Alba Sotorra: “Para vivir de verdad hay que arriesgarse”

A finales de marzo, ISIS perdía su último baluarte en Siria, lo que supone el fin del autodenominado califato que el grupo terrorista declaró en 2014, aunque aún quedan miles de yihadistas y células durmientes activas en las regiones bajo el control de las Fuerzas Democráticas Sirias, compuestas en su mayor parte por milicias kurdas. En ‘Comandante Arian’, la cineasta Alba Sotorra se sumerge en la vida de una de esas unidades militares integrada solo por mujeres.

Alba Sotorra (Reus, 1980) dirige y produce películas y les pone su piel, si es necesario. No es retórica. Para filmar Comandante Arian, su último documental, entró en Siria en plena guerra sola y de forma ilegal. Hizo lo que no osan hacer más que algunos periodistas a los que se tacha de locos y, cámara en mano, se puso en primera línea de fuego para contar la vida de una unidad militar compuesta exclusivamente por mujeres. Las soldados que ella retrató en Comandante Arian luchan contra el ISIS. Lo hacen para defender sus tierras y sus libertades como mujeres.

Sotorra, que ha estrenado este trabajo en los festivales más importantes del mundo, ya había estado antes en la guerra. En Afganistán rodó Game over, una cinta que ganó un Gaudí como mejor documental. Pero esa es otra historia, ahora hablamos de esta cinta sobre un batallón mujeres guerreras que está construida como un flashback. Su protagonista, la comandante Arian, se recupera de heridas recibidas en combate mientras recuerda cómo es la guerra y en qué consiste su lucha contra el fundamentalismo. Para esta bárbara y real historia en la que hizo de cámara, sonidista, productora y guionista, necesitó viajar tres veces al país durante dos años. Aprendió kurdo y vivió la muerte de una amiga, la brigadista internacional Ann Campbell. A ella le dedica una cinta por la que se ha jugado la vida. ¿Merece la pena?, le preguntamos. “Claro. Lo volvería a hacer”, afirma con voz suave y sin dudarlo.

Pero ¿dónde está el límite?

Soy muy optimista y siempre pienso que a mí no me va a pasar nada. Me da fuerza esa sensación de inmortalidad que tengo. Sé que he asumido riesgos, pero para vivir de verdad hay que arriesgarse. Y no solo para traer una historia como esta y cumplir con tu responsabilidad de documentalista y tus ideales como feminista. En los tres viajes que hice sentí casi siempre que, de alguna forma, tenía el control: sabía cuánto me arriesgaba. Porque cuando estás en el frente y hay un ataque, casi siempre hay una posibilidad de salida. Y en esos casos, ellas siempre me preguntaban si quería seguir. No obstante, viví también varios ataques aéreos y ahí la situación es totalmente distinta, estás a expensas de otros. Es exasperante. En una de esas ocasiones, tiré la toalla y decidí que me iba, aunque luego no lo hice. Pero, en resumen, creo que en la mayoría de las situaciones tuve el control de lo que pasaba. Y eso hace que todo sea más soportable.

Perdón, insisto. Hablas de tu responsabilidad como documentalista, ¿pero una historia merece la vida?

Es que es la historia de un grupo de mujeres que están dando su vida por cambiar las cosas y lo hacen no solo por ellas, sino también por el futuro de generaciones de mujeres. Ante eso yo no puedo quedarme indiferente, no puedo no tomar partido. Obviamente mi forma de hacerlo no es con una kalashnikov, es con mi cámara. Ellas son las que arriesgan. Al final esto es como una lotería y yo no estoy comprando tantos números como para que me toque. Sería muy mala suerte. Fíjate, en mi segundo viaje, que fue también el más duro en el frente, cuando salí de Siria y crucé a Turquía arriesgué mucho más por una tontería. Estaba tan excitada por dejar la zona de conflicto que al primer taxista que cogí le dije que me llevase a beber cerveza. Llevaba dos meses sin tomarme una caña y nos emborrachamos los dos en el coche dando vueltas por no sé dónde. Eso sí que fue insensato. Hay riesgos tontos como ese y otros, como los que asumí por filmar esta película, que tienen una razón detrás.

Dentro del feminismo habrá mujeres que digan que armarse, ir al frente y disparar no el camino. ¿Qué opinas de eso?

Creo que ese es un discurso muy fácil. Sobre todo desde nuestras sociedades, donde tenemos ejércitos y policías que hacen ese trabajo de seguridad. ¡Hasta los militares aquí dicen que son antimilitaristas! Me parece muy interesante que la película se vea en Occidente y se conozca la perspectiva de estas mujeres en el frente. Ellas forman parte de una organización militar que no tiene nada que ver con un ejército convencional, patriarcal y vertical pensado para preservar los intereses de los estados. Las YPJ, Unidades de Defensa de las Mujeres, son una institución militar que se ha formado para defender la integridad física de las mujeres en un contexto de violencia extrema. Se defienden de los abusos de los grupos integristas radicales que estaban acabando con ellas. Ese es el primer derecho de las personas. Pero no solo eso, defienden sus derechos en todos los ámbitos. Y en un territorio en el que no hay ninguna institución que vele por sus intereses, necesitan organizarse. Yo no defiendo la guerra, pero ¿cómo te defiendes en un contexto de guerra y de violencia extrema si no te armas? Es muy fácil decir desde Occidente: “Estoy en contra de la violencia y las guerras”. Pero aquí existe la fuerza del Estado.

¿Sería muy distinto este documental si lo hubiese filmado un hombre?

La mirada de cada persona siempre es distinta. La mía es de mujer y feminista. Y esa última sin duda la puede tener también un hombre, pero ellos jamás habrían podido acceder a la intimidad que yo he filmado. La cámara duerme y se despierta con ellas, las acompaña al baño, les cura las heridas, las peina, las ducha.

¿Entendemos desde Occidente la lucha de las mujeres de Oriente Medio?

Cada vez hay más comprensión. Porque al final el objetivo de todos los feminismos es acabar con toda forma de opresión contra las mujeres por raza, etnia, religión o lo que sea. Es un frente común, pero desgraciadamente existen muchas distancias en las formas y en las prioridades. Al venir de contextos culturales muy distintos y de situaciones vitales diferentes, nuestras prioridades no son las mismas. Yo creo que por eso a veces no nos entendemos bien.

Las YPJ son una unidad militar. ¿Son menos jerárquicas y patriarcales que un ejército?

No puede ser patriarcal porque no hay hombres. En todo caso sería matriarcal. En cuanto a la organización, es una estructura menos vertical que la de un ejército convencional. Obviamente hay cargos de comandancia, lo que tiene que ver con las responsabilidades, no con privilegios. Hay combatientes, las más veteranas casi siempre, que asumen el liderazgo, aunque muchas decisiones se toman de forma asamblearia. Se discute mucho todo lo que se va haciendo pero por operativa y eficiencia en el momento de batalla hay unas líderes que ordenan y mandan.

“La resistencia se encuentra en el espíritu de una mujer libre”, reza uno de los lemas del YPJ.

Es una de sus máximas. Parten de la idea de que para que una mujer sea libre debe mantener una resistencia constante.

¿Cómo llegan ellas a ese principio?

Toda esa región, todos esos pueblos del Kurdistán que han vivido oprimidos han ido durante años encontrando espacios de disidencia en los que se juntaban para protestar y plantearse nuevas formas posibles de convivencia.

Generaban pensamiento. Y cuando las mujeres entraron a formar parte de esos grupos de resistencia, empezaron a leer, a despertar y a ser conscientes de sus derechos. Se dieron cuenta de que también dentro de esos espacios a los que se habían unido para cambiar el mundo con sus compañeros revolucionarios sufrían las mismas desigualdades y presiones machistas que fuera. Entonces empezaron a preguntarse qué sentido tenía intentar cambiar el mundo junto a unos hombres que no las respetaban. Así fue cómo ellas empezaron a organizarse.

