Mirar la guerra desde los ojos de las mujeres

(Publicado originalmente en el Huffington Post, Huffington Post. )

Colombia resulta fascinante: puede ocurrir de todo. Por la parte macondiana y más colorida, recuerdo manifestaciones de ladrones autorizadas en las que los maleantes gritaban que los auténticos malos no eran ellos. Gritaban a cara descubierta, ese día que podían, que quienes robaban estaban en las instituciones. También viví cómo en un cine rural al aire libre la entrada era diferente si se optaba por leer los subtítulos al revés; desde el otro lado de la pantalla. Pero si entramos en el drama, desde allí nos hemos hasta aburrido de ver masacres. Y absurdos, como a un Pablo Escobar que desde la cárcel recibía putas y manejaba el cartel de drogas. Más. Para un curioso, un inquieto, un periodista resulta fácil hablar con una persona que dice ser mercenario y dedicarse a matar. Pero ojo, tras ese espectáculo (cuidado, periodistas; cuidado, audiencias), hay que reiterar que Colombia es un lugar que se desangra por una guerra que resulta imposible de datar: no son 52 años, son muchos más. Porque allí, el conflicto es la desigualdad, que mata. Y son muchos los muertos y las muertas de esa esquina de América del Sur, son millones los desplazados, incontables las mujeres utilizadas como botín de guerra, los mutilados físicos y psíquicos y las víctimas de esa atrocidad que se llama guerra. Como cuento en el prólogo del libro que publico ahora con libros.comMujeres al frente, las guerras siempre me han llamado la atención.

Supe siempre que mi abuelo Mario había participado en la guerra, la nuestra, y aquello me provocaba tantas preguntas… Mi abuelo, aquel señor grande y tierno que comprendía y nos permitía siempre todo. No solíamos estar solos; por allí andaban también mi abuela y mi hermano. No obstante, recuerdo buscar momentos a solas para preguntarle si él había matado. En mi cabeza de menos de diez años me resultaba imposible que aquel señor que me protegía y daba cariño, hubiese disparado a otro hombre. Su respuesta a mi pregunta directa fue ambigua. Con tristeza y muy despacio, como costándole las palabras, me llegó a contar que aquello fue lo más triste con lo que jamás un hombre se puede enfrentar y que solo esperaba que nunca jamás se repitiese. Entendí que sí mató.

Con las muchas inquietudes que me sigue provocando nuestra guerra civil o cualquier otra, porque al final, todas son las mismas, Colombia y su guerra me ha respondido a muchas de mis dudas. Aunque en Mujeres al frente (tanto el libro como la película), quizás la clave esté en mirar el conflicto desde otra perspectiva, desde los ojos de ellas, las mujeres, quienes no suelen engrosar las filas de combatientes, pero sí ponen muertos, sus hijos que caen matando; sus hijas, que son violadas; sus maridos, muertos o ausentes, sus muchas miserias… Me paré en ellas porque en Colombia, desde hace años, de una forma silente y soterrada, las mujeres llevan inventándose alternativas a la muerte. Dicen algo tan obvio como que la violencia solo provoca violencia y están hartas del patriarcado y de que impere la ley del más fuerte. Repiten que la indiferencia mata, que no hay paz sin desarrollo. Afirman también que necesitan de la memoria para construir un nuevo país que no repita el horror de matar y matar. Quieren una Colombia democrática, y no hay democracia sin mujeres, por eso es importante que se las oiga. Y hay que hacerlo por dos motivos obvios: uno, por justicia, y dos, porque plantean ideas diferentes y porque las actuales, las de seguir apostándole a la violencia solo ha tintado los ríos de sangre.

Termino con sus nombres, que son quienes han hecho posible esta gran historia. Las protagonistas de Mujeres al frente son la campesina Nelly Zelandia; la afrocolombiana Luz Marina Becerra; la candidata al Nobel de la Paz Luz Marina Bernal; la ex comandante del M19 Vera Grabe; la fundadora de la Ciudad de las Mujeres, Patricia Guerrero; la lideresa comunal Mayerlis Angarita y la socióloga Beatriz Montoya. A todas ellas les agradezco sus lecciones de vida. Suelo repetir que ojalá fueran presidentas porque “no estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara náuseas, que lograra que la sola idea de la guerra diese asco. Que pareciese de locos. Que hiciera vomitar a los generales”. Esta última afirmación es de Svetlana Alexiévich, Nobel de Literatura. Lo dice en su libro la Guerra no tiene rostro de mujer. Algo así pretende ser Mujeres al frente. FIN

