Jineth Bedoya: “Que por primera vez Colombia vaya a ser juzgada por crímenes de violencia sexual es un triunfo”

Jineth Bedoya, subdirectora del diario ‘El Tiempo’, compagina su labor de reportera con el activismo y es hoy una de las caras internacionales contra la violencia sexual contra las mujeres.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH) juzgará al Estado de Colombia por el caso de la periodista colombiana Jineth Bedoya (Bogotá, 1974), secuestrada y violada hace 19 años cuando realizaba una investigación sobre el tráfico de armas en una cárcel de Bogotá.

Bedoya, subdirectora del diario El Tiempo, compagina su labor de reportera con el activismo y es hoy una de las caras internacionales contra la violencia sexual contra las mujeres. A pesar del horror que sufrió y de un posterior secuestro, sigue amenazada. Sus continuas denuncias la ponen en la diana y hoy vive y se mueve en su país con siete escoltas. Público habló con ella.

¿Qué supone que la Corte Interamericana de DDHH juzgue al Estado colombiano por su secuestro, torturas y violación?

Llegar a la Corte Interamericana para que el Estado colombiano sea juzgado por todo lo que me ocurrió el 25 de mayo del 2000 es un gran triunfo y es histórico para las mujeres en Colombia. Para las que hemos tenido que afrontar violencia sexual y para las mujeres periodistas que hemos vivido violencia de género ejerciendo nuestro trabajo en medio del conflicto armado.

Pero además es una luz muy grande de esperanza de que sí va a haber justicia y de que la verdad de no solo lo que me ocurrió a mí, sino lo que rodeaba en ese momento al país. Hablo de corrupción, del manejo por parte del narcotráfico, del paramilitarismo y de la guerrilla en una asociación ilegal con integrantes de la fuerza publica.

Es usted la primera víctima que lleva la violencia sexual en Colombia ante un Tribunal internacional.

“Soy la primera víctima que lleva la violencia sexual cometida en Colombia ante un tribunal internacional y esto es histórico”

Efectivamente soy la primera víctima que lleva la violencia sexual cometida en Colombia ante un tribunal internacional y esto es histórico. Por primera vez Colombia va a ser juzgada por crímenes de violencia sexual en el marco de un conflicto armado, un acto que es un crimen de guerra y de lesa humanidad. Y es importante porque en Colombia, el delito que más impunidad tiene es el de la violencia sexualdentro del conflicto armado, que llega al 98%. Se abre una puerta muy grande para se dé justicia en los tribunales internacionales.

¡Hablamos de unos hechos que ocurrieron hace casi 20 años! Sobre los que hay sentencia reciente para dos paramilitares, pero hay más… y mucha impunidad.

En mi caso hay tres personas que están condenadas de cerca de 27 que están mencionados en el proceso judicial. Los tres condenados son paramilitares. Son dos de los autores materiales y un tercero que permitió o facilitó que yo asistiera a una cita, una trampa, para que me secuestraran. Las dos últimas condenas salieron hace apenas dos meses.

Pero lo paradójico es que aunque están mencionados en el proceso, oficialmente, los actores intelectuales aún no han sido investigados ni judicializados. Y entre esos autores hay integrantes de la policía colombiana y del Ejército. Esa tal vez ha sido la mayor responsabilidad del Estado colombiano: no investigar esa línea.

El diario ‘Tiempo’ titulaba: “He sido la investigadora de mi propio crimen”. ¿A qué se refiere?

Cuando aseguró que yo he sido la investigadora de mi propio crimen es porque es así. Eso se lo manifesté en una carta a la Comisión Interamericana. Les decía que el Estado colombiano no tienen nada de lo que vanagloriarse ni atribuirse por haber logrado las únicas condenas que existen por el crimen del que fui víctima.

Yo fui la persona que durante estos 19 años recopiló todas las pruebas e hizo la investigación con el apoyo incansable de los abogados de la Fundación para la Libertad de prensa.

¿Ha sido la Justicia colombiana patriarcal con su caso? ¿Y con los casos de las otras tantas miles de mujeres víctimas de violencia sexual? 

