El señor del chalé en el Escorial y los “otros”, los migrantes

Con toda la buena intención (presumo), el actual ministro de Exteriores, Josep Borrell, clausuraba esta semana un encuentro sobre migraciones y ciudades para subrayar la necesidad de ver las migraciones como uno de los grandes temas a abordar del presente y el futuro. Señalaba el socialista que nos encontramos ante un tema que puede romper más la Unión Europea que la crisis del euro. Avisaba del peligro de la posible división que se puede crear: los habitantes del viejo continente ven en esos flujos de personas que migran una amenaza hacia lo que han configurado como “su identidad”, apuntaba el político. Todo bien.

Excelente el ejemplo que trajo de Ecuador y de cómo el país andino está siendo capaz de escolarizar, de un curso a otro, hasta a 40.000 niños, hijos del éxodo venezolano. “El otro”, en Ecuador, ha sido parte del país; no hay más.

El problema es cuando desde posiciones como la del titular de Exteriores se mezcla la economía con el Derecho y la crisis natalicia de un puñado de países. No, señor Borrell, no podemos pensar en las migraciones como una solución al problema demográfico de este envejecido rincón del planeta. No podemos confundir a la sociedad –aturdida por tanto ruido e información malintencionada- y contarles que sí peligra parte de nuestro empleo. No vale parapetarse en que admitimos a los que sí producen o a los que sí se reproducen. Cuidado, hablar así es acabar poniendo el adjetivo “liberal” a los derechos humanos. Y ya habrá visto la que le ha caído a sus colegas de Ciudadanos por querer aplicar el término al feminismo.

Asusta escucharle diciendo que a usted, que tiene un chalé en El Escorial y una plaza como catedrático en la universidad, como recordó ante el auditorio, esas personas que migran no le van a quitar el trabajo. Atemoriza lo que no dice. O sea, ¿que para el común de los mortales que no hemos sido ministros, ni presidentes de una institución europea, ni altos representantes de multinacionales, esa gente que huye del hambre o viene con el legítimo derecho de otra vida, amenaza nuestro confort? Señor Borrell, nómada cosmopolita, como usted se autodefinió en el foro, le está dando la razón a esa extrema derecha.

¿De verdad que piensa que –como señaló- solo unos pocos van a entender que los aportes de quienes vienen de fuera (a recoger fresas y cuidar a nuestros niños y viejos, acoto yo) son el sostén de nuestras pensiones?

No nos líe; es peligroso. “Somos sociedades que envejecen. Y mientras que no seamos capaces de despertar la voluntad de procrear en nuestros hijos y nietos, no tenemos una solución fácil para el bache demográfico. Solamente podremos cubrir ese bache importando población”, dijo. ¿De verdad que de lo que hay que hablar es de “importar” personas? ¡Ah, sí! Pero que no sean catedráticos, no le vayan a quitar el puesto.

“Hay que buscar un equilibrio entre nuestras necesidades y nuestra capacidad de integración”, comentó. Socorro: ¿entonces solo miramos nuestros intereses? Preocupada por ese posible enfrentamiento entre las dos partes del Mediterráneo, demando nuevas alternativas a las políticas de migración. Porque seguir construyendo muros, físicos o mentales, entre ellos y nosotros, no funciona; lo estamos viendo.  “Hay que buscar un equilibrio entre lo que necesitamos y lo que la sociedad entiende que es positivo”, señaló. Cuidado, los migrantes no son vasijas. Importan, pero no porque puedan contribuir al PIB. Menos mal que a pesar de este escalofriante mensaje que daba esta semana, también señalaba que no podíamos agarrarnos exclusivamente a la lógica aritmética y que las sociedades deben ser capaces de integrar a esas personas que vienen de fuera. Solo un matiz: propongo empezar a desterrar ese verbo, dejar de decir “integrar” y sí cumplir con el derecho internacional humanitario, si hablamos de refugiados; de responsabilidad, progreso, diversidad y sociedades de bienestar donde cabemos todos, si hablamos de migrantes.

Publicado en https://blogs.publico.es/conmde/2019/03/23/el-senor-del-chale-en-el-escorial-y-los-otros-los-migrantes/

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Loving Pablo, loving Disney

Loving Pablo, de Fernando León de Aranoa, basada en el libro del mismo nombre, de Virginia Vallejo, amante y periodista del narco, duele. Y lo hace porque cuenta el drama de la guerra del narco que vivió Colombia en un tono Disney y hasta cómico. Y sí, el director filma con la dureza que merece el narcoterrorista, pero parece reírse de los muchos de miles de colombianos que padecieron sus bombas, amenazas y miedo. También parece hacer burla a las mujeres, que aparecen todas como tontas y/o prostitutas: no hay matices.

La cinta, una gran producción, escuece y chirría –principalmente- por el personaje que interpreta Penélope Cruz, Virgina Vallejo, reportera de la época y auténtica sex symbol del país. No se entienden sus chillidos histéricos, su forma de contonearse gratuitamente por hoteles, fincas y restaurantes, los saltitos que pega cuando su novio -el hombre que llegó a controlar más del 80% de la producción mundial de coca- le mete en la maleta fajos de billetes. Ella, la mujer más deseada de su país en su momento, astuta, rica, culta, rápida y poderosa, no los necesitaba. Y sí, sin duda, le gustaba el dinero, y era ambiciosa y se acostó con quien quiso, pero siempre con cabeza. Ella fue mucho más que las piernas más bonitas de Colombia: fue la persona que encandiló a uno de los mayores asesinos de la historia reciente. Su historia es la de un duelo de titanes que no aparece en la cinta.