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El freno de las mujeres a guerra sin fin

(Contundente texto de Isabel Valdés, publicado en el Blog de Mujeres El País

Las violaron, las mutilaron, las despojaron de sus tierras, las arrinconaron, las desplazaron, las expulsaron, las hicieron desaparecer, emigrar, ocultarse. Las convirtieron en viudas, en madres sin hijos, en hermanas sin hermanos, en tumbas, en ira, en abuelas vacías, en nada. Colombia ha sufrido durante décadas una violencia ininterrumpida, brutal y expandida hasta el último rincón. En medio del terror que crecía sin pausa, las mujeres fueron víctimas desproporcionadas.

Desde el Bogotazo que dio paso a La Violencia, aquel periodo de acertado nombre entre 1948 y 1958 —aunque ningún historiador se pone de acuerdo en acotar aquellos años—, con casi dos millones de desplazados y alrededor de 300.000 muertos. Después, el conflicto armado para estrenar la década de los 60, y ya no paró: primero fue el Gobierno, luego la guerrilla, se sumaron los paramilitares, aparecieron los narcos y brotó la criminalidad.

Como parte de aquel horror, también quisieron participar en su final. Y lo hicieron. El papel de las mujeres durante ese proceso, y después para alcanzar el Acuerdo de Paz (firmado el 12 de noviembre de 2016, aunque no definitivo), apenas ha sido reconocido por la opinión pública más allá de los sectores con cierto interés por el papel femenino en la historia de Colombia. El texto firmado a finales del pasado año entre el presidente, Juan Manuel Santos, y el líder de las FARC, Rodrigo Londoño (conocido como Timochenko), incluye disposiciones de género importantes, tanto por la profundidad de las mismas, como por la garantía que supone para que ellas sigan participando de todo lo que está por venir.

La periodista y escritora Lula Gómez (Madrid, 1970) se encontró en 2015 con dos mujeres que cambiaron su futuro más inmediato, Luz Marina Bernal y Patricia Guerrero, y decidió, después de un sinfín de “noes” de medios de comunicación y editoriales, publicar un libro y grabar un documental que pusiera voz y rostro a esas mujeres que ponen voz y rostro a millones de colombianas, Mujeres al frente. Mujeres que expertos internacionales en la resolución de conflictos han calificado como innovadoras y modélicas.

Phumzile Mlambo-Ngcuka, directora ejecutiva de ONU Mujeres, y Zainab Hawa Bangura, representante especial del secretario general sobre la violencia sexual en los conflictos, hablaron en aquel momento sobre el trabajo sin precedentes de la Mesa de Conversaciones de Paz y su subcomisión de género: “Las mujeres son una fuerza dinámica para la paz y la reconciliación, y esto debe reforzarse en el acuerdo final y, de forma fundamental, durante la fase de implementación. Puede que éste sea el mejor ejemplo de una participación significativa y consistente de las mujeres en un proceso de paz”.

Patricia Guerrero, ex jueza y fundadora de la Ciudad de las Mujeres; Nelly Velandia, campesina que representa a seis millones de mujeres; Mayerlis Angarita, superviviente del conflicto y fundadora de Narrar para Vivir; Luz Marina Bernal, líder de las Madres de Soacha y nominada al Premio Nobel de la Paz; Beatriz Montoya, fundadora de AMOR y resistente ante la guerra; Vera Grabe, ex dirigente del M19 y directora del Observatorio por la Paz; y Luz Marina Becerra, líder afrocolombiana y activista de los DD HH. Ellas son la condensación de Lula Gómez en Mujeres al frente, de la pelea constante, ahora más visible y posible.

“Colombia es un país al que viajo mucho. En uno de esos viajes, después de conocer la historia de Marina Bernal y Patricia Guerrero, supe que tenía que socializar esas historias, contarlas, expandirlas. Volví a España y todo fue una negativa como respuesta por parte de los medios de comunicación”. Explica Gómez que su enfado derivó en intentar ir un poco más allá y empezó a pensar en incluir a más mujeres que pudiesen ampliar la narración: “Di con siete perfiles y, envalentonada, pensé en un libro”. Se lo ofreció a una editorial que, de primeras, le dijo sí. Luego fue un sí y 1.000 euros para viajar, conseguir los testimonios y volver. Al final fue un no y Gómez volvió a enfadarse. “Pues ahora me voy a montar un documental”, pensé.

