“Pedimos perdón porque necesitamos sanar heridas”: Camila Cienfuegos

Con 14 años dejó de su casa y se enmontañó, que es como dicen en Colombia, su país, coger un fusil y meterse en la guerrilla. Tras toda su vida en la guerra, la comandante Camila Cienfuegos (Valle del Cauca, 1977) fue una de las mujeres de la insurgencia que estuvo en La Habana durante el largo negociado de la paz. Formaba parte de la Subcomisión de Género. Se declara feminista, a pesar de haber formado parte de un grupo fuertemente patriarcal, jerarquizado y acusado de utilizar la violencia sexual (como el resto de los actores armados legales e ilegales) como un arma de guerra. Cienfuegos lo niega y recuerda los estatutos del grupo insurgente en pro de la igualdad de hombres y mujeres. Molesta ante la afirmación, reitera que jamás existió un mandato para que se dieran esas violaciones, y que si ocurrieron, señala, fueron siempre a modo particular. Terminada la entrevista y apagada la grabadora, pide reiterar ese punto y subraya el papel de la Jurisdicción Espacial para la paz, que se encargará durante 15 años, de juzgar a exguerrilleros de cualquier delito, violencia sexual incluida.

¿Está Colombia hoy más cerca de la paz, tras un año de la firma del acuerdo?

Relativamente, porque sí, formalmente la guerra ha terminado, pero mientras no se implementen los cambios que están en el papel, el avance no será real. Si no se ejecuta lo que firmamos, no habrá paz.

¿Cuáles son las principales dificultades para que la paz sea haga efectiva?

La extrema derecha no quiere la paz. Nosotros hemos cumplido nuestra palabra y el Gobierno en parte, pero un sector de la sociedad no la quiere. Y uno de los motivos es que la paz tiene una gran desventaja: no genera dividendos, como lo hace la guerra.

Dicen que la indiferencia de parte de los colombianos mata más que las balas. 

Sí, y esa parte de falta de solidaridad e insensibilidad también está en los medios de comunicación. De alguna forma parece que si no hay muertos, no hay titular. En Colombia nos hemos acostumbrado y no contamos con periodistas que sepan visibilizar la paz. Entre todos hicimos que la guerra fuera lo ordinario.

Usted nació en un país en guerra, se enroló en las filas de la insurgencia siendo una adolescente y hasta hace un año no supo qué era la dejación de armas. ¿Sabría qué es la paz?

La guerra no se vive simplemente por haber militado en las FARC, tiene muchas más dimensiones. La guerra son las bombas, la metralla, sí, pero también la miseria, el abandono del campo colombiano, la falta de atención a los derechos de las mujeres, que no tengan derecho a unas tierras, a una educación, a una vida más allá de la esfera privada…

La paz es una reforma rural integral, es acceso a la educación, es que se respete el derecho a la vida, es hacer una política distinta a la del uso de las armas. Paz es respeto a la vida, que haya libertad de pensamiento, de opinión, que no nos asesinemos por decir lo que pensamos, es ejercer de verdad una democracia, también para nosotros [las FARC].

Habla de respeto a la vida. ¿Eso lo entenderán también las víctimas de las FARC?

Sí, porque nuestra lucha nunca pretendió hacer daño a nuestro pueblo. Siempre tuvo una intencionalidad política y buscó una salida negociada. Y si nos equivocamos alguna vez, hemos pedido perdón a quien hicimos daño.

Sí, nos hemos acercado a esa gente a la que pudimos hacer daño y les hemos pedido perdón. Perdón porque necesitamos sanar heridas, reconciliarnos y dejar los rencores y odios. Si los que estábamos frente a frente nos hemos dado la mano y hablado con el adversario, que no enemigo, si hemos podido entender que nos enfrentamos innecesariamente porque ninguno entendía al otro… creo que debemos buscar entendernos. Porque además, a nosotros (exguerrilleros y defensores de los derechos humanos) nos siguen matando, prácticamente una persona por semana. La violencia sigue su curso en Colombia.

¿Cómo es la vuelta a la sociedad civil, tras toda una vida en la guerra?

Nosotros siempre estuvimos en la sociedad, con las comunidades. Nosotros estábamos donde no estaba el Estado con escuelas, puestos de salud, construyendo carreteras… Vivíamos el día a día de esa sociedad históricamente marginada. Y seguimos con ellos, especialmente ahora, tras el acuerdo. Somos hijos e hijas de las comunidades y siempre hemos estado con ellos. Estamos trabajando en proyectos productivos y haciendo capacitaciones y pedagogía de la implementación de los acuerdos y de la importancia de incluir el enfoque de género en una nueva Colombia.

Sorprende en sus biografías que una de las primeras cosas que aparecen es su autodefinición como feminista. 

Soy una firme defensora de las mujeres. Hay que tener en cuenta que a nosotras, un 30% de la organización, siempre nos han tachado de ser “las compañeras” , las asistentes y mujeres de los guerrilleros. Y eso no era cierto, en la guerrilla hombres y mujeres cocinaban, batallaban, aprendían y se formaban sin distinción de generos. No se ha contado que somos mujeres empoderadas que luchamos por nuestros derechos, por el acceso a la tierra, por la igualdad, por participar en la esfera política, por todos los derechos vulnerados de las mujeres en Colombia y en todas partes.

