Diana López Varela: “El sistema dice que si la economía va mal es por culpa de las mujeres”

Si no quiero tener hijos, ¿soy normal?, ¿existe una nueva mística de la maternidad?, ¿estamos esperando demasiado para ser madres? Son algunas de las preguntas que se responden en ‘Maternofobia’, un retrato de una generación enfrentada a la maternidad.

Su último libro, Maternofobia [editorial Península], es un compendio de derechos que arranca con uno de los más básicos, el derecho a que las madres puedan decidir ser madres o no. Cabe en las páginas de sociedad, sí, pero también en las “salmón”. Entre otras cosas, porque entra en una de las grandes mentiras: España no necesita de nuevos infantes para que se paguen nuestras pensiones. “España tiene más habitantes que nunca en toda su historia, al igual que el continente europeo; la superpoblación mundial amenaza el equilibrio ecosistémico y la falta de recursos naturales es un problema que aumenta cada vez que nuevos niños son lanzados al mundo”, afirma su autora, Diana López Varela.

En este volumen, y a partir de una amplia investigación y numerosas entrevistas, la guionista disecciona quiénes paren, cuándo y los muchos cuestionamientos a los que se enfrenta la mitad de la sociedad si no alumbra “cuando toca”. López Varela entra en las presiones reales ante el “reloj biológico”, en la idealización de la maternidad, en cómo la conciliación sigue recayendo en las mujeres o en las “NOMO (No Mother)”, las mujeres que deciden no ser madres, entre otros muchos asuntos.

Para hablar del derecho al aborto y de cómo se practica, de los pocos hijos que nacen en España, de sanidad, de conciliación y de la mística de la maternidad, entre otros temas, la escritora parte de datos. “Las mujeres españolas son las europeas que menos hijos tienen, muy lejos de la tasa de reemplazo con la que se supuestamente se apuntalará el sistema de pensiones, amenazado por la precariedad laboral y la baja natalidad. Además, son madres tardías: la media para el primer hijo ya se sitúa alrededor de los 32 años y muchas mayores de 35 todavía no los tienen. Mientras, y pese a todas las advertencias, amenazas y barreras a la libre elección, la fecundidad sigue estancada. Muchas mujeres en edad fértil nunca tendrán hijos, otras llegarán al límite biológico y entregarán su cuerpo a la ciencia en aras del nuevo negocio del siglo: la reproducción asistida”, reza la sinopsis del libro.

Antes de derechos, hablemos de economía, que parece que es un lenguaje que muchos entienden más. ¿Hace falta que seamos madres para que el mundo se sostenga?

Sí, yo siempre digo que esa es la gran mentira. O mejor, la gran estafa. Desde un punto de vista económico y sobre todo ecológico, sobran seres humanos en el Planeta. En España hay población suficiente. Desde que yo nací, en el año 1986, hay 10 millones más de personas. La población ha crecido en estos últimos 30 años, lo que pasa es que la pirámide no está compensada en cuanto en edades. No hay tantos niños, se van los jóvenes y se vive más. Lo preocupante es que se nos pide que tengamos hijos para mantener el sistema, cuando los que se supone que tendrán que aportar, los jóvenes, viven en precariedad absoluta, con el paro más grande de la Unión Europea. Es perverso. ¿Qué tengan más hijos para perpetuar la espiral de la pobreza? Al final, si la economía va mal, la culpa vuelve a ser de nosotras. No. Eso no.

Porque además, hay niños, pero es que la gente quiere a sus hijos con pedigrí. No valen los de otros; quizás por racismo, por xenofobia. No sé: se me escapan las razones.

Madres tardías, entre otras cosas, porque tener hijos acaba siendo un lujo. ¿El sistema podría soportar pagar a las mujeres por los cuidados?

Debería. El sistema debería pagar a las mujeres todo el trabajo que el Estado de bienestar se está ahorrando gracias a tenernos en casa a tiempo completo o duplicando jornada dentro y fuera del hogar.

Pero nos prefieren esclavas e invisibles. Porque está demostrado que si se pagara a las cuidadoras, esas mujeres contribuirían con sus impuestos a que la economía mejorase.

Sigue hablando de economía.

Sí. Me gustaría que este libro estuviese en las páginas de Economía. Igual que me querría que las mujeres estuviésemos en los sindicatos, que siguen copados por hombres y son el último reducto del machismo más rancio. Porque son ellos los que tienen que defender a las personas trabajadoras, también a las mujeres. Y aquí es clave que las mujeres nos asociemos y reclamemos nuestros derechos. Mira las Kellys.

Mientras, la palabra corresponsabilidad parece que sigue bastante lejos del vocabulario utilizado por empresarios, políticos y la sociedad en general.

Sí. Nosotras nos hemos incorporado a la universidad y al mercado laboral desde hace más de un siglo. A mí me gustaría que los hombres conquistasen el espacio doméstico. Porque cada vez que se habla de conciliar, se habla de que lo hagamos las mujeres.

Pero además de los hombres es una responsabilidad que debe recaer también en el Estado y en las empresas.

Claro, claro. De hecho el caso de Francia que yo recojo en el libro muestra cómo es el país de Europa con mayor índice de natalidad. Son las que tienen el mejor servicio de guarderías públicas de toda la Unión Europea. Alguna relación debe de tener el tema de las guarderías públicas desde los cero años con el incremento de la natalidad para que ellas puedan seguir trabajando con unos sueldos mucho mejores que las españolas y sin renunciar a su carrera profesional.

Entremos en grandes conceptos como el hedonismo o la libertad de quienes deciden ser o no madres. 

No quiero que se me malinterprete, pero yo creo que es al revés, que tener hijos es un acto puramente egoísta que genera placer a la persona que los tiene. A mí no me hace feliz que una desconocida tenga hijos, me hará feliz, si quiero tenerlos yo. Es más. Las personas que no tienen hijos suelen colaborar más con la comunidad porque tienen más tiempo. Los padres y las madres están absorbidos por la maternidad y paternidad.