Fernando León se olvida de contar la complejidad de un país que enamora y mata a la vez. No hay matices en su film, y a pesar de retratar el horror de los asesinatos, extorsiones, secuestros y ríos de sangre que provocó el huracán Pablo, el director utiliza un tono de princesas de Disney difícil de creer. El realizador se pierde la exquisita ocasión que ofrece el libro de profundizar en el enamoramiento de un monstruo, por ejemplo. No está el drama de una Colombia en el que todavía en la tumba del sicario, todos los días del año, suena su música preferida durante 24 horas. “Nada hace latir más a un ego que encontrarse con otro del mismo tamaño (…) y dominarlo”, confiesa Virginia Vallejo en las páginas de su libro, en un relato en el que Escobar llega a compararla con Manuela Sáenz, la amante de Bolívar. Hasta la música confunde e imágenes duras, como cuando la protagonista se enamora del sicario, en un vertedero de basura donde él hace caridad, edulcora una historia que tuvo muy poco que ver con los cuentos de hadas.

Publicado en https://elpais.com/cultura/2018/03/08/actualidad/1520470538_390292.html

Un minuto antes del 8 de marzo

Nota de la autora: Hoy, 8M, no escribo. Lo hice ayer, robando un poco de tiempo a mi trabajo ordinario. Y publico dos minutillos antes de que comience el 8 de marzo, para que este post luzca el día que las mujeres paramos. Más concretamente, #LasBloguerasParamos

Me gustaría explicar, rápido y con muchas ayudas, por qué paro yo hoy y por qué cientos de mujeres paramos incluso por las que no lo hacen. Para argumentarlo salgo rápido al patio de vecinos que es Twitter. Recupero de todas formas algo en lo que me hizo pensar el pasado domingo la alcaldesa de Madrid en el programa El Objetivo. Decía la exjueza que el feminismo plantea también el modo y la distribución del trabajo: si queremos conciliar, y si queremos que empresas, hombres, mujeres y la sociedad se hagan corresponsables. Algo así como decir adiós a esas jornadas laborales que duran hasta las 8 de la tarde y se extienden en un afterwork con gin-tonics. Decir adiós a calentar las sillas por horas sin cuento, entre otras muchas cosas demasiado asentadas.

Pero voy con los tuits, los titulares de esta huelga:

La valiente periodista Mónica G. Prieto @monicagprieto, corresponsal de guerra, dice:

“Lo sorprendente es que nadie pregunte por qué paramos el jueves. Paramos porque es nuestra obligación limpiar esta parte de la sociedad hostil e intolerante que, o emplea la violencia contra su mitad femenina, o protege con su silencio a los agresores. #8deMarzo 1/2

Y luego, por si alguien no lo entiende, prosigue:

” #Paramos pq no queremos esa sociedad para nuestras hijas, y porque tememos perder esta oportunidad histórica para hacer del mundo un lugar más justo y seguro para todos, ellas y ellos. Y porque no si paramos y el patriarcado se crece, comenzaremos a perder libertades y derechos

Me golpea otro argumento, las que ya no están, las víctimas asesinadas por hombres, una cifra vergonzosa y que hemos normalizado”.

Sara Sere Siri‏ @LlamameLolita, profesora, recoge parte el intachable artículo de @Barjijaputa:

“Paramos por las que no os podéis levantar, paramos por las que ya no os acostáis. Paramos para demostrar al mundo que las mujeres sostenemos la mitad del cielo.”

Se refiere la pieza que ella misma publicaba en El diario, un texto que podría servir de mantra para que nosotras, las mujeres, en este día de huelga no friamos un huevo.

Sigo y doy con #ElFémurEnHuelga #MisRazonesParaPararEl8M #HuelgaFeminista8MMe quedo con algo básico, los cuidados. Ayaná‏ @Kaiken68, apunta:

“Porque pertenezco a unos de los colectivos de trabajadoras donde más existe la precariedad,no gozamos de los mismos derechos que el resto de trabajadorxs. Las empleadas de hogar y cuidadoras seguimos sin derecho a paro”

Y sí, claro, la huelga es política, como todas las de la historia. Y porque, como dice,

Fani Grande‏ @fanigrande : “No quiero ni un minuto más a un Presidente de Gobierno que contesta: “No nos metamos ahora en eso”, cuando se le pregunta por la desigualdad salarial entre hombres y mujeres en SU país”.

Más. Por la paz, qué obvio. @Cmagallon1  retwittea a @aipaz.org:

“Para poner la vida y las relaciones en el centro y contra todo tipo de violencias que sufren las mujeres, el #8MHuelgaFeminista/#LasInvestigadorasporlaPazParamos

Y de la paz a la ciencia, aunque no tenga el hashtag del paro, hoy no trabajo por lo que señalan mis compañeras. @FECYT_Ciencia:

“Solo un 3 % de los galardonados con un Premio Nobel de ciencias son mujeres. Una de ellas es la británica Dorothy Hodgkin, que en 1964 fue presentada por la prensa como un “ama de casa ganadora de un Nobel de Química”.

Huy, creo que si no quiero hacer horas extras, voy a tener que dejarlo, pero con humor… ¿Y qué mejor que las declaraciones del obispo de San Sebastián, que dice que llevamos el demonio dentro? ¿Seremos brujas?

Estoy casi sin tiempo: no quiero hacer horas extras. Así que respondo de memoria a algunas de las críticas contra la huelga. Casimiro García Abadillo, http://@garcia_abadillodirector de El Independiente, señala que no apoya el manifiesto de las periodistas porque está en contra de las cuotas. Vale, colega, le invito a reflexionar: si las mujeres llevamos tres, cuatro décadas trabajando y no estamos en la dirección, sólo se me ocurren dos alternativas: o somos tontas, y en ese caso, descártennos; o hay techos de cristal.