Indudablemente sí. Sigo considerando que si no hubiese sido Jineth Bedoya, sino Pedro Pérez, a Pedro Pérez le habrían dado un tiro. A mí me tuvieron que torturar y violarme por el hecho de ser mujer, porque eso se sigue considerando como un escarmiento. Y en la Justicia no ha sido diferente: se manejó de una forma totalmente patriarcal. Tengo que mencionar los primeros años de investigación donde el propio fiscal argumentaba que si yo sabía que corría peligro yendo a hacer un trabajo periodístico a una cárcel, para qué lo hacía; que las mujeres no deberían hacer investigación a una cárcel. Se dijo que seguramente yo tenía alguna relación sentimental con algún guerrillero y que seguramente por eso habían organizado violarme. Se dijo que era muy difícil que todo lo que yo narraba de la violación pudiera ser cierto porque las mujeres en estado de emocionalidad perdemos el sentido y el raciocinio, y que por lo tanto no era tan creíble.

Y lo mismo durante las audiencias: se me revictimizó y me hicieron contar 12 veces mi violación, la última frente a mis verdugos.

¿Es posible dimensionar el número de mujeres que han sido víctimas de la violencia sexual durante la guerra en Colombia?

La Unidad de Víctimas dice tener 27.000 casos de violencia sexual registradospero mis investigaciones y las de otras organizaciones nos hablan de que pueden ser unas dos millones de mujeres violentadas sexualmente.

En mayo, el 25, se cumplirán 20 años de aquel crimen contra usted. Tengo entendido que quiere hacer ruido. ¿Qué está pensando?

Quiero sentar un precedente para la prensa internacional para las mujeres periodistas del mundo. Quiero organizar un acto de memoria que no se centre solo en Jineth Bedoya, sino en las mujeres periodistas de todo el mundo que tienen que afrontar su trabajo de una forma muy diferente a la de un hombre. Quiero hacer un homenaje a todas las mujeres corresponsales de guerra que han tenido que padecer abuso, acoso, violencia, estigmatización en medio de su trabajo. Porque eso fue lo que me ocurrió a mí. Es un día para recordarlas a todas. La violencia sexual es uno de los peores crímenes que existen en la humanidad.

Porque usted sigue con la campaña #NoEsHoraDeCallar para que las mujeres denuncien los abusos sexuales, ¿verdad?

Sí, porque cada vez que nos silenciamos, estamos beneficiando a nuestros verdugos; cada vez que guardamos silencio, le estamos dando el poder a quien nos violenta; cada vez que callamos frente a la violencia de género estamos empoderando a ese que nos hace daño. Hay que hablar. Levantar la voz, nos permite liberarnos y evitar que a alguien más le pase. Todos y todas tenemos que levantar la voz contra la violencia sexual. No denunciarla es ser cómplice de esa sedicia y esa barbarie que significa el abuso sexual. 

Publicado en https://www.publico.es/internacional/jineth-bedoya-primera-vez-colombia-juzgada-crimenes-violencia-sexual-triunfo.html

La sangrante paz de Colombia

«En tres semanas han atentado contra tres mujeres, tres mujeres que conocí este verano en Colombia». Ese fue el arranque de este artículo, un comentario a la directora de LA MAREA que rápidamente me pidió escribiese sobre el tema. Afortunadamente a ninguna de ellas la mataron, pero desde entonces, hace poco más de un mes, los asesinos varios que andan desangrando esa esquina de América han aniquilado a decenas de defensores y defensoras de los derechos humanos. Y estamos en paz. Y en Colombia no hay guerra. Y la mítica guerrilla de las FARC, la más antigua de América Latina entregó las armas hace ya dos años. Y los informativos no hablan de ello. 

Quizás los más avezados lectores hayan visto en Internet los gritos de un niño de 9 años este fin de semana. La criatura presenció cómo disparaban a su madre. En las imágenes, el pequeño golpea como un loco la puerta de su casa con el cadáver de su madre a unos metros. Aúlla, patalea y se desgarra ante el cuerpo sin vida tirado en el suelo de quien le crió. María del Pilar Hurtado, que así se llamaba, había sido declarada objetivo militar por los paramilitares. «Nosotros no estamos con rodeos. Nosotros vamos es matando y recuperando el control y si buscan que el pueblo se caliente, pues se calienta esta mierda. Le damos plazo hasta las 12 de la noche de hoy», rezaba uno de los panfletos que le enviaron un día antes de matarla. Se dirigían a ella como «gorda, hija e puta y mujer del cacharrero». No está claro si ella, dirigente social, desplazada de otras tierras por otros violentos, era defensora o no. Hay fuentes que apuntan que fue un error y dicen que estaba incluida en esa lista fatal por equivocación. 

