente es la reforma constitucional para modernizar el sistema de justicia y profundizar en la investigación criminal. Falta mucho por hacer. ¿Cuántos años serán necesarios? No lo sé. Lo que sé es hay que empezar.

Publicado originalmente en El País, El País, Internacional

¿Esclavos de las máquinas?

“El peligro del pasado era que los hombres fueran esclavos. Pero el peligro del futuro es que los hombres se conviertan en robots”. “Hemos convertido las máquinas en dioses, y nos hemos vuelto divinos sirviendo a las máquinas”, Erich Fromm, psicólogo social 

¿Nos robarán los robots el trabajo? ¿Habrá que pedir que tributen y compensen así la eliminación de empleos y contribuyan a pagar nuestras pensiones? En un mundo cada vez más tecnológico, se replantean los patrones del empleo, el ocio, el consumo y la demanda.

Lula Gómez.- En el Metro de Madrid ya no hay forma humana de comprar un billete; unas máquinas expiden los billetes. En las gasolineras no hacen falta dependientes; los surtidores lo hacen todo; también cobran. Google translator traduce a cientos de idiomas en cuestión de un clic gratis y cada vez mejor. Sobrevolar países e incluso bombardearlos es posible desde un dron; adiós a los pilotos, copilotos y demás tripulación… Los coches ya no necesitan conductores… se valen de su inteligencia, que además podría llegar a fallar menos que la humana, dicen. Y Amazon ya ha abierto en Seattle la primera tienda física donde no hay cajas para cobrar. En sus establecimientos, uno entra, elige y se va y Just Eat ya entrega pedidos mediante robots que van solos por la calle. Todo esto no es ciencia ficción, ocurre hoy, mientras usted lee esta revista parece imparable.

La robotización del empleo implica muchos cambios, buenos y malos, como todo en la vida, pero el más evidente es la necesidad de adaptar el mercado laboral a un nuevo paradigma porque al igual que el trabajo de los serenos es ya historia, muchos de nuestros oficios serán automatizados.

En el encuentro del Foro Económico Mundial de Davos de 2016, reunión poco sospechosa por sus tintes marxistas o revolucionarias, uno de los grandes temas entre los directivos allí congregados fue el cada vez más importante papel de las máquinas. Y el asunto no era lo muy ventajosa productividad que viven los negocios al introducir máquinas que no se cansan ni tienen derechos sociales, sino la destrucción del empleo que suponen, muy por encima, señalaban, de la globalización o liberación de mercados. El debate es amplio y toca muchos palos porque transforma el mundo en cuanto al reparto del trabajo, su remuneración, el ocio, la oferta, la demanda y hasta conceptos más espirituales como el sentido de la vida y la felicidad. “Los nuevos patrones de consumo, producción y empleo que se presentan plantean desafíos importantes que requieren de una adaptación proactiva por parte de las empresas, gobiernos y individuos. Porque a la vez que se produce esta revolución tecnológica, concurren una serie de factores socioeconómicos, geopolíticos y demográficos que interactúan entre sí e intensifican el cambio. Y mientras las industrias se ajustan a la nueva realidad, la mayoría de los trabajos están sufriendo una importante transformación”, rezaba el documento titulado The future of Jobs de hace menos de un año del World Economic Forum. Las incertidumbres son muchas: “Se presenta un futuro color de rosa en el que las máquinas se ocuparán de hacer múltiples trabajos y la gente tendrá más tiempo para consumir bienes y servicios, incrementando la demanda en la economía, sin tener en consideración lo que se pregunta Martin Ford, el autor de Rise of the robots: “en un mundo con menos empleos, ¿quién tendrá los ingresos y la confianza para comprar los productos y servicios producidos por el sistema económico? ¿De dónde vendrá la demanda?” El futuro estaría marcado por una robotización con desempleo masivo y deflación, escribía el pensador Mariano Aguirre en la revista es.global.es

Pero el cambio producido por la dicotomía máquinas y trabajo no es nuevo. Lo sorprendente ahora es la velocidad con la que se está implementando. Un informe de McKinsey Global Institute asegura que la transformación de la sociedad gracias a la Inteligencia Artificial ocurrirá “diez veces más rápido y a 300 veces la escala, o tendrá aproximadamente 3.000 veces el impacto que tuvo la revolución industrial”. Y el tiempo, en esta ocasión, juega en contra de los trabajadores, que deben competir con robots que trabajan más rápido y con más eficiencia. Valga un dato: en 1960 la compañía más productiva era General Motors, con unos beneficios anuales de 7.600 millones de dólares y 600.000 empleados. Hoy, Apple genera 89.000 millones de dólares y emplea tan solo a 92.000 trabajadores.

¿Adiós al 50% del trabajo?

El cambio o fractura, para los más fatalistas, es de vértigo y en el pasado foro de Davos se estimaba que en los próximos cinco años las distintas tecnologías (inteligencia artificial, robots, realidad virtual, impresoras 3D y big data) supondrán la pérdida de siete millones de puestos de trabajo en el todo el planeta. Otro reconocido trabajo, El futuro del empleo: ¿cómo son de susceptibles los trabajos a la computarización?, publicado el pasado septiembre por Oxford Martin School hablaba de que hasta un 47% de los puestos de trabajo en Estados Unidos estarían en riesgo de desaparecer en los próximos 20 años. Es decir, ¡casi la mitad!. Los oficios relacionados con logística, transporte y administrativos serían, según los expertos, los primeros en ser reemplazados.

Y ese porcentaje, según los estudiosos, se elevaría hasta el 56% de media en las economías desarrolladas del selecto club de la OCDE e incluso alcanzaría un 77% en China y un 85% en Etiopía. En España, las proyecciones de la OCDE afirman que el 12% del empleo estaría en riesgo de ser automatizado. Pero ojo, de este total, advierte la organización, el 50% de los trabajadores con estudios inferiores a la Educación Segundaría serían los primeros en ser sustituidos por productivas máquinas. Seríamos, tras Austria y Alemania, el tercer país europeo más afectado por este fenómeno. Porque para estar dentro del club de los digitalizados, se calcula que deberíamos invertir un 3% del PIB en Tecnologías de la Información. Y aunque en infraestructuras somos un país avanzado, estamos lejos de estar en la avanzadilla de esa transformación digital. Un estudio de UGT de julio de 2015 señalaba que casi 7,5 millones de españoles nunca habían entrado en Internet y 4,1 millones de viviendas no tenían acceso a la red.

