Alba Sotorra: “Para vivir de verdad hay que arriesgarse”

A finales de marzo, ISIS perdía su último baluarte en Siria, lo que supone el fin del autodenominado califato que el grupo terrorista declaró en 2014, aunque aún quedan miles de yihadistas y células durmientes activas en las regiones bajo el control de las Fuerzas Democráticas Sirias, compuestas en su mayor parte por milicias kurdas. En ‘Comandante Arian’, la cineasta Alba Sotorra se sumerge en la vida de una de esas unidades militares integrada solo por mujeres.

Alba Sotorra (Reus, 1980) dirige y produce películas y les pone su piel, si es necesario. No es retórica. Para filmar Comandante Arian, su último documental, entró en Siria en plena guerra sola y de forma ilegal. Hizo lo que no osan hacer más que algunos periodistas a los que se tacha de locos y, cámara en mano, se puso en primera línea de fuego para contar la vida de una unidad militar compuesta exclusivamente por mujeres. Las soldados que ella retrató en Comandante Arian luchan contra el ISIS. Lo hacen para defender sus tierras y sus libertades como mujeres.

Sotorra, que ha estrenado este trabajo en los festivales más importantes del mundo, ya había estado antes en la guerra. En Afganistán rodó Game over, una cinta que ganó un Gaudí como mejor documental. Pero esa es otra historia, ahora hablamos de esta cinta sobre un batallón mujeres guerreras que está construida como un flashback. Su protagonista, la comandante Arian, se recupera de heridas recibidas en combate mientras recuerda cómo es la guerra y en qué consiste su lucha contra el fundamentalismo. Para esta bárbara y real historia en la que hizo de cámara, sonidista, productora y guionista, necesitó viajar tres veces al país durante dos años. Aprendió kurdo y vivió la muerte de una amiga, la brigadista internacional Ann Campbell. A ella le dedica una cinta por la que se ha jugado la vida. ¿Merece la pena?, le preguntamos. “Claro. Lo volvería a hacer”, afirma con voz suave y sin dudarlo.

Pero ¿dónde está el límite?

Soy muy optimista y siempre pienso que a mí no me va a pasar nada. Me da fuerza esa sensación de inmortalidad que tengo. Sé que he asumido riesgos, pero para vivir de verdad hay que arriesgarse. Y no solo para traer una historia como esta y cumplir con tu responsabilidad de documentalista y tus ideales como feminista. En los tres viajes que hice sentí casi siempre que, de alguna forma, tenía el control: sabía cuánto me arriesgaba. Porque cuando estás en el frente y hay un ataque, casi siempre hay una posibilidad de salida. Y en esos casos, ellas siempre me preguntaban si quería seguir. No obstante, viví también varios ataques aéreos y ahí la situación es totalmente distinta, estás a expensas de otros. Es exasperante. En una de esas ocasiones, tiré la toalla y decidí que me iba, aunque luego no lo hice. Pero, en resumen, creo que en la mayoría de las situaciones tuve el control de lo que pasaba. Y eso hace que todo sea más soportable.

Perdón, insisto. Hablas de tu responsabilidad como documentalista, ¿pero una historia merece la vida?

Es que es la historia de un grupo de mujeres que están dando su vida por cambiar las cosas y lo hacen no solo por ellas, sino también por el futuro de generaciones de mujeres. Ante eso yo no puedo quedarme indiferente, no puedo no tomar partido. Obviamente mi forma de hacerlo no es con una kalashnikov, es con mi cámara. Ellas son las que arriesgan. Al final esto es como una lotería y yo no estoy comprando tantos números como para que me toque. Sería muy mala suerte. Fíjate, en mi segundo viaje, que fue también el más duro en el frente, cuando salí de Siria y crucé a Turquía arriesgué mucho más por una tontería. Estaba tan excitada por dejar la zona de conflicto que al primer taxista que cogí le dije que me llevase a beber cerveza. Llevaba dos meses sin tomarme una caña y nos emborrachamos los dos en el coche dando vueltas por no sé dónde. Eso sí que fue insensato. Hay riesgos tontos como ese y otros, como los que asumí por filmar esta película, que tienen una razón detrás.

Dentro del feminismo habrá mujeres que digan que armarse, ir al frente y disparar no el camino. ¿Qué opinas de eso?

Creo que ese es un discurso muy fácil. Sobre todo desde nuestras sociedades, donde tenemos ejércitos y policías que hacen ese trabajo de seguridad. ¡Hasta los militares aquí dicen que son antimilitaristas! Me parece muy interesante que la película se vea en Occidente y se conozca la perspectiva de estas mujeres en el frente. Ellas forman parte de una organización militar que no tiene nada que ver con un ejército convencional, patriarcal y vertical pensado para preservar los intereses de los estados. Las YPJ, Unidades de Defensa de las Mujeres, son una institución militar que se ha formado para defender la integridad física de las mujeres en un contexto de violencia extrema. Se defienden de los abusos de los grupos integristas radicales que estaban acabando con ellas. Ese es el primer derecho de las personas. Pero no solo eso, defienden sus derechos en todos los ámbitos. Y en un territorio en el que no hay ninguna institución que vele por sus intereses, necesitan organizarse. Yo no defiendo la guerra, pero ¿cómo te defiendes en un contexto de guerra y de violencia extrema si no te armas? Es muy fácil decir desde Occidente: “Estoy en contra de la violencia y las guerras”. Pero aquí existe la fuerza del Estado.

¿Sería muy distinto este documental si lo hubiese filmado un hombre?

La mirada de cada persona siempre es distinta. La mía es de mujer y feminista. Y esa última sin duda la puede tener también un hombre, pero ellos jamás habrían podido acceder a la intimidad que yo he filmado. La cámara duerme y se despierta con ellas, las acompaña al baño, les cura las heridas, las peina, las ducha.

¿Entendemos desde Occidente la lucha de las mujeres de Oriente Medio?