Mayerlis Angarita durante el rodaje de Mujeres al frente.

Que acertasen o no es lo de menos: está muerta, como los 702 líderes sociales y 135 excombatientes que han sido asesinados según el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz) desde que se firmó el tratado de paz de la Habana. Repito el recuento, una cifra que seguramente estará desactualizada cuando lean estas líneas: 837 personas entre enero de 2016 y mayo de 2019. El gobierno colombiano entre esas dos fechas “solo» reconoce 281 homicidios de líderes sociales, otras fuentes oficiales como la Defensoría del Pueblo hablan de 462 asesinatos. 

Ya sea con un asesinato cada 24 o 48 horas, lo que está ocurriendo en Colombia es un asesinato sistemático, están matando el acuerdo de paz mientras que el Gobierno y gran parte de la sociedad civil mira para otro lado. Es molesto mancharse de barro; es incómodo acercarse a los territorios (o sea, a las tierras que los campesinos y campesinas defienden con su piel y su sangre, donde “estuvo” la guerra); es cansino y aburrido seguir hablando de armas, desplazados y veredas a las que no llegan ni los funcionarios, ni los hospitales ni las carreteras. Porque en ellas reinan a sus anchas los narcos de Sinaloa -en unos tiempos donde los cultivos de coca se multiplican-, las disidencias de las FARC, el ELN (otra de las míticas milicias del país que viendo los incumplimientos de las promesas Gobierno hacia el grupo armado resulta difícil creer que entreguen las armas), las bandas criminales y los paramilitares. 

«Estamos alarmados por el chocante número de activistas asesinados, acosados o amenazados en Colombia, y el hecho es que esta terrible tendencia parece empeorar», decía hace apenas unos días el portavoz de la Oficina de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Rupert Colville. Y por poner cara, esbozo un somero perfil de esas tres mujeres que sobreviven y que podrían haber engrosado esa interminable escabechina que no cesa y que se dirige claramente hacia quienes defienden la paz y sus territorios. 

Tiemblo al hacerlo porque se me mezclan con las palabras de otra defensora, la periodista Jineth Bedoya, contra quien los bestias también han atentado varias veces. Ella, que fue secuestrada dos veces, torturada y violada de forma masiva. Ella, que vive con siete guardaespaldas, este fin de semana en Acampa por la Paz, en Coruña, decía que no callará a pesar de que la siguen apuntando. De algún modo, espera las balas. Algo muy parecido repite Mayerlis Angarita, otra defensora, otra mujer que ha renunciado a una vida propia por defender un país donde no sea normal que las maten, desaparezcan, violenten o torturen, explica. Ella es una de las mujeres más perseguidas en la zona en la que vive, Montes de María, en el norte de Colombia. Cuestiona el sistema de arriba abajo: por eso la quieren tumbar. Angarita ha sobrevivido a varios atentados, el último hace apenas un mes cuando iba en el coche con su hija y su sobrino. Vive también custodiada y tanto a la reportera como a ella se les quiebra la voz cuando piensan que cada vez que hablan puede ser la última. “Resulta difícil de entender que sigamos, claro. De hecho me ofrecieron salir de Colombia, pero quiero cambiar las cosas desde aquí. Me criticaron, me dijeron que no pensaba en mis hijos. Pero es porque pienso en mis hijos que me quedo. Y si tú no haces nada, eres parte de la indiferencia que nos mata. Las balas no matan, mata la indiferencia”, afirmaba en el libro Mujeres al frente. “A nosotros nos vulneraron los derechos y nos los tienen que restablecer. No nos protegieron, ni nos dieron garantías para que esos grupos no nos tocaran. Es el mismo escenario de lo que está pasando ahora. Nos están matando sin que a nadie le importe. La diferencia con lo que viví empezando el milenio es que ya no pueden tapar el sol con un dedo”, escribía hace unos días en el suplemento Semana.  

