Diana López Varela: “El sistema dice que si la economía va mal es por culpa de las mujeres”

Si no quiero tener hijos, ¿soy normal?, ¿existe una nueva mística de la maternidad?, ¿estamos esperando demasiado para ser madres? Son algunas de las preguntas que se responden en ‘Maternofobia’, un retrato de una generación enfrentada a la maternidad.

Su último libro, Maternofobia [editorial Península], es un compendio de derechos que arranca con uno de los más básicos, el derecho a que las madres puedan decidir ser madres o no. Cabe en las páginas de sociedad, sí, pero también en las “salmón”. Entre otras cosas, porque entra en una de las grandes mentiras: España no necesita de nuevos infantes para que se paguen nuestras pensiones. “España tiene más habitantes que nunca en toda su historia, al igual que el continente europeo; la superpoblación mundial amenaza el equilibrio ecosistémico y la falta de recursos naturales es un problema que aumenta cada vez que nuevos niños son lanzados al mundo”, afirma su autora, Diana López Varela.

En este volumen, y a partir de una amplia investigación y numerosas entrevistas, la guionista disecciona quiénes paren, cuándo y los muchos cuestionamientos a los que se enfrenta la mitad de la sociedad si no alumbra “cuando toca”. López Varela entra en las presiones reales ante el “reloj biológico”, en la idealización de la maternidad, en cómo la conciliación sigue recayendo en las mujeres o en las “NOMO (No Mother)”, las mujeres que deciden no ser madres, entre otros muchos asuntos.

Para hablar del derecho al aborto y de cómo se practica, de los pocos hijos que nacen en España, de sanidad, de conciliación y de la mística de la maternidad, entre otros temas, la escritora parte de datos. “Las mujeres españolas son las europeas que menos hijos tienen, muy lejos de la tasa de reemplazo con la que se supuestamente se apuntalará el sistema de pensiones, amenazado por la precariedad laboral y la baja natalidad. Además, son madres tardías: la media para el primer hijo ya se sitúa alrededor de los 32 años y muchas mayores de 35 todavía no los tienen. Mientras, y pese a todas las advertencias, amenazas y barreras a la libre elección, la fecundidad sigue estancada. Muchas mujeres en edad fértil nunca tendrán hijos, otras llegarán al límite biológico y entregarán su cuerpo a la ciencia en aras del nuevo negocio del siglo: la reproducción asistida”, reza la sinopsis del libro.

Antes de derechos, hablemos de economía, que parece que es un lenguaje que muchos entienden más. ¿Hace falta que seamos madres para que el mundo se sostenga?

Sí, yo siempre digo que esa es la gran mentira. O mejor, la gran estafa. Desde un punto de vista económico y sobre todo ecológico, sobran seres humanos en el Planeta. En España hay población suficiente. Desde que yo nací, en el año 1986, hay 10 millones más de personas. La población ha crecido en estos últimos 30 años, lo que pasa es que la pirámide no está compensada en cuanto en edades. No hay tantos niños, se van los jóvenes y se vive más. Lo preocupante es que se nos pide que tengamos hijos para mantener el sistema, cuando los que se supone que tendrán que aportar, los jóvenes, viven en precariedad absoluta, con el paro más grande de la Unión Europea. Es perverso. ¿Qué tengan más hijos para perpetuar la espiral de la pobreza? Al final, si la economía va mal, la culpa vuelve a ser de nosotras. No. Eso no.

Porque además, hay niños, pero es que la gente quiere a sus hijos con pedigrí. No valen los de otros; quizás por racismo, por xenofobia. No sé: se me escapan las razones.

Madres tardías, entre otras cosas, porque tener hijos acaba siendo un lujo. ¿El sistema podría soportar pagar a las mujeres por los cuidados?

Debería. El sistema debería pagar a las mujeres todo el trabajo que el Estado de bienestar se está ahorrando gracias a tenernos en casa a tiempo completo o duplicando jornada dentro y fuera del hogar.

Pero nos prefieren esclavas e invisibles. Porque está demostrado que si se pagara a las cuidadoras, esas mujeres contribuirían con sus impuestos a que la economía mejorase.

Sigue hablando de economía.

Sí. Me gustaría que este libro estuviese en las páginas de Economía. Igual que me querría que las mujeres estuviésemos en los sindicatos, que siguen copados por hombres y son el último reducto del machismo más rancio. Porque son ellos los que tienen que defender a las personas trabajadoras, también a las mujeres. Y aquí es clave que las mujeres nos asociemos y reclamemos nuestros derechos. Mira las Kellys.

Mientras, la palabra corresponsabilidad parece que sigue bastante lejos del vocabulario utilizado por empresarios, políticos y la sociedad en general.

Sí. Nosotras nos hemos incorporado a la universidad y al mercado laboral desde hace más de un siglo. A mí me gustaría que los hombres conquistasen el espacio doméstico. Porque cada vez que se habla de conciliar, se habla de que lo hagamos las mujeres.

Pero además de los hombres es una responsabilidad que debe recaer también en el Estado y en las empresas.

Claro, claro. De hecho el caso de Francia que yo recojo en el libro muestra cómo es el país de Europa con mayor índice de natalidad. Son las que tienen el mejor servicio de guarderías públicas de toda la Unión Europea. Alguna relación debe de tener el tema de las guarderías públicas desde los cero años con el incremento de la natalidad para que ellas puedan seguir trabajando con unos sueldos mucho mejores que las españolas y sin renunciar a su carrera profesional.

Entremos en grandes conceptos como el hedonismo o la libertad de quienes deciden ser o no madres. 

No quiero que se me malinterprete, pero yo creo que es al revés, que tener hijos es un acto puramente egoísta que genera placer a la persona que los tiene. A mí no me hace feliz que una desconocida tenga hijos, me hará feliz, si quiero tenerlos yo. Es más. Las personas que no tienen hijos suelen colaborar más con la comunidad porque tienen más tiempo. Los padres y las madres están absorbidos por la maternidad y paternidad.

Eso del egoísmo de quienes no son madres es una auténtica mamarrachada. ¿Egoísta con quién? ¿Con el tema de que mi hijo no va a pagar los impuestos? Pero si te estás ahorrando toda una vida en hospitales, educación y mil servicios. 
Yo creo que la maternidad, y esto es un lema feminista, será deseada o no será. Y, cuando lo es, hace feliz a la mujer que decide plena y libremente serlo. Única y exclusivamente.

¿Cómo se educa a las hijas para romper con los estereotipos de la maternidad?

El gran cambio vendrá cuando consigamos que ser madre sea una opción. También hace falta que los niños sean corresponsables en las tareas domésticas y que vean que los cuidados forman parte de la vida de los hombres.

Cuando se dice eso de hacer poner “los cuidados en el centro de la vida”, yo pregunto: “¿en el centro de quién?, ¿de la vida de las mujeres?”. La vida debe estar en el centro de la vida de todas las personas, hombres, mujeres, madres y no madres.

No preguntaré por un derecho legítimo como el del aborto, pero sí sobre el derecho a ser padres. Hablo de alquiler de úteros. 

No lo trato en el libro pero es algo en lo que estoy absolutamente en contra. Me parece espantoso y una traición de una parte del colectivo gay hacia las mujeres y hacia las feministas que hemos luchado mucho por los derechos LGTBI.

Me aterra pensar en unas personas que han decidido que pueden tener hijos alquilando el cuerpo de las mujeres como si fueran ganado. Me parece espantoso y me da mucho miedo que los nuevos gobiernos de derechas, conservadores para lo que quieren y muy pegaditos al capital, piensen en promocionar este tipo de prácticas desde clínicas privadas. Vete a saber en manos de quién puede estar la salud de esas mujeres, que al igual que en la prostitución, son las más pobres y vulnerables.

