Mujeres de armas tomar

Los colombianos están inmersos en un precario proceso de paz que pretende acabar con medio siglo de lucha armada. Para entender cómo se vive ese tránsito, hablamos con cuatro excombatientes, cuatro mujeres que en su día blandieron fusiles desde distintos ejércitos. Todas los han dejado –de momento-. Están convencidas de que, al final, el enemigo es la guerra, maten unos u otros. 

Colombia 2018. Las crónicas cuentan que la guerra ha terminado, que los hasta 15.000 hombres y mujeres que en su día llegaron a integrar las FARC (insurgentes contra el Estado, combatientes, guerrilleros o como prefieran llamarse) han dejado las armas. Y sí, es cierto que en noviembre se cumplirán dos años desde que se firmó el acuerdo de paz entre el Gobierno y este grupo armado que combatió durante 52 años. No obstante, también son ciertos el miedo, las balas, los muertos y hasta los empalamientos a mujeres, una barbarie que ocurre hoy cuando los paramilitares pasan por los pueblos. No es ficción, es parte de los relatos que recoge Pilar Rueda, abogada y asesora en género para la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Y aquí no hay literatura; la paz de Colombia es una paz con muertos. Entre ellos, los 77 líderes asesinados en el primer semestre de este 2018, según el Sistema de Información sobre Agresiones contra Defensores y Defensoras de los Derechos Humanos. Un cómputo al que hay que sumar también a los 76 exguerrilleros de las FARC asesinados tras haber dejado las armas y a 20 de sus familiares. Pocas bromas. Poca paz.

“EN LA NOCHE, DESPUÉS DEL TOQUE DE QUEDA, DERRIBABAN PUERTAS A CULATAZOS, SACABAN A LOS SOSPECHOSOS DE SUS CAMAS Y SE LOS LLEVABAN A UN VIAJE SIN REGRESO. ERA TODAVÍA LA BÚSQUEDA Y EL EXTERMINIO DE LOS MALHECHORES, ASESINOS, INCENDIARIOS Y REVOLTOSOS DEL DECRETO NÚMERO CUATRO, PERO LOS MILITARES LO NEGABAN A LOS PROPIOS PARIENTES DE SUS VÍCTIMAS, QUE DESBORDABAN LA OFICINA DE LOS COMANDANTES EN BUSCA DE NOTICIAS. “SEGURO QUE FUE UN SUEÑO”, INSISTÍAN LOS OFICIALES. “EN MACONDO NO HA PASADO NADA, NI ESTÁ PASANDO NI PASARÁ NUNCA. ESTE ES UN PUEBLO FELIZ”. ASÍ CONSUMARON EL EXTERMINIO DE LOS JEFES SINDICALES”. (‘CIEN AÑOS DE SOLEDAD’, GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ). 

La campesina Claudia Patricia Guachetá, de 36 años, cuenta que ella entró en las Autodefensas Campesinas a los 2. Ella es de una vereda, un camino estrecho que se forma por el paso de los animales y las personas perteneciente a Ortega, un pequeño pueblo cafetero de la región del Cauca, en el suroccidente del país, un vergel situado entre las regiones andinas y pacífica. Es tímida (prefiere no mirar a su interlocutora a los ojos) y parca en palabras: seguramente la guerra se las ha quitado. “Se cuida”, es decir, se anda con cuidado de por dónde se mueve, con quien habla y a qué hora se recoge a dormir: la noche en su región está marcada por un extraño toque de queda en el que los armados campan aún más a sus anchas. Allá donde vive, las FARC dejaron la región, sí, pero no hay tranquilidad. Desde entonces, merodean por sus ricos ríos y parques naturales hombres del ELN (otra de las guerrillas históricas colombianas), las disidencias de las FARC, grupos paramilitares, bandas criminales y los que allí llaman “los mexicanos”, los narcos de Sinaloa.

“No lo sé bien, fui de las Autodefensas desde que tenía 2 o 3 años. Mis abuelos ya lo eran. Era una forma de defender nuestras tierras del ELN y de las FARC”, explica con la misma naturalidad con la que una campesina sabe que va a llover. “Ocurrió que nos armamos de valor. Nunca entendí qué querían de nosotros. Nosotros no tenemos nada: solo unas tierras fértiles”, explica. Arrastra tristeza, la de haber tenido que normalizar la guerra, la de haber vivido siempre en una región especialmente golpeada por el conflicto donde las madres se despedían de sus hijos en el colegio como si fuera la última vez. Podía pasar que no se volvieran a ver. Está acostumbrada a la violencia, a un país donde hace unos años estaba prohibido llevar casco cuando se iba en moto: una persona con esa protección no es identificable y una nunca sabe si el que dispara es joven, adulto, negro, blanco, mujer u hombre. Tampoco se podía llevar “paquete”: era el que disparaba.