Contra Francia Márquez también fallaron. La afrocolombiana ostenta el premio Goldman, considerado como el Nobel del Medioambiente y vive en el Cauca, una de las zonas más peligrosas del país y una auténtica «mina de oro», un vergel que ha quedado seco por la actividad ilegal minera que drena y contamina los ríos. Con ella estaba la activista Clemencia Carabalí cuando las dispararon la última vez. Las dos siguen en pie y dicen que cuando les usurparon todo (amigos asesinados, tierras y derechos), también les quitaron el miedo. «El atentado del cual fuimos víctimas líderes y lideresas, nos invita a continuar apostándole a lograr la paz en nuestros territorios, en el departamento del Cauca y en nuestro país. Ya está bueno de tanta sangre derramada», comentaba Márquez en twitter. 

Hartas de tanta guerra tienen claro que deben seguir. Deben ser las lecciones que les ha dado la vida en un mundo que no ha conocido la paz. Otra defensora, la campesina Nelly Velandia, también desplazada, también perseguida, también acosada apuntaba hace tiempo que la guerra les enseñó que no podían claudicar. Sigo escribiendo, pero según lo hago -alentada por su fuerza- vuelvo a temblar. Me llega al móvil una nueva advertencia contra Mayerlis Angarita. Es de ayer. Y en ellas, las Aguilas Negras (paramilitares) la ponen la primera en su lista de las personas a callar. “Ninguno de los anteriores se salvarán de nuestras órdenes como son torturar, secuestrar, desaparecer, mutilar, descuartizar como ejemplo para que otros dejen de abrir la boca”. Tras el último tiroteo que vivió el Gobierno dijo que eran ladrones. Señores gobernantes: ¿van a hacer algo? Porque no vale lamentar las muertas. No vale aterrarse ante las imágenes de un niño desconsolado. FIN

Publicado en La Marea https://www.lamarea.com/2019/06/27/la-sangrante-paz-de-colombia/

Si son ciclistas son escándalo. Si son mujeres, un suceso

Tres mujeres han sido asesinadas este fin de semana. Hoy, lunes, los principales diarios no sacan en sus portadas ninguna referencia. En el interior de sus páginas, sí, y en ellas, las muertas “han muerto” y no han sido asesinadas. Hay una enorme diferencia. Se muere de una forma transitiva, se muere por un accidente o una enfermedad. Pero asesinar es “matar a una persona con premeditación o con otra circunstancia agravante”, que es lo que ha ocurrido en estos tres casos, que no son los únicos y que se suman a una larga lista en lo que va de año. Y no nos inmutamos: los consideramos sucesos.

Porque la muerte -porque fue un terrible accidente perpetrado por una persona al volante de un coche- de los ciclistas hace apenas unas semanas alteró nuestro psique. Y no solo eso, también el de las autoridades, que desde el fatal episodio hablan, con todo el tino del mundo, de legislar de una forma diferente: se trata de evitar esos inútiles fallecimientos. ¿Y en cuanto a nosotras, las asesinadas de una forma no accidental? ¿Dónde están los medios, dónde los políticos, dónde el dinero  necesario para pensar en las políticas de prevención?, ¿dónde está el Pacto de Estado? Nos están asesinando. Somos más las asesinadas por violencia machista que por la violencia etarra. ¿Otra vez hay que decirlo?

“¿Dónde están los hombres rebelándose contra el machismo que asesina mujeres? ¿Por qué callan y asumen la violencia como si fuera un suceso?”, grita desde las redes el feminista Octavio Salazar. Yo añado. ¿Y nosotros, los periodistas, dónde estamos?

 “Porque violentar a una mujer es fracturar el núcleo básico de la sociedad y, cuando nosotros tratamos el tema con tanta ligereza estamos poniéndonos del lado de los violentos y olvidando a las víctimas. Para los periodistas, la violencia contra las mujeres no es una noticia importante. Es un breve, un suceso. Los medios hemos cosificado a las mujeres. No podemos hablar de una primera ministra sin contar cómo viste, pareciese que vernos en bikini fuese noticia… Es absurdo. Debemos empezar a contar que las mujeres no somos un par de zapatos, unas medias ni un escote perfecto. Y por último, no hay una conciencia y un compromiso claro por parte de los periodistas (y no hablo de los medios) con las víctimas de la violencia para entender que esa mujer puede ser su hermana, su hija o ella misma. Cuando escribimos sobre ellas, las tratamos como a seres de segunda categoría, no nos ponemos en sus zapatos”, respondía Jineth Bedoya en Ethic.