A pesar de las dificultades, ¿tiene esperanza en una Colombia en paz?

Sí, siempre. No podemos perder la esperanza.

Camila Cienfuegos es una de las cuatro ponentes invitadas por Alianza por la Solidaridad para analizar la realidad del conflicto colombiano un año después de la firma del acuerdo de paz. La ex comandante, que “concibe la lucha de las mujeres como una conquista de derechos en igualdad para todo el conjunto de la sociedad”, hablará también de la importancia de incluir una perspectiva de género en la implementación de los acuerdos. La exguerrillera participará junto con Pilar Rueda, jurista e integrante de la Subcomisión de Genero de la Mesa de Conversaciones de La Habana, en la que incidió especialmente en los derechos de las mujeres víctimas de la violencia sexual; Charo Mina, activista y afrocolombiana, que jugó un papel importante a la hora de incluir los derechos étnicos en el tratado de paz y Aida Quilcué, lideresa indígena, una voz clave para entender la diversidad del país andino.

(Publicado originalmente en El País)

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Un testimonio de dignidad y coraje

Por Piedad Bonnett

(Epílogo del Mujeres al frente, el libro que próximamente será publicado por libros.com. Gracias, querida escritora y poeta colombiana, autora, entre otros de Lo que no tiene nombre, un libro dedicado a la vida y la muerte de su hijo Daniel, donde alcanza los lugares más extremos de la existencia y lleva la literatura hasta la asfixia. Gracias, querida Piedad por regalarme este texto y participar así en Mujeres al frente. Tú eres otra más).

“Cuando decimos la palabra guerra solemos imaginarnos enormes contingentes de hombres armados que luchan, bien de manera formal en ejércitos regulares, bien como grupos dispersos que llevan a cabo ataques sorpresivos en guerra de guerrillas. Visualizamos tanques de guerra, bombarderos, trincheras, camiones, atestados de hombres que exponen sus vidas. A las mujeres en la guerra nos las imaginamos, en cambio, de la manera en que lo ha mostrado el cine: como enfermeras en el frente o como víctimas en un segundo plano, madres que reciben los cadáveres de sus hijos, novias y viudas que lloran a los jóvenes sacrificados. Pero la realidad es muy otra. No sólo porque las mujeres ya no sólo nos dedicamos a desempeñar aquellos roles que la tradición consideró “naturalmente” femeninos – de modo que hoy encontramos ya a muchas desempeñando puestos políticos y militares decisivos a la hora de los conflictos armados- sino porque la guerra nos involucra de otras maneras, a menudo difícilmente percibidas. Una realidad de la que dan cuenta la literatura y el periodismo, como lo hizo Svetlana Alexievich en La guerra no tiene rostro de mujer y como hace Lula Gómez a través de Mujeres al frente, libro de entrevistas a siete mujeres que han tenido que ver con el conflicto armado colombiano.

Detrás de cada una de ellas hay historias muy distintas, pero en todas hay dolor, conciencia y empoderamiento: la voluntad de convertir una experiencia personal en acción social, en transformación y consecución de metas, ya sean justicia, rehabilitación, transformación legal o humana de las condiciones oprobiosas. Algunas son mujeres que se han crecido ante la adversidad y, como tantas otras, anónimas, han debido multiplicar sus fuerzas y hacer cosas que jamás imaginaron que podían hacer, como las madres de los muchachos asesinados en lo que se ha llamado “falsos positivos”, un nombre para crímenes infames cometidos por miembros de las fuerzas del Estado sólo para escalar posiciones, conseguir permisos o ganar dinero. Y otras, personas que, desde una visión de género, han embarcado sus vidas en proyectos solidarios y de defensa de las víctimas, haciendo visible lo que la sociedad muchas veces no ve: que hay una violencia de género que tiene un carácter estructural, que es un arma de guerra usada por los distintos actores del conflicto, y que se apoya en últimas en el machismo ancestral que se aprende en el hogar, se reafirma en la escuela y se ejerce en todos los niveles en las sociedades que han naturalizado la desvalorización de lo femenino.

Un prominente grupo de investigadores encabezado por María Emma Wills, dentro del Centro de Memoria Histórica que dirige el sociólogo Gonzalo Sánchez, ha adelantado un juicioso estudio sobre mujer y guerra en Colombia que demuestra que la violencia sexual fue una estrategia de sometimiento adelantada por casi todos los actores del conflicto, que como sabemos fueron paramilitares, narcotraficantes, agentes del Estado y guerrilla, muchas veces actuando en pérfidas alianzas; y que en algunos casos, como el de los paramilitares, esa violencia –ejercida contra mujeres y personas de la comunidad LGBTI– cuya intención era humillar, degradar, herir, fue desde imponer pautas de comportamiento, que incluían horarios de diversión, tipo de atuendo, corte de pelo, humillaciones públicas, etcétera, hasta violaciones, sometimiento a esclavitud, prostitución forzosa, desplazamiento y muerte. Dentro de esta violencia de género sistemática, se cuenta el asesinato selectivo de cientos de líderes comunitarias o de mujeres contestatarias que se atrevieron a desafiar a sus victimarios.