Otra: no voy a la huelga porque la haré a la japonesa. Ay, que ese tipo de huelga no existe, y hasta Mariano os desdice, chicas… Perdón, quería decir Presidentas, Ministras…

Así que si estás leyendo esto, nos toca, por mí, por ti, por nosotras, vosotras y ellas: ¡a la calle!, porque es nuestra.

(Y todo esto lo firma Isabel Pallarés, muy cercana y amiga. La buena de Belén de La Banda, @bdelabanda  editó y mejoró el texto. Quiénes la conozcan podrán notar su pluma, todo un lujo)

Desaparecidas de la morgue; sin derecho a morir

La mexicana Guadalupe Lizárraga lleva años fuera de su país: como tantos otros reporteros está amenazada. Los periodistas en México son callados a balazos (el país azteca fue en 2017 el más mortífero para la prensa, con un total de trece periodistas asesinados, por delante de Irak y Siria). El feminicidio que sufren las mujeres mexicanas en uno de los temas que le ha puesto en la diana, un asunto que ella considera tiene la obligación de contar, a pesar de los medios y de las muchas muertas, muchas desaparecidas y muchas verdades no contadas.

Ella denuncia la desaparición de los cuerpos de las chicas de las morgues, la prueba del horror. Es fácil de explicar: sin evidencia, sin sus cadáveres, ocultados durante años, las cifras de la vergüenza, inevitablemente bajan. Porque a pesar de los 914 asesinatos de mujeres registrados por el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF) en 17 estados en 2017 faltan otras muchas, subraya Lizárraga. Y en ese cómputo macabro habría que sumar a las víctimas no contabilizadas de estados como Guerrero, Tamaulipas, Veracruz y Michoacán, con un alto índice de violencia feminicida. “La violencia sexual, las desapariciones de mujeres y los feminicicios son una realidad que nos rebasa y abruma. A pesar de la intención de las autoridades de tratar de ocultarla e invisibilizarla, día a día conocemos historias de mujeres que son víctimas de violencia cada vez mas crueles”, señala la ONCF.

Guadalupe Lizárraga lo relata en Desaparecidas de la morgue, publicado por Editorial Casa Fuerte, hace apenas unos meses. En el libro, la periodista cuenta la doble desaparición de las jóvenes (la primera, la física, cuando son arrancadas de sus casas para ser torturadas, vendidas y asesinadas; y la segunda, cuando desaparecen de los depósitos de cadáveres, cuando les roban el derecho hasta a morir. Durante tres años la reportera siguió la pista de Brenda Berenice, madre de 16 años, una joven más de la lista de mujeres víctimas del feminicidio. Ella es el hilo conductor para entretejer las historias de otras mujeres asesinadas, de 233 restos de mujeres que fueron ocultados durante años en la morgue de la Procuraduría General de Ciudad de Juárez.

“Con este trabajo busco denunciar que en México ser mujer y pobre son condiciones suficientes para que se te vulnere el derecho a la vida. Y esa barbaridad ahora se extiende también al resto de mujeres: universitarias, trabajadoras y de clase media. Las matan bajo el patrón de una violencia brutal que cuenta con la complicidad de las autoridades, sometidas a un narcoestado”, afirma la periodista.

La reportera considera que no interesa informar sobre las tres mujeres que cada día son asesinadas en México porque no es rentable y porque la sociedad ha normalizado la violencia. También culpa al miedo y a la corrupción, que como relata en las páginas de su publicación, llega a comprar a las propias madres. De esa forma callan, y aguantan el dolor de la muerte con unos cuantos dólares, señala la reportera. Lizárraga es contundente en su discurso: “No hay gobernante en México que no esté respaldado por un grupo delictivo. Por eso, se llega a decir (y lo hacen los presidentes) que las mujeres son víctimas colaterales de la lucha contra el crimen”.

A la pregunta de si ella, como periodista, tiene también miedo a un balazo, por denunciar y por ser mujer, responde contundente: “Los periodistas, al menos, elegimos la profesión. Ellas no”. Y para cerrar, el demoledor párrafo con el que cierra el libro: “Desde entonces [cuando cierra la investigación], nada ha cambiado. Las jóvenes siguen desapareciendo. Los funcionarios de la Fiscalía siguen en sus cargos. Los cárteles operan de la misma manera. El gobierno mexicano sigue su guerra contra el narco, contra los rivales de sus aliados. La única diferencia es que a la prensa ya no le interesa la desaparición de jovencitas, menos las desaparecidas de la morgue”.

Publicado originalmente en https://elpais.com/internacional/2018/02/11/mexico/1518317749_299642.html

El Holocausto también estuvo en América

La Casa de América en Madrid ha querido rendir homenaje a las víctimas del Holocausto estos días. Lo ha hecho con dos películas en las que sobrevivientes de aquella barbarie recuperan y recuerdan aquellos días desde los países a los que llegaron huyendo del terror. Son parte del proyecto Broken Silence (Romper el silencio), dirigido por el cineasta Steven Spielberg para mantener viva la memoria de aquella infamia. El objetivo: que aquella atrocidad nunca se repita.

De alguna forma, el cineasta norteamericano, tocado por la dureza de la realidad que contó en su film, La lista de Schindler (1993), quiso que el cine fuese una herramienta útil en manos de la humanidad gracias a los testimonios de quienes sufrieron el horror nazi. Tras la premiada cinta, el director creó la Fundación Shoah, desde la que empezó a grabar y recoger entrevistas con más de 52.000 testigos de aquel disparate. Su misión: superar los prejuicios, la intolerancia y el fanatismo –así como el sufrimiento que causan- a través del uso educativo de testimonios visuales. Con ese gigantesco archivo llevó adelante el proyecto, cinco películas entre las cuales se muestra cómo el holocausto se puede repetir y llegó a todos los continentes, también llegó a América del sur. De esas miles de entrevistas, unas 800 corresponden a los testimonios de unos 800 judíos que viven hoy en América del Sur.