Dice que en ginecología y en obstetricia falta perspectiva de género, ¿a qué se refiere?

La violencia obstétrica es algo de lo que se empieza a hablar pero no lo suficiente. Por ejemplo, con el tema de la edad (tanto a la hora de posponer un embarazo como para interrumpirlo) sigue habiendo muchísimos juicios de valor hacia la decisión de las mujeres. Hay un cuestionamiento moral, porque al final, si te sometes a un aborto lleva implicado que has cometido un error y una carga de culpa.

Pero aparte, la falta de información con la que nos encontramos es otro tipo de violencia. También hay falta de perspectiva de género en la investigación. 

Si la anticoncepción recayese en los hombres, ¿viviríamos un panorama diferente?
¡Por supuesto! Creo que incluso se trataría distinto el tema del aborto desde la política y las leyes. Lo cierto es que se nos responsabiliza absolutamente de todo lo que pasa. Y luego, si queremos interrumpir un embarazo no deseado, se nos cuestiona. A las chicas les cae la responsabilidad de la anticoncepción y de las enfermedades sexuales enfrentándonos a veces a situaciones de violencia por parte de sus parejas. FIN

Entrevista publicada en https://www.publico.es/sociedad/maternofobia-sistema-dice-economia-mal-culpa-mujeres.html

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Alba Sotorra: “Para vivir de verdad hay que arriesgarse”

A finales de marzo, ISIS perdía su último baluarte en Siria, lo que supone el fin del autodenominado califato que el grupo terrorista declaró en 2014, aunque aún quedan miles de yihadistas y células durmientes activas en las regiones bajo el control de las Fuerzas Democráticas Sirias, compuestas en su mayor parte por milicias kurdas. En ‘Comandante Arian’, la cineasta Alba Sotorra se sumerge en la vida de una de esas unidades militares integrada solo por mujeres.

Alba Sotorra (Reus, 1980) dirige y produce películas y les pone su piel, si es necesario. No es retórica. Para filmar Comandante Arian, su último documental, entró en Siria en plena guerra sola y de forma ilegal. Hizo lo que no osan hacer más que algunos periodistas a los que se tacha de locos y, cámara en mano, se puso en primera línea de fuego para contar la vida de una unidad militar compuesta exclusivamente por mujeres. Las soldados que ella retrató en Comandante Arian luchan contra el ISIS. Lo hacen para defender sus tierras y sus libertades como mujeres.

Sotorra, que ha estrenado este trabajo en los festivales más importantes del mundo, ya había estado antes en la guerra. En Afganistán rodó Game over, una cinta que ganó un Gaudí como mejor documental. Pero esa es otra historia, ahora hablamos de esta cinta sobre un batallón mujeres guerreras que está construida como un flashback. Su protagonista, la comandante Arian, se recupera de heridas recibidas en combate mientras recuerda cómo es la guerra y en qué consiste su lucha contra el fundamentalismo. Para esta bárbara y real historia en la que hizo de cámara, sonidista, productora y guionista, necesitó viajar tres veces al país durante dos años. Aprendió kurdo y vivió la muerte de una amiga, la brigadista internacional Ann Campbell. A ella le dedica una cinta por la que se ha jugado la vida. ¿Merece la pena?, le preguntamos. “Claro. Lo volvería a hacer”, afirma con voz suave y sin dudarlo.

Pero ¿dónde está el límite?

Soy muy optimista y siempre pienso que a mí no me va a pasar nada. Me da fuerza esa sensación de inmortalidad que tengo. Sé que he asumido riesgos, pero para vivir de verdad hay que arriesgarse. Y no solo para traer una historia como esta y cumplir con tu responsabilidad de documentalista y tus ideales como feminista. En los tres viajes que hice sentí casi siempre que, de alguna forma, tenía el control: sabía cuánto me arriesgaba. Porque cuando estás en el frente y hay un ataque, casi siempre hay una posibilidad de salida. Y en esos casos, ellas siempre me preguntaban si quería seguir. No obstante, viví también varios ataques aéreos y ahí la situación es totalmente distinta, estás a expensas de otros. Es exasperante. En una de esas ocasiones, tiré la toalla y decidí que me iba, aunque luego no lo hice. Pero, en resumen, creo que en la mayoría de las situaciones tuve el control de lo que pasaba. Y eso hace que todo sea más soportable.

Perdón, insisto. Hablas de tu responsabilidad como documentalista, ¿pero una historia merece la vida?

Es que es la historia de un grupo de mujeres que están dando su vida por cambiar las cosas y lo hacen no solo por ellas, sino también por el futuro de generaciones de mujeres. Ante eso yo no puedo quedarme indiferente, no puedo no tomar partido. Obviamente mi forma de hacerlo no es con una kalashnikov, es con mi cámara. Ellas son las que arriesgan. Al final esto es como una lotería y yo no estoy comprando tantos números como para que me toque. Sería muy mala suerte. Fíjate, en mi segundo viaje, que fue también el más duro en el frente, cuando salí de Siria y crucé a Turquía arriesgué mucho más por una tontería. Estaba tan excitada por dejar la zona de conflicto que al primer taxista que cogí le dije que me llevase a beber cerveza. Llevaba dos meses sin tomarme una caña y nos emborrachamos los dos en el coche dando vueltas por no sé dónde. Eso sí que fue insensato. Hay riesgos tontos como ese y otros, como los que asumí por filmar esta película, que tienen una razón detrás.

Dentro del feminismo habrá mujeres que digan que armarse, ir al frente y disparar no el camino. ¿Qué opinas de eso?

Creo que ese es un discurso muy fácil. Sobre todo desde nuestras sociedades, donde tenemos ejércitos y policías que hacen ese trabajo de seguridad. ¡Hasta los militares aquí dicen que son antimilitaristas! Me parece muy interesante que la película se vea en Occidente y se conozca la perspectiva de estas mujeres en el frente. Ellas forman parte de una organización militar que no tiene nada que ver con un ejército convencional, patriarcal y vertical pensado para preservar los intereses de los estados. Las YPJ, Unidades de Defensa de las Mujeres, son una institución militar que se ha formado para defender la integridad física de las mujeres en un contexto de violencia extrema. Se defienden de los abusos de los grupos integristas radicales que estaban acabando con ellas. Ese es el primer derecho de las personas. Pero no solo eso, defienden sus derechos en todos los ámbitos. Y en un territorio en el que no hay ninguna institución que vele por sus intereses, necesitan organizarse. Yo no defiendo la guerra, pero ¿cómo te defiendes en un contexto de guerra y de violencia extrema si no te armas? Es muy fácil decir desde Occidente: “Estoy en contra de la violencia y las guerras”. Pero aquí existe la fuerza del Estado.

¿Sería muy distinto este documental si lo hubiese filmado un hombre?

La mirada de cada persona siempre es distinta. La mía es de mujer y feminista. Y esa última sin duda la puede tener también un hombre, pero ellos jamás habrían podido acceder a la intimidad que yo he filmado. La cámara duerme y se despierta con ellas, las acompaña al baño, les cura las heridas, las peina, las ducha.

¿Entendemos desde Occidente la lucha de las mujeres de Oriente Medio?

Cada vez hay más comprensión. Porque al final el objetivo de todos los feminismos es acabar con toda forma de opresión contra las mujeres por raza, etnia, religión o lo que sea. Es un frente común, pero desgraciadamente existen muchas distancias en las formas y en las prioridades. Al venir de contextos culturales muy distintos y de situaciones vitales diferentes, nuestras prioridades no son las mismas. Yo creo que por eso a veces no nos entendemos bien.

Las YPJ son una unidad militar. ¿Son menos jerárquicas y patriarcales que un ejército?

