Más premios para la mayoría

Hoy arrancaba un post que pronto publicaré con una mención a unas palabras de la socióloga Soledad Murillo. Decía la experta que a las mujeres no se nos puede tachar de colectivo, que hacerlo es una malversación, una forma de excluir a las mujeres, el 51% de la población. Concluía que entonces, si hablamos de colectivo el término debería referirse a los hombres. Bien, traigo esto por los pelos para contar que el documental Mujeres al frente ha vuelto ha ganar un reconocimiento. En esta ocasión, la mención especial del jurado del 33 Festival Internacional de Cine de Bogotá. 

“La Corporación Internacional de Cine organizadora de la XXXIII Versión del Festival de Cine de Bogotá desea informarle que luego de la deliberación del jurado en la categoría Documental Social donde hizo parte su producción, ha deducido otorgarle mención honorífica por la calidad con la que fue realizada y una temática que a pesar de ser parte de un tema convencional en el cine colombiano como es el Conflicto Interno, ha manejado una dinámica diferente reflejando la realidad de las mujeres en el entorno del conflicto y las soluciones con las cuales ellas pueden dar en el Posconflicto”, reza el comunicado del certamen cinematográfico.

Me gusta repetir que es un premio de ellas, en plural, de las mujeres que apuestan por la paz, de las mujeres que aburridas de tanta guerra y violencia piensan alternativas no violentas a la violencia estructural que sufren desde los sistemas patriarcales donde viven. Reitero una y otra vez de la importancia de la perspectiva de género en la consecución de la paz. Porque no puede ser que hombres y mujeres sufran las guerras, pero solo firmen la paz los primeros. No es justo. No es democrático. No es real. ¿No habrán pensado que somos mayoría? Sí, considerada como colectivo por una minoría que manda, pero ya va siendo hora de que cambien las tornas. Enhorabuena, mujeres.

Anuncios

Vera Grabe: desarmada y almada por la paz

 

“En nuestro país es fácil tomar las armas, pero es más difícil sostener en la paz, y aún más ser un rebelde de la paz. La nueva revolución es la desarmada y almada de paz”, dice Vera Grabe, una mujer de hierro que en su día tomó las armas. Creía entonces que la solución a la desigualdad que vivía su país –Colombia- no tenía otra vuelta de tuerca que la fuerza. Años después, y tras muchas tormentas y demasiados muertos, dejó las armas y un pasado en la insurgencia, el M19, donde fue una de sus dirigentes. Dejó también parte de su vida, como la de tantos otros a los que arrastró la violencia. Charlar con ella es hacerlo con la historia de su país, una Colombia desgarrada por el dolor, contradictoria y difícil de explicar pero que solo parece tener futuro si deja de sangrar, si se firma la paz y se pierde el miedo a ella, por muchos problemas que traiga, explica.

Ella, que empuñó las armas, dirige hoy el Observatorio por la Paz. Ella, dirigente de unas de las guerrillas históricas de Latinoamérica, se desmovilizó –con todo su grupo- en los 90, cuando tras mucha sangre no le vieron más sentido a más guerra. Porque al final, se es revolucionario si uno se atreve a pensar diferente”, y hacerlo en su país es decir que sí hay que sentarse con quien se odió y comprender que hay que buscar fórmulas donde parece que no las hay, inventárselas, si es necesario. Se trata de que la gente le pierda el miedo a lo nuevo, a la paz. Vera Grabe cuenta que en Colombia parte de la sociedad está anestesiada por la violencia y no se atreven, no saben repensar el país.

Vera Grabe contó su vida en El silencio de mi chelo. Las razones de mi vida. En él, la que fuera guerrillera y más tarde senadora a golpe de democracia y elegida por sus compatriotas, narra los motivos por los que dado un momento se “enmontañó” y se calzó unas botas de agua y un fusil arriba y abajo de la abrupta geografía colombiana. El primer título que barajó para esta autobiografía fue Escritura para construir la matria. Bajo ese nombre quería contar que el concepto de patria es nacionalista y patriarcal. El ideal era construir una sociedad de otra manera, desde la perspectiva de las mujeres, desde la matriz y no desde los valores de la imposición, desde la inclusión y el reconocimiento de los afectos.

Ella, parte de la historia de esa esquina de América, no titubea al afirmar que las mujeres son parte fundamental en la historia de la paz en su país. Ellas, que sufrieron especialmente los desastres de la guerra, la violencia sexual. “Absolutamente, aquí y todas las guerras. Es una de las formas más cobardes de usar el poderío contra la mujer, es una venganza. Somos y hemos sido un botín de guerra, víctimas hacia las que se vuelcan todas las impotencias de los violentos. Porque yo creo que la violencia es una gran fuente de impotencia. ¿Cómo me descargo? Atacando”. Hoy Vera Grabe, como tantas otras miles de mujeres colombianas han perdido el miedo y se sienten almadas por la paz.