Cada vez hay más comprensión. Porque al final el objetivo de todos los feminismos es acabar con toda forma de opresión contra las mujeres por raza, etnia, religión o lo que sea. Es un frente común, pero desgraciadamente existen muchas distancias en las formas y en las prioridades. Al venir de contextos culturales muy distintos y de situaciones vitales diferentes, nuestras prioridades no son las mismas. Yo creo que por eso a veces no nos entendemos bien.

Las YPJ son una unidad militar. ¿Son menos jerárquicas y patriarcales que un ejército?

No puede ser patriarcal porque no hay hombres. En todo caso sería matriarcal. En cuanto a la organización, es una estructura menos vertical que la de un ejército convencional. Obviamente hay cargos de comandancia, lo que tiene que ver con las responsabilidades, no con privilegios. Hay combatientes, las más veteranas casi siempre, que asumen el liderazgo, aunque muchas decisiones se toman de forma asamblearia. Se discute mucho todo lo que se va haciendo pero por operativa y eficiencia en el momento de batalla hay unas líderes que ordenan y mandan.

“La resistencia se encuentra en el espíritu de una mujer libre”, reza uno de los lemas del YPJ.

Es una de sus máximas. Parten de la idea de que para que una mujer sea libre debe mantener una resistencia constante.

¿Cómo llegan ellas a ese principio?

Toda esa región, todos esos pueblos del Kurdistán que han vivido oprimidos han ido durante años encontrando espacios de disidencia en los que se juntaban para protestar y plantearse nuevas formas posibles de convivencia.

Generaban pensamiento. Y cuando las mujeres entraron a formar parte de esos grupos de resistencia, empezaron a leer, a despertar y a ser conscientes de sus derechos. Se dieron cuenta de que también dentro de esos espacios a los que se habían unido para cambiar el mundo con sus compañeros revolucionarios sufrían las mismas desigualdades y presiones machistas que fuera. Entonces empezaron a preguntarse qué sentido tenía intentar cambiar el mundo junto a unos hombres que no las respetaban. Así fue cómo ellas empezaron a organizarse.

¿Son madres? Porque no recuerdo ninguna referencia en el documental a la maternidad. Además, el sexo está prohibido en las YPJ.

No. Las que yo filmé no lo son. Cuando las YPJ se forman en el 2012, las mujeres que entran a formar parte de la unidad pueden decidir en qué grado se comprometen. Hay un tipo de servicio que es como un voto; para siempre. Y si lo tomas, te das en cuerpo y alma y renuncias a tener vida privada. La entregas para trabajar por tu pueblo y por las mujeres. Por eso, ellas (y ellos en otras unidades) no tienen vida privada y no pueden tener ni propiedades, ni familia, ni nada. Tenerlas sería una forma de combatir con intereses contradictorios a la causa. No obstante, se puede ser parte de la organización y no comprometerse así. Puedes ser una soldado con tiempo libre para ir a casa y compaginar esa vida con las tareas del hogar. Lo que pasa es que por un tema cultural resulta muy raro que hagan ambas cosas. A pesar de los cambios radicales que se han producido y de que ya no se casan con 14 años, el rol de la mujer, si se queda en casa, es el de cuidar a su familia. Aunque podrían, creo que no hay casos de mujeres de las YPJ que tengan hijos. La sociedad no está preparada para eso.

Es otra renuncia.

Sí, claro. El sacrificio de estas mujeres, su lucha contra el Estado Islámico, contra su sociedad para intentar cambiarla y contra sí mismas es bestial. Tienen que dejar atrás todo lo que les han enseñado. Tienen, por así decirlo, que reformartearse. Por otro lado, la sensación de muchas de estas chicas, que llegan jovencísimas, con el corazón lleno de esperanza y la ilusión de que ellas son ese motor que va a cambiar la sociedad, es muy potente. Esas jóvenes, antes de incorporarse a filas, sentían que no eran nada ni nadie y cuando llegan a las YPJ todo cambia. Era alucinante ver cómo les ordenaban que se sentaran y se callasen a esos fundamentalistas que antes las secuestraban con 12 años en sus aldeas, las violaban y no les permitían ir al colegio. Las veías fuertes, empoderadas, arrestándoles y diciéndoles, llenas de dignidad: “Esto no lo toleramos más”. En el proceso han perdido amigas, muchas vidas.

¿Cómo llegaste a Siria, cómo fue esa entrada ilegal?

Corriendo… Al menos la primera vez que crucé la frontera desde Turquía. Quería entrar en Kobane, una ciudad siria asediada por el Estado Islámico, y lo hice desde un pueblito turco, con la ayuda de gente kurda. Yo iba con una maleta enorme y de repente vi que discutían sobre mi equipaje. Yo pensaba que era porque la maleta era demasiado grande, que no cabría en el coche, pero no, el problema era el peso. Pregunté si íbamos a caminar y me respondieron que no, que íbamos a correr. No me quedó otra: cogí la cámara y el trípode, metí unas cuantas bragas dentro y dejé la maleta. ¡Iba vestida con falda larga y zapatos! La situación era tan absurda, tenía tan poca idea de a dónde iba que no me dio tiempo a sentir miedo. Fui consciente realmente del horror de la guerra horas después, cuando ya estaba en Kobane, que era un sitio lleno de escombros, totalmente derruido. Ahí fue cuando me entró el pánico.

¿Te tuviste que formar? ¿Cómo te incorporas a primera fila de combate?

No recibí ninguna instrucción especial. Sí me dieron un uniforme. Su ropa era mejor que mis tejanos y camisas, por los bolsillos, los colores, por todo. Te cuento una anécdota que demuestra lo poco que sabía moverme allí. Cuando nos íbamos a dormir, a la intemperie, en los áticos y los tejados, se ponía una alfombra sobre la que todas nos acostábamos. Por encima nos cubríamos con mantas. Ellas dormían vestidas con el uniforme. Pero yo los primeros días me ponía cómoda. La cuarta noche hubo un ataque y tuvimos que salir corriendo. Yo salí con la cámara sin baterías y sin nada. No estaba preparada. No me pasó nada, pero me di cuenta de que estaba en chanclas, con ropa que no era de combate, sin el equipo listo para filmar… A partir de eso empecé a dormir con uniforme, con las baterías en los bolsillos y la cámara preparada. Ellas con su kalasknikov; yo con mi cámara.