¿Son madres? Porque no recuerdo ninguna referencia en el documental a la maternidad. Además, el sexo está prohibido en las YPJ.

No. Las que yo filmé no lo son. Cuando las YPJ se forman en el 2012, las mujeres que entran a formar parte de la unidad pueden decidir en qué grado se comprometen. Hay un tipo de servicio que es como un voto; para siempre. Y si lo tomas, te das en cuerpo y alma y renuncias a tener vida privada. La entregas para trabajar por tu pueblo y por las mujeres. Por eso, ellas (y ellos en otras unidades) no tienen vida privada y no pueden tener ni propiedades, ni familia, ni nada. Tenerlas sería una forma de combatir con intereses contradictorios a la causa. No obstante, se puede ser parte de la organización y no comprometerse así. Puedes ser una soldado con tiempo libre para ir a casa y compaginar esa vida con las tareas del hogar. Lo que pasa es que por un tema cultural resulta muy raro que hagan ambas cosas. A pesar de los cambios radicales que se han producido y de que ya no se casan con 14 años, el rol de la mujer, si se queda en casa, es el de cuidar a su familia. Aunque podrían, creo que no hay casos de mujeres de las YPJ que tengan hijos. La sociedad no está preparada para eso.

Es otra renuncia.

Sí, claro. El sacrificio de estas mujeres, su lucha contra el Estado Islámico, contra su sociedad para intentar cambiarla y contra sí mismas es bestial. Tienen que dejar atrás todo lo que les han enseñado. Tienen, por así decirlo, que reformartearse. Por otro lado, la sensación de muchas de estas chicas, que llegan jovencísimas, con el corazón lleno de esperanza y la ilusión de que ellas son ese motor que va a cambiar la sociedad, es muy potente. Esas jóvenes, antes de incorporarse a filas, sentían que no eran nada ni nadie y cuando llegan a las YPJ todo cambia. Era alucinante ver cómo les ordenaban que se sentaran y se callasen a esos fundamentalistas que antes las secuestraban con 12 años en sus aldeas, las violaban y no les permitían ir al colegio. Las veías fuertes, empoderadas, arrestándoles y diciéndoles, llenas de dignidad: “Esto no lo toleramos más”. En el proceso han perdido amigas, muchas vidas.

¿Cómo llegaste a Siria, cómo fue esa entrada ilegal?

Corriendo… Al menos la primera vez que crucé la frontera desde Turquía. Quería entrar en Kobane, una ciudad siria asediada por el Estado Islámico, y lo hice desde un pueblito turco, con la ayuda de gente kurda. Yo iba con una maleta enorme y de repente vi que discutían sobre mi equipaje. Yo pensaba que era porque la maleta era demasiado grande, que no cabría en el coche, pero no, el problema era el peso. Pregunté si íbamos a caminar y me respondieron que no, que íbamos a correr. No me quedó otra: cogí la cámara y el trípode, metí unas cuantas bragas dentro y dejé la maleta. ¡Iba vestida con falda larga y zapatos! La situación era tan absurda, tenía tan poca idea de a dónde iba que no me dio tiempo a sentir miedo. Fui consciente realmente del horror de la guerra horas después, cuando ya estaba en Kobane, que era un sitio lleno de escombros, totalmente derruido. Ahí fue cuando me entró el pánico.

¿Te tuviste que formar? ¿Cómo te incorporas a primera fila de combate?

No recibí ninguna instrucción especial. Sí me dieron un uniforme. Su ropa era mejor que mis tejanos y camisas, por los bolsillos, los colores, por todo. Te cuento una anécdota que demuestra lo poco que sabía moverme allí. Cuando nos íbamos a dormir, a la intemperie, en los áticos y los tejados, se ponía una alfombra sobre la que todas nos acostábamos. Por encima nos cubríamos con mantas. Ellas dormían vestidas con el uniforme. Pero yo los primeros días me ponía cómoda. La cuarta noche hubo un ataque y tuvimos que salir corriendo. Yo salí con la cámara sin baterías y sin nada. No estaba preparada. No me pasó nada, pero me di cuenta de que estaba en chanclas, con ropa que no era de combate, sin el equipo listo para filmar… A partir de eso empecé a dormir con uniforme, con las baterías en los bolsillos y la cámara preparada. Ellas con su kalasknikov; yo con mi cámara.

De la película asombra todo, pero un aspecto que sobrecoge es el sonido. ¿Cómo lo hiciste?

Era una mujer orquesta: hacía de cámara, de sonido, de productora. Tenía a la comandante microfonada con un direccional muy bueno y una grabadora con la que registraba todo. Y como tenía todo el tiempo del mundo me dediqué a grabar aviones, el sonido del combate, balas, explosiones…

El amor de Francesca, tu próximo proyecto, es un documental sobre una mujer de 63 años de Barcelona que indaga sobre el amor.¿Es esa otra guerra olvidada, la de las mujeres mayores?

Para mí, como mujer, es muy importante entender y explorar lo que han significado aquí las pioneras, las que rompieron con lo que se suponía que era ser mujer. Para nosotras es más fácil, porque nadie nos cuestionó nada. Pero Francesca, como tantas mujeres, se ha enfrentado a todas las convenciones. No siguió el camino que se esperaba de ella por dónde nació y por ser mujer. Ella, que es artista, viene de una familia burguesa acomodada. Se casó, se separó enseguida y después tuvo un hijo con un hombre que no pertenecía a esa clase y ahora está sola, explorando las relaciones desde un lugar que no es el que se le supone. Es muy interesante, es la historia de alguien que se construye y reconstruye según quiere y no según el paradigma que le tocó.

Qué contraste: de la guerra y las carreras, al amor y a la reflexión sobre lo que quiere tu protagonista.

Sí, y a rodar en casa, en Barcelona. Lo necesitaba. Francesca y yo somos compañeras de piso. Necesitaba estar con mis amigas. Tras la guerra, quería mirar a la gente que conozco bien, a una red más próxima. Pero el lunes hago un paréntesis y me voy a Siria otra vez.

¿Otro proyecto en Siria?

Sí, vuelvo a un campo de detención donde hay viudas del Daesh. En ese campo hay más de cien mujeres occidentales, algunas en una especie de limbo legal, algunas con los hijos que han tenido con los combatientes, con los fundamentalistas. Están atrapadas, y no tienen ningún recurso para salir de allí. Hacen llamamientos a sus países de origen, pero no les responden. Al principio no tenía claro si me apetecía hablar con esas mujeres: no sabía si podría sentir simpatía por ellas. Pero luego estuve investigando, oyendo sus historias y han vivido unas situaciones de violencia atroz. Han pasado por situaciones inimaginables. Y a la pregunta de si nos merecemos una segunda oportunidad, si es posible volver a empezar, yo digo que sí. Ese campo está custodiado por las mujeres del YPJ, que creen que la educación puede cambiar el mundo. Quieren montar un taller feminista y yo quiero seguirlo y ver qué ocurre. Voy un par de meses. Cuento con todos los permisos y complicidades; me falta convencer a cinco de esas mujeres para que participen de una forma sincera.

Anuncios

Cada 48 horas muere un activista: la lucha por la paz en Colombia

Martha Ceballos tuvo que salir de su país, amenazada de muerte. Ahora vuelve a su país, Colombia, donde la paz es realidad solo en el papel.