Su malestar acabó siendo más productivo que obstáculo y todas aquellas puertas cerradas se convirtieron en un proyecto que le ha llevado dos años (aunque en diez días aterrizó en Bogotá, las localizó, les financió el billete hasta la capital y grabó), y que finalmente ha salido mediante crowdfunding a través de Libros.com. A 19 días de que terminara la campaña alcanzó los mecenas que necesitaba para publicar el libro, 200; ahora, su segundo objetivo es llegar a los 300.

Aunque asegura que el documental, fílmicamente hablando, es muy básico, demuestra que las historias sirven para algo más que para envolverlas en papel de regalo: “Estas señoras mantienen un librazo y un documental que ha estado en el Festival de Cine de Málaga, y ya tiene distintos premios”. Parte de la consistencia del libro y el documental viene por el discurso que sostiene a ambos: “Aunque parece de Perogrullo que la violencia solo lleva a más violencia, el poder sigue apostando por hacer más armas, más policía, más conflicto. Pero el cambio solo se dará con la educación y el desarrollo”.

Gómez exhala: “La indiferencia mata, eso comentan ellas todo el tiempo. Tienen una postura valiente, enfrentan a verdugos y víctimas, hacen posible el diálogo”. Diálogo, educación, desarrollo. “Reclaman un sistema nuevo que les reconozca derechos tan básicos como el de la propiedad de sus tierras o contar con soberanía alimentaria. Una nueva sociedad más igualitaria, un lugar que ha de ser construido de nuevo desde las bases si se quiere poder respirar paz”. Sin miedo a hablar, a pedir, a exigir. En Colombia, después de más de medio siglo de ser víctimas de las víctimas, es momento de construir alternativas desde la palabra, la memoria, la justicia y la reinserción.

LA CONFIRMACIÓN DE LA ONU

Según un estudio reciente realizado por Naciones Unidas sobre la implementación de la Resolución 1325 de mujeres, paz y seguridad, en los casos en que las mujeres tuvieron la oportunidad de ejercer una influencia profunda en el proceso de negociación, las probabilidades de alcanzar un acuerdo eran muy superiores que en los procesos en que esta influencia había sido escasa o nula.

De hecho, cuando se contó con la participación de las mujeres y estas ejercieron una influencia amplia, las negociaciones culminaron casi siempre con un acuerdo. Uno de los efectos que más se repetían de la participación de las mujeres en los procesos de paz era la presión que ejercían para iniciar, reanudar o concluir las negociaciones cuando habían perdido impulso o cuando las conversaciones habían fracasado.

Al controlar otras variables, los procesos de paz en los que participaban mujeres en calidad de testigos, firmantes, mediadoras y/o negociadoras registraban un incremento del 20% en la probabilidad de alcanzar un acuerdo de paz que perdurase, como mínimo, dos años. Este porcentaje aumenta a lo largo del tiempo, ya que la probabilidad de lograr un acuerdo de paz que dure 15 años crece un 35%.

Puedes descargar el estudio aquí: Estudio mundial sobre la aplicación de la resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Las palabras sanadoras de las mujeres de Colombia

(Un texto de Belén la Banda sobre Mujeres al frente, publicado en el Blog Más de la mitad). 

Miles de mujeres están dejando atrás en Colombia el que parecía un destino inexorable de víctimas. En unos años han superado todos los tipos -los más extremos- de violencia, de marginación, de subordinación, de desprecio y maltrato en el ámbito público y en el privado. Han logrado participar de manera activa y determinante en el camino hacia la paz en su país, para salir de un terrible conflicto bélico.

Nada es fácil para ellas aún hoy, pero las mujeres de Colombia han conseguido contribuir a la paz cambiándole el ADN al proceso. Un proceso de paz que pretendía pasar por encima de ellas como lo había hecho la guerra. La inteligencia colectiva de las mujeres colombianas logró hacer entender que una paz sin ellas no tenía ninguna oportunidad de ser auténtica, o de durar.