Este tipo de violencia ha sido soslayada por muchas razones, entre otras por el silencio de las propias víctimas, llevadas por el miedo a la estigmatización que a menudo trae la vejación sexual o por el deseo de ocultar a los hijos de los violadores su doloroso origen; pero también por indolencia de las instituciones del Estado, que hasta hace unos años ni siquiera aceptaba que existe un delito llamado feminicidio y que se ha interesado poco en investigar los crímenes desde una perspectiva de género. Miles de viudas o de madres que perdieron a sus hijos en la guerra, muchas de ellas, además, despojadas de sus tierras, se vieron forzadas a desplazarse a otras zonas o a las ciudades implacables donde las esperaba la discriminación, la miseria e incluso la mendicidad. Mantener la dignidad en esas circunstancias no es fácil. Aun así, muchas encontraron la manera de organizarse, de recomponer sus vidas y además de insertarse en un proceso de reconciliación y paz. Apoyadas por algunas ONG o por organizaciones estatales o internacionales, brotaron proyectos esforzados de productividad, y grupos centrados en recuperar la memoria de los hechos y restañar, hasta donde es posible, las heridas. De estos hay numerosos ejemplos. María Emma Wills, en artículo reciente sobre la resiliencia, nos dice: “…la imagen que me ayuda a seguir creyendo que Colombia sí tiene futuro es la de las familiares Débora, Telemina y Carmen, quienes no sólo emprendieron una lucha en los estrados judiciales estatales con el fin de que los responsables fueran detenidos y pagaran por sus fechorías, sino que, en una actitud altiva, lucieron mantas rojas en uno de los rituales de entierro de sus familiares. Con ese gesto indicaban a los perpetradores que sus actos de sevicia contra otras mujeres de su comunidad no las doblegaban ¡no a ellas!, que portaban con orgullo los emblemas de su estirpe”.

Lula Gómez nos enfrenta, a través de los testimonios de estas siete valiosas mujeres, no sólo a las realidades complejísimas de una guerra donde todo es maraña, difícil de desentrañar, sino, y sobre todo, a la capacidad de resistencia que ellas ilustran, apoyadas en su dignidad, su valentía y no poca imaginación”.

PIEDAD BONNETT

 

 

Mirar la guerra desde los ojos de las mujeres

(Publicado originalmente en el Huffington Post, Huffington Post. )

Colombia resulta fascinante: puede ocurrir de todo. Por la parte macondiana y más colorida, recuerdo manifestaciones de ladrones autorizadas en las que los maleantes gritaban que los auténticos malos no eran ellos. Gritaban a cara descubierta, ese día que podían, que quienes robaban estaban en las instituciones. También viví cómo en un cine rural al aire libre la entrada era diferente si se optaba por leer los subtítulos al revés; desde el otro lado de la pantalla. Pero si entramos en el drama, desde allí nos hemos hasta aburrido de ver masacres. Y absurdos, como a un Pablo Escobar que desde la cárcel recibía putas y manejaba el cartel de drogas. Más. Para un curioso, un inquieto, un periodista resulta fácil hablar con una persona que dice ser mercenario y dedicarse a matar. Pero ojo, tras ese espectáculo (cuidado, periodistas; cuidado, audiencias), hay que reiterar que Colombia es un lugar que se desangra por una guerra que resulta imposible de datar: no son 52 años, son muchos más. Porque allí, el conflicto es la desigualdad, que mata. Y son muchos los muertos y las muertas de esa esquina de América del Sur, son millones los desplazados, incontables las mujeres utilizadas como botín de guerra, los mutilados físicos y psíquicos y las víctimas de esa atrocidad que se llama guerra. Como cuento en el prólogo del libro que publico ahora con libros.comMujeres al frente, las guerras siempre me han llamado la atención.

Supe siempre que mi abuelo Mario había participado en la guerra, la nuestra, y aquello me provocaba tantas preguntas… Mi abuelo, aquel señor grande y tierno que comprendía y nos permitía siempre todo. No solíamos estar solos; por allí andaban también mi abuela y mi hermano. No obstante, recuerdo buscar momentos a solas para preguntarle si él había matado. En mi cabeza de menos de diez años me resultaba imposible que aquel señor que me protegía y daba cariño, hubiese disparado a otro hombre. Su respuesta a mi pregunta directa fue ambigua. Con tristeza y muy despacio, como costándole las palabras, me llegó a contar que aquello fue lo más triste con lo que jamás un hombre se puede enfrentar y que solo esperaba que nunca jamás se repitiese. Entendí que sí mató.

Con las muchas inquietudes que me sigue provocando nuestra guerra civil o cualquier otra, porque al final, todas son las mismas, Colombia y su guerra me ha respondido a muchas de mis dudas. Aunque en Mujeres al frente (tanto el libro como la película), quizás la clave esté en mirar el conflicto desde otra perspectiva, desde los ojos de ellas, las mujeres, quienes no suelen engrosar las filas de combatientes, pero sí ponen muertos, sus hijos que caen matando; sus hijas, que son violadas; sus maridos, muertos o ausentes, sus muchas miserias… Me paré en ellas porque en Colombia, desde hace años, de una forma silente y soterrada, las mujeres llevan inventándose alternativas a la muerte. Dicen algo tan obvio como que la violencia solo provoca violencia y están hartas del patriarcado y de que impere la ley del más fuerte. Repiten que la indiferencia mata, que no hay paz sin desarrollo. Afirman también que necesitan de la memoria para construir un nuevo país que no repita el horror de matar y matar. Quieren una Colombia democrática, y no hay democracia sin mujeres, por eso es importante que se las oiga. Y hay que hacerlo por dos motivos obvios: uno, por justicia, y dos, porque plantean ideas diferentes y porque las actuales, las de seguir apostándole a la violencia solo ha tintado los ríos de sangre.

