María Bastarós: “La amistad femenina es un valor avasallador”

‘Historia de España contada a las niñas’, el último trabajo de la artista María Bastarós, una crónica ficcionada de la sociedad actual, se hace con el Premio Puchi. Entrevistamos a su autora.

El nombre de la artista María Bastarós (Zaragoza, 1987) va ligado a la palabra coño. Hoy le pesa un poco, aunque sigue reconociendo que su iniciativa para dar a conocer a las mujeres del arte y bautizada como ¿QuiénCoñoEs? es un excelente nombre. “Si yo les digo que me encanta la obra de Jenny Holzer, la de Magde Gill, la de Carrie Mae Weems y la de otras tantas, lo más seguro es que me respondan lo mismo: y esa… ¿quién coño es? Son artistas, grandes artistas, invisibilizadas por su condición de mujer. No es tanto que no pudiesen formarse en Bellas Artes ni exponer en galerías por ser mujeres -aunque a muchas de ellas fue lo que les pasó-, si no que los manuales de Historia del Arte y los medios de comunicación hayan decidido olvidarlas.

Y después de la pregunta, contestarán: yo es que Frida Kahlo y poco más…”, señalaba hace tiempo para explicar su proyecto. Hoy la multifacética Bastarós presenta su primera novela, Historia de España contada a las niñas, editada por Pimentel y premio Puchi, un galardón concedido por La Casa Encendida. Y por supuesto que nadie piense que la artista se ha pasado a los cuentos y a un tono naif. “Nooooo, no es para niñas el libro”, grita cuando se le pregunta al teléfono.

Las casi 300 páginas son un relato despiadado de un país, España, en el que se mezclan las conversaciones de whatsup más odiosas que hemos visto en los últimos meses, con el tono burlesco de una novela delirante que arranca en un pequeño pueblo español habitado solo por mujeres. De allí salen dos adolescentes, Valeria y Miranda. “Pertenecen a una de las primeras generaciones del Beratón libre de hombres”, se lee según se empieza el volumen.

Las dos son secuestradas por un hombre. “La fascinación de ambas se divide entre el pene cada vez más erecto del visitante y la caja de galletas”, prosigue. Tras todo tipo de abusos, logran huir del monstruo pero acaban en un prostíbulo alicantino. Hay más: fiestas rave, galeristas de arte, ovnis, comunidades on line de adolescentes anorexias…

Eso sí, todo desde una óptica radicalmente feminista y pensado para hacer ruido. Solo hace falta avanzar unas líneas más para encontrarse con el título de una conferencia que da otra de las protagonistas: “Descapitalización de los afectos para la construcción de un entorno autosuficiente y autosugestionado en el marco del libremercado”.

La charla aborda temas como el sexo como último bastión del capitalismo, el orgasmo como el opio del pueblo o el poliamor y las nuevas formas de relación como el disfraz de los progres. La ironía entre los muchos personajes e historias que van configurando este collage también está presente. El Mejor Novio Posible es un ejemplo.

No se salvan tampoco esas gentes con estudios avanzados “que creen que hay que cortarse el pelo en luna llena y que las semillas de lino curan el cáncer. Van acompañadas de madres que hablan de “estar enamorada de verdad” y adolescentes que aborrecen la sola idea de la maternidad. ¿Será por la violencia física y verbal de unos machos que narra la autora? “Sí, es un retrato duro de los hombres y de la educación del macho”, señala al tiempo que subraya que no concibe una obra sin tocar los temas que le interesan para incidir en lo mucho que hay que reivindicar. Pero hay brillos, explica Bastarós: “Están en la amistad entre Cloe y X, otros dos personajes esenciales en el libro. Es la historia de la amistad femenina. De total apoyo, en la lucha política o en la intimidad. Y eso es una verdad absoluta. Es también nuestra gran arma, un valor avasallador. Se puede ver hoy en cómo nos estamos movilizando”.

La historiadora del arte dice estar sorprendida por el premio. “Creía que tomar elementos de la realidad y luego ficcionarlos era peligroso. Pero no, me han premiado. Y es interesante, demuestra que las instituciones están quitándose el pudor. Porque no hay duda: las instituciones deben representar a la gente”, asevera una mujer que pensaba que la industria tradicional no era una vía factible para el arte libre. Por eso arrancó y sigue con el fanzine y ya plataforma cultural feminista QuiénCoñoEs, del que está preparando su próximo número.

María Bastarós anda también ocupada en la promoción de otro libro confirmado por ella, Herstory: una historia ilustrada de las mujeres (de Lumen). Desde él, y desde una perspectiva crítica, repasa los hitos, bandazos y resistencias de las mujeres, peleada durante siglos por figuras determinantes e iniciativas colectivas.

“Se están editando muchos libros para niñas y eso está bien, pero ojo, si estamos metiendo en ellos a personas como Margaret Thatcher como modelo de mujer a seguir… pues no sé… Yo no se lo regalaría a mi hija”. Su propuesta es más radical, y tanto ella como Nacho Segarra, que firma con la poeta y escritora, han contado con total libertad para plantear el libro, señala. Gracias a eso, han entrado en temas como afrofeminismos o transfeminismos.

De nuevo, su obra tampoco estará pensada para las más jóvenes. De nuevo es fácil que levante algún ánimo en contra. No importa, está acostumbrada y no parece preocuparle. La curtió su trabajo como poeta, sorprendentemente más criticado que su plataforma QuienCoñoEs. Todavía le llegan críticas, señala más que tranquila. Cuesta entenderlo, especialmente si se busca el poema de la discordia, Amigas I, unas frases impregnadas de ironía y ternura. Ladran, luego cabalgamos, parece decir la artista.

#AMIGAS I
A veces sueño
con la amiga feminista definitiva
La conoceré en una rave
se me acercará
sigilosa
con oscilantes pasos de Doctor Martens
y un trozo de pastilla en la mano
y me dirá:
-Toma tía
un cuartito pa ti sola
como la Virginia Woolf

Publicado en https://www.publico.es/sociedad/maria-bastaros-amistad-femenina-lucha-intimidad-gran-arma-avasallador.html

Anuncios

Victoria Sandino: “La paz es un sueño para Colombia”

Durante 20 años estuvo enmontañada, es decir, fue guerrillera y combatió fusil en ristre al Estado, históricamente ausente en gran parte de las tierras colombianas. Judith Simanca Herrera, más conocida como Victoria Sandino, excomandante de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), es hoy senadora y forma parte de la dirección de Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, el partido fundado en agosto de 2017 por los excombatientes de la guerrilla tras firmar la paz con el Gobierno. Además de a la guerra, su nombre quedará asociado a la perspectiva de género que se incluyó en el acuerdo, el primero en entender que la paz es cuestión de hombres y de mujeres.

