#PorTodas, por Carmen, por María, por Fátima, por mí…

No me quito de la cabeza un racimo de globos negros con los nombres de varias mujeres. Los llevaba una chica en la manifestación del 25 de noviembre. Era de noche, medio llovía y el nombre de Ana Hilda, escrito en morado en uno de ellos, me revolvió las tripas. ¿Quién era ella? ¿Tendría apellidos, quién la echará de menos? ¿Tendría madre, hijos…, qué les habrán dicho, que un salvaje, quizás su padre, la mató? ¿Sería de Alicante, de un pueblo de La Rioja, gallega, de un municipio grande, qué sabrán los políticos de sus municipios más allá de que se hizo un minuto de silencio? ¿Y la Justicia, y él? ¿Tendrán miedo sus vecinas de que pueda pasarles a ellas? No lo sé. Hoy Marta solo es un nombre pintado en un globo que en un rato se pinchará. Me niego a olvidarla.

Por eso estoy en la iniciativa que hemos llamado PorTodas, un proyecto de investigación periodística centrado en las 55 mujeres que, según reconocen los registros oficiales, fueron asesinadas en España en 2014. ¿Por qué? Porque nos están matando y sobre nosotras, sobre todas, cae una losa de olvido muy cómoda para todos: para mí también, que dejo el tema para más tarde, que me duele volver a desayunar con otra mujer asesinada, que no pregunto qué planes de prevención están ejecutando los gobiernos para que no asesinen a otra mujer la próxima semana y que no sé qué fue de ella.

No son ‘un breve’, ni ‘sucesos’, periodísticamente hablando: son 55 dramas reales y silenciados, los del 2014, un drama que se repitió el siguiente año, y el siguiente y el siguiente y este. Cada mujer asesinada es una historia que no podemos dejar reducida a un globo negro en una manifestación. Cada mujer asesinada por violencia machista es la historia del fracaso de una sociedad que no nos considera. Y digo ‘nos’ de forma intencionada, porque el desprecio a sus vidas es el desprecio a todas.

Queremos saber, queremos contar, qué ocurrió con esas 55 mujeres que corrieron el mismo destino que Ana Hilda y responder qué sucedió después. Hay muchos interrogantes que deben ser resueltos para que el año que viene no volvamos a repetir el número de mujeres asesinadas: ¿recibieron las hijas y los hijos de la víctima algún tipo de ayuda? ¿Aumentó el Ayuntamiento el presupuesto en cuanto a prevención de las violencias machistas? ¿Qué condena recibió el asesino? Para ello, un grupo de periodistas con experiencia, dirigidas por Magda Bandera desde el periódico independiente La Marea, publicaremos reportajes que ayuden a exigir responsabilidades a las administraciones y recogeremos ejemplos positivos que inspiren a distintos colectivos a avanzar en la lucha contra la violencia machista.

Eso sí, #PorTodas solo será posible con la implicación de muchas personas en esta iniciativa que no tiene una empresa detrás, sino la voluntad de un grupo de periodistas por cambiar las cosas y hacer periodismo de investigación con vocación de servicio público.

Si quieres saber qué pasó con Marta, con Raquel, María, con Carmen… el periodismo tiene que hacer su trabajo, y tú puedes hacerlo posible: participa #PorTodas

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Francia Márquez: “El río es mi vida”

-¡Negra¡, gritó la niña al verse en el espejo. //Desde entonces, ese es mi color favorito”. Ese fue el verso elegido por Francia Márquez, la mujer afrocolombiana que ostenta el premio Goldman, considerado como el Nobel del Medioambiente, en la presentación del libro Horas de guerra, minutos de paz, de Emilio Polo. Era uno de los muchos actos que ha mantenido durante su gira por España para subrayar el abandono de sus comunidades por parte del Estado.

La activista es del Cauca, una de la zonas más golpeadas por la guerra en Colombia donde a pesar de los pactos firmados entre las FARC y el Gobierno, la guerra persiste. A esa violencia han de sumar la que trae la minería ilegal: un auténtico cáncer en sus territorios que se está comiendo su tierras –que son deforestadas en busca del metal- y ríos, envenenados por el mercurio utilizado para separar sustancias. Márquez empezó como activista siendo una adolescente, pero su “master” como defensora del medio ambiente le llegó tras una marcha que realizó para gritar al mundo, tras un sinfín de denuncias infructuosas, que la minería ilegal estaba acabando con sus tierras. Caminó 350 kilómetros durante 10 días junto con otras 130 mujeres y jóvenes. Consiguió sacar unas máquinas retroexcavadoras de sus tierras, pero solo unas; las hay por miles. Según fuentes de la Fiscalía colombiana, el 80% de todo el oro minado anualmente en Colombia se produce de forma ilegal con métodos que causan una devastadora destrucción ambiental. Un reciente estudio de la Universidad Externado de Bogotá encontró que hasta 80 ríos del país están contaminados. La Fiscalía también señala que diez importantes ríos están a punto de “desaparecer”.

Francia Márquez, que tuvo que desplazarse de su tierra y vive amenazada, dice haberse inspirado en la sabiduría de sus mayores, “gente que no sabía leer pero que le decían: ‘ustedes tiene que cuidar al río como a su papá y a su mamá, porque eso es el ciclo de vida’”.

Usted denuncia una política extractivista por parte del gobierno colombiano que va en contra de las comunidades.

Desde que se empezó a vender a Colombia como un país para la minería, se disparó la minería ilegal en toda la región del Pacífico. Para mí, la minería ilegal es una estrategia para justificar la gran minería y esa política extractivista en Colombia que no mira a las comunidades. Porque la minería ilegal ha llegado a nuestras regiones con la complicidad de las instituciones del Estado, que dejan pasar esas máquinas retroexcavadoras por nuestros caminos hasta llegar a los ríos. ¿Cómo llegan esas máquinas allí, no los ven los retenes de la fuerza pública? Pareciese que esas grúas y dragas fuesen cájas de fósforos se llevan en un bolsillo. ¿Quién permite esa compra de un mercurio que forzosamente debe ser importado del exterior? Con licencias o sin ellas, solo hay que asomarse y ver cómo se están destruyendo el territorio, pero eso no lo ven ni el ejército ni las instituciones ambientales.