“Las máquinas ya no solo realizan tareas repetitivas y rutinarias, sino que cada vez son más capaces de realizar cosas que antes se nos antojaban imposibles como conducir vehículos, diagnosticar enfermedades u ofrecer asesoría financiera”, señalaba McAfee, investigador del MIT y autor del libro La segunda era de las máquinas (2014). Incidía en lo que tres años antes avanzaba, junto a Erik Brynjolfsson, en La carrera contra las máquinas: “La raíz de nuestros problemas no es que estamos en una gran recesión, o un gran estancamiento, sino más bien en las primeras etapas de una gran reestructuración. Nuestras tecnologías están avanzando, pero muchas de nuestras habilidades y organizaciones están rezagadas. Por lo tanto, es urgente que entendamos estos fenómenos, discutamos sus implicaciones y presentemos estrategias que permitan a los trabajadores humanos avanzar con las máquinas en vez de competir contra ellas”.

Pero mientras discutimos, las máquinas empiezan a cuidar ya a nuestros enfermos. En Japón, desde hace años existe un prototipo de 2,5 kilos y forma de bebé foca que percibe el comportamiento de los mayores y actúa según se comporten con él. Cuánto más cariño, más carantoñas. “De lo que no se habla es de la compleja situación de la que partimos y de cómo nuestra sociedad va a soportar la destrucción del empleo que provoca la robótica con el paro estructural que ya tenemos. No podemos oponernos al futuro, pero falta elaborar un ideario y una cultura para saber contrarrestar la nueva situación”, apunta Gonzalo Pino, Secretario de Políticas Sindicales de UGT. Para él, uno de los problemas que no abordamos es la velocidad de esta nueva revolución de las máquinas. “No hay tiempo. Y además, no tenemos la formación necesaria. Por eso hay que atender la exclusión que van a vivir una serie de trabajadores sin acceso al trabajo”, señala ante un porvenir muy complicado para quienes sean despedidos, no se adapten y aprendan las nuevas habilidades requeridas en un mundo más globalizado, con menos empleo fijo y automatizado.

Para su sindicato, la solución se fundamenta en dos pilares: educación e impuestos a los robots.  Argumentan que si la empresa gana más gracias a unas máquinas que incrementan la productividad y beneficios de la empresa, las nuevas tecnologías deben cotizar y así sostener el Estado de bienestar. Se trataría, según UGT, de “redistribuir” los beneficios que representa el incremento en productividad y el recorte de la mano de obra. Lo que no está claro, al igual que otras muchas cuestiones relacionadas con el papel de los sindicatos en un mundo donde se va hacia el empleo autónomo y descentralizado, es cómo se calcularían esas cotizaciones: ¿se tendrá en cuenta la productividad del robot?, ¿cómo se contabilizarán las horas invertidas en su mantenimiento? ¿pagarían igual los dispositivos más inteligentes…?

En su contra, gran parte del sector empresarial mantiene que ese gravamen supondría más cargas al empresario y la posible salida de compañías a espacios donde fueran mejor tratadas. Dicen que más impuestos es reaccionario y solo son cortapisas al progreso.

Elena Pisonero, presidenta de Hispasat y estudiosa del tema desde hace años, es más partidaria de crear una renta universal para apoyar a quiénes más sufran la brecha digital. Sería para ella, un reconocimiento de cierto fracaso del sistema, pero un paliativo a la tensión social que provocan la brecha digital.

Se busca pensamiento crítico y creatividad

Pero no todo es negro y la mecanización abre la puerta también a oportunidades: nuevos oficios y formas de trabajar. Nos ocuparemos, por ejemplo, en nuevos oficios. La ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, decía hace poco que ocho de cada diez jóvenes que están estudiando ahora se desempeñarán en funciones o puestos que no existen hoy. Es decir, las nuevas tecnologías también crearán empleo, pero distinto, claro. “Según la Comisión Europea, en un futuro próximo, el 90% de los puestos de trabajo requerirán el desarrollo de habilidades digitales, por lo que las políticas de formación y recualificación de la mano de obra adquieren mayor trascendencia para prepararse a los nuevos tiempos. Y esa realidad contrasta con los problemas que tienen las empresas para encontrar expertos con competencias digitales. La cultura y la forma de trabajo es esencial para conseguir la transformación necesaria. En cuanto al nuevo trabajador, el marco de relaciones en que se mueva la empresa y trabajador será mucho más flexible”, apunta Almudena Semur, gerente del Instituto de Estudios Económicos. Para Elena Pisonero, no hay opción y la solución pasa por repensar el sistema. “Podríamos optar por frenar el progreso y que fueran las personas que tirasen de las máquinas –ironiza-, pero debemos tener la capacidad de imaginar otros mundos en donde se mejora la productividad y se trabaja mejor. Y sí, es cierto, se requieren nuevas habilidades. Se trata de ofrecer conocimiento, aportaciones de valor y no horas y jornadas. Eso ha pasado a la historia”, señala sin miedo a las máquinas y a que la cuide un robot.

Los expertos coinciden en que nuestras universidades siguen formando de una manera caduca y que la educación del futuro debe estar más orientada a la realidad práctica, fomentar el trabajo en equipo y entrenar a los jóvenes para que sepan superar los cambiantes retos a los que nos enfrentaremos en asuntos como el envejecimiento de la sociedad, la escasez energética o el cambio climático. Para World Economic Forum, las tres habilidades clave para encontrar un trabajo en 2020 serán la capacidad de resolver problemas complejos, el pensamiento crítico y la creatividad.

Eso sí, quedarán unos muchos descolgados, tanto individuos, como países. Según un análisis de Roland Berger para la Fundación Siemens, el nivel de preparación es muy desigual, tanto desde un punto de vista sectorial, como en las diversas variables macroeconómicas y sociales con relación a la penetración de la digitalización. Según sus datos, España estaría en el conjunto mundial en un puesto 45. “La posición de partida no es, por tanto, ideal, pero si algo han demostrado las tecnologías digitales es que dan oportunidades a todos. Esta Revolución es, posiblemente, la que menos masa crítica y peso histórico requiera para ponerse en marcha. Requiere tan solo apoyarse en la infraestructura existente y ser capaz de aprovechar los cambios y las oportunidades que ofrece. Lograrlo necesita de un compromiso por parte de todos los agentes implicados (empresas, organismos de investigación, Administración Pública, usuarios….) y un liderazgo decidido del    sector empresarial, quien debe incorporar, en primer lugar, el significado de esta Revolución”, recoge la revista Revolución digital, editada por el Instituto de Estudios Económicos hace menos de un año. Pisonero, defensora a ultranza de lo digital, apuntilla que “en el nuevo paradigma, hoy, para un ciudadano indio es más fácil y útil ser programador que estudiar filología inglesa”.

