Jody Williams: “Si la gente quiere democracia, debe involucrarse”

La Premio Nobel de la Paz en 1997 ejerce de activista en muy distintos campos. La lucha contra las armas es una, pero no solo esa. Esta semana ha estado en España para defender el derecho a un referéndum en Cataluña.

Lula Gómez (@lulagomez), Madrid.- Jody Williams (Vermont, EE UU, 1950), la profesora estadounidense que consiguió hace ya dos décadas que se prohibiese de forma internacional el uso de minas antipersonales y bombas de racimo, trabajo que le valió el Nobel de la Paz en 1997, sigue recorriéndose el mundo para alzar su voz en defensa de los Derechos Humanos. España le ha merecido un viaje para denunciar el trato a los presos del procès y la “insana” situación de conflicto político entre Cataluña y el Gobierno central.

Deslenguada, malhablada y lenguaraz, la entrevistada habla fuerte, con fuerza y hasta risas ante la sarta de tacos que va soltando contra lo divino, lo humano y el más allá. Durante la charla, conduce la entrevista, repregunta e invita a la acción al tiempo que afirma que “puede hablar de cualquier cosa, vinculada siempre a la defensa de los derechos humanos”. Y sí, Williams se posiciona sobre Cataluña, Naciones Unidas, Trump y el auge de los populismos de extrema derecha.

¿En qué consiste la campaña Stop Killer Robots por la que también ha venido a España?

Bueno, aunque vengo de una charla sobre eso, yo no he viajado a España para explicar la campaña. Estoy aquí por el juicio del procés porque creo que España vive una situación de conflicto político. Y sí, acabo de hablar de esa forma de matar y de derechos humanos porque al final todo está relacionado. Porque si no estás al lado de los derechos civiles en cualquier lugar del mundo, estás defendiendo la muerte. Creo que si alguien sufre, yo también. No de una forma literal, pero sí me mantengo indiferente. Hoy van por ellos, mañana por ti.

Los killer robots se refieren a armas autónomas para llegar a determinadas áreas y matar. Es decir, un comandante podría decidir dejar a sus máquinas y que estas, por reconocimiento facial, por ejemplo, ejecuten. ¿Quién mierda piensa que está bien dejar a las máquinas que maten ellas solas? ¿Y quién es luego culpable, y la ética y la moral? Recuerdo el asco que sentí cuando empecé a entrar en el tema. Si no paramos esto, que ya está en marcha en mi país, en Reino Unido, Rusia, China y Corea del Sur, nos encontraremos ante la tercera gran revolución en cuanto a armas. La primera fue la pólvora; la segunda la atómica, y esta, de armas autónomas, sería la tercera y más peligrosa.

Lanzamos la campaña Stop Killer Robots en 2012 y nueve meses más tarde empezaron las discusiones en Ginebra, en la ONU. Pero ya sabes, esa es justo la estrategia para no hacer nada. Por eso estamos negociando un tratado desde fuera.

Usted es activista en muchos campos, ¿por qué ahora su presencia y apoyo a los presos del procés?  Porque pareciese un terreno muy distinto al de las armas.

No. No, no lo creo. En términos de violación de derechos humanos es muy parecido. Y ahí aclaro que mi posicionamiento, mi apoyo por los presos de este juicio no tiene nada que ver con mi opinión sobre Cataluña: no sé qué votaría si viviese aquí. Yo no hablo sobre si Cataluña debe ser independiente, autónoma o debe irse a Marte. No lo sé… Yo defiendo el derecho a tener un referéndum y repito que los países inteligentes como Reino Unido o Canadá los han permitido. Y fíjate, los perdieron. Lo mismo ocurrió en Escocia.

La negación del derecho a expresarse libremente es una grave violación de los derechos humanos. España vive una situación de conflicto político que debe resolverse con diálogo.

Uno de los derechos humanos básicos es la dignidad, reconocer al otro como tu igual. Pero si yo pienso que lo eres, debo garantizarte el derecho a hablar, reunirte y manifestarte. Y Madrid violó esos derechos. Pero no solo eso, el Gobierno negó el derecho a la asamblea y mandó a la guardia civil para que actuasen de forma violenta contra la gente que salía pacíficamente a las calles. Los vídeos de aquel día [1-0] son aterradores, recordaban los tiempos de Franco.

Además la gente está sufriendo y hay políticos prisioneros políticos desde hace año y medio sin haber sido sentenciados. En una democracia sana no se hace eso. El mensaje que se está lanzando es algo así como “no nos enfades, porque acabarás en prisión”. Se utiliza el sistema judicial para aterrorizar a la gente, mantener la situación de alarma y conseguir votos.

Sí, pero una parte de la sociedad habla de hasta Golpe de Estado. Y están encarcelados, según la ley.

¿Tú crees eso que aquí ha habido un Golpe de Estado?, zanja burlonamente. Yo solo advierto que cuando los Estados ganan en autoritarismo, parte de sus políticas es recortar los derechos humanos. Cuando los demagogos, como mi presidente Trump, y los de derechas extremas llegan al poder, no piensan en derechos humanos. Solo quieren más poder.

Pero se les vota…

Sí, Trump gana haciendo un populismo de extrema derecha. Y lo peor es que

su pensamiento se está extendiendo a todo el mundo. Mira a Italia en Europa. O Brasil. O India… 

Es complicado, pero hace falta analizar el cambio de la economía mundial y ver a qué ha llevado el modelo de globalización. Es ridículo: en mi país la clase media es cada día más pobre y los ricos son dueños del mundo entero. Trump, siendo un demagogo, atemorizó a esas gentes hablándoles de los derechos de las mujeres, de las minorías y de la diversidad. Eso sí, les escuchó, lo que no hicieron otras políticos como Hillary Clinton, que tampoco me gustaba, aunque lógicamente la prefiero a mi presidente. El problema es que en un mundo con una economía colapsada, la gente no vota por un político tradicional que promete cosas en campaña que luego no cumple.

¿Y qué hacer ante eso?

Si la gente quiere democracia, debe involucrarse. Las cosas no cambian solo porque una las piense. La inacción no lleva a nada. Quejarse en un bar con una maravillosa copa de vino no lleva a nada. A la gente le da miedo la palabra activista, cuando su base simplemente habla de “acción”. FIN

Darío Sztajnszrajber: “Me encantaría hacer el amor con Dios”

Su último libro, Filosofía en 11 frases (Ed. Paidós), ha vendido más de 100.000 ejemplares en Argentina, su país natal. Su autor, Darío Sztajnszrajber (Buenos Aires, 1968), profesor universitario, estrella de la televisión, columnista, divulgador y, por supuesto filósofo, anda de gira por el mundo con este bestseller. Con él recuerda que la materia de la que habla sirve, principalmente, para incomodar.

Dice que su libro está lleno de fantasmas. ¿Cuáles son los suyos?

La muerte, pero no como categoría abstracta. Hablo de mi propia muerte.

Su palabra preferida.

Deconstrucción.

¿La respuesta a la pregunta ¿por qué? sería y ¿por qué no?

La filosofía no se hace preguntas para encontrar respuestas, sino para cuestionar las respuestas establecidas.

¿Filosofar para provocar o provocar para filosofar?