La paz en Colombia no puede dejar a un lado a mujeres como Patricia Guerrero, que fue jueza y que creó la Ciudad de las Mujeres para permitirles vivir en paz en los peores tiempos del país. O Nelly Velandia, la voz de seis millones de mujeres campesinas. O Mayerlis Angarita, que sobrevivió al conflicto y fundó Narrar para vivir, o la luchadora Luz Marina Bernal, que inició una lucha que aún no termina para reivindicar la memoria de su hijo asesinado en un ‘falso positivo’. O Beatriz Montoya, Vera Grabe, Luz Marina Becerra… Cada una de ellas con un trauma y un dolor imposible de medir a sus espaldas, han protagonizado trayectorias impresionantes. Y cada una ha pensado la paz y la ha compartido. Y ha exigido compartirla cuando nadie le invitaba a estar en ese proceso.

La periodista Lula Gómez se comprometió para darles visibilidad a través de un documental, Mujeres al Frente, que ha levantado emociones en los festivales donde se ha presentado. Finalista en el Festival de Málaga, Mención especial del Jurado en el Festival Internacional de Bogotá por los Derechos Humanos, y se presentará el sábado 18 de febrero en el Festival de Cine y Derechos Humanos de Valencia, el Lunes 20 en dos pases organizados por el Ajuntament de Tarrasa, entre otras citas.

Pero, además de la imagen, Lula se quedó con las palabras sanadoras de estas siete mujeres. Pensó que sería muy importante que otras personas pudieran beneficiarse con su potencia. Y así surgió Mujeres al frente, el libro. Un nuevo proyecto de crowdfunding que está a punto de hacerse realidad (ya ha logrado tres cuartas partes de la financiación) y que servirá para que las palabras, las voces y la sabiduría de las mujeres colombianas nos lleguen a todos, y nos sirvan para sanar nuestras violencias.

El libro ‘Mujeres al frente’ se puede apoyar mediante el crowdfunding abierto en Libros.com hasta dentro de 24 días.

Nada es fácil para ellas aún hoy, pero las mujeres de Colombia han conseguido contribuir a la paz cambiándole el ADN al proceso. Un proceso de paz que pretendía pasar por encima de ellas como lo había hecho la guerra. La inteligencia colectiva de las mujeres colombianas logró hacer entender que una paz sin ellas no tenía ninguna oportunidad de ser auténtica, o de durar.

La paz en Colombia no puede dejar a un lado a mujeres como Patricia Guerrero, que fue jueza y que creó la Ciudad de las Mujeres para permitirles vivir en paz en los peores tiempos del país. O Nelly Velandia, la voz de seis millones de mujeres campesinas. O Mayerlis Angarita, que sobrevivió al conflicto y fundó Narrar para vivir, o la luchadora Luz Marina Bernal, que inició una lucha que aún no termina para reivindicar la memoria de su hijo asesinado en un ‘falso positivo’. O Beatriz Montoya, Vera Grabe, Luz Marina Becerra… Cada una de ellas con un trauma y un dolor imposible de medir a sus espaldas, han protagonizado trayectorias impresionantes. Y cada una ha pensado la paz y la ha compartido. Y ha exigido compartirla cuando nadie le invitaba a estar en ese proceso.

La periodista Lula Gómez se comprometió para darles visibilidad a través de un documental, Mujeres al Frente, que ha levantado emociones en los festivales donde se ha presentado. Finalista en el Festival de Málaga, Mención especial del Jurado en el Festival Internacional de Bogotá por los Derechos Humanos, y se presentará el sábado 18 de febrero en el Festival de Cine y Derechos Humanos de Valencia, el Lunes 20 en dos pases organizados por el Ajuntament de Tarrasa, entre otras citas.

Pero, además de la imagen, Lula se quedó con las palabras sanadoras de estas siete mujeres. Pensó que sería muy importante que otras personas pudieran beneficiarse con su potencia. Y así surgió Mujeres al frente, el libro. Un nuevo proyecto de crowdfunding que está a punto de hacerse realidad (ya ha logrado tres cuartas partes de la financiación) y que servirá para que las palabras, las voces y la sabiduría de las mujeres colombianas nos lleguen a todos, y nos sirvan para sanar nuestras violencias.

El libro ‘Mujeres al frente’ se puede apoyar mediante el crowdfunding abierto en Libros.com hasta dentro de 24 días.