Desde Intermón Oxfam avisan que Martha Ceballos, defensora de los derechos humanos, regresa en unos días a su país, Colombia. Vuelve tras haber estado durante unos meses acogida por un programa de protección de la Generalitat gestionado por la ONG y Cear: estaba amenazada de muerte. La activista, una de las caras de MOVICE, una agrupación que reúne a casi 200 organizaciones de víctimas del conflicto de crímenes de Estado, sabe lo que es la guerra. A su padre lo mataron. Su delito: ser indígena en unas tierras disputadas por los actores armados. A su hermano, la primera vez le dispararon por error; iban a por otra persona” [esos horrores del relato de cuando una guerra se hace cotidiana]; y sobrevivió. La segunda que le “balearon”, le hicieron pasar por un “falso positivo”, otra forma atroz de matar en el país del café a quienes no tenían nada. Les hacían pasar por guerrilleros. “Fueron los paramilitares en convenio con la fuerza pública”, aclara.

Ceballos, que también sabe lo que es el desplazamiento, el primero, con 15 años, afirma que a pesar de todo, no tiene miedo a volver. “Ya no nos pueden quitar nada. Y eso que es tan duro, a nosotros nos hace fuertes y a ellos les atemoriza. No tenemos nada que perder”, explica suavemente. Pero más allá de su ausencia de temor, las cifras de mujeres y hombres defensores de los Derechos Humanos asesinados desde que se firmó la paz, hace apenas dos años y medio, asciende a más de 500. Dicho de otra forma, cada 48 horas matan a un activista.

La defensora colombiana, con hijos allá cuidados este tiempo por su marido, cuenta que desde que pasaron los primeros 30 días de su estancia en Barcelona, ha estado contando los días que quedaban para volver a verlos. Tomará precauciones, como explican ambiguamente quienes están amenazados. No obstante, tiene claro que quiere seguir trabajando por la construcción de la paz y por poner sobre el tapete las causas que nadie ha tratado, los motivos que tampoco aparecían en el famoso tratado de La Habana: la desigualdad atroz que vive su país y el olvido de lo que ellas llaman los “territorios”, el campo, las zonas alejadas de la ciudad y las oficinas de los ministros. “Colombia pide un S.O.S a la comunidad internacional. Pedimos un S.O.S por la vida de los defensores. Necesitamos la paz”, señala.

Ella es de Nariño, una de las áreas más golpeadas durante lo que en el país americano se ha denominado eufemísticamente “conflicto”, una de los departamentos donde la muerte y la miseria campa a sus anchas. Valga como ejemplo algunos datos que recuerda Ceballos de zonas que, como la suya, ostentan un crecimiento constante de los cultivos de coca combinado con la presencia de un sinfín de grupos armados (paramilitares, disidentes de las FARC, guerrilleros del Eln, bandas criminales y narcos mexicanas). Eso, sí, en Nariño hay todavía localidades donde la luz no llega a todas las casas. Tampoco el agua. Ni las carreteras, ni la escuela, ni los hospitales… Mientras, el Estado sigue ausente, hoy, con la paz, con los pactos firmados y desde hace décadas. Y lamentablemente, este brutal dibujo que hace Ceballos se extiende al Pacífico colombiano y a otros departamentos como Putumayo o el Cauca.

Ella en Colombia es una de las líderes regionales de MOVICE, un movimiento nacional de las víctimas de crímenes de Estado. Su tarea es visibilizar las atrocidades que se cometieron contra ellos y buscar justicia. “Lo primero que tenemos que conseguir es romper con la polarización del país y que se entienda que la confrontación no lleva a nada. Lo decimos nosotras, las víctimas, que a pesar de todas las muertes, y de la falta de voluntad política por llegar a la paz, creemos en la fuerza de la comunidad. Yo no puedo cambiar el mundo, pero sí puedo conseguir pequeños cambios y perdonar, aunque no olvidar”, apunta. Y al hablar de memoria, y tras sus meses en España, apela a la ciudadanía española a hacer un esfuerzo por destapar todo lo que se calló aquí de nuestra guerra.

Desde lo que le toca, Ceballos se niega a que se repita la historia que en su país ha fagocitado a unas 90.000 personas que siguen desaparecidas y hecho a víctimas a más de 8 millones de colombianos. “Para que no ocurra de nuevo es necesario decir lo que pasó”, dice al tiempo que cuenta con ilusión sus logros y próximos trabajos. Este verano tienen autorización para intervenir unas fosas donde fueron asesinadas decenas de personas. Estará una vez más con las víctimas. Es parte de su trabajo con MOVICE. Porque la paz, afirma, no es solo el silencio de los fusiles, “es desarrollo, es justicia y reparación, es llevar financiación a los territorios, es devolver tierras, es pensar en los campesinos y campesinas, en los indígenas”, dice la defensora que no considera que la suya sea una vida excepcional. “Trabajar en mi campo me ha permitido ver que mi historia es la de tantos y tantas colombianas. No soy especialmente valiente”, concluye a pocos días de volar a Bogotá. 

Publicado en https://www.publico.es/internacional/martha-ceballos-defensora-colombiana-48-horas-muere-activista-lucha-paz-colombia.html

Alicia Puleo: “El alquiler de úteros es una forma de extractivismo reproductivo”

En un tiempo de auge de los feminismos, en los que se discute todavía si tercera o cuarta ola y los partidos políticos se apropian el término para adjetivarlo de “liberal”, el ecofeminismo se define como a la vanguardia de todos ellos y como “una propuesta de resiliencia solidaria”. Lo explica a PÚBLICO la filósofa Alicia Puleo, una de las máximas referentes en esta corriente.

Acaba de publicar Claves ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales (edición Plaza y Valdés) y con voz pausada y clara cuenta que aspira a un mundo verde y morado, más justo, sostenible e igualitario para animales humanos y no humanos.

Como investigadora en el tema (es doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y forma parte del Instituto de Investigaciones Feministas de la misma universidad), no tiene dudas: “El ecofeminismo es el que corresponde al siglo XXI, al que llegamos con una crisis ecológica que nos lleva al colapso. Porque aunque no me gusta ser catastrofista, los científicos aseguran que las cosas cambiarán hacía el 2030 0 2050. Y no para bien. Entonces, nuestra propuesta es un feminismo siempre atento a la realidad y a los movimientos emancipatorios, pero también ecologista”, afirma.“Al ecologismo le falta conciencia feminista y al feminismo le falta conciencia ecologista”

El reto, recuerda Puleo en este libro, es no caer en lo que apuntaba Celia Amorós como “alianzas ruinosas”, es decir, en que las mujeres renunciemos o posterguemos nuestras luchas a favor de otras, como ha ocurrido tantas veces en la historia.

Según la académica, al movimiento que defiende le espera una larga batalla. Entre otras cosas, debe hallar el punto de encuentro entre feminismo y ecologismo, dos movimientos que según ella han caminado y siguen haciéndolo bastante por su cuenta. “Al ecologismo le falta conciencia feminista y al feminismo le falta conciencia ecologista”, subraya.

En ese sentido, Alicia Puleo demanda una cultura que mire de otra forma a la Naturaleza, que entienda que es algo finito, que preserve la Tierra, que sea consciente de que somos dependientes de una red de relaciones entre los diversos seres vivos y comprenda que somos ecodependientes. Eso, por la parte verde. Por la feminista, hace falta repensar cómo queremos que sea esa sociedad del futuro próximo, cómo se deben repartir las tareas del cuidado y no caer en el elogio de esos mismos cuidados, que acaban minando las libertades de las mujeres.

Claves ecofomenistas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales.