Claudia Patricia Guachetá ha pasado casi toda su vida en las Autodefensas, como el resto de su familia. Dice que era una forma de proteger sus tierras frente al ELN y las FARC
Claudia Patricia Guachetá ha pasado casi toda su vida en las Autodefensas, como el resto de su familia. Dice que era una forma de proteger sus tierras frente al ELN y las FARC

Lo terrible de su historia no es su pasado, que no haya vivido un día de su vida en paz; lo atroz es que todavía tiene miedo. “Volvemos a vivir entre amenazas y no sabemos ni quiénes son. Lo único que sabemos es que nos llegan avisos. Nos dicen que dejemos el café y entremos en los cultivos ilegales [coca]”, apunta esta mujer que apenas llegó a bachiller. “Miedo es que te digan que te van a matar y luego no lo hagan. Es lo que sentíamos durante los tres meses en los que todas las noches tuvimos que meternos en el monte, con la lluvia, con el frío. Porque podían volver y acabar con nosotros”. Habla de la masacre del año 2000. Mataron a trece campesinos. “Dos eran mis tíos. Entraron, los cogieron y les pegaron dos tiros. Primero en el costado y luego en la cabeza. A nosotros nos tenían amarrados para que fuéramos testigos. Lo vimos todo. Luego les cortaron las cabezas. Nos dejaron solo el tronquito. Antes me preguntaron si los conocíamos…Yo les negué”, dice con problemas para contener el llanto. Como remate, aquel comando de las FARC quemó sus casas.

“NO ENTENDÍA QUE HUBIERA NECESITADO TANTAS PALABRAS PARA DESCRIBIR LO QUE SE SENTÍA EN LA GUERRA SI CON UNA SOLA BASTABA: MIEDO”. (‘CIEN AÑOS DE SOLEDAD’, GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ). 

En 2003, con 21 años, Claudia Guachetá dejó las armas. Unas armas que ,paradójicamente, nunca empuñó. Sí reconoce que aprendió a usarlas, los hombres le enseñaron cómo cargarlas y desmontarlas en la plaza del pueblo, que hacía las veces de cuartel, pero nunca salió a patrullar. Tampoco se “enmontañó”, que es como en Colombia se dice a las personas que marchan a la guerra introduciéndose en las descomunales cordilleras andinas que rasgan el país en tres. En su pueblo, afirma, lo único que hicieron era defenderse de los ataques de la guerrilla cuando esta incursionaba. Las escopetas y pistolas que utilizaron las empuñaban los hombres, ellas organizaban la logística y cocinaban. Cuando el pasado gobierno de Uribe desmovilizó (reinsertó) a los paramilitares, ella, junto con otras 166 personas de su pueblo, se acogió a ese armisticio. Casi la mitad eran mujeres, muchas, abuelas que jamás apretaron un gatillo. La Justicia reconoció que aquel grupo de labriegos no causaron daños materiales ni víctimas y que se organizaron –sin un orden jerárquico, sin uniformes y sin una estructura militar- con el único objetivo de defenderse de los ataques de los insurgentes.

De todo lo prometido por dejar aquellas escopetas, casi nada. Su gesto, como el que han hecho ahora las FARC, se recompensaba con las prestaciones que históricamente piden las gentes de los campos: medios para una vida digna. Sí recibió atención psicológica, pero ni el colegio, ni el hospital, ni las carreteras llegaron. Es la ausencia del Estado, la triste historia de décadas de sangre en Colombia. “En mi pueblo desde hace tres años no hay ni una sombra del Estado, no está el ejército, ni siquiera un funcionario de correos”, denuncia. Mientras, la maldita presencia de los armados persiste y la hace reflexionar, pesimista, que quizás la paz no sea cosa de los hombres.

 —“¿Os volveréis a armar?”

 —“Pues creo que sí. ¿Quién nos va a defender? ¿Cuál es la opción, dejarnos matar?”, pregunta. También dice que le gustaría sentarse con los miembros de las FARC y preguntarles qué querían de ellos.

“Y LA NORMALIDAD ERA PRECISAMENTE LO MÁS ESPANTOSO DE AQUELLA GUERRA INFINITA: QUE NO PASABA NADA”. (‘CIEN AÑOS DE SOLEDAD’, GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ). 