El oscarizado director argentino Luis Puenzo fue uno de los elegidos para contar su historia a partir de ese ingente material. Y lo hizo a partir del documental Algunos que vivieron (2002), donde mediante una serie de charlas mezcladas con imágenes de archivo, lo que más impacta es la intencionalidad del autor. Las secuencias tantas veces vistas de “paladas” de muertos judíos tirados en fosas comunes durante el nazismo, acompañadas de las palabras de esos argentinos, uruguayos y chilenos que pueden todavía contarlo, recuerdan a las paladas de muertos que hoy dejamos ahogarse en el Mediterráneo ante la indiferencia de muchos, si lo traemos a la actualidad. En sus testimonios, los sobrevivientes recuerdan el clima de creciente antisemitismo y nazismo durante la pre-guerra, la guerra y la etapa posterior a ella. Porque Puenzo no limita la perspectiva de su película al Holocausto, su cinta incursiona sobre otras barbaries como el atentado contra la Embajada de Israel en Buenos Aires o la represión de la dictadura argentina.

Por su parte, la realizadora argentina Poli Martínez Kaplun cuenta en Lea y Mira dejan su huella la historia de dos mujeres en Buenos Aires que en el final de sus vidas recuerdan sus vidas y su paso por Auschwitz-Birkenau, el más grande de los campos de concentración y exterminio construido por el régimen de la Alemania nazi tras la invasión de Polonia a principios de la Segunda Guerra Mundial. “La locura humana. Lo que el ser humano es capaz de hacer y no de manera individual, sino de forma organizada, racional y consensuada. Fue además cometido por el hombre moderno, hace pocos años y en países con gran desarrollo. Entender bien lo que sucedió y cuáles fueron las causas que la gestaron puede quizás a estar muy atentos cuando algo de esta simiente pueda volver a ocurrir”, declaraba la directora el estreno de su película, en 2017. Pocos meses después de su estreno, una de sus protagonistas ha fallecido; perdura su voz, queda un testimonio para siempre en contra del horror en esa carrera contra el tiempo a la que decía Spielberg que nos enfrentábamos para presentar sus voces, el mayor número de testimonios posibles de supervivientes antes de que sea demasiado tarde. FIN
Publicado originalmente en El País América/ El Espectador

“Las ciudades deben ser feministas”: Eduardo Moreno

rprende escuchar a un técnico de Naciones Unidas hablar tan claro sobre corrupción e intereses inmobiliarios que compran a autoridades, prevalencia de lo privado sobre lo público a la hora de diseñar ciudades y desigualdad. Eduardo Moreno (Guadalajara, México, 1956), director de Investigación y Desarrollo de Capacidades de ONU-Habitat, narra cómo deberían articularse las grandes urbes del planeta para que la vida fuese más digna.

Pregunta. ¿Qué dice ONU-Habitat con respecto al derecho a la vivienda?

Respuesta. Nosotros mantenemos que debemos respetar el derecho a la vivienda de una forma enfática y clara. Formalmente muchos países lo asumen así, pero sus habitantes viven en zonas inhabitables en términos de distancia, contaminación, seguridad o acceso a bienes y servicios. Por eso, además hablamos de que esas viviendas además de ser accesibles económicamente, deben serlo en cuanto a su localización. Deben también contar con un acondicionamiento climático digno. Uno de los grandes problemas ha sido que muchas ciudades, con la idea de llevar vivienda a sus habitantes, construyeron viviendas en zonas no accesibles con el argumento de que eran baratas. Violentaban así la accesibilidad en miras de hacer negocio. Y eso es un disparate: socialmente y desde un punto de vista de la sostenibilidad.

P. Ustedes hablan de urbanismo sostenible. Explíquese.

R. La ciudad es la fuente de la sostenibilidad, siempre que esté bien planificada y sea compacta. La lógica de un mundo sostenible es utilizar menos energía y que las infraestructuras cuesten menos. No es necesario que las ciudades se expandan como lo han hecho. Si miramos a Europa, muchas de sus urbes han crecido físicamente, mientras que han decrecido demográficamente. Y eso es insostenible e implica mayor desigualdad. Cuando las ciudades no se planifican, el crecimiento lo lideran los agentes privados guiados por sus propios intereses. Por ejemplo, en los últimos 20 años el cambio de estatuto de rural a urbano se ha hecho de una forma muy oscura, y ahí están implicadas lógicamente las autoridades. Las ciudades crearon ciudades de periferia absolutamente insostenibles. Lo dicen los datos: si una ciudad crece en 20 kilómetros, se incrementa en un 10% el costo del transporte. Y sus habitantes pasarán de consumir 40 minutos en desplazamientos a una hora y veinte.

P. Pero entonces, ¿quién planifica las ciudades?

R. En más de un 60% lo han hecho principalmente los promotores inmobiliarios. Y no siempre se construían en los lugares adecuados. Muchas veces los desarrollos se hacían en cauces de agua, en zonas no urbanizables, en terrenos con subsuelos con problemas… No importaba: el argumento era vivienda barata. La sostenibilidad no es un accidente. Requiere de un Estado fuerte y las instituciones locales y los Gobiernos se han debilitado.

P. ¿Cómo es la ciudad ideal?

R. Además de sostenible, hay que evitar que determinadas áreas se conviertan en guetos. La ciudad óptima debe buscar una mezcla de sus usos sociales y económicos. Y por supuesto, los ricos no deben vivir apartados: ciertas formas de pobreza y riqueza deben convivir. En Singapur, por ejemplo, se obliga a los promotores inmobiliarios a que si construyen 100 viviendas, 30 sean para pobres, 40 para una clase media y 30 para otra más adinerada. Hay que corregir la funcionalidad de las ciudades divididas en industria, vivienda y servicios y comercio. Las ciudades deben tener economías de aglomeración. Es sencillo: si creas zonas exclusivas de viviendas, aumentas la necesidad de transporte en zonas que no hay trabajo. Y con el comercio ocurre algo similar: hay que apostar por el de proximidad. Los grandes centros comerciales nos llevan de nuevo a más consumo energético y a perder más tiempo en desplazamientos.