Les acusan de ir contra el desarrollo.

En muchos territorios donde el Gobierno ha entregado títulos mineros a empresas, se nos ha acusado de ser perturbadores de mala fe. Cuando nos dicen que nos oponemos al desarrollo, yo pregunto: ¿al desarrollo de quién? A la gente la han despojado de sus tierras y ahora se ven forzadas a trabajar en latifundios de caña de azúcar, monocultivos que solo dan intereses para los grandes terratenientes. ¿De qué desarrollo estamos hablando si para construir una represa han tenido que quedar sepultadas las tierras con las que vivíamos del café, cacao y plátano, la pesca y la minería artesanal?.

El problema de la minería ilegal viene de hace años, pero además ahora con el nuevo Gobierno estamos saltándonos la Constitución del 91 y retrocediendo a la del 86, donde los afrocolombianos no teníamos derechos. Esos derechos fundamentales que nos permitían proteger nuestros territorios, entendidos como espacio de vida, donde podíamos recrear nuestra cultura, se han ido menoscabando. Se está presentando un proyecto de ley para que el derecho fundamental de la consulta previa [otorgado para la poblaciones originarias] no sea un obstáculo para la élite que defiende que el desarrollo se mida en términos económicos y no en bienestar social.

Resulta paradójico que ríos en su país sean sujetos de Derecho y sus gentes no tengan ni agua potable, ni pescado que comer.

Se explica si miras a sus habitantes: somos negros. Y yo no me olvido de nuestra historia, a nosotros nos dijeron que éramos salvajes. A nosotros nos quitaron nuestra humanidad. Y eso está ahí: el racismo hace que nosotros seamos considerados como cosas que no merecemos derechos. Y cuando nos dan derechos, se quedan en el papel. Y cuando los exigimos, nos replican: “Su derecho no puede obstaculizar nuestro desarrollo”.

Estamos hablando casi más de derechos humanos que de medioambiente.

Es que no se pueden separar. Están totalmente relacionados. Para mí, la naturaleza no se desprende del territorio, que es vida. Y esa es parte de nuestra lucha, luchamos por nuestro modo de vida, luchamos por el río.

No parece que quede mucho espacio para los derechos humanos hoy en Colombia, a pesar del pacto entre las FARC y el Gobierno.

Es cierto. Como comunidades afro, como campesinas y como mujeres hoy le apostamos a la paz, pero el nuevo panorama es muy duro: está el ELN, las disidencias de las FARC, los paras, los narcos… A mí se me parte el corazón, porque tenía la esperanza de que el conflicto iba a disminuir, y sí, ya no hay bombardeos, pero la violencia sigue, entre otras cosas, porque el Gobierno no cumple con su compromiso de implementación de esos acuerdos de paz.

No podemos hablar de paz cuando vivimos realidades como el horror del desplazamiento forzado. La semana pasada en una audiencia pública el gobernador de Nariño denunciaba que en este año se han desplazado por el conflicto armado 5.000 personas en su departamento. ¿No lo ven? Allí no hay que hablar de guerrillas, hay que hablar de gente que lucha todos los días por vivir de una forma digna y que por el contrario, les ha tocado vivir una guerra que no es la suya, una guerra que ha sido introducida por un mismo sistema económico de muerte.

Yo quisiera que no haya gente muriendo en los territorios, sobre todo porque muchos de los jóvenes, de la gente que está en esos grupos armados, son los nuestros. Y se van al ejército, a la policía o a los paramilitares por absoluta necesidad. En muchas comunidades el Estado no está en términos de inversión social. Las vías las levantan la gente a punta de pico y pala. No obstante, sí están para entregar nuestras tierras a empresas multinacionales.

Hace unas semanas daban el Nobel de la Paz a dos personas que luchan contra la violencia sexual ejercida contra las mujeres en la guerra. ¿Qué pasa en su país?

Ese tema no es algo que yo haya trabajado, pero por ejemplo en Buenaventura, en el mayor puerto de Colombia, el feminicidio ha sido una estrategia para generar terror en la comunidad y entrar allí con un megaproyecto sin tener oposición.

¿Qué responsabilidad tiene la comunidad internacional en esa compleja guerra?

Muchas de las presiones económicas que tenemos sobre los territorios tienen que ver con las empresas que se han lucrado y saqueado nuestros territorios, que son las mismas que esclavizaron a nuestros ancestros y ancestras. Unión Fenosa, entre ellas.

En Europa hay muchas empresas que están violentando y vaciando nuestros territorios. Y eso pasa en mi país, en el resto de Latinoamérica y en África. La gente que se está cruzando el Mediterráneo, que se está muriendo en él, es producto de cómo le han destrozado su casa, de no tener condiciones de vida dignas. Y los que tienen la suerte de llegar y no morir, deben soportar la discriminación y el maltrato, que les traten como basura.

Luego, cada persona debe ver qué hace y cómo consume. No nos preguntamos si los productos que consumimos están bañados de sangre, si el costo de obtenerlos implica la destrucción de ríos y envenenamiento del territorio. Hoy el cambio climático es una muestra de que es necesario transformar esa visión de vida basada solo en el consumo. Hay que repensarnos la vida. Pero algunos, quienes tienen una serie de privilegios, no quieren verlo: creen que los recursos son ilimitados. Quizás nosotros somos los primeros que nos vamos a morir allá, pero el planeta se está apagando día a día. Todos los días esa lucecita se va mermando y va a llegar un momento en donde ya no va a alumbrar más.  FIN