Es justamente esa circularidad. Hacer filosofía supone provocar ese espacio de cuestionarlo todo. Porque en el sentido común, el cuestionamiento no está bien visto. Por eso es necesario generar el espacio de la provocación.

¿Sería entonces el sentido común poco común y escaso?

El sentido común siempre es el de los vencedores, que hace pasar como común lo que más le conviene. Por eso la filosofía, al deconstruir el sentido común, pone en evidencia que siempre el saber está al servicio del poder.

Usted dice que listifica, que hace listas de la filosofía con una serie de frases. ¿Cuál sería su lista de sus tres grandes temas?

La muerte, Dios y el amor.

Si hubiésemos conocido más filósofas, ¿nuestro mundo sería distinto?

No me cabe duda. El sentido común se construye en la imposición de una parte como un todo. Y en el caso de la filosofía, como la mayoría de las disciplinas culturales, está atravesada por una sociedad patriarcal que hace pasar la lógica del varón como la única.

¿Qué libro regalaría a un niño para introducirlo en la filosofía?

El mundo de Sofía, que aunque ya tiene décadas sigue rescatando esa capacidad de asombro propia de la filosofía.

Díganos un libro, un cuadro y una película impertinente.

Una película sería Arrival (La llegada), de Dennis Villeneuve, sobre la llegada de unos alienígenas y una traductora que intenta comprender el lenguaje de unos extraños. Un cuadro impertinente sería Las Meninas, de Velázquez, porque cambia la lógica con la que se venía pintando hasta entonces y marca el inicio de la modernidad como dice Foucault . Y Ecce Homo, de Nietzsche, un libro que todos deberían leer para entender la posibilidad de salir de nosotros mismos.

¿Cuándo fue la última vez que lloró?

En la presentación del libro en Barcelona. El aplauso de la gente me hizo sentir muy realizado y me saltaron lágrimas por todos lados.

¿Qué le deja sin dormir?

Las cuestiones amorosas.

¿Amor al trabajo, al planeta Tierra, a uno mismo, a una pareja, a una familia?

Uff. Todas.

Un lugar que le incomode (físico o psíquico).

Los aviones.

Dígame una borrachera memorable…

Más allá de las de la adolescencia, recordaría una en un grupo de militancia política, después de una derrota electoral. Llorábamos a moco tendido entre vinos baratos.

¿Cuándo fue más feliz?

Creo en la felicidad a momentos. Uno es feliz cuando se olvida de sí mismo.

Y si tuviese que elegir entre verdad o felicidad, ¿qué diría?

Yo me quedaría con la o.

Dicen que uno se hace viejo cuando pierde la curiosidad. ¿Cómo de mayor está usted?

La filosofía es una apelación constante a la curiosidad. Eso creo que eso me mantiene joven. Y lo seré hasta incluso dentro de mi tumba.

Si tuviera un superpoder…

Resucitar a los muertos.

¿Qué le diría al Papa?

Risas. Le preguntaría, si realmente en el fondo se la cree.

¿Con quién le gustaría quedar atrapado en un ascensor?

Con Dios, claramente.

¿Por qué existe, entonces?

No importa. Con lo que sea que sea Dios me encantaría estar con él y hacerle el amor (ríe a carcajadas). FIN

Publicado en El País https://elpais.com/cultura/2019/05/17/actualidad/1558046935_752861.html

Alba Sotorra: “Para vivir de verdad hay que arriesgarse”

A finales de marzo, ISIS perdía su último baluarte en Siria, lo que supone el fin del autodenominado califato que el grupo terrorista declaró en 2014, aunque aún quedan miles de yihadistas y células durmientes activas en las regiones bajo el control de las Fuerzas Democráticas Sirias, compuestas en su mayor parte por milicias kurdas. En ‘Comandante Arian’, la cineasta Alba Sotorra se sumerge en la vida de una de esas unidades militares integrada solo por mujeres.

Alba Sotorra (Reus, 1980) dirige y produce películas y les pone su piel, si es necesario. No es retórica. Para filmar Comandante Arian, su último documental, entró en Siria en plena guerra sola y de forma ilegal. Hizo lo que no osan hacer más que algunos periodistas a los que se tacha de locos y, cámara en mano, se puso en primera línea de fuego para contar la vida de una unidad militar compuesta exclusivamente por mujeres. Las soldados que ella retrató en Comandante Arian luchan contra el ISIS. Lo hacen para defender sus tierras y sus libertades como mujeres.

Sotorra, que ha estrenado este trabajo en los festivales más importantes del mundo, ya había estado antes en la guerra. En Afganistán rodó Game over, una cinta que ganó un Gaudí como mejor documental. Pero esa es otra historia, ahora hablamos de esta cinta sobre un batallón mujeres guerreras que está construida como un flashback. Su protagonista, la comandante Arian, se recupera de heridas recibidas en combate mientras recuerda cómo es la guerra y en qué consiste su lucha contra el fundamentalismo. Para esta bárbara y real historia en la que hizo de cámara, sonidista, productora y guionista, necesitó viajar tres veces al país durante dos años. Aprendió kurdo y vivió la muerte de una amiga, la brigadista internacional Ann Campbell. A ella le dedica una cinta por la que se ha jugado la vida. ¿Merece la pena?, le preguntamos. “Claro. Lo volvería a hacer”, afirma con voz suave y sin dudarlo.

Pero ¿dónde está el límite?

Soy muy optimista y siempre pienso que a mí no me va a pasar nada. Me da fuerza esa sensación de inmortalidad que tengo. Sé que he asumido riesgos, pero para vivir de verdad hay que arriesgarse. Y no solo para traer una historia como esta y cumplir con tu responsabilidad de documentalista y tus ideales como feminista. En los tres viajes que hice sentí casi siempre que, de alguna forma, tenía el control: sabía cuánto me arriesgaba. Porque cuando estás en el frente y hay un ataque, casi siempre hay una posibilidad de salida. Y en esos casos, ellas siempre me preguntaban si quería seguir. No obstante, viví también varios ataques aéreos y ahí la situación es totalmente distinta, estás a expensas de otros. Es exasperante. En una de esas ocasiones, tiré la toalla y decidí que me iba, aunque luego no lo hice. Pero, en resumen, creo que en la mayoría de las situaciones tuve el control de lo que pasaba. Y eso hace que todo sea más soportable.

Perdón, insisto. Hablas de tu responsabilidad como documentalista, ¿pero una historia merece la vida?

Es que es la historia de un grupo de mujeres que están dando su vida por cambiar las cosas y lo hacen no solo por ellas, sino también por el futuro de generaciones de mujeres. Ante eso yo no puedo quedarme indiferente, no puedo no tomar partido. Obviamente mi forma de hacerlo no es con una kalashnikov, es con mi cámara. Ellas son las que arriesgan. Al final esto es como una lotería y yo no estoy comprando tantos números como para que me toque. Sería muy mala suerte. Fíjate, en mi segundo viaje, que fue también el más duro en el frente, cuando salí de Siria y crucé a Turquía arriesgué mucho más por una tontería. Estaba tan excitada por dejar la zona de conflicto que al primer taxista que cogí le dije que me llevase a beber cerveza. Llevaba dos meses sin tomarme una caña y nos emborrachamos los dos en el coche dando vueltas por no sé dónde. Eso sí que fue insensato. Hay riesgos tontos como ese y otros, como los que asumí por filmar esta película, que tienen una razón detrás.