De la película asombra todo, pero un aspecto que sobrecoge es el sonido. ¿Cómo lo hiciste?

Era una mujer orquesta: hacía de cámara, de sonido, de productora. Tenía a la comandante microfonada con un direccional muy bueno y una grabadora con la que registraba todo. Y como tenía todo el tiempo del mundo me dediqué a grabar aviones, el sonido del combate, balas, explosiones…

El amor de Francesca, tu próximo proyecto, es un documental sobre una mujer de 63 años de Barcelona que indaga sobre el amor.¿Es esa otra guerra olvidada, la de las mujeres mayores?

Para mí, como mujer, es muy importante entender y explorar lo que han significado aquí las pioneras, las que rompieron con lo que se suponía que era ser mujer. Para nosotras es más fácil, porque nadie nos cuestionó nada. Pero Francesca, como tantas mujeres, se ha enfrentado a todas las convenciones. No siguió el camino que se esperaba de ella por dónde nació y por ser mujer. Ella, que es artista, viene de una familia burguesa acomodada. Se casó, se separó enseguida y después tuvo un hijo con un hombre que no pertenecía a esa clase y ahora está sola, explorando las relaciones desde un lugar que no es el que se le supone. Es muy interesante, es la historia de alguien que se construye y reconstruye según quiere y no según el paradigma que le tocó.

Qué contraste: de la guerra y las carreras, al amor y a la reflexión sobre lo que quiere tu protagonista.

Sí, y a rodar en casa, en Barcelona. Lo necesitaba. Francesca y yo somos compañeras de piso. Necesitaba estar con mis amigas. Tras la guerra, quería mirar a la gente que conozco bien, a una red más próxima. Pero el lunes hago un paréntesis y me voy a Siria otra vez.

¿Otro proyecto en Siria?

Sí, vuelvo a un campo de detención donde hay viudas del Daesh. En ese campo hay más de cien mujeres occidentales, algunas en una especie de limbo legal, algunas con los hijos que han tenido con los combatientes, con los fundamentalistas. Están atrapadas, y no tienen ningún recurso para salir de allí. Hacen llamamientos a sus países de origen, pero no les responden. Al principio no tenía claro si me apetecía hablar con esas mujeres: no sabía si podría sentir simpatía por ellas. Pero luego estuve investigando, oyendo sus historias y han vivido unas situaciones de violencia atroz. Han pasado por situaciones inimaginables. Y a la pregunta de si nos merecemos una segunda oportunidad, si es posible volver a empezar, yo digo que sí. Ese campo está custodiado por las mujeres del YPJ, que creen que la educación puede cambiar el mundo. Quieren montar un taller feminista y yo quiero seguirlo y ver qué ocurre. Voy un par de meses. Cuento con todos los permisos y complicidades; me falta convencer a cinco de esas mujeres para que participen de una forma sincera.

Anuncios

Pamela Yates: “El feminicidio guatemalteco es una herencia de la violencia de la guerra”

La premiada cineasta norteamericana, que no cree en la neutralidad cuando filma, busca dar voz a quienes decimos que no la tienen.

Pamela Yates (Estados Unidos) es cineasta y activista por los derechos humanos. Sus películas sobre crímenes de guerra, masacres y barbaries tienen un claro objetivo: denunciar la situación de los más vulnerables. El nombre de la documentalista, miembro de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de EE.UU, está -en gran parte- unido a la historia de Guatemala. De ahí y de 35 años de viajes al país centroamericano salen tres de sus películas y una historia: la de una guerra civil y un genocidio de más de 200.000 víctimas, según la ONU. Allí filmó Cuando las montañas tiemblan (1983), Granito: cómo atrapar a un dictador(2011), utilizado como evidencia forense en el juicio por genocidio contra el dictador Efraín Ríos Mont; y 500 años (2016).

Yates, que cuenta entre otros reconocimientos con el premio especial del jurado de Sundance por Cuando las montañas tiemblan, es además cofundadora de Skylight Pictures, una productora sin ánimo de lucro que busca hacer un cine intencional. Está en España para hablar de cómo hacer documentales e involucrar a los movimientos sociales. Invitada por la Asociación de Mujeres de Guatemala, dará mañana, día 14, una charla sobre cómo hacer cine y activismo. La cita será en la Casa Encendida.

Reivindica la voz de los mayas, que hablan de “la larga noche de los pueblos”, que serían los 500 años de resistencia ante los opresores. ¿No es una espera eterna?

Sí, pero también la resistencia es eterna. Y esos 500 años, que es el título del tercer documental sobre Guatemala, hacen referencia a esa parte del juicio en la que Juan Francisco Soto habla –ante toda la judicatura, por primera vez en la historia de las Américas– del genocidio de los pueblos indígenas. Imagínate, ¡un país tan pequeño como Guatemala, denunciando esa historia ante el mundo! Aquello fue un antes y un después en la resistencia.

Pero así y todo, si nos vamos a 2019, esos pueblos siguen muy oprimidos.

Sí, claro. Pero también es cierto que parte de su cultura se basa en esa fuerza para poder resistir. Y eso es lo que ocurrió en el juicio a Ríos Montt: se cambió la narrativa de quienes contaron lo qué pasó en Guatemala. Antes allí nadie hablaba de genocidio, ni de las masacres. Nadie.

Pero insisto, resistencia, sí, pero si uno mira la historia reciente del país, el panorama es muy duro. Impera la impunidad, han entrado grandes multinacionales hidroeléctricas y macroproyectos en los territorios que fueron arrasados por el ejército, y la “primavera” que vivió Guatemala en 2015 parece un tanto apagada… ¿No es desalentador?