Termino con sus nombres, que son quienes han hecho posible esta gran historia. Las protagonistas de Mujeres al frente son la campesina Nelly Zelandia; la afrocolombiana Luz Marina Becerra; la candidata al Nobel de la Paz Luz Marina Bernal; la ex comandante del M19 Vera Grabe; la fundadora de la Ciudad de las Mujeres, Patricia Guerrero; la lideresa comunal Mayerlis Angarita y la socióloga Beatriz Montoya. A todas ellas les agradezco sus lecciones de vida. Suelo repetir que ojalá fueran presidentas porque “no estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara náuseas, que lograra que la sola idea de la guerra diese asco. Que pareciese de locos. Que hiciera vomitar a los generales”. Esta última afirmación es de Svetlana Alexiévich, Nobel de Literatura. Lo dice en su libro la Guerra no tiene rostro de mujer. Algo así pretende ser Mujeres al frente. FIN

El freno de las mujeres a guerra sin fin

(Contundente texto de Isabel Valdés, publicado en el Blog de Mujeres El País

Las violaron, las mutilaron, las despojaron de sus tierras, las arrinconaron, las desplazaron, las expulsaron, las hicieron desaparecer, emigrar, ocultarse. Las convirtieron en viudas, en madres sin hijos, en hermanas sin hermanos, en tumbas, en ira, en abuelas vacías, en nada. Colombia ha sufrido durante décadas una violencia ininterrumpida, brutal y expandida hasta el último rincón. En medio del terror que crecía sin pausa, las mujeres fueron víctimas desproporcionadas.

Desde el Bogotazo que dio paso a La Violencia, aquel periodo de acertado nombre entre 1948 y 1958 —aunque ningún historiador se pone de acuerdo en acotar aquellos años—, con casi dos millones de desplazados y alrededor de 300.000 muertos. Después, el conflicto armado para estrenar la década de los 60, y ya no paró: primero fue el Gobierno, luego la guerrilla, se sumaron los paramilitares, aparecieron los narcos y brotó la criminalidad.

Como parte de aquel horror, también quisieron participar en su final. Y lo hicieron. El papel de las mujeres durante ese proceso, y después para alcanzar el Acuerdo de Paz (firmado el 12 de noviembre de 2016, aunque no definitivo), apenas ha sido reconocido por la opinión pública más allá de los sectores con cierto interés por el papel femenino en la historia de Colombia. El texto firmado a finales del pasado año entre el presidente, Juan Manuel Santos, y el líder de las FARC, Rodrigo Londoño (conocido como Timochenko), incluye disposiciones de género importantes, tanto por la profundidad de las mismas, como por la garantía que supone para que ellas sigan participando de todo lo que está por venir.

La periodista y escritora Lula Gómez (Madrid, 1970) se encontró en 2015 con dos mujeres que cambiaron su futuro más inmediato, Luz Marina Bernal y Patricia Guerrero, y decidió, después de un sinfín de “noes” de medios de comunicación y editoriales, publicar un libro y grabar un documental que pusiera voz y rostro a esas mujeres que ponen voz y rostro a millones de colombianas, Mujeres al frente. Mujeres que expertos internacionales en la resolución de conflictos han calificado como innovadoras y modélicas.

Phumzile Mlambo-Ngcuka, directora ejecutiva de ONU Mujeres, y Zainab Hawa Bangura, representante especial del secretario general sobre la violencia sexual en los conflictos, hablaron en aquel momento sobre el trabajo sin precedentes de la Mesa de Conversaciones de Paz y su subcomisión de género: “Las mujeres son una fuerza dinámica para la paz y la reconciliación, y esto debe reforzarse en el acuerdo final y, de forma fundamental, durante la fase de implementación. Puede que éste sea el mejor ejemplo de una participación significativa y consistente de las mujeres en un proceso de paz”.

Patricia Guerrero, ex jueza y fundadora de la Ciudad de las Mujeres; Nelly Velandia, campesina que representa a seis millones de mujeres; Mayerlis Angarita, superviviente del conflicto y fundadora de Narrar para Vivir; Luz Marina Bernal, líder de las Madres de Soacha y nominada al Premio Nobel de la Paz; Beatriz Montoya, fundadora de AMOR y resistente ante la guerra; Vera Grabe, ex dirigente del M19 y directora del Observatorio por la Paz; y Luz Marina Becerra, líder afrocolombiana y activista de los DD HH. Ellas son la condensación de Lula Gómez en Mujeres al frente, de la pelea constante, ahora más visible y posible.