Porque sí, la diferencia entre los alfabetos y analfabetos digitales dividirá el mundo, más aldea global que nunca y con unas fronteras poco definidas para el mercado laboral. Y la brecha se verá en cómo abordan los países la organización del trabajo, las inversiones privadas y públicas por la automatización y la diferencia en la educación de los trabajadores. El peligro es que la minoría más rica de la sociedad aumentará su poder tecnológico y financiero, un desajuste que debe pensarse socialmente porque al tiempo, África subsahariana atraviesa continentes en busca de agua y en Albacete muere gente por frío en invierno.

Otras brechas: entre el futuro y la realidad

Entonces, como en los libros y películas de ficción, ¿se acaba todo y los robots por fin acabarán sustituyéndonos? Aunque resulta imposible negar su presencia y la vertiginosa rapidez con que las tecnologías de la información se han implementado, las cifras –señalan los más escépticos- deben interpretarse con cautela. Para empezar, todavía hay una brecha entre las capacidades tecnológicas y su utilización real, lo que podría conducir a una sobrestimación de la automatización del trabajo. En segundo lugar, el efecto sobre las perspectivas de empleo depende de que los lugares de trabajo se adapten a una nueva división del trabajo y de que los trabajadores puedan realizar tareas complementarias o nuevas.

Dentro de esas nuevas se encuentra la Inteligencia Artificial, no exenta de otros múltiples debates, como el de la privacidad de los datos, que ya están reportando beneficios. Los de la Inteligencia Artificial podrían ser enormes: un estudio reciente realizado por Merrill Lynch estima que estas tecnologías aportarán 200.000 millones de dólares en eficiencias de coste a nivel mundial. Para algunos, este progreso puede ejercer efectos positivos sobre el trabajador, ya que aumentaría la demanda de mano de obra. Pero de nuevo se repetiría el esquema, los beneficios serán para los empleados capacitados para esta revolución, los formados. De ahí la necesidad de paliar las desigualdades y requisitos de formación derivados del cambio tecnológico en lugar de la amenaza general de desempleo.

Superado ese gap solidario, mucho más serio que el tecnológico, el futuro sí podría ser interesante. FIN

(Publicado originalmente en Tintalibre, julio de 2017)

 

 

 

 

 

 

Cien años de mujeres sin ojos

Poder hablar de Cien años de soledad es ya de por sí un placer, una invitación a soñar, a sentir el hielo en el Caribe, trasportarse y entrar en una dimensión suprema. En el 50 cumpleaños de la publicación del libro (@libros.com y la Universidad Rey Juan Carlos), me han pedido cómo ve y pinta el genio García Márquez a las mujeres. La respuesta es difícil, porque en este gran viaje no hay una, sino cerca de una veintena de féminas que durante el macondiano siglo son un pilar fundamental para que transcurra la historia. Las hay fuertes y prácticas, como la matriarca Úrsula Iguarán; modernas como Amaranta Ürsula; monjas (Meme), vírgenes, niñas bellísimas (sic), prostitutas, como Pilar Ternera; cometierras como Rebeca Buendía… mujeres fascinantes y muy diversas, como la novela.

¿Pero, qué qué tienen en común? Dos cosas, me atrevo a afirmar. Una, están supeditadas a la historia de los hombres, y dos, no tienen ojos, porque no ven, o quizás más acertado sería decir, no sienten. Me atrevería a sugerir que al autor cartagenero se le olvidó en sus fantásticas descripciones apuntar que ellas son ciegas por algún misterioso motivo. Igual que por un mágico suceder damos por válido que los hijos del incesto nacen con cola de cerdo. Les ocurren cosas, muchas, muchísimas y extravagantes y nos las creemos, pero narradas desde la óptica de los vencedores, los que hacen guerras, los hombres que marcan el destino de esos Cien años de soledad. 

Y sí, a algunas de ellas les gusta el sexo, o más bien diría que lo practican, o peor, son forzadas. Hay también profesionales. Hay para todos los gustos en tan extraordinario siglo. Pero quisiera ver a mujeres con los ojos y piel necesaria para sentir los orgasmos (como ellos, que los anhelan y uno siente que se suben por las paredes hirviendo de deseo). Ellas no tienen ojos ni piel para querer cabalgar sobre un hombre y saber qué es el placer.  Todo lo contrario. Hasta la tenaz Úrsula:

“Temiendo que el corpulento y voluntarioso marido la violara dormida, Úrsula se ponía antes de acostarse un pantalón rudimentario que su madre le fabricó con lona de velero y reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que se cerraba por delante con una gruesa hebilla de hierro”.

Son mujeres relegadas a hacer la casa, lo íntimo y ¡no se hartan!. No odian planchar, ni la obligación diaria de vestir a sus hijos, darles de comer y ocuparse del campo. Porque a ellos les vemos distraídos, en sus cosas (que puede ser la nada) o sus grandes epopeyas, el propio transcurrir del libro. Y sigo con la matriarca, la más fuerte y presente en la novela.

“Fue esa la época en que [José Arcadio Buendía] adquirió el hábito de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena”. 

O. 

“Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sinencalar, los rúsiticos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios”…

Las violan y allí no pasa nada. Las mujeres sin ojos no sufren. Es un hecho. Y así sabemos de Pilar Ternera:

“Se llamaba Pilar Ternera. Habían formado parte del éxodo que culminó con la fundación de Macondo, arrastrada por su familia para separarla del hombre que la violó a los catorce años y siguió amándola hasta los veintidós, pero que nunca se decidió a hacer pública la situación porque era un hombre ajeno”. (Pobrecito, diría yo)

Ni cuando ascienden a los cielos se percatan. Los hechos pasan por ellas. Así muere Remedios la bella.

“Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”

¿Machismo en unas mujeres supeditadas al destino del hombre? Sí, como el de la época. Pero especialmente porque no hay una perspectiva de género, que no es otra cosa que contar las historias desde la mirada de las mujeres. El otro día en un texto periodístico sobre las mujeres y la guerra explicaba con un ejemplo en qué consiste esa mirada. Y voy a Colombia, como periodista, como buscadora de historias, que es algo que hace también un literato. Así se explica qué es la perspectiva de género en la guerra, hoy, en 2017. Si entre el 51 y 52% de los 6,5 millones de desplazados por el conflicto son mujeres, mujeres sin sus esposos -que están muertos o desaparecidos-; mujeres pobres; mujeres que tienen a sus hijos en alguno de los bandos o incluso en bandos contrarios; mujeres que viven con la carga de hijas violadas por los actores armados; mujeres que sostienen a sus familias; mujeres (y duele la reiteración) que han sufrido hasta dos y tres desplazamientos y que los lugares donde se asientan siguen sufriendo la violencia física y económica…, y no lo vemos, ¿qué país estamos contando? ¿Qué país contaba Gabo?