Publicado en Diario Público

Paz de día; guerra de noche

Santander de Quilichao, Cauca, Colombia.- “Crear media masivos de comunicación”, señala uno de los integrantes y vecino del municipio de Buenos Aires, Cauca. Forma parte del grupo de “Reconciliación, Convivencia y Paz” que la Agencia de Reconstrucción Territorial (ART) ha convocado para conocer y trasladar las peticiones de sus vecinos al gobierno colombiano. La idea: construir un nuevo país. “¿Pero de verdad queremos medios de comunicación masivos? Pensemos mejor en radios comunitarias, en cuántas necesitaríamos, qué contenido le daríamos y hasta dónde alcanzaríamos en cuanto a cobertura?”, matizan el resto de participantes (ocho, hombres y mujeres afros e indígenas). Durante dos días negocian cada uno de los puntos que previamente se han trabajado en las veredas y corregimientos de la zona. Los otros grupos (compuestos cada uno por una decena de personas) hablan de soberanía alimenticia; reactivación económica; vivienda, agua potable y saneamientos; educación rural y primera infancia; salud rural; infraestructuras y ordenamiento social. Se trata de ir escalando los temas que han salido de sus comunidades a las cabeceras de sus municipios y de ahí a las regiones. Son los denominados Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), hijos del acuerdo de paz firmado en La Habana entre el Gobierno y las FARC.

La prevención de alcoholismos y otras sustancias adictivas aparece en el debate de quienes discuten cómo articular un territorio reconciliado y en paz. Los participantes zanjan rápidamente que ese asunto le corresponde al grupo que trabaja temas de salud. No obstante, rescatan un ángulo que sí consideran importante para conseguir una buena convivencia: evitar la exclusión y marginación de los consumidores y la prevención, también en los temas del grupo que debate Educación. “Criminalizarnos no es bueno”, sugieren. “Compañero escribiente, digitador, apunte: centros para el deporte. Es importante contar con espacios de recreación y ocio para los jóvenes”, pide una indígena al funcionario estatal que va registrando en un portátil.

Antes de hacerlo, el empleado público lee en voz alta cómo queda la petición. Si hay acuerdo, solicita un nombre, el de la persona que dará continuidad y seguimiento al tema.

Una vez zanjado, abordan los otros puntos del bloque temático en el que están: empoderamiento de las mujeres indígenas; fortalecimiento de una justicia propia (donde deben convivir, así lo dice la Constitución, las normas indígenas y afros con las leyes generales); refuerzo de la Casa de Justicia y definición de las guardias indígenas, cimarronas y campesinas. El manejo intercultural también se toca. Al debatirlo surge la importancia de defender sus culturas, pero teniendo en cuenta que los usos y costumbres no vayan en contra de los derechos de las mujeres… “Es nuestra responsabilidad concienciar a los hombres en una cultura del respeto hacia ellas”, apunta un indígena. “Ustedes lo definen”, espeta Franklin Ramírez, de la organización gubernamental.

La dinámica con la que transcurre la jornada va sobre ruedas. Hay respeto, participación, representatividad… “Recuerde: este es un espacio de construcción colectiva por el municipio que soñamos”, se lee en las acreditaciones. La tarde es soleada, se trabaja en un local al aire libre y el Cauca atardece en apariencia tranquilo. Solo es apariencia, parte de los participantes deben irse: viven en el campo y en la noche nadie garantiza su seguridad por las carreteras o trochas. Algunos líderes comunitarios, apuntan desde la Agencia de Reconstrucción Territorial, no han podido llegar: están amenazados. Hace unas semanas mataron a uno de ellos; uno más. El conflicto en esta zona del país está lejos de haberse acabado. La guerra con las Farc ha terminado, sí, pero la ausencia del Estado sigue siendo una pauta en una región donde la presencia del Eln, los mexicanos (cartel de Sinaloa), disidentes de las Farc y bandas criminales operan como quieren. En otras palabras, la barbarie de siempre.

“Teníamos muchas esperanzas, pero las élites de este país no quieren oír hablar de otras formas de gobierno alternativas. No quieren entrar en temas como verdad, justicia y reparación, de una ley de víctimas o de restitución de tierras. No ha habido una buena planificación, no llega la respuesta del gobierno y no hay garantías de seguridad”, apunta Franklin Ramírez. Por contra, sí reconoce una gran avance en el trabajo que vienen haciendo: es la primera vez que el Gobierno no dice lo que hay que hacer sino que acude a las comunidades a escuchar sus necesidades. El reto, coinciden todos: implementar esos planes.

Otro puntal para la esperanza, sería según el técnico de la agencia estatal, el fortalecimiento de la ciudadanía, la resistencia, que llaman ellos. “Sí, y debemos estar preparados, porque no hay voluntad política para implementar todos estos cambios y que no quede en papel. De ahí lo importante de que estemos organizados. No queremos ser víctimas. Somos sujetos activos de derechos y queremos tener voz y voto”, señala una de las mujeres. Lo hace con la misma sonrisa, dulzura y contundencia con la que defendía hace unos minutos cómo construir un país en reconciliación, convivencia y paz. Es tarde. Ella debe ser de las que no deben tomar carretera. FIN

Retos del feminismo 99%: “O avanzamos o avanzan”

Lula Gómez, Madrid. No hay un feminismo, hay muchos; no hay una mujer, hay muchas. De ahí la confusión cuando se le ponen apellidos a un término que es sinónimo de igualdad. Bien, cuando se habla de feminismo del 99% se hace referencia a una corriente nacida en Estados Unidos con el clamor de Ocuppy Wall Street, “hijo” del 15M español, que decía estar harta de unas políticas y unos gobiernos que solo favorecían al 1% de la población. Reivindicaban cuestiones de género, clase, raza y orientación sexual y el poder del 99% restante, como el feminismo que se pone este numeral. A partir de la publicación titulada Un feminismo del 99%, de Lengua de Trapo, cuatro de sus autoras debatieron sobre los retos de esta ideología. Lo hicieron en el madrileño Teatro del Barrio la noche del pasado lunes.