Eso del egoísmo de quienes no son madres es una auténtica mamarrachada. ¿Egoísta con quién? ¿Con el tema de que mi hijo no va a pagar los impuestos? Pero si te estás ahorrando toda una vida en hospitales, educación y mil servicios. 
Yo creo que la maternidad, y esto es un lema feminista, será deseada o no será. Y, cuando lo es, hace feliz a la mujer que decide plena y libremente serlo. Única y exclusivamente.

¿Cómo se educa a las hijas para romper con los estereotipos de la maternidad?

El gran cambio vendrá cuando consigamos que ser madre sea una opción. También hace falta que los niños sean corresponsables en las tareas domésticas y que vean que los cuidados forman parte de la vida de los hombres.

Cuando se dice eso de hacer poner “los cuidados en el centro de la vida”, yo pregunto: “¿en el centro de quién?, ¿de la vida de las mujeres?”. La vida debe estar en el centro de la vida de todas las personas, hombres, mujeres, madres y no madres.

No preguntaré por un derecho legítimo como el del aborto, pero sí sobre el derecho a ser padres. Hablo de alquiler de úteros. 

No lo trato en el libro pero es algo en lo que estoy absolutamente en contra. Me parece espantoso y una traición de una parte del colectivo gay hacia las mujeres y hacia las feministas que hemos luchado mucho por los derechos LGTBI.

Me aterra pensar en unas personas que han decidido que pueden tener hijos alquilando el cuerpo de las mujeres como si fueran ganado. Me parece espantoso y me da mucho miedo que los nuevos gobiernos de derechas, conservadores para lo que quieren y muy pegaditos al capital, piensen en promocionar este tipo de prácticas desde clínicas privadas. Vete a saber en manos de quién puede estar la salud de esas mujeres, que al igual que en la prostitución, son las más pobres y vulnerables.

Dice que en ginecología y en obstetricia falta perspectiva de género, ¿a qué se refiere?

La violencia obstétrica es algo de lo que se empieza a hablar pero no lo suficiente. Por ejemplo, con el tema de la edad (tanto a la hora de posponer un embarazo como para interrumpirlo) sigue habiendo muchísimos juicios de valor hacia la decisión de las mujeres. Hay un cuestionamiento moral, porque al final, si te sometes a un aborto lleva implicado que has cometido un error y una carga de culpa.

Pero aparte, la falta de información con la que nos encontramos es otro tipo de violencia. También hay falta de perspectiva de género en la investigación. 

Si la anticoncepción recayese en los hombres, ¿viviríamos un panorama diferente?
¡Por supuesto! Creo que incluso se trataría distinto el tema del aborto desde la política y las leyes. Lo cierto es que se nos responsabiliza absolutamente de todo lo que pasa. Y luego, si queremos interrumpir un embarazo no deseado, se nos cuestiona. A las chicas les cae la responsabilidad de la anticoncepción y de las enfermedades sexuales enfrentándonos a veces a situaciones de violencia por parte de sus parejas. FIN

Entrevista publicada en https://www.publico.es/sociedad/maternofobia-sistema-dice-economia-mal-culpa-mujeres.html

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Alicia Puleo: “El alquiler de úteros es una forma de extractivismo reproductivo”

En un tiempo de auge de los feminismos, en los que se discute todavía si tercera o cuarta ola y los partidos políticos se apropian el término para adjetivarlo de “liberal”, el ecofeminismo se define como a la vanguardia de todos ellos y como “una propuesta de resiliencia solidaria”. Lo explica a PÚBLICO la filósofa Alicia Puleo, una de las máximas referentes en esta corriente.

Acaba de publicar Claves ecofeministas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales (edición Plaza y Valdés) y con voz pausada y clara cuenta que aspira a un mundo verde y morado, más justo, sostenible e igualitario para animales humanos y no humanos.

Como investigadora en el tema (es doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y forma parte del Instituto de Investigaciones Feministas de la misma universidad), no tiene dudas: “El ecofeminismo es el que corresponde al siglo XXI, al que llegamos con una crisis ecológica que nos lleva al colapso. Porque aunque no me gusta ser catastrofista, los científicos aseguran que las cosas cambiarán hacía el 2030 0 2050. Y no para bien. Entonces, nuestra propuesta es un feminismo siempre atento a la realidad y a los movimientos emancipatorios, pero también ecologista”, afirma.“Al ecologismo le falta conciencia feminista y al feminismo le falta conciencia ecologista”

El reto, recuerda Puleo en este libro, es no caer en lo que apuntaba Celia Amorós como “alianzas ruinosas”, es decir, en que las mujeres renunciemos o posterguemos nuestras luchas a favor de otras, como ha ocurrido tantas veces en la historia.

Según la académica, al movimiento que defiende le espera una larga batalla. Entre otras cosas, debe hallar el punto de encuentro entre feminismo y ecologismo, dos movimientos que según ella han caminado y siguen haciéndolo bastante por su cuenta. “Al ecologismo le falta conciencia feminista y al feminismo le falta conciencia ecologista”, subraya.

En ese sentido, Alicia Puleo demanda una cultura que mire de otra forma a la Naturaleza, que entienda que es algo finito, que preserve la Tierra, que sea consciente de que somos dependientes de una red de relaciones entre los diversos seres vivos y comprenda que somos ecodependientes. Eso, por la parte verde. Por la feminista, hace falta repensar cómo queremos que sea esa sociedad del futuro próximo, cómo se deben repartir las tareas del cuidado y no caer en el elogio de esos mismos cuidados, que acaban minando las libertades de las mujeres.

Claves ecofomenistas. Para rebeldes que aman a la Tierra y a los animales.

“Cuidado con los cuidados”, alerta repitiendo a otras tantas feministas, referencias constantes en su publicación. Para ella, la ecuación correcta es que todos y todas cuidemos, que no se considere una actividad que solo afecta a la mitad de la población. “Tenemos una tarea de enseñar los cuidados, pero no solo los tradicionales de la familia. Hay que extenderlos al mundo, hacia los animales, los ecosistemas. Porque esta sociedad de papeles tan bipolarizados para hombres y mujeres que ha desarrollado el patriarcado no ha favorecido la preservación de la Tierra como hogar, ¡al contrario! Se habla de conquista, de dominación. Pensar en términos de ayuda es el gran reto que tenemos”, comenta.