Sí. Sin duda. Pero también hay que mirar los triunfos. El hecho de que se instalase una agencia mundial para luchar contra la impunidad, el de haber ganado el juicio contra el dictador y la presencia de las ONGs con proyectos de cooperación internacional son éxitos claros. Lo que ocurre es que cuando uno lucha contra el sistema, el sistema se pone en tu contra. Es como una ola y ahora estamos viviendo la reacción a esos logros que obtuvimos. Así es la historia. Pero cuando se entiende esa dinámica, se saca fuerza para seguir luchando y frenar lo que está pasando. Guatemala vive un momento muy malo, una auténtica crisis constitucional.

Hablas de cambiar la narrativa pero, ¿cómo sería la historia si la contasen los propios indígenas?

Tanto en Granito como en 500 años tratamos de contar la historia desde la perspectiva maya. De los cinco protagonistas, cuatro son mayas. Solo uno es descendiente de españoles.

Pero sigue siendo una historia contada por blancos.

Sí, claro. Toda la razón. Eso queda para la próxima generación, para gente como la activista de 500 años. Cuando yo llegué a Guatemala, en 1982, lo hice para investigar el papel que estaba jugando Estados Unidos allí. Lo que pasa es que una vez sobre el terreno, me di cuenta de que las personas que tenían la visión para cambiar Guatemala eran los mayas. Entonces decidí trabajar con Rigoberta Menchú. La contacté y la traje a Nueva York, donde vio todas las escenas que habíamos filmado, una historia que, por cierto, no tenía un hilo conductor y que solo encontramos cuando ella decidió contar su propia historia. La filmamos hablando directamente a cámara, algo que no se hacía entonces. Esa fue nuestra forma de contarlo con una perspectiva maya.

Pero es cierto, seguimos siendo blancos contando su historia. Por medio de Skylight Pictures estamos trabajando en Guatemala para que cineastas y documentalistas locales cuenten la historia de su país.

¿Y qué quieren contar esos nuevos cineastas guatemaltecos?

La memoria histórica. Qué pasó y por qué pasó allí.

Por cierto, ¿qué es un país sin memoria?

Es un país condenado a repetir la historia. Pero lo bueno es que Guatemala tiene memoria y el hecho de querer adquirirla o reapropiarse de ella es el camino.

Y Occidente, ¿tienen Europa y América del Norte memoria sobre la responsabilidad de sus hechos allí?

Lo que está pasando hoy con la enorme migración centroamericana hacia Estados Unidos habla de un país que no tiene memoria. Porque para entender esos movimientos migratorios hoy habría que mirar de dónde viene esa realidad, de unos problemas provocados por nosotros durante la Guerra Fría. No, Estados Unidos no tiene memoria: no hemos revisado tampoco el genocidio que cometimos con los indígenas de nuestro país.

Hablas de activismo. ¿Dónde queda entonces la neutralidad?

La neutralidad no existe (se ríe). No niego que estoy contando una historia desde una perspectiva, pero siempre la menos conocida, y la más escondida por los poderosos.Yo trato de que en mi forma de narrar haya siempre unos protagonistas, las víctimas, pero también incluyo a los antagonistas. Y hay hechos… mediante los cuales construimos una historia universal sobre el bien y el mal. No somos periodistas. Tenemos esa libertad artística y técnica para poder expresar la historia con esa intencionalidad y mirada desde los derechos humanos.

¿Cómo se financia el cine que hacéis desde Skylight? ¿Quién paga 35 años de investigación para una historia?

Nos financiamos a través de fundaciones e individuos particulares que creen en lo que hacemos. Aparte, contamos con unos mercados donde podemos cobrar, hablo de ciertas televisiones y circuitos educativos en los que hay dinero. Pero además de eso, buscamos también modelos alternativos de distribución En muchos espacios, ofrecemos nuestros documentales gratis. En Guatemala, por ejemplo, le dimos la película a la principal plataforma pirata. No pretendemos vender la historia de Guatemala a los guatemaltecos.

Parte de nuestra práctica, como activistas de derechos humanos, es pensar cómo hacemos nuestras películas y cómo las distribuimos. Queremos desarrollar un cine colaborativo en vez de uno extractivo. No podemos llegar a un país, grabar su historia, llevarla a festivales y contar que somos excelentes cineastas. Hay que colaborar con la gente local y entender que el proceso debe ser de ellos.

Es importante estar y permanecer conectada a las personas y lugares donde se trabajan los documentales. No para hacer otro documental, sino porque hay que seguir trabajando con las personas que han colaborado. Si uno quiere hacer cambio social, debe de comprometerse de por vida.

Vienes a España invitada por la Asociación de Mujeres de Guatemala, que denuncia el salvaje feminicidio que vive su país. ¿Por qué un país normaliza la violencia hacia sus mujeres?

Esa violencia contra las mujeres se explica por la guerra que vivieron. El feminicidio es una terrible herencia de aquel entonces. Cuando un país permite la impunidad, la impunidad lo transforma. Además a eso hoy hay que sumar la variable del narco. La violencia ataca a los más vulnerables, y débiles: en este caso a las mujeres.

¿Habrá que esperar otros 500 años para hablar de una nueva Guatemala?

No. Yo tengo mucha fe y esperanza en las nuevas generaciones. Ellos van a liderar una apertura democrática en el país.

Publicado en Público, https://www.publico.es/culturas/pamela-yates-feminicidio-guatemalteco-herencia-violencia-guerra.html

Isabel de Ocampo: “Los puteros no buscan sexo, buscan un espacio donde no existe la igualdad”

‘Serás hombre’, una película que cuestiona la masculinidad de los hombres, parte de la historia real de un proxeneta y un hijo de una prostituta.

SERÁS HOMBRE (YOU WILL BE A MAN), Documental de Isabel de Ocampo
Fotograma del documental de Isabel de Ocampo ‘Serás hombre’.