Para Justa Montero, que escribe un capítulo del libro dedicado al pasado 8M (https://www.publico.es/sociedad/nombres-calles-mujeres.html), el gran desafío a futuro está claro: “O avanzamos y situamos el feminismo en una dinámica que impugne el sistema, o avanzan”, señaló contundente esta histórica del feminismo español. Coincidió con ella la política Clara Serra, que abogó por articular el feminismo como el lugar para la lucha por otros espacios, como la reorganización de la economía (incluida la de los cuidados) y de la sociedad en general. Para ella, actualmente en Podemos, de quien habló en un tono crítico por no haber sabido entender el significado del feminismo desde el principio, el feminismo [del 99%] representa un nuevo tablero para hacer las cosas desde un proyecto transformador. Según Serra, la lucha ya no está en la defensa de las clases, sino en los derechos de ese 99% por el que abogan las mujeres.

La duda surge en cómo aglutinar los derechos de una masa tan diversa, plural y global. Porque este feminismo habla de migrantes, pensionistas, jóvenes, desigualdad (ya sea por etnia, sexo o religión), precariedad laboral… “El reto es organizativo. Porque el movimiento debe ser transversal e inclusivo y generar así una agenda reivindicativa de carácter universalista. Frente a los nuevos fascismos, la tarea es la reconstrucción de los círculos sociales desde lo público y la solidaridad y en contra de las políticas neoliberales”, apuntó la periodista Nuria Alabao.

Fefa Vila, que dijo tener más preguntas que respuestas a los retos del feminismo, habló de la necesidad de atender al relevo generacional, que demanda nuevos espacios y nuevas formas de organización. Se trata de crear los espacios para que quepamos todas y dar cabida, por ejemplo, al movimiento queer, trans o a las mujeres feministas racionalizadas. “También debemos hablar y pensar en cómo entendernos con las trabajadoras sexuales, que es el tema que ahora nos desune. No se puede obviar. Hay que entender la diversidad dentro del seno del feminismo y avanzar en él para reconocer a un sujeto feminista plural que se va haciendo más complejo en sus expresiones, luchas y reivindicaciones. Meterlo debajo de la alfombra, no ayuda”, afirmó la socióloga. Tanto ella como Justa Montero apelaron a reconocer los muchos logros del feminismo de los 70, que también fue hegemónico, recordaron. El problema, matizó Vila, es que luego fue borrado. Para seguir caminando, reiteró Vila es necesario renovar ese feminismo de los 70 y renombrar sus nuevos cuerpos y realidades. El objetivo: recoger el espíritu de las nuevas generaciones que suman ese nuevo feminismo.

Pero no sólo dentro, debe estar bien cosido un feminismo, cada vez más popular y universal. También es importante fijar las costuras con otros movimientos. Alianzas, repitieron las ponentes, para ser un movimiento fuerte, plural, autónomo de los partidos y una punta de lanza que recuerde que los derechos son conquistas. “Se trata de construir nuevas estructuras políticas sin destruir”, concluyó Fefa Vila.

El libro, Un feminismo del 99%, cuenta con prólogo de la feminista Nancy Fraser y los textos de Ana G. Adelantado, Nuria Alabao, Luciana Cadahia, Germán Cano, María Castejón, Silvia L. Gil, Tatiana Llaguno, Justa Montero, Clara Serra y Fefa Vila. En sus páginas se intenta responder a temas el por qué del éxito del 8M español, el papel de los hombres dentro de los feminismos, el feminismo como un tema también de la derecha, el #MeToo…FIN

Nota: esta pieza se elaboró para un medio de comunicación que, una vez encargado, cambió de opinión y no lo publicó. Me pagarán la mitad de lo pactado. #Precariedad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nosotras corremos. Por la resistencia y por una nueva forma de conjugar

Leo en un tweet: “Según Salvamento Marítimo TODAS las mujeres del Aquarius han sufrido violencia sexual”. Unos días antes, y también relacionado con el drama de las personas que huyen de su país para no morir, la activista Helena Maleno afirmaba en una entrevista que las mujeres, para llegar aquí, deben normalizar la violencia. Contaba que es una cuestión de supervivencia, porque si no lo haces, te mueres. “Se exponen a las violencias ligadas a la trata de personas y a ser explotadas durante el tránsito para poder llevar a cabo el viaje, por no hablar de los abusos y violaciones sistemáticas. Normalizar la violencia es una gran estrategia para no morirte”. Lolita, una Berta Cáceres de Guatemala, una defensora de los derechos humanos que tuvo que huir de su país para que no la matasen dice que quiere vivir y que no nació para ser ni violada ni asesinada. Porque el norte de Centroamérica, lo denuncia Naciones Unidas, está considerado como una de las regiones sin guerra más peligrosas del mundo para ser mujer.

Pero ojo, no hace falta irse lejos, el caluroso 19 de junio cerrábamos la jornada en España con el asesinato de tres mujeres por terrorismo machista. Al día siguiente, hubo otra más. Cuatro mujeres menos a seguir. Cuatro mujeres asesinadas por el mero hecho de haber nacido mujer. El día que empecemos a contar este drama con la misma seriedad que tratamos otros terrorismos la historia empezará a cambiar.

Pero para eso hace falta cambiar la forma de contar y mirar. Lo primero está muy relacionado con el lenguaje y con la visibilización de las mujeres en todas las esferas. Para modificar la mirada hay que aprender a pensar las cosas desde otra perspectiva, la que se empieza a ver si uno se coloca las gafas violetas. No es fácil: las transformaciones nunca lo han sido.

Lo interesante es que se ha roto el tarro y el sentir de las mujeres en la lucha por nuestros legítimos derechos, aquí y allá, es imparable; es global y es local. “El mundo, el de las mujeres, llevaba un tiempo despertando de una calma chicha que había durado demasiado. Y crujía por todas partes. Cada movimiento encontraba cada vez más réplicas y más rápidas, más sonoras; cada una rompía en mayor o menor escala con un prejuicio, una cifra, una tradición, una orden”, explica la periodista Isabel Valdés en su libro Violadas o muertas, un alegato contra todas las ‘manadas’. La calle no callará más: ahí estamos nosotras. Se vio el 8M, porque al día siguiente amanecimos con el asombro de una parte de una sociedad que por fin se plantea que debamos hablar de consejo de ministras, si somos más. Un mundo donde banqueras como Ana Botín confesaba hace unas semanas que sí es feminista, algo, decía en la entrevista, que no hubiese afirmado hace diez años.