No puede ser patriarcal porque no hay hombres. En todo caso sería matriarcal. En cuanto a la organización, es una estructura menos vertical que la de un ejército convencional. Obviamente hay cargos de comandancia, lo que tiene que ver con las responsabilidades, no con privilegios. Hay combatientes, las más veteranas casi siempre, que asumen el liderazgo, aunque muchas decisiones se toman de forma asamblearia. Se discute mucho todo lo que se va haciendo pero por operativa y eficiencia en el momento de batalla hay unas líderes que ordenan y mandan.

“La resistencia se encuentra en el espíritu de una mujer libre”, reza uno de los lemas del YPJ.

Es una de sus máximas. Parten de la idea de que para que una mujer sea libre debe mantener una resistencia constante.

¿Cómo llegan ellas a ese principio?

Toda esa región, todos esos pueblos del Kurdistán que han vivido oprimidos han ido durante años encontrando espacios de disidencia en los que se juntaban para protestar y plantearse nuevas formas posibles de convivencia.

Generaban pensamiento. Y cuando las mujeres entraron a formar parte de esos grupos de resistencia, empezaron a leer, a despertar y a ser conscientes de sus derechos. Se dieron cuenta de que también dentro de esos espacios a los que se habían unido para cambiar el mundo con sus compañeros revolucionarios sufrían las mismas desigualdades y presiones machistas que fuera. Entonces empezaron a preguntarse qué sentido tenía intentar cambiar el mundo junto a unos hombres que no las respetaban. Así fue cómo ellas empezaron a organizarse.

¿Son madres? Porque no recuerdo ninguna referencia en el documental a la maternidad. Además, el sexo está prohibido en las YPJ.

No. Las que yo filmé no lo son. Cuando las YPJ se forman en el 2012, las mujeres que entran a formar parte de la unidad pueden decidir en qué grado se comprometen. Hay un tipo de servicio que es como un voto; para siempre. Y si lo tomas, te das en cuerpo y alma y renuncias a tener vida privada. La entregas para trabajar por tu pueblo y por las mujeres. Por eso, ellas (y ellos en otras unidades) no tienen vida privada y no pueden tener ni propiedades, ni familia, ni nada. Tenerlas sería una forma de combatir con intereses contradictorios a la causa. No obstante, se puede ser parte de la organización y no comprometerse así. Puedes ser una soldado con tiempo libre para ir a casa y compaginar esa vida con las tareas del hogar. Lo que pasa es que por un tema cultural resulta muy raro que hagan ambas cosas. A pesar de los cambios radicales que se han producido y de que ya no se casan con 14 años, el rol de la mujer, si se queda en casa, es el de cuidar a su familia. Aunque podrían, creo que no hay casos de mujeres de las YPJ que tengan hijos. La sociedad no está preparada para eso.

Es otra renuncia.

Sí, claro. El sacrificio de estas mujeres, su lucha contra el Estado Islámico, contra su sociedad para intentar cambiarla y contra sí mismas es bestial. Tienen que dejar atrás todo lo que les han enseñado. Tienen, por así decirlo, que reformartearse. Por otro lado, la sensación de muchas de estas chicas, que llegan jovencísimas, con el corazón lleno de esperanza y la ilusión de que ellas son ese motor que va a cambiar la sociedad, es muy potente. Esas jóvenes, antes de incorporarse a filas, sentían que no eran nada ni nadie y cuando llegan a las YPJ todo cambia. Era alucinante ver cómo les ordenaban que se sentaran y se callasen a esos fundamentalistas que antes las secuestraban con 12 años en sus aldeas, las violaban y no les permitían ir al colegio. Las veías fuertes, empoderadas, arrestándoles y diciéndoles, llenas de dignidad: “Esto no lo toleramos más”. En el proceso han perdido amigas, muchas vidas.

¿Cómo llegaste a Siria, cómo fue esa entrada ilegal?

Corriendo… Al menos la primera vez que crucé la frontera desde Turquía. Quería entrar en Kobane, una ciudad siria asediada por el Estado Islámico, y lo hice desde un pueblito turco, con la ayuda de gente kurda. Yo iba con una maleta enorme y de repente vi que discutían sobre mi equipaje. Yo pensaba que era porque la maleta era demasiado grande, que no cabría en el coche, pero no, el problema era el peso. Pregunté si íbamos a caminar y me respondieron que no, que íbamos a correr. No me quedó otra: cogí la cámara y el trípode, metí unas cuantas bragas dentro y dejé la maleta. ¡Iba vestida con falda larga y zapatos! La situación era tan absurda, tenía tan poca idea de a dónde iba que no me dio tiempo a sentir miedo. Fui consciente realmente del horror de la guerra horas después, cuando ya estaba en Kobane, que era un sitio lleno de escombros, totalmente derruido. Ahí fue cuando me entró el pánico.

¿Te tuviste que formar? ¿Cómo te incorporas a primera fila de combate?

No recibí ninguna instrucción especial. Sí me dieron un uniforme. Su ropa era mejor que mis tejanos y camisas, por los bolsillos, los colores, por todo. Te cuento una anécdota que demuestra lo poco que sabía moverme allí. Cuando nos íbamos a dormir, a la intemperie, en los áticos y los tejados, se ponía una alfombra sobre la que todas nos acostábamos. Por encima nos cubríamos con mantas. Ellas dormían vestidas con el uniforme. Pero yo los primeros días me ponía cómoda. La cuarta noche hubo un ataque y tuvimos que salir corriendo. Yo salí con la cámara sin baterías y sin nada. No estaba preparada. No me pasó nada, pero me di cuenta de que estaba en chanclas, con ropa que no era de combate, sin el equipo listo para filmar… A partir de eso empecé a dormir con uniforme, con las baterías en los bolsillos y la cámara preparada. Ellas con su kalasknikov; yo con mi cámara.

De la película asombra todo, pero un aspecto que sobrecoge es el sonido. ¿Cómo lo hiciste?

Era una mujer orquesta: hacía de cámara, de sonido, de productora. Tenía a la comandante microfonada con un direccional muy bueno y una grabadora con la que registraba todo. Y como tenía todo el tiempo del mundo me dediqué a grabar aviones, el sonido del combate, balas, explosiones…

El amor de Francesca, tu próximo proyecto, es un documental sobre una mujer de 63 años de Barcelona que indaga sobre el amor.¿Es esa otra guerra olvidada, la de las mujeres mayores?

Para mí, como mujer, es muy importante entender y explorar lo que han significado aquí las pioneras, las que rompieron con lo que se suponía que era ser mujer. Para nosotras es más fácil, porque nadie nos cuestionó nada. Pero Francesca, como tantas mujeres, se ha enfrentado a todas las convenciones. No siguió el camino que se esperaba de ella por dónde nació y por ser mujer. Ella, que es artista, viene de una familia burguesa acomodada. Se casó, se separó enseguida y después tuvo un hijo con un hombre que no pertenecía a esa clase y ahora está sola, explorando las relaciones desde un lugar que no es el que se le supone. Es muy interesante, es la historia de alguien que se construye y reconstruye según quiere y no según el paradigma que le tocó.

Qué contraste: de la guerra y las carreras, al amor y a la reflexión sobre lo que quiere tu protagonista.

Sí, y a rodar en casa, en Barcelona. Lo necesitaba. Francesca y yo somos compañeras de piso. Necesitaba estar con mis amigas. Tras la guerra, quería mirar a la gente que conozco bien, a una red más próxima. Pero el lunes hago un paréntesis y me voy a Siria otra vez.

¿Otro proyecto en Siria?