P. ¿No sería más lógico hablar de autoridades y ciudadanos inteligentes, en vez de ciudades?

R. La noción de ciudades inteligentes ha trastocado la idea de la tecnología, que debe ser un medio y no un fin. La innovación debe ser sinónimo de desarrollo y no está siendo así en muchos lugares. Porque, ¿son inteligentes unas urbes donde el 75% de sus habitantes viven en condiciones tremendamente desiguales? ¿Cómo podemos tolerar que se dé una mayor desigualdad entre los habitantes de ciudades que han crecido económicamente hasta siete y ocho veces? ¿Dónde está la inteligencia que decide ciudades más ricas y ciudadanos más pobres? Necesitamos articular políticas de lucha contra la desigualdad en las que se piense que el Estado central no es el único responsable. También lo son las autoridades locales y provinciales. La historia, geografía, instituciones y política local juegan un papel importante en el desarrollo. Deben crear un marco de actuación que tiene que ver con la provisión de bienes públicos, con el respeto local del empleo, con evitar que los habitantes se vayan a vivir tan lejos y en condiciones inhóspitas… En América Latina, por ejemplo, hemos visto que en los últimos diez años, el 25% de las ciudades crecieron de una forma más igualitaria.

P. ¿A qué ciudades se refiere y cuáles han sido sus prácticas de éxito?

R. Si bien América Latina ha sido una región de grandes desigualdades, en los últimos 15 años se observa una tendencia general de mejoría. Ciudades en Uruguay, Perú, Paraguay y Nicaragua fueron las más exitosas reduciendo desigualdades. Otras colombianas se destacaron en innovación y provisión de bienes públicos, como lo hicieron ciudades en Sri Lanka, Ruanda y Filipinas en otros continentes.

P. ¿Cómo ven desde ONU-Habitat el futuro de las grandes urbes latinoamericanas en las próximas décadas: Ciudad de México, São Paulo, Buenos Aires, Bogotá, Rio de Janeiro…?

R. El futuro de las grandes urbes está vinculado al tratamiento que se le dé a las pequeñas y medianas ciudades. Para que estas urbes sean exitosas es necesario repensar el sistema nacional de ciudades para darle a cada una, pequeña, pobre o alejada, un papel en el concierto nacional. Se debe repensar la geografía nacional y darle más importancia a la planificación regional. Solo así se pueden atajar problemas territoriales asociados a la desigualdad y la concentración de riqueza. Una revalorización de las ventajas comparativas de cada ciudad es necesaria y eso implica un esquema diferente de inversiones y provisión de infraestructura, bienes y servicios. Una política nacional urbana es crucial en este sentido.

P. ¿Cómo resolver el binomio seguridad y libertad en las ciudades?

R. Habría tres grandes inseguridades a las que se enfrentan las ciudades: una global, que tiene que ver con los problemas asociados al terrorismo internacional; la de la criminalidad de las grandes mafias; y el crimen a menor escala, homicidios, robos y otro tipo de violencias, muy ligado a unas políticas municipales. Pero, a pesar de lo muy distante que pueda parecer la política local y los problemas de terrorismo global, las ciudades pueden hacer mucho por el primero. Desde lo local y la comunidad se pueden identificar y detectar problemas potenciales de desarraigo y violencia. Lo estamos viendo en Europa. Funcionan las ciudades que saben articular gobiernos locales, centrales y regionales. En temas de seguridad, muchas ciudades colombianas han sabido hacerlo. Pero para eso, hace falta un nuevo pacto social que entienda que hay que hacer puentes entre partidos y autoridades para trabajar de forma conjunta.

P. ¿Qué me dice del binomio mujeres y ciudad?

R. Que es una variable fundamental y que hace falta que los Estados y municipios entiendan la noción de género e igualdad. Las ciudades deben contar con una perspectiva de género para que todo lo que pueden ofrecer se pueda gozar en igualdad de condiciones si eres hombre o mujer. Hay que pensar en temas de accesibilidad, control, seguridad y oportunidades. Hay que pensar en ciudades con diseños urbanos que consideren las necesidades específicas de las mujeres en relación con el transporte público, los espacios abiertos, las áreas de empleo.

P. ¿Las ciudades deberían ser feministas?

R. Sí, claro. Deben ser sensitivas e integradoras de las necesidades, preocupaciones y sueños de las mujeres.

P. ¿Y dónde debe estar el ciudadano en los tiempos de una democracia 2.0?

R. Diseñando sus propias soluciones, midiendo y pidiendo rendición de cuentas. La opinión de los ciudadanos debe contribuir a la toma de decisiones para que las ciudades sean de ellos. La lucha por lo público, así como la noción de provisión de bienes públicos, bienestar colectivo e identidad social compete al ciudadano. FIN

Publicado originalmente en El País, Internacional

 