Dentro del feminismo habrá mujeres que digan que armarse, ir al frente y disparar no el camino. ¿Qué opinas de eso?

Creo que ese es un discurso muy fácil. Sobre todo desde nuestras sociedades, donde tenemos ejércitos y policías que hacen ese trabajo de seguridad. ¡Hasta los militares aquí dicen que son antimilitaristas! Me parece muy interesante que la película se vea en Occidente y se conozca la perspectiva de estas mujeres en el frente. Ellas forman parte de una organización militar que no tiene nada que ver con un ejército convencional, patriarcal y vertical pensado para preservar los intereses de los estados. Las YPJ, Unidades de Defensa de las Mujeres, son una institución militar que se ha formado para defender la integridad física de las mujeres en un contexto de violencia extrema. Se defienden de los abusos de los grupos integristas radicales que estaban acabando con ellas. Ese es el primer derecho de las personas. Pero no solo eso, defienden sus derechos en todos los ámbitos. Y en un territorio en el que no hay ninguna institución que vele por sus intereses, necesitan organizarse. Yo no defiendo la guerra, pero ¿cómo te defiendes en un contexto de guerra y de violencia extrema si no te armas? Es muy fácil decir desde Occidente: “Estoy en contra de la violencia y las guerras”. Pero aquí existe la fuerza del Estado.

¿Sería muy distinto este documental si lo hubiese filmado un hombre?

La mirada de cada persona siempre es distinta. La mía es de mujer y feminista. Y esa última sin duda la puede tener también un hombre, pero ellos jamás habrían podido acceder a la intimidad que yo he filmado. La cámara duerme y se despierta con ellas, las acompaña al baño, les cura las heridas, las peina, las ducha.

¿Entendemos desde Occidente la lucha de las mujeres de Oriente Medio?

Cada vez hay más comprensión. Porque al final el objetivo de todos los feminismos es acabar con toda forma de opresión contra las mujeres por raza, etnia, religión o lo que sea. Es un frente común, pero desgraciadamente existen muchas distancias en las formas y en las prioridades. Al venir de contextos culturales muy distintos y de situaciones vitales diferentes, nuestras prioridades no son las mismas. Yo creo que por eso a veces no nos entendemos bien.

Las YPJ son una unidad militar. ¿Son menos jerárquicas y patriarcales que un ejército?

No puede ser patriarcal porque no hay hombres. En todo caso sería matriarcal. En cuanto a la organización, es una estructura menos vertical que la de un ejército convencional. Obviamente hay cargos de comandancia, lo que tiene que ver con las responsabilidades, no con privilegios. Hay combatientes, las más veteranas casi siempre, que asumen el liderazgo, aunque muchas decisiones se toman de forma asamblearia. Se discute mucho todo lo que se va haciendo pero por operativa y eficiencia en el momento de batalla hay unas líderes que ordenan y mandan.

“La resistencia se encuentra en el espíritu de una mujer libre”, reza uno de los lemas del YPJ.

Es una de sus máximas. Parten de la idea de que para que una mujer sea libre debe mantener una resistencia constante.

¿Cómo llegan ellas a ese principio?

Toda esa región, todos esos pueblos del Kurdistán que han vivido oprimidos han ido durante años encontrando espacios de disidencia en los que se juntaban para protestar y plantearse nuevas formas posibles de convivencia.

Generaban pensamiento. Y cuando las mujeres entraron a formar parte de esos grupos de resistencia, empezaron a leer, a despertar y a ser conscientes de sus derechos. Se dieron cuenta de que también dentro de esos espacios a los que se habían unido para cambiar el mundo con sus compañeros revolucionarios sufrían las mismas desigualdades y presiones machistas que fuera. Entonces empezaron a preguntarse qué sentido tenía intentar cambiar el mundo junto a unos hombres que no las respetaban. Así fue cómo ellas empezaron a organizarse.

¿Son madres? Porque no recuerdo ninguna referencia en el documental a la maternidad. Además, el sexo está prohibido en las YPJ.

No. Las que yo filmé no lo son. Cuando las YPJ se forman en el 2012, las mujeres que entran a formar parte de la unidad pueden decidir en qué grado se comprometen. Hay un tipo de servicio que es como un voto; para siempre. Y si lo tomas, te das en cuerpo y alma y renuncias a tener vida privada. La entregas para trabajar por tu pueblo y por las mujeres. Por eso, ellas (y ellos en otras unidades) no tienen vida privada y no pueden tener ni propiedades, ni familia, ni nada. Tenerlas sería una forma de combatir con intereses contradictorios a la causa. No obstante, se puede ser parte de la organización y no comprometerse así. Puedes ser una soldado con tiempo libre para ir a casa y compaginar esa vida con las tareas del hogar. Lo que pasa es que por un tema cultural resulta muy raro que hagan ambas cosas. A pesar de los cambios radicales que se han producido y de que ya no se casan con 14 años, el rol de la mujer, si se queda en casa, es el de cuidar a su familia. Aunque podrían, creo que no hay casos de mujeres de las YPJ que tengan hijos. La sociedad no está preparada para eso.

Es otra renuncia.

Sí, claro. El sacrificio de estas mujeres, su lucha contra el Estado Islámico, contra su sociedad para intentar cambiarla y contra sí mismas es bestial. Tienen que dejar atrás todo lo que les han enseñado. Tienen, por así decirlo, que reformartearse. Por otro lado, la sensación de muchas de estas chicas, que llegan jovencísimas, con el corazón lleno de esperanza y la ilusión de que ellas son ese motor que va a cambiar la sociedad, es muy potente. Esas jóvenes, antes de incorporarse a filas, sentían que no eran nada ni nadie y cuando llegan a las YPJ todo cambia. Era alucinante ver cómo les ordenaban que se sentaran y se callasen a esos fundamentalistas que antes las secuestraban con 12 años en sus aldeas, las violaban y no les permitían ir al colegio. Las veías fuertes, empoderadas, arrestándoles y diciéndoles, llenas de dignidad: “Esto no lo toleramos más”. En el proceso han perdido amigas, muchas vidas.

¿Cómo llegaste a Siria, cómo fue esa entrada ilegal?

Corriendo… Al menos la primera vez que crucé la frontera desde Turquía. Quería entrar en Kobane, una ciudad siria asediada por el Estado Islámico, y lo hice desde un pueblito turco, con la ayuda de gente kurda. Yo iba con una maleta enorme y de repente vi que discutían sobre mi equipaje. Yo pensaba que era porque la maleta era demasiado grande, que no cabría en el coche, pero no, el problema era el peso. Pregunté si íbamos a caminar y me respondieron que no, que íbamos a correr. No me quedó otra: cogí la cámara y el trípode, metí unas cuantas bragas dentro y dejé la maleta. ¡Iba vestida con falda larga y zapatos! La situación era tan absurda, tenía tan poca idea de a dónde iba que no me dio tiempo a sentir miedo. Fui consciente realmente del horror de la guerra horas después, cuando ya estaba en Kobane, que era un sitio lleno de escombros, totalmente derruido. Ahí fue cuando me entró el pánico.

¿Te tuviste que formar? ¿Cómo te incorporas a primera fila de combate?