Con el debate en la calle sobre la abolición de la prostitución se estrena Serás hombre, de la directora y documentalista Isabel de Ocampo, un film que pregunta a los hombres qué es ser hombre hoy y cómo se construye la masculinidad. Para narrarlo, la cineasta parte de dos personajes reales: Rafa, un ex proxeneta arrepentido que cuenta cómo en su negocio las mujeres son simplemente billetes; y Abel, el hijo de una prostituta. Junto a ellos aparecen los testimonios de un electo de hombres feministas que hablan de las cartas que el sistema les ha dado a ellos en temas como el sexo, la economía o la educación.

La entrevistada, que a voz en grito tiene a los “vecinos” de la cafetería alarmados de tanto hablar de puteros, hijo de puteros (que no de putas), erecciones, sexo y pornografía, se olvida de la periodista y en diversas ocasiones se dirige directamente a los hombres, para que se enteren, pareciese. 

¿Qué es ser hombre hoy?

Uy, esa es una pregunta para la que yo no tengo respuesta. ¡Que se lo pregunten ellos! Yo soy mujer y con eso tengo bastante. Lo que sí puedo decir es que el concepto de hombre, tal y como lo entendemos hoy, está viviendo un momento apasionante, un gran reto al mismo tiempo.

Es la primera vez en la historia que “ser hombre” se empieza a entender de forma singular: estamos nosotras, las mujeres. Ellos pueden poner la excusa de que no saben, pero no vale: el feminismo lleva tres siglos cuestionando el estatus quo. O sea: ¡lLeváis tres siglos desubicados! Los hombres deben sentarse, mirarse ante el espejo y contestarse a la pregunta.

Yo creo que ser hombre hoy es aceptar con humildad que no eres el centro del mundo y que no eres superior a nadie. Y ligado a la forma tradicional de entender ser hombre está el patriarcado, la forma de pensar que nos ha modelado y que ha considerado que ellos eran superiores al resto. Todo eso se está derrumbando: hay que empezar a bajarles del pedestal donde les encumbraron las religiones monoteístas, el patriarcado y el machismo. Por eso digo que vivimos un momento apasionante de cambio, algo que no les va a hacer gracia a quienes están instalados en esa forma de pensar y en esos privilegios. Pero la evolución es así. 

Habrá gente que dirá que faltan mujeres en tu documental. ¿Por qué no están ellas, las siempre olvidadas y silenciadas?

Por dos motivos. La primera es que quería conectar con los hombres, sobre todo con los machistas. Si para un machista la voz de autoridad es un hombre, pensé: “No te preocupes, los tendrás”.Y dos, creo que es hora de que sean ellos los que hablen.

No obstante, en mis agradecimientos están todas las feministas que han escrito cantidad de libros en los que me he inspirado. 

Pero a eso se te podría rebatir con que ellos llevan hablando toda la vida.

Sí, pero de mujeres. No hablan de sí mismos desde una visión de genero. Hablan de hombres porque tienen mucho narcisismo y porque la educación les ha permitido que sean el centro del universo. Pero lo que deben hacer es pensarse desde la autocrítica.

En la película tocas uno de los temas que más ruido está haciendo hoy entre las feministas: el abolicionismo.

Mira, ese es un asunto donde creo que hay que empezar a plantear nuevas preguntas. Dejemos a las mujeres en paz, por favor y pensemos: ¿por qué los hombres necesitan pagar para mantener una relación sexual? ¿Qué está pasando por sus cabezas? ¿Por qué pagas por algo que el resto de las mujeres te ofrecemos gratis? Esas son las cuestiones que la sociedad debe hacer a los puteros.

¿Y tú qué respondes a eso?

Yo digo que el sexo es una excusa. Yo sostengo, como dice Beatriz Gimeno, que lo que buscan ellos es un espacio donde no haya igualdad, un lugar en que las mujeres no están a su mismo nivel. Una relación sexual con una mujer [no prostituida] implica consenso, ponerse de tú a tú.

Denuncias a los gobiernos y Estados como parte implicada en el negocio.

Totalmente. Y además, el proxeneta lo cuenta muy bien cuando dice: “El Estado es socio mío”. Es la sociedad la que debe empezar a poner luz sobre esos cimientos que están ocultos: qué gana el Estado con el negocio de la prostitución. Mira, yo fui a un colegio de monjas toda la vida. Me he pasado toda mi vida rezando por la paz y me siento estafada porque la guerra interesa: es rentable. Pasa lo mismo con la prostitución: es un gran negocio, pero no solo para el Estado, sino para todas las instituciones legales que hay alrededor, por no hablar de las actividades ilícitas. En el momento que un burdel aparece en un pueblo, gana la peluquera, a donde van ellas; el taxista; el vendedor de joyas; el de productos informáticos… En esto pasa como con la armas: o lo paramos en seco o el lobby de la prostitución lo inundará todo y no habrá marcha atrás. Y ojo, que yo, desde mi postura abolicionista no tengo nada en contra de las mujeres que ejercen la prostitución.

También abordas la identidad de genero de las trans.

Claro, y cuentan algo tan básico como que la identidad de género y el sexo están en la cabeza.

Existe una idea falsa sobre la sexualidad masculina que dice que necesita ser satisfecha porque sino, los pobres hombres, enferman. Y no, se ha demostrado científicamente que un hombre en erección es capaz de resolver un problema matemático complejo o arreglar el motor de un coche. Es mentira que dejen de pensar y que lo hagan con la polla. Seguir contando esa historia resulta muy rentable: la industria del sexo es ingente en sus beneficios y necesita transmitir la idea de que los hombres necesitan sexo, porno, prostitución. Es mentira, ¡os están tomando el pelo, hombres!

Pero volviendo a los trans, lo que me interesaba de ellos es que yo creo que son personas muy privilegiadas porque han estado en los dos lugares del genero. Son capaces de haberse sentido mujer y haberse sentido hombres. Me parece que son como chamanes, gente que nos podría dar información muy valiosa para mejorar como personas. 