“Colombia es un país al que viajo mucho. En uno de esos viajes, después de conocer la historia de Marina Bernal y Patricia Guerrero, supe que tenía que socializar esas historias, contarlas, expandirlas. Volví a España y todo fue una negativa como respuesta por parte de los medios de comunicación”. Explica Gómez que su enfado derivó en intentar ir un poco más allá y empezó a pensar en incluir a más mujeres que pudiesen ampliar la narración: “Di con siete perfiles y, envalentonada, pensé en un libro”. Se lo ofreció a una editorial que, de primeras, le dijo sí. Luego fue un sí y 1.000 euros para viajar, conseguir los testimonios y volver. Al final fue un no y Gómez volvió a enfadarse. “Pues ahora me voy a montar un documental”, pensé.

Su malestar acabó siendo más productivo que obstáculo y todas aquellas puertas cerradas se convirtieron en un proyecto que le ha llevado dos años (aunque en diez días aterrizó en Bogotá, las localizó, les financió el billete hasta la capital y grabó), y que finalmente ha salido mediante crowdfunding a través de Libros.com. A 19 días de que terminara la campaña alcanzó los mecenas que necesitaba para publicar el libro, 200; ahora, su segundo objetivo es llegar a los 300.

Aunque asegura que el documental, fílmicamente hablando, es muy básico, demuestra que las historias sirven para algo más que para envolverlas en papel de regalo: “Estas señoras mantienen un librazo y un documental que ha estado en el Festival de Cine de Málaga, y ya tiene distintos premios”. Parte de la consistencia del libro y el documental viene por el discurso que sostiene a ambos: “Aunque parece de Perogrullo que la violencia solo lleva a más violencia, el poder sigue apostando por hacer más armas, más policía, más conflicto. Pero el cambio solo se dará con la educación y el desarrollo”.

Gómez exhala: “La indiferencia mata, eso comentan ellas todo el tiempo. Tienen una postura valiente, enfrentan a verdugos y víctimas, hacen posible el diálogo”. Diálogo, educación, desarrollo. “Reclaman un sistema nuevo que les reconozca derechos tan básicos como el de la propiedad de sus tierras o contar con soberanía alimentaria. Una nueva sociedad más igualitaria, un lugar que ha de ser construido de nuevo desde las bases si se quiere poder respirar paz”. Sin miedo a hablar, a pedir, a exigir. En Colombia, después de más de medio siglo de ser víctimas de las víctimas, es momento de construir alternativas desde la palabra, la memoria, la justicia y la reinserción.

LA CONFIRMACIÓN DE LA ONU

Según un estudio reciente realizado por Naciones Unidas sobre la implementación de la Resolución 1325 de mujeres, paz y seguridad, en los casos en que las mujeres tuvieron la oportunidad de ejercer una influencia profunda en el proceso de negociación, las probabilidades de alcanzar un acuerdo eran muy superiores que en los procesos en que esta influencia había sido escasa o nula.

De hecho, cuando se contó con la participación de las mujeres y estas ejercieron una influencia amplia, las negociaciones culminaron casi siempre con un acuerdo. Uno de los efectos que más se repetían de la participación de las mujeres en los procesos de paz era la presión que ejercían para iniciar, reanudar o concluir las negociaciones cuando habían perdido impulso o cuando las conversaciones habían fracasado.

Al controlar otras variables, los procesos de paz en los que participaban mujeres en calidad de testigos, firmantes, mediadoras y/o negociadoras registraban un incremento del 20% en la probabilidad de alcanzar un acuerdo de paz que perdurase, como mínimo, dos años. Este porcentaje aumenta a lo largo del tiempo, ya que la probabilidad de lograr un acuerdo de paz que dure 15 años crece un 35%.

Puedes descargar el estudio aquí: Estudio mundial sobre la aplicación de la resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Las palabras sanadoras de las mujeres de Colombia

(Un texto de Belén la Banda sobre Mujeres al frente, publicado en el Blog Más de la mitad). 

Miles de mujeres están dejando atrás en Colombia el que parecía un destino inexorable de víctimas. En unos años han superado todos los tipos -los más extremos- de violencia, de marginación, de subordinación, de desprecio y maltrato en el ámbito público y en el privado. Han logrado participar de manera activa y determinante en el camino hacia la paz en su país, para salir de un terrible conflicto bélico.

Nada es fácil para ellas aún hoy, pero las mujeres de Colombia han conseguido contribuir a la paz cambiándole el ADN al proceso. Un proceso de paz que pretendía pasar por encima de ellas como lo había hecho la guerra. La inteligencia colectiva de las mujeres colombianas logró hacer entender que una paz sin ellas no tenía ninguna oportunidad de ser auténtica, o de durar.

La paz en Colombia no puede dejar a un lado a mujeres como Patricia Guerrero, que fue jueza y que creó la Ciudad de las Mujeres para permitirles vivir en paz en los peores tiempos del país. O Nelly Velandia, la voz de seis millones de mujeres campesinas. O Mayerlis Angarita, que sobrevivió al conflicto y fundó Narrar para vivir, o la luchadora Luz Marina Bernal, que inició una lucha que aún no termina para reivindicar la memoria de su hijo asesinado en un ‘falso positivo’. O Beatriz Montoya, Vera Grabe, Luz Marina Becerra… Cada una de ellas con un trauma y un dolor imposible de medir a sus espaldas, han protagonizado trayectorias impresionantes. Y cada una ha pensado la paz y la ha compartido. Y ha exigido compartirla cuando nadie le invitaba a estar en ese proceso.