Sí, vuelvo a un campo de detención donde hay viudas del Daesh. En ese campo hay más de cien mujeres occidentales, algunas en una especie de limbo legal, algunas con los hijos que han tenido con los combatientes, con los fundamentalistas. Están atrapadas, y no tienen ningún recurso para salir de allí. Hacen llamamientos a sus países de origen, pero no les responden. Al principio no tenía claro si me apetecía hablar con esas mujeres: no sabía si podría sentir simpatía por ellas. Pero luego estuve investigando, oyendo sus historias y han vivido unas situaciones de violencia atroz. Han pasado por situaciones inimaginables. Y a la pregunta de si nos merecemos una segunda oportunidad, si es posible volver a empezar, yo digo que sí. Ese campo está custodiado por las mujeres del YPJ, que creen que la educación puede cambiar el mundo. Quieren montar un taller feminista y yo quiero seguirlo y ver qué ocurre. Voy un par de meses. Cuento con todos los permisos y complicidades; me falta convencer a cinco de esas mujeres para que participen de una forma sincera.

Isabel de Ocampo: “Los puteros no buscan sexo, buscan un espacio donde no existe la igualdad”

‘Serás hombre’, una película que cuestiona la masculinidad de los hombres, parte de la historia real de un proxeneta y un hijo de una prostituta.

SERÁS HOMBRE (YOU WILL BE A MAN), Documental de Isabel de Ocampo
Fotograma del documental de Isabel de Ocampo ‘Serás hombre’.

Con el debate en la calle sobre la abolición de la prostitución se estrena Serás hombre, de la directora y documentalista Isabel de Ocampo, un film que pregunta a los hombres qué es ser hombre hoy y cómo se construye la masculinidad. Para narrarlo, la cineasta parte de dos personajes reales: Rafa, un ex proxeneta arrepentido que cuenta cómo en su negocio las mujeres son simplemente billetes; y Abel, el hijo de una prostituta. Junto a ellos aparecen los testimonios de un electo de hombres feministas que hablan de las cartas que el sistema les ha dado a ellos en temas como el sexo, la economía o la educación.

La entrevistada, que a voz en grito tiene a los “vecinos” de la cafetería alarmados de tanto hablar de puteros, hijo de puteros (que no de putas), erecciones, sexo y pornografía, se olvida de la periodista y en diversas ocasiones se dirige directamente a los hombres, para que se enteren, pareciese. 

¿Qué es ser hombre hoy?

Uy, esa es una pregunta para la que yo no tengo respuesta. ¡Que se lo pregunten ellos! Yo soy mujer y con eso tengo bastante. Lo que sí puedo decir es que el concepto de hombre, tal y como lo entendemos hoy, está viviendo un momento apasionante, un gran reto al mismo tiempo.

Es la primera vez en la historia que “ser hombre” se empieza a entender de forma singular: estamos nosotras, las mujeres. Ellos pueden poner la excusa de que no saben, pero no vale: el feminismo lleva tres siglos cuestionando el estatus quo. O sea: ¡lLeváis tres siglos desubicados! Los hombres deben sentarse, mirarse ante el espejo y contestarse a la pregunta.

Yo creo que ser hombre hoy es aceptar con humildad que no eres el centro del mundo y que no eres superior a nadie. Y ligado a la forma tradicional de entender ser hombre está el patriarcado, la forma de pensar que nos ha modelado y que ha considerado que ellos eran superiores al resto. Todo eso se está derrumbando: hay que empezar a bajarles del pedestal donde les encumbraron las religiones monoteístas, el patriarcado y el machismo. Por eso digo que vivimos un momento apasionante de cambio, algo que no les va a hacer gracia a quienes están instalados en esa forma de pensar y en esos privilegios. Pero la evolución es así. 

Habrá gente que dirá que faltan mujeres en tu documental. ¿Por qué no están ellas, las siempre olvidadas y silenciadas?

Por dos motivos. La primera es que quería conectar con los hombres, sobre todo con los machistas. Si para un machista la voz de autoridad es un hombre, pensé: “No te preocupes, los tendrás”.Y dos, creo que es hora de que sean ellos los que hablen.

No obstante, en mis agradecimientos están todas las feministas que han escrito cantidad de libros en los que me he inspirado. 

Pero a eso se te podría rebatir con que ellos llevan hablando toda la vida.

Sí, pero de mujeres. No hablan de sí mismos desde una visión de genero. Hablan de hombres porque tienen mucho narcisismo y porque la educación les ha permitido que sean el centro del universo. Pero lo que deben hacer es pensarse desde la autocrítica.

En la película tocas uno de los temas que más ruido está haciendo hoy entre las feministas: el abolicionismo.

Mira, ese es un asunto donde creo que hay que empezar a plantear nuevas preguntas. Dejemos a las mujeres en paz, por favor y pensemos: ¿por qué los hombres necesitan pagar para mantener una relación sexual? ¿Qué está pasando por sus cabezas? ¿Por qué pagas por algo que el resto de las mujeres te ofrecemos gratis? Esas son las cuestiones que la sociedad debe hacer a los puteros.

¿Y tú qué respondes a eso?

Yo digo que el sexo es una excusa. Yo sostengo, como dice Beatriz Gimeno, que lo que buscan ellos es un espacio donde no haya igualdad, un lugar en que las mujeres no están a su mismo nivel. Una relación sexual con una mujer [no prostituida] implica consenso, ponerse de tú a tú.

Denuncias a los gobiernos y Estados como parte implicada en el negocio.

Totalmente. Y además, el proxeneta lo cuenta muy bien cuando dice: “El Estado es socio mío”. Es la sociedad la que debe empezar a poner luz sobre esos cimientos que están ocultos: qué gana el Estado con el negocio de la prostitución. Mira, yo fui a un colegio de monjas toda la vida. Me he pasado toda mi vida rezando por la paz y me siento estafada porque la guerra interesa: es rentable. Pasa lo mismo con la prostitución: es un gran negocio, pero no solo para el Estado, sino para todas las instituciones legales que hay alrededor, por no hablar de las actividades ilícitas. En el momento que un burdel aparece en un pueblo, gana la peluquera, a donde van ellas; el taxista; el vendedor de joyas; el de productos informáticos… En esto pasa como con la armas: o lo paramos en seco o el lobby de la prostitución lo inundará todo y no habrá marcha atrás. Y ojo, que yo, desde mi postura abolicionista no tengo nada en contra de las mujeres que ejercen la prostitución.

También abordas la identidad de genero de las trans.

Claro, y cuentan algo tan básico como que la identidad de género y el sexo están en la cabeza.

Existe una idea falsa sobre la sexualidad masculina que dice que necesita ser satisfecha porque sino, los pobres hombres, enferman. Y no, se ha demostrado científicamente que un hombre en erección es capaz de resolver un problema matemático complejo o arreglar el motor de un coche. Es mentira que dejen de pensar y que lo hagan con la polla. Seguir contando esa historia resulta muy rentable: la industria del sexo es ingente en sus beneficios y necesita transmitir la idea de que los hombres necesitan sexo, porno, prostitución. Es mentira, ¡os están tomando el pelo, hombres!

Pero volviendo a los trans, lo que me interesaba de ellos es que yo creo que son personas muy privilegiadas porque han estado en los dos lugares del genero. Son capaces de haberse sentido mujer y haberse sentido hombres. Me parece que son como chamanes, gente que nos podría dar información muy valiosa para mejorar como personas. 

Abel en la película intenta poner cara a su padre, un putero. ¿Qué caras le pondrías tú a los puteros de hoy?

Pues es fácil: mira a tu alrededor. Sal fuera, entra en un puticlub y tendrás la respuesta: hombres con corbata, con gafitas, gente con mucho nivel social y cultural que prefiere dejarse llevar por el privilegio que les da la idea de poder hacer con una mujer lo que le permitan sus sus 70 o 100 euros. El putero es muchísimo más común de lo que pensamos.