Pero bien, García Márquez en Cien años de soledad es un literato que decimos bebe de la observación miope, matizo. Y demos por válido el contexto en el que lo cuenta, los años 60.  Asumamos que nadie pasaría el filtro del feminismo. ¿Dónde quedaría Nabokov y su Lolita?, por citar un ejemplo. Y pasan los años, cuatro décadas, y ¿qué decimos de Historia de mis putas tristes, también de García Márquez.

“El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”, hasta el final: “Ay, mi sabio triste (…) Esa pobre criatura está lela de amor por ti”.

Bien, dejemos la corrección política en las artes. Volvamos al periodismo, a lo una autobiografía, que sería algo parecido a una crónica de un grande, Pablo Neruda. Hace poco señalaba  la sorpresa que me supuso releer Confieso que he vivido, un perfecto ejemplo de cómo normalizamos el machismo y la violencia contra las mujeres. En la primera lectura no lo vi el abuso. Confieso mi miopía.

“Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.

Ella pasaba sin oír ni mirar. 

Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

Como periodistas sí tenemos una responsabilidad en empezar a hacer las cosas bien. Nos toca desaprender. A todos y todas. Porque si yo fuese redactora jefe de un medio y un reportero me cuenta una historia que solo representan al 50% de las voces, lo daría por inválido. Si solo me contase la voz de los ganadores, le diría qué dónde está su instinto y olfato.

Y caemos en el tópico y nos empeñamos en seguir viendo el mundo solo con unos ojos. En El mundo árabo-islámico como ellas no lo contaron, de Carmen Valiña, se plantea cómo las grandes corresponsales españolas no han relatado los conflictos de un modo muy distinto al de sus colegas. “Es casi imposible distinguirlo del de sus colegas masculinos. Desde la adopción sistemática del punto de vista oficial en Occidente hasta la tendencia a ningunear a los seres de carne y hueso que viven en esa región, pasando por la confusión entre la religión musulmana y las acciones deleznables de algunos grupos que le hacen interpretaciones fundamentalistas, el género del informador parece influir muy poco”, señalaba Javier Valenzuela, en una reseña del libro. “No han contado el formidable esfuerzo de millones de mujeres desde el Atlántico al Índico para ir accediendo a los estudios y los trabajos, ni sus nuevos planteamientos en la vida familiar, con voluntad de tener menos hijos y más presencia en la vida laboral, civil y política”.

La buena noticia ahora es verlo y empezar a corregir la historia, porque la “verdadera historia está con las víctimas”, como dice Luz Marina Bernal, lideresa de las Madres de Soacha. Y debemos tomar posición y contar las guerras, si hablamos de conflictos, con los ojos de todos, también de las mujeres. ¿Hasta dónde? Yo diría que hasta que

“No estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara náuseas, que lograra que la sola idea de la guerra diera asco. Que pareciera de locos. Que hiciera vomitar a los generales”

 

Física pura

67,

68,

69,

70,

71…

Marta aprendió a contar aquel día pegada a la tele. Siempre le habían costado los números, le aburrían. Pero aquel septiembre, absorta ante la pantalla, entendió la gravedad, que resultó ser una ley física.

-¡Más lejos¡ Se te va a estropear la vista, le decía su madre desde la cocina. ¿Qué haces?, ¿estás rezando?

La pequeña estaba paralizada, y de pronto supo que tras el 67, donde siempre se había cansado, iba el 68, el 69 y luego se saltaba al 70 (con esa “t” fricante y rara). Petrificada ante el cómputo de esas siluetas que se lanzaban de los edificios, imaginaba el poco tiempo en el que esos números llegarían al suelo.

Llegado el ciento, no quiso seguir.

Lula Gómez

(un cuento que me pidió Diana Restrepo para hablar de la gravedad de la caída)

 

“Para las mujeres, en drogas, no vale un modelo pensado para hombres”: Inma Aguilar

 Reconoce haber tenido días de pánico, cuando trató a sus primeros heroinómanos, dentro y fuera de la cárcel. No obstante, señala Inma Aguilar, rápidamente supo que tenía un lugar entre ellos para dignificar y profesionalizar su atención.

Dicen que cuando empezó a trabajar el mundo de las drogas, y lo hizo de lleno, podría haber sido la joven a la que se refería Burning en su famoso tema “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?”. “Estábamos en pleno monte, sin luz, sin agua y ‘rodeada de yonquis”, recuerda entre risas que apuntillaba su padre al relato de cómo arrancaron. Con apenas 24 años se encontró de lleno con las muertes de la heroína y luchó para que la intervención social fuese de calidad. No lo era hasta entonces. Años más tarde, entró en prisiones, dos años en los que cuenta que hasta ella se asustaba de lo que vivió: prisiones, vulnerabilidad y personas con graves problemas de consumo. De la trena pasó a dirigir una de las primeras comunidades terapéuticas existentes en España, la de Barajas. Hoy es la responsable de un centro para la Tercera Edad de Sanitas. En todos estos años ha estado siempre cerca de la Fundación Atenea, de la que es patrona.

Dirigiste una de las primeras comunidades terapéuticas en una época en la que la visión era principalmente heroinómanocentrica. ¿Cómo han cambiado las cosas?

Yo diría que no han cambiado tanto. En su momento cambió la vía, sí, la aguja. Porque el sida alteró el patrón del consumo, pero hoy hay otras dependencias. Ya en el 1993, invitada a Estados Unidos, se extrañaban de que aquí el boom de la cocaína no hubiese llegado, cosa que ocurrió años más tarde. Luego cambiaron las sustancias, y los patrones de consumo. Se pasó de un consumo a otro, incluso a consumidores puros de alcohol, que es algo con lo que convivimos hoy. Se ha convertido en un consumo más socializado que entonces, pero los problemas y su origen son muy similares.

¿No hay por lo tanto lecciones aprendidas de lo que representaron aquellos años y tanta muerte?