No recibí ninguna instrucción especial. Sí me dieron un uniforme. Su ropa era mejor que mis tejanos y camisas, por los bolsillos, los colores, por todo. Te cuento una anécdota que demuestra lo poco que sabía moverme allí. Cuando nos íbamos a dormir, a la intemperie, en los áticos y los tejados, se ponía una alfombra sobre la que todas nos acostábamos. Por encima nos cubríamos con mantas. Ellas dormían vestidas con el uniforme. Pero yo los primeros días me ponía cómoda. La cuarta noche hubo un ataque y tuvimos que salir corriendo. Yo salí con la cámara sin baterías y sin nada. No estaba preparada. No me pasó nada, pero me di cuenta de que estaba en chanclas, con ropa que no era de combate, sin el equipo listo para filmar… A partir de eso empecé a dormir con uniforme, con las baterías en los bolsillos y la cámara preparada. Ellas con su kalasknikov; yo con mi cámara.

De la película asombra todo, pero un aspecto que sobrecoge es el sonido. ¿Cómo lo hiciste?

Era una mujer orquesta: hacía de cámara, de sonido, de productora. Tenía a la comandante microfonada con un direccional muy bueno y una grabadora con la que registraba todo. Y como tenía todo el tiempo del mundo me dediqué a grabar aviones, el sonido del combate, balas, explosiones…

El amor de Francesca, tu próximo proyecto, es un documental sobre una mujer de 63 años de Barcelona que indaga sobre el amor.¿Es esa otra guerra olvidada, la de las mujeres mayores?

Para mí, como mujer, es muy importante entender y explorar lo que han significado aquí las pioneras, las que rompieron con lo que se suponía que era ser mujer. Para nosotras es más fácil, porque nadie nos cuestionó nada. Pero Francesca, como tantas mujeres, se ha enfrentado a todas las convenciones. No siguió el camino que se esperaba de ella por dónde nació y por ser mujer. Ella, que es artista, viene de una familia burguesa acomodada. Se casó, se separó enseguida y después tuvo un hijo con un hombre que no pertenecía a esa clase y ahora está sola, explorando las relaciones desde un lugar que no es el que se le supone. Es muy interesante, es la historia de alguien que se construye y reconstruye según quiere y no según el paradigma que le tocó.

Qué contraste: de la guerra y las carreras, al amor y a la reflexión sobre lo que quiere tu protagonista.

Sí, y a rodar en casa, en Barcelona. Lo necesitaba. Francesca y yo somos compañeras de piso. Necesitaba estar con mis amigas. Tras la guerra, quería mirar a la gente que conozco bien, a una red más próxima. Pero el lunes hago un paréntesis y me voy a Siria otra vez.

¿Otro proyecto en Siria?

Sí, vuelvo a un campo de detención donde hay viudas del Daesh. En ese campo hay más de cien mujeres occidentales, algunas en una especie de limbo legal, algunas con los hijos que han tenido con los combatientes, con los fundamentalistas. Están atrapadas, y no tienen ningún recurso para salir de allí. Hacen llamamientos a sus países de origen, pero no les responden. Al principio no tenía claro si me apetecía hablar con esas mujeres: no sabía si podría sentir simpatía por ellas. Pero luego estuve investigando, oyendo sus historias y han vivido unas situaciones de violencia atroz. Han pasado por situaciones inimaginables. Y a la pregunta de si nos merecemos una segunda oportunidad, si es posible volver a empezar, yo digo que sí. Ese campo está custodiado por las mujeres del YPJ, que creen que la educación puede cambiar el mundo. Quieren montar un taller feminista y yo quiero seguirlo y ver qué ocurre. Voy un par de meses. Cuento con todos los permisos y complicidades; me falta convencer a cinco de esas mujeres para que participen de una forma sincera.

Cada 48 horas muere un activista: la lucha por la paz en Colombia

Martha Ceballos tuvo que salir de su país, amenazada de muerte. Ahora vuelve a su país, Colombia, donde la paz es realidad solo en el papel.

Desde Intermón Oxfam avisan que Martha Ceballos, defensora de los derechos humanos, regresa en unos días a su país, Colombia. Vuelve tras haber estado durante unos meses acogida por un programa de protección de la Generalitat gestionado por la ONG y Cear: estaba amenazada de muerte. La activista, una de las caras de MOVICE, una agrupación que reúne a casi 200 organizaciones de víctimas del conflicto de crímenes de Estado, sabe lo que es la guerra. A su padre lo mataron. Su delito: ser indígena en unas tierras disputadas por los actores armados. A su hermano, la primera vez le dispararon por error; iban a por otra persona” [esos horrores del relato de cuando una guerra se hace cotidiana]; y sobrevivió. La segunda que le “balearon”, le hicieron pasar por un “falso positivo”, otra forma atroz de matar en el país del café a quienes no tenían nada. Les hacían pasar por guerrilleros. “Fueron los paramilitares en convenio con la fuerza pública”, aclara.

Ceballos, que también sabe lo que es el desplazamiento, el primero, con 15 años, afirma que a pesar de todo, no tiene miedo a volver. “Ya no nos pueden quitar nada. Y eso que es tan duro, a nosotros nos hace fuertes y a ellos les atemoriza. No tenemos nada que perder”, explica suavemente. Pero más allá de su ausencia de temor, las cifras de mujeres y hombres defensores de los Derechos Humanos asesinados desde que se firmó la paz, hace apenas dos años y medio, asciende a más de 500. Dicho de otra forma, cada 48 horas matan a un activista.

La defensora colombiana, con hijos allá cuidados este tiempo por su marido, cuenta que desde que pasaron los primeros 30 días de su estancia en Barcelona, ha estado contando los días que quedaban para volver a verlos. Tomará precauciones, como explican ambiguamente quienes están amenazados. No obstante, tiene claro que quiere seguir trabajando por la construcción de la paz y por poner sobre el tapete las causas que nadie ha tratado, los motivos que tampoco aparecían en el famoso tratado de La Habana: la desigualdad atroz que vive su país y el olvido de lo que ellas llaman los “territorios”, el campo, las zonas alejadas de la ciudad y las oficinas de los ministros. “Colombia pide un S.O.S a la comunidad internacional. Pedimos un S.O.S por la vida de los defensores. Necesitamos la paz”, señala.

Ella es de Nariño, una de las áreas más golpeadas durante lo que en el país americano se ha denominado eufemísticamente “conflicto”, una de los departamentos donde la muerte y la miseria campa a sus anchas. Valga como ejemplo algunos datos que recuerda Ceballos de zonas que, como la suya, ostentan un crecimiento constante de los cultivos de coca combinado con la presencia de un sinfín de grupos armados (paramilitares, disidentes de las FARC, guerrilleros del Eln, bandas criminales y narcos mexicanas). Eso, sí, en Nariño hay todavía localidades donde la luz no llega a todas las casas. Tampoco el agua. Ni las carreteras, ni la escuela, ni los hospitales… Mientras, el Estado sigue ausente, hoy, con la paz, con los pactos firmados y desde hace décadas. Y lamentablemente, este brutal dibujo que hace Ceballos se extiende al Pacífico colombiano y a otros departamentos como Putumayo o el Cauca.