“Cuidado con los cuidados”, alerta repitiendo a otras tantas feministas, referencias constantes en su publicación. Para ella, la ecuación correcta es que todos y todas cuidemos, que no se considere una actividad que solo afecta a la mitad de la población. “Tenemos una tarea de enseñar los cuidados, pero no solo los tradicionales de la familia. Hay que extenderlos al mundo, hacia los animales, los ecosistemas. Porque esta sociedad de papeles tan bipolarizados para hombres y mujeres que ha desarrollado el patriarcado no ha favorecido la preservación de la Tierra como hogar, ¡al contrario! Se habla de conquista, de dominación. Pensar en términos de ayuda es el gran reto que tenemos”, comenta.

No a la mujeres vasija

Un capítulo importante de la publicación es para las libertades con respecto al cuerpo de las mujeres. Puleo es contundente: “Si no detenemos la normalización del alquiler de úteros, estaremos ante una nueva colonización del cuerpo de las mujeres pobres”. La autora, que denuncia el mal uso de expresiones como “maternidad subrogada” o “gestación sustitutoria”, sostiene que el alquiler de úteros es una forma de extractivismo reproductivo. “La llamada maternidad subrogada es una forma de extractivismo devastador, un elemento más de esa constante transferencia de bienes, de ese flujo de mercancías que profundiza y perpetúa la desigualdad entre el Norte y el Sur globales”, escribe en su libro.

Y de ahí, desde esa comercialización y apropiación del cuerpo de las mujeres por parte de la sociedad, bajo la máxima de la libertad, la filósofa distingue entre el patriarcado de coerción y el de consentimiento. El primero se daría en las sociedades que estipulan los roles y ámbitos de hombres y mujeres y castigan a las mujeres que desobecen lo que dictan las normas en cuanto a género, ya sea en cuestión de derecho a un voto, a una educación o a ejercer profesiones liberales.“La industria del sexo es una realidad del patriarcado y de la economía global que expulsa a las mujeres hacia zonas de comercialización 
de sus cuerpos”

El segundo, propio de las sociedades de capitalismo avanzado, mucho más sutil, no amenaza con la represión violenta y directa a las mujeres, pero agrede y afecta a su autonomía y libre elección. “Su mecanismo es el del consumo, el de la invitación al deseo, como puede verse en la publicidad… Nadie nos encarcela si no nos vestimos a la moda, si no tenemos la silueta adecuada… pero existen poderosas incitaciones para que busquemos lo que a menudo nos incomoda o restringue nuestra libertad”, señala en el libro.

Otro de los mandatos a evitar sería el de la intensificación del deseo y de la práctica sexual que lleva a lo que ella denomina una “pornosociedad”. Sería la antítesis del patriarcado de la coerción, donde los deseos sexuales de las mujeres se oprimían. En este esquema manda la hipersexualización, pero no una sexualidad deseable y libre sino, de nuevo, sujeta a unos mandatos impuestos. En esas páginas, y para hablar de libertades, la autora entra también en el debate de la prostitución para recoger las palabras de Rosa Cobo: “La industria del sexo es una realidad del patriarcado y de la economía global que expulsa a las mujeres hacia zonas de comercialización de sus cuerpos”. Es otra forma de perpetuar una “escuela de desigualdad humana”, dice citando a la también feminista Ana de Miguel.

En este volumen, la autora también habla de las relaciones de cuidado y afecto con los animales y sostiene la importancia de la defensa de ello como una forma de transformar los “enraizados estereotipos viriles” de la dominación y la violencia. 
Puleo cierra el libro con un epílogo en el que afirma que el presente es ya un anticipo del mundo posthumano. Señala así mismo que la crisis ecológica es una crisis de la democraciaque afecta especialmente a las personas que no cuentan con los elementos necesarios para decidir sobre sus destinos. En cuanto al sexismo, advierte también que en épocas de austeridad y miedo, las mujeres pueden convertirse en un instrumento de compensación con empleos precarios, pobreza e inequidad; especialmente las más pobres, las que históricamente siempre han perdido más y siguen perdiendo. 

No obstante, ante estas muchas llamadas de atención, Alicia Puleo habla de felicidad, que podría ser una de las palabras que más se repite en su libro, que arranca con el Jardín-huerto de Epicuro, libre, lleno de vida y justo. “Sí, hablo mucho de felicidad porque ante lo que se viene, la gente se asusta y no quiere escuchar cosas preocupantes. Hace falta hablar con alegría para no salir corriendo. No está todo perdido: hay esperanza todavía”, concluye. 

Pamela Yates: “El feminicidio guatemalteco es una herencia de la violencia de la guerra”

La premiada cineasta norteamericana, que no cree en la neutralidad cuando filma, busca dar voz a quienes decimos que no la tienen.

Pamela Yates (Estados Unidos) es cineasta y activista por los derechos humanos. Sus películas sobre crímenes de guerra, masacres y barbaries tienen un claro objetivo: denunciar la situación de los más vulnerables. El nombre de la documentalista, miembro de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de EE.UU, está -en gran parte- unido a la historia de Guatemala. De ahí y de 35 años de viajes al país centroamericano salen tres de sus películas y una historia: la de una guerra civil y un genocidio de más de 200.000 víctimas, según la ONU. Allí filmó Cuando las montañas tiemblan (1983), Granito: cómo atrapar a un dictador(2011), utilizado como evidencia forense en el juicio por genocidio contra el dictador Efraín Ríos Mont; y 500 años (2016).

Yates, que cuenta entre otros reconocimientos con el premio especial del jurado de Sundance por Cuando las montañas tiemblan, es además cofundadora de Skylight Pictures, una productora sin ánimo de lucro que busca hacer un cine intencional. Está en España para hablar de cómo hacer documentales e involucrar a los movimientos sociales. Invitada por la Asociación de Mujeres de Guatemala, dará mañana, día 14, una charla sobre cómo hacer cine y activismo. La cita será en la Casa Encendida.

Reivindica la voz de los mayas, que hablan de “la larga noche de los pueblos”, que serían los 500 años de resistencia ante los opresores. ¿No es una espera eterna?

Sí, pero también la resistencia es eterna. Y esos 500 años, que es el título del tercer documental sobre Guatemala, hacen referencia a esa parte del juicio en la que Juan Francisco Soto habla –ante toda la judicatura, por primera vez en la historia de las Américas– del genocidio de los pueblos indígenas. Imagínate, ¡un país tan pequeño como Guatemala, denunciando esa historia ante el mundo! Aquello fue un antes y un después en la resistencia.

Pero así y todo, si nos vamos a 2019, esos pueblos siguen muy oprimidos.

Sí, claro. Pero también es cierto que parte de su cultura se basa en esa fuerza para poder resistir. Y eso es lo que ocurrió en el juicio a Ríos Montt: se cambió la narrativa de quienes contaron lo qué pasó en Guatemala. Antes allí nadie hablaba de genocidio, ni de las masacres. Nadie.

Pero insisto, resistencia, sí, pero si uno mira la historia reciente del país, el panorama es muy duro. Impera la impunidad, han entrado grandes multinacionales hidroeléctricas y macroproyectos en los territorios que fueron arrasados por el ejército, y la “primavera” que vivió Guatemala en 2015 parece un tanto apagada… ¿No es desalentador?

Sí. Sin duda. Pero también hay que mirar los triunfos. El hecho de que se instalase una agencia mundial para luchar contra la impunidad, el de haber ganado el juicio contra el dictador y la presencia de las ONGs con proyectos de cooperación internacional son éxitos claros. Lo que ocurre es que cuando uno lucha contra el sistema, el sistema se pone en tu contra. Es como una ola y ahora estamos viviendo la reacción a esos logros que obtuvimos. Así es la historia. Pero cuando se entiende esa dinámica, se saca fuerza para seguir luchando y frenar lo que está pasando. Guatemala vive un momento muy malo, una auténtica crisis constitucional.