La periodista Lula Gómez se comprometió para darles visibilidad a través de un documental, Mujeres al Frente, que ha levantado emociones en los festivales donde se ha presentado. Finalista en el Festival de Málaga, Mención especial del Jurado en el Festival Internacional de Bogotá por los Derechos Humanos, y se presentará el sábado 18 de febrero en el Festival de Cine y Derechos Humanos de Valencia, el Lunes 20 en dos pases organizados por el Ajuntament de Tarrasa, entre otras citas.

Pero, además de la imagen, Lula se quedó con las palabras sanadoras de estas siete mujeres. Pensó que sería muy importante que otras personas pudieran beneficiarse con su potencia. Y así surgió Mujeres al frente, el libro. Un nuevo proyecto de crowdfunding que está a punto de hacerse realidad (ya ha logrado tres cuartas partes de la financiación) y que servirá para que las palabras, las voces y la sabiduría de las mujeres colombianas nos lleguen a todos, y nos sirvan para sanar nuestras violencias.

El libro ‘Mujeres al frente’ se puede apoyar mediante el crowdfunding abierto en Libros.com hasta dentro de 24 días.

Nada es fácil para ellas aún hoy, pero las mujeres de Colombia han conseguido contribuir a la paz cambiándole el ADN al proceso. Un proceso de paz que pretendía pasar por encima de ellas como lo había hecho la guerra. La inteligencia colectiva de las mujeres colombianas logró hacer entender que una paz sin ellas no tenía ninguna oportunidad de ser auténtica, o de durar.

La paz en Colombia no puede dejar a un lado a mujeres como Patricia Guerrero, que fue jueza y que creó la Ciudad de las Mujeres para permitirles vivir en paz en los peores tiempos del país. O Nelly Velandia, la voz de seis millones de mujeres campesinas. O Mayerlis Angarita, que sobrevivió al conflicto y fundó Narrar para vivir, o la luchadora Luz Marina Bernal, que inició una lucha que aún no termina para reivindicar la memoria de su hijo asesinado en un ‘falso positivo’. O Beatriz Montoya, Vera Grabe, Luz Marina Becerra… Cada una de ellas con un trauma y un dolor imposible de medir a sus espaldas, han protagonizado trayectorias impresionantes. Y cada una ha pensado la paz y la ha compartido. Y ha exigido compartirla cuando nadie le invitaba a estar en ese proceso.

La periodista Lula Gómez se comprometió para darles visibilidad a través de un documental, Mujeres al Frente, que ha levantado emociones en los festivales donde se ha presentado. Finalista en el Festival de Málaga, Mención especial del Jurado en el Festival Internacional de Bogotá por los Derechos Humanos, y se presentará el sábado 18 de febrero en el Festival de Cine y Derechos Humanos de Valencia, el Lunes 20 en dos pases organizados por el Ajuntament de Tarrasa, entre otras citas.

Pero, además de la imagen, Lula se quedó con las palabras sanadoras de estas siete mujeres. Pensó que sería muy importante que otras personas pudieran beneficiarse con su potencia. Y así surgió Mujeres al frente, el libro. Un nuevo proyecto de crowdfunding que está a punto de hacerse realidad (ya ha logrado tres cuartas partes de la financiación) y que servirá para que las palabras, las voces y la sabiduría de las mujeres colombianas nos lleguen a todos, y nos sirvan para sanar nuestras violencias.

El libro ‘Mujeres al frente’ se puede apoyar mediante el crowdfunding abierto en Libros.com hasta dentro de 24 días.

Texto originalmente publicado en Más de la mitad, blog de 20 minutos. 

Arranca la campaña Mujeres al frente, el libro completo

Desde http://www.libros.com , una nueva forma de poner en pie proyectos editoriales, pongo en marcha el mecenazgo de Mujeres al frente, un libro que recoge las entrevistas completas del documental del mismo nombre. Recojo lo que cuentan mis amigos libreros y antes os invito a participar, Participa, hazte mecenas de Mujeres al frente en este click:

Sobre el libro

Es la primera vez en la historia que las mujeres participan activamente en la firma de un proceso de paz. Ellas siempre han estado en la guerra, pero nunca hasta ahora en los procesos de paz. Mujeres que son madres de hijos que pelean en los dos bandos. Mujeres fuertes como ejércitos, que quieren aportar su especial forma de ver la paz a Colombia.

Este libro recoge las entrevistas con siete mujeres colombianas que ante la guerra deciden construir alternativas a la violencia. Luchan contra la espiral de violencia y resuelven el conflicto desde la palabra, la memoria, la justicia y la reinserción. Reclaman un sistema nuevo que les reconozca derechos tan básicos como el de la propiedad de sus tierras o contar con soberanía alimentaria. Plantean una nueva Colombia, una nueva sociedad más igualitaria, un lugar que ha de ser contruído de nuevo desde las bases si se quiere poder respirar paz al fin.