No a la mujeres vasija

Un capítulo importante de la publicación es para las libertades con respecto al cuerpo de las mujeres. Puleo es contundente: “Si no detenemos la normalización del alquiler de úteros, estaremos ante una nueva colonización del cuerpo de las mujeres pobres”. La autora, que denuncia el mal uso de expresiones como “maternidad subrogada” o “gestación sustitutoria”, sostiene que el alquiler de úteros es una forma de extractivismo reproductivo. “La llamada maternidad subrogada es una forma de extractivismo devastador, un elemento más de esa constante transferencia de bienes, de ese flujo de mercancías que profundiza y perpetúa la desigualdad entre el Norte y el Sur globales”, escribe en su libro.

Y de ahí, desde esa comercialización y apropiación del cuerpo de las mujeres por parte de la sociedad, bajo la máxima de la libertad, la filósofa distingue entre el patriarcado de coerción y el de consentimiento. El primero se daría en las sociedades que estipulan los roles y ámbitos de hombres y mujeres y castigan a las mujeres que desobecen lo que dictan las normas en cuanto a género, ya sea en cuestión de derecho a un voto, a una educación o a ejercer profesiones liberales.“La industria del sexo es una realidad del patriarcado y de la economía global que expulsa a las mujeres hacia zonas de comercialización 
de sus cuerpos”

El segundo, propio de las sociedades de capitalismo avanzado, mucho más sutil, no amenaza con la represión violenta y directa a las mujeres, pero agrede y afecta a su autonomía y libre elección. “Su mecanismo es el del consumo, el de la invitación al deseo, como puede verse en la publicidad… Nadie nos encarcela si no nos vestimos a la moda, si no tenemos la silueta adecuada… pero existen poderosas incitaciones para que busquemos lo que a menudo nos incomoda o restringue nuestra libertad”, señala en el libro.

Otro de los mandatos a evitar sería el de la intensificación del deseo y de la práctica sexual que lleva a lo que ella denomina una “pornosociedad”. Sería la antítesis del patriarcado de la coerción, donde los deseos sexuales de las mujeres se oprimían. En este esquema manda la hipersexualización, pero no una sexualidad deseable y libre sino, de nuevo, sujeta a unos mandatos impuestos. En esas páginas, y para hablar de libertades, la autora entra también en el debate de la prostitución para recoger las palabras de Rosa Cobo: “La industria del sexo es una realidad del patriarcado y de la economía global que expulsa a las mujeres hacia zonas de comercialización de sus cuerpos”. Es otra forma de perpetuar una “escuela de desigualdad humana”, dice citando a la también feminista Ana de Miguel.

En este volumen, la autora también habla de las relaciones de cuidado y afecto con los animales y sostiene la importancia de la defensa de ello como una forma de transformar los “enraizados estereotipos viriles” de la dominación y la violencia. 
Puleo cierra el libro con un epílogo en el que afirma que el presente es ya un anticipo del mundo posthumano. Señala así mismo que la crisis ecológica es una crisis de la democraciaque afecta especialmente a las personas que no cuentan con los elementos necesarios para decidir sobre sus destinos. En cuanto al sexismo, advierte también que en épocas de austeridad y miedo, las mujeres pueden convertirse en un instrumento de compensación con empleos precarios, pobreza e inequidad; especialmente las más pobres, las que históricamente siempre han perdido más y siguen perdiendo. 

No obstante, ante estas muchas llamadas de atención, Alicia Puleo habla de felicidad, que podría ser una de las palabras que más se repite en su libro, que arranca con el Jardín-huerto de Epicuro, libre, lleno de vida y justo. “Sí, hablo mucho de felicidad porque ante lo que se viene, la gente se asusta y no quiere escuchar cosas preocupantes. Hace falta hablar con alegría para no salir corriendo. No está todo perdido: hay esperanza todavía”, concluye. 

Helena, una heroína del siglo XXI

Había una vez una mujer pegada a unos prismáticos y a un teléfono que siempre estaba mirando al mar. Se llama Helena, con H, como las míticas griegas cuyo nombre quiere decir: la «luz que brilla en la oscuridad». A ella, a quien también le va el nombre, le gusta, como a todos, mirar el mar: el horizonte, los colores del océano, las olas…

Pero en el caso de Helena, mirar el mar es algo necesario para salvar vidas. Helena se dedica a vigilar y avisar a las autoridades cuando ve una barcaza con migrantes que intentan cruzar los quince kilómetros del Estrecho de Gibraltar que separan África de Europa. El trayecto es peligroso y muchas veces las barcas no están preparadas para navegar, así que las personas que van a bordo corren peligro de ahogarse.

Así, cuando Helena avista alguna patera a la deriva con mujeres, hombres y niños que huyen del hambre, nuestra heroína rápidamente llama a las patrullas de salvamento marítimo para que los rescaten y los lleven a tierra, a salvo:

—Atención, ¡todas las unidades al rescate! he visto una embarcación repleta de personas a la deriva. Estas son sus coordenadas. ¡Corto y cambio!

Ilustración: Isabel Ramos

No obstante, un día, igual que el mar del que disfrutamos en verano de repente se pone bravo y se levantan olas y mareas gigantescas, la historia de esta defensora de los derechos humanos dio un giro difícil de explicar. La acusaron de asociación con malhechores y de favorecer la inmigración irregular. Es decir, que salvar vidas podía ser un delito y Helena podía acabar en la cárcel: ¡el mundo al revés!

Cuando los amigos de Helena, que eran los miles de personas que había rescatado del mar y sus familias, se enteraron de que estaba en problemas, se pusieron todos de acuerdo para defenderla. Gracias a Internet, en menos de dos días, más de 28.000 personas firmaron para que no la juzgasen.

Abdulay, un niño refugiado de once años al que ella ayudó, la llamó en medio de todo el lío:

—¿Cómo estás, tita? Quiero que sepas que todos somos Helena —le dijo.

—No tengo miedo. Tu mensaje hace que todo tenga más sentido para mí y me da fuerzas para continuar con mi trabajo: salvar vidas —sabemos que respondió ella.