Si hubiésemos aprendido hubiésemos frenado los consumos que vinieron después. Los 80 y 90 fueron una brutalidad. Ni se sabía qué era un heroinómano. Yo por ejemplo, vi a mi primer heroinómano el primer día que trabajé. Aquello se llevó muchas vidas y destruyó familias enteras. Lo que sí es cierto es que actualmente el consumo está más regulado y se cuenta con más medios y recursos para alguien que lo necesite, aunque también ha habido recortes que han reducido opciones. Aparte, la información ha jugado un papel en cuanto a sus consecuencias. Pero, repito, cuidado con el problema del alcohol u otros consumos de población vulnerable.

¿A qué te refieres?

Al consumo de drogas ligado a temas de género, por ejemplo. Cuando yo trabajaba en este campo no se entraba en ese tema. Ahora sí, y hay un problema de salud con el alcohol, los tranquilizantes…

La Fundación subraya la importancia de trabajar drogas con perspectiva género. ¿Por qué ha de hacerse?

Es fundamental. Y los motivos son claros: nos educan de formas diferentes y si los valores son diversos, no vale un modelo pensado para hombres. Y eso ya se veía en los años en que yo trabajaba en drogodependencias. Llegaban mujeres, sí, pero pocas, y se sentían discriminadas y desvinculadas. Porque o tenían que actuar bajo patrones masculinizados o pasar al papel de mujer sumisa y ser un cuerpo para venderlo o para los cuidados. En la actualidad, la socialización de los consumos existentes ha supuesto un mayor porcentaje de mujeres entre los consumidores.

¿Y qué habría que hacer para prevenir el consumo entre los jóvenes?

Es complicado, porque hay una edad en que la experimentación forma parte de la vida. El riesgo está cuando un joven lo hace con las drogas, estas cumplen una función y se queda ahí. Y esto vale para las sustancias o para conductas como la ludopatía y otras, la base es la misma, no hay que centrarse exclusivamente en el consumo de sustancias. Tenemos que ofrecerles otras alternativas de ocio, de ayuda, de compartir. Pero es algo que tampoco es nuevo. El problema es que la expansión y casi imposición del modelo biomédico ha reducido la presencia y el peso de programas orientados al cambio personal, como la comunidad terapéutica, y eso es un error importante en términos estratégicos; debería recuperarse la visión biopsicosocial porque ofrece un abordaje mucho más integral de las necesidades, tanto desde la prevención como desde el propio tratamiento.

Ahora trabajas en la esfera privada. ¿Cómo debe ser la relación entre lo privado y el Estado?

Yo lo veo fácil: ambos mundos deben reforzarse. Lo público tiene sin lugar a dudas una función que cumplir y debe estar sin ningún tipo duda. Y lo privado, por su parte, puede llegar donde no llega el Estado con otra gestión, formas y maneras.

¿Qué papel juegan ahí las fundaciones como Atenea?

 De nuevo, llegan donde quizás no llega ni lo público ni lo privado. Y sí, a veces están cubriendo un espacio que debería ser del Estado.

¿Qué te aporta ser patrona de la Fundación?

Conocimiento. La Fundación me permite reflexionar, aprender y seguir conectada al mundo de la exclusión social o de la población que está en riesgo de serlo. Es un lujo poder estar en ella rodeada de gente tan valiosa, y lo digo tanto por su directiva como por las personas que llevan a cabo sus programas, un auténtico lujo. FIN

Publicado originalmente en la newsletter de la Fundación Atenea. 

 

 

 

Si son ciclistas son escándalo. Si son mujeres, un suceso

Tres mujeres han sido asesinadas este fin de semana. Hoy, lunes, los principales diarios no sacan en sus portadas ninguna referencia. En el interior de sus páginas, sí, y en ellas, las muertas “han muerto” y no han sido asesinadas. Hay una enorme diferencia. Se muere de una forma transitiva, se muere por un accidente o una enfermedad. Pero asesinar es “matar a una persona con premeditación o con otra circunstancia agravante”, que es lo que ha ocurrido en estos tres casos, que no son los únicos y que se suman a una larga lista en lo que va de año. Y no nos inmutamos: los consideramos sucesos.

Porque la muerte -porque fue un terrible accidente perpetrado por una persona al volante de un coche- de los ciclistas hace apenas unas semanas alteró nuestro psique. Y no solo eso, también el de las autoridades, que desde el fatal episodio hablan, con todo el tino del mundo, de legislar de una forma diferente: se trata de evitar esos inútiles fallecimientos. ¿Y en cuanto a nosotras, las asesinadas de una forma no accidental? ¿Dónde están los medios, dónde los políticos, dónde el dinero  necesario para pensar en las políticas de prevención?, ¿dónde está el Pacto de Estado? Nos están asesinando. Somos más las asesinadas por violencia machista que por la violencia etarra. ¿Otra vez hay que decirlo?

“¿Dónde están los hombres rebelándose contra el machismo que asesina mujeres? ¿Por qué callan y asumen la violencia como si fuera un suceso?”, grita desde las redes el feminista Octavio Salazar. Yo añado. ¿Y nosotros, los periodistas, dónde estamos?

 “Porque violentar a una mujer es fracturar el núcleo básico de la sociedad y, cuando nosotros tratamos el tema con tanta ligereza estamos poniéndonos del lado de los violentos y olvidando a las víctimas. Para los periodistas, la violencia contra las mujeres no es una noticia importante. Es un breve, un suceso. Los medios hemos cosificado a las mujeres. No podemos hablar de una primera ministra sin contar cómo viste, pareciese que vernos en bikini fuese noticia… Es absurdo. Debemos empezar a contar que las mujeres no somos un par de zapatos, unas medias ni un escote perfecto. Y por último, no hay una conciencia y un compromiso claro por parte de los periodistas (y no hablo de los medios) con las víctimas de la violencia para entender que esa mujer puede ser su hermana, su hija o ella misma. Cuando escribimos sobre ellas, las tratamos como a seres de segunda categoría, no nos ponemos en sus zapatos”, respondía Jineth Bedoya en Ethic.

Y luego dirán que somos feminazis. 