Texto originalmente publicado en Más de la mitad, blog de 20 minutos. 

Arranca la campaña Mujeres al frente, el libro completo

Desde http://www.libros.com , una nueva forma de poner en pie proyectos editoriales, pongo en marcha el mecenazgo de Mujeres al frente, un libro que recoge las entrevistas completas del documental del mismo nombre. Recojo lo que cuentan mis amigos libreros y antes os invito a participar, Participa, hazte mecenas de Mujeres al frente en este click:

Sobre el libro

Es la primera vez en la historia que las mujeres participan activamente en la firma de un proceso de paz. Ellas siempre han estado en la guerra, pero nunca hasta ahora en los procesos de paz. Mujeres que son madres de hijos que pelean en los dos bandos. Mujeres fuertes como ejércitos, que quieren aportar su especial forma de ver la paz a Colombia.

Este libro recoge las entrevistas con siete mujeres colombianas que ante la guerra deciden construir alternativas a la violencia. Luchan contra la espiral de violencia y resuelven el conflicto desde la palabra, la memoria, la justicia y la reinserción. Reclaman un sistema nuevo que les reconozca derechos tan básicos como el de la propiedad de sus tierras o contar con soberanía alimentaria. Plantean una nueva Colombia, una nueva sociedad más igualitaria, un lugar que ha de ser contruído de nuevo desde las bases si se quiere poder respirar paz al fin.

Las siete protagonistas son Patricia Guerrero, ex juez y fundadora de la Ciudad de las Mujeres; Nelly Velandia, campesina que representa a seis millones de mujeres; Mayerlis Angarita, superviviente del conflicto y fundadora de Narrar para Vivir; Luz Marina Bernal, líder de las Madres de Soacha y nominada al Premio Nobel de la Paz; Beatriz Velandia, fundadora de AMOR y resistente ante la guerra; Vera Grabe, ex dirigente del M19 y directora del Observatorio por la paz; Luz Marina Becerra, líder afrocolombiana y activista de los DDHH.

Sus testimonios son verdaderas lecciones de sabiduría, y en estos momentos, con el acuerdo con las FARC recién firmado, son de una actualidad absoluta. Escucharlas es como hacerlo a grandes pensadores latinoamericanos como Eduardo Galeano o Enrique Mújica.

El juez Baltasar Garzón firma el epílogo de un proyecto que cuenta además con un documental de mismo título (50 minutos), dirigido y producido por la autora. Ha sido finalista en el Festival de Málaga, donde fue presentado al público. También se ha visionado en Colombia, dentro del marco del Festival Internacional de Bogotá por los Derechos Humanos.

Por qué apoyarlo

Porque ellas siempre han estado en las guerras, pero nunca hasta ahora habían estado en un proceso de paz.

Son madres de hijos que pelean en bandos contrarios. Que se matan unos a otros. Y eso aún le da más valor a su participación en el proceso.

A través de estas siete heroínas, Lula Gómez defiende que la forma de hacer la paz de las mujeres es diferente, y que cuando ellas participan el tiempo sin conflicto es más sostenible.

Te animamos a apoyar este libro para conocer la realidad de Colombia a través de estas mujeres y no de Pablo Escobar.

El colectivo son los hombres

Hace años (no tantos) aprendí a hablar de mujeres. Por cultura, por la misma que tuve que desaprender muchas cosas para poder afirmar que soy feminista. Porque serlo cuesta y solo tras digerirlo, entendí que lo correcto era mencionarnos en plural, como mujeres. El singular nos empequeñecía por el mismo efecto que los derechos de los trabajadores disminuirían si hablásemos en singular. Pero ojo, tampoco vale la consideración de que las mujeres (ahora sí, en plural) somos un colectivo. Entenderlo así nos excluye. No es nuevo: el lenguaje y sus malversaciones, señoras y señores (y ojo, aquí nadie se escandaliza ante la utilización de los dos géneros), importan, claro que sí.