Victoria –su nombre– sería hoy hablar de paz, pero la realidad del país no lo permite, sobre todo si una sale de los despachos ministeriales de Bogotá. El ELN, como otra de las guerrillas históricas del país, ha ocupado los espacios donde se encontraban las FARC y amenaza a los hombres y mujeres del campo, un espacio que se disputa con los narcos mexicanos, ya en la zona, los disidentes de las FARC, los paramilitares y las bandas criminales (bacrims). En ese caos y con un país tremendamente polarizado, caen los pobres y los defensores de los derechos humanos, que inoportunan. También los antiguos miembros de la guerrilla.

¿Qué habría que hacer para que se dé una reinserción exitosa de todos esos excombatientes? ¿Cómo se vuelve a una vida normal tras no haber conocido otra realidad que la guerra? 

Para que se dé una reinserción exitosa hace falta mucha voluntad política, la que pactamos en La Habana, la que queremos y soñamos los hombres y mujeres de las FARC. Lo que hay que hacer es concretar lo pactado. Y eso hay que hacerlo en muchas facetas. En política, garantizándose que todo nuestro personal pueda participar en una esfera cualquiera como ciudadano; en lo económico, haciendo que se materialicen los proyectos productivos, que se asignen las tierras ya que la mayoría de nuestra gente tiene vocación agropecuaria y es lo que pactamos y soñamos. En cuanto a seguridad, debemos hablar desde dos planos: el jurídico y el personal. Por una parte, según lo que pactamos, la Ley de Amnistía debía permitir la salida de la cárcel de más de 4.000 de nuestros integrantes. Pero hoy, después de casi dos años del acuerdo, más de 370 personas siguen en prisiones. Y así y todo, el Gobierno –en contra de lo establecido– quiere cambiar esas reglas que habíamos previsto. Es decir, se quiere derogar que la gente pueda amnistiarse, que pueda pasar a la JEP (Jurisprudencia Especial para la PAZ), que tenga las garantías de las que hablamos allí. El Congreso pretende cambiar esa reglamentación para mandar a toda la dirección [de las FARC] a la cárcel o a la extradición.

Y por supuesto hay que hablar de seguridad personal. Desde la firma, han asesinado a 76 de nuestros compañeros, a 20 de sus familiares y hay 6 desaparecidos. Nuestra integridad física está en riesgo.

En los territorios las comunidades están amenazadas por el ELN, los paras, los narcos de Sinaloa, la disidencia de las FARC… Eso no es paz.

Sí, la barbarie de la guerra sigue allí. Aquí siempre se ha pretendido ver una sola parte de la guerra, la de las FARC, pero la historia es otra y en ella entran muchos más actores. Para que se dé la paz el Estado debe estar presente en los territorios, pero no solo con fuerzas militares sino con inversión social. La institucionalidad debe resolver los problemas de las comunidades, donde hoy faltan profesores, carreteras, servicios médicos y programas de nutrición para que los niños no se desvanezcan en las escuelas.

¿Qué sería entonces la paz?

La paz es un sueño para nosotros, pero también una esperanza. La paz es que pare la persecución contra los líderes y lideresas sociales, que la lucha por los derechos sociales no nos cueste la vida. La paz es también que se amplíe la democracia y podamos disfrutar de este país tan hermoso, tan inmenso y diverso.

¿Están más preparadas las víctimas para mirarse cara a cara con el otro que los excombatientes?

Yo creo que las víctimas han hecho un proceso absolutamente loable y admirable. Desde que estábamos en el proceso quisieron participar y lo primero que decían era: “No se levanten de la mesa. Terminen esta guerra, hagan la paz”. Las víctimas tienen mucha esperanzas en este proceso. Aunque también  incertidumbres y decepción. Ahora lo que hay que hacer es garantizar la restitución de los derechos que se les arrebataron. Porque tras la firma, quienes han hecho actos de reparación hemos sido nosotros, algo con lo que no ha cumplido todavía ni el Gobierno ni el Estado colombiano.

¿Es fácil mirarlos y reconocer el dolor que causaron?

Nosotros reconocemos ataques por parte de las FARC que no nos enorgullecen, pero que ocurrieron. Hoy decimos que se haga verdad y justicia. De hecho, las mujeres nos estamos reuniendo con las víctimas. Es duro pero es también un proceso muy bonito de sanación, de reconocimiento y de identificar que nosotros también tenemos dolores y padecimos el conflicto. Muchas nos fuimos a la guerra como consecuencia de un conflicto que no era político, era económico.

¿A usted qué le quitó la guerra?

(Respira) La guerra me quitó muchos afectos. La guerra me quitó a muchas personas que amaba. Y no solo en los años en que estuve como combatiente; antes también. Yo entré en la guerra empujada por la violencia, yo fui parte de la Unión Patriótica [partido de izquierdas], yo viví parte de ese genocidio en el que mataron a más de 5.000 personas.

Hablemos de género. ¿Qué significó incluir esa perspectiva en el acuerdo?

Supuso que por primera vez en la historia de un acuerdo de paz logramos incluir que se reconociera que las mujeres habíamos sido impactadas de manera diferencial y que era necesario tomar medidas específicas, tanto en la norma como en las políticas públicas. Ese enfoque significa garantizar sus derechos fundamentales y con los de ellas, los de la toda la población. Diría, además, con todo el respeto y humildad, porque esto es un acumulado del movimiento de mujeres colombianas, que, tras el derecho a voto de las mujeres, el acuerdo de paz y el enfoque de género es, para las colombianas, la segunda conquista más importante de la historia reciente del país.

¿Una mujer guerrillera tiene un estigma mayor a la hora de reincorporarse?