El cuento de Helena no ha acabado aquí, y mientras la Justicia decide qué pasa con ella, más personas siguen firmando la petición de libertad para Helena.Si defender el derecho a la vida me lleva a la cárcel, allí estaré.

Y así es como la periodista Helena Maleno, con mucha valentía y amor a los demás, se ha convertido en la mayor defensora de los derechos humanos de los que intentan llegar a España por mar para buscar un futuro mejor. Es seguramente, la persona que más vidas ha salvado en el Estrecho de Gibraltar.

Helena maleno

Nacida en El Ejido, Almería, 1 de agosto de 1970, Helena Maleno es periodista, investigadora, documentalista y escritora pero, sobre todo, defensora de los Derechos Humanos. Afincada en Marruecos, es fundadora del colectivo Caminando Fronteras. El país en el que reside la acusa de un supuesto delito de tráfico de personas por las llamadas a Salvamento Marítimo con las que trata de alertar de vidas en peligro en el mar.

Esta es una de las historias del proyecto No me cuentes cuentos, un proyecto colectivo liderado por Kloshletter y Prodigioso Volcán que busca contar de otra forma la historia inspiradora de cien mujeres españolas con vidas apasionantes que, en muchos casos, han pasado desapercibidas. 

María Bastarós: “La amistad femenina es un valor avasallador”

‘Historia de España contada a las niñas’, el último trabajo de la artista María Bastarós, una crónica ficcionada de la sociedad actual, se hace con el Premio Puchi. Entrevistamos a su autora.

El nombre de la artista María Bastarós (Zaragoza, 1987) va ligado a la palabra coño. Hoy le pesa un poco, aunque sigue reconociendo que su iniciativa para dar a conocer a las mujeres del arte y bautizada como ¿QuiénCoñoEs? es un excelente nombre. “Si yo les digo que me encanta la obra de Jenny Holzer, la de Magde Gill, la de Carrie Mae Weems y la de otras tantas, lo más seguro es que me respondan lo mismo: y esa… ¿quién coño es? Son artistas, grandes artistas, invisibilizadas por su condición de mujer. No es tanto que no pudiesen formarse en Bellas Artes ni exponer en galerías por ser mujeres -aunque a muchas de ellas fue lo que les pasó-, si no que los manuales de Historia del Arte y los medios de comunicación hayan decidido olvidarlas.

Y después de la pregunta, contestarán: yo es que Frida Kahlo y poco más…”, señalaba hace tiempo para explicar su proyecto. Hoy la multifacética Bastarós presenta su primera novela, Historia de España contada a las niñas, editada por Pimentel y premio Puchi, un galardón concedido por La Casa Encendida. Y por supuesto que nadie piense que la artista se ha pasado a los cuentos y a un tono naif. “Nooooo, no es para niñas el libro”, grita cuando se le pregunta al teléfono.

Las casi 300 páginas son un relato despiadado de un país, España, en el que se mezclan las conversaciones de whatsup más odiosas que hemos visto en los últimos meses, con el tono burlesco de una novela delirante que arranca en un pequeño pueblo español habitado solo por mujeres. De allí salen dos adolescentes, Valeria y Miranda. “Pertenecen a una de las primeras generaciones del Beratón libre de hombres”, se lee según se empieza el volumen.

Las dos son secuestradas por un hombre. “La fascinación de ambas se divide entre el pene cada vez más erecto del visitante y la caja de galletas”, prosigue. Tras todo tipo de abusos, logran huir del monstruo pero acaban en un prostíbulo alicantino. Hay más: fiestas rave, galeristas de arte, ovnis, comunidades on line de adolescentes anorexias…

Eso sí, todo desde una óptica radicalmente feminista y pensado para hacer ruido. Solo hace falta avanzar unas líneas más para encontrarse con el título de una conferencia que da otra de las protagonistas: “Descapitalización de los afectos para la construcción de un entorno autosuficiente y autosugestionado en el marco del libremercado”.

La charla aborda temas como el sexo como último bastión del capitalismo, el orgasmo como el opio del pueblo o el poliamor y las nuevas formas de relación como el disfraz de los progres. La ironía entre los muchos personajes e historias que van configurando este collage también está presente. El Mejor Novio Posible es un ejemplo.

No se salvan tampoco esas gentes con estudios avanzados “que creen que hay que cortarse el pelo en luna llena y que las semillas de lino curan el cáncer. Van acompañadas de madres que hablan de “estar enamorada de verdad” y adolescentes que aborrecen la sola idea de la maternidad. ¿Será por la violencia física y verbal de unos machos que narra la autora? “Sí, es un retrato duro de los hombres y de la educación del macho”, señala al tiempo que subraya que no concibe una obra sin tocar los temas que le interesan para incidir en lo mucho que hay que reivindicar. Pero hay brillos, explica Bastarós: “Están en la amistad entre Cloe y X, otros dos personajes esenciales en el libro. Es la historia de la amistad femenina. De total apoyo, en la lucha política o en la intimidad. Y eso es una verdad absoluta. Es también nuestra gran arma, un valor avasallador. Se puede ver hoy en cómo nos estamos movilizando”.

La historiadora del arte dice estar sorprendida por el premio. “Creía que tomar elementos de la realidad y luego ficcionarlos era peligroso. Pero no, me han premiado. Y es interesante, demuestra que las instituciones están quitándose el pudor. Porque no hay duda: las instituciones deben representar a la gente”, asevera una mujer que pensaba que la industria tradicional no era una vía factible para el arte libre. Por eso arrancó y sigue con el fanzine y ya plataforma cultural feminista QuiénCoñoEs, del que está preparando su próximo número.

María Bastarós anda también ocupada en la promoción de otro libro confirmado por ella, Herstory: una historia ilustrada de las mujeres (de Lumen). Desde él, y desde una perspectiva crítica, repasa los hitos, bandazos y resistencias de las mujeres, peleada durante siglos por figuras determinantes e iniciativas colectivas.

“Se están editando muchos libros para niñas y eso está bien, pero ojo, si estamos metiendo en ellos a personas como Margaret Thatcher como modelo de mujer a seguir… pues no sé… Yo no se lo regalaría a mi hija”. Su propuesta es más radical, y tanto ella como Nacho Segarra, que firma con la poeta y escritora, han contado con total libertad para plantear el libro, señala. Gracias a eso, han entrado en temas como afrofeminismos o transfeminismos.