Hablas de cambiar la narrativa pero, ¿cómo sería la historia si la contasen los propios indígenas?

Tanto en Granito como en 500 años tratamos de contar la historia desde la perspectiva maya. De los cinco protagonistas, cuatro son mayas. Solo uno es descendiente de españoles.

Pero sigue siendo una historia contada por blancos.

Sí, claro. Toda la razón. Eso queda para la próxima generación, para gente como la activista de 500 años. Cuando yo llegué a Guatemala, en 1982, lo hice para investigar el papel que estaba jugando Estados Unidos allí. Lo que pasa es que una vez sobre el terreno, me di cuenta de que las personas que tenían la visión para cambiar Guatemala eran los mayas. Entonces decidí trabajar con Rigoberta Menchú. La contacté y la traje a Nueva York, donde vio todas las escenas que habíamos filmado, una historia que, por cierto, no tenía un hilo conductor y que solo encontramos cuando ella decidió contar su propia historia. La filmamos hablando directamente a cámara, algo que no se hacía entonces. Esa fue nuestra forma de contarlo con una perspectiva maya.

Pero es cierto, seguimos siendo blancos contando su historia. Por medio de Skylight Pictures estamos trabajando en Guatemala para que cineastas y documentalistas locales cuenten la historia de su país.

¿Y qué quieren contar esos nuevos cineastas guatemaltecos?

La memoria histórica. Qué pasó y por qué pasó allí.

Por cierto, ¿qué es un país sin memoria?

Es un país condenado a repetir la historia. Pero lo bueno es que Guatemala tiene memoria y el hecho de querer adquirirla o reapropiarse de ella es el camino.

Y Occidente, ¿tienen Europa y América del Norte memoria sobre la responsabilidad de sus hechos allí?

Lo que está pasando hoy con la enorme migración centroamericana hacia Estados Unidos habla de un país que no tiene memoria. Porque para entender esos movimientos migratorios hoy habría que mirar de dónde viene esa realidad, de unos problemas provocados por nosotros durante la Guerra Fría. No, Estados Unidos no tiene memoria: no hemos revisado tampoco el genocidio que cometimos con los indígenas de nuestro país.

Hablas de activismo. ¿Dónde queda entonces la neutralidad?

La neutralidad no existe (se ríe). No niego que estoy contando una historia desde una perspectiva, pero siempre la menos conocida, y la más escondida por los poderosos.Yo trato de que en mi forma de narrar haya siempre unos protagonistas, las víctimas, pero también incluyo a los antagonistas. Y hay hechos… mediante los cuales construimos una historia universal sobre el bien y el mal. No somos periodistas. Tenemos esa libertad artística y técnica para poder expresar la historia con esa intencionalidad y mirada desde los derechos humanos.

¿Cómo se financia el cine que hacéis desde Skylight? ¿Quién paga 35 años de investigación para una historia?

Nos financiamos a través de fundaciones e individuos particulares que creen en lo que hacemos. Aparte, contamos con unos mercados donde podemos cobrar, hablo de ciertas televisiones y circuitos educativos en los que hay dinero. Pero además de eso, buscamos también modelos alternativos de distribución En muchos espacios, ofrecemos nuestros documentales gratis. En Guatemala, por ejemplo, le dimos la película a la principal plataforma pirata. No pretendemos vender la historia de Guatemala a los guatemaltecos.

Parte de nuestra práctica, como activistas de derechos humanos, es pensar cómo hacemos nuestras películas y cómo las distribuimos. Queremos desarrollar un cine colaborativo en vez de uno extractivo. No podemos llegar a un país, grabar su historia, llevarla a festivales y contar que somos excelentes cineastas. Hay que colaborar con la gente local y entender que el proceso debe ser de ellos.

Es importante estar y permanecer conectada a las personas y lugares donde se trabajan los documentales. No para hacer otro documental, sino porque hay que seguir trabajando con las personas que han colaborado. Si uno quiere hacer cambio social, debe de comprometerse de por vida.

Vienes a España invitada por la Asociación de Mujeres de Guatemala, que denuncia el salvaje feminicidio que vive su país. ¿Por qué un país normaliza la violencia hacia sus mujeres?

Esa violencia contra las mujeres se explica por la guerra que vivieron. El feminicidio es una terrible herencia de aquel entonces. Cuando un país permite la impunidad, la impunidad lo transforma. Además a eso hoy hay que sumar la variable del narco. La violencia ataca a los más vulnerables, y débiles: en este caso a las mujeres.

¿Habrá que esperar otros 500 años para hablar de una nueva Guatemala?

No. Yo tengo mucha fe y esperanza en las nuevas generaciones. Ellos van a liderar una apertura democrática en el país.

Publicado en Público, https://www.publico.es/culturas/pamela-yates-feminicidio-guatemalteco-herencia-violencia-guerra.html

El señor del chalé en el Escorial y los “otros”, los migrantes

Con toda la buena intención (presumo), el actual ministro de Exteriores, Josep Borrell, clausuraba esta semana un encuentro sobre migraciones y ciudades para subrayar la necesidad de ver las migraciones como uno de los grandes temas a abordar del presente y el futuro. Señalaba el socialista que nos encontramos ante un tema que puede romper más la Unión Europea que la crisis del euro. Avisaba del peligro de la posible división que se puede crear: los habitantes del viejo continente ven en esos flujos de personas que migran una amenaza hacia lo que han configurado como “su identidad”, apuntaba el político. Todo bien.

Excelente el ejemplo que trajo de Ecuador y de cómo el país andino está siendo capaz de escolarizar, de un curso a otro, hasta a 40.000 niños, hijos del éxodo venezolano. “El otro”, en Ecuador, ha sido parte del país; no hay más.

El problema es cuando desde posiciones como la del titular de Exteriores se mezcla la economía con el Derecho y la crisis natalicia de un puñado de países. No, señor Borrell, no podemos pensar en las migraciones como una solución al problema demográfico de este envejecido rincón del planeta. No podemos confundir a la sociedad –aturdida por tanto ruido e información malintencionada- y contarles que sí peligra parte de nuestro empleo. No vale parapetarse en que admitimos a los que sí producen o a los que sí se reproducen. Cuidado, hablar así es acabar poniendo el adjetivo “liberal” a los derechos humanos. Y ya habrá visto la que le ha caído a sus colegas de Ciudadanos por querer aplicar el término al feminismo.

Asusta escucharle diciendo que a usted, que tiene un chalé en El Escorial y una plaza como catedrático en la universidad, como recordó ante el auditorio, esas personas que migran no le van a quitar el trabajo. Atemoriza lo que no dice. O sea, ¿que para el común de los mortales que no hemos sido ministros, ni presidentes de una institución europea, ni altos representantes de multinacionales, esa gente que huye del hambre o viene con el legítimo derecho de otra vida, amenaza nuestro confort? Señor Borrell, nómada cosmopolita, como usted se autodefinió en el foro, le está dando la razón a esa extrema derecha.

¿De verdad que piensa que –como señaló- solo unos pocos van a entender que los aportes de quienes vienen de fuera (a recoger fresas y cuidar a nuestros niños y viejos, acoto yo) son el sostén de nuestras pensiones?

No nos líe; es peligroso. “Somos sociedades que envejecen. Y mientras que no seamos capaces de despertar la voluntad de procrear en nuestros hijos y nietos, no tenemos una solución fácil para el bache demográfico. Solamente podremos cubrir ese bache importando población”, dijo. ¿De verdad que de lo que hay que hablar es de “importar” personas? ¡Ah, sí! Pero que no sean catedráticos, no le vayan a quitar el puesto.