 

 

“Lo más importante no es el perdón, es la verdad”: Jineth Bedoya

«Míreme bien la cara hijueputa; míremela porque no se le va a olvidar nunca», le espetaron a Jineth Bedoya (1974) los tres hombres que la violaron y la torturaron hace más de una década. No se imaginaban aquellos paramilitares colombianos el efecto bumerán que tendría su acción. Hoy, la periodista, nominada a Premio Nobel de la Paz y activista por los derechos humanos, no deja de encararse con quien haga falta para gritar que mientras ella habla una mujer siria está siendo violada en los campos de refugiados y diez casos de violencia contra mujeres caen en el olvido. Y aunque su caso fue declarado crimen de lesa humanidad, no está cerrado; hace apenas unos meses, la reportera tuvo que narrar por duodécima vez lo sucedido en el día de la violación ante sus verdugos y la Administración. «La justicia de este país me está obligando a revictimizarme, y el Tribunal Superior de Bogotá me ha obligado a que vuelva a contar mi violación. Esto no solo me pasa a mí, les pasa a muchas mujeres que, como yo, han sido víctimas», señalaba Bedoya, cabeza de la campaña ‘No es hora de callar’ .

No es su única batalla. Está también implicada en el proceso de paz: «La gente cree que nos arrodillamos ante las FARC. No. Les estamos diciendo: es hora de que digan la verdad, que reconozcan que violaron, que forzaron abortos, que utilizaban a las mujeres. Y si no lo hacen, iremos a los Tribunales Internacionales para que respondan. Así que tienen esa oportunidad. Yo no, no dejo de soñar», confiesa a Ethic.

Abanderas una campaña denominada ‘No es hora de callar’. ¿Es suficiente con hablar?

Hablar es un paso fundamental y hay que darlo para soltar parte del dolor que se lleva dentro. Porque crees que llevas una vida normal y no es cierto, llevas algo, sientes que te jala, que te va pesando y te arrastra. Hay que hablar. Y eso no significa siempre ir a la fiscalía o a la policía. Puedes hacerlo con alguien al que simplemente le verbalices: «Me está pasando esto». Es un paso definitivo para, después de lanzar ese primer grito, amarrar a esas primeras palabras toda una cadena de cosas que vienen detrás, como buscar un acompañamiento psicosocial o acudir a las autoridades para denunciar. Hablar es armarse de fuerza para decir: «No me equivoqué al abrir la boca. La culpable no soy yo. El culpable es quien me hizo el daño». Entonces, efectivamente, no es suficiente con hablar, pero sí es lo esencial.

Y el perdón de los verdugos ¿es suficiente? 

La palabra perdón se ha devaluado mucho. No sé cuántas veces me habrán preguntado a mí si yo lo había hecho. Y ahí pregunto: ¿qué significa dar perdón? Tras darle muchas vueltas, yo no he podido. Y no puedo hacerlo porque no tengo la libertad para llegar a mi casa tranquila y acostarme sin amenazas. Yo llego a mi casa sabiendo que al día siguiente me tengo que volver meter en un coche blindado, mover de una forma limitada, renunciar a disfrutar de unas vacaciones en mi país y vivir rodeada de escoltas. ¿Tú crees que así se puede perdonar? Pero sobre todo: ¿tú crees que se puede perdonar cuando no se sabe la verdad? Lo más importante no es el perdón; es la verdad. El perdón es el resultado final de un proceso, y no al revés. Antes de eso tiene que llegar la verdad.

A ti te revictimizaron. Se dijo que eras las amante de un guerrillero…

Todos los días me pasa y escucho frecuentemente que me lo merecí. Dos días después de mi secuestro, todavía en la clínica, me llamó un colega y me dijo que estaban contando que me habían violado porque era la amante de Yesid Arteta [miembro de las FARC en prisión cuando ocurrieron los hechos]. ¡Malnacidos! Ahora ya lo puedo digerir, pero a mí me quisieron deslegitimizar como mujer para justificar lo que me habían hecho. Y no, todo era inventado, pero si hubiera sido verdad, si yo hubiese sido la novia de ese guerrillero, eso jamás justificaría ninguno de los atropellos físicos y verbales que tuve que afrontar. Hoy ya se sabe que aquella mentira salió de la inteligencia militar. Montaron la historia, se la contaron a unos periodistas y ese rumor se convirtió en verdad para muchos. Durante muchos años me hizo mucho daño, porque se metieron con mi dignidad como persona. Pero hoy todo eso ya es anécdota y me parece muy válido hablar de ello para que no le pase a otra mujer. No se puede justificar una agresión por ser blanca, negra o salir con menganito.

¿Cómo diría que anda la Justicia colombiana de salud? 

En Colombia yo diría que la instituciones prácticamente no existen. Están, pero no actúan. Tenemos unas leyes avanzadísimas para las mujeres, contamos una normativa específica sobre feminicidio… pero, ¿cuántas veces se aplican? Y no me refiero al conflicto armado. Hablo de lo que ocurre a una mujer cuando llega a su casa y recibe diez puñaladas de su marido. Por eso, para mí, la Justicia en Colombia es inexistente, es paupérrima, es mediocre, no está comprometida: no existe. Eso en lo cotidiano, porque si nos vamos a lo que ha ocurrido durante la guerra hay que denunciar que ni siquiera hay unanimidad para investigar lo qué han vivido las mujeres en las zonas rurales.

Hay quien sostiene que estamos viviendo una guerra contra las mujeres.

Es que muchos hombres se sienten amenazados por los avances que las mujeres hemos logrado a nivel global en los últimos años. En la última década hemos vivido una especie de despertar para decir que nos estaban matando, fue como nuestra ‘primavera’. Y cuando hemos hecho oír nuestra voz, muchos nos llaman feminazis, locas y cuentan que les odiamos.

Hablemos de los medios de comunicación y su responsabilidad a la hora de contar la violencia de género. 

Creo que los medios de comunicación tenemos el 50 por ciento de responsabilidad en todos estos asesinatos, amenazas y golpes. Porque violentar a una mujer es fracturar el núcleo básico de la sociedad y, cuando nosotros tratamos el tema con tanta ligereza estamos poniéndonos del lado de los violentos y olvidando a las víctimas. Y digo esto porque, para los periodistas, la violencia contra las mujeres no es una noticia importante. Es un breve, un suceso. Los medios hemos cosificado a las mujeres. No podemos hablar de una primera ministra sin contar cómo viste, pareciese que vernos en bikini fuese noticia… Es absurdo. Debemos empezar a contar que las mujeres no somos un par de zapatos, unas medias ni un escote perfecto. Y por último, no hay una conciencia y un compromiso claro por parte de los periodistas (y no hablo de los medios) con las víctimas de la violencia para entender que esa mujer puede ser su hermana, su hija o ella misma. Cuando escribimos sobre ellas, las tratamos como a seres de segunda categoría, no nos ponemos en sus zapatos.

Como periodista, feminista, activista y directiva del diario Tiempo, ¿cómo vives ese tratamiento de los medios hacia la violencia contra las mujeres?