De nuevo, su obra tampoco estará pensada para las más jóvenes. De nuevo es fácil que levante algún ánimo en contra. No importa, está acostumbrada y no parece preocuparle. La curtió su trabajo como poeta, sorprendentemente más criticado que su plataforma QuienCoñoEs. Todavía le llegan críticas, señala más que tranquila. Cuesta entenderlo, especialmente si se busca el poema de la discordia, Amigas I, unas frases impregnadas de ironía y ternura. Ladran, luego cabalgamos, parece decir la artista.

#AMIGAS I
A veces sueño
con la amiga feminista definitiva
La conoceré en una rave
se me acercará
sigilosa
con oscilantes pasos de Doctor Martens
y un trozo de pastilla en la mano
y me dirá:
-Toma tía
un cuartito pa ti sola
como la Virginia Woolf

Publicado en https://www.publico.es/sociedad/maria-bastaros-amistad-femenina-lucha-intimidad-gran-arma-avasallador.html

#PorTodas, por Carmen, por María, por Fátima, por mí…

No me quito de la cabeza un racimo de globos negros con los nombres de varias mujeres. Los llevaba una chica en la manifestación del 25 de noviembre. Era de noche, medio llovía y el nombre de Ana Hilda, escrito en morado en uno de ellos, me revolvió las tripas. ¿Quién era ella? ¿Tendría apellidos, quién la echará de menos? ¿Tendría madre, hijos…, qué les habrán dicho, que un salvaje, quizás su padre, la mató? ¿Sería de Alicante, de un pueblo de La Rioja, gallega, de un municipio grande, qué sabrán los políticos de sus municipios más allá de que se hizo un minuto de silencio? ¿Y la Justicia, y él? ¿Tendrán miedo sus vecinas de que pueda pasarles a ellas? No lo sé. Hoy Marta solo es un nombre pintado en un globo que en un rato se pinchará. Me niego a olvidarla.

Por eso estoy en la iniciativa que hemos llamado PorTodas, un proyecto de investigación periodística centrado en las 55 mujeres que, según reconocen los registros oficiales, fueron asesinadas en España en 2014. ¿Por qué? Porque nos están matando y sobre nosotras, sobre todas, cae una losa de olvido muy cómoda para todos: para mí también, que dejo el tema para más tarde, que me duele volver a desayunar con otra mujer asesinada, que no pregunto qué planes de prevención están ejecutando los gobiernos para que no asesinen a otra mujer la próxima semana y que no sé qué fue de ella.

No son ‘un breve’, ni ‘sucesos’, periodísticamente hablando: son 55 dramas reales y silenciados, los del 2014, un drama que se repitió el siguiente año, y el siguiente y el siguiente y este. Cada mujer asesinada es una historia que no podemos dejar reducida a un globo negro en una manifestación. Cada mujer asesinada por violencia machista es la historia del fracaso de una sociedad que no nos considera. Y digo ‘nos’ de forma intencionada, porque el desprecio a sus vidas es el desprecio a todas.

Queremos saber, queremos contar, qué ocurrió con esas 55 mujeres que corrieron el mismo destino que Ana Hilda y responder qué sucedió después. Hay muchos interrogantes que deben ser resueltos para que el año que viene no volvamos a repetir el número de mujeres asesinadas: ¿recibieron las hijas y los hijos de la víctima algún tipo de ayuda? ¿Aumentó el Ayuntamiento el presupuesto en cuanto a prevención de las violencias machistas? ¿Qué condena recibió el asesino? Para ello, un grupo de periodistas con experiencia, dirigidas por Magda Bandera desde el periódico independiente La Marea, publicaremos reportajes que ayuden a exigir responsabilidades a las administraciones y recogeremos ejemplos positivos que inspiren a distintos colectivos a avanzar en la lucha contra la violencia machista.

Eso sí, #PorTodas solo será posible con la implicación de muchas personas en esta iniciativa que no tiene una empresa detrás, sino la voluntad de un grupo de periodistas por cambiar las cosas y hacer periodismo de investigación con vocación de servicio público.

Si quieres saber qué pasó con Marta, con Raquel, María, con Carmen… el periodismo tiene que hacer su trabajo, y tú puedes hacerlo posible: participa #PorTodas

Retos del feminismo 99%: “O avanzamos o avanzan”

Lula Gómez, Madrid. No hay un feminismo, hay muchos; no hay una mujer, hay muchas. De ahí la confusión cuando se le ponen apellidos a un término que es sinónimo de igualdad. Bien, cuando se habla de feminismo del 99% se hace referencia a una corriente nacida en Estados Unidos con el clamor de Ocuppy Wall Street, “hijo” del 15M español, que decía estar harta de unas políticas y unos gobiernos que solo favorecían al 1% de la población. Reivindicaban cuestiones de género, clase, raza y orientación sexual y el poder del 99% restante, como el feminismo que se pone este numeral. A partir de la publicación titulada Un feminismo del 99%, de Lengua de Trapo, cuatro de sus autoras debatieron sobre los retos de esta ideología. Lo hicieron en el madrileño Teatro del Barrio la noche del pasado lunes.

Para Justa Montero, que escribe un capítulo del libro dedicado al pasado 8M (https://www.publico.es/sociedad/nombres-calles-mujeres.html), el gran desafío a futuro está claro: “O avanzamos y situamos el feminismo en una dinámica que impugne el sistema, o avanzan”, señaló contundente esta histórica del feminismo español. Coincidió con ella la política Clara Serra, que abogó por articular el feminismo como el lugar para la lucha por otros espacios, como la reorganización de la economía (incluida la de los cuidados) y de la sociedad en general. Para ella, actualmente en Podemos, de quien habló en un tono crítico por no haber sabido entender el significado del feminismo desde el principio, el feminismo [del 99%] representa un nuevo tablero para hacer las cosas desde un proyecto transformador. Según Serra, la lucha ya no está en la defensa de las clases, sino en los derechos de ese 99% por el que abogan las mujeres.