Yo animo a dos cosas: a las mujeres les digo que pregunten a los hombres a su alrededor si han ido de putas; se sorprenderán. Y dos, y eso va dirigido a todas las personas que están a favor de la legalización. A ellas les pido que vayan a los prostíbulos y, cuando no les dejen entrar, se pregunten por qué. Si vamos a legalizar esa actividad, vayamos como mujeres a visitar en masa a los puticlubs para saber qué se cuece ahí dentro. Dentro, la realidad habla de niñas encorvadas, jóvenes contra la pared, muy lejos todo de esas imágenes bellas y estilizadas del cine y la publicidad. Cuando se vea la sordidez de ese negocio, podremos hablar de si legalizar la prostitución. 

Educación, sexo y pornografía también están en ‘Serás hombre’.

Sí y es bastante sintomático que la película haya sido catalogada para mayores de 12 años. Existe una preocupación desde las instituciones porque la pornografía llega a los móviles de los jóvenes antes de que se hayan dado un beso. Y ahí de nuevo los chicos están accediendo a contenidos de violencia, se erotiza la violencia contra la mujer y el sexo se convierte en humillación.

¿Qué estáis haciendo, hombres? ¡Estáis consumiendo sexo basura! La pornografía les da una idea de sexo falsa. Y eso tiene también consecuencias para ellos que de repente piensan que pueden tener erecciones de 45 minutos. Y claro, toca explicarles que las películas porno son mentira, que ha habido cortes, elipsis, intervenciones de guionistas…

¿Rafa, el proxeneta, es también una víctima?

Mucha gente me reprocha que Rafa, al final, cae bien. Lo que yo contesto es: “Y tú, ¿cómo te crees que el mal opera en la sociedad? Rafa entra en el mal por el dinero fácil; no hay más. Y solo ha salido de ese mundo cuando ha encontrado un poco de infraestructura. Él también decía que yo era la primera persona que conocía que estuviese fuera del círculo de la prostitución, yo, en sus 52 años de vida. Rafa eligió y prefirió estar del otro lado, pero es un producto de una época histórica en la que había hambre, él es un chaval de hospicio que sale a los 16 años de allí y empieza como portero de un prostíbulo. No obstante, él también reconoce que no se arrepiente de la vida que ha llevado, un mundo de dominación, pasta y dominio.

Pero si consideramos que él es una víctima…, ¡víctimas somos todos!. No se puede equiparar a Abel Azcona como víctima con él, ni con las mujeres que él prostituyó. Jamás en la vida los hombres son víctimas del patriarcado. Pueden sufrir el peso del patriarcado, pero no son víctimas, las víctimas son las mujeres y los niños que mueren. Que él ha sido el fruto de unas circunstancias… sí, pero nada más.

No obstante, yo no creo que haya que personalizar en él el mal. Como sociedad tenemos que analizar qué papel tenemos frente a la prostitución. La prostitución es una enfermedad de la sociedad y es la enfermedad de los hombres de no aceptar la igualdad. 

¿Futuros proyectos?

Hacer de todo esto algo en ficción. Estoy trabajando sobre el deseo sexual de las mujeres. Hasta hace muy poco la sociedad nos impedía expresar el deseo sexual, si lo hacíamos éramos putas. Y todavía hay muchos hombres que eso no lo aceptan. Les han contado que éramos objetos para su placer. En fin, el futuro del feminismo es sentar a los hombres y decirles: “Cómprate un libro”. No voy a ser yo la que se lo cuente, haz, lee.

Publicado en Público

Helena Maleno: “Las mujeres deben normalizar la violencia para sobrevivir”

La violencia sexual es el peaje que deben normalizar las mujeres migrantes para poder sobrevivir, explica la activista Helena Maleno. Es una de las conclusiones de la investigación que ha elaborado para Alianza para la Solidaridad sobre mujeres migrantes subsaharianas. La otra opción que tendrían es morir, señala. Son algunas de las terribles afirmaciones que se extraen del documento que se presenta hoy en Madrid. Está basado en los testimonios de cien mujeres que hablan de violaciones, pobreza y exclusión, multiplicadas por el “fatal” hecho de haber nacido mujeres.

¿Qué cuentan esos testimonios?

En sus discursos se encuentran y repiten unas situaciones de violencia brutal por el hecho de ser mujeres. Ellas cuentan que siguen sufriendo las mismas violencias estructurales que en sus países, pero que su viaje es más costoso, que “moverse” las expone a violencias vinculadas al género. Y además son negras, pobres y tienen otra religión. Con este trabajo buscábamos recoger la realidad de estas subsaharianas, invisibilizadas durante muchos años y reiterar que son personas, sujetas de derechos, que no deben ser miradas solo como víctimas.

¿De qué violencias hablan?

De violencia sexual, algo que les pasa a todas y que han normalizado. Y son violentadas por sus compañeros de viaje, por las fuerzas de seguridad, por los hombres de los países de acogida, por población civil… Son presa fácil: no pueden ir a una comisaría a denunciar, no tienen instrumentos de defensa, nadie las protege.
Otra cosa típica que les ocurre es que cuando están en el bosque y hay una redada, huyen de los militares, tras ellos entran los bandidos marroquíes. A ellos, a los hombres, les roban; a ellas las violan.

¿Les cuesta hablar y contarlo?

No. Bueno, conmigo no, pero también es cierto que yo tengo una relación especial con ellas. Cuando hice el informe estaba en medio de mi proceso judicial y sentíamos que teníamos una lucha en común, la defensa de los derechos humanos. Ellas hablaban conmigo en clave de estrategia, de empoderamiento, como para tomar fuerzas. Me explicaban que se lo contaban entre ellas porque ellas sabían lo que era aquello, porque habían sentido y sufrido lo mismo. De alguna forma, se hermanan y organizan redes de apoyo mutuo entre ellas. Y para defenderse, intentan ir en grupo, no salir a determinadas horas…

“A nosotras nos violan, eso es así. Pocas escapamos. También morimos más, de forma más fácil. En el desierto o en el agua. En cada cruce de frontera, si te quedas al borde del agua estás expuesta a más violencia por ser mujer. Cada hombre que ves, ya sea negro o blanco, bandido o militar, puede convertirse en un agresor. No puedes vivir con miedo porque te mueres, tienes que vivir sabiendo que tarde o temprano te va a pasar”, dicen las mujeres en el informe. Con esa realidad, ¿cuáles son sus estrategias de empoderamiento?

La primera es normalizar que te va a pasar. ¡Claro que te va a pasar: pagas con un dinero y tu cuerpo tu proyecto migratorio! Normalizarlo es apostar por tu proyecto y saber que te va a ocurrir para no enloquecer cuando te pase.

“Normalizar la violencia es una gran estrategia para no morirte”

¿Perdón?

Eso es supervivencia, porque si no mueres. El viaje es terrorífico. Cada vez, por ejemplo, por el hecho de que haya más controles, lo hace más duro, especialmente para las mujeres. Ellas se exponen a las violencias ligadas a la trata de personas y a ser explotadas durante el tránsito para poder llevar a cabo el viaje, por no hablar de los abusos y violaciones sistemáticos. Normalizar la violencia es una gran estrategia para no morirte.

¿Y una vez aquí? Porque el informe habla de ellas en territorio español y de sus condiciones en el servicio doméstico.

Sí. Hablan de esclavitud en el servicio doméstico y esclavitud sexual. Saben que están abocadas a un nicho laboral muy vinculado a su condición de mujeres. Y ahí otra estrategia es pensar: ‘vale, voy a ser explotada un tiempo, pero después podré tener un negocio y ser independiente’.  Algo muy curioso es cuando hablábamos con ellas de la necesidad de cuidarse a sí mismas. Para ellas, cuidarse es ser independientes.