Las siete protagonistas son Patricia Guerrero, ex juez y fundadora de la Ciudad de las Mujeres; Nelly Velandia, campesina que representa a seis millones de mujeres; Mayerlis Angarita, superviviente del conflicto y fundadora de Narrar para Vivir; Luz Marina Bernal, líder de las Madres de Soacha y nominada al Premio Nobel de la Paz; Beatriz Velandia, fundadora de AMOR y resistente ante la guerra; Vera Grabe, ex dirigente del M19 y directora del Observatorio por la paz; Luz Marina Becerra, líder afrocolombiana y activista de los DDHH.

Sus testimonios son verdaderas lecciones de sabiduría, y en estos momentos, con el acuerdo con las FARC recién firmado, son de una actualidad absoluta. Escucharlas es como hacerlo a grandes pensadores latinoamericanos como Eduardo Galeano o Enrique Mújica.

El juez Baltasar Garzón firma el epílogo de un proyecto que cuenta además con un documental de mismo título (50 minutos), dirigido y producido por la autora. Ha sido finalista en el Festival de Málaga, donde fue presentado al público. También se ha visionado en Colombia, dentro del marco del Festival Internacional de Bogotá por los Derechos Humanos.

Por qué apoyarlo

Porque ellas siempre han estado en las guerras, pero nunca hasta ahora habían estado en un proceso de paz.

Son madres de hijos que pelean en bandos contrarios. Que se matan unos a otros. Y eso aún le da más valor a su participación en el proceso.

A través de estas siete heroínas, Lula Gómez defiende que la forma de hacer la paz de las mujeres es diferente, y que cuando ellas participan el tiempo sin conflicto es más sostenible.

Te animamos a apoyar este libro para conocer la realidad de Colombia a través de estas mujeres y no de Pablo Escobar.

Jineth Bedoya, una valiente que no calla

“Míreme bien la cara hijueputa; míremela porque no se le va a olvidar nunca”, le espetaron a Jineth Bedoya los tres malnacidos que la violaron y la torturaron. No se imaginaban aquellos paramilitares colombianos el efecto bumerán que tendría su acción. Hoy, la periodista, nominada a Premio Nobel de la Paz y activista por los derechos humanos, no deja de encararse con quien haga falta para gritar #NoesHoradeCallar #bastaya #25N #niunamenos.

“Hace 16 años ese grupo de hombres creyó que me iban a callar. Quiero decirles que potenciaron mi voz, la voz de todas las mujeres del mundo que somos violadas”, señalaba estos días en España con ocasión del Día contra la violencia de género. Mientras transcurría el acto al que estaba invitada, “una mujer siria estaba siendo violada en los campos de refugiados y diez casos de violencia contra mujeres caerían en el olvido y la impunidad”, apuntó.

La violencia de género es una pandemia mundial, una enfermedad que nos está carcomiendo. Nuestro paso, el de las víctimas, es sobrevivir, levantar la cabeza y tener la firmeza de decirlo, ¿cuál es su compromiso?”, pregunta haciéndose gigante, ocupando cada vez más espacio en la sala, cada vez con más firmeza y con la severidad de un titán imparable. Quizás en ese momento esté recordando la cara de aquellos salvajes que un día cambiaron su vida y la convirtieron, a su pesar, en una bandera contra la violencia de género.

Un símbolo que no deja de invitar a las mujeres a un cambio. Y también a ellos, necesarios en esa contienda por la igualdad: “Necesitamos hombres que crean en las mujeres. Necesitamos hombres que crean que atacar a una mujer es atacarles a ellos”, afirma la reportera mientras asevera que ellas, las víctimas, no quieren seguir hablando entre ellas: “Hace falta que los medios, los poderosos, se atrevan a hacerlo y asumir su responsabilidad”.

Como periodista, Bedoya tiene otra invitación para sus compañeros de gremio, la de revisar el papel que juegan en la violencia de género. “Yo lo entendí a la fuerza. Quiénes escribimos contamos con los micrófonos de la radio y la imagen, somos responsables del 50% de la violencia”. Denuncia a la profesión por cosificar a la mujer, y de no ser profesionales a la hora de contar, por ejemplo, que el hogar es hoy el lugar más peligroso.

“Cada una, cada uno de ustedes piense cuál es su compromiso”, lanza. Bedoya no tiene frases gratis. Todas tocan, como de alguna forma todas hemos sido tocadas o violentadas (una de cada tres en Europa, según Naciones Unidas). “Podemos cambiar el mundo. Podemos cambiar el mundo de una mujer. Váyanse con esa reflexión”. Ella, no cabe duda, lo hace con una valentía y un coraje dignos de admiración.

Jineth Bedoya visitó España invitada por Oxfam Intermón, como una de sus avanzadoras, mujeres que empujan el mundo por una sociedad más justa e igualitaria. En el año 2000 recibió el Premio Internacional de Libertad de Prensa (Canadá) y en 2001 fue galardonada con el Premio a la Valentía en el Periodismo por la Fundación Women’s Media (EEUU). También se le dio el Premio al Coraje en el Periodismo internacional de la Escuela de Periodismo y Televisión de la Universidad de Kentucky (EEUU) y el Premio Reach all Women in War Anna Politkovskaya en 2016.