La duda surge en cómo aglutinar los derechos de una masa tan diversa, plural y global. Porque este feminismo habla de migrantes, pensionistas, jóvenes, desigualdad (ya sea por etnia, sexo o religión), precariedad laboral… “El reto es organizativo. Porque el movimiento debe ser transversal e inclusivo y generar así una agenda reivindicativa de carácter universalista. Frente a los nuevos fascismos, la tarea es la reconstrucción de los círculos sociales desde lo público y la solidaridad y en contra de las políticas neoliberales”, apuntó la periodista Nuria Alabao.

Fefa Vila, que dijo tener más preguntas que respuestas a los retos del feminismo, habló de la necesidad de atender al relevo generacional, que demanda nuevos espacios y nuevas formas de organización. Se trata de crear los espacios para que quepamos todas y dar cabida, por ejemplo, al movimiento queer, trans o a las mujeres feministas racionalizadas. “También debemos hablar y pensar en cómo entendernos con las trabajadoras sexuales, que es el tema que ahora nos desune. No se puede obviar. Hay que entender la diversidad dentro del seno del feminismo y avanzar en él para reconocer a un sujeto feminista plural que se va haciendo más complejo en sus expresiones, luchas y reivindicaciones. Meterlo debajo de la alfombra, no ayuda”, afirmó la socióloga. Tanto ella como Justa Montero apelaron a reconocer los muchos logros del feminismo de los 70, que también fue hegemónico, recordaron. El problema, matizó Vila, es que luego fue borrado. Para seguir caminando, reiteró Vila es necesario renovar ese feminismo de los 70 y renombrar sus nuevos cuerpos y realidades. El objetivo: recoger el espíritu de las nuevas generaciones que suman ese nuevo feminismo.

Pero no sólo dentro, debe estar bien cosido un feminismo, cada vez más popular y universal. También es importante fijar las costuras con otros movimientos. Alianzas, repitieron las ponentes, para ser un movimiento fuerte, plural, autónomo de los partidos y una punta de lanza que recuerde que los derechos son conquistas. “Se trata de construir nuevas estructuras políticas sin destruir”, concluyó Fefa Vila.

El libro, Un feminismo del 99%, cuenta con prólogo de la feminista Nancy Fraser y los textos de Ana G. Adelantado, Nuria Alabao, Luciana Cadahia, Germán Cano, María Castejón, Silvia L. Gil, Tatiana Llaguno, Justa Montero, Clara Serra y Fefa Vila. En sus páginas se intenta responder a temas el por qué del éxito del 8M español, el papel de los hombres dentro de los feminismos, el feminismo como un tema también de la derecha, el #MeToo…FIN

Nota: esta pieza se elaboró para un medio de comunicación que, una vez encargado, cambió de opinión y no lo publicó. Me pagarán la mitad de lo pactado. #Precariedad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nosotras corremos. Por la resistencia y por una nueva forma de conjugar

Leo en un tweet: “Según Salvamento Marítimo TODAS las mujeres del Aquarius han sufrido violencia sexual”. Unos días antes, y también relacionado con el drama de las personas que huyen de su país para no morir, la activista Helena Maleno afirmaba en una entrevista que las mujeres, para llegar aquí, deben normalizar la violencia. Contaba que es una cuestión de supervivencia, porque si no lo haces, te mueres. “Se exponen a las violencias ligadas a la trata de personas y a ser explotadas durante el tránsito para poder llevar a cabo el viaje, por no hablar de los abusos y violaciones sistemáticas. Normalizar la violencia es una gran estrategia para no morirte”. Lolita, una Berta Cáceres de Guatemala, una defensora de los derechos humanos que tuvo que huir de su país para que no la matasen dice que quiere vivir y que no nació para ser ni violada ni asesinada. Porque el norte de Centroamérica, lo denuncia Naciones Unidas, está considerado como una de las regiones sin guerra más peligrosas del mundo para ser mujer.

Pero ojo, no hace falta irse lejos, el caluroso 19 de junio cerrábamos la jornada en España con el asesinato de tres mujeres por terrorismo machista. Al día siguiente, hubo otra más. Cuatro mujeres menos a seguir. Cuatro mujeres asesinadas por el mero hecho de haber nacido mujer. El día que empecemos a contar este drama con la misma seriedad que tratamos otros terrorismos la historia empezará a cambiar.

Pero para eso hace falta cambiar la forma de contar y mirar. Lo primero está muy relacionado con el lenguaje y con la visibilización de las mujeres en todas las esferas. Para modificar la mirada hay que aprender a pensar las cosas desde otra perspectiva, la que se empieza a ver si uno se coloca las gafas violetas. No es fácil: las transformaciones nunca lo han sido.

Lo interesante es que se ha roto el tarro y el sentir de las mujeres en la lucha por nuestros legítimos derechos, aquí y allá, es imparable; es global y es local. “El mundo, el de las mujeres, llevaba un tiempo despertando de una calma chicha que había durado demasiado. Y crujía por todas partes. Cada movimiento encontraba cada vez más réplicas y más rápidas, más sonoras; cada una rompía en mayor o menor escala con un prejuicio, una cifra, una tradición, una orden”, explica la periodista Isabel Valdés en su libro Violadas o muertas, un alegato contra todas las ‘manadas’. La calle no callará más: ahí estamos nosotras. Se vio el 8M, porque al día siguiente amanecimos con el asombro de una parte de una sociedad que por fin se plantea que debamos hablar de consejo de ministras, si somos más. Un mundo donde banqueras como Ana Botín confesaba hace unas semanas que sí es feminista, algo, decía en la entrevista, que no hubiese afirmado hace diez años.

Sigo feliz tras la lección de la hija de un amigo. Con 8 años le pidieron que conjugase el verbo correr en presente de indicativo. “Yo corro/ tú corres / ella corre / nosotras corremos / vosotras corréis / ellas corren”, dijo. Sin darse cuenta, la pequeña ya ha hecho suyo que lo personal es político. Yo corro con ella para buscar las conexiones entre la experiencia personal y las grandes estructuras sociales y políticas, así se cambia el mundo.