Abel en la película intenta poner cara a su padre, un putero. ¿Qué caras le pondrías tú a los puteros de hoy?

Pues es fácil: mira a tu alrededor. Sal fuera, entra en un puticlub y tendrás la respuesta: hombres con corbata, con gafitas, gente con mucho nivel social y cultural que prefiere dejarse llevar por el privilegio que les da la idea de poder hacer con una mujer lo que le permitan sus sus 70 o 100 euros. El putero es muchísimo más común de lo que pensamos.

Yo animo a dos cosas: a las mujeres les digo que pregunten a los hombres a su alrededor si han ido de putas; se sorprenderán. Y dos, y eso va dirigido a todas las personas que están a favor de la legalización. A ellas les pido que vayan a los prostíbulos y, cuando no les dejen entrar, se pregunten por qué. Si vamos a legalizar esa actividad, vayamos como mujeres a visitar en masa a los puticlubs para saber qué se cuece ahí dentro. Dentro, la realidad habla de niñas encorvadas, jóvenes contra la pared, muy lejos todo de esas imágenes bellas y estilizadas del cine y la publicidad. Cuando se vea la sordidez de ese negocio, podremos hablar de si legalizar la prostitución. 

Educación, sexo y pornografía también están en ‘Serás hombre’.

Sí y es bastante sintomático que la película haya sido catalogada para mayores de 12 años. Existe una preocupación desde las instituciones porque la pornografía llega a los móviles de los jóvenes antes de que se hayan dado un beso. Y ahí de nuevo los chicos están accediendo a contenidos de violencia, se erotiza la violencia contra la mujer y el sexo se convierte en humillación.

¿Qué estáis haciendo, hombres? ¡Estáis consumiendo sexo basura! La pornografía les da una idea de sexo falsa. Y eso tiene también consecuencias para ellos que de repente piensan que pueden tener erecciones de 45 minutos. Y claro, toca explicarles que las películas porno son mentira, que ha habido cortes, elipsis, intervenciones de guionistas…

¿Rafa, el proxeneta, es también una víctima?

Mucha gente me reprocha que Rafa, al final, cae bien. Lo que yo contesto es: “Y tú, ¿cómo te crees que el mal opera en la sociedad? Rafa entra en el mal por el dinero fácil; no hay más. Y solo ha salido de ese mundo cuando ha encontrado un poco de infraestructura. Él también decía que yo era la primera persona que conocía que estuviese fuera del círculo de la prostitución, yo, en sus 52 años de vida. Rafa eligió y prefirió estar del otro lado, pero es un producto de una época histórica en la que había hambre, él es un chaval de hospicio que sale a los 16 años de allí y empieza como portero de un prostíbulo. No obstante, él también reconoce que no se arrepiente de la vida que ha llevado, un mundo de dominación, pasta y dominio.

Pero si consideramos que él es una víctima…, ¡víctimas somos todos!. No se puede equiparar a Abel Azcona como víctima con él, ni con las mujeres que él prostituyó. Jamás en la vida los hombres son víctimas del patriarcado. Pueden sufrir el peso del patriarcado, pero no son víctimas, las víctimas son las mujeres y los niños que mueren. Que él ha sido el fruto de unas circunstancias… sí, pero nada más.

No obstante, yo no creo que haya que personalizar en él el mal. Como sociedad tenemos que analizar qué papel tenemos frente a la prostitución. La prostitución es una enfermedad de la sociedad y es la enfermedad de los hombres de no aceptar la igualdad. 

¿Futuros proyectos?

Hacer de todo esto algo en ficción. Estoy trabajando sobre el deseo sexual de las mujeres. Hasta hace muy poco la sociedad nos impedía expresar el deseo sexual, si lo hacíamos éramos putas. Y todavía hay muchos hombres que eso no lo aceptan. Les han contado que éramos objetos para su placer. En fin, el futuro del feminismo es sentar a los hombres y decirles: “Cómprate un libro”. No voy a ser yo la que se lo cuente, haz, lee.

Publicado en Público

‘Sin miedo’, el cine como acción política

Un documental, que empieza con unos personajes en busca de un director, acerca la tragedia de los miles de desaparecidos en Guatemala

“En los documentales son las historias las que se tropiezan contigo”, explica Claudio Zulian (Campodasergo, Italia, 1960), director de la película Sin miedo, una cinta basada en los testimonios de los desaparecidos de la dictadura guatemalteca. En su caso, visitaba el país maya con motivo de una bienal de arte y llegó a ellos por azar, por una amiga que quiso que conociese su historia. Fue así como el documentalista se encontró a los “peticionarios”, un grupo de familias que querían, entre otras cosas, que se cumpliese la ley. Años antes, en 2012, la Corte Interamericana de Derechos Humanos había condenado al Estado de Guatemala por los crímenes cometidos contra su población. Entre las medidas de reparación se encontraba la realización de un documental que contase lo que allí pasó, algo que jamás ocurrió. Ante la inacción, ellos se movieron, hicieran un casting de directores, de guionistas y productoras y se pusieron a la “caza” de un director que contase al mundo que allí, en un país de ocho millones de personas, con 45.000 desaparecidos y 200.000 muertos, se vivió una de las represiones más salvajes de América Latina.

“Especialmente por la historia que reflejo, la de ellos, intenté desde un principio romper con la dinámica tradicional del documental en la que el cineasta dirige y escribe un guión para ir construyendo un relato predefinido. Aquí lo importante era lo que ellos querían, debía narrar lo que les importaba y sentían”, explica Zulian. De ahí que en la cinta se introduzca el dibujo o la fotografía para intentar pensar y reconstruir cómo serían esos hombres y mujeres que ya no están. Por medio de ellas, los familiares –sin un registro gráfico de sus seres queridos- imaginan cómo serían y consiguen, de alguna forma, seguir denunciando y sanar, según explica el cineasta. “Tenían razón ellos. La memoria la construimos con audiovisuales y empezamos a no distinguir qué hemos vivido o qué hemos visto. La película aborda eso y les hace presentes en la acción de sus familiares”, señala Zulian.