La ruta del Estrecho parece haberse vuelto a abrir por la cantidad de muertos. ¿Qué hacemos? Porque no es una cuestión de condiciones meteorológicas.

Hay algo que ellas dicen que es la clave. Ellas repiten: ‘No tenemos derecho a migrar pero no tenemos derecho a no migrar’. No tienen derecho a no quedarse. Por eso no hay que hablar de efecto llamada, sino de efecto salida. No tienen opciones.

¿Qué le pediría al nuevo presidente en materia migratoria?

Lo primero que debe hacer, y a eso ya se comprometió, conmigo, directamente, por Twitter, es terminar con las devoluciones en caliente, en la valla y en el agua (donde hay muchas muertes calladas). Él dijo que iba a derogarlas. También es básico que anule la Ley mordaza, con la que se persigue a defensores.
Son muchos los debes. Debe escolarizar a los niños y niñas menores de Melilla, que son más de 120. Al igual que a los de Ceuta. Debe mejorar los centros de menores y tener otro tipo de prácticas con ellos: son nuestros niños, ¡están en el Estado español! Debe fomentar políticas no racistas y hacer que funcionen los filtros democráticos cuando ocurran cosas como la tragedia de Tarajal.
Con respecto a las políticas de acogida, debe poner recursos. Porque hoy quienes llegan se bajan de las pateras, duermen en las calles. El sistema de acogida debe ser verdadero.

Debe también reforzar el trabajo de salvamento marítimo, por encima del control de fronteras. Es básico: el derecho a la vida es sagrado y está por encima de todo, sobre todo en el mar. Hay que acabar con los años de propaganda racista que dice que las políticas migratorias nos defienden: en una democracia eso es un engaño para poder matarles y levantar muros. FIN

Publicado en Público

La publicidad se levanta contra los estereotipos machistas

Preocupada por los muchos estereotipos contra las mujeres que se dan en su sector, la publicidad, Uschi Henkes, presidenta del Círculo de Creativos (CdC) se propuso plantear un cambio. Escuchó propuestas, que si una web a modo de tutorial, que si un manual de buenas prácticas para profesionales, que si una app con instrucciones… Ninguna le convenció: Henkes, la primera presidenta de este selectivo club, no quiso plantear una iniciativa elaborada de arriba a abajo e unidireccional y prefirió escuchar. Por eso, hace apenas un mes envió, como una de sus primeras acciones al frente de la institución, una carta a todo el colectivo para empezar a cambiar las cosas.

“Me gustaría que los profesionales, tanto del lado del cliente o de la agencia, tuviéramos una especial sensibilidad con los estereotipos que utilizamos en la comunicación que, por costumbre, inercia o comodidad, siguen anclados en el pasado. Desde el CdC lanzamos una campaña que llamamos OVER. Se acabó. Un OVER que es un grito que tapa esos anuncios que hemos visto durante años donde la mujer cumple un papel secundario, sumiso y muchas veces cercano a un cliché sexual. Ya va siendo hora de que el sector de la comunicación opine sobre lo que se debate actualmente en la sociedad”, escribía.

Para empezar, y mientras recibía respuestas a su misiva, invitó a los profesionales del sector a empezar a llenar twitter de reflexiones con el hastag #over. “La gente quiere opinar y hay que escuchar”, afirma. Por eso, arrancarán con doce mesas en las que sentarán a diferentes sectores de la industria de la publicidad (automación, belleza, limpieza, banca, comunicaciones…) con artistas, anunciantes, modelos, sociólogos, estudiantes, académicos y distintos perfiles para crear un documento que ayude a romper esos estereotipos, violencias, contras las mujeres.

La idea es que cada reunión se forme con gente nueva para que discutan una pregunta temática y concienciar sobre el problema. Tal y como explica Henkes, es pronto para saber qué forma tendrá la herramienta que salga de tanta discusión. En principio, habla de libro -aunque sin precisar-. En él, la intención es entregar el producto de esas reuniones a importantes cineastas, gente anónima, como un ama de casa, pensadores y trabajadores ajenos al sector (¿por qué no un taxista?) para que ellos escriban y creen a partir de lo debatido. ¿La fecha? Abril de 2019, durante el próximo Certamen de la Creatividad Española, comentaba a Público este fin de semana en la clausura de la edición de este año.

Henkes, que sí reconoce haberse encontrado con alguna crítica ante su iniciativa, se apoya en el trabajo ya iniciado apenas hace un par de años por Más Mujeres Creativas, una plataforma colaborativa e independiente nacida para promover la visibilidad e igualdad de oportunidades en España. Porque en el sector, con un 56% de mujeres, solo el 14% son directoras creativas y apenas un 1% llega a la dirección general. Belén Coca, una de sus fundadoras, utiliza la palabra “evangelizar” sobre feminismo para revertir los muchos patrones adquiridos.

Habla también de la oportunidad que se presenta ahora para romper con los roles culturales que se han dado a hombres y mujeres. “¿Quién dice que los hombres no tienen sentimientos, quién dice que a nosotras nos gusta aparecer reflejadas con un jabón de platos y no querremos comprar uno en el que aparezca un hombre? Es irreal”, señala. Y en ese aspecto, tanto Henkes como Coca coinciden en señalar cómo las consumidoras empiezan a preferir una publicidad no sexista. FIN

(Publicado en Público)

Cine elevado a M, de mujer

“Cuando las mujeres hacemos cine, filmamos lo mismo y más, porque tenemos otras historias que no se han contado. Es así de simple”, afirma Carlota Álvarez, codirectora de la primera edición del Festival Internacional Cine por Mujeres, que se clausura este domingo 8 de abril. No es cuento. Debra Zimmerman, directora ejecutiva de Women Make Films, lo explica con estadísticas y con un argumento claro: la organización que representa está aburrida de la misma película de siempre, de los mismos patrones, dice, y quiere ver cintas donde aparezcan mujeres con poder, que no sean objetos y que reflejen la realidad de lo que vive la mitad de la humanidad. Porque según los datos que aporta, con los que coinciden multitud de estudios, en los diálogos de la gran pantalla las mujeres ocupan un 30 por ciento, por ejemplo.

Para evitando caer en el tópico sobre qué es lo que retratan las mujeres —que si un cine menor, o más sensiblero—, la crítica de cine Pilar Aguilar se cuestionaba hace unos días si los hombres hacen un cine “de hombres”. “Claro que sí, absolutamente. Y lo peor es que ni se dan cuenta. Es el patriarcado que dice que los hombres están en el centro del universo”, responde Zimmerman, que lleva décadas en una organización que se declara feminista y se dedica a distribuir cine independiente hecho por mujeres.

“Sí, feminista, rotundamente. Y desde hace muchos años: ayudamos a las mujeres a distribuir cine con perspectiva de género. Hablo de contenidos nuevos a kilómetros de distancia de lo que vemos en Hollywood”, asevera la norteamericana.

Álvarez, por su parte, puntualiza que en su festival todos y todas son feministas, pero que se dirigen a todos los públicos para, entre otras cosas, romper estereotipos y mostrar que las cineastas no solo hacen cine intimista, sino que aportan talento y un abanico de visiones más amplio.

En la charla, surge pronto cómo medir el grado de feminismo de una película: bajo qué parámetros, por ejemplo, acepta o no una cinta la organización Women Make Films. Ante la cuestión y los debates sobre las varias olas de feminismo, la norteamericana se ríe y dice que en su organización lo que se busca es una mirada inclusiva. Que eso es el feminismo. Pero ante la duda de cuál sería, por ejemplo, el buen feminismo, se agarra al nombre de su organización, mujeres que hacen cine, y recuerda que solo hay una línea roja: no repetir los patrones del cine en el que no estamos o solo somos objetos. “En Estados Unidos las mujeres tenemos un problema de salud: la medicina está hecha por hombres, y por lo tanto, no se han estudiado nuestros cuerpos. En el cine ocurre lo mismo: no hemos contado”, comenta.