En Tiempo, en nuestra redacción hay una lucha muy fuerte. No con la directiva del periódico, que desde el primer día entendió que debíamos apropiarnos del tema. El problema está más en la redacción, donde hubo una lucha muy grande. Me ha costado siete años para que los hombres entiendan que este es un tema que es noticia y que debe tener un espacio en las páginas principales, más allá de si es 25 de noviembre u 8 de marzo. Las redacciones, como todas las organizaciones, están permeadas por el sistema patriarcal. Y mientras sigamos contando lo mismo, nos seguirán matando.

¿Dónde queda la objetividad?

En este activismo yo me arriesgo a implicarme sin ningún tipo de duda. ¡Estamos hablando de un tema que afecta directamente los derechos humanos! Y quien diga que el periodismo es objetivo es un gran mentiroso. Pero, además, cuando te pones a mirar cómo manejas el periodismo y el activismo en temas de violencia de género, siempre respondo que hacerlo de una forma profesional es completamente compatible. Porque yo entendí, desde mi posición, siendo víctima, siendo periodista, que sin los medios de comunicación no podemos transformar esta realidad. Y, lógicamente, cuando te sientas a escribir sobre un caso, claro que hay que tener cuatro dedos de frente para mirar porque de ese universo de mujeres que somos violentadas, siempre habrá un mínimo por ciento de casos (¿un dos?)  que son falsos y ahí no te puedes equivocar. Pero se trata de seguir los mismos parámetros del buen periodismo: comprobar, contrapreguntar, consultar todas las fuentes, tener una duda, tener mil. Siempre. No importa el caso. Eso no lo he perdido, no lo perderé y me ayuda a equilibrar ese activismo que dices.

Eres un referente público en Colombia, una bandera, una mujer valiente y un testimonio valiosísimo, pero eso tiene un precio personal: has renunciado a una vida normal. ¿Merece la pena?

Renuncié a una vida normal en tranquilidad, hijos, familia y duele, sí, pero hay cosas que pesan más en mi vida después de todos estos años. Decidí por voluntad propia convertirme en lo que soy hoy: una voz para llegar a las mujeres, y eso vale mas que todos los secuestros, amenazas, calumnias y todo lo que ha podido pasar. Duele, pero hay cosas que pesan más en mi vida después de todos estos años. FIN

Publicado originalmente en la revista Ethic.

Octavio Granado: “La alternativa al Estado de bienestar es la barbarie”

Economía, Presupuestos, Sanidad y Servicios Sociales, Drogas… han sido algunas de las portavocías que ha ocupado en el Senado con el PSOE. Octavio Granados, que también fue Secretario de Estado de la Seguridad Social en el Ministerio de Trabajo e Inmigración, es miembro del patronato de la Fundación Atenea desde hace décadas.

 ¿Hay quien sostiene que el Estado de bienestar es insostenible? ¿Qué opina al respecto?

El Estado del Bienestar es sostenible si se aborda globalmente. La competencia desleal entre países y el intento de reducir la tributación para mejorar la competitividad sí son insostenibles. Desde el punto de vista social, la alternativa al Estado de bienestar es la barbarie.

¿Cómo hacerlo sostenible, porque la ecuación no es fácil con una población cada vez más envejecida, un paro estructural importante, una crisis interna y externa…?

Concretamente en España, históricamente el porcentaje de población activa solía ser muy inferior al actual, y el paro estructural mayor. Nuestro problema es, simplemente, que deseamos los mejores servicios pagando los menores impuestos.

¿Quiénes considera -que con las crisis- viven una situación de mayor vulnerabilidad en España? ¿Soluciones?

Los más vulnerables son las familias con hijos de menor edad, o con disminución de ingresos por rupturas traumáticas, que además concentran una baja cualificación y carencias en las redes de apoyo (otros familiares esencialmente).

La solución es aumentar las prestaciones familiares desligadas del empleo: seguimos obsesionados en pagar subsidios de desempleo muy bajos incompatibles con prestaciones familiares decentes, en vez de pagar estas últimas compatibilizándolas con el empleo en supuestos concretos.

Trabajo e inmigración. ¿Cómo plantear de una forma correcta y solidaria este binomio?

Es muy difícil ajustar los ciclos migratorios a las necesidades del mercado de trabajo, y todavía más si un sector de los trabajadores menos cualificados se convencen de que los inmigrantes son sus enemigos. Trump, el Brexit y Le Pen son tres ejemplos de que los menos inteligentes han sido siempre la base del nacionalismo reaccionario. Pero no tengo una varita contra esto, distinta de ser capaz de ofrecer a estas personas algo atractivo también a ellos desde el punto de vista social.

¿Y las mujeres, cómo plantear la economía de los cuidados?

La economía de los cuidados sigue exigiendo dignificación, y en este sentido un discurso abstracto sobre la asunción de responsabilidades de los varones no puede desdeñar el que las cuidadoras de los niñ@s y de los enferm@s  siguen siendo esencialmente mujeres, y especialmente mujeres con pocos recursos.

“¿Cómo sería nuestro país sin el ejército de ladrones que ha robado las instituciones?” demandaba en estos días en las redes Isaías Lafuente. Al hilo de esa información, pregunto, ¿qué hacer para combatir la corrupción?

En un país con un PIB de más de un billón de euros al año el daño de la corrupción es básicamente reputacional, porque sus efectos concretos son más simbólicos que materiales. Dicho esto, la experiencia de los departamento del FBI norteamericano sobre corrupción política es muy atractiva, en lo más concreto, y en lo más general, necesitamos superar nuestra asunción de la picaresca como seña de identidad para que cada segmento de electores castigue a sus corruptos, no seleccione a sus ignorantes, etcétera, etcétera. En fin, que desaparezcan las clientelas.

Si fuera ministro de Economía, ¿cuál sería su primera reforma?

¿Sólo una? Que el superávit del Servicio Público de Empleo Estatal se convierta por ley en un recurso de las pensiones de la Seguridad Social. O que se establezca una prestación general modesta para las familias con bajos ingresos e hijos pequeños, financiada con un pequeño recargo fiscal.

De Secretario de Estado a profesor de instituto, ¿cómo se vive ese viaje?

El problema es tener claro que es un viaje que hay que hacer como decía Machado “ligero de equipaje”. Es decir, que uno es un profesor de instituto convertido en Secretario de Estado, y que lo natural es la  vuelta.

¿Qué aporta ser patrono de la Fundación?