Definitivamente. El estigma que padecemos hombres y mujeres que hemos estado en la guerra y que estamos haciendo el tránsito a la vida civil es durísimo. Nos tratan de asesinos, de violadores, pero a nosotras en particular se nos castiga más. Y eso ocurre porque tuvimos la osadía de tomar un arma, de dejar a nuestros hijos, de no tenerlos… porque la maternidad era incompatible con aquello. Hoy tenemos, por ejemplo, unos problemas muy complejos cuando esas madres están queriendo recuperar a sus hijos. Algunos desaparecieron, otros fueron dados en adopción, otros… jamás lo entendieron.

Vayamos a otro punto, las mujeres utilizadas como botín de guerra. 

Sí, definitivamente, las mujeres fueron utilizadas como botín de guerra. Tanto sus cuerpos como su propia existencia. Desde todos los ángulos. Cuando los paramilitares incursionaban, las principales víctimas eran las mujeres. Las abusaban, las violaban y luego las mataban. Hay pruebas, pero no hay justicia: esos delitos no se han juzgado.

Perdón, ¿y las FARC no violaron a las mujeres?

Voy. Voy por partes. Entiéndame que yo tengo una visión propia. Pero hoy, tras el acuerdo, se quiere olvidar de tajo lo que hicieron los paramilitares. Y en esto, también hay que acusar a las fuerzas militares [de abusos y violaciones]. Por nuestra parte, sí, tengo que señalar que es seguro, que a pesar de las normas rigurosas que teníamos que condenaban cualquier tipo de violencia contra las mujeres, en el contexto de la guerra ocurrieron hechos de ese tipo por parte de integrantes de nuestra organización.

Entonces, ¿reconocerán esas violaciones? Porque todos, también las fuerzas del Estado, cuentan con normas que dicen que no se puede violentar a las mujeres. 

Sí. Tendrán que salir y hacerlo. Todos. Ahí está la JEP. El problema es el de siempre, que no hablamos solo de los actores armados. Aquí todo el mundo participaba. La clase política dirigente no tenía el fusil directamente, pero sí financiaba, promovía y facilitaba para que se crearan estas violencias contras las mujeres. Afortunadamente esos delitos no pueden ser amnistiados.

¿Qué papel puede jugar ahora la comunidad internacional?

La comunidad tiene un papel fundamental para que se logre este acuerdo. Primero, debe estar presente en el territorio. Y dos, tiene que estar conminando al Gobierno para que cumpla lo prometido: nosotros lo hemos hecho. Cumplimiento y puesta en marcha. Hacen falta resultados específicos en materia de implementación.

Aparte, puede ayudar con apoyo técnico y recursos económicos. Porque muchos países de la comunidad internacional aportaron para la guerra, para fortalecer a las fuerzas militares y al Estado que seguía atacando a las comunidades y territorios. Invitamos a esos países ricos, que tienen además intereses en el país, que aporten, que inviertan para que esta paz llegue a los territorios y a la Colombia profunda, a esa que nunca ha conocido un escenario distinto al olvido, a la miseria, a la pobreza y a la guerra.

A pesar de todo, ¿cómo ve el futuro?

Hay esperanza. Colombia ha cambiado y dado pasos importantes. Nunca antes se había pensado que la izquierda sacara ocho millones de votos. La gente ha empezado a perder el miedo. No obstante, se deben dar cambios estructurales para que haya justicia social. No se justifica que en este país, con un territorio tan rico y diverso, mueran niños de hambre y eso pasa en El Chocó, en la Guajira y en Bogotá. No se justifica que existiendo una población tan numerosa con vocación agropecuaria y tantas tierras, no se asignen tierras. Eso tiene que cambiar, pero repito, hay esperanza.

Por cierto, su partido aparece totalmente dividido, ¿se rompe?

Yo diría que no, que simplemente hay discusión. FIN

Publicado en La Marea https://m.lamarea.com/2018/11/02/victoria-sandino-la-paz-es-un-sueno-

Contra los obsolutos privilegios de los feminismo blancos y privilegiados

¿Discriminaciones? Todas: por negra, por mujer y pobre y de izquierdas. Uno de los iconos de la lucha por la igualdad en América, Angela Davis, ha pasado por Madrid para hablar de feminismo y libertades. Volvió a dar una lección de valentía y coherencia: “Yo veo el feminismo como una estrategia contra el racismo, el fascismo, el capitalismo, la explotación económica”.

“Es filósofa, política marxista, activista afroamericana antirracista y feminista, y profesora del Departamento de Historia de la Conciencia en la Universidad de California en Santa Cruz, Estados Unidos”. Así arranca su descripción la Wikipedia. Su entrada en cualquier espacio impone: black power. Debe de ser la fuerza de ser comunista, negra, mujer y haber nacido en 1944, cuando todavía en Estados Unidos se imponían las leyes de segregación racial. Debe de ser la fuerza que aparece cuando 25 años más tarde, en 1969, como profesora de la Universidad de California y con Ronald Reagan como gobernador de ese Estado, el FBI informó de su afiliación comunista y el centro de saber desde el que impartía clases le rescindió el contrato. Debe de ser la fuerza que otorga haber nacido en un barrio conocido como Dynamite Hill (colina dinamita) por el gran número de casas de afroamericanas asaltadas por el Ku Klux Klan. No la calla nadie. Debe de ser por haber sido considerada –injustamente– una de las “criminales más buscadas” por un delito que no había cometido.

Invitada por la Asociación de Mujeres de Guatemala, Angela Davis (Alabama, 1944) estuvo en Madrid, en La Casa Encendida. No dio entrevistas: solo una charla para la prensa y una conferencia abierta al público, que dejó a decenas de personas fuera: eran muchos y muchas los que querían escucharla. Estos fueron los grandes temas que tocó.

Sobre mujeres y feminismo. “La categoría de mujeres no es unitaria. En el pasado se ha racionalizado que bajo el concepto mujeres estaba la imagen de una mujer blanca. La mayoría entendió el feminismo como feminismo blanco. Yo veo el feminismo como una estrategia contra el racismo, el fascismo, el capitalismo, la explotación económica. Así, de esa forma holística, espero que cada vez más mujeres, hombres y trans abracen el feminismo”, respondió sin vacilar. Una respuesta muy ligada a una de sus grandes máximas: El feminismo será antirracista o no será”, que por supuesto, se escuchó en Madrid.