Y luego dirán que somos feminazis. 

 

 

“Lo más importante no es el perdón, es la verdad”: Jineth Bedoya

«Míreme bien la cara hijueputa; míremela porque no se le va a olvidar nunca», le espetaron a Jineth Bedoya (1974) los tres hombres que la violaron y la torturaron hace más de una década. No se imaginaban aquellos paramilitares colombianos el efecto bumerán que tendría su acción. Hoy, la periodista, nominada a Premio Nobel de la Paz y activista por los derechos humanos, no deja de encararse con quien haga falta para gritar que mientras ella habla una mujer siria está siendo violada en los campos de refugiados y diez casos de violencia contra mujeres caen en el olvido. Y aunque su caso fue declarado crimen de lesa humanidad, no está cerrado; hace apenas unos meses, la reportera tuvo que narrar por duodécima vez lo sucedido en el día de la violación ante sus verdugos y la Administración. «La justicia de este país me está obligando a revictimizarme, y el Tribunal Superior de Bogotá me ha obligado a que vuelva a contar mi violación. Esto no solo me pasa a mí, les pasa a muchas mujeres que, como yo, han sido víctimas», señalaba Bedoya, cabeza de la campaña ‘No es hora de callar’ .

No es su única batalla. Está también implicada en el proceso de paz: «La gente cree que nos arrodillamos ante las FARC. No. Les estamos diciendo: es hora de que digan la verdad, que reconozcan que violaron, que forzaron abortos, que utilizaban a las mujeres. Y si no lo hacen, iremos a los Tribunales Internacionales para que respondan. Así que tienen esa oportunidad. Yo no, no dejo de soñar», confiesa a Ethic.

Abanderas una campaña denominada ‘No es hora de callar’. ¿Es suficiente con hablar?

Hablar es un paso fundamental y hay que darlo para soltar parte del dolor que se lleva dentro. Porque crees que llevas una vida normal y no es cierto, llevas algo, sientes que te jala, que te va pesando y te arrastra. Hay que hablar. Y eso no significa siempre ir a la fiscalía o a la policía. Puedes hacerlo con alguien al que simplemente le verbalices: «Me está pasando esto». Es un paso definitivo para, después de lanzar ese primer grito, amarrar a esas primeras palabras toda una cadena de cosas que vienen detrás, como buscar un acompañamiento psicosocial o acudir a las autoridades para denunciar. Hablar es armarse de fuerza para decir: «No me equivoqué al abrir la boca. La culpable no soy yo. El culpable es quien me hizo el daño». Entonces, efectivamente, no es suficiente con hablar, pero sí es lo esencial.

Y el perdón de los verdugos ¿es suficiente? 

La palabra perdón se ha devaluado mucho. No sé cuántas veces me habrán preguntado a mí si yo lo había hecho. Y ahí pregunto: ¿qué significa dar perdón? Tras darle muchas vueltas, yo no he podido. Y no puedo hacerlo porque no tengo la libertad para llegar a mi casa tranquila y acostarme sin amenazas. Yo llego a mi casa sabiendo que al día siguiente me tengo que volver meter en un coche blindado, mover de una forma limitada, renunciar a disfrutar de unas vacaciones en mi país y vivir rodeada de escoltas. ¿Tú crees que así se puede perdonar? Pero sobre todo: ¿tú crees que se puede perdonar cuando no se sabe la verdad? Lo más importante no es el perdón; es la verdad. El perdón es el resultado final de un proceso, y no al revés. Antes de eso tiene que llegar la verdad.

A ti te revictimizaron. Se dijo que eras las amante de un guerrillero…

Todos los días me pasa y escucho frecuentemente que me lo merecí. Dos días después de mi secuestro, todavía en la clínica, me llamó un colega y me dijo que estaban contando que me habían violado porque era la amante de Yesid Arteta [miembro de las FARC en prisión cuando ocurrieron los hechos]. ¡Malnacidos! Ahora ya lo puedo digerir, pero a mí me quisieron deslegitimizar como mujer para justificar lo que me habían hecho. Y no, todo era inventado, pero si hubiera sido verdad, si yo hubiese sido la novia de ese guerrillero, eso jamás justificaría ninguno de los atropellos físicos y verbales que tuve que afrontar. Hoy ya se sabe que aquella mentira salió de la inteligencia militar. Montaron la historia, se la contaron a unos periodistas y ese rumor se convirtió en verdad para muchos. Durante muchos años me hizo mucho daño, porque se metieron con mi dignidad como persona. Pero hoy todo eso ya es anécdota y me parece muy válido hablar de ello para que no le pase a otra mujer. No se puede justificar una agresión por ser blanca, negra o salir con menganito.