Publicado originalmente en el Blo de Mujeres El País, http://elpais.com/elpais/2016/11/28/mujeres/1480346746_724123.html

Más premios para la mayoría

Hoy arrancaba un post que pronto publicaré con una mención a unas palabras de la socióloga Soledad Murillo. Decía la experta que a las mujeres no se nos puede tachar de colectivo, que hacerlo es una malversación, una forma de excluir a las mujeres, el 51% de la población. Concluía que entonces, si hablamos de colectivo el término debería referirse a los hombres. Bien, traigo esto por los pelos para contar que el documental Mujeres al frente ha vuelto ha ganar un reconocimiento. En esta ocasión, la mención especial del jurado del 33 Festival Internacional de Cine de Bogotá. 

“La Corporación Internacional de Cine organizadora de la XXXIII Versión del Festival de Cine de Bogotá desea informarle que luego de la deliberación del jurado en la categoría Documental Social donde hizo parte su producción, ha deducido otorgarle mención honorífica por la calidad con la que fue realizada y una temática que a pesar de ser parte de un tema convencional en el cine colombiano como es el Conflicto Interno, ha manejado una dinámica diferente reflejando la realidad de las mujeres en el entorno del conflicto y las soluciones con las cuales ellas pueden dar en el Posconflicto”, reza el comunicado del certamen cinematográfico.

Me gusta repetir que es un premio de ellas, en plural, de las mujeres que apuestan por la paz, de las mujeres que aburridas de tanta guerra y violencia piensan alternativas no violentas a la violencia estructural que sufren desde los sistemas patriarcales donde viven. Reitero una y otra vez de la importancia de la perspectiva de género en la consecución de la paz. Porque no puede ser que hombres y mujeres sufran las guerras, pero solo firmen la paz los primeros. No es justo. No es democrático. No es real. ¿No habrán pensado que somos mayoría? Sí, considerada como colectivo por una minoría que manda, pero ya va siendo hora de que cambien las tornas. Enhorabuena, mujeres.

Vera Grabe: desarmada y almada por la paz

 

“En nuestro país es fácil tomar las armas, pero es más difícil sostener en la paz, y aún más ser un rebelde de la paz. La nueva revolución es la desarmada y almada de paz”, dice Vera Grabe, una mujer de hierro que en su día tomó las armas. Creía entonces que la solución a la desigualdad que vivía su país –Colombia- no tenía otra vuelta de tuerca que la fuerza. Años después, y tras muchas tormentas y demasiados muertos, dejó las armas y un pasado en la insurgencia, el M19, donde fue una de sus dirigentes. Dejó también parte de su vida, como la de tantos otros a los que arrastró la violencia. Charlar con ella es hacerlo con la historia de su país, una Colombia desgarrada por el dolor, contradictoria y difícil de explicar pero que solo parece tener futuro si deja de sangrar, si se firma la paz y se pierde el miedo a ella, por muchos problemas que traiga, explica.

Ella, que empuñó las armas, dirige hoy el Observatorio por la Paz. Ella, dirigente de unas de las guerrillas históricas de Latinoamérica, se desmovilizó –con todo su grupo- en los 90, cuando tras mucha sangre no le vieron más sentido a más guerra. Porque al final, se es revolucionario si uno se atreve a pensar diferente”, y hacerlo en su país es decir que sí hay que sentarse con quien se odió y comprender que hay que buscar fórmulas donde parece que no las hay, inventárselas, si es necesario. Se trata de que la gente le pierda el miedo a lo nuevo, a la paz. Vera Grabe cuenta que en Colombia parte de la sociedad está anestesiada por la violencia y no se atreven, no saben repensar el país.

Vera Grabe contó su vida en El silencio de mi chelo. Las razones de mi vida. En él, la que fuera guerrillera y más tarde senadora a golpe de democracia y elegida por sus compatriotas, narra los motivos por los que dado un momento se “enmontañó” y se calzó unas botas de agua y un fusil arriba y abajo de la abrupta geografía colombiana. El primer título que barajó para esta autobiografía fue Escritura para construir la matria. Bajo ese nombre quería contar que el concepto de patria es nacionalista y patriarcal. El ideal era construir una sociedad de otra manera, desde la perspectiva de las mujeres, desde la matriz y no desde los valores de la imposición, desde la inclusión y el reconocimiento de los afectos.

Ella, parte de la historia de esa esquina de América, no titubea al afirmar que las mujeres son parte fundamental en la historia de la paz en su país. Ellas, que sufrieron especialmente los desastres de la guerra, la violencia sexual. “Absolutamente, aquí y todas las guerras. Es una de las formas más cobardes de usar el poderío contra la mujer, es una venganza. Somos y hemos sido un botín de guerra, víctimas hacia las que se vuelcan todas las impotencias de los violentos. Porque yo creo que la violencia es una gran fuente de impotencia. ¿Cómo me descargo? Atacando”. Hoy Vera Grabe, como tantas otras miles de mujeres colombianas han perdido el miedo y se sienten almadas por la paz.

* Declaraciones de la entrevistada para el proyecto Mujeres al frente, la ley de las más nobles.

Publicado en Más de la mitad, un blog de 20 minutos que se autodefine de la siguiente manera: “Las mujeres somos la mitad de los seres humanos, pero según las estadísticas nos tocan más pobreza, más injusticia y menos derechos que a la otra media Humanidad. En este espacio, varias mujeres contamos lo que nos pasa y lo que hacemos cada día para transformar una realidad injusta: la nuestra y la de nuestro mundo”.