Retos del feminismo. “Que la política no nos deje fuera, como tantas otras veces. Seguir en las calles organizadas y que el poder se impregne de feminismo”, recordaba uno de los símbolos de la lucha negra en América, autora también de la frase que decía que lo que necesitaba su país eran más políticos desempleados. “La principal respuesta contra la Administración Trump ha venido de las mujeres, que organizaron la mayor manifestación de los últimos tiempos en Estados Unidos”.

No valdrían en política, según la filósofa, los feminismo de la élite, siempre privilegiada. “Un feminismo que afecta sólo a aquellas que ya han llegado al final de la escalera económica y política, a aquellas que tocan con los dedos el llamado techo de cristal, es un feminismo que no ayuda a aquellas que están en la parte baja de la jerarquía, y que no representan al conjunto de las mujeres y de la población”.

Convencionalismos y lo binario de una perspectiva sexual que habla de hombres y mujeres. “Lo interesante del activismo trans, que ahora empezamos a entender, tiene que ver con temas relacionados con género, sí, pero sobre todo con lo que se considera normal. Hay que estudiar qué se entiende por normal. En su intervención, la activista también subrayó cómo la comunidad trans es la que más sufre la violencia, ya sea institucional o callejera. Y para este planteamiento, rescatamos su ya viejo “debemos hablar tanto de liberar nuestras mentes como nuestras sociedades”.

Fascismos y derechización de la sociedad. “El racismo ha estado siempre en el centro del fascismo. Y sí, es preocupante la vuelta de posibles fascismos en Europa y en Estados Unidos. Debemos mirarlo muy bien. La situación en Brasil, con la elecciones del domingo, y con un candidato que según los sondeos va a ganar y que es claramente homófobo y racista es muy preocupante [Efectivamente, Bolsonaro ganó las elecciones presidenciales el pasado domingo con una holgada mayoría]. Trump, por supuesto, ha reforzado en el mundo todas esas corrientes de extrema derecha”.

Migraciones y violencia. “Hay que abrazar a esa gente que huye del hambre y de esa violencia de un sistema que les ha arrebatado todo. Sufren de un capitalismo racial”, señaló la mujer que siempre quiere ha querido incidir en la violencia de las instituciones contra los más vulnerables: ya sea por raza, sexo o falta de recursos.

“Los mayores temas sobre derechos humanos tienen que ver con la situación que hoy viven los migrantes y los refugiados. Y para entender su situación hace falta repasar la historia del colonialismo y el capitalismo. Muchas veces olvidamos que su realidad actual viene generada por una serie de factores históricos. La situación de las mujeres y el feminismo también hay que verla así, como un movimiento que nace forjado por un colonialismo y un capitalismo global. No se puede asumir que las decisiones son individuales”, afirmó la mujer que se define como radical, sí, porque “radical significa agarrar las cosas desde la raíz”.

Publicado en El Asombrario

#PorTodas, por Carmen, por María, por Fátima, por mí…

No me quito de la cabeza un racimo de globos negros con los nombres de varias mujeres. Los llevaba una chica en la manifestación del 25 de noviembre. Era de noche, medio llovía y el nombre de Ana Hilda, escrito en morado en uno de ellos, me revolvió las tripas. ¿Quién era ella? ¿Tendría apellidos, quién la echará de menos? ¿Tendría madre, hijos…, qué les habrán dicho, que un salvaje, quizás su padre, la mató? ¿Sería de Alicante, de un pueblo de La Rioja, gallega, de un municipio grande, qué sabrán los políticos de sus municipios más allá de que se hizo un minuto de silencio? ¿Y la Justicia, y él? ¿Tendrán miedo sus vecinas de que pueda pasarles a ellas? No lo sé. Hoy Marta solo es un nombre pintado en un globo que en un rato se pinchará. Me niego a olvidarla.

Por eso estoy en la iniciativa que hemos llamado PorTodas, un proyecto de investigación periodística centrado en las 55 mujeres que, según reconocen los registros oficiales, fueron asesinadas en España en 2014. ¿Por qué? Porque nos están matando y sobre nosotras, sobre todas, cae una losa de olvido muy cómoda para todos: para mí también, que dejo el tema para más tarde, que me duele volver a desayunar con otra mujer asesinada, que no pregunto qué planes de prevención están ejecutando los gobiernos para que no asesinen a otra mujer la próxima semana y que no sé qué fue de ella.

No son ‘un breve’, ni ‘sucesos’, periodísticamente hablando: son 55 dramas reales y silenciados, los del 2014, un drama que se repitió el siguiente año, y el siguiente y el siguiente y este. Cada mujer asesinada es una historia que no podemos dejar reducida a un globo negro en una manifestación. Cada mujer asesinada por violencia machista es la historia del fracaso de una sociedad que no nos considera. Y digo ‘nos’ de forma intencionada, porque el desprecio a sus vidas es el desprecio a todas.

Queremos saber, queremos contar, qué ocurrió con esas 55 mujeres que corrieron el mismo destino que Ana Hilda y responder qué sucedió después. Hay muchos interrogantes que deben ser resueltos para que el año que viene no volvamos a repetir el número de mujeres asesinadas: ¿recibieron las hijas y los hijos de la víctima algún tipo de ayuda? ¿Aumentó el Ayuntamiento el presupuesto en cuanto a prevención de las violencias machistas? ¿Qué condena recibió el asesino? Para ello, un grupo de periodistas con experiencia, dirigidas por Magda Bandera desde el periódico independiente La Marea, publicaremos reportajes que ayuden a exigir responsabilidades a las administraciones y recogeremos ejemplos positivos que inspiren a distintos colectivos a avanzar en la lucha contra la violencia machista.

Eso sí, #PorTodas solo será posible con la implicación de muchas personas en esta iniciativa que no tiene una empresa detrás, sino la voluntad de un grupo de periodistas por cambiar las cosas y hacer periodismo de investigación con vocación de servicio público.

