Diana López Varela: “El sistema dice que si la economía va mal es por culpa de las mujeres”

Si no quiero tener hijos, ¿soy normal?, ¿existe una nueva mística de la maternidad?, ¿estamos esperando demasiado para ser madres? Son algunas de las preguntas que se responden en ‘Maternofobia’, un retrato de una generación enfrentada a la maternidad.

Su último libro, Maternofobia [editorial Península], es un compendio de derechos que arranca con uno de los más básicos, el derecho a que las madres puedan decidir ser madres o no. Cabe en las páginas de sociedad, sí, pero también en las “salmón”. Entre otras cosas, porque entra en una de las grandes mentiras: España no necesita de nuevos infantes para que se paguen nuestras pensiones. “España tiene más habitantes que nunca en toda su historia, al igual que el continente europeo; la superpoblación mundial amenaza el equilibrio ecosistémico y la falta de recursos naturales es un problema que aumenta cada vez que nuevos niños son lanzados al mundo”, afirma su autora, Diana López Varela.

En este volumen, y a partir de una amplia investigación y numerosas entrevistas, la guionista disecciona quiénes paren, cuándo y los muchos cuestionamientos a los que se enfrenta la mitad de la sociedad si no alumbra “cuando toca”. López Varela entra en las presiones reales ante el “reloj biológico”, en la idealización de la maternidad, en cómo la conciliación sigue recayendo en las mujeres o en las “NOMO (No Mother)”, las mujeres que deciden no ser madres, entre otros muchos asuntos.

Para hablar del derecho al aborto y de cómo se practica, de los pocos hijos que nacen en España, de sanidad, de conciliación y de la mística de la maternidad, entre otros temas, la escritora parte de datos. “Las mujeres españolas son las europeas que menos hijos tienen, muy lejos de la tasa de reemplazo con la que se supuestamente se apuntalará el sistema de pensiones, amenazado por la precariedad laboral y la baja natalidad. Además, son madres tardías: la media para el primer hijo ya se sitúa alrededor de los 32 años y muchas mayores de 35 todavía no los tienen. Mientras, y pese a todas las advertencias, amenazas y barreras a la libre elección, la fecundidad sigue estancada. Muchas mujeres en edad fértil nunca tendrán hijos, otras llegarán al límite biológico y entregarán su cuerpo a la ciencia en aras del nuevo negocio del siglo: la reproducción asistida”, reza la sinopsis del libro.

Antes de derechos, hablemos de economía, que parece que es un lenguaje que muchos entienden más. ¿Hace falta que seamos madres para que el mundo se sostenga?

Sí, yo siempre digo que esa es la gran mentira. O mejor, la gran estafa. Desde un punto de vista económico y sobre todo ecológico, sobran seres humanos en el Planeta. En España hay población suficiente. Desde que yo nací, en el año 1986, hay 10 millones más de personas. La población ha crecido en estos últimos 30 años, lo que pasa es que la pirámide no está compensada en cuanto en edades. No hay tantos niños, se van los jóvenes y se vive más. Lo preocupante es que se nos pide que tengamos hijos para mantener el sistema, cuando los que se supone que tendrán que aportar, los jóvenes, viven en precariedad absoluta, con el paro más grande de la Unión Europea. Es perverso. ¿Qué tengan más hijos para perpetuar la espiral de la pobreza? Al final, si la economía va mal, la culpa vuelve a ser de nosotras. No. Eso no.

Porque además, hay niños, pero es que la gente quiere a sus hijos con pedigrí. No valen los de otros; quizás por racismo, por xenofobia. No sé: se me escapan las razones.

Madres tardías, entre otras cosas, porque tener hijos acaba siendo un lujo. ¿El sistema podría soportar pagar a las mujeres por los cuidados?

Debería. El sistema debería pagar a las mujeres todo el trabajo que el Estado de bienestar se está ahorrando gracias a tenernos en casa a tiempo completo o duplicando jornada dentro y fuera del hogar.

Pero nos prefieren esclavas e invisibles. Porque está demostrado que si se pagara a las cuidadoras, esas mujeres contribuirían con sus impuestos a que la economía mejorase.

Sigue hablando de economía.

Sí. Me gustaría que este libro estuviese en las páginas de Economía. Igual que me querría que las mujeres estuviésemos en los sindicatos, que siguen copados por hombres y son el último reducto del machismo más rancio. Porque son ellos los que tienen que defender a las personas trabajadoras, también a las mujeres. Y aquí es clave que las mujeres nos asociemos y reclamemos nuestros derechos. Mira las Kellys.

Mientras, la palabra corresponsabilidad parece que sigue bastante lejos del vocabulario utilizado por empresarios, políticos y la sociedad en general.