¿Cómo diría que anda la Justicia colombiana de salud? 

En Colombia yo diría que la instituciones prácticamente no existen. Están, pero no actúan. Tenemos unas leyes avanzadísimas para las mujeres, contamos una normativa específica sobre feminicidio… pero, ¿cuántas veces se aplican? Y no me refiero al conflicto armado. Hablo de lo que ocurre a una mujer cuando llega a su casa y recibe diez puñaladas de su marido. Por eso, para mí, la Justicia en Colombia es inexistente, es paupérrima, es mediocre, no está comprometida: no existe. Eso en lo cotidiano, porque si nos vamos a lo que ha ocurrido durante la guerra hay que denunciar que ni siquiera hay unanimidad para investigar lo qué han vivido las mujeres en las zonas rurales.

Hay quien sostiene que estamos viviendo una guerra contra las mujeres.

Es que muchos hombres se sienten amenazados por los avances que las mujeres hemos logrado a nivel global en los últimos años. En la última década hemos vivido una especie de despertar para decir que nos estaban matando, fue como nuestra ‘primavera’. Y cuando hemos hecho oír nuestra voz, muchos nos llaman feminazis, locas y cuentan que les odiamos.

Hablemos de los medios de comunicación y su responsabilidad a la hora de contar la violencia de género. 

Creo que los medios de comunicación tenemos el 50 por ciento de responsabilidad en todos estos asesinatos, amenazas y golpes. Porque violentar a una mujer es fracturar el núcleo básico de la sociedad y, cuando nosotros tratamos el tema con tanta ligereza estamos poniéndonos del lado de los violentos y olvidando a las víctimas. Y digo esto porque, para los periodistas, la violencia contra las mujeres no es una noticia importante. Es un breve, un suceso. Los medios hemos cosificado a las mujeres. No podemos hablar de una primera ministra sin contar cómo viste, pareciese que vernos en bikini fuese noticia… Es absurdo. Debemos empezar a contar que las mujeres no somos un par de zapatos, unas medias ni un escote perfecto. Y por último, no hay una conciencia y un compromiso claro por parte de los periodistas (y no hablo de los medios) con las víctimas de la violencia para entender que esa mujer puede ser su hermana, su hija o ella misma. Cuando escribimos sobre ellas, las tratamos como a seres de segunda categoría, no nos ponemos en sus zapatos.

Como periodista, feminista, activista y directiva del diario Tiempo, ¿cómo vives ese tratamiento de los medios hacia la violencia contra las mujeres?

En Tiempo, en nuestra redacción hay una lucha muy fuerte. No con la directiva del periódico, que desde el primer día entendió que debíamos apropiarnos del tema. El problema está más en la redacción, donde hubo una lucha muy grande. Me ha costado siete años para que los hombres entiendan que este es un tema que es noticia y que debe tener un espacio en las páginas principales, más allá de si es 25 de noviembre u 8 de marzo. Las redacciones, como todas las organizaciones, están permeadas por el sistema patriarcal. Y mientras sigamos contando lo mismo, nos seguirán matando.

¿Dónde queda la objetividad?

En este activismo yo me arriesgo a implicarme sin ningún tipo de duda. ¡Estamos hablando de un tema que afecta directamente los derechos humanos! Y quien diga que el periodismo es objetivo es un gran mentiroso. Pero, además, cuando te pones a mirar cómo manejas el periodismo y el activismo en temas de violencia de género, siempre respondo que hacerlo de una forma profesional es completamente compatible. Porque yo entendí, desde mi posición, siendo víctima, siendo periodista, que sin los medios de comunicación no podemos transformar esta realidad. Y, lógicamente, cuando te sientas a escribir sobre un caso, claro que hay que tener cuatro dedos de frente para mirar porque de ese universo de mujeres que somos violentadas, siempre habrá un mínimo por ciento de casos (¿un dos?)  que son falsos y ahí no te puedes equivocar. Pero se trata de seguir los mismos parámetros del buen periodismo: comprobar, contrapreguntar, consultar todas las fuentes, tener una duda, tener mil. Siempre. No importa el caso. Eso no lo he perdido, no lo perderé y me ayuda a equilibrar ese activismo que dices.