Si quieres saber qué pasó con Marta, con Raquel, María, con Carmen… el periodismo tiene que hacer su trabajo, y tú puedes hacerlo posible: participa #PorTodas

Francia Márquez: “El río es mi vida”

-¡Negra¡, gritó la niña al verse en el espejo. //Desde entonces, ese es mi color favorito”. Ese fue el verso elegido por Francia Márquez, la mujer afrocolombiana que ostenta el premio Goldman, considerado como el Nobel del Medioambiente, en la presentación del libro Horas de guerra, minutos de paz, de Emilio Polo. Era uno de los muchos actos que ha mantenido durante su gira por España para subrayar el abandono de sus comunidades por parte del Estado.

La activista es del Cauca, una de la zonas más golpeadas por la guerra en Colombia donde a pesar de los pactos firmados entre las FARC y el Gobierno, la guerra persiste. A esa violencia han de sumar la que trae la minería ilegal: un auténtico cáncer en sus territorios que se está comiendo su tierras –que son deforestadas en busca del metal- y ríos, envenenados por el mercurio utilizado para separar sustancias. Márquez empezó como activista siendo una adolescente, pero su “master” como defensora del medio ambiente le llegó tras una marcha que realizó para gritar al mundo, tras un sinfín de denuncias infructuosas, que la minería ilegal estaba acabando con sus tierras. Caminó 350 kilómetros durante 10 días junto con otras 130 mujeres y jóvenes. Consiguió sacar unas máquinas retroexcavadoras de sus tierras, pero solo unas; las hay por miles. Según fuentes de la Fiscalía colombiana, el 80% de todo el oro minado anualmente en Colombia se produce de forma ilegal con métodos que causan una devastadora destrucción ambiental. Un reciente estudio de la Universidad Externado de Bogotá encontró que hasta 80 ríos del país están contaminados. La Fiscalía también señala que diez importantes ríos están a punto de “desaparecer”.

Francia Márquez, que tuvo que desplazarse de su tierra y vive amenazada, dice haberse inspirado en la sabiduría de sus mayores, “gente que no sabía leer pero que le decían: ‘ustedes tiene que cuidar al río como a su papá y a su mamá, porque eso es el ciclo de vida’”.

Usted denuncia una política extractivista por parte del gobierno colombiano que va en contra de las comunidades.

Desde que se empezó a vender a Colombia como un país para la minería, se disparó la minería ilegal en toda la región del Pacífico. Para mí, la minería ilegal es una estrategia para justificar la gran minería y esa política extractivista en Colombia que no mira a las comunidades. Porque la minería ilegal ha llegado a nuestras regiones con la complicidad de las instituciones del Estado, que dejan pasar esas máquinas retroexcavadoras por nuestros caminos hasta llegar a los ríos. ¿Cómo llegan esas máquinas allí, no los ven los retenes de la fuerza pública? Pareciese que esas grúas y dragas fuesen cájas de fósforos se llevan en un bolsillo. ¿Quién permite esa compra de un mercurio que forzosamente debe ser importado del exterior? Con licencias o sin ellas, solo hay que asomarse y ver cómo se están destruyendo el territorio, pero eso no lo ven ni el ejército ni las instituciones ambientales.

Les acusan de ir contra el desarrollo.

En muchos territorios donde el Gobierno ha entregado títulos mineros a empresas, se nos ha acusado de ser perturbadores de mala fe. Cuando nos dicen que nos oponemos al desarrollo, yo pregunto: ¿al desarrollo de quién? A la gente la han despojado de sus tierras y ahora se ven forzadas a trabajar en latifundios de caña de azúcar, monocultivos que solo dan intereses para los grandes terratenientes. ¿De qué desarrollo estamos hablando si para construir una represa han tenido que quedar sepultadas las tierras con las que vivíamos del café, cacao y plátano, la pesca y la minería artesanal?.

El problema de la minería ilegal viene de hace años, pero además ahora con el nuevo Gobierno estamos saltándonos la Constitución del 91 y retrocediendo a la del 86, donde los afrocolombianos no teníamos derechos. Esos derechos fundamentales que nos permitían proteger nuestros territorios, entendidos como espacio de vida, donde podíamos recrear nuestra cultura, se han ido menoscabando. Se está presentando un proyecto de ley para que el derecho fundamental de la consulta previa [otorgado para la poblaciones originarias] no sea un obstáculo para la élite que defiende que el desarrollo se mida en términos económicos y no en bienestar social.

Resulta paradójico que ríos en su país sean sujetos de Derecho y sus gentes no tengan ni agua potable, ni pescado que comer.

Se explica si miras a sus habitantes: somos negros. Y yo no me olvido de nuestra historia, a nosotros nos dijeron que éramos salvajes. A nosotros nos quitaron nuestra humanidad. Y eso está ahí: el racismo hace que nosotros seamos considerados como cosas que no merecemos derechos. Y cuando nos dan derechos, se quedan en el papel. Y cuando los exigimos, nos replican: “Su derecho no puede obstaculizar nuestro desarrollo”.

Estamos hablando casi más de derechos humanos que de medioambiente.

Es que no se pueden separar. Están totalmente relacionados. Para mí, la naturaleza no se desprende del territorio, que es vida. Y esa es parte de nuestra lucha, luchamos por nuestro modo de vida, luchamos por el río.

No parece que quede mucho espacio para los derechos humanos hoy en Colombia, a pesar del pacto entre las FARC y el Gobierno.

Es cierto. Como comunidades afro, como campesinas y como mujeres hoy le apostamos a la paz, pero el nuevo panorama es muy duro: está el ELN, las disidencias de las FARC, los paras, los narcos… A mí se me parte el corazón, porque tenía la esperanza de que el conflicto iba a disminuir, y sí, ya no hay bombardeos, pero la violencia sigue, entre otras cosas, porque el Gobierno no cumple con su compromiso de implementación de esos acuerdos de paz.

No podemos hablar de paz cuando vivimos realidades como el horror del desplazamiento forzado. La semana pasada en una audiencia pública el gobernador de Nariño denunciaba que en este año se han desplazado por el conflicto armado 5.000 personas en su departamento. ¿No lo ven? Allí no hay que hablar de guerrillas, hay que hablar de gente que lucha todos los días por vivir de una forma digna y que por el contrario, les ha tocado vivir una guerra que no es la suya, una guerra que ha sido introducida por un mismo sistema económico de muerte.