Sí. Nosotras nos hemos incorporado a la universidad y al mercado laboral desde hace más de un siglo. A mí me gustaría que los hombres conquistasen el espacio doméstico. Porque cada vez que se habla de conciliar, se habla de que lo hagamos las mujeres.

Pero además de los hombres es una responsabilidad que debe recaer también en el Estado y en las empresas.

Claro, claro. De hecho el caso de Francia que yo recojo en el libro muestra cómo es el país de Europa con mayor índice de natalidad. Son las que tienen el mejor servicio de guarderías públicas de toda la Unión Europea. Alguna relación debe de tener el tema de las guarderías públicas desde los cero años con el incremento de la natalidad para que ellas puedan seguir trabajando con unos sueldos mucho mejores que las españolas y sin renunciar a su carrera profesional.

Entremos en grandes conceptos como el hedonismo o la libertad de quienes deciden ser o no madres. 

No quiero que se me malinterprete, pero yo creo que es al revés, que tener hijos es un acto puramente egoísta que genera placer a la persona que los tiene. A mí no me hace feliz que una desconocida tenga hijos, me hará feliz, si quiero tenerlos yo. Es más. Las personas que no tienen hijos suelen colaborar más con la comunidad porque tienen más tiempo. Los padres y las madres están absorbidos por la maternidad y paternidad.

Eso del egoísmo de quienes no son madres es una auténtica mamarrachada. ¿Egoísta con quién? ¿Con el tema de que mi hijo no va a pagar los impuestos? Pero si te estás ahorrando toda una vida en hospitales, educación y mil servicios. 
Yo creo que la maternidad, y esto es un lema feminista, será deseada o no será. Y, cuando lo es, hace feliz a la mujer que decide plena y libremente serlo. Única y exclusivamente.

¿Cómo se educa a las hijas para romper con los estereotipos de la maternidad?

El gran cambio vendrá cuando consigamos que ser madre sea una opción. También hace falta que los niños sean corresponsables en las tareas domésticas y que vean que los cuidados forman parte de la vida de los hombres.

Cuando se dice eso de hacer poner “los cuidados en el centro de la vida”, yo pregunto: “¿en el centro de quién?, ¿de la vida de las mujeres?”. La vida debe estar en el centro de la vida de todas las personas, hombres, mujeres, madres y no madres.

No preguntaré por un derecho legítimo como el del aborto, pero sí sobre el derecho a ser padres. Hablo de alquiler de úteros. 

No lo trato en el libro pero es algo en lo que estoy absolutamente en contra. Me parece espantoso y una traición de una parte del colectivo gay hacia las mujeres y hacia las feministas que hemos luchado mucho por los derechos LGTBI.

Me aterra pensar en unas personas que han decidido que pueden tener hijos alquilando el cuerpo de las mujeres como si fueran ganado. Me parece espantoso y me da mucho miedo que los nuevos gobiernos de derechas, conservadores para lo que quieren y muy pegaditos al capital, piensen en promocionar este tipo de prácticas desde clínicas privadas. Vete a saber en manos de quién puede estar la salud de esas mujeres, que al igual que en la prostitución, son las más pobres y vulnerables.

Dice que en ginecología y en obstetricia falta perspectiva de género, ¿a qué se refiere?

La violencia obstétrica es algo de lo que se empieza a hablar pero no lo suficiente. Por ejemplo, con el tema de la edad (tanto a la hora de posponer un embarazo como para interrumpirlo) sigue habiendo muchísimos juicios de valor hacia la decisión de las mujeres. Hay un cuestionamiento moral, porque al final, si te sometes a un aborto lleva implicado que has cometido un error y una carga de culpa.

Pero aparte, la falta de información con la que nos encontramos es otro tipo de violencia. También hay falta de perspectiva de género en la investigación. 

Si la anticoncepción recayese en los hombres, ¿viviríamos un panorama diferente?
¡Por supuesto! Creo que incluso se trataría distinto el tema del aborto desde la política y las leyes. Lo cierto es que se nos responsabiliza absolutamente de todo lo que pasa. Y luego, si queremos interrumpir un embarazo no deseado, se nos cuestiona. A las chicas les cae la responsabilidad de la anticoncepción y de las enfermedades sexuales enfrentándonos a veces a situaciones de violencia por parte de sus parejas. FIN

Entrevista publicada en https://www.publico.es/sociedad/maternofobia-sistema-dice-economia-mal-culpa-mujeres.html

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Periodistas enfadadas

Es un lujo que un grupo de jóvenes estudiantes de Periodismo convoquen una mesa sobre mujeres y periodismo. De eso trataba el I Congreso sobre el papel de las Mujeres en los medios, organizado por la asociación universitaria Eco, @ECOasoc ‏ hace una semana. Y sin querer, al entrar en arena, el tema nos enfadó, especialmente a dos de las ponentes que compartíamos mesa: la periodista Cristina Sánchez, directora del programa Países en conflicto, de RNE; y a quien esto escribe, reportera también y freelance.