Eres un referente público en Colombia, una bandera, una mujer valiente y un testimonio valiosísimo, pero eso tiene un precio personal: has renunciado a una vida normal. ¿Merece la pena?

Renuncié a una vida normal en tranquilidad, hijos, familia y duele, sí, pero hay cosas que pesan más en mi vida después de todos estos años. Decidí por voluntad propia convertirme en lo que soy hoy: una voz para llegar a las mujeres, y eso vale mas que todos los secuestros, amenazas, calumnias y todo lo que ha podido pasar. Duele, pero hay cosas que pesan más en mi vida después de todos estos años. FIN

Publicado originalmente en la revista Ethic.

#Yotecreo. Falsas son un 0,14 de las denuncias

Si te roban la cartera, no debes demostrarlo en comisaría. Basta decir que tus enseres desaparecieron y que no sabes más. Si te violan, sí. Te toca abrir las piernas, mostrar los morados y relatar cómo, cuándo y dónde. Sí, es normal, hay que demostrar todo delito, pero… , ¿qué creemos y qué no, quién lo hace, bajo qué criterios? Sí, es posible que las mujeres mientan ante un delito tan atroz, pero vayamos al dato, a la realidad: según la Fiscalía General del Estado, las denuncias falsas por violencia machista presentadas en 2015 en España son el 0,014% del total. De las 129.292 mujeres que acudieron a la Justicia el pasado año, solo 18 se han tramitado como falsas. En periodismo dicen que cuando tu madre te afirme que te quiere, no la creas, que la progenitora debe aportar pruebas para que la afirmación se dé como válida. Estas estadísticas deberían servir, cuanto menos, para escuchar a quienes denuncian agresiones, principalmente mujeres.

“Hace unos años, fui violada. El agresor, a quien yo conocía, era en ese momento en quien más confiaba. No denuncié inmediatamente; lo cierto es que me costó mucho contárselo a alguien. Primero guardé silencio, tratando de comprender yo sola cómo algo así podía estar ocurriendo. Lloré mucho, me castigué, traté de apartarlo de mi cabeza y, al final, un día, fue incontenible: acudí a dos amigas y les conté lo que pude. El resto, lo que no fui capaz de expresar en palabras, lo dibujé”, contaba en nombre de Ana, una mujer real, la Asociación de Mujeres de Guatemala. Lo han hecho bajo una campaña denominada Yo te creo. Es en su nombre y en el de todas y con esta iniciativa batallan contra la falta de credibilidad de las víctimas sexuales. Su objetivo: concienciar sobre la injusticia y la revictimización a la que se ven sometidas las mujeres agredidas y sobre cuya palabra recae la sospecha de forma constante. ¿Por qué dudamos más de ellas que de cuando tu compañero de oficina te dice que le han quitado la cartera? La campaña también pretende combatir los estereotipos sobre el consentimiento y sus límites en las relaciones sexuales. Porque lamentablemente para la prensa e instituciones pesa el “mito” de las denuncias falsas.

 “Creí en la justicia. Me equivoqué. El proceso fue devastador. Pasé por varios juristas y psicólogos que ni comprendieron ni creyeron mi historia, como tampoco la creyó la jueza del caso. Me acribillaron a preguntas que no buscaban esclarecer los hechos, sino convencerme de que era yo la culpable”, señala Ana en su relato. En su caso, la denuncia fue desestimada. Se alegó que es muy raro que una víctima de violación tenga estudios universitarios o acuda a manifestaciones contra la violencia machista. “Creer o no a las mujeres puede marcar el camino a la resilencia”, señala Mercedes Hernández, presidenta de la Asociación que ha lanzado la campaña.