Sigo feliz tras la lección de la hija de un amigo. Con 8 años le pidieron que conjugase el verbo correr en presente de indicativo. “Yo corro/ tú corres / ella corre / nosotras corremos / vosotras corréis / ellas corren”, dijo. Sin darse cuenta, la pequeña ya ha hecho suyo que lo personal es político. Yo corro con ella para buscar las conexiones entre la experiencia personal y las grandes estructuras sociales y políticas, así se cambia el mundo.

Este artículo de opinión se publicó primero en el nº5 de la revista Más Mujeres a Seguir (MAS), edición en papel y en el newsletter: Newsletter MAS

Perspectiva de género, también en las fiestas

‘A pocos días del primer txupinazo del que van a poder disfrutar el asesino de Nagore Laffage y los violadores de La Manada, aparecen muchas iniciativas para demostrar la indignación de las mujeres. Que no vayamos, por ejemplo. O que vayamos de negro’,decía hace apenas unos días en Vice la activista y feminista vasca Irantzu Varela. Ella está en totalmente desacuerdo: ella aboga por contar con el legítimo derecho de salir.

Porque sí, estamos indignadas, estamos hartas de la violencia, pero ante todo, la consigna de las feministas navarras y de todo el mundo es clara: la calle y la noche son nuestras también (faltaba más) y nadie nos puede arrebatar el derecho de disfrutar una fiestas, de emborracharnos, de ponernos una camiseta o de quitárnosla.

 

Ante esa máxima, importa poco el color de la camiseta, pero ojo, las navarras, que son las que llevan allí luchando durante décadas por tener unas fiestas sin violencias sexuales hacia las mujeres, quieren seguir portando la camiseta blanca, la oficial. La negra, comentan, supone luto y ellas, en sanfermines, quieren reír, bailar y gozar.

Porque estamos hartas de que a la mitad de la población le haya tocado el placer y a la otra media el complacer’, señalaba estos días la feminista Teresa Saez Barrao en Pamplona. Ellas, las pamplonicas, llevarán una chapa roja que dice “no a la violencia” y un pañuelo violeta. Eso sí, les parece estupendo que el resto de mujeres se vista de negro ese día 6.

Porque lo que hay que cambiar es “la cultura de la violación”, esa terrible idea que marca los espacios para que no seamos libres de hacer lo que queramos: de divertirnos. Las feministas rechazamos de la manera más contundente esa creencia de que si sales, te besas con alguien o vistes así, te puede ocurrir. Tampoco la ebriedad justifica nada; ni es un atenuante en ellos, como dijo la justicia en el asesinato de Nagore Laffage a manos de José Diego Yllanes, un hecho calificado de homicidio por un jurado popular.

Lo que sí debe hacer la Justicia es escucharnos, porque esa justicia patriarcal alienta a las manadas y perpetúa la violencia.

Lo que sí debe hacer la ciudadanía es salir a la calle para denunciar que nos tocan, nos violan y abusan porque nos consideran objetos sexuales.

Lo que sí debemos hacer es contarlo y acudir a las instituciones (en Pamplona, desde el caso de La Manada se han incrementado en porcentajes superiores al 20%. Y no es que ocurra más, es que se cuenta más).

Lo que sí hay que hacer es pedir a las autoridades que pongan medios y recursos para evitar esas violencias. Por una parte, medidas previas, educación y concienciación sobre esas múltiples y cotidianas violencias contras las mujeres. Y por la otra, perspectiva de género, también en las fiestas, y en la hora de planificar una ciudad con rutas de transporte nocturnas, iluminación, puestos de seguridad…

Hermanas, si nos tocan a una, nos tocan a todas. Hermanos, despertad y apoyadnos en estas y en todas las fiestas, la calle también es nuestra. Y ahora: ¡Viva San Fermín!

Publicado en Más de la mitad, blog de 20 minutos

“La calle y la noche también son nuestras”

Esta semana, el 7 de julio, se cumplirán diez años del asesinato de Nagore Lafagge en el primer día de los sanfermines. Decir “no” a tener relaciones sexuales le costó la vida. La Justicia lo calificó de homicidio; el movimiento feminista, de asesinato. La asociación Andrea Lunes Lilas, que nació esos días, sale desde entonces todos los lunes a la plaza más céntrica de Pamplona, La del Castillo, para recordarla y gritar todos los nombres de las mujeres asesinadas por el terrorismo machista. Mañana será homenajeada en Pamplona. Teresa Saez Barrao, una de las fundadoras del movimiento, habla de las próximas fiestas de San Fermín, de La Manada y del evento que mañana se rendirá en nombre de Nagore.

El asesinato de Nagore marcó un antes y un después en cuanto a la movilización de la gente, pero nada comparado con el de La Manada. ¿Qué ha pasado? ¿Ha cambiado el contexto?

Sí, hace diez años al movimiento feminista le faltaba la comprensión y participación de la ciudadanía. Fíjate que el caso de Nagore no fue ni calificado de asesinato. Se entendió que fue un homicidio. Se justificó la confesión del delito, que él estaba borracho, la reparación del daño, el arrebato de él…

Eso es lo que el movimiento feminista califica como “cultura de la violación”. Es decir, que si no te dejas la piel en defenderte, si estás borracha, si te has besado con el agresor… te lo mereces.

Exacto. Esa cultura de la violación es la que habla de marcarnos espacios para que no seamos libres de hacer lo que queramos. De alguna forma te dicen, si sales y vistes así, te puede ocurrir. Hay que repetir que la calle y las fiestas también son nuestras. Tenemos ese derecho, y eso implica derecho a una seguridad, a unos recursos y una legalidad.

Y eso es lo que venimos trabajando en Navarra desde hace años. Hemos tocado el transporte (con rutas nocturnas que antes no había), la iluminación, puestos de seguridad… Antes nadie miraba las fiestas con perspectiva de género y es absolutamente necesario.

También pareciese que antes, hace años, no se daban esas escenas de agresión, esas imágenes durante el chupinazo de hombres levantando las camisetas y tocando las tetas a mujeres. ¿Es así?