Ella en Colombia es una de las líderes regionales de MOVICE, un movimiento nacional de las víctimas de crímenes de Estado. Su tarea es visibilizar las atrocidades que se cometieron contra ellos y buscar justicia. “Lo primero que tenemos que conseguir es romper con la polarización del país y que se entienda que la confrontación no lleva a nada. Lo decimos nosotras, las víctimas, que a pesar de todas las muertes, y de la falta de voluntad política por llegar a la paz, creemos en la fuerza de la comunidad. Yo no puedo cambiar el mundo, pero sí puedo conseguir pequeños cambios y perdonar, aunque no olvidar”, apunta. Y al hablar de memoria, y tras sus meses en España, apela a la ciudadanía española a hacer un esfuerzo por destapar todo lo que se calló aquí de nuestra guerra.

Desde lo que le toca, Ceballos se niega a que se repita la historia que en su país ha fagocitado a unas 90.000 personas que siguen desaparecidas y hecho a víctimas a más de 8 millones de colombianos. “Para que no ocurra de nuevo es necesario decir lo que pasó”, dice al tiempo que cuenta con ilusión sus logros y próximos trabajos. Este verano tienen autorización para intervenir unas fosas donde fueron asesinadas decenas de personas. Estará una vez más con las víctimas. Es parte de su trabajo con MOVICE. Porque la paz, afirma, no es solo el silencio de los fusiles, “es desarrollo, es justicia y reparación, es llevar financiación a los territorios, es devolver tierras, es pensar en los campesinos y campesinas, en los indígenas”, dice la defensora que no considera que la suya sea una vida excepcional. “Trabajar en mi campo me ha permitido ver que mi historia es la de tantos y tantas colombianas. No soy especialmente valiente”, concluye a pocos días de volar a Bogotá. 

Publicado en https://www.publico.es/internacional/martha-ceballos-defensora-colombiana-48-horas-muere-activista-lucha-paz-colombia.html

Alicia Puleo: “El alquiler de úteros es una forma de extractivismo reproductivo”

En un tiempo de auge de los feminismos, en los que se discute todavía si tercera o cuarta ola y los partidos políticos se apropian el término para adjetivarlo de “liberal”, el ecofeminismo se define como a la vanguardia de todos ellos y como “una propuesta de resiliencia solidaria”. Lo explica a PÚBLICO la filósofa Alicia Puleo, una de las máximas referentes en esta corriente.

Acaba de publicar Claves ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales (edición Plaza y Valdés) y con voz pausada y clara cuenta que aspira a un mundo verde y morado, más justo, sostenible e igualitario para animales humanos y no humanos.

Como investigadora en el tema (es doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y forma parte del Instituto de Investigaciones Feministas de la misma universidad), no tiene dudas: “El ecofeminismo es el que corresponde al siglo XXI, al que llegamos con una crisis ecológica que nos lleva al colapso. Porque aunque no me gusta ser catastrofista, los científicos aseguran que las cosas cambiarán hacía el 2030 0 2050. Y no para bien. Entonces, nuestra propuesta es un feminismo siempre atento a la realidad y a los movimientos emancipatorios, pero también ecologista”, afirma.“Al ecologismo le falta conciencia feminista y al feminismo le falta conciencia ecologista”

El reto, recuerda Puleo en este libro, es no caer en lo que apuntaba Celia Amorós como “alianzas ruinosas”, es decir, en que las mujeres renunciemos o posterguemos nuestras luchas a favor de otras, como ha ocurrido tantas veces en la historia.

Según la académica, al movimiento que defiende le espera una larga batalla. Entre otras cosas, debe hallar el punto de encuentro entre feminismo y ecologismo, dos movimientos que según ella han caminado y siguen haciéndolo bastante por su cuenta. “Al ecologismo le falta conciencia feminista y al feminismo le falta conciencia ecologista”, subraya.

En ese sentido, Alicia Puleo demanda una cultura que mire de otra forma a la Naturaleza, que entienda que es algo finito, que preserve la Tierra, que sea consciente de que somos dependientes de una red de relaciones entre los diversos seres vivos y comprenda que somos ecodependientes. Eso, por la parte verde. Por la feminista, hace falta repensar cómo queremos que sea esa sociedad del futuro próximo, cómo se deben repartir las tareas del cuidado y no caer en el elogio de esos mismos cuidados, que acaban minando las libertades de las mujeres.

Claves ecofomenistas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales.

“Cuidado con los cuidados”, alerta repitiendo a otras tantas feministas, referencias constantes en su publicación. Para ella, la ecuación correcta es que todos y todas cuidemos, que no se considere una actividad que solo afecta a la mitad de la población. “Tenemos una tarea de enseñar los cuidados, pero no solo los tradicionales de la familia. Hay que extenderlos al mundo, hacia los animales, los ecosistemas. Porque esta sociedad de papeles tan bipolarizados para hombres y mujeres que ha desarrollado el patriarcado no ha favorecido la preservación de la Tierra como hogar, ¡al contrario! Se habla de conquista, de dominación. Pensar en términos de ayuda es el gran reto que tenemos”, comenta.

No a la mujeres vasija

Un capítulo importante de la publicación es para las libertades con respecto al cuerpo de las mujeres. Puleo es contundente: “Si no detenemos la normalización del alquiler de úteros, estaremos ante una nueva colonización del cuerpo de las mujeres pobres”. La autora, que denuncia el mal uso de expresiones como “maternidad subrogada” o “gestación sustitutoria”, sostiene que el alquiler de úteros es una forma de extractivismo reproductivo. “La llamada maternidad subrogada es una forma de extractivismo devastador, un elemento más de esa constante transferencia de bienes, de ese flujo de mercancías que profundiza y perpetúa la desigualdad entre el Norte y el Sur globales”, escribe en su libro.

Y de ahí, desde esa comercialización y apropiación del cuerpo de las mujeres por parte de la sociedad, bajo la máxima de la libertad, la filósofa distingue entre el patriarcado de coerción y el de consentimiento. El primero se daría en las sociedades que estipulan los roles y ámbitos de hombres y mujeres y castigan a las mujeres que desobecen lo que dictan las normas en cuanto a género, ya sea en cuestión de derecho a un voto, a una educación o a ejercer profesiones liberales.“La industria del sexo es una realidad del patriarcado y de la economía global que expulsa a las mujeres hacia zonas de comercialización 
de sus cuerpos”

El segundo, propio de las sociedades de capitalismo avanzado, mucho más sutil, no amenaza con la represión violenta y directa a las mujeres, pero agrede y afecta a su autonomía y libre elección. “Su mecanismo es el del consumo, el de la invitación al deseo, como puede verse en la publicidad… Nadie nos encarcela si no nos vestimos a la moda, si no tenemos la silueta adecuada… pero existen poderosas incitaciones para que busquemos lo que a menudo nos incomoda o restringue nuestra libertad”, señala en el libro.

Otro de los mandatos a evitar sería el de la intensificación del deseo y de la práctica sexual que lleva a lo que ella denomina una “pornosociedad”. Sería la antítesis del patriarcado de la coerción, donde los deseos sexuales de las mujeres se oprimían. En este esquema manda la hipersexualización, pero no una sexualidad deseable y libre sino, de nuevo, sujeta a unos mandatos impuestos. En esas páginas, y para hablar de libertades, la autora entra también en el debate de la prostitución para recoger las palabras de Rosa Cobo: “La industria del sexo es una realidad del patriarcado y de la economía global que expulsa a las mujeres hacia zonas de comercialización de sus cuerpos”. Es otra forma de perpetuar una “escuela de desigualdad humana”, dice citando a la también feminista Ana de Miguel.