“El machismo es una enfermedad de transmisión social”: Gloria Poyatos

“La violencia contra las mujeres hunde sus raíces en las relaciones de género dominantes como resultado de un notorio y sistémico desequilibrio de poder. En la civilización occidental, desde sus orígenes, el sexo ha venido funcionando tradicionalmente como un decisivo factor de discriminación a la hora de reconocer a las personas derechos y obligaciones de acuerdo con la cultura judeocristiana, con clara persistencia en el derecho visigodo, agudizándose en la Edad Media al recuperarse entonces principios básicos del derecho romano que han estado presentes en nuestro ordenamiento jurídico español hasta hace pocas décadas”, afirma Gloria Poyatos, la jueza que hace apenas un año organizó la Asociación de Mujeres Juezas de España. Es parte del contundente prólogo del libro Todas, un libro editado por libros.com que cuenta mediante reportajes que todas nosotras hemos sido tocadas. Poyatos denuncia que nuestra sociedad vive una cultura de la igualdad simulada que violenta las mujeres en todos los ámbitos, también el suyo, el jurídico.  “Nuestro derecho sigue padeciendo severas carencias de perspectiva de género, tanto en el fondo como en la forma, y conserva aún numerosos vestigios de desigualdad”, señala la jueza, Magistrada del Tribunal Superior de Justicia de Canarias y presidenta de la Asociación de Mujeres Juezas de España

Poyatos cuenta con el Mallete de Oro de 2017, galardón otorgado por la ONG Women´s Link por defender, junto a sus compañeros, “la mejor sentencia del mundo de género”.

El movimiento feminista cada vez denuncia más que la Justicia es patriarcal. ¿Qué significa aplicar perspectiva de género al mundo de la Justicia?

Significa integrar la mirada feminista en la Justicia, para interpretar un ordenamiento jurídico (construido con severas carencias de género), de forma equitativa, contextualizada y respetuosa con los derechos humanos de las mujeres.  Aplicar un enfoque de género supone franquear los estereotipos sexistas, porque jueces y juezas nacemos, nos educamos y opositamos en la misma sociedad machista que el resto de profesiones y estamos igual de contaminados, pero con mayor responsabilidad social porque nuestras decisiones tienen gran impacto humano.

Para romper los estereotipos machistas dentro del mundo de la Justicia, hacen falta cambios endógenos y exógenos. Actualmente somos más juezas que jueces en España (52% ). En cambio, la representación femenina en el Tribunal Supremo es pura anécdota (de 77 integrantes, solo 11 mujeres). Y el mismo patrón se reproduce en el Tribunal Constitucional, donde de 64 integrantes a lo largo de su historia, solo 6 tienen nombre de mujer. Eso es una anomalía democrática que no representa la mirada completa de una sociedad formada por mujeres y hombres. El feminismo reivindica la igualdad entre hombres y mujeres, al igual que nuestra Constitución, que ordena remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud.

Márqueme esos estereotipos. 

Los estereotipos y prejuicios de género asignan determinados patrones a hombres y mujeres, como el rol de cuidadoras y madres para ellas frente al rol de proveedores de los hombres. Para corregir eso, hay que aplicar una justicia con perspectiva de género, crítica y contextualizada para dar espacio a los derechos de las mujeres. La sociedad debe cambiar y aplicar realmente el principio de igualdad que dicen las leyes. Vivimos en una cultura de igualdad simulada que devalúa continuamente la imagen de las mujeres.

Los estereotipos están por todas partes. En Derecho hay una larga historia de ellos sobre las testigos mujeres como intrínsecamente mentirosas o no confiables. El ejemplo más claro es el caso de Ángela González, una víctima de violencia de género que había presentado 51 denuncias ante juzgados y comisarías frente a su exmarido, para evitar las visitas sin vigilancia de la hija común del matrimonio. No fue atendida, y su hija Andrea, con tan solo 7 años fue asesinada por su padre de un disparo. Por ello desde la ONU se condenó a España en 2014.

También fue importante la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Canarias de marzo de 2017, que revocó una decisión judicial y definió, por primera vez en España, la técnica de juzgar con perspectiva de género. En ese caso se dudaba de las 10 denuncias que había presentado una mujer, cuestionando la declaración propia de la víctima. Recientemente hemos dictado otra importante sentencia frente al Grupo Endesa, donde se impidió el acceso a un puesto de trabajo a una mujer a pesar de existir empate de méritos. No se aplicaba la acción positiva prevista en el convenio. Creer que las mujeres somos intelectualmente inferiores también es un estereotipo.  Y otro muy frecuente, sobre todo en el ámbito de los delitos sexuales, es el del consentimiento sexual implícito de las mujeres.

Parece ser que la dificultad estriba en que ellos, para que se dé la igualdad, deben renunciar a privilegios. 

Más que plantearlo como una batalla prefiero pensar en cómo captamos a los hombres para que entiendan que la igualdad es un avance para toda la sociedad (hombres y mujeres). Yo siempre digo que la cultura patriarcal ahoga a las mujeres, sí, pero aprieta a los hombres, que también son maltratados. Porque ellos también tienen y sufren determinados estereotipos. Por cada mujer cosificada, hay un hombre que tiene que demostrar en todo momento una gran potencia sexual; por cada mujer lista cansada de actuar como si fuese tonta, hay un hombre que debe aparentar saberlo todo; por cada mujer fuerte en apariencia débil, un hombre debe demostrar su fuerza. Un sistema que no respeta a la diversidad de las personas, también les maltrata a ellos.

Debemos actuar desde la educación. ¡Claro que hay que cambiar la Justicia!, pero tengamos en cuenta que nosotros al fin y al cabo gestionamos el fracaso social. Hay que actuar desde la prevención. El maltratador no nace, se hace. El machismo es una enfermedad de transmisión social que se cura. Su vacuna se llama educación.

El nombre de la organización que fundó, Asociación de Mujeres Juezas, ¿no es redundante?