Yo quisiera que no haya gente muriendo en los territorios, sobre todo porque muchos de los jóvenes, de la gente que está en esos grupos armados, son los nuestros. Y se van al ejército, a la policía o a los paramilitares por absoluta necesidad. En muchas comunidades el Estado no está en términos de inversión social. Las vías las levantan la gente a punta de pico y pala. No obstante, sí están para entregar nuestras tierras a empresas multinacionales.

Hace unas semanas daban el Nobel de la Paz a dos personas que luchan contra la violencia sexual ejercida contra las mujeres en la guerra. ¿Qué pasa en su país?

Ese tema no es algo que yo haya trabajado, pero por ejemplo en Buenaventura, en el mayor puerto de Colombia, el feminicidio ha sido una estrategia para generar terror en la comunidad y entrar allí con un megaproyecto sin tener oposición.

¿Qué responsabilidad tiene la comunidad internacional en esa compleja guerra?

Muchas de las presiones económicas que tenemos sobre los territorios tienen que ver con las empresas que se han lucrado y saqueado nuestros territorios, que son las mismas que esclavizaron a nuestros ancestros y ancestras. Unión Fenosa, entre ellas.

En Europa hay muchas empresas que están violentando y vaciando nuestros territorios. Y eso pasa en mi país, en el resto de Latinoamérica y en África. La gente que se está cruzando el Mediterráneo, que se está muriendo en él, es producto de cómo le han destrozado su casa, de no tener condiciones de vida dignas. Y los que tienen la suerte de llegar y no morir, deben soportar la discriminación y el maltrato, que les traten como basura.

Luego, cada persona debe ver qué hace y cómo consume. No nos preguntamos si los productos que consumimos están bañados de sangre, si el costo de obtenerlos implica la destrucción de ríos y envenenamiento del territorio. Hoy el cambio climático es una muestra de que es necesario transformar esa visión de vida basada solo en el consumo. Hay que repensarnos la vida. Pero algunos, quienes tienen una serie de privilegios, no quieren verlo: creen que los recursos son ilimitados. Quizás nosotros somos los primeros que nos vamos a morir allá, pero el planeta se está apagando día a día. Todos los días esa lucecita se va mermando y va a llegar un momento en donde ya no va a alumbrar más.  FIN

Publicado en Diario Público

Paz de día; guerra de noche

Santander de Quilichao, Cauca, Colombia.- “Crear media masivos de comunicación”, señala uno de los integrantes y vecino del municipio de Buenos Aires, Cauca. Forma parte del grupo de “Reconciliación, Convivencia y Paz” que la Agencia de Reconstrucción Territorial (ART) ha convocado para conocer y trasladar las peticiones de sus vecinos al gobierno colombiano. La idea: construir un nuevo país. “¿Pero de verdad queremos medios de comunicación masivos? Pensemos mejor en radios comunitarias, en cuántas necesitaríamos, qué contenido le daríamos y hasta dónde alcanzaríamos en cuanto a cobertura?”, matizan el resto de participantes (ocho, hombres y mujeres afros e indígenas). Durante dos días negocian cada uno de los puntos que previamente se han trabajado en las veredas y corregimientos de la zona. Los otros grupos (compuestos cada uno por una decena de personas) hablan de soberanía alimenticia; reactivación económica; vivienda, agua potable y saneamientos; educación rural y primera infancia; salud rural; infraestructuras y ordenamiento social. Se trata de ir escalando los temas que han salido de sus comunidades a las cabeceras de sus municipios y de ahí a las regiones. Son los denominados Planes de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET), hijos del acuerdo de paz firmado en La Habana entre el Gobierno y las FARC.

La prevención de alcoholismos y otras sustancias adictivas aparece en el debate de quienes discuten cómo articular un territorio reconciliado y en paz. Los participantes zanjan rápidamente que ese asunto le corresponde al grupo que trabaja temas de salud. No obstante, rescatan un ángulo que sí consideran importante para conseguir una buena convivencia: evitar la exclusión y marginación de los consumidores y la prevención, también en los temas del grupo que debate Educación. “Criminalizarnos no es bueno”, sugieren. “Compañero escribiente, digitador, apunte: centros para el deporte. Es importante contar con espacios de recreación y ocio para los jóvenes”, pide una indígena al funcionario estatal que va registrando en un portátil.

Antes de hacerlo, el empleado público lee en voz alta cómo queda la petición. Si hay acuerdo, solicita un nombre, el de la persona que dará continuidad y seguimiento al tema.

Una vez zanjado, abordan los otros puntos del bloque temático en el que están: empoderamiento de las mujeres indígenas; fortalecimiento de una justicia propia (donde deben convivir, así lo dice la Constitución, las normas indígenas y afros con las leyes generales); refuerzo de la Casa de Justicia y definición de las guardias indígenas, cimarronas y campesinas. El manejo intercultural también se toca. Al debatirlo surge la importancia de defender sus culturas, pero teniendo en cuenta que los usos y costumbres no vayan en contra de los derechos de las mujeres… “Es nuestra responsabilidad concienciar a los hombres en una cultura del respeto hacia ellas”, apunta un indígena. “Ustedes lo definen”, espeta Franklin Ramírez, de la organización gubernamental.

La dinámica con la que transcurre la jornada va sobre ruedas. Hay respeto, participación, representatividad… “Recuerde: este es un espacio de construcción colectiva por el municipio que soñamos”, se lee en las acreditaciones. La tarde es soleada, se trabaja en un local al aire libre y el Cauca atardece en apariencia tranquilo. Solo es apariencia, parte de los participantes deben irse: viven en el campo y en la noche nadie garantiza su seguridad por las carreteras o trochas. Algunos líderes comunitarios, apuntan desde la Agencia de Reconstrucción Territorial, no han podido llegar: están amenazados. Hace unas semanas mataron a uno de ellos; uno más. El conflicto en esta zona del país está lejos de haberse acabado. La guerra con las Farc ha terminado, sí, pero la ausencia del Estado sigue siendo una pauta en una región donde la presencia del Eln, los mexicanos (cartel de Sinaloa), disidentes de las Farc y bandas criminales operan como quieren. En otras palabras, la barbarie de siempre.