En este volumen, la autora también habla de las relaciones de cuidado y afecto con los animales y sostiene la importancia de la defensa de ello como una forma de transformar los “enraizados estereotipos viriles” de la dominación y la violencia. 
Puleo cierra el libro con un epílogo en el que afirma que el presente es ya un anticipo del mundo posthumano. Señala así mismo que la crisis ecológica es una crisis de la democraciaque afecta especialmente a las personas que no cuentan con los elementos necesarios para decidir sobre sus destinos. En cuanto al sexismo, advierte también que en épocas de austeridad y miedo, las mujeres pueden convertirse en un instrumento de compensación con empleos precarios, pobreza e inequidad; especialmente las más pobres, las que históricamente siempre han perdido más y siguen perdiendo. 

No obstante, ante estas muchas llamadas de atención, Alicia Puleo habla de felicidad, que podría ser una de las palabras que más se repite en su libro, que arranca con el Jardín-huerto de Epicuro, libre, lleno de vida y justo. “Sí, hablo mucho de felicidad porque ante lo que se viene, la gente se asusta y no quiere escuchar cosas preocupantes. Hace falta hablar con alegría para no salir corriendo. No está todo perdido: hay esperanza todavía”, concluye. 

Pamela Yates: “El feminicidio guatemalteco es una herencia de la violencia de la guerra”

La premiada cineasta norteamericana, que no cree en la neutralidad cuando filma, busca dar voz a quienes decimos que no la tienen.

Pamela Yates (Estados Unidos) es cineasta y activista por los derechos humanos. Sus películas sobre crímenes de guerra, masacres y barbaries tienen un claro objetivo: denunciar la situación de los más vulnerables. El nombre de la documentalista, miembro de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de EE.UU, está -en gran parte- unido a la historia de Guatemala. De ahí y de 35 años de viajes al país centroamericano salen tres de sus películas y una historia: la de una guerra civil y un genocidio de más de 200.000 víctimas, según la ONU. Allí filmó Cuando las montañas tiemblan (1983), Granito: cómo atrapar a un dictador(2011), utilizado como evidencia forense en el juicio por genocidio contra el dictador Efraín Ríos Mont; y 500 años (2016).

Yates, que cuenta entre otros reconocimientos con el premio especial del jurado de Sundance por Cuando las montañas tiemblan, es además cofundadora de Skylight Pictures, una productora sin ánimo de lucro que busca hacer un cine intencional. Está en España para hablar de cómo hacer documentales e involucrar a los movimientos sociales. Invitada por la Asociación de Mujeres de Guatemala, dará mañana, día 14, una charla sobre cómo hacer cine y activismo. La cita será en la Casa Encendida.

Reivindica la voz de los mayas, que hablan de “la larga noche de los pueblos”, que serían los 500 años de resistencia ante los opresores. ¿No es una espera eterna?

Sí, pero también la resistencia es eterna. Y esos 500 años, que es el título del tercer documental sobre Guatemala, hacen referencia a esa parte del juicio en la que Juan Francisco Soto habla –ante toda la judicatura, por primera vez en la historia de las Américas– del genocidio de los pueblos indígenas. Imagínate, ¡un país tan pequeño como Guatemala, denunciando esa historia ante el mundo! Aquello fue un antes y un después en la resistencia.

Pero así y todo, si nos vamos a 2019, esos pueblos siguen muy oprimidos.

Sí, claro. Pero también es cierto que parte de su cultura se basa en esa fuerza para poder resistir. Y eso es lo que ocurrió en el juicio a Ríos Montt: se cambió la narrativa de quienes contaron lo qué pasó en Guatemala. Antes allí nadie hablaba de genocidio, ni de las masacres. Nadie.

Pero insisto, resistencia, sí, pero si uno mira la historia reciente del país, el panorama es muy duro. Impera la impunidad, han entrado grandes multinacionales hidroeléctricas y macroproyectos en los territorios que fueron arrasados por el ejército, y la “primavera” que vivió Guatemala en 2015 parece un tanto apagada… ¿No es desalentador?

Sí. Sin duda. Pero también hay que mirar los triunfos. El hecho de que se instalase una agencia mundial para luchar contra la impunidad, el de haber ganado el juicio contra el dictador y la presencia de las ONGs con proyectos de cooperación internacional son éxitos claros. Lo que ocurre es que cuando uno lucha contra el sistema, el sistema se pone en tu contra. Es como una ola y ahora estamos viviendo la reacción a esos logros que obtuvimos. Así es la historia. Pero cuando se entiende esa dinámica, se saca fuerza para seguir luchando y frenar lo que está pasando. Guatemala vive un momento muy malo, una auténtica crisis constitucional.

Hablas de cambiar la narrativa pero, ¿cómo sería la historia si la contasen los propios indígenas?

Tanto en Granito como en 500 años tratamos de contar la historia desde la perspectiva maya. De los cinco protagonistas, cuatro son mayas. Solo uno es descendiente de españoles.

Pero sigue siendo una historia contada por blancos.

Sí, claro. Toda la razón. Eso queda para la próxima generación, para gente como la activista de 500 años. Cuando yo llegué a Guatemala, en 1982, lo hice para investigar el papel que estaba jugando Estados Unidos allí. Lo que pasa es que una vez sobre el terreno, me di cuenta de que las personas que tenían la visión para cambiar Guatemala eran los mayas. Entonces decidí trabajar con Rigoberta Menchú. La contacté y la traje a Nueva York, donde vio todas las escenas que habíamos filmado, una historia que, por cierto, no tenía un hilo conductor y que solo encontramos cuando ella decidió contar su propia historia. La filmamos hablando directamente a cámara, algo que no se hacía entonces. Esa fue nuestra forma de contarlo con una perspectiva maya.

Pero es cierto, seguimos siendo blancos contando su historia. Por medio de Skylight Pictures estamos trabajando en Guatemala para que cineastas y documentalistas locales cuenten la historia de su país.

¿Y qué quieren contar esos nuevos cineastas guatemaltecos?

La memoria histórica. Qué pasó y por qué pasó allí.

Por cierto, ¿qué es un país sin memoria?

Es un país condenado a repetir la historia. Pero lo bueno es que Guatemala tiene memoria y el hecho de querer adquirirla o reapropiarse de ella es el camino.

Y Occidente, ¿tienen Europa y América del Norte memoria sobre la responsabilidad de sus hechos allí?

Lo que está pasando hoy con la enorme migración centroamericana hacia Estados Unidos habla de un país que no tiene memoria. Porque para entender esos movimientos migratorios hoy habría que mirar de dónde viene esa realidad, de unos problemas provocados por nosotros durante la Guerra Fría. No, Estados Unidos no tiene memoria: no hemos revisado tampoco el genocidio que cometimos con los indígenas de nuestro país.

Hablas de activismo. ¿Dónde queda entonces la neutralidad?