Se alzaron en armas porque el Estado nunca estuvo en sus regiones, por la desesperación y la terrible desigualdad en las que vivían esos millones de colombianos a los que no les llegó nunca la prosperidad de un país que era uno de los más ricos del planeta en oro, esmeraldas, petróleo, flora y fauna. Eso arguyen las guerrillas históricas de este país de insurgentes, pobres y millonarios extremos. Lo dicen las personas que tomaron y dejaron las armas de las FARC y del M19, por citar dos movimientos que han marcado (con sangre también) la historia del país andino. Lo sostienen ellos, pero también organizaciones como Cepal (Comisión Económica para América Latina y Caribe), que sitúa a Colombia como el segundo país más desigual de América Latina. Y lo peor, la situación, tras tantos años de guerra, no ha mejorado. La ONG Oxfam, que lleva décadas en el país, denuncia por ejemplo que un millón de explotaciones campesinas tienen, de media, un tamaño inferior a la tierra de la que dispone una vaca. Lo hacía en un informe sobre desigualdad publicado el pasado junio en el que se explicaba que se mida como se mida, “la concentración de la tierra es hoy muy superior a la que existía en la década de 1960, cuando se comprendió que una distribución más equitativa de la tierra no solo era una cuestión fundamental de justicia, sino también de eficiencia productiva”.

“Llegamos a las guerrillas para luchar por una educación, por una tierra, por una salud… por dignidad”, explica Marcela González, 50 años y ex comandante de las FARC. Entró en sus filas con 16 años. Era campesina, pasaba hambre y los armados que “paseaban” por sus tierras desde hacía dos años le hablaron de una revolución para cambiar las cosas. Habla desde la sede en la ciudad de Popayán del partido fundado en agosto de 2017 por los excombatientes de la guerrilla tras firmar la paz con el Gobierno con el nombre de FARC, siglas que en este caso corresponden a Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. Su esquema de vida durante 32 años fue el de la guerra, que resume en: carpa [tienda de campaña] en vez de casa; equipo, es decir, armas; ropa de camuflaje, gorra, toalla, jabón, papel y caminatas. No resulta fácil hablar con ella. Desconfía y su discurso suena gélido. “La dureza de la guerra nos templó. Nunca he vivido un estilo de vida relajado. A los 7 años ya andaba en el campo trabajando con la yuca y el plátano. Luego, cuando me enrolé, llegó la disciplina militar”, señala. Normas para levantarse, normas para acostarse, para mandar un regimiento, para disparar y normas también para ser o no madre, algo incompatible con las armas.

Marcela González entró en las FARC con 16 años. Llegó a comandante
Marcela González entró en las FARC con 16 años. Llegó a comandante

Ella se quedó embarazada según entró en la guerrilla, en el campamento en el que aprendían a guerrear. Entregó a su hija a unos campesinos. Era solo un bebé. La vio veinte años más tarde, cuando se firmó la paz. “No fue fácil. Cuando nos reencontramos éramos dos mujeres adultas que se veían por primera vez. Yo simplemente intenté que entendiese el compromiso por el que luchaba”, señala la exguerrillera. Su hija, que se salvó del vivir en un campamento militar (algo que no se permitía), había padecido otra guerra: la del desplazamiento y la pobreza. De cría, la pequeña tuvo que abandonar la casa en la que vivía por amenazas de otros armados que mataron a su familia adoptiva. Con 10 años se fue a una ciudad, donde malvivió, es decir, sobrevivió con dos de sus hermanos “postizos”, todos huérfanos de alguna forma. “Ella fue una víctima, como tantas en este país, de la miseria, de la discriminación, del desprecio, del no tener con qué pagar su alimento”, zanja Marcela González. Su relación con ella hoy sigue siendo muy distante.

— “ESTO ES UN DISPARATE, AURELITO –EXCLAMÓ.

— NINGÚN DISPARATE –DIJO AURELIANO-. ES LA GUERRA. Y NO ME VUELVA A DECIR AURELITO, QUE YA SOY EL CORONEL AURELIANO BUENDÍA”. (‘CIEN AÑOS DE SOLEDAD’, GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ).

Con ella está la excomandante Amanda Ríos, que dice haber cumplido los 40 y no tiene hijos. Sobre la maternidad, comenta que aquello [la guerra] no era un juego y que quien se incorporaba a sus filas sabía que debía someterse a una planificación aceptada. Ella sí tiene formación: estudiaba en la Universidad, estaba ligada a partidos de izquierda y en sus vacaciones se iba a la guerrilla. “Me persuadió la convivencia entre nosotros y poder compartir unas relaciones absolutamente sólidas basadas en las causas que