Las agresiones han ocurrido siempre, aquí, en Málaga, en Helsinki y en Castilla – La Mancha. Lo que pasa es que antes la fiesta no era nuestra: estamos pagando el precio de la libertad, con camiseta –y en medio de la fiesta– o sin ella; bebidas o no. Hemos irrumpido en esos espacios y nos agreden. A esas pandas de machirulos no les gusta que estemos.

Hay distintas posiciones por parte del movimiento feminista sobre las fiestas que empiezan el sábado: algunas hablan de boicot, otras de cambiar la camiseta blanca por una negra, otras por llevar un pañuelo morado, en vez del típico rojo…

Nosotras lo tenemos muy claro, si quieres y te apetece, hay que venir a sanfermines. La noche y la fiesta también son nuestras. Los que deben abstenerse son los machirulos. Y respecto a cómo venir, todas iniciativas nos parecen bien. Nosotras, por nuestra parte, vamos a llevar una chapa roja que dice “Stop a la violencia de género” y el pañuelo será morado.

No compartimos el mensaje de no venir. No tenemos que renunciar a la fiesta. Lo que hay que hacer es poner medidas contra las agresiones sexistas, como lo viene haciendo Navarra desde hace años. Porque aquí y en todas partes, nos agreden, y eso hay que contarlo y poner las medidas y la cabeza para cambiarlo. No puede ser que seamos objetos sexuales; somos seres sujetas de Derecho, en fiestas y sin ellas.

Sí, hay avances y Navarra ha sido pionera en muchos de ellos, pero luego nos encontramos con sentencias como la de La Manada, acusada solo de abusos sexuales, para indignación del movimiento feminista.

Sí. Es la violación institucional. La Justicia es una de las instituciones que más alejada está de la ciudadanía. Pero aquí quiero poner en valor los cambios que se están dando: de los tres magistrados que decretaron la libertad condicional de ellos, uno estaba con nosotras. Y también lo está la Fiscalía y otros jueces y juezas.

Pero sí, falta formación en género para quienes juzgan, para quienes valoran, para los jurados populares, etcétera. Además, hay que avanzar para que el código penal asegure recursos para las víctimas, para que haya una ley específica de violencia sexual.

¿Qué vais a reivindicar este lunes?

A las 19 horas y en la Plaza del Castillo, vamos a decir: en tu ausencia, Nagore, y diez años después, seguimos diciendo que te asesinaron y cada vez somos más. Vamos a gritar también que merece la pena ser constantes y fuertes. Queremos remarcar también la importancia de tener al movimiento detrás. La unión hace la fuerza.

¿Qué le dirías a la víctima de La Manada?

Le diría gracias por ser tan valiente a pesar de todas las dificultades del proceso. Le diría gracias por dejarnos poner su voz para gritar “basta”. Gracias por reconocer que nos has dejado tu testimonio. Gracias, hermana, porque tu valentía nos ha servido a todas nosotras, a las que hemos sido violadas y las que no. Gracias porque has demostrado que se puede decir “no” a esa justicia patriarcal. Gracias.

Culpable: el asesino. La culpa no está en decir “no”

Hace ahora diez años, en los sanfermines de José Diego Yllanes Vizcay asesinó a Nagore Laffage. Él tenía 27 años y era licenciado en Medicina. Ella tenía 20 años y era enfermera. Trabajaban juntos y se encontraron en las calles de Pamplona. Ambos estaban presuntamente ebrios. Él la llevó a su piso y cuando ella se negó a tener relaciones sexuales, Yllanes le rompió la ropa, la violó y la mató a golpes. La autopsia halló hasta 38 heridas en su cuerpo.

Tal y como dice la ley, después de cumplir poco más de nueve años de cárcel, el homicida confeso de Nagore Laffage disfruta de un régimen de semilibertad. A finales del año pasado, en plena tormenta mediática sobre el caso de ‘La Manada’, se supo que Diego Yllanes sólo iba a dormir a la cárcel y trabajaba en un clínica psiquiátrica privada durante sus permisos. Esta información desató la indignación de las redes sociales. La fotografía del autor del asesinato de Nagore desapareció de la página web del centro clínico y, poco después, Yllanes dejó de colaborar con la clínica. FIN

Publicado en Público

Un alegato para abrir los ojos contra la violación

Esto va solo de abrir los ojos. Abrir los ojos y ver esa fina pero penetrante capa que lo cubre todo y subyace todo. Y precisamente porque está en todas partes, para quien no quiere verla, no está en ninguna”, escribe la periodista Isabel Valdés en Violadas o muertas, de Península breve. El libro se define como un alegato contra todas las “manadas y sus cómplices” y está escrito con rabia. Con la rabia que la reportera ha recogido en la calle de las miles y miles de mujeres indignadas con la sentencia de La Manada primero, y la puesta en libertad de los cinco hombres que metieron a una chica de 18 años en un portal y la penetraron anal, bucal y vaginalmente.

“Las bromas que generaban los vídeos y las fotografías de La Manada también sirven para explicar la complicidad o la connivencia (o ambas) que la cultura de la violación (en cualquiera de sus estadios) necesita para seguir rampante y campante. Por este motivo, esto iba a abrir los ojos y darnos cuenta de cómo nace, se construye, se extiende y se mantiene. Ellos porque son criados con el rol activo en la barbarie. Nosotras porque lo somos en el pasivo. Todos engordados y malnutridos con la misma burda mentira del patriarcado”, espeta la reportera de El País en las páginas del volumen que ahora sale a la venta. Interrogada sobre la supuesta neutralidad que corresponde a su oficio, la periodista asevera que hay temas donde no cabe la distancia. “Nunca podríamos ser neutrales con un nazi o un pederasta. Hay temas donde los medios debemos posicionarnos a favor de la igualdad y en contra de la violencia. No hay más”.