La neutralidad no existe (se ríe). No niego que estoy contando una historia desde una perspectiva, pero siempre la menos conocida, y la más escondida por los poderosos.Yo trato de que en mi forma de narrar haya siempre unos protagonistas, las víctimas, pero también incluyo a los antagonistas. Y hay hechos… mediante los cuales construimos una historia universal sobre el bien y el mal. No somos periodistas. Tenemos esa libertad artística y técnica para poder expresar la historia con esa intencionalidad y mirada desde los derechos humanos.

¿Cómo se financia el cine que hacéis desde Skylight? ¿Quién paga 35 años de investigación para una historia?

Nos financiamos a través de fundaciones e individuos particulares que creen en lo que hacemos. Aparte, contamos con unos mercados donde podemos cobrar, hablo de ciertas televisiones y circuitos educativos en los que hay dinero. Pero además de eso, buscamos también modelos alternativos de distribución En muchos espacios, ofrecemos nuestros documentales gratis. En Guatemala, por ejemplo, le dimos la película a la principal plataforma pirata. No pretendemos vender la historia de Guatemala a los guatemaltecos.

Parte de nuestra práctica, como activistas de derechos humanos, es pensar cómo hacemos nuestras películas y cómo las distribuimos. Queremos desarrollar un cine colaborativo en vez de uno extractivo. No podemos llegar a un país, grabar su historia, llevarla a festivales y contar que somos excelentes cineastas. Hay que colaborar con la gente local y entender que el proceso debe ser de ellos.

Es importante estar y permanecer conectada a las personas y lugares donde se trabajan los documentales. No para hacer otro documental, sino porque hay que seguir trabajando con las personas que han colaborado. Si uno quiere hacer cambio social, debe de comprometerse de por vida.

Vienes a España invitada por la Asociación de Mujeres de Guatemala, que denuncia el salvaje feminicidio que vive su país. ¿Por qué un país normaliza la violencia hacia sus mujeres?

Esa violencia contra las mujeres se explica por la guerra que vivieron. El feminicidio es una terrible herencia de aquel entonces. Cuando un país permite la impunidad, la impunidad lo transforma. Además a eso hoy hay que sumar la variable del narco. La violencia ataca a los más vulnerables, y débiles: en este caso a las mujeres.

¿Habrá que esperar otros 500 años para hablar de una nueva Guatemala?

No. Yo tengo mucha fe y esperanza en las nuevas generaciones. Ellos van a liderar una apertura democrática en el país.

Publicado en Público, https://www.publico.es/culturas/pamela-yates-feminicidio-guatemalteco-herencia-violencia-guerra.html

El señor del chalé en el Escorial y los “otros”, los migrantes

Con toda la buena intención (presumo), el actual ministro de Exteriores, Josep Borrell, clausuraba esta semana un encuentro sobre migraciones y ciudades para subrayar la necesidad de ver las migraciones como uno de los grandes temas a abordar del presente y el futuro. Señalaba el socialista que nos encontramos ante un tema que puede romper más la Unión Europea que la crisis del euro. Avisaba del peligro de la posible división que se puede crear: los habitantes del viejo continente ven en esos flujos de personas que migran una amenaza hacia lo que han configurado como “su identidad”, apuntaba el político. Todo bien.

Excelente el ejemplo que trajo de Ecuador y de cómo el país andino está siendo capaz de escolarizar, de un curso a otro, hasta a 40.000 niños, hijos del éxodo venezolano. “El otro”, en Ecuador, ha sido parte del país; no hay más.

El problema es cuando desde posiciones como la del titular de Exteriores se mezcla la economía con el Derecho y la crisis natalicia de un puñado de países. No, señor Borrell, no podemos pensar en las migraciones como una solución al problema demográfico de este envejecido rincón del planeta. No podemos confundir a la sociedad –aturdida por tanto ruido e información malintencionada- y contarles que sí peligra parte de nuestro empleo. No vale parapetarse en que admitimos a los que sí producen o a los que sí se reproducen. Cuidado, hablar así es acabar poniendo el adjetivo “liberal” a los derechos humanos. Y ya habrá visto la que le ha caído a sus colegas de Ciudadanos por querer aplicar el término al feminismo.

Asusta escucharle diciendo que a usted, que tiene un chalé en El Escorial y una plaza como catedrático en la universidad, como recordó ante el auditorio, esas personas que migran no le van a quitar el trabajo. Atemoriza lo que no dice. O sea, ¿que para el común de los mortales que no hemos sido ministros, ni presidentes de una institución europea, ni altos representantes de multinacionales, esa gente que huye del hambre o viene con el legítimo derecho de otra vida, amenaza nuestro confort? Señor Borrell, nómada cosmopolita, como usted se autodefinió en el foro, le está dando la razón a esa extrema derecha.

¿De verdad que piensa que –como señaló- solo unos pocos van a entender que los aportes de quienes vienen de fuera (a recoger fresas y cuidar a nuestros niños y viejos, acoto yo) son el sostén de nuestras pensiones?

No nos líe; es peligroso. “Somos sociedades que envejecen. Y mientras que no seamos capaces de despertar la voluntad de procrear en nuestros hijos y nietos, no tenemos una solución fácil para el bache demográfico. Solamente podremos cubrir ese bache importando población”, dijo. ¿De verdad que de lo que hay que hablar es de “importar” personas? ¡Ah, sí! Pero que no sean catedráticos, no le vayan a quitar el puesto.

“Hay que buscar un equilibrio entre nuestras necesidades y nuestra capacidad de integración”, comentó. Socorro: ¿entonces solo miramos nuestros intereses? Preocupada por ese posible enfrentamiento entre las dos partes del Mediterráneo, demando nuevas alternativas a las políticas de migración. Porque seguir construyendo muros, físicos o mentales, entre ellos y nosotros, no funciona; lo estamos viendo.  “Hay que buscar un equilibrio entre lo que necesitamos y lo que la sociedad entiende que es positivo”, señaló. Cuidado, los migrantes no son vasijas. Importan, pero no porque puedan contribuir al PIB. Menos mal que a pesar de este escalofriante mensaje que daba esta semana, también señalaba que no podíamos agarrarnos exclusivamente a la lógica aritmética y que las sociedades deben ser capaces de integrar a esas personas que vienen de fuera. Solo un matiz: propongo empezar a desterrar ese verbo, dejar de decir “integrar” y sí cumplir con el derecho internacional humanitario, si hablamos de refugiados; de responsabilidad, progreso, diversidad y sociedades de bienestar donde cabemos todos, si hablamos de migrantes.

Publicado en https://blogs.publico.es/conmde/2019/03/23/el-senor-del-chale-en-el-escorial-y-los-otros-los-migrantes/

Razia Sultana, activista: “Si quieres provocar terror, tienes que ir a por las mujeres”

La defensora de los Derechos Humanos denuncia la pasividad de la comunidad internacional ante el genocidio de su comunidad, los rohingyá, “un pueblo sin tierras ni amigos”, según describe la ONU.

25.000 personas asesinadas y unos 725.000 personas desplazadas son parte del horror de la historia reciente de los rohingyá; y al adjetivar reciente nos referimos a la última década, al periodo que va del 2012 a la actualidad. Hablamos de uno de los pueblos más perseguidos del mundo, una minoría “sin amigos y sin tierra”, según describe la ONU.