Lo decía bien claro el otro día la socióloga Soledad Murillo en una jornada sobre Género e Inclusión organizada por la Fundación Atenea. “No comparto que a las mujeres, que somos el 51% de la población, según datos del INE en enero de 2016, se nos trate de colectivo. Porque la minoría —eso sí, con poder y privilegios— son hombres. El problema es que siga habiendo temas de género, y no imparcialidad y democracia en todos los sectores”, apuntaba una de las madres de la ley de igualdad. Y puestos, cifras en mano, el colectivo serían ellos, que son menos, sugiero yo…

La malversación de ese significado que nos hace seguir siendo inscritas en planes específicos, en círculos, en subcomisiones, y el del término conciliación (y no corresponsabilidad) fueron los temas que más se repitieron durante el encuentro, celebrado en el corazón del Ayuntamiento de Madrid, que vibró durante todo el día por un claro discurso feminista y revolucionario: se buscaban soluciones para la igualdad

Se trataba de evidenciar las nueve vulnerabilidades que Atenea considera son importantes contemplar para que todos y todas seamos ciudadanos y ciudadanas de pleno derecho. El planteamiento era claro: si no analizamos el acceso a la vivienda, al empleo —con una brecha de género del 20% en nuestra contra—, la salud de unos y otras (donde por el mero hecho de ser mujeres nosotras pagamos físicamente la factura de ser cuidadoras de forma casi exclusiva); la educación y los techos de cristal; la economía (basada en un patrón que habla y premia los afterworks para esos señores que son el 49%, entre otras cosas); la participación de la ciudadanía, las relaciones macrosociales… seguiremos siendo parte de un modelo excluyente o un colectivo que debe asumir asuntos propios de su género, como la maternidad.

“Los derechos de las mujeres no son los de los Derechos Humanos, son los de cuidar”, se escuchó, al tiempo que se repetía que hay que cambiar las políticas neoliberales basadas en una violencia estructural que castiga a mujeres. “¿Dónde están las mujeres en la nueva política?”, se preguntaba uno de los ponentes mientras apelaba a la necesidad de que los hombres pierdan privilegios.

Hablaban Carlos Molina, María Pazos, María del Mar García Calvente, Alicia Miyares, Soledad Muruaga, Lina Gálvez, Octavio Salazar, Beatriz Ranea y Pilar Foronda, entre otros. El cierre lo puso Criaturas del Aire, un grupo de músicas y feministas, cómo no. Antes se recordaron algunas proclamas ya conocidas pero que seguro es bueno recordar: “Lo personal es político” y el feminismo como compromiso ético, algo que la Fundación Atenea parece tener claro. Porque ellos, que nacieron hace tres décadas para atender a la población drogodependiente, consideran fundamental poner la vista en el género para poder hablar de una ciudadanía plena, la de ellas, la de nosotras, ese “pequeño” grupo del 51% de la población.

Publicado originalmente en http://elpais.com/elpais/2016/11/04/mujeres/1478261247_898961.html

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Más premios para la mayoría

Hoy arrancaba un post que pronto publicaré con una mención a unas palabras de la socióloga Soledad Murillo. Decía la experta que a las mujeres no se nos puede tachar de colectivo, que hacerlo es una malversación, una forma de excluir a las mujeres, el 51% de la población. Concluía que entonces, si hablamos de colectivo el término debería referirse a los hombres. Bien, traigo esto por los pelos para contar que el documental Mujeres al frente ha vuelto ha ganar un reconocimiento. En esta ocasión, la mención especial del jurado del 33 Festival Internacional de Cine de Bogotá. 

“La Corporación Internacional de Cine organizadora de la XXXIII Versión del Festival de Cine de Bogotá desea informarle que luego de la deliberación del jurado en la categoría Documental Social donde hizo parte su producción, ha deducido otorgarle mención honorífica por la calidad con la que fue realizada y una temática que a pesar de ser parte de un tema convencional en el cine colombiano como es el Conflicto Interno, ha manejado una dinámica diferente reflejando la realidad de las mujeres en el entorno del conflicto y las soluciones con las cuales ellas pueden dar en el Posconflicto”, reza el comunicado del certamen cinematográfico.

Me gusta repetir que es un premio de ellas, en plural, de las mujeres que apuestan por la paz, de las mujeres que aburridas de tanta guerra y violencia piensan alternativas no violentas a la violencia estructural que sufren desde los sistemas patriarcales donde viven. Reitero una y otra vez de la importancia de la perspectiva de género en la consecución de la paz. Porque no puede ser que hombres y mujeres sufran las guerras, pero solo firmen la paz los primeros. No es justo. No es democrático. No es real. ¿No habrán pensado que somos mayoría? Sí, considerada como colectivo por una minoría que manda, pero ya va siendo hora de que cambien las tornas. Enhorabuena, mujeres.