¿Será posible que todavía, en el año 2017, se deba debatir que no estamos en los medios? ¿Será posible que todavía tengamos que repetir que estamos infra-representadas en las direcciones de los medios? ¿Será posible que todavía, cuando presentamos un tema de género, tengamos que justificar que los temas de mujeres no son los de un colectivo, son los de pongamos, un 51% de la humanidad? Sí, resulta cansino, pero es necesario seguir haciendo enrojecer a quien no lo vea. Y es que sigue haciendo falta hablar de feminismo y medios. Más que nada, porque como afirmaba acertadamente Javier Gallego hace poco, @carnecrudaradio, “el que no es feminista, es machista”.  ¿Pero sabe y conoce el lector el nombre de cinco corresponsales de guerra españolas?, preguntaba la reportera de la radio pública. El auditorio de estudiantes de periodismo, no. ¿Hombres? Unos cuantos, señalaba Cristina.

Más temas que salieron y por el que levantamos el tono de voz: la importancia de poner sobre el tapete el uso del lenguaje inclusivo, la necesidad de tratar a las víctimas de la violencia machista como si las hubiese asesinado el terrorismo etarra o yihadista, las estúpidas preguntas a las periodistas de cómo conciliamos…

La guerra y las mujeres 

Y es curioso, porque se va a las guerras, y como protagonistas, no estamos, aunque las suframos (en la retaguardia se muere y se sufre también). Una maravillosa excepción llena de mujeres, La guerra no tiene nombre de mujer, de Svetlana Alexíevich, periodista y Nobel de Literatura en 2015. En esta joya del reporterismo, la autora narra lo que podría ser una auténtica revancha del periodismo de las historias pequeñas y se fija en la historia de las mujeres rusas que vivieron la Segunda Guerra Mundial.  “No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra”. “Reflexiono sobre el sufrimiento, que es el grado superior de información”. “La historia de la guerra ha sido reemplazada por la Historia de la Victoria”.

¿Y como reporteras estamos? Se abre el debate y de la mano del libro de Carmen Valiña, El mundo árabo-islámico como ellas no lo contaron, planteamos cómo las grandes corresponsales españolas no han relatado los conflictos de un modo muy distinto al de sus colegas. “Es casi imposible distinguirlo del de sus colegas masculinos. Desde la adopción sistemática del punto de vista oficial en Occidente hasta la tendencia a ningunear a los seres de carne y hueso que viven en esa región, pasando por la confusión entre la religión musulmana y las acciones deleznables de algunos grupos que le hacen interpretaciones fundamentalistas, el género del informador parece influir muy poco”, señalaba Javier Valenzuela, @cibermonfien una reseña del libro. Y proseguía: “No han contado el formidable esfuerzo de millones de mujeres desde el Atlántico al Índico para ir accediendo a los estudios y los trabajos, ni sus nuevos planteamientos en la vida familiar, con voluntad de tener menos hijos y más presencia en la vida laboral, civil y política”. Cierto, falta ponerse las gafas violetas, desaprender: no se nace feminista, es un proceso que cuesta a todos, a nosotras y a ellos. Ahí, reclamamos profesionalidad. Más que nada porque no vemos el machismo. Para contar eso estaba invitada Ana Requena, quien  lleva las riendas del espacio micromachismos, en el eldiario.

Y para hablar de visión de género, salieron a escena las mujeres colombianas y su propuesta de paz, histórica por el peso y presencia que han tenido en los acuerdos, entre otras cosas porque se ha pensado que debían estar presentes. Y tras oírlas, sus sensatas propuestas: acceso a las tierras en igualdad de condiciones. Reforma del sistema rural; participación política; Cese al fuego bilateral. Dejación de armas y garantías de seguridad; solución al problema de las drogas ilícitas; víctimas. Sistema integral de Verdad, Justicia, Reparación y no Repetición e implementación, verificación y refrendación. Sensatez sobre el plato, de unas víctimas hasta ahora nunca oídas (tampoco por los medios). Aprendamos de ellas, por sentido común y por justicia, por representatividad. Porque entre otras cosas, está demostrado que la paz es más sostenible en el tiempo si en ella participan las mujeres. ¿Qué no es importante su paso? Démosle páginas a las mujeres, pintaremos un mundo, cuanto menos, diferente. FIN