No es no y una violación es una violación

Señoros jueces: voy a consultar simplemente con la RAE por si puede ayudarles a entender qué es una violación. Porque hay algo que todas hemos entendido, y a ustedes parece que les cuesta.

Para ello me acojo a las palabras que recoge la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Navarra, los hechos probados que sufrió una mujer de 18 años por parte de cinco hombres durante la fiesta de San Fermín 2016. La víctima se sintió ‘impresionada y sin capacidad de reacción‘, con ‘un intenso agobio y desasosiego, que le produjo estupor y le hizo adoptar una actitud de sometimiento y pasividad, determinándole a hacer lo que los procesados le decían que hiciera, manteniendo la mayor parte del tiempo los ojos cerrados’. En los vídeos, la joven violada aparece ‘agazapada, acorralada contra la pared por dos de los procesados‘, y expresando ‘gritos que reflejan dolor’.

“Acorralada”. Definición 1: encerrar o meter el ganado en el corral. Definición 2. Encerrar a alguien dentro de estrechos límites, impidiéndole que pueda escapar. Definición 3. Dejar a alguien confundido y sin tener qué responder. Definición 4. Intimidar, acobardar.

“Someter”. Definición 1: sujetar, humillar a una persona, una tropa o una facción.

“Agobio”: sofocación. Angustia.

“Agazapada”. Agacharse como lo hace el gazapo cuando quiere ocultarse de quienes lo persiguen.

Si a esto le sumamos que ella estaba –tal y como recogen los hechos- “sin capacidad de reacción”, “contra la pared”, “con gritos que expresan dolor” y en “situación de sometimiento y sumisión” eso es una violación en toda regla.

Y aquí vuelvo a la RAE:

“Violación”: Tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad o cuando se halla privado de sentido o discernimiento.

Lo terrible de este caso, por el que nos han violado a todas, es que aquí no se ha juzgado a estos hombres que a la fuerza y abusando de su superioridad física y numérica, introducen a una joven en un portal sin su consentimiento. Lo bárbaro es que se la ha juzgado a ella y lo peor, estamos dando carta blanca a los violadores para que sigan utilizando los cuerpos de las mujeres como si fueran propios.

Yo, y todas nosotras, que sí somos manada #NosotrasSomosLaManada no vamos a parar hasta que esto se revierta. Nuestro mensaje para la víctima es: te creemos. No nos importa, como parece que sí a la justicia patriarcal, que no enfatizases el uso de la violencia: estabas sometida, agobiada, aterrada… No hay más que explicar. Qué exquisitas, sus señorías, de repente cogiéndose a la semántica para aducir que solo utilizaste el verbo ‘obligar’ una vez: Nos basta con tu ‘me hicieron algo que yo no quería hacer’.

No vale juzgar a la víctima, no vale perseguirla, no vale espiar sus redes socialespara ver si ella hacía ‘vida normal’ tras tan salvaje atropello, no vale cuestionar si ella estaba borracha. No podemos aceptar volver a tener que escuchar exabruptos como los del magistrado González al escribir que vio en ella vestigios de jolgorio y regocijo. ¿De qué habla? Y más: ¿A quién juzga, a ella o a ellos? ¿Qué ojos hay que poner ante unas bestias que abusan de su fuerza, te roban el móvil, te vejan y graban y difunden el horror?.

  • Señoros: dícese de cierto tipo de hombres de comportamientos sexistas y con una visión del mundo tradicional y patriarcal. Son peligrosos, mandan, actúan bajo estereotipos y se sienten amenazados por el simple hecho de que una mujer sea consciente de sus derechos, y los reclame. (Esta definición todavía no está en el diccionario, pero llegará: se la regalamos a la RAE).

Publicado en 20 minutos, Más de la mitad

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La publicidad se levanta contra los estereotipos machistas

Preocupada por los muchos estereotipos contra las mujeres que se dan en su sector, la publicidad, Uschi Henkes, presidenta del Círculo de Creativos (CdC) se propuso plantear un cambio. Escuchó propuestas, que si una web a modo de tutorial, que si un manual de buenas prácticas para profesionales, que si una app con instrucciones… Ninguna le convenció: Henkes, la primera presidenta de este selectivo club, no quiso plantear una iniciativa elaborada de arriba a abajo e unidireccional y prefirió escuchar. Por eso, hace apenas un mes envió, como una de sus primeras acciones al frente de la institución, una carta a todo el colectivo para empezar a cambiar las cosas.