Respecto a soluciones para conseguir una mirada más igualitaria, la responsable del festival no tiene dudas y habla de la necesidad de establecer “unos cuantos años de cuotas para conseguir la paridad. En Suecia es política de Estado. Si somos el 50% de la población y pagamos el 50% de los impuestos, nos corresponde ese tanto”, recuerda. Con las salas y charlas del festival llenas de hombres y mujeres, en un número bastante equitativo, preguntamos por el movimiento #MeToo.

“Al principio fui muy escéptica ante él, pensé que era otro año más que decíamos que ese era el de las mujeres. Pero, no, ahora siento que esto es imparable. ¿Motivos? Una combinación de hartazgo y de empoderamiento basado en el trabajo de las feministas de muchos años. Sinceramente, pienso que ahora se abre –de verdad- una oportunidad para las mujeres. También en el cine”, zanja la norteamericana.

Publicado en Diario Público

Para los nazis somos culos: ¿burka o bikini?

En las tristes elecciones que hoy se han celebrado en Alemania y en las que un partido de ultraderecha podría conseguir hasta 90 escaños, con un 13,5% de los votos, las mujeres somos culos. Era parte de su publicidad, ilustrada con tres mujeres jóvenes, esbeltas a las que se veía de espaldas en bikini metiéndose en el mar. ¿Burka o bikini?, rezaba el panfleto. “Nosotros, preferimos bikini”, proseguía el partido que habla de la expulsión del extranjero y la defensa de lo propio.

La forma de llamar la atención contra el extranjero (identificado con el burka) ha sido escándalo en el país de Hitler, para algunos, sí, pero para otros muchos, no. Porque las mujeres seguimos siendo cosificadas, objetos, culos, tetas y madres que paren hijos (e hijas) para que el sistema siga funcionando, pero no más. Que un señor (y lo siento, aquí utilizo el masculino singular) de derechas se quede tranquilo optando por el bikini me aterra por varios motivos.

*) sigue siendo un machirulo que me llamará feminazi y que considera que sus hijas solo pueden ser, como mucho, un culo bonito.

*) está comparando la velocidad con el tocino (no vale ser tan simplista a la hora de gritar y querer expulsar al otro).  No es lícito pensar que una prenda de vestir, tan peligrosa como un traje de chaqueta, pueda representar “el uniforme de un movimiento contra el que estamos en guerra” y una “señal de adhesión al yihadismo (se llegó a escuchar en Francia con la polémica del burkini, el burka adaptado al baño.

*) Que ellas lleven un atuendo u otro no les fuerza e ellos a tener que usarlo y mucho menos, a opinar sobre lo que visten ellas.

*) y sin entrar de defender el burka, por si alguno esgrime estar defendiendo los derechos de las mujeres, ¿no son los reducidísimos uniformes de vóley-playa, por ejemplo, tan machistas como el burka? Porque puestos, en España hace poco en una piscina prohibieron el uso del burkini y admitieron el top less. Y de aquí al disparate del ayuntamiento de Cannes, que llegó a prohibir el baño en sus playas a las mujeres que usaban burkini porque “representaba una forma ostentosa de pertenencia religiosa”. Menos mal que dicha acción provocó al menos el sarcasmo internacional, bendito humor inglés que titulaba: “El burkini, prohibido en las costas francesas, para proteger a la gente” (The Independent).

 

 

 

“Para las mujeres, en drogas, no vale un modelo pensado para hombres”: Inma Aguilar

 Reconoce haber tenido días de pánico, cuando trató a sus primeros heroinómanos, dentro y fuera de la cárcel. No obstante, señala Inma Aguilar, rápidamente supo que tenía un lugar entre ellos para dignificar y profesionalizar su atención.

Dicen que cuando empezó a trabajar el mundo de las drogas, y lo hizo de lleno, podría haber sido la joven a la que se refería Burning en su famoso tema “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?”. “Estábamos en pleno monte, sin luz, sin agua y ‘rodeada de yonquis”, recuerda entre risas que apuntillaba su padre al relato de cómo arrancaron. Con apenas 24 años se encontró de lleno con las muertes de la heroína y luchó para que la intervención social fuese de calidad. No lo era hasta entonces. Años más tarde, entró en prisiones, dos años en los que cuenta que hasta ella se asustaba de lo que vivió: prisiones, vulnerabilidad y personas con graves problemas de consumo. De la trena pasó a dirigir una de las primeras comunidades terapéuticas existentes en España, la de Barajas. Hoy es la responsable de un centro para la Tercera Edad de Sanitas. En todos estos años ha estado siempre cerca de la Fundación Atenea, de la que es patrona.

Dirigiste una de las primeras comunidades terapéuticas en una época en la que la visión era principalmente heroinómanocentrica. ¿Cómo han cambiado las cosas?

Yo diría que no han cambiado tanto. En su momento cambió la vía, sí, la aguja. Porque el sida alteró el patrón del consumo, pero hoy hay otras dependencias. Ya en el 1993, invitada a Estados Unidos, se extrañaban de que aquí el boom de la cocaína no hubiese llegado, cosa que ocurrió años más tarde. Luego cambiaron las sustancias, y los patrones de consumo. Se pasó de un consumo a otro, incluso a consumidores puros de alcohol, que es algo con lo que convivimos hoy. Se ha convertido en un consumo más socializado que entonces, pero los problemas y su origen son muy similares.

¿No hay por lo tanto lecciones aprendidas de lo que representaron aquellos años y tanta muerte?

Si hubiésemos aprendido hubiésemos frenado los consumos que vinieron después. Los 80 y 90 fueron una brutalidad. Ni se sabía qué era un heroinómano. Yo por ejemplo, vi a mi primer heroinómano el primer día que trabajé. Aquello se llevó muchas vidas y destruyó familias enteras. Lo que sí es cierto es que actualmente el consumo está más regulado y se cuenta con más medios y recursos para alguien que lo necesite, aunque también ha habido recortes que han reducido opciones. Aparte, la información ha jugado un papel en cuanto a sus consecuencias. Pero, repito, cuidado con el problema del alcohol u otros consumos de población vulnerable.

¿A qué te refieres?

Al consumo de drogas ligado a temas de género, por ejemplo. Cuando yo trabajaba en este campo no se entraba en ese tema. Ahora sí, y hay un problema de salud con el alcohol, los tranquilizantes…

La Fundación subraya la importancia de trabajar drogas con perspectiva género. ¿Por qué ha de hacerse?

Es fundamental. Y los motivos son claros: nos educan de formas diferentes y si los valores son diversos, no vale un modelo pensado para hombres. Y eso ya se veía en los años en que yo trabajaba en drogodependencias. Llegaban mujeres, sí, pero pocas, y se sentían discriminadas y desvinculadas. Porque o tenían que actuar bajo patrones masculinizados o pasar al papel de mujer sumisa y ser un cuerpo para venderlo o para los cuidados. En la actualidad, la socialización de los consumos existentes ha supuesto un mayor porcentaje de mujeres entre los consumidores.

¿Y qué habría que hacer para prevenir el consumo entre los jóvenes?