* Declaraciones de la entrevistada para el proyecto Mujeres al frente, la ley de las más nobles.

Publicado en Más de la mitad, un blog de 20 minutos que se autodefine de la siguiente manera: “Las mujeres somos la mitad de los seres humanos, pero según las estadísticas nos tocan más pobreza, más injusticia y menos derechos que a la otra media Humanidad. En este espacio, varias mujeres contamos lo que nos pasa y lo que hacemos cada día para transformar una realidad injusta: la nuestra y la de nuestro mundo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Perspectiva de género y paz, más paz

Una reforma agraria que incluya a las mujeres, la participación femenina y el reconocimiento de la violencia sexual hacia las mujeres, principales puntos de un acuerdo para la paz que incluye aspectos de genero.

El pasado 24 de julio, el gobierno colombiano y las FARC acordaban incluir perspectiva de género en la Mesa de Conversaciones de Paz de La Habana. “Hay evidencias cuantitativas de experiencias en otros países de que cuando se introduce el concepto de género en una situación de postconflicto, las probabilidades de que los acuerdos sean sostenibles en el tiempo se multiplican”, afirma la española Belén Sanz, directora de ONU Mujeres Colombia y testigo presencial de estos casi tres años de negociaciones. Y hablar de las mujeres en la construcción de la paz, significa visibilizar el impacto diferenciado que tiene la guerra entre unos y otros, explica la representante de Naciones Unidas. Sanz lo ilustra con ejemplo claro: “De los 6,5 millones de desplazados y desplazadas del conflicto, el 52 por ciento son mujeres; mujeres sin sus esposos, que están o muertos o desaparecidos; pobres; con hijos en alguno de los bandos o incluso en bandos contrarios; con hijas violadas por los actores armados… Mujeres que sostienen a sus familias y han sufrido hasta dos y tres desplazamientos y que en los nuevos sitios donde se asientan viven en el permanente riesgo de sufrir nuevamente violencia física y económica. Sus narrativas no tienen nada que ver con la de los hombres. No verlo es no entender la guerra que han sufrido el país”, señala. Pero bajo la perspectiva de género, las mujeres (tanto las presentes en Cuba –en uno y otro bando- como las víctimas que han narrado en La Habana los horrores que han vivido y las organizaciones feministas que llevan años trabajando incansablemente por una sociedad más equitativa y justa), ven en los acuerdos de paz una oportunidad histórica para transformar el país.

Según el comunicado conjunto que emitieron Gobierno y las Farc, el compromiso de incluir asuntos de género, se basa en ocho puntos que remueven el sistema actual. Entre ellos destacan, el acceso y formalización igualitarios de la propiedad rural; la búsqueda de un modelo que garantice los derechos económicos, sociales y culturales de las mujeres y personas con identidad sexual diversa; la erradicación de los cultivos ilícitos y la promoción de la participación femenina en espacios de representación, toma de decisiones y resolución de conflictos. El grupo de especialistas en género presente en La Habana ha tratado también un asunto ausente hasta hace nada en la sociedad colombiana: la violencia sexual y la utilización de las mujeres como botín de guerra. En este sentido, también consta la toma de medidas de prevención y protección que atiendan los riesgos específicos de las mujeres; el acceso a la verdad, justicia y garantías de no repetición, y el reconocimiento público y difusión de la labor realizada por mujeres como sujetas políticas.

“Hemos presenciado la culminación de una fase crítica del trabajo de la subcomisión de género, que es un mecanismo único en la historia de la resolución de conflictos. La aplicación de este compromiso será la prueba clave de una paz duradera, y satisfará las aspiraciones más elevadas de las colombianas y los colombianos respecto a contar con una sociedad justa, equitativa, inclusiva y democrática”, apunta el comunicado de Naciones Unidas sobre la firma. Queda ahora la formalización y materialización del pacto, ya que desde hace décadas existen avanzadas leyes en Colombia relacionadas con la participación de las mujeres en la política, la devolución de tierras a los campesinos y la violencia sexual y feminicidio. Tampoco es nueva la resolución 1325 de Naciones Unidas, que ha cumplido ya 15 años, y que habla de la importancia del papel de las mujeres en la construcción de la paz… “No solo es el fin del conflicto. Hay que trabajar ahora para que la igualdad no solo sea formal, sino sustantiva. Hay que hacer que las leyes se cumplan y entender que los procesos de paz son momentos de transición donde se pueden remover y acelerar los cambios”, opina Belén Sanz.

(Publicado en www.elpais.es). Seguiré contando en otros medios como fueron los años de negociación y más detalles del acuerdo.