“Me gustaría que los profesionales, tanto del lado del cliente o de la agencia, tuviéramos una especial sensibilidad con los estereotipos que utilizamos en la comunicación que, por costumbre, inercia o comodidad, siguen anclados en el pasado. Desde el CdC lanzamos una campaña que llamamos OVER. Se acabó. Un OVER que es un grito que tapa esos anuncios que hemos visto durante años donde la mujer cumple un papel secundario, sumiso y muchas veces cercano a un cliché sexual. Ya va siendo hora de que el sector de la comunicación opine sobre lo que se debate actualmente en la sociedad”, escribía.

Para empezar, y mientras recibía respuestas a su misiva, invitó a los profesionales del sector a empezar a llenar twitter de reflexiones con el hastag #over. “La gente quiere opinar y hay que escuchar”, afirma. Por eso, arrancarán con doce mesas en las que sentarán a diferentes sectores de la industria de la publicidad (automación, belleza, limpieza, banca, comunicaciones…) con artistas, anunciantes, modelos, sociólogos, estudiantes, académicos y distintos perfiles para crear un documento que ayude a romper esos estereotipos, violencias, contras las mujeres.

La idea es que cada reunión se forme con gente nueva para que discutan una pregunta temática y concienciar sobre el problema. Tal y como explica Henkes, es pronto para saber qué forma tendrá la herramienta que salga de tanta discusión. En principio, habla de libro -aunque sin precisar-. En él, la intención es entregar el producto de esas reuniones a importantes cineastas, gente anónima, como un ama de casa, pensadores y trabajadores ajenos al sector (¿por qué no un taxista?) para que ellos escriban y creen a partir de lo debatido. ¿La fecha? Abril de 2019, durante el próximo Certamen de la Creatividad Española, comentaba a Público este fin de semana en la clausura de la edición de este año.

Henkes, que sí reconoce haberse encontrado con alguna crítica ante su iniciativa, se apoya en el trabajo ya iniciado apenas hace un par de años por Más Mujeres Creativas, una plataforma colaborativa e independiente nacida para promover la visibilidad e igualdad de oportunidades en España. Porque en el sector, con un 56% de mujeres, solo el 14% son directoras creativas y apenas un 1% llega a la dirección general. Belén Coca, una de sus fundadoras, utiliza la palabra “evangelizar” sobre feminismo para revertir los muchos patrones adquiridos.

Habla también de la oportunidad que se presenta ahora para romper con los roles culturales que se han dado a hombres y mujeres. “¿Quién dice que los hombres no tienen sentimientos, quién dice que a nosotras nos gusta aparecer reflejadas con un jabón de platos y no querremos comprar uno en el que aparezca un hombre? Es irreal”, señala. Y en ese aspecto, tanto Henkes como Coca coinciden en señalar cómo las consumidoras empiezan a preferir una publicidad no sexista. FIN

(Publicado en Público)

Un minuto antes del 8 de marzo

Nota de la autora: Hoy, 8M, no escribo. Lo hice ayer, robando un poco de tiempo a mi trabajo ordinario. Y publico dos minutillos antes de que comience el 8 de marzo, para que este post luzca el día que las mujeres paramos. Más concretamente, #LasBloguerasParamos

Me gustaría explicar, rápido y con muchas ayudas, por qué paro yo hoy y por qué cientos de mujeres paramos incluso por las que no lo hacen. Para argumentarlo salgo rápido al patio de vecinos que es Twitter. Recupero de todas formas algo en lo que me hizo pensar el pasado domingo la alcaldesa de Madrid en el programa El Objetivo. Decía la exjueza que el feminismo plantea también el modo y la distribución del trabajo: si queremos conciliar, y si queremos que empresas, hombres, mujeres y la sociedad se hagan corresponsables. Algo así como decir adiós a esas jornadas laborales que duran hasta las 8 de la tarde y se extienden en un afterwork con gin-tonics. Decir adiós a calentar las sillas por horas sin cuento, entre otras muchas cosas demasiado asentadas.

Pero voy con los tuits, los titulares de esta huelga:

La valiente periodista Mónica G. Prieto @monicagprieto, corresponsal de guerra, dice:

“Lo sorprendente es que nadie pregunte por qué paramos el jueves. Paramos porque es nuestra obligación limpiar esta parte de la sociedad hostil e intolerante que, o emplea la violencia contra su mitad femenina, o protege con su silencio a los agresores. #8deMarzo 1/2

Y luego, por si alguien no lo entiende, prosigue:

” #Paramos pq no queremos esa sociedad para nuestras hijas, y porque tememos perder esta oportunidad histórica para hacer del mundo un lugar más justo y seguro para todos, ellas y ellos. Y porque no si paramos y el patriarcado se crece, comenzaremos a perder libertades y derechos

Me golpea otro argumento, las que ya no están, las víctimas asesinadas por hombres, una cifra vergonzosa y que hemos normalizado”.