“Hay que buscar un equilibrio entre nuestras necesidades y nuestra capacidad de integración”, comentó. Socorro: ¿entonces solo miramos nuestros intereses? Preocupada por ese posible enfrentamiento entre las dos partes del Mediterráneo, demando nuevas alternativas a las políticas de migración. Porque seguir construyendo muros, físicos o mentales, entre ellos y nosotros, no funciona; lo estamos viendo.  “Hay que buscar un equilibrio entre lo que necesitamos y lo que la sociedad entiende que es positivo”, señaló. Cuidado, los migrantes no son vasijas. Importan, pero no porque puedan contribuir al PIB. Menos mal que a pesar de este escalofriante mensaje que daba esta semana, también señalaba que no podíamos agarrarnos exclusivamente a la lógica aritmética y que las sociedades deben ser capaces de integrar a esas personas que vienen de fuera. Solo un matiz: propongo empezar a desterrar ese verbo, dejar de decir “integrar” y sí cumplir con el derecho internacional humanitario, si hablamos de refugiados; de responsabilidad, progreso, diversidad y sociedades de bienestar donde cabemos todos, si hablamos de migrantes.

Publicado en https://blogs.publico.es/conmde/2019/03/23/el-senor-del-chale-en-el-escorial-y-los-otros-los-migrantes/

Razia Sultana, activista: “Si quieres provocar terror, tienes que ir a por las mujeres”

La defensora de los Derechos Humanos denuncia la pasividad de la comunidad internacional ante el genocidio de su comunidad, los rohingyá, “un pueblo sin tierras ni amigos”, según describe la ONU.

25.000 personas asesinadas y unos 725.000 personas desplazadas son parte del horror de la historia reciente de los rohingyá; y al adjetivar reciente nos referimos a la última década, al periodo que va del 2012 a la actualidad. Hablamos de uno de los pueblos más perseguidos del mundo, una minoría “sin amigos y sin tierra”, según describe la ONU.

Para Razia Sultana, la indeferencia ante los miles de asesinados del pueblo rohingyá no importa, si se pone enfrente de un millón de dólares.

Los rohingyá, desplazados forzosamente a su vecino Bangladesh, a quienes su país, Myammar (antigua Birmania) les niega la ciudadanía, son casi un millón de personas que conforman una minería étnica, lingüística y religiosa que sufre lo que muchos denominan una “limpieza étnica”. Razia Sultana, abogada y activistabirmana habla sin miedo de genocidio, de incitación al odio (desde las escuelas y redes sociales) y de cómo el Ejército de su país ha utilizado el cuerpo de las mujeres para generar terror: la violación como arma de guerra. La activista pasó por España invitada por la Asociación de Mujeres de Guatemala.

¿Cómo se puede explicar la impunidad y las terribles cifras de asesinatos, desplazamiento y violaciones que denuncian y reconocen entidades como Naciones Unidas?

Es un asunto de geopolítica. Nuestra gente no importa nada, si la pones delante del dinero. Dicen: “Es una población pequeña. No importa”. Sí, la comunidad internacional conoce la tragedia del pueblo rohingyá pero no tienen ninguna intención de resolverlo.

¿Pequeña, una comunidad con 25.000 personas asesinadas?

Si pero eso no es nada, si lo pones enfrente de un millón de dólares. Todo es un negocio. Hasta la ayuda, que pareciese además que es lo único que puede hacer la comunidad internacional. 

Necesitamos Justicia para cambiar el sistema: las leyes internacionales no funcionan. El genocidio está probado, pero no hay cambios…

Tanto usted como otras organizaciones hablan de un discurso del odio lanzado desde el gobierno.

La abogada y activista birmana Razia Sultana, en Madrid. TEO BARBA/La Casa Encendida

Sí. Eso es una realidad desde el año 2012. Se hace desde las redes sociales, pensando en la población general, y desde las guarderías, para que desde muy pequeños los niños y niñas odien. Les dicen que somos agresivos, que no tenemos derecho a vivir y que otras religiones más allá del budismo no se permiten en Myammar. Les cuentan que Birmania es solo para los budistas.

Otro de los horrores que denuncia es la violación de las mujeres como arma de guerra por parte del ejército birmano.

Sí, la violación contra nosotras como principal arma a utilizar. Porque si tú quieres provocar terror, tienes que ir a las mujeres. Y eso lo están haciendo. Especialmente desde 2012, años en los que hemos vivido a gran escala abusos, violaciones y mutilaciones.

Solo hay que hablar con los refugiados que vienen huyendo del Ejército. He entrevistado más de 300 mujeres y cada una de ellas confirma la utilización de sus cuerpos como arma de guerra. 

¿Cómo es la situación en los campos de refugiados de Bangladesh, donde sus compatriotas llevan años?

Terrible. Solo pueden hacer una cosa: esperar. No hay nada que hacer. Esperar ayuda, esperar comida, esperar asistencia. No hay colegios. No hay trabajo. Simplemente… vegetar.

Bangladesh, siendo un país absolutamente pobre, está siendo muy generoso: nos está acogiendo y dando refugio. Pero, ¿hasta cuándo? No tienen medios y las consecuencias de mantenernos son muy difíciles. 

Simplemente la falta de escolarización de los niños refugiados supone que tendremos una generación de iletrados, de gente que no saber hacer nada. No les estamos dando un futuro y eso es desesperante. Para ellos, y potencialmente para Bangladesh y para todo Asia. Estamos criando una generación de desesperados.

La abogada y activista birmana Razia Sultana, en Madrid. TEO BARBA/La Casa Encendida

Representa a varias organizaciones de mujeres. ¿Se están organizando?

Sí, tengo una pequeña organización y soy miembro de varias entidades. En 2017 creé una entidad que he llamado Rohingya Women Welfare (ROWW). Desde ella estoy trabajando en temas vitales como salud primaria, higiene, violencia de género… Bangladesh funciona porque está gobernado por una mujer, Sheikh Hasina Wazed, primera ministra.

Sí, pero Myammar, su país también está regido por otra, Sheikh Hasina Wazed, cuyo nombre no se puede separar del genocidio de su pueblo.

Yo no creo que ella sea una mujer. Ella es un bróker. Sí, qué triste, un premio Nobel de la Paz que en su día fue mi ídolo.

A pesar de todo, ¿tiene esperanza?

Sí, sin duda. Se cambiarán las cosas, porque se deben cambiar. Y mi comunidad volverá a su propia tierra, afirma emocionada.

Publicado originalmente en https://www.publico.es/sociedad/femenino-plural-razia-sultana-activista-quieres-provocar-terror-tienes-mujeres.html

Laura Luelmo: Quiero a los hombres gritando de dolor

Desgraciadamente, a muchas personas no nos hace falta esperar a la autopsia para saber lo que ha pasado, y no estamos locas. Me basta, como a todas, la certeza de que la profesora Laura Luelmo está muerta. Su delito: ¿salir a correr, ser mujer? La han matado. Su cuerpo apareció semidesnudo y oculto entre unas matas. Todos sabemos lo que significa.

En mi vida, significa cosas muy concretas. Significa que debo seguir cogiendo las llaves con fuerza, cuando voy a casa por la noche. Quiere decir que si eres chica mejor no debes correr por la noche. Quiere decir que yo, como todas las mujeres, no soy libre de pasear, disfrutar, salir, correr y vivir.

Porque quiero democracia para todas, para la mitad de la población, quiero ver un #PorTodos (se lo he leído a Soledad Murillo, Secretaria de Igualdad): pedía la implicación de los hombres. Nosotras estamos casi todas: no podemos tolerar más que una chavala no pueda salir a correr a la calle por miedo a no volver.