Así, a pesar de una Guatemala  lejos de funcionar, donde impera la violencia de una forma extrema –a pesar del fin de la guerra civil- y persiste la corrupción y la impunidad, emociona cuando los protagonistas “eligen” el título de la cinta, Sin miedo, a pesar de las amenazas, del dolor de los muertos y de una actualidad que sigue desgarrando. “La pobreza y la opresión no son un destino. Vamos a seguir luchando porque los volvieron inmortales”, afirman los familiares de esos miles que se llevaron. La cinta se estrena en España en cines el próximo 20 de abril y empieza su periplo por América Latina. En Guatemala hubo en noviembre un pase en la capital en noviembre y empezará a rodar por centros culturales. FIN

Publicado en El País

Laura Mora: “En Colombia, la belleza y la violencia son igualmente democráticas”

Tiene un tatuaje que le atraviesa el cuello como si fuera una raja. El tatuaje dice “latina”. Y es cierto, si por ello se entiende fuerza y coraje unido a no tener miedo a sentir. Laura Mora (Medellín, 1981) lleva también otro tatuaje: el asesinato de su padre, un señor normal, un profesor de universidad al que un sicario disparó hace casi 20 años.

Ese disparo –como el de tantos otros sobre personajes anónimos de su país, Colombia- le ha servido para dirigir y escribir la película Matar a Jesús. La cinta, con una larga lista de premios a sus espaldas, es el testimonio salvaje de una chica de 22 años, ella, que busca al asesino de su padre. Mora está en Madrid para presentar su trabajo, que se estrena el próximo 13 de abril en España. Allí participará también en la primera edición del festival Cine por mujeres. Su largometraje fue uno de las grandes vencedoras del Festival de Cine de Guadalajara que se celebró en marzo en la ciudad mexicana. En el certamen se llevó el premio a mejor película de ficción y el de mejor actor por el papel de Giovanni Rodríguez.

Pregunta. ¿Cómo se puede filmar con honestidad un drama como el que cuentas?

Respuesta. No lo sé. Con años, diría. Me interesaba poder sobrepasar la trágica anécdota y ser capaz de contar una historia que tuviese más impacto. Se trataba de poder separarme de dolor. Y eso se logra con los años.

Me gusta que menciones la honestidad; es lo que buscaba. Y es así gracias a la educación que recibí. Y sí, el guión está más pegado a lo que pueda ser una catarsis, pero la película es una carta de amor a mi papá y a una educación que dice que no se debe excluir a nadie y que está en contra de dividirnos en “buenos” y “malos”. Me refiero a una educación de una humanidad tan excesiva que te permite contar esta historia.

P. Hablas de resistencia.

R. Eso es. La película trata de resistirse a ser violento. Eso es de Sábato, cuando dice que la resistencia es el único lugar donde habita la esperanza siento que todas las familias que nos hemos resistido a la venganza, a pesar de no tener ninguna verdad o reparación, somos la resistencia. Resulta muy complejo, cuando la violencia es tan cotidiana. Porque cuando uno sufre una pérdida de este tipo, es normal que surja la venganza; es una pasión humana que de repente se despierta de una forma totalmente natural. El problema es cómo la contenemos. Además, aquí es más complicado desactivarla porque lo que en otros países va acompañado de una sociedad que compadece y de un sistema penal que acompaña, en Colombia hay una sociedad indolente, impunidad y un sistema corrupto.

P. Dices que te gusta hacer preguntas…

R. Me interesa más generar preguntas que construir mensajes, moralejas o imponer mi visión del mundo. Prefiero construir reflexiones. Por eso me sigue inquietando la violencia de una forma muy profunda, porque no tengo las respuestas.

Me impresiona la exclusión, que es la que la violencia que opera a diario. Y en la película cuento la exclusión del sicario, pero también la de ella, que también ha sido excluida de un sistema penal. Y sí, la protagonista crece con un tipo de privilegios, pero a ella la sociedad y la justicia la excluyen, como a él, que está fuera del sistema desde que nace. Me preocupa cómo hemos perdido la capacidad de compasión, de mirar al otro.

P. En Matar a Jesús la víctima y el verdugo llegan a bailar juntos. ¿Eso es posible?

R. Aplaudo el proceso de paz con todas mis fuerzas y me quito el sombrero ante esas víctimas que fueron a La Habana, se enfrentaron a los victimarios y se abrazaron. Pero creo que el tema del perdón debe ser algo muy íntimo. Imponérselo a toda una sociedad no debe ser la forma. Debes permitir a una víctima decir: “Yo no perdono”. Yo no lo hago, pero no perpetúo. Me siento incapaz de perdonar a quienes ordenaron asesinar a mi papá, pero lo que sí sé es que yo no voy a perpetuar la violencia.

¿Por qué puedo escribir de otra forma sobre el sicario? Porque él es también una víctima de ese aparato criminal que se vale de su exclusión, de una pobreza que le convierte en un soldado de ellos que pone la cara.

El baile entre los dos protagonistas tiene que ver con esos odios heredados. Si este mundo salvaje alrededor de ellos no existiera, quizás hubieran podido ser amigos, amantes, hermanos. Es la sociedad la que los ha enemistado antes de nacer. Antes de que él cometa el crimen.

P. ¿Colombia está acostumbrada a la muerte?

R. Sí, estamos anestesiados, acostumbrados. En Colombia nos duelen los grandes líderes, los hombres, no. Mi papá era un abogado, un hombre, un padre, un profesor… y esos hombres no parecen importarnos. Por eso era importante decir en la película “se nos marchó un hombre”. Deberían dolernos todos. Los muertos nos tienen que seguir doliendo.