Sara Sere Siri‏ @LlamameLolita, profesora, recoge parte el intachable artículo de @Barjijaputa:

“Paramos por las que no os podéis levantar, paramos por las que ya no os acostáis. Paramos para demostrar al mundo que las mujeres sostenemos la mitad del cielo.”

Se refiere la pieza que ella misma publicaba en El diario, un texto que podría servir de mantra para que nosotras, las mujeres, en este día de huelga no friamos un huevo.

Sigo y doy con #ElFémurEnHuelga #MisRazonesParaPararEl8M #HuelgaFeminista8MMe quedo con algo básico, los cuidados. Ayaná‏ @Kaiken68, apunta:

“Porque pertenezco a unos de los colectivos de trabajadoras donde más existe la precariedad,no gozamos de los mismos derechos que el resto de trabajadorxs. Las empleadas de hogar y cuidadoras seguimos sin derecho a paro”

Y sí, claro, la huelga es política, como todas las de la historia. Y porque, como dice,

Fani Grande‏ @fanigrande : “No quiero ni un minuto más a un Presidente de Gobierno que contesta: “No nos metamos ahora en eso”, cuando se le pregunta por la desigualdad salarial entre hombres y mujeres en SU país”.

Más. Por la paz, qué obvio. @Cmagallon1  retwittea a @aipaz.org:

“Para poner la vida y las relaciones en el centro y contra todo tipo de violencias que sufren las mujeres, el #8MHuelgaFeminista/#LasInvestigadorasporlaPazParamos

Y de la paz a la ciencia, aunque no tenga el hashtag del paro, hoy no trabajo por lo que señalan mis compañeras. @FECYT_Ciencia:

“Solo un 3 % de los galardonados con un Premio Nobel de ciencias son mujeres. Una de ellas es la británica Dorothy Hodgkin, que en 1964 fue presentada por la prensa como un “ama de casa ganadora de un Nobel de Química”.

Huy, creo que si no quiero hacer horas extras, voy a tener que dejarlo, pero con humor… ¿Y qué mejor que las declaraciones del obispo de San Sebastián, que dice que llevamos el demonio dentro? ¿Seremos brujas?

Estoy casi sin tiempo: no quiero hacer horas extras. Así que respondo de memoria a algunas de las críticas contra la huelga. Casimiro García Abadillo, http://@garcia_abadillodirector de El Independiente, señala que no apoya el manifiesto de las periodistas porque está en contra de las cuotas. Vale, colega, le invito a reflexionar: si las mujeres llevamos tres, cuatro décadas trabajando y no estamos en la dirección, sólo se me ocurren dos alternativas: o somos tontas, y en ese caso, descártennos; o hay techos de cristal.

Otra: no voy a la huelga porque la haré a la japonesa. Ay, que ese tipo de huelga no existe, y hasta Mariano os desdice, chicas… Perdón, quería decir Presidentas, Ministras…

Así que si estás leyendo esto, nos toca, por mí, por ti, por nosotras, vosotras y ellas: ¡a la calle!, porque es nuestra.

(Y todo esto lo firma Isabel Pallarés, muy cercana y amiga. La buena de Belén de La Banda, @bdelabanda  editó y mejoró el texto. Quiénes la conozcan podrán notar su pluma, todo un lujo)

#MeNiegoA la indiferencia

Mayerlis Angarita, una defensora colombiana de los derechos de las mujeres, repetía algo que dio titulares en España cuando la entrevisté en su país. Decía: “No es normal que nos violen. No es normal que nos desaparezcan”. Aquí su frase llamó la atención; allí, menos.

Es como si en su país, acostumbrado al horror de la guerra y a más de ocho millones de víctimas, la gente se hubiese anestesiado contra el dolor. Ella, que vive con guardaespaldas porque varias veces han intentado matar, afirma también que la indiferencia mata.

En España, donde la violencia machista ya ha asesinado a 44 mujeresme niego a normalizar las muchas violencias que sufrimos las mujeres de aquí y de allá, de mayor y menor formación, de clases altas y bajas, de orientaciones sexuales diversas y los más variados credos y culturas. Porque es violencia contra nosotras que cobremos menos, que no estemos representadas en la política de una forma paritaria, es violencia que haya más desempleo entre las mujeres, que paguemos una factura mayor en términos de salud que los hombres, que la justicia todavía no cuente con una perspectiva de género, que nos cosifiquen, nos piropeen por las calles y los chistes machistas sigan siendo jaleando… Todo eso son violencias, especialmente cuando nos están matando. Y ante esos datos que sin duda constituyen una agresión a todas y cada una de nosotras, solo un 0,8 de los españoles consideran la violencia contra las mujeres como un asunto grave. Y hoy, a dos días del Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, me uno a la campaña que lanza Oxfam Intermón contra esta enfermedad que son las violencias contras las mujeres, un problema calificado de pandemia por Organización Mundial de la Salud, y digo “#MeNiegoA la indiferencia contra las múltiples violencias machistas”.