La periodista Jineth Bedoya, víctima de violencia machista, y subdirectora del principal diario colombiano, El Tiempo, lo tiene claro: “Sí, cuando te sientas a escribir sobre un caso, claro que hay que tener cuatro dedos de frente para mirar y ser profesional. Porque lamentablemente, de ese universo de mujeres que somos violentadas, siempre habrá un dos por ciento de historias falsas y ahí no te puedes equivocar. Pero en el resto de los casos, hay que levantarse y gritar para hacer un especial de cuatro páginas, porque nos están matando y miramos para otro lado. Luego hay que seguir los mismos parámetros del periodismo bien hecho: comprobar, contrapreguntar, consultar todas las fuentes tener una duda, tener mil. Siempre. No importa el caso. Eso no le he perdido, no lo perderé y me ayuda a equilibrar mi activismo”, señala cómo fórmula para empezar a cambiar las cosas y que las mujeres no sufran una nueva revictimización, sean creídas y tratadas con la dignidad que merecen. FIN.

Jineth Bedoya, una valiente que no calla

“Míreme bien la cara hijueputa; míremela porque no se le va a olvidar nunca”, le espetaron a Jineth Bedoya los tres malnacidos que la violaron y la torturaron. No se imaginaban aquellos paramilitares colombianos el efecto bumerán que tendría su acción. Hoy, la periodista, nominada a Premio Nobel de la Paz y activista por los derechos humanos, no deja de encararse con quien haga falta para gritar #NoesHoradeCallar #bastaya #25N #niunamenos.

“Hace 16 años ese grupo de hombres creyó que me iban a callar. Quiero decirles que potenciaron mi voz, la voz de todas las mujeres del mundo que somos violadas”, señalaba estos días en España con ocasión del Día contra la violencia de género. Mientras transcurría el acto al que estaba invitada, “una mujer siria estaba siendo violada en los campos de refugiados y diez casos de violencia contra mujeres caerían en el olvido y la impunidad”, apuntó.

La violencia de género es una pandemia mundial, una enfermedad que nos está carcomiendo. Nuestro paso, el de las víctimas, es sobrevivir, levantar la cabeza y tener la firmeza de decirlo, ¿cuál es su compromiso?”, pregunta haciéndose gigante, ocupando cada vez más espacio en la sala, cada vez con más firmeza y con la severidad de un titán imparable. Quizás en ese momento esté recordando la cara de aquellos salvajes que un día cambiaron su vida y la convirtieron, a su pesar, en una bandera contra la violencia de género.

Un símbolo que no deja de invitar a las mujeres a un cambio. Y también a ellos, necesarios en esa contienda por la igualdad: “Necesitamos hombres que crean en las mujeres. Necesitamos hombres que crean que atacar a una mujer es atacarles a ellos”, afirma la reportera mientras asevera que ellas, las víctimas, no quieren seguir hablando entre ellas: “Hace falta que los medios, los poderosos, se atrevan a hacerlo y asumir su responsabilidad”.

Como periodista, Bedoya tiene otra invitación para sus compañeros de gremio, la de revisar el papel que juegan en la violencia de género. “Yo lo entendí a la fuerza. Quiénes escribimos contamos con los micrófonos de la radio y la imagen, somos responsables del 50% de la violencia”. Denuncia a la profesión por cosificar a la mujer, y de no ser profesionales a la hora de contar, por ejemplo, que el hogar es hoy el lugar más peligroso.

“Cada una, cada uno de ustedes piense cuál es su compromiso”, lanza. Bedoya no tiene frases gratis. Todas tocan, como de alguna forma todas hemos sido tocadas o violentadas (una de cada tres en Europa, según Naciones Unidas). “Podemos cambiar el mundo. Podemos cambiar el mundo de una mujer. Váyanse con esa reflexión”. Ella, no cabe duda, lo hace con una valentía y un coraje dignos de admiración.

Jineth Bedoya visitó España invitada por Oxfam Intermón, como una de sus avanzadoras, mujeres que empujan el mundo por una sociedad más justa e igualitaria. En el año 2000 recibió el Premio Internacional de Libertad de Prensa (Canadá) y en 2001 fue galardonada con el Premio a la Valentía en el Periodismo por la Fundación Women’s Media (EEUU). También se le dio el Premio al Coraje en el Periodismo internacional de la Escuela de Periodismo y Televisión de la Universidad de Kentucky (EEUU) y el Premio Reach all Women in War Anna Politkovskaya en 2016.

Publicado originalmente en el Blo de Mujeres El País, http://elpais.com/elpais/2016/11/28/mujeres/1480346746_724123.html