Estamos desoladas, cabreadas, tristes, hartas: no soportamos una muerte más. El horror: las casi mil mujeres asesinadas en España y contabilizadas, el clamor de la desigualdad, el #MeToo y el feminismo nos están uniendo.

Ahora les toca a ustedes, señores. Quiero ver a todos mis amigos en las calles e indignados #PorTodos los hombres feministas que no toleran que la democracia solo la pueda disfrutar la mitad de la población. Quiero verlos llorar de dolor y desgarrados, con nosotras. Porque si no lo están, están contra nosotras.

Anhelo un país en el que cada vez más #PorTodos entiendan que nos agreden cuando creen que nos piropean, cuando se van de putas, cuando debemos volverles a explicar lo necesaria que es la paridad, la corresponsabilidad o una ley contra la violencia machista.

Señores, amigos, compañeros, griten #PorTodos los que entienden que si no sois feministas, sois machistas y lo peor: que el machismo mata. Por favor, no lo hagan por sus hijas o hermanas, si las tienen. No quiero escuchar eso de “si le pasa a alguien cercano… cojo un bate de béisbol”. No. Piensen en que la democracia no funciona si no es para todas (las personas). A Laura, un hijo de putero la ha matado porque la vio correr y pensó que tenía derecho sobre su cuerpo. A Laura la han asesinado por ser mujer.

#PorTodas, #PorTodos vomiten sobre quienes siguen diciendo que somos unas feminazis, que ya hay igualdad y que estamos locas. Locas de dolor, sí. Quiero pensar que vosotros también.

Publicado en 20 minutos, Más de la mitad

Helena, una heroína del siglo XXI

Había una vez una mujer pegada a unos prismáticos y a un teléfono que siempre estaba mirando al mar. Se llama Helena, con H, como las míticas griegas cuyo nombre quiere decir: la «luz que brilla en la oscuridad». A ella, a quien también le va el nombre, le gusta, como a todos, mirar el mar: el horizonte, los colores del océano, las olas…

Pero en el caso de Helena, mirar el mar es algo necesario para salvar vidas. Helena se dedica a vigilar y avisar a las autoridades cuando ve una barcaza con migrantes que intentan cruzar los quince kilómetros del Estrecho de Gibraltar que separan África de Europa. El trayecto es peligroso y muchas veces las barcas no están preparadas para navegar, así que las personas que van a bordo corren peligro de ahogarse.

Así, cuando Helena avista alguna patera a la deriva con mujeres, hombres y niños que huyen del hambre, nuestra heroína rápidamente llama a las patrullas de salvamento marítimo para que los rescaten y los lleven a tierra, a salvo:

—Atención, ¡todas las unidades al rescate! he visto una embarcación repleta de personas a la deriva. Estas son sus coordenadas. ¡Corto y cambio!

Ilustración: Isabel Ramos

No obstante, un día, igual que el mar del que disfrutamos en verano de repente se pone bravo y se levantan olas y mareas gigantescas, la historia de esta defensora de los derechos humanos dio un giro difícil de explicar. La acusaron de asociación con malhechores y de favorecer la inmigración irregular. Es decir, que salvar vidas podía ser un delito y Helena podía acabar en la cárcel: ¡el mundo al revés!

Cuando los amigos de Helena, que eran los miles de personas que había rescatado del mar y sus familias, se enteraron de que estaba en problemas, se pusieron todos de acuerdo para defenderla. Gracias a Internet, en menos de dos días, más de 28.000 personas firmaron para que no la juzgasen.

Abdulay, un niño refugiado de once años al que ella ayudó, la llamó en medio de todo el lío:

—¿Cómo estás, tita? Quiero que sepas que todos somos Helena —le dijo.

—No tengo miedo. Tu mensaje hace que todo tenga más sentido para mí y me da fuerzas para continuar con mi trabajo: salvar vidas —sabemos que respondió ella.

El cuento de Helena no ha acabado aquí, y mientras la Justicia decide qué pasa con ella, más personas siguen firmando la petición de libertad para Helena.Si defender el derecho a la vida me lleva a la cárcel, allí estaré.

Y así es como la periodista Helena Maleno, con mucha valentía y amor a los demás, se ha convertido en la mayor defensora de los derechos humanos de los que intentan llegar a España por mar para buscar un futuro mejor. Es seguramente, la persona que más vidas ha salvado en el Estrecho de Gibraltar.

Helena maleno

Nacida en El Ejido, Almería, 1 de agosto de 1970, Helena Maleno es periodista, investigadora, documentalista y escritora pero, sobre todo, defensora de los Derechos Humanos. Afincada en Marruecos, es fundadora del colectivo Caminando Fronteras. El país en el que reside la acusa de un supuesto delito de tráfico de personas por las llamadas a Salvamento Marítimo con las que trata de alertar de vidas en peligro en el mar.

Esta es una de las historias del proyecto No me cuentes cuentos, un proyecto colectivo liderado por Kloshletter y Prodigioso Volcán que busca contar de otra forma la historia inspiradora de cien mujeres españolas con vidas apasionantes que, en muchos casos, han pasado desapercibidas. 

Isabel de Ocampo: “Los puteros no buscan sexo, buscan un espacio donde no existe la igualdad”

‘Serás hombre’, una película que cuestiona la masculinidad de los hombres, parte de la historia real de un proxeneta y un hijo de una prostituta.

SERÁS HOMBRE (YOU WILL BE A MAN), Documental de Isabel de Ocampo
Fotograma del documental de Isabel de Ocampo ‘Serás hombre’.

Con el debate en la calle sobre la abolición de la prostitución se estrena Serás hombre, de la directora y documentalista Isabel de Ocampo, un film que pregunta a los hombres qué es ser hombre hoy y cómo se construye la masculinidad. Para narrarlo, la cineasta parte de dos personajes reales: Rafa, un ex proxeneta arrepentido que cuenta cómo en su negocio las mujeres son simplemente billetes; y Abel, el hijo de una prostituta. Junto a ellos aparecen los testimonios de un electo de hombres feministas que hablan de las cartas que el sistema les ha dado a ellos en temas como el sexo, la economía o la educación.

La entrevistada, que a voz en grito tiene a los “vecinos” de la cafetería alarmados de tanto hablar de puteros, hijo de puteros (que no de putas), erecciones, sexo y pornografía, se olvida de la periodista y en diversas ocasiones se dirige directamente a los hombres, para que se enteren, pareciese. 

¿Qué es ser hombre hoy?

Uy, esa es una pregunta para la que yo no tengo respuesta. ¡Que se lo pregunten ellos! Yo soy mujer y con eso tengo bastante. Lo que sí puedo decir es que el concepto de hombre, tal y como lo entendemos hoy, está viviendo un momento apasionante, un gran reto al mismo tiempo.

Es la primera vez en la historia que “ser hombre” se empieza a entender de forma singular: estamos nosotras, las mujeres. Ellos pueden poner la excusa de que no saben, pero no vale: el feminismo lleva tres siglos cuestionando el estatus quo. O sea: ¡lLeváis tres siglos desubicados! Los hombres deben sentarse, mirarse ante el espejo y contestarse a la pregunta.

Yo creo que ser hombre hoy es aceptar con humildad que no eres el centro del mundo y que no eres superior a nadie. Y ligado a la forma tradicional de entender ser hombre está el patriarcado, la forma de pensar que nos ha modelado y que ha considerado que ellos eran superiores al resto. Todo eso se está derrumbando: hay que empezar a bajarles del pedestal donde les encumbraron las religiones monoteístas, el patriarcado y el machismo. Por eso digo que vivimos un momento apasionante de cambio, algo que no les va a hacer gracia a quienes están instalados en esa forma de pensar y en esos privilegios. Pero la evolución es así. 