E intencionadamente uso el plural porque son muchas las desigualdades. Van algunas, las más obvias. #MeNiegoA

  1. A que no lideremos y existan techos de cristal. Las mujeres ocupan un 14,3% de los puestos directivos.
  2. A que cobremos menos. Cobramos de media un 15% menos.
  3. A trabajar más en el hogar. El uso del tiempo es radicalmente distinto: nosotras dedicamos al hogar una media de 4,29 horas al día; ellos dos menos.
  4. A cobrar menos pensiones. Nuestra vida laboral es más corta, los sueldos más precarios y por lo tanto, cotizamos menos. Pensiones. Un 69% de los hombres cobra pensión, mientras que las mujeres son un 30,78%.
  5. A que sigamos sin jugar un papel igualitario y en paridad en la política.
  6. A que sea más difícil trabajar para una mujer. El paro entre las mujeres es mayor.La tasa de empleo femenino en 2012 no llegó al 39%, 10 puntos por debajo de la masculina. Entre 2008 y 2013, el desempleo femenino se duplicó, pasando del 13 al 27%. El 72,5% de las personas con contrato a tiempo parcial son mujeres.
  7. A que tengamos un papel secundario en el mundo de la ciencia.
  8. A sufrir acoso sexual
  9. Al maltrato físico y psíquico. El 35% de las mujeres en todo el mundo han sufrido violencia física y/o sexual.
  10. A un lenguaje sexista.

Pero hay muchos más motivos y causas a las que hombres y mujeres debemos negarnos. Va una lista rápida confeccionada entre mis compañeras:

Me niego a educar a mi hij@ en el machismo

Me niego a callarme cuando me interrumpen por el mero hecho de ser mujer

Me niego a tratar de manera diferente a las personas según su sexo

Me niego a escuchar tertulias sólo de hombres

Me niego a soportar que la pobreza y la desigualdad afecten más a las mujeres

Me niego a que miles de niñas sufran ablación

Me niego a alimentar los estereotipos que limitan a las mujeres

Me niego a comprar juguetes sexistas

Me niego a que las mujeres sigamos cobrando un 15% menos

Me niego a trabajar 54 días gratis

Me niego a que las trabajadoras domésticas estén discriminadas

Me niego a juzgar a las mujeres sólo por su apariencia

Me niego a que las mujeres cobremos menos. ¡22,9%!

Me niego a que ser madre perjudique la carrera profesional de una mujer

Me niego a que se minusvaloren los logros de las deportistas

Me niego a minusvalorar el maltrato psicológico

Me niego a que en mi país se tolere la explotación sexual de mujeres

Me niego a interrumpir a una mujer cuando habla

Me niego a perpetuar el machismo

Me niego a ignorar la violencia machista que existe a mi alrededor

Me niego a callar ante el ciberacoso

Me niego a callar ante el acoso

Me niego a participar en un panel o conferencia solo de hombres

Este post forma parte de una serie de entradas creadas específicamente por diversas expertas, en el marco de la campaña #MeNiegoA  de Oxfam Intermón.  Tienen como objetivo sensibilizar y generar debate acerca de la gravedad de las violencias machistas en nuestra sociedad durante los 16 Días de Activismo contra la violencia de género.

 

La necesidad de un nuevo relato

 

 

“Durante mucho tiempo dudé en escribir un libro sobre la mujer. El tema es irritante, sobre todo para las mujeres; pero no es nuevo”, decía Simone de Beauvoir en el arranque de El segundo sexo, en 1949. Lo recupero hoy en el día de las escritoras: porque, ¡qué aburrimiento tener que seguir contando con una jornada por lo que es obvio¡: escribimos.

Por eso dudé si escribir este post sobre mujeres escritoras. Pero nos toca tomar las armas, mejor, los pinceles y los lápices para –por un tema de justicia- que se vea el mundo con la diversidad que tiene. ¿Cuántos años más de un arte solo contado por unos, casi siempre blancos, occidentales y con poder? Es hora de construir otro relato. Y para muestra un ejemplo traído de una conversación en twitter hace unos días. Me quejaba antes las redes de los siete tertulianos, que por tercer día consecutivo ocupaban la pantalla y que, curiosamente, cumplían con el patrón enunciado unas líneas más arriba. Tras mi grito a la red, surgió la magia, un microcuento que habla de esas historias contadas por hombres o por mujeres escrito en menos de 144 caracteres.