Sí, claro, pero de forma intencionada. Queríamos destacar nuestra faceta como juezas pero también, y más importante, como mujeres. Entre otras cosas, porque reivindicamos la histórica invisibilización de lo femenino, que pasa sin duda por el lenguaje. Porque el lenguaje es un reflejo del pensamiento y el instrumento a través del cual nos relacionamos y mostramos nuestra manera de ver el mundo y puede erigirse como un arma de discriminación masiva. Por ello desde nuestra Asociación enviamos una carta a la RAE, en la que solicitábamos la eliminación del Diccionario normativo de determinadas acepciones discriminatorias. Es muy sencillo, las juezas no somos la mujer del juez, ni las zapateras del zapatero… Y todo eso debe cambiarse. FIN

(Entrevista completa, parte fue publicada en El País/ Suplemento Smoda)

#MeNiegoA la indiferencia

Mayerlis Angarita, una defensora colombiana de los derechos de las mujeres, repetía algo que dio titulares en España cuando la entrevisté en su país. Decía: “No es normal que nos violen. No es normal que nos desaparezcan”. Aquí su frase llamó la atención; allí, menos.

Es como si en su país, acostumbrado al horror de la guerra y a más de ocho millones de víctimas, la gente se hubiese anestesiado contra el dolor. Ella, que vive con guardaespaldas porque varias veces han intentado matar, afirma también que la indiferencia mata.

En España, donde la violencia machista ya ha asesinado a 44 mujeresme niego a normalizar las muchas violencias que sufrimos las mujeres de aquí y de allá, de mayor y menor formación, de clases altas y bajas, de orientaciones sexuales diversas y los más variados credos y culturas. Porque es violencia contra nosotras que cobremos menos, que no estemos representadas en la política de una forma paritaria, es violencia que haya más desempleo entre las mujeres, que paguemos una factura mayor en términos de salud que los hombres, que la justicia todavía no cuente con una perspectiva de género, que nos cosifiquen, nos piropeen por las calles y los chistes machistas sigan siendo jaleando… Todo eso son violencias, especialmente cuando nos están matando. Y ante esos datos que sin duda constituyen una agresión a todas y cada una de nosotras, solo un 0,8 de los españoles consideran la violencia contra las mujeres como un asunto grave. Y hoy, a dos días del Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, me uno a la campaña que lanza Oxfam Intermón contra esta enfermedad que son las violencias contras las mujeres, un problema calificado de pandemia por Organización Mundial de la Salud, y digo “#MeNiegoA la indiferencia contra las múltiples violencias machistas”.

E intencionadamente uso el plural porque son muchas las desigualdades. Van algunas, las más obvias. #MeNiegoA

  1. A que no lideremos y existan techos de cristal. Las mujeres ocupan un 14,3% de los puestos directivos.
  2. A que cobremos menos. Cobramos de media un 15% menos.
  3. A trabajar más en el hogar. El uso del tiempo es radicalmente distinto: nosotras dedicamos al hogar una media de 4,29 horas al día; ellos dos menos.
  4. A cobrar menos pensiones. Nuestra vida laboral es más corta, los sueldos más precarios y por lo tanto, cotizamos menos. Pensiones. Un 69% de los hombres cobra pensión, mientras que las mujeres son un 30,78%.
  5. A que sigamos sin jugar un papel igualitario y en paridad en la política.
  6. A que sea más difícil trabajar para una mujer. El paro entre las mujeres es mayor.La tasa de empleo femenino en 2012 no llegó al 39%, 10 puntos por debajo de la masculina. Entre 2008 y 2013, el desempleo femenino se duplicó, pasando del 13 al 27%. El 72,5% de las personas con contrato a tiempo parcial son mujeres.
  7. A que tengamos un papel secundario en el mundo de la ciencia.
  8. A sufrir acoso sexual
  9. Al maltrato físico y psíquico. El 35% de las mujeres en todo el mundo han sufrido violencia física y/o sexual.
  10. A un lenguaje sexista.

Pero hay muchos más motivos y causas a las que hombres y mujeres debemos negarnos. Va una lista rápida confeccionada entre mis compañeras:

Me niego a educar a mi hij@ en el machismo

Me niego a callarme cuando me interrumpen por el mero hecho de ser mujer

Me niego a tratar de manera diferente a las personas según su sexo

Me niego a escuchar tertulias sólo de hombres

Me niego a soportar que la pobreza y la desigualdad afecten más a las mujeres

Me niego a que miles de niñas sufran ablación

Me niego a alimentar los estereotipos que limitan a las mujeres

Me niego a comprar juguetes sexistas

Me niego a que las mujeres sigamos cobrando un 15% menos

Me niego a trabajar 54 días gratis

Me niego a que las trabajadoras domésticas estén discriminadas

Me niego a juzgar a las mujeres sólo por su apariencia

Me niego a que las mujeres cobremos menos. ¡22,9%!

Me niego a que ser madre perjudique la carrera profesional de una mujer

Me niego a que se minusvaloren los logros de las deportistas

Me niego a minusvalorar el maltrato psicológico

Me niego a que en mi país se tolere la explotación sexual de mujeres

Me niego a interrumpir a una mujer cuando habla

Me niego a perpetuar el machismo

Me niego a ignorar la violencia machista que existe a mi alrededor

Me niego a callar ante el ciberacoso

Me niego a callar ante el acoso

Me niego a participar en un panel o conferencia solo de hombres

Este post forma parte de una serie de entradas creadas específicamente por diversas expertas, en el marco de la campaña #MeNiegoA  de Oxfam Intermón.  Tienen como objetivo sensibilizar y generar debate acerca de la gravedad de las violencias machistas en nuestra sociedad durante los 16 Días de Activismo contra la violencia de género.