Portada del libro, Violadas o Muertas

Portada del libro, Violadas o Muertas

La narración es trepidante y está estructurada por unos capítulos tan angustiosos como los que debió padecer esa joven “cuando le jodieron la vida”, dice la escritora en el primer capítulo del libro. Se titula “37 minutos” y su lectura duele: narra de una manera fría y quirújica ese lapso de tiempo en que la introdujeron el portal pamplonica para vejarla, grabarla, robarla y humillarla. A continuación, en “Once horas y cuarenta y cinco minutos”, se relatan dos mundos, el de ellos, reflejado en los mensajes en los que se jalean y celebran haberse follado entre cinco a una mujer y el de ella, “abatida” y absolutamente confusa, en shock, tanto como para ni saber si la habían penetrado cuatro o cinco hombres. En ese tiempo ella fue asistida por médicos, especialistas y declaró. En ese tiempo, ellos –esos “hijos sanos del patriarcado”, como los define la autora, fueron cercados. Su fiesta empezaba a cambiar de tono.

Y tras esa importante y valiente denuncia de la víctima, un acto que puede haber provocado un antes y un después de la sociedad española ante las violencias machistas, Isabel Valdés da un tiempo al lector para subrayar que no habla de un caso aislado y resaltar que en España se denuncia una violación cada ocho horas. Aprovecha también para dedicar unas líneas a las muchas violencias contra las mujeres: malos tratos, matrimonios forzados, desigualdad salarial… y al hartazgo de las féminas contra esas violencias. “El mundo, el de las mujeres, llevaba un tiempo despertando de una calma chicha que había durado demasiado. Y crujía por todas partes… La Manada puso la realidad ante las narices de todos”, apunta la periodista que habla de este momento como “el fin del silencio”.

Recuerda también a Nagore Laffagge, otra joven violada en San Fermines en 2008. En su caso, opuso resistencia. La mataron. Sería lo que la periodista y escritora define como una “violada ideal”, porque calla, porque ya no puede hablar. Ese concepto hace alusión también a las actitudes por las que se juzgó a la víctima antes, durante y después, lo que ha venido haciendo la justicia patriarcal. Es decir, en el previo: ojo con las miradas, las minifaldas, un tacón demasiado alto o el estado de embriaguez; si te ocurre: grita y di “no” de una forma rotunda, no importa cuántos sean, que te estén intimidando o su edad… Araña, grita, pelea, déjate la piel… Y por último: si has sido violada, denuncia inmediatamente y “llora, adelgaza 15 kilos o engorda 20, deja el instituto, la universidad, el posgrado o el doctorado si estás estudiando, el trabajo en caso de que te hayas incorporado a la vida laboral; si tomas la temeraria decisión de seguir con esas rutinas, hazlo bajo los criterios del duelo de los años cincuenta”, apunta el texto.

“Nuestra revolución camina, a ratos lenta y a ratos desbocada, pero blindada, en bloque sin repliegues. Es imparable”

El libro que Isabel Valdés define como “de urgencia” termina con un capítulo que la autora ha titulado “Bienvenidas a la resistencia”. En él, Valdés narra el jueves 26 de marzo de 2018, el día que se leyó la sentencia, una de las más esperadas, más polémicas y con mayor agitación de la historia de la democracia española, una jornada que venía precedida de un 8M que hizo historia en España por la movilización de las mujeres en las calles, un hecho que saltó a las portadas de todo el mundo.

“Nosotras esperábamos… Esperábamos que la justicia creyese y compartiese, que se hubiese metido en nuestra piel…”, asevera la periodista para intentar entender aquel veredicto que solo hablaba y penaba por abuso a aquella barbarie. “De fondo latía la percepción, también distinta, sobre cuándo, cuánto y cómo nos sentimos intimidadas o violentadas… Porque esto va de poder. El suyo…”, prosigue para cerrar con la sensación que arde estos días en las calles, un alegato –el del feminismo- contra todas las manadas, la de una revolución que no tiene vuelta atrás. “No vamos a ceder espacio. Ya no. Nuestra revolución camina, a ratos lenta y a ratos desbocada, pero blindada, en bloque sin repliegues. Es imparable”, concluye la reportera.

El libro cuenta además con un prólogo de la abogada Cristina Almeida y un epílogo de Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, que cierra el volumen con un “ojalá algún día podamos afirmar que la ley emana realmente del pueblo”.

Publicado en Público

Refugiado se debería escribir con “a”, de mujer

De los 58,5 millones de personas que se ven forzadas a salir de sus países, más de la mitad son mujeres y sufren una violencia añadida solo por serlo.

Si el lenguaje hiciese justicia a lo que representa, este miércoles debería ser el Día de la Refugiada, porque de los 58,5 millones de personas que se ven forzadas a salir de sus países, más de la mitad son mujeres. Además, sufren una violencia añadida por una cuestión de género.

Y sí, las guerras son uno de los motivos para huir, pero no necesariamente. El norte de Centroamérica, por ejemplo, está considerado como una de las regiones sin guerra más peligrosas del mundo para ser mujer. El conocido Triángulo Norte (Guatemala, Honduras y Salvador) presentan la mayor tasa del mundo de violencia sexual fuera de la pareja y la segunda mayor por parte de la pareja actual o pasada, denuncia el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. En esos países el feminicidio es ya una pandemia, según la Organización Mundial de la Salud.

Con motivo del Día Internacional de las Personas Refugiadas, que se celebra este miércoles, la Asociación de Mujeres de Guatemala (AMG) trajo este martes, al centro del debate público, la situación de las mujeres centroamericanas que deben huir de una de las zonas más violentas del planeta. Bajo el título De las violencias contra las mujeres en Guatemala y Centroamérica a la (Des)protección internacional, la organización buscaba recordar que la mayoría de las personas refugiadas en el mundo, casi 58 millones y medio, el 60%, son mujeres y subrayar cómo el derecho de asilo —según las leyes internacionales y europeas— es un mandato obligatorio para todas, hombres y mujeres en situación de riesgo real, ya sea por etnia, religión, persecución política o nacionalidad.