     Yo estoy disfrutando vivamente de que el nacionalismo se exponga como una cuestión masculina: mismo universo caduco. Mujeres=municipalismo.

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Magnífico.

 Para colmo, el conductor del programa, Ferreras, despedía a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, tras entrevistarla, con un: “Bueno, sé que le espera su hijo en casa”. “A ti también”, respondió ella rauda. ¿Qué no hace falta otro relato que entienda que otras formas de resolver, de hablar, exponer y de recordar algo tan básico como que –ellos también tienen hijos?

 Escribamos. Entre otras cosas “porque lo personal es político”, como decía Kate Millet hace ya décadas. Escribamos, porque no se puede aislar la política, el poder y la participación de las mujeres dentro de la sociedad. Escribamos porque la literatura es también política y una forma de respirar.

 

 

 

 

Para los nazis somos culos: ¿burka o bikini?

En las tristes elecciones que hoy se han celebrado en Alemania y en las que un partido de ultraderecha podría conseguir hasta 90 escaños, con un 13,5% de los votos, las mujeres somos culos. Era parte de su publicidad, ilustrada con tres mujeres jóvenes, esbeltas a las que se veía de espaldas en bikini metiéndose en el mar. ¿Burka o bikini?, rezaba el panfleto. “Nosotros, preferimos bikini”, proseguía el partido que habla de la expulsión del extranjero y la defensa de lo propio.

La forma de llamar la atención contra el extranjero (identificado con el burka) ha sido escándalo en el país de Hitler, para algunos, sí, pero para otros muchos, no. Porque las mujeres seguimos siendo cosificadas, objetos, culos, tetas y madres que paren hijos (e hijas) para que el sistema siga funcionando, pero no más. Que un señor (y lo siento, aquí utilizo el masculino singular) de derechas se quede tranquilo optando por el bikini me aterra por varios motivos.

*) sigue siendo un machirulo que me llamará feminazi y que considera que sus hijas solo pueden ser, como mucho, un culo bonito.

*) está comparando la velocidad con el tocino (no vale ser tan simplista a la hora de gritar y querer expulsar al otro).  No es lícito pensar que una prenda de vestir, tan peligrosa como un traje de chaqueta, pueda representar “el uniforme de un movimiento contra el que estamos en guerra” y una “señal de adhesión al yihadismo (se llegó a escuchar en Francia con la polémica del burkini, el burka adaptado al baño.

*) Que ellas lleven un atuendo u otro no les fuerza e ellos a tener que usarlo y mucho menos, a opinar sobre lo que visten ellas.

*) y sin entrar de defender el burka, por si alguno esgrime estar defendiendo los derechos de las mujeres, ¿no son los reducidísimos uniformes de vóley-playa, por ejemplo, tan machistas como el burka? Porque puestos, en España hace poco en una piscina prohibieron el uso del burkini y admitieron el top less. Y de aquí al disparate del ayuntamiento de Cannes, que llegó a prohibir el baño en sus playas a las mujeres que usaban burkini porque “representaba una forma ostentosa de pertenencia religiosa”. Menos mal que dicha acción provocó al menos el sarcasmo internacional, bendito humor inglés que titulaba: “El burkini, prohibido en las costas francesas, para proteger a la gente” (The Independent).

 

 

 

Cien años de mujeres sin ojos

Poder hablar de Cien años de soledad es ya de por sí un placer, una invitación a soñar, a sentir el hielo en el Caribe, trasportarse y entrar en una dimensión suprema. En el 50 cumpleaños de la publicación del libro (@libros.com y la Universidad Rey Juan Carlos), me han pedido cómo ve y pinta el genio García Márquez a las mujeres. La respuesta es difícil, porque en este gran viaje no hay una, sino cerca de una veintena de féminas que durante el macondiano siglo son un pilar fundamental para que transcurra la historia. Las hay fuertes y prácticas, como la matriarca Úrsula Iguarán; modernas como Amaranta Ürsula; monjas (Meme), vírgenes, niñas bellísimas (sic), prostitutas, como Pilar Ternera; cometierras como Rebeca Buendía… mujeres fascinantes y muy diversas, como la novela.