“Teníamos muchas esperanzas, pero las élites de este país no quieren oír hablar de otras formas de gobierno alternativas. No quieren entrar en temas como verdad, justicia y reparación, de una ley de víctimas o de restitución de tierras. No ha habido una buena planificación, no llega la respuesta del gobierno y no hay garantías de seguridad”, apunta Franklin Ramírez. Por contra, sí reconoce una gran avance en el trabajo que vienen haciendo: es la primera vez que el Gobierno no dice lo que hay que hacer sino que acude a las comunidades a escuchar sus necesidades. El reto, coinciden todos: implementar esos planes.

Otro puntal para la esperanza, sería según el técnico de la agencia estatal, el fortalecimiento de la ciudadanía, la resistencia, que llaman ellos. “Sí, y debemos estar preparados, porque no hay voluntad política para implementar todos estos cambios y que no quede en papel. De ahí lo importante de que estemos organizados. No queremos ser víctimas. Somos sujetos activos de derechos y queremos tener voz y voto”, señala una de las mujeres. Lo hace con la misma sonrisa, dulzura y contundencia con la que defendía hace unos minutos cómo construir un país en reconciliación, convivencia y paz. Es tarde. Ella debe ser de las que no deben tomar carretera. FIN

Retos del feminismo 99%: “O avanzamos o avanzan”

Lula Gómez, Madrid. No hay un feminismo, hay muchos; no hay una mujer, hay muchas. De ahí la confusión cuando se le ponen apellidos a un término que es sinónimo de igualdad. Bien, cuando se habla de feminismo del 99% se hace referencia a una corriente nacida en Estados Unidos con el clamor de Ocuppy Wall Street, “hijo” del 15M español, que decía estar harta de unas políticas y unos gobiernos que solo favorecían al 1% de la población. Reivindicaban cuestiones de género, clase, raza y orientación sexual y el poder del 99% restante, como el feminismo que se pone este numeral. A partir de la publicación titulada Un feminismo del 99%, de Lengua de Trapo, cuatro de sus autoras debatieron sobre los retos de esta ideología. Lo hicieron en el madrileño Teatro del Barrio la noche del pasado lunes.

Para Justa Montero, que escribe un capítulo del libro dedicado al pasado 8M (https://www.publico.es/sociedad/nombres-calles-mujeres.html), el gran desafío a futuro está claro: “O avanzamos y situamos el feminismo en una dinámica que impugne el sistema, o avanzan”, señaló contundente esta histórica del feminismo español. Coincidió con ella la política Clara Serra, que abogó por articular el feminismo como el lugar para la lucha por otros espacios, como la reorganización de la economía (incluida la de los cuidados) y de la sociedad en general. Para ella, actualmente en Podemos, de quien habló en un tono crítico por no haber sabido entender el significado del feminismo desde el principio, el feminismo [del 99%] representa un nuevo tablero para hacer las cosas desde un proyecto transformador. Según Serra, la lucha ya no está en la defensa de las clases, sino en los derechos de ese 99% por el que abogan las mujeres.

La duda surge en cómo aglutinar los derechos de una masa tan diversa, plural y global. Porque este feminismo habla de migrantes, pensionistas, jóvenes, desigualdad (ya sea por etnia, sexo o religión), precariedad laboral… “El reto es organizativo. Porque el movimiento debe ser transversal e inclusivo y generar así una agenda reivindicativa de carácter universalista. Frente a los nuevos fascismos, la tarea es la reconstrucción de los círculos sociales desde lo público y la solidaridad y en contra de las políticas neoliberales”, apuntó la periodista Nuria Alabao.

Fefa Vila, que dijo tener más preguntas que respuestas a los retos del feminismo, habló de la necesidad de atender al relevo generacional, que demanda nuevos espacios y nuevas formas de organización. Se trata de crear los espacios para que quepamos todas y dar cabida, por ejemplo, al movimiento queer, trans o a las mujeres feministas racionalizadas. “También debemos hablar y pensar en cómo entendernos con las trabajadoras sexuales, que es el tema que ahora nos desune. No se puede obviar. Hay que entender la diversidad dentro del seno del feminismo y avanzar en él para reconocer a un sujeto feminista plural que se va haciendo más complejo en sus expresiones, luchas y reivindicaciones. Meterlo debajo de la alfombra, no ayuda”, afirmó la socióloga. Tanto ella como Justa Montero apelaron a reconocer los muchos logros del feminismo de los 70, que también fue hegemónico, recordaron. El problema, matizó Vila, es que luego fue borrado. Para seguir caminando, reiteró Vila es necesario renovar ese feminismo de los 70 y renombrar sus nuevos cuerpos y realidades. El objetivo: recoger el espíritu de las nuevas generaciones que suman ese nuevo feminismo.

Pero no sólo dentro, debe estar bien cosido un feminismo, cada vez más popular y universal. También es importante fijar las costuras con otros movimientos. Alianzas, repitieron las ponentes, para ser un movimiento fuerte, plural, autónomo de los partidos y una punta de lanza que recuerde que los derechos son conquistas. “Se trata de construir nuevas estructuras políticas sin destruir”, concluyó Fefa Vila.

El libro, Un feminismo del 99%, cuenta con prólogo de la feminista Nancy Fraser y los textos de Ana G. Adelantado, Nuria Alabao, Luciana Cadahia, Germán Cano, María Castejón, Silvia L. Gil, Tatiana Llaguno, Justa Montero, Clara Serra y Fefa Vila. En sus páginas se intenta responder a temas el por qué del éxito del 8M español, el papel de los hombres dentro de los feminismos, el feminismo como un tema también de la derecha, el #MeToo…FIN

Nota: esta pieza se elaboró para un medio de comunicación que, una vez encargado, cambió de opinión y no lo publicó. Me pagarán la mitad de lo pactado. #Precariedad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nosotras corremos. Por la resistencia y por una nueva forma de conjugar

Leo en un tweet: “Según Salvamento Marítimo TODAS las mujeres del Aquarius han sufrido violencia sexual”. Unos días antes, y también relacionado con el drama de las personas que huyen de su país para no morir, la activista Helena Maleno afirmaba en una entrevista que las mujeres, para llegar aquí, deben normalizar la violencia. Contaba que es una cuestión de supervivencia, porque si no lo haces, te mueres. “Se exponen a las violencias ligadas a la trata de personas y a ser explotadas durante el tránsito para poder llevar a cabo el viaje, por no hablar de los abusos y violaciones sistemáticas. Normalizar la violencia es una gran estrategia para no morirte”. Lolita, una Berta Cáceres de Guatemala, una defensora de los derechos humanos que tuvo que huir de su país para que no la matasen dice que quiere vivir y que no nació para ser ni violada ni asesinada. Porque el norte de Centroamérica, lo denuncia Naciones Unidas, está considerado como una de las regiones sin guerra más peligrosas del mundo para ser mujer.