Y ser mujer en Centroamérica, tal y como constatan organizaciones como Acnur incrementa las posibilidades de ser víctima de algunas de las múltiples violencias que sacuden al continente. “En el Triángulo Norte de Centroamérica [Guatemala, Honduras y El Salvador] se sufre altos niveles de violencia provenientes de grupos delictivos organizados, incluyendo un aumento sin precedentes en los índices de homicidios, violencia sexual, desapariciones, reclutamiento forzado en las pandillas armadas y extorsión. Esta violencia afecta a una amplia variedad de personas incluyendo niños y niñas, mujeres, así como personas lesbianas, gais, bisexuales, transgénero e intersex (LGBTI)”, apuntaba la organización de Naciones Unidas en febrero de 2017. Corroboraban esa realidad las invitadas al encuentro auspiciado por el Ayuntamiento de Madrid, mujeres que tuvieron que abandonar sus países por su activismo u orientación sexual o defensoras de los derechos humanos amenazadas por su activismo y defensa de los derechos humanos.

Ser lesbiana fue el “delito” de Nuria Esther Landaverde, de El Salvador, víctima de torturas físicas y psicológicas por negarse a mantener una relación con el jefe de una de las maras de su ciudad. “Llegué a España en 2012 huyendo como si fuera una delincuente. Porque de repente, por el capricho de un hombre, un alto jefe de una banda criminal con más de 40 o 50 personas a su mando, tienes que salir huyendo de tu país. Y te toca irte porque te das cuenta que no tienes posibilidad de seguridad o protección. Atentaron contra mí (dispararon contra mi casa), me secuestraron… Cuando ocurrió intenté denunciarlo, pero nada. Nunca me tomaron declaración porque simplemente se pensaba que yo lo había provocado con mi negativa y tenía que hacer lo que él quería. Allí estamos expuestas a cualquier cosa. Nadie se preocupa por el colectivo LGTBI”, señalaba con la voz quebrada. Su asilo no fue fácil.

La guatemalteca Lolita Chávez, líder maya-kiché y refugiada dentro de un programa de acogida temporal en el País Vasco fue contundente al reclamar a Europa las responsabilidades por la situación de vulnerabilidad que viven sus comunidades por unos problemas creados aquí. “Es importante romper el silencio y hablar de las situaciones de desarraigo, de guerra y de renuncias a las que nos vemos forzadas a afrontar. Pero eso no pasa por casualidad. Ocurre porque hay una parte de la sociedad que ha colapsado por un enfoque individualista, racista, patriarcal y excluyente”, señaló. Chávez, amenazada de muerte y con un sinfín de reconocimientos a su labor en pro de los Derechos Humanos, también recordó la persecución que sufre por el hecho de ser mujer, porque la fuerza de las féminas es colectiva, un asuntó al que temen las políticas mundiales, afirmó.

Para Mercedes Hernández, organizadora del evento y directora de la Asociación de Mujeres de Guatemala, el motivo de centrar la jornada del martes de forma exclusiva en las mujeres se debe a la necesidad de recordar que en medio de la enorme crisis de las personas refugiadas en el mundo, la mayoría de quienes se ven forzadas a salir son mujeres. El foco en Centroamérica lo justifica por ser el lugar más violento del mundo para las mujeres, tanto cuantitativamente como cualitativamente.

En ese sentido, Acnur en un documento de 2015 titulado Mujeres a la huida reflejaba cómo las mujeres entrevistadas para el estudio indicaban que ellas y sus hijos se enfrentaban a niveles extremos de violencia casi cotidianamente. Describían ser violadas, asaltadas, extorsionadas y amenazadas por miembros de grupos armados criminales, incluidos pandillas y carteles de drogas. “El 85 por ciento de las mujeres señaló vivir en vecindarios que estaban bajo el control de maras (grupos armados criminales) u otros grupos criminales trasnacionales o locales. El 64 por ciento de las mujeres relató ser blanco de amenazas y ataques directos por parte de los integrantes de grupos armados criminales, y ese
fue uno de los principales motivos de su huida”, reza el documento.

as mujeres reportaron haber pagado tarifas elevadas a los traficantes y haber sido víctimas de la extorsión a lo largo del viaje, especialmente cerca de la frontera México/Estados Unidos. También denunciaban tomar anticonceptivos antes de viajar con el fin de reducir la posibilidad de quedar embarazadas en caso de ser violadas durante la huida. Es la normalización del abuso, que denunciaba Helena Maleno hace unos días en Público: “Denunciamos la situación de estas mujeres porque, aquí y en todo el mundo, no hemos sido consideradas ciudadanas de pleno derecho. Y con esta realidad, la que exponen estas mujeres, preguntamos: ¿para quién son esos Derechos Humanos? Porque nosotras no hemos accedido en muchas ocasiones a la condición de humanas. El Derecho es un instrumento enormemente patriarcal, misógino y racista erigido siempre desde el discurso de la neutralidad y la Justicia vista desde Occidente. Y neutralidad y Justicia no son sinónimos”, afirma Hernández.

Para ella, desde un punto de vista jurídico, uno de los problemas a los que se enfrenta cualquier refugiado es la falsa creencia, por parte de los países receptores, de que el asilo es un derecho concebido desde la gratitud de quien acoge y no como un derecho humano. “Entonces, cuando se suma que al hecho de tener que huir de tu país, eres mujer, de otra cultura y además pobre, se hace una enorme discriminación”, explica para acabar sentenciando que si los cadáveres que llegan a las costas de Europa tuviesen los ojos azules, el Mediterráneo no sería una fosa de muertos.

El encuentro también sirvió para denunciar casos como el de las 41 niñas calcinadas en un reformatorio estatal guatemalteco, víctimas de la desprotección del Estado. También se recordó a Berta Cáceres, la activista y ecologista asesinada en Honduras. Lo hizo su hija, mediante videoconferencia. La persecución sufrida por Teodora Vásquez, conocida como una de “las 17 de El Salvador”, mujeres criminalizadas y encarceladas por delitos de aborto fue otro de los temas tratados para visibilizar la persecución que sufren por defender los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

Y mientras que ellas y ellos huyen para salvar sus vidas, para no ser violadas ni torturadas, la Unión Europea se plantea la creación de centros para inmigrantes fuera de la UE que alojen a las miles de personas que a diario rescata en el mar.