¿Pero, qué qué tienen en común? Dos cosas, me atrevo a afirmar. Una, están supeditadas a la historia de los hombres, y dos, no tienen ojos, porque no ven, o quizás más acertado sería decir, no sienten. Me atrevería a sugerir que al autor cartagenero se le olvidó en sus fantásticas descripciones apuntar que ellas son ciegas por algún misterioso motivo. Igual que por un mágico suceder damos por válido que los hijos del incesto nacen con cola de cerdo. Les ocurren cosas, muchas, muchísimas y extravagantes y nos las creemos, pero narradas desde la óptica de los vencedores, los que hacen guerras, los hombres que marcan el destino de esos Cien años de soledad. 

Y sí, a algunas de ellas les gusta el sexo, o más bien diría que lo practican, o peor, son forzadas. Hay también profesionales. Hay para todos los gustos en tan extraordinario siglo. Pero quisiera ver a mujeres con los ojos y piel necesaria para sentir los orgasmos (como ellos, que los anhelan y uno siente que se suben por las paredes hirviendo de deseo). Ellas no tienen ojos ni piel para querer cabalgar sobre un hombre y saber qué es el placer.  Todo lo contrario. Hasta la tenaz Úrsula:

“Temiendo que el corpulento y voluntarioso marido la violara dormida, Úrsula se ponía antes de acostarse un pantalón rudimentario que su madre le fabricó con lona de velero y reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que se cerraba por delante con una gruesa hebilla de hierro”.

Son mujeres relegadas a hacer la casa, lo íntimo y ¡no se hartan!. No odian planchar, ni la obligación diaria de vestir a sus hijos, darles de comer y ocuparse del campo. Porque a ellos les vemos distraídos, en sus cosas (que puede ser la nada) o sus grandes epopeyas, el propio transcurrir del libro. Y sigo con la matriarca, la más fuerte y presente en la novela.

“Fue esa la época en que [José Arcadio Buendía] adquirió el hábito de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena”. 

O. 

“Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sinencalar, los rúsiticos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios”…

Las violan y allí no pasa nada. Las mujeres sin ojos no sufren. Es un hecho. Y así sabemos de Pilar Ternera:

“Se llamaba Pilar Ternera. Habían formado parte del éxodo que culminó con la fundación de Macondo, arrastrada por su familia para separarla del hombre que la violó a los catorce años y siguió amándola hasta los veintidós, pero que nunca se decidió a hacer pública la situación porque era un hombre ajeno”. (Pobrecito, diría yo)

Ni cuando ascienden a los cielos se percatan. Los hechos pasan por ellas. Así muere Remedios la bella.

“Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”

¿Machismo en unas mujeres supeditadas al destino del hombre? Sí, como el de la época. Pero especialmente porque no hay una perspectiva de género, que no es otra cosa que contar las historias desde la mirada de las mujeres. El otro día en un texto periodístico sobre las mujeres y la guerra explicaba con un ejemplo en qué consiste esa mirada. Y voy a Colombia, como periodista, como buscadora de historias, que es algo que hace también un literato. Así se explica qué es la perspectiva de género en la guerra, hoy, en 2017. Si entre el 51 y 52% de los 6,5 millones de desplazados por el conflicto son mujeres, mujeres sin sus esposos -que están muertos o desaparecidos-; mujeres pobres; mujeres que tienen a sus hijos en alguno de los bandos o incluso en bandos contrarios; mujeres que viven con la carga de hijas violadas por los actores armados; mujeres que sostienen a sus familias; mujeres (y duele la reiteración) que han sufrido hasta dos y tres desplazamientos y que los lugares donde se asientan siguen sufriendo la violencia física y económica…, y no lo vemos, ¿qué país estamos contando? ¿Qué país contaba Gabo?

Pero bien, García Márquez en Cien años de soledad es un literato que decimos bebe de la observación miope, matizo. Y demos por válido el contexto en el que lo cuenta, los años 60.  Asumamos que nadie pasaría el filtro del feminismo. ¿Dónde quedaría Nabokov y su Lolita?, por citar un ejemplo. Y pasan los años, cuatro décadas, y ¿qué decimos de Historia de mis putas tristes, también de García Márquez.

“El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”, hasta el final: “Ay, mi sabio triste (…) Esa pobre criatura está lela de amor por ti”.

Bien, dejemos la corrección política en las artes. Volvamos al periodismo, a lo una autobiografía, que sería algo parecido a una crónica de un grande, Pablo Neruda. Hace poco señalaba  la sorpresa que me supuso releer Confieso que he vivido, un perfecto ejemplo de cómo normalizamos el machismo y la violencia contra las mujeres. En la primera lectura no lo vi el abuso. Confieso mi miopía.

“Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.

Ella pasaba sin oír ni mirar. 

Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

Como periodistas sí tenemos una responsabilidad en empezar a hacer las cosas bien. Nos toca desaprender. A todos y todas. Porque si yo fuese redactora jefe de un medio y un reportero me cuenta una historia que solo representan al 50% de las voces, lo daría por inválido. Si solo me contase la voz de los ganadores, le diría qué dónde está su instinto y olfato.

Y caemos en el tópico y nos empeñamos en seguir viendo el mundo solo con unos ojos. En El mundo árabo-islámico como ellas no lo contaron, de Carmen Valiña, se plantea cómo las grandes corresponsales españolas no han relatado los conflictos de un modo muy distinto al de sus colegas. “Es casi imposible distinguirlo del de sus colegas masculinos. Desde la adopción sistemática del punto de vista oficial en Occidente hasta la tendencia a ningunear a los seres de carne y hueso que viven en esa región, pasando por la confusión entre la religión musulmana y las acciones deleznables de algunos grupos que le hacen interpretaciones fundamentalistas, el género del informador parece influir muy poco”, señalaba Javier Valenzuela, en una reseña del libro. “No han contado el formidable esfuerzo de millones de mujeres desde el Atlántico al Índico para ir accediendo a los estudios y los trabajos, ni sus nuevos planteamientos en la vida familiar, con voluntad de tener menos hijos y más presencia en la vida laboral, civil y política”.

La buena noticia ahora es verlo y empezar a corregir la historia, porque la “verdadera historia está con las víctimas”, como dice Luz Marina Bernal, lideresa de las Madres de Soacha. Y debemos tomar posición y contar las guerras, si hablamos de conflictos, con los ojos de todos, también de las mujeres. ¿Hasta dónde? Yo diría que hasta que

“No estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara náuseas, que lograra que la sola idea de la guerra diera asco. Que pareciera de locos. Que hiciera vomitar a los generales”

 

Si son ciclistas son escándalo. Si son mujeres, un suceso

Tres mujeres han sido asesinadas este fin de semana. Hoy, lunes, los principales diarios no sacan en sus portadas ninguna referencia. En el interior de sus páginas, sí, y en ellas, las muertas “han muerto” y no han sido asesinadas. Hay una enorme diferencia. Se muere de una forma transitiva, se muere por un accidente o una enfermedad. Pero asesinar es “matar a una persona con premeditación o con otra circunstancia agravante”, que es lo que ha ocurrido en estos tres casos, que no son los únicos y que se suman a una larga lista en lo que va de año. Y no nos inmutamos: los consideramos sucesos.

Porque la muerte -porque fue un terrible accidente perpetrado por una persona al volante de un coche- de los ciclistas hace apenas unas semanas alteró nuestro psique. Y no solo eso, también el de las autoridades, que desde el fatal episodio hablan, con todo el tino del mundo, de legislar de una forma diferente: se trata de evitar esos inútiles fallecimientos. ¿Y en cuanto a nosotras, las asesinadas de una forma no accidental? ¿Dónde están los medios, dónde los políticos, dónde el dinero  necesario para pensar en las políticas de prevención?, ¿dónde está el Pacto de Estado? Nos están asesinando. Somos más las asesinadas por violencia machista que por la violencia etarra. ¿Otra vez hay que decirlo?

“¿Dónde están los hombres rebelándose contra el machismo que asesina mujeres? ¿Por qué callan y asumen la violencia como si fuera un suceso?”, grita desde las redes el feminista Octavio Salazar. Yo añado. ¿Y nosotros, los periodistas, dónde estamos?

 “Porque violentar a una mujer es fracturar el núcleo básico de la sociedad y, cuando nosotros tratamos el tema con tanta ligereza estamos poniéndonos del lado de los violentos y olvidando a las víctimas. Para los periodistas, la violencia contra las mujeres no es una noticia importante. Es un breve, un suceso. Los medios hemos cosificado a las mujeres. No podemos hablar de una primera ministra sin contar cómo viste, pareciese que vernos en bikini fuese noticia… Es absurdo. Debemos empezar a contar que las mujeres no somos un par de zapatos, unas medias ni un escote perfecto. Y por último, no hay una conciencia y un compromiso claro por parte de los periodistas (y no hablo de los medios) con las víctimas de la violencia para entender que esa mujer puede ser su hermana, su hija o ella misma. Cuando escribimos sobre ellas, las tratamos como a seres de segunda categoría, no nos ponemos en sus zapatos”, respondía Jineth Bedoya en Ethic.

Y luego dirán que somos feminazis. 