Pero ojo, no hace falta irse lejos, el caluroso 19 de junio cerrábamos la jornada en España con el asesinato de tres mujeres por terrorismo machista. Al día siguiente, hubo otra más. Cuatro mujeres menos a seguir. Cuatro mujeres asesinadas por el mero hecho de haber nacido mujer. El día que empecemos a contar este drama con la misma seriedad que tratamos otros terrorismos la historia empezará a cambiar.

Pero para eso hace falta cambiar la forma de contar y mirar. Lo primero está muy relacionado con el lenguaje y con la visibilización de las mujeres en todas las esferas. Para modificar la mirada hay que aprender a pensar las cosas desde otra perspectiva, la que se empieza a ver si uno se coloca las gafas violetas. No es fácil: las transformaciones nunca lo han sido.

Lo interesante es que se ha roto el tarro y el sentir de las mujeres en la lucha por nuestros legítimos derechos, aquí y allá, es imparable; es global y es local. “El mundo, el de las mujeres, llevaba un tiempo despertando de una calma chicha que había durado demasiado. Y crujía por todas partes. Cada movimiento encontraba cada vez más réplicas y más rápidas, más sonoras; cada una rompía en mayor o menor escala con un prejuicio, una cifra, una tradición, una orden”, explica la periodista Isabel Valdés en su libro Violadas o muertas, un alegato contra todas las ‘manadas’. La calle no callará más: ahí estamos nosotras. Se vio el 8M, porque al día siguiente amanecimos con el asombro de una parte de una sociedad que por fin se plantea que debamos hablar de consejo de ministras, si somos más. Un mundo donde banqueras como Ana Botín confesaba hace unas semanas que sí es feminista, algo, decía en la entrevista, que no hubiese afirmado hace diez años.

Sigo feliz tras la lección de la hija de un amigo. Con 8 años le pidieron que conjugase el verbo correr en presente de indicativo. “Yo corro/ tú corres / ella corre / nosotras corremos / vosotras corréis / ellas corren”, dijo. Sin darse cuenta, la pequeña ya ha hecho suyo que lo personal es político. Yo corro con ella para buscar las conexiones entre la experiencia personal y las grandes estructuras sociales y políticas, así se cambia el mundo.

Este artículo de opinión se publicó primero en el nº5 de la revista Más Mujeres a Seguir (MAS), edición en papel y en el newsletter: Newsletter MAS

Perspectiva de género, también en las fiestas

‘A pocos días del primer txupinazo del que van a poder disfrutar el asesino de Nagore Laffage y los violadores de La Manada, aparecen muchas iniciativas para demostrar la indignación de las mujeres. Que no vayamos, por ejemplo. O que vayamos de negro’,decía hace apenas unos días en Vice la activista y feminista vasca Irantzu Varela. Ella está en totalmente desacuerdo: ella aboga por contar con el legítimo derecho de salir.

Porque sí, estamos indignadas, estamos hartas de la violencia, pero ante todo, la consigna de las feministas navarras y de todo el mundo es clara: la calle y la noche son nuestras también (faltaba más) y nadie nos puede arrebatar el derecho de disfrutar una fiestas, de emborracharnos, de ponernos una camiseta o de quitárnosla.

 

Ante esa máxima, importa poco el color de la camiseta, pero ojo, las navarras, que son las que llevan allí luchando durante décadas por tener unas fiestas sin violencias sexuales hacia las mujeres, quieren seguir portando la camiseta blanca, la oficial. La negra, comentan, supone luto y ellas, en sanfermines, quieren reír, bailar y gozar.

Porque estamos hartas de que a la mitad de la población le haya tocado el placer y a la otra media el complacer’, señalaba estos días la feminista Teresa Saez Barrao en Pamplona. Ellas, las pamplonicas, llevarán una chapa roja que dice “no a la violencia” y un pañuelo violeta. Eso sí, les parece estupendo que el resto de mujeres se vista de negro ese día 6.

Porque lo que hay que cambiar es “la cultura de la violación”, esa terrible idea que marca los espacios para que no seamos libres de hacer lo que queramos: de divertirnos. Las feministas rechazamos de la manera más contundente esa creencia de que si sales, te besas con alguien o vistes así, te puede ocurrir. Tampoco la ebriedad justifica nada; ni es un atenuante en ellos, como dijo la justicia en el asesinato de Nagore Laffage a manos de José Diego Yllanes, un hecho calificado de homicidio por un jurado popular.

Lo que sí debe hacer la Justicia es escucharnos, porque esa justicia patriarcal alienta a las manadas y perpetúa la violencia.

Lo que sí debe hacer la ciudadanía es salir a la calle para denunciar que nos tocan, nos violan y abusan porque nos consideran objetos sexuales.

Lo que sí debemos hacer es contarlo y acudir a las instituciones (en Pamplona, desde el caso de La Manada se han incrementado en porcentajes superiores al 20%. Y no es que ocurra más, es que se cuenta más).

Lo que sí hay que hacer es pedir a las autoridades que pongan medios y recursos para evitar esas violencias. Por una parte, medidas previas, educación y concienciación sobre esas múltiples y cotidianas violencias contras las mujeres. Y por la otra, perspectiva de género, también en las fiestas, y en la hora de planificar una ciudad con rutas de transporte nocturnas, iluminación, puestos de seguridad…

Hermanas, si nos tocan a una, nos tocan a todas. Hermanos, despertad y apoyadnos en estas y en todas las fiestas, la calle también es nuestra. Y ahora: ¡Viva San Fermín!

Publicado en Más de la mitad, blog de 20 minutos