Perspectiva de género y paz, más paz

Una reforma agraria que incluya a las mujeres, la participación femenina y el reconocimiento de la violencia sexual hacia las mujeres, principales puntos de un acuerdo para la paz que incluye aspectos de genero.

El pasado 24 de julio, el gobierno colombiano y las FARC acordaban incluir perspectiva de género en la Mesa de Conversaciones de Paz de La Habana. “Hay evidencias cuantitativas de experiencias en otros países de que cuando se introduce el concepto de género en una situación de postconflicto, las probabilidades de que los acuerdos sean sostenibles en el tiempo se multiplican”, afirma la española Belén Sanz, directora de ONU Mujeres Colombia y testigo presencial de estos casi tres años de negociaciones. Y hablar de las mujeres en la construcción de la paz, significa visibilizar el impacto diferenciado que tiene la guerra entre unos y otros, explica la representante de Naciones Unidas. Sanz lo ilustra con ejemplo claro: “De los 6,5 millones de desplazados y desplazadas del conflicto, el 52 por ciento son mujeres; mujeres sin sus esposos, que están o muertos o desaparecidos; pobres; con hijos en alguno de los bandos o incluso en bandos contrarios; con hijas violadas por los actores armados… Mujeres que sostienen a sus familias y han sufrido hasta dos y tres desplazamientos y que en los nuevos sitios donde se asientan viven en el permanente riesgo de sufrir nuevamente violencia física y económica. Sus narrativas no tienen nada que ver con la de los hombres. No verlo es no entender la guerra que han sufrido el país”, señala. Pero bajo la perspectiva de género, las mujeres (tanto las presentes en Cuba –en uno y otro bando- como las víctimas que han narrado en La Habana los horrores que han vivido y las organizaciones feministas que llevan años trabajando incansablemente por una sociedad más equitativa y justa), ven en los acuerdos de paz una oportunidad histórica para transformar el país.

Según el comunicado conjunto que emitieron Gobierno y las Farc, el compromiso de incluir asuntos de género, se basa en ocho puntos que remueven el sistema actual. Entre ellos destacan, el acceso y formalización igualitarios de la propiedad rural; la búsqueda de un modelo que garantice los derechos económicos, sociales y culturales de las mujeres y personas con identidad sexual diversa; la erradicación de los cultivos ilícitos y la promoción de la participación femenina en espacios de representación, toma de decisiones y resolución de conflictos. El grupo de especialistas en género presente en La Habana ha tratado también un asunto ausente hasta hace nada en la sociedad colombiana: la violencia sexual y la utilización de las mujeres como botín de guerra. En este sentido, también consta la toma de medidas de prevención y protección que atiendan los riesgos específicos de las mujeres; el acceso a la verdad, justicia y garantías de no repetición, y el reconocimiento público y difusión de la labor realizada por mujeres como sujetas políticas.

“Hemos presenciado la culminación de una fase crítica del trabajo de la subcomisión de género, que es un mecanismo único en la historia de la resolución de conflictos. La aplicación de este compromiso será la prueba clave de una paz duradera, y satisfará las aspiraciones más elevadas de las colombianas y los colombianos respecto a contar con una sociedad justa, equitativa, inclusiva y democrática”, apunta el comunicado de Naciones Unidas sobre la firma. Queda ahora la formalización y materialización del pacto, ya que desde hace décadas existen avanzadas leyes en Colombia relacionadas con la participación de las mujeres en la política, la devolución de tierras a los campesinos y la violencia sexual y feminicidio. Tampoco es nueva la resolución 1325 de Naciones Unidas, que ha cumplido ya 15 años, y que habla de la importancia del papel de las mujeres en la construcción de la paz… “No solo es el fin del conflicto. Hay que trabajar ahora para que la igualdad no solo sea formal, sino sustantiva. Hay que hacer que las leyes se cumplan y entender que los procesos de paz son momentos de transición donde se pueden remover y acelerar los cambios”, opina Belén Sanz.

(Publicado en www.elpais.es). Seguiré contando en otros medios como fueron los años de negociación y más detalles del acuerdo.