Es complicado, porque hay una edad en que la experimentación forma parte de la vida. El riesgo está cuando un joven lo hace con las drogas, estas cumplen una función y se queda ahí. Y esto vale para las sustancias o para conductas como la ludopatía y otras, la base es la misma, no hay que centrarse exclusivamente en el consumo de sustancias. Tenemos que ofrecerles otras alternativas de ocio, de ayuda, de compartir. Pero es algo que tampoco es nuevo. El problema es que la expansión y casi imposición del modelo biomédico ha reducido la presencia y el peso de programas orientados al cambio personal, como la comunidad terapéutica, y eso es un error importante en términos estratégicos; debería recuperarse la visión biopsicosocial porque ofrece un abordaje mucho más integral de las necesidades, tanto desde la prevención como desde el propio tratamiento.

Ahora trabajas en la esfera privada. ¿Cómo debe ser la relación entre lo privado y el Estado?

Yo lo veo fácil: ambos mundos deben reforzarse. Lo público tiene sin lugar a dudas una función que cumplir y debe estar sin ningún tipo duda. Y lo privado, por su parte, puede llegar donde no llega el Estado con otra gestión, formas y maneras.

¿Qué papel juegan ahí las fundaciones como Atenea?

 De nuevo, llegan donde quizás no llega ni lo público ni lo privado. Y sí, a veces están cubriendo un espacio que debería ser del Estado.

¿Qué te aporta ser patrona de la Fundación?

Conocimiento. La Fundación me permite reflexionar, aprender y seguir conectada al mundo de la exclusión social o de la población que está en riesgo de serlo. Es un lujo poder estar en ella rodeada de gente tan valiosa, y lo digo tanto por su directiva como por las personas que llevan a cabo sus programas, un auténtico lujo. FIN

Publicado originalmente en la newsletter de la Fundación Atenea. 

 

 

 

Un testimonio de dignidad y coraje

Por Piedad Bonnett

(Epílogo del Mujeres al frente, el libro que próximamente será publicado por libros.com. Gracias, querida escritora y poeta colombiana, autora, entre otros de Lo que no tiene nombre, un libro dedicado a la vida y la muerte de su hijo Daniel, donde alcanza los lugares más extremos de la existencia y lleva la literatura hasta la asfixia. Gracias, querida Piedad por regalarme este texto y participar así en Mujeres al frente. Tú eres otra más).

“Cuando decimos la palabra guerra solemos imaginarnos enormes contingentes de hombres armados que luchan, bien de manera formal en ejércitos regulares, bien como grupos dispersos que llevan a cabo ataques sorpresivos en guerra de guerrillas. Visualizamos tanques de guerra, bombarderos, trincheras, camiones, atestados de hombres que exponen sus vidas. A las mujeres en la guerra nos las imaginamos, en cambio, de la manera en que lo ha mostrado el cine: como enfermeras en el frente o como víctimas en un segundo plano, madres que reciben los cadáveres de sus hijos, novias y viudas que lloran a los jóvenes sacrificados. Pero la realidad es muy otra. No sólo porque las mujeres ya no sólo nos dedicamos a desempeñar aquellos roles que la tradición consideró “naturalmente” femeninos – de modo que hoy encontramos ya a muchas desempeñando puestos políticos y militares decisivos a la hora de los conflictos armados- sino porque la guerra nos involucra de otras maneras, a menudo difícilmente percibidas. Una realidad de la que dan cuenta la literatura y el periodismo, como lo hizo Svetlana Alexievich en La guerra no tiene rostro de mujer y como hace Lula Gómez a través de Mujeres al frente, libro de entrevistas a siete mujeres que han tenido que ver con el conflicto armado colombiano.

Detrás de cada una de ellas hay historias muy distintas, pero en todas hay dolor, conciencia y empoderamiento: la voluntad de convertir una experiencia personal en acción social, en transformación y consecución de metas, ya sean justicia, rehabilitación, transformación legal o humana de las condiciones oprobiosas. Algunas son mujeres que se han crecido ante la adversidad y, como tantas otras, anónimas, han debido multiplicar sus fuerzas y hacer cosas que jamás imaginaron que podían hacer, como las madres de los muchachos asesinados en lo que se ha llamado “falsos positivos”, un nombre para crímenes infames cometidos por miembros de las fuerzas del Estado sólo para escalar posiciones, conseguir permisos o ganar dinero. Y otras, personas que, desde una visión de género, han embarcado sus vidas en proyectos solidarios y de defensa de las víctimas, haciendo visible lo que la sociedad muchas veces no ve: que hay una violencia de género que tiene un carácter estructural, que es un arma de guerra usada por los distintos actores del conflicto, y que se apoya en últimas en el machismo ancestral que se aprende en el hogar, se reafirma en la escuela y se ejerce en todos los niveles en las sociedades que han naturalizado la desvalorización de lo femenino.

Un prominente grupo de investigadores encabezado por María Emma Wills, dentro del Centro de Memoria Histórica que dirige el sociólogo Gonzalo Sánchez, ha adelantado un juicioso estudio sobre mujer y guerra en Colombia que demuestra que la violencia sexual fue una estrategia de sometimiento adelantada por casi todos los actores del conflicto, que como sabemos fueron paramilitares, narcotraficantes, agentes del Estado y guerrilla, muchas veces actuando en pérfidas alianzas; y que en algunos casos, como el de los paramilitares, esa violencia –ejercida contra mujeres y personas de la comunidad LGBTI– cuya intención era humillar, degradar, herir, fue desde imponer pautas de comportamiento, que incluían horarios de diversión, tipo de atuendo, corte de pelo, humillaciones públicas, etcétera, hasta violaciones, sometimiento a esclavitud, prostitución forzosa, desplazamiento y muerte. Dentro de esta violencia de género sistemática, se cuenta el asesinato selectivo de cientos de líderes comunitarias o de mujeres contestatarias que se atrevieron a desafiar a sus victimarios.

Este tipo de violencia ha sido soslayada por muchas razones, entre otras por el silencio de las propias víctimas, llevadas por el miedo a la estigmatización que a menudo trae la vejación sexual o por el deseo de ocultar a los hijos de los violadores su doloroso origen; pero también por indolencia de las instituciones del Estado, que hasta hace unos años ni siquiera aceptaba que existe un delito llamado feminicidio y que se ha interesado poco en investigar los crímenes desde una perspectiva de género. Miles de viudas o de madres que perdieron a sus hijos en la guerra, muchas de ellas, además, despojadas de sus tierras, se vieron forzadas a desplazarse a otras zonas o a las ciudades implacables donde las esperaba la discriminación, la miseria e incluso la mendicidad. Mantener la dignidad en esas circunstancias no es fácil. Aun así, muchas encontraron la manera de organizarse, de recomponer sus vidas y además de insertarse en un proceso de reconciliación y paz. Apoyadas por algunas ONG o por organizaciones estatales o internacionales, brotaron proyectos esforzados de productividad, y grupos centrados en recuperar la memoria de los hechos y restañar, hasta donde es posible, las heridas. De estos hay numerosos ejemplos. María Emma Wills, en artículo reciente sobre la resiliencia, nos dice: “…la imagen que me ayuda a seguir creyendo que Colombia sí tiene futuro es la de las familiares Débora, Telemina y Carmen, quienes no sólo emprendieron una lucha en los estrados judiciales estatales con el fin de que los responsables fueran detenidos y pagaran por sus fechorías, sino que, en una actitud altiva, lucieron mantas rojas en uno de los rituales de entierro de sus familiares. Con ese gesto indicaban a los perpetradores que sus actos de sevicia contra otras mujeres de su comunidad no las doblegaban ¡no a ellas!, que portaban con orgullo los emblemas de su estirpe”.

Lula Gómez nos enfrenta, a través de los testimonios de estas siete valiosas mujeres, no sólo a las realidades complejísimas de una guerra donde todo es maraña, difícil de desentrañar, sino, y sobre todo, a la capacidad de resistencia que ellas ilustran, apoyadas en su dignidad, su valentía y no poca imaginación”.

PIEDAD BONNETT