Para Razia Sultana, la indeferencia ante los miles de asesinados del pueblo rohingyá no importa, si se pone enfrente de un millón de dólares.

Los rohingyá, desplazados forzosamente a su vecino Bangladesh, a quienes su país, Myammar (antigua Birmania) les niega la ciudadanía, son casi un millón de personas que conforman una minería étnica, lingüística y religiosa que sufre lo que muchos denominan una “limpieza étnica”. Razia Sultana, abogada y activistabirmana habla sin miedo de genocidio, de incitación al odio (desde las escuelas y redes sociales) y de cómo el Ejército de su país ha utilizado el cuerpo de las mujeres para generar terror: la violación como arma de guerra. La activista pasó por España invitada por la Asociación de Mujeres de Guatemala.

¿Cómo se puede explicar la impunidad y las terribles cifras de asesinatos, desplazamiento y violaciones que denuncian y reconocen entidades como Naciones Unidas?

Es un asunto de geopolítica. Nuestra gente no importa nada, si la pones delante del dinero. Dicen: “Es una población pequeña. No importa”. Sí, la comunidad internacional conoce la tragedia del pueblo rohingyá pero no tienen ninguna intención de resolverlo.

¿Pequeña, una comunidad con 25.000 personas asesinadas?

Si pero eso no es nada, si lo pones enfrente de un millón de dólares. Todo es un negocio. Hasta la ayuda, que pareciese además que es lo único que puede hacer la comunidad internacional. 

Necesitamos Justicia para cambiar el sistema: las leyes internacionales no funcionan. El genocidio está probado, pero no hay cambios…

Tanto usted como otras organizaciones hablan de un discurso del odio lanzado desde el gobierno.

La abogada y activista birmana Razia Sultana, en Madrid. TEO BARBA/La Casa Encendida

Sí. Eso es una realidad desde el año 2012. Se hace desde las redes sociales, pensando en la población general, y desde las guarderías, para que desde muy pequeños los niños y niñas odien. Les dicen que somos agresivos, que no tenemos derecho a vivir y que otras religiones más allá del budismo no se permiten en Myammar. Les cuentan que Birmania es solo para los budistas.

Otro de los horrores que denuncia es la violación de las mujeres como arma de guerra por parte del ejército birmano.

Sí, la violación contra nosotras como principal arma a utilizar. Porque si tú quieres provocar terror, tienes que ir a las mujeres. Y eso lo están haciendo. Especialmente desde 2012, años en los que hemos vivido a gran escala abusos, violaciones y mutilaciones.

Solo hay que hablar con los refugiados que vienen huyendo del Ejército. He entrevistado más de 300 mujeres y cada una de ellas confirma la utilización de sus cuerpos como arma de guerra. 

¿Cómo es la situación en los campos de refugiados de Bangladesh, donde sus compatriotas llevan años?

Terrible. Solo pueden hacer una cosa: esperar. No hay nada que hacer. Esperar ayuda, esperar comida, esperar asistencia. No hay colegios. No hay trabajo. Simplemente… vegetar.

Bangladesh, siendo un país absolutamente pobre, está siendo muy generoso: nos está acogiendo y dando refugio. Pero, ¿hasta cuándo? No tienen medios y las consecuencias de mantenernos son muy difíciles. 

Simplemente la falta de escolarización de los niños refugiados supone que tendremos una generación de iletrados, de gente que no saber hacer nada. No les estamos dando un futuro y eso es desesperante. Para ellos, y potencialmente para Bangladesh y para todo Asia. Estamos criando una generación de desesperados.

La abogada y activista birmana Razia Sultana, en Madrid. TEO BARBA/La Casa Encendida

Representa a varias organizaciones de mujeres. ¿Se están organizando?

Sí, tengo una pequeña organización y soy miembro de varias entidades. En 2017 creé una entidad que he llamado Rohingya Women Welfare (ROWW). Desde ella estoy trabajando en temas vitales como salud primaria, higiene, violencia de género… Bangladesh funciona porque está gobernado por una mujer, Sheikh Hasina Wazed, primera ministra.

Sí, pero Myammar, su país también está regido por otra, Sheikh Hasina Wazed, cuyo nombre no se puede separar del genocidio de su pueblo.

Yo no creo que ella sea una mujer. Ella es un bróker. Sí, qué triste, un premio Nobel de la Paz que en su día fue mi ídolo.

A pesar de todo, ¿tiene esperanza?

Sí, sin duda. Se cambiarán las cosas, porque se deben cambiar. Y mi comunidad volverá a su propia tierra, afirma emocionada.

Publicado originalmente en https://www.publico.es/sociedad/femenino-plural-razia-sultana-activista-quieres-provocar-terror-tienes-mujeres.html

Laura Luelmo: Quiero a los hombres gritando de dolor

Desgraciadamente, a muchas personas no nos hace falta esperar a la autopsia para saber lo que ha pasado, y no estamos locas. Me basta, como a todas, la certeza de que la profesora Laura Luelmo está muerta. Su delito: ¿salir a correr, ser mujer? La han matado. Su cuerpo apareció semidesnudo y oculto entre unas matas. Todos sabemos lo que significa.

En mi vida, significa cosas muy concretas. Significa que debo seguir cogiendo las llaves con fuerza, cuando voy a casa por la noche. Quiere decir que si eres chica mejor no debes correr por la noche. Quiere decir que yo, como todas las mujeres, no soy libre de pasear, disfrutar, salir, correr y vivir.

Porque quiero democracia para todas, para la mitad de la población, quiero ver un #PorTodos (se lo he leído a Soledad Murillo, Secretaria de Igualdad): pedía la implicación de los hombres. Nosotras estamos casi todas: no podemos tolerar más que una chavala no pueda salir a correr a la calle por miedo a no volver.

Estamos desoladas, cabreadas, tristes, hartas: no soportamos una muerte más. El horror: las casi mil mujeres asesinadas en España y contabilizadas, el clamor de la desigualdad, el #MeToo y el feminismo nos están uniendo.

Ahora les toca a ustedes, señores. Quiero ver a todos mis amigos en las calles e indignados #PorTodos los hombres feministas que no toleran que la democracia solo la pueda disfrutar la mitad de la población. Quiero verlos llorar de dolor y desgarrados, con nosotras. Porque si no lo están, están contra nosotras.

Anhelo un país en el que cada vez más #PorTodos entiendan que nos agreden cuando creen que nos piropean, cuando se van de putas, cuando debemos volverles a explicar lo necesaria que es la paridad, la corresponsabilidad o una ley contra la violencia machista.

Señores, amigos, compañeros, griten #PorTodos los que entienden que si no sois feministas, sois machistas y lo peor: que el machismo mata. Por favor, no lo hagan por sus hijas o hermanas, si las tienen. No quiero escuchar eso de “si le pasa a alguien cercano… cojo un bate de béisbol”. No. Piensen en que la democracia no funciona si no es para todas (las personas). A Laura, un hijo de putero la ha matado porque la vio correr y pensó que tenía derecho sobre su cuerpo. A Laura la han asesinado por ser mujer.

#PorTodas, #PorTodos vomiten sobre quienes siguen diciendo que somos unas feminazis, que ya hay igualdad y que estamos locas. Locas de dolor, sí. Quiero pensar que vosotros también.

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