Mi padre me enseñó dos cosas: el gusto por el conocimiento y una cierta honradez personal algo presbiteriana. La Fundación me permite un espacio personal en el que aprender sin enfadarse, algo que a estas alturas de la vida valoro especialmente (Entrevista realizada para la Fundación Atenea). 

Un testimonio de dignidad y coraje

Por Piedad Bonnett

(Epílogo del Mujeres al frente, el libro que próximamente será publicado por libros.com. Gracias, querida escritora y poeta colombiana, autora, entre otros de Lo que no tiene nombre, un libro dedicado a la vida y la muerte de su hijo Daniel, donde alcanza los lugares más extremos de la existencia y lleva la literatura hasta la asfixia. Gracias, querida Piedad por regalarme este texto y participar así en Mujeres al frente. Tú eres otra más).

“Cuando decimos la palabra guerra solemos imaginarnos enormes contingentes de hombres armados que luchan, bien de manera formal en ejércitos regulares, bien como grupos dispersos que llevan a cabo ataques sorpresivos en guerra de guerrillas. Visualizamos tanques de guerra, bombarderos, trincheras, camiones, atestados de hombres que exponen sus vidas. A las mujeres en la guerra nos las imaginamos, en cambio, de la manera en que lo ha mostrado el cine: como enfermeras en el frente o como víctimas en un segundo plano, madres que reciben los cadáveres de sus hijos, novias y viudas que lloran a los jóvenes sacrificados. Pero la realidad es muy otra. No sólo porque las mujeres ya no sólo nos dedicamos a desempeñar aquellos roles que la tradición consideró “naturalmente” femeninos – de modo que hoy encontramos ya a muchas desempeñando puestos políticos y militares decisivos a la hora de los conflictos armados- sino porque la guerra nos involucra de otras maneras, a menudo difícilmente percibidas. Una realidad de la que dan cuenta la literatura y el periodismo, como lo hizo Svetlana Alexievich en La guerra no tiene rostro de mujer y como hace Lula Gómez a través de Mujeres al frente, libro de entrevistas a siete mujeres que han tenido que ver con el conflicto armado colombiano.

Detrás de cada una de ellas hay historias muy distintas, pero en todas hay dolor, conciencia y empoderamiento: la voluntad de convertir una experiencia personal en acción social, en transformación y consecución de metas, ya sean justicia, rehabilitación, transformación legal o humana de las condiciones oprobiosas. Algunas son mujeres que se han crecido ante la adversidad y, como tantas otras, anónimas, han debido multiplicar sus fuerzas y hacer cosas que jamás imaginaron que podían hacer, como las madres de los muchachos asesinados en lo que se ha llamado “falsos positivos”, un nombre para crímenes infames cometidos por miembros de las fuerzas del Estado sólo para escalar posiciones, conseguir permisos o ganar dinero. Y otras, personas que, desde una visión de género, han embarcado sus vidas en proyectos solidarios y de defensa de las víctimas, haciendo visible lo que la sociedad muchas veces no ve: que hay una violencia de género que tiene un carácter estructural, que es un arma de guerra usada por los distintos actores del conflicto, y que se apoya en últimas en el machismo ancestral que se aprende en el hogar, se reafirma en la escuela y se ejerce en todos los niveles en las sociedades que han naturalizado la desvalorización de lo femenino.

Un prominente grupo de investigadores encabezado por María Emma Wills, dentro del Centro de Memoria Histórica que dirige el sociólogo Gonzalo Sánchez, ha adelantado un juicioso estudio sobre mujer y guerra en Colombia que demuestra que la violencia sexual fue una estrategia de sometimiento adelantada por casi todos los actores del conflicto, que como sabemos fueron paramilitares, narcotraficantes, agentes del Estado y guerrilla, muchas veces actuando en pérfidas alianzas; y que en algunos casos, como el de los paramilitares, esa violencia –ejercida contra mujeres y personas de la comunidad LGBTI– cuya intención era humillar, degradar, herir, fue desde imponer pautas de comportamiento, que incluían horarios de diversión, tipo de atuendo, corte de pelo, humillaciones públicas, etcétera, hasta violaciones, sometimiento a esclavitud, prostitución forzosa, desplazamiento y muerte. Dentro de esta violencia de género sistemática, se cuenta el asesinato selectivo de cientos de líderes comunitarias o de mujeres contestatarias que se atrevieron a desafiar a sus victimarios.

Este tipo de violencia ha sido soslayada por muchas razones, entre otras por el silencio de las propias víctimas, llevadas por el miedo a la estigmatización que a menudo trae la vejación sexual o por el deseo de ocultar a los hijos de los violadores su doloroso origen; pero también por indolencia de las instituciones del Estado, que hasta hace unos años ni siquiera aceptaba que existe un delito llamado feminicidio y que se ha interesado poco en investigar los crímenes desde una perspectiva de género. Miles de viudas o de madres que perdieron a sus hijos en la guerra, muchas de ellas, además, despojadas de sus tierras, se vieron forzadas a desplazarse a otras zonas o a las ciudades implacables donde las esperaba la discriminación, la miseria e incluso la mendicidad. Mantener la dignidad en esas circunstancias no es fácil. Aun así, muchas encontraron la manera de organizarse, de recomponer sus vidas y además de insertarse en un proceso de reconciliación y paz. Apoyadas por algunas ONG o por organizaciones estatales o internacionales, brotaron proyectos esforzados de productividad, y grupos centrados en recuperar la memoria de los hechos y restañar, hasta donde es posible, las heridas. De estos hay numerosos ejemplos. María Emma Wills, en artículo reciente sobre la resiliencia, nos dice: “…la imagen que me ayuda a seguir creyendo que Colombia sí tiene futuro es la de las familiares Débora, Telemina y Carmen, quienes no sólo emprendieron una lucha en los estrados judiciales estatales con el fin de que los responsables fueran detenidos y pagaran por sus fechorías, sino que, en una actitud altiva, lucieron mantas rojas en uno de los rituales de entierro de sus familiares. Con ese gesto indicaban a los perpetradores que sus actos de sevicia contra otras mujeres de su comunidad no las doblegaban ¡no a ellas!, que portaban con orgullo los emblemas de su estirpe”.

Lula Gómez nos enfrenta, a través de los testimonios de estas siete valiosas mujeres, no sólo a las realidades complejísimas de una guerra donde todo es maraña, difícil de desentrañar, sino, y sobre todo, a la capacidad de resistencia que ellas ilustran, apoyadas en su dignidad, su valentía y no poca imaginación”.

PIEDAD BONNETT