Este artículo de opinión se publicó primero en el nº5 de la revista Más Mujeres a Seguir (MAS), edición en papel y en el newsletter: Newsletter MAS

El hashtag que se convirtió en libro, #LasFeministasQueremos

¿Pero qué más quieren las feministas? A esa pregunta tan repetida en las calles responde el libro que presenta ahora Isabel Mastroménico, directora de la Agencia Comunicación y Género, feminista y experta en igualdad. En Las feministas queremos, editado por Lo que no existe, la autora recoge de una forma clara y sencilla, la máxima del movimiento que defiende el feminismo: la igualdad.

Para ello, la escritora se agarra a 12 fragmentos de cartas de grandes mujeres de todas las épocas. De esa forma desvela en 12 capítulos las tantas veces calladas reivindicaciones de las mujeres. En su libro, Mastrodoménico va desmenuzando que las mujeres quieren que se respeten sus derechos humanos, igualdad de oportunidades, paridad, respeto para los derechos sexuales y reproductivo, educación en igualdad, paridad, erradicación de las violencias de género… ¿El tono? “Muy divulgativo. Ya hay grandísimos libros que explican el feminismo. Aquí lo que buscaba es que no nos vuelvan a preguntar qué pedimos en las calles; quiero que cualquier adolescente pueda entrar en el feminismo y entender que hacerlo supone cuestionarse internamente su forma de relacionarse con la pareja, las amistades, la familia, el trabajo… Se trata de empezar a ver las realidades desiguales a las que el sistema nos ha acostumbrado a asumir con naturalidad”, apunta la experta en género que gestó la idea a partir del hashtag #LasFeministasQueremos.

Así, de algo tan básico como que se respeten nuestros derechos humanos habla, por ejemplo, Olympe de Gouges, la intelectual de la revolución francesa que redactó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, dos años después de la Declaración que solo incluía a los hombres. La activista le pedía entonces a la reina María Antonieta que pensara en las mujeres. “Esta revolución no se llevará a cabo hasta que todas las mujeres estén convencidas de su deplorable suerte y de los derechos que les ha arrebatado la sociedad. Apoyad, Señora, tan bella causa, defended a este sexo desgraciado y tendréis a vuestro favor, por lo menos, la mitad del reino y un tercio de la otra”, escribía la revolucionaria francesa que acabó en la guillotina. Conmueve recuperar, como hace Mastrodoménico, partes del artículo 3 de ese texto, el que habla de “los derechos a la vida, a la libertad y a la seguridad”. En ese sentido, hoy, dos siglos y medio más tarde, la autora recuerdo lo importante que es recordar que aunque en Occidente parte de esas premisas, como la libertad, estén más claras, la situación de muchas mujeres de otros puntos del planeta es bien distinta. A la seguridad (acosos y abusos) aluden los capítulos en los que hace referencia a las violencias físicas.

Sobre las políticas públicas con perspectiva de género anheladas por las feministas, lsa Mastrodoménico hace referencia a temas como la educación, la reforma laboral, una ley de pensiones o la dotación de un presupuesto sanitario que incluya y piense en las enfermedades de las mujeres. Las mujeres quieren, dice la escritora, leyes, normativas que entiendan que “a las personas normales las empoderan las leyes”, dice Mastroménico parafraseando a Amelia Valcárcel. “En el nuevo código legislativo que supongo habréis de redactar, es mi deseo que recordéis a las damas; que seáis generosos con ellas, y que les seáis más favorables de cuanto lo fueron vuestros ancestros. No depositéis unos poderes tan ilimitados en manos de los maridos. Recordad que todos los hombres serían tiranos si pudieran. Si no se nos presta a las damas una especial atención y cuidado, nos veremos obligadas a fomentar una Rebelión, y no nos sentiremos obligadas por ninguna ley en la que no hayamos tenido voz, o Representación”, apuntaba Abigail Adams, a su marido, John Adams, el que sería presidente de los Estados Unidos. Corría el año 1735 y ese es el fragmento de carta elegido por la autora para contar esa demanda.

Hay otro capítulo exclusivo al deseo de una comunicación no sexista. En él aparece Virginia Wolf, pero no con su “cuarto propio”. Lo hace en una carta al director del diario The New Statesman para quejarse por una reseña que quería demostrar la superioridad cerebral y creativa de los varones sobre las mujeres. En esas páginas recuerda la legítima demanda, por parte de quienes constituyen la mitad del planeta, de que se cumplan las leyes en cuanto a comunicación se refiere (porque tanto las leyes de igualdad, como la de violencia de género como la específica para publicidad y comunicación audiovisual recogen normas contra el sexismo que se incumplen una y otra vez). En las páginas del libro, para traer estas antiguas reclamas a la actualidad, la autora va trufando sus páginas con citas de feministas españolas actuales que invitan a reflexionar sobre el tema abordado. En este punto, recoge una pregunta de la diputada feminista Ángeles Álvarez: “Si no permitimos que se intoxique a la población con productos químicamente tóxicos, ¿por qué permitimos que se les intoxique con contenidos audiovisuales tóxicos?”.

La autora también recuerda que las feministas quieren igualdad en la educación y para ello rescata una misiva de la escritora francesa Georges Sand (1804-1876). En ella, le pide a su madre que le explique por qué es una estupidez que las niñas estudien latín, una tarea considerada por la progenitora muy alejada de los roles tradicionales de las mujeres. Y ahí, entran los cuidados, otra de las peticiones: ¡que se compartan, que se hable de corresponsabilidad y no conciliación!, publica la agente en igualdad.