P. La indiferencia mata, dicen las víctimas colombianas.

R. Sin duda. ¿Qué me iba a imaginar yo cuando escribía la película, que todo esto iba a coincidir con el proceso de paz? Imposible imaginármelo. Pero fíjate, casualidades, empezamos la preproducción de la película el domingo que ganó el “no” en el referéndum. Y mientras trabajábamos, se oía pólvora y la gente pitaba y celebraba como si hubiesen ganado un partido de fútbol. Eso es ser bárbaros. Ese día la película cobró más sentido que nunca, un sentido político. El proceso de paz tiene todos los problemas del mundo, pero si con eso estamos salvándonos 500 vidas al año, vale la pena.

Seguimos enfrascados en el discurso del odio. Es como si los colombianos estuviésemos asustados de desprendernos de la violencia. Porque en Colombia la belleza y la violencia son igualmente democráticas: la tenemos todos. Es así de trágico. Por eso el cine es importante, porque puede ayudarnos a desprendernos del relato de la violencia, desactivarla y ver la monstruosidad que hay en ella. Tenemos tanto miedo porque tenemos que reinventarnos para construir un nuevo relato social.

P. ¿Es la educación la clave, como lo fue en tu caso?

R. Yo creo que la educación es un eje fundamental, pero el Estado debe empezar a ocupar unos lugares que ha dejado desprotegidos en un sistema absolutamente desigual. La educación funciona cuando te va a servir para algo. Porque si dices, sí, voy a la escuela, pero llego a casa y no hay qué comer, mi mamá no tiene trabajo, no hay salud, no hay pensión, no hay agua… ¿Entonces? Hay que repensar radicalmente el sistema de igualdad.

P. Qué ha sido de los dos actores protagonistas, actores naturales, por cierto.

R. Natasha no tiene ningún interés en volver a actuar. Es artista plástica, estudia en la Universidad, trabaja con un colectivo y es una chica con una postura política y artística impresionante. ¡22 años y tanta coherencia! Es maravillosa. Él tiene una vida más compleja. Giovanni es la tragedia de Colombia en un cuerpo de 24 años. Le mataron a su papá cuando su mamá estaba en embarazo, su mamá lo abandonó, creció a la merced de la calle, a los 11 fue reclutado por grupos ilegales en la ciudad. ¿Qué más querés? Pero es un chico de una inteligencia brillante, ya no como actor, sino en la vida. Lo que hablábamos de la educación: Ella es hija de profesores, le han inculcado la libertad, el respeto. Y él… ¿ves? No cerramos esas brechas con educación, hace falta igualdad. FIN

Publicado en El País

Cine elevado a M, de mujer

“Cuando las mujeres hacemos cine, filmamos lo mismo y más, porque tenemos otras historias que no se han contado. Es así de simple”, afirma Carlota Álvarez, codirectora de la primera edición del Festival Internacional Cine por Mujeres, que se clausura este domingo 8 de abril. No es cuento. Debra Zimmerman, directora ejecutiva de Women Make Films, lo explica con estadísticas y con un argumento claro: la organización que representa está aburrida de la misma película de siempre, de los mismos patrones, dice, y quiere ver cintas donde aparezcan mujeres con poder, que no sean objetos y que reflejen la realidad de lo que vive la mitad de la humanidad. Porque según los datos que aporta, con los que coinciden multitud de estudios, en los diálogos de la gran pantalla las mujeres ocupan un 30 por ciento, por ejemplo.

Para evitando caer en el tópico sobre qué es lo que retratan las mujeres —que si un cine menor, o más sensiblero—, la crítica de cine Pilar Aguilar se cuestionaba hace unos días si los hombres hacen un cine “de hombres”. “Claro que sí, absolutamente. Y lo peor es que ni se dan cuenta. Es el patriarcado que dice que los hombres están en el centro del universo”, responde Zimmerman, que lleva décadas en una organización que se declara feminista y se dedica a distribuir cine independiente hecho por mujeres.

“Sí, feminista, rotundamente. Y desde hace muchos años: ayudamos a las mujeres a distribuir cine con perspectiva de género. Hablo de contenidos nuevos a kilómetros de distancia de lo que vemos en Hollywood”, asevera la norteamericana.

Álvarez, por su parte, puntualiza que en su festival todos y todas son feministas, pero que se dirigen a todos los públicos para, entre otras cosas, romper estereotipos y mostrar que las cineastas no solo hacen cine intimista, sino que aportan talento y un abanico de visiones más amplio.

En la charla, surge pronto cómo medir el grado de feminismo de una película: bajo qué parámetros, por ejemplo, acepta o no una cinta la organización Women Make Films. Ante la cuestión y los debates sobre las varias olas de feminismo, la norteamericana se ríe y dice que en su organización lo que se busca es una mirada inclusiva. Que eso es el feminismo. Pero ante la duda de cuál sería, por ejemplo, el buen feminismo, se agarra al nombre de su organización, mujeres que hacen cine, y recuerda que solo hay una línea roja: no repetir los patrones del cine en el que no estamos o solo somos objetos. “En Estados Unidos las mujeres tenemos un problema de salud: la medicina está hecha por hombres, y por lo tanto, no se han estudiado nuestros cuerpos. En el cine ocurre lo mismo: no hemos contado”, comenta.

Respecto a soluciones para conseguir una mirada más igualitaria, la responsable del festival no tiene dudas y habla de la necesidad de establecer “unos cuantos años de cuotas para conseguir la paridad. En Suecia es política de Estado. Si somos el 50% de la población y pagamos el 50% de los impuestos, nos corresponde ese tanto”, recuerda. Con las salas y charlas del festival llenas de hombres y mujeres, en un número bastante equitativo, preguntamos por el movimiento #MeToo.

“Al principio fui muy escéptica ante él, pensé que era otro año más que decíamos que ese era el de las mujeres. Pero, no, ahora siento que esto es imparable. ¿Motivos? Una combinación de hartazgo y de empoderamiento basado en el trabajo de las feministas de muchos años. Sinceramente, pienso que ahora se abre –de verdad- una oportunidad para las mujeres. También en el cine”, zanja la norteamericana.

Publicado en Diario Público