Habrá gente que dirá que faltan mujeres en tu documental. ¿Por qué no están ellas, las siempre olvidadas y silenciadas?

Por dos motivos. La primera es que quería conectar con los hombres, sobre todo con los machistas. Si para un machista la voz de autoridad es un hombre, pensé: “No te preocupes, los tendrás”.Y dos, creo que es hora de que sean ellos los que hablen.

No obstante, en mis agradecimientos están todas las feministas que han escrito cantidad de libros en los que me he inspirado. 

Pero a eso se te podría rebatir con que ellos llevan hablando toda la vida.

Sí, pero de mujeres. No hablan de sí mismos desde una visión de genero. Hablan de hombres porque tienen mucho narcisismo y porque la educación les ha permitido que sean el centro del universo. Pero lo que deben hacer es pensarse desde la autocrítica.

En la película tocas uno de los temas que más ruido está haciendo hoy entre las feministas: el abolicionismo.

Mira, ese es un asunto donde creo que hay que empezar a plantear nuevas preguntas. Dejemos a las mujeres en paz, por favor y pensemos: ¿por qué los hombres necesitan pagar para mantener una relación sexual? ¿Qué está pasando por sus cabezas? ¿Por qué pagas por algo que el resto de las mujeres te ofrecemos gratis? Esas son las cuestiones que la sociedad debe hacer a los puteros.

¿Y tú qué respondes a eso?

Yo digo que el sexo es una excusa. Yo sostengo, como dice Beatriz Gimeno, que lo que buscan ellos es un espacio donde no haya igualdad, un lugar en que las mujeres no están a su mismo nivel. Una relación sexual con una mujer [no prostituida] implica consenso, ponerse de tú a tú.

Denuncias a los gobiernos y Estados como parte implicada en el negocio.

Totalmente. Y además, el proxeneta lo cuenta muy bien cuando dice: “El Estado es socio mío”. Es la sociedad la que debe empezar a poner luz sobre esos cimientos que están ocultos: qué gana el Estado con el negocio de la prostitución. Mira, yo fui a un colegio de monjas toda la vida. Me he pasado toda mi vida rezando por la paz y me siento estafada porque la guerra interesa: es rentable. Pasa lo mismo con la prostitución: es un gran negocio, pero no solo para el Estado, sino para todas las instituciones legales que hay alrededor, por no hablar de las actividades ilícitas. En el momento que un burdel aparece en un pueblo, gana la peluquera, a donde van ellas; el taxista; el vendedor de joyas; el de productos informáticos… En esto pasa como con la armas: o lo paramos en seco o el lobby de la prostitución lo inundará todo y no habrá marcha atrás. Y ojo, que yo, desde mi postura abolicionista no tengo nada en contra de las mujeres que ejercen la prostitución.

También abordas la identidad de genero de las trans.

Claro, y cuentan algo tan básico como que la identidad de género y el sexo están en la cabeza.

Existe una idea falsa sobre la sexualidad masculina que dice que necesita ser satisfecha porque sino, los pobres hombres, enferman. Y no, se ha demostrado científicamente que un hombre en erección es capaz de resolver un problema matemático complejo o arreglar el motor de un coche. Es mentira que dejen de pensar y que lo hagan con la polla. Seguir contando esa historia resulta muy rentable: la industria del sexo es ingente en sus beneficios y necesita transmitir la idea de que los hombres necesitan sexo, porno, prostitución. Es mentira, ¡os están tomando el pelo, hombres!

Pero volviendo a los trans, lo que me interesaba de ellos es que yo creo que son personas muy privilegiadas porque han estado en los dos lugares del genero. Son capaces de haberse sentido mujer y haberse sentido hombres. Me parece que son como chamanes, gente que nos podría dar información muy valiosa para mejorar como personas. 

Abel en la película intenta poner cara a su padre, un putero. ¿Qué caras le pondrías tú a los puteros de hoy?

Pues es fácil: mira a tu alrededor. Sal fuera, entra en un puticlub y tendrás la respuesta: hombres con corbata, con gafitas, gente con mucho nivel social y cultural que prefiere dejarse llevar por el privilegio que les da la idea de poder hacer con una mujer lo que le permitan sus sus 70 o 100 euros. El putero es muchísimo más común de lo que pensamos.

Yo animo a dos cosas: a las mujeres les digo que pregunten a los hombres a su alrededor si han ido de putas; se sorprenderán. Y dos, y eso va dirigido a todas las personas que están a favor de la legalización. A ellas les pido que vayan a los prostíbulos y, cuando no les dejen entrar, se pregunten por qué. Si vamos a legalizar esa actividad, vayamos como mujeres a visitar en masa a los puticlubs para saber qué se cuece ahí dentro. Dentro, la realidad habla de niñas encorvadas, jóvenes contra la pared, muy lejos todo de esas imágenes bellas y estilizadas del cine y la publicidad. Cuando se vea la sordidez de ese negocio, podremos hablar de si legalizar la prostitución. 

Educación, sexo y pornografía también están en ‘Serás hombre’.

Sí y es bastante sintomático que la película haya sido catalogada para mayores de 12 años. Existe una preocupación desde las instituciones porque la pornografía llega a los móviles de los jóvenes antes de que se hayan dado un beso. Y ahí de nuevo los chicos están accediendo a contenidos de violencia, se erotiza la violencia contra la mujer y el sexo se convierte en humillación.

¿Qué estáis haciendo, hombres? ¡Estáis consumiendo sexo basura! La pornografía les da una idea de sexo falsa. Y eso tiene también consecuencias para ellos que de repente piensan que pueden tener erecciones de 45 minutos. Y claro, toca explicarles que las películas porno son mentira, que ha habido cortes, elipsis, intervenciones de guionistas…

¿Rafa, el proxeneta, es también una víctima?

Mucha gente me reprocha que Rafa, al final, cae bien. Lo que yo contesto es: “Y tú, ¿cómo te crees que el mal opera en la sociedad? Rafa entra en el mal por el dinero fácil; no hay más. Y solo ha salido de ese mundo cuando ha encontrado un poco de infraestructura. Él también decía que yo era la primera persona que conocía que estuviese fuera del círculo de la prostitución, yo, en sus 52 años de vida. Rafa eligió y prefirió estar del otro lado, pero es un producto de una época histórica en la que había hambre, él es un chaval de hospicio que sale a los 16 años de allí y empieza como portero de un prostíbulo. No obstante, él también reconoce que no se arrepiente de la vida que ha llevado, un mundo de dominación, pasta y dominio.

Pero si consideramos que él es una víctima…, ¡víctimas somos todos!. No se puede equiparar a Abel Azcona como víctima con él, ni con las mujeres que él prostituyó. Jamás en la vida los hombres son víctimas del patriarcado. Pueden sufrir el peso del patriarcado, pero no son víctimas, las víctimas son las mujeres y los niños que mueren. Que él ha sido el fruto de unas circunstancias… sí, pero nada más.

No obstante, yo no creo que haya que personalizar en él el mal. Como sociedad tenemos que analizar qué papel tenemos frente a la prostitución. La prostitución es una enfermedad de la sociedad y es la enfermedad de los hombres de no aceptar la igualdad. 

¿Futuros proyectos?

Hacer de todo esto algo en ficción. Estoy trabajando sobre el deseo sexual de las mujeres. Hasta hace muy poco la sociedad nos impedía expresar el deseo sexual, si lo hacíamos éramos putas. Y todavía hay muchos hombres que eso no lo aceptan. Les han contado que éramos objetos para su placer. En fin, el futuro del feminismo es sentar a los hombres y decirles: “Cómprate un libro”. No voy a ser yo la que se lo cuente, haz, lee.

Publicado en Público