 

 

Periodistas enfadadas

Es un lujo que un grupo de jóvenes estudiantes de Periodismo convoquen una mesa sobre mujeres y periodismo. De eso trataba el I Congreso sobre el papel de las Mujeres en los medios, organizado por la asociación universitaria Eco, @ECOasoc ‏ hace una semana. Y sin querer, al entrar en arena, el tema nos enfadó, especialmente a dos de las ponentes que compartíamos mesa: la periodista Cristina Sánchez, directora del programa Países en conflicto, de RNE; y a quien esto escribe, reportera también y freelance.

¿Será posible que todavía, en el año 2017, se deba debatir que no estamos en los medios? ¿Será posible que todavía tengamos que repetir que estamos infra-representadas en las direcciones de los medios? ¿Será posible que todavía, cuando presentamos un tema de género, tengamos que justificar que los temas de mujeres no son los de un colectivo, son los de pongamos, un 51% de la humanidad? Sí, resulta cansino, pero es necesario seguir haciendo enrojecer a quien no lo vea. Y es que sigue haciendo falta hablar de feminismo y medios. Más que nada, porque como afirmaba acertadamente Javier Gallego hace poco, @carnecrudaradio, “el que no es feminista, es machista”.  ¿Pero sabe y conoce el lector el nombre de cinco corresponsales de guerra españolas?, preguntaba la reportera de la radio pública. El auditorio de estudiantes de periodismo, no. ¿Hombres? Unos cuantos, señalaba Cristina.

Más temas que salieron y por el que levantamos el tono de voz: la importancia de poner sobre el tapete el uso del lenguaje inclusivo, la necesidad de tratar a las víctimas de la violencia machista como si las hubiese asesinado el terrorismo etarra o yihadista, las estúpidas preguntas a las periodistas de cómo conciliamos…

La guerra y las mujeres 

Y es curioso, porque se va a las guerras, y como protagonistas, no estamos, aunque las suframos (en la retaguardia se muere y se sufre también). Una maravillosa excepción llena de mujeres, La guerra no tiene nombre de mujer, de Svetlana Alexíevich, periodista y Nobel de Literatura en 2015. En esta joya del reporterismo, la autora narra lo que podría ser una auténtica revancha del periodismo de las historias pequeñas y se fija en la historia de las mujeres rusas que vivieron la Segunda Guerra Mundial.  “No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra”. “Reflexiono sobre el sufrimiento, que es el grado superior de información”. “La historia de la guerra ha sido reemplazada por la Historia de la Victoria”.

¿Y como reporteras estamos? Se abre el debate y de la mano del libro de Carmen Valiña, El mundo árabo-islámico como ellas no lo contaron, planteamos cómo las grandes corresponsales españolas no han relatado los conflictos de un modo muy distinto al de sus colegas. “Es casi imposible distinguirlo del de sus colegas masculinos. Desde la adopción sistemática del punto de vista oficial en Occidente hasta la tendencia a ningunear a los seres de carne y hueso que viven en esa región, pasando por la confusión entre la religión musulmana y las acciones deleznables de algunos grupos que le hacen interpretaciones fundamentalistas, el género del informador parece influir muy poco”, señalaba Javier Valenzuela, @cibermonfien una reseña del libro. Y proseguía: “No han contado el formidable esfuerzo de millones de mujeres desde el Atlántico al Índico para ir accediendo a los estudios y los trabajos, ni sus nuevos planteamientos en la vida familiar, con voluntad de tener menos hijos y más presencia en la vida laboral, civil y política”. Cierto, falta ponerse las gafas violetas, desaprender: no se nace feminista, es un proceso que cuesta a todos, a nosotras y a ellos. Ahí, reclamamos profesionalidad. Más que nada porque no vemos el machismo. Para contar eso estaba invitada Ana Requena, quien  lleva las riendas del espacio micromachismos, en el eldiario.

Y para hablar de visión de género, salieron a escena las mujeres colombianas y su propuesta de paz, histórica por el peso y presencia que han tenido en los acuerdos, entre otras cosas porque se ha pensado que debían estar presentes. Y tras oírlas, sus sensatas propuestas: acceso a las tierras en igualdad de condiciones. Reforma del sistema rural; participación política; Cese al fuego bilateral. Dejación de armas y garantías de seguridad; solución al problema de las drogas ilícitas; víctimas. Sistema integral de Verdad, Justicia, Reparación y no Repetición e implementación, verificación y refrendación. Sensatez sobre el plato, de unas víctimas hasta ahora nunca oídas (tampoco por los medios). Aprendamos de ellas, por sentido común y por justicia, por representatividad. Porque entre otras cosas, está demostrado que la paz es más sostenible en el tiempo si en ella participan las mujeres. ¿Qué no es importante su paso? Démosle páginas a las mujeres, pintaremos un mundo, cuanto menos, diferente. FIN