 

“Pedimos perdón porque necesitamos sanar heridas”: Camila Cienfuegos

Con 14 años dejó de su casa y se enmontañó, que es como dicen en Colombia, su país, coger un fusil y meterse en la guerrilla. Tras toda su vida en la guerra, la comandante Camila Cienfuegos (Valle del Cauca, 1977) fue una de las mujeres de la insurgencia que estuvo en La Habana durante el largo negociado de la paz. Formaba parte de la Subcomisión de Género. Se declara feminista, a pesar de haber formado parte de un grupo fuertemente patriarcal, jerarquizado y acusado de utilizar la violencia sexual (como el resto de los actores armados legales e ilegales) como un arma de guerra. Cienfuegos lo niega y recuerda los estatutos del grupo insurgente en pro de la igualdad de hombres y mujeres. Molesta ante la afirmación, reitera que jamás existió un mandato para que se dieran esas violaciones, y que si ocurrieron, señala, fueron siempre a modo particular. Terminada la entrevista y apagada la grabadora, pide reiterar ese punto y subraya el papel de la Jurisdicción Espacial para la paz, que se encargará durante 15 años, de juzgar a exguerrilleros de cualquier delito, violencia sexual incluida.

¿Está Colombia hoy más cerca de la paz, tras un año de la firma del acuerdo?

Relativamente, porque sí, formalmente la guerra ha terminado, pero mientras no se implementen los cambios que están en el papel, el avance no será real. Si no se ejecuta lo que firmamos, no habrá paz.

¿Cuáles son las principales dificultades para que la paz sea haga efectiva?

La extrema derecha no quiere la paz. Nosotros hemos cumplido nuestra palabra y el Gobierno en parte, pero un sector de la sociedad no la quiere. Y uno de los motivos es que la paz tiene una gran desventaja: no genera dividendos, como lo hace la guerra.

Dicen que la indiferencia de parte de los colombianos mata más que las balas. 

Sí, y esa parte de falta de solidaridad e insensibilidad también está en los medios de comunicación. De alguna forma parece que si no hay muertos, no hay titular. En Colombia nos hemos acostumbrado y no contamos con periodistas que sepan visibilizar la paz. Entre todos hicimos que la guerra fuera lo ordinario.

Usted nació en un país en guerra, se enroló en las filas de la insurgencia siendo una adolescente y hasta hace un año no supo qué era la dejación de armas. ¿Sabría qué es la paz?

La guerra no se vive simplemente por haber militado en las FARC, tiene muchas más dimensiones. La guerra son las bombas, la metralla, sí, pero también la miseria, el abandono del campo colombiano, la falta de atención a los derechos de las mujeres, que no tengan derecho a unas tierras, a una educación, a una vida más allá de la esfera privada…

La paz es una reforma rural integral, es acceso a la educación, es que se respete el derecho a la vida, es hacer una política distinta a la del uso de las armas. Paz es respeto a la vida, que haya libertad de pensamiento, de opinión, que no nos asesinemos por decir lo que pensamos, es ejercer de verdad una democracia, también para nosotros [las FARC].

Habla de respeto a la vida. ¿Eso lo entenderán también las víctimas de las FARC?

Sí, porque nuestra lucha nunca pretendió hacer daño a nuestro pueblo. Siempre tuvo una intencionalidad política y buscó una salida negociada. Y si nos equivocamos alguna vez, hemos pedido perdón a quien hicimos daño.

Sí, nos hemos acercado a esa gente a la que pudimos hacer daño y les hemos pedido perdón. Perdón porque necesitamos sanar heridas, reconciliarnos y dejar los rencores y odios. Si los que estábamos frente a frente nos hemos dado la mano y hablado con el adversario, que no enemigo, si hemos podido entender que nos enfrentamos innecesariamente porque ninguno entendía al otro… creo que debemos buscar entendernos. Porque además, a nosotros (exguerrilleros y defensores de los derechos humanos) nos siguen matando, prácticamente una persona por semana. La violencia sigue su curso en Colombia.

¿Cómo es la vuelta a la sociedad civil, tras toda una vida en la guerra?

Nosotros siempre estuvimos en la sociedad, con las comunidades. Nosotros estábamos donde no estaba el Estado con escuelas, puestos de salud, construyendo carreteras… Vivíamos el día a día de esa sociedad históricamente marginada. Y seguimos con ellos, especialmente ahora, tras el acuerdo. Somos hijos e hijas de las comunidades y siempre hemos estado con ellos. Estamos trabajando en proyectos productivos y haciendo capacitaciones y pedagogía de la implementación de los acuerdos y de la importancia de incluir el enfoque de género en una nueva Colombia.

Sorprende en sus biografías que una de las primeras cosas que aparecen es su autodefinición como feminista. 

Soy una firme defensora de las mujeres. Hay que tener en cuenta que a nosotras, un 30% de la organización, siempre nos han tachado de ser “las compañeras” , las asistentes y mujeres de los guerrilleros. Y eso no era cierto, en la guerrilla hombres y mujeres cocinaban, batallaban, aprendían y se formaban sin distinción de generos. No se ha contado que somos mujeres empoderadas que luchamos por nuestros derechos, por el acceso a la tierra, por la igualdad, por participar en la esfera política, por todos los derechos vulnerados de las mujeres en Colombia y en todas partes.

A pesar de las dificultades, ¿tiene esperanza en una Colombia en paz?

Sí, siempre. No podemos perder la esperanza.

Camila Cienfuegos es una de las cuatro ponentes invitadas por Alianza por la Solidaridad para analizar la realidad del conflicto colombiano un año después de la firma del acuerdo de paz. La ex comandante, que “concibe la lucha de las mujeres como una conquista de derechos en igualdad para todo el conjunto de la sociedad”, hablará también de la importancia de incluir una perspectiva de género en la implementación de los acuerdos. La exguerrillera participará junto con Pilar Rueda, jurista e integrante de la Subcomisión de Genero de la Mesa de Conversaciones de La Habana, en la que incidió especialmente en los derechos de las mujeres víctimas de la violencia sexual; Charo Mina, activista y afrocolombiana, que jugó un papel importante a la hora de incluir los derechos étnicos en el tratado de paz y Aida Quilcué, lideresa indígena, una voz clave para entender la diversidad del país andino.

(Publicado originalmente en El País)