El último capítulo es de alguna forma el que resume la proclama básica: igualdad, “eso que quieren todas las feministas, sin importar en olas o generaciones”, explica la autora. Bajo el título “Queremos que no nos engañen”, la escritora recupera las contundentes palabras de la activista Nelly Rousell (1878-1922), unas frases en las que habla de la esencia del feminismo, basada en una independencia económica, una igualdad de salarios, una maternidad elegida, libertad y felicidad. He aquí su discurso:

“Todas aquellas que yo conozco ––y todos aquellos, puesto que también hay hombres entre nosotras, hombres de espíritu recto, de alma generosa–– no dejan pasar una ocasión para declarar y explicar que el feminismo, no es una declaración de guerra al hombre (es decir, a toda una mitad de la humanidad, que nosotras necesitamos tanto como dicha mitad nos necesita a nosotras), sino a las instituciones, a la monstruosa organización social que desconoce su única razón de ser, y que se alía con la madrastra-Naturaleza en contra nuestra, en lugar de suavizar sus leyes y de atenuar sus errores”. (…)

“Pues bien: ¡he aquí lo que ya no estamos dispuestas a tolerar! Y es por eso que creemos necesario garantizar a la mujer, en primer lugar, la independencia económica, fuente de todas las demás independencias: la física, la moral y la intelectual. Y, para asegurar esta independencia económica, necesitamos, no solo la admisión de las mujeres en todos los puestos de trabajo (les corresponde a ellas juzgar cuáles les convienen) y un salario igual (por el mismo trabajo, por supuesto; nunca hemos dicho otra cosa) al del elemento masculino, sino también dos condiciones esenciales para la libertad y la felicidad, pero que, con demasiada frecuencia, los constructores de ciudades ideales olvidan situar en la base de sus combinaciones. Son estas: la posibilidad de que cada mujer sea madre o no según su propio criterio, cuando reúna las condiciones necesarias para dar a luz, sin sufrir demasiado, sin comprometer o perjudicar su propia vida, a un niño bien constituido física y moralmente… y para educarlo luego con cuidado, con arte, como se cultiva una planta preciosa, en una atmósfera de bienestar y ternura gozosa, favorable al desarrollo armónico de su personalidad. La justa retribución por el trabajo materno. Resulta odioso que tal trabajo pueda ser una causa de esclavitud e inferioridad para aquellas que lo desempeñan”. Esa es la pedagogía que cierra la publicación, un libro “urgente y necesario, como lo es el feminismo”, subraya la feminista Nuria Varela, en el prólogo del mismo.

Publicado en Público

Feministómetro

Sí, ahora hasta los centros comerciales dicen ser feministas, las marcas de camisetas se tornan violetas y las pecheras se han llenado de Fridas Kahlos y eslóganes por los derechos de las mujeres. También los partidos parecen haber oído el grito de las mujeres en las calles por defender la igualdad: a un mismo salario, a vivir libres de violencia, a la paridad, a una investigación en salud, a una visibilización. Es un gusto, el mundo de repente se ha vuelto feminista, pareciese. Pero, ¿será verdaderamente así, cómo medir el compromiso real con la causa de quienes abrazan ahora el feminismo? El problema, es que no tenemos un feministrómetro, es decir, una máquina para medir machismos. Puesto que no contamos con ese contador y seguimos cayendo en las mismas prácticas patriarcales, van una serie de términos y experiencias que hablan de machismos. Haz la prueba, responde el siguiente test y comprueba cuánto pesan los estereotipos o las máximas tantas veces repetidas. Sí, tienes varios “síes” es fácil que te/nos quede todavía por aprender en feminismo y tenga/mos un problema a la hora de pensar, dada la sistematización de un mundo dictado por ellos. Prueba…

  1. A) Desconozco qué quiere decir palabra “señoro”.
  2. B) Desconozco qué quiere decir la palabra sororidad.
  3. C) Sí, creo que las feministas radicales son feminazis.
  4. D) Sí, sostengo que decir piropos a las mujeres por la calle es una galantería.
  5. E) Conjugo el verbo correr de la siguiente manera: yo corro, tu corres, el corre, nosotros corremos, vosotros corréis, ellos corren.
  6. F) Sigues hablando de conciliación y no de corresponsabilidad
  7. G) Comentas: “Si a mi hija o mi mujer le pasara lo de La Manada…”

Y aquí, las respuestas.

1. Para quienes no saben ver todavía a los “señoros” alrededor (cuidado, hay muchos) o ni conocen el concepto, les invito a irse a salir a las calles, es uno de los términos que más nos gustan. No está en los diccionarios, pero habla de “cierto tipo de hombres de comportamientos sexistas y con una visión del mundo tradicional y patriarcal. Son peligrosos, mandan, actúan bajo estereotipos y se sienten amenazados por el simple hecho de que una mujer sea consciente de sus derechos, y los reclame.

2. Sororidad. En la Fundeu lo dan por término válido y explican que es hermandad entre mujeres, lo que fue la fraternidad de la revolución francesa. https://www.fundeu.es/recomendacion/sororidad-termino-valido/En la RAE no está incluida, vaya, como feminista radical, invito a firmar porque exista, https://www.change.org/p/real-academia-española-incluir-la-palabra-sororidad-en-la-rae

3. Ser feminista radical es exactamente igual que defender los derechos humanos de una manera radical, puesto que no se pueden reivindicar a medias tintas.

4. No, los piropos son la práctica machista más comúnmente aceptada y constituyen una falta de respeto. Piropearnos supone cosificarnos y asumir que quien lo lanza tiene el derecho de lanzar y opinar, de dictaminar qué le parece esa mujer que deambula por las calles.

5. Yo, mujer, también aprendí a decir “nosotros corremos”. Las nuevas generaciones son la esperanza. Caí rendida de amor ante la llamada de atención de una maestra a la hija de mis amigos. Cuando le pidieron el verbo ella lo conjugó así: yo corro, tu corres, ella corre, nosotras corremos, vosotras corréis, ellas Corren. La profesora no cabía de gozo, la niña ya piensa diferente. La aplaudo con todas mis fuerzas.

6. La conciliación sigue recayendo sobre las mujeres; la corresponsabilidad sobre el Estado, las empresas, los hombres y las mujeres.

7. ¿De verdad tienen que violar a tu hija para que sientas cercano el terror de ese delito? Las mujeres somos personas, no necesitamos parentescos para que se defiendan los derechos humanos.

Y tras esto, parafraseo a la jueza Gloria Poyatos, que dice que el “machismo es una enfermedad de transmisión cultural cuya vacuna es la educación”. Afortunadamente, como apunta la jurista, se puede curar.  Así que a correr, a por libros. Yo ya corro en femenino y además, invito a la comunidad a enviarnos más propuestas para engordar este necesario feministómetro.

Publicado en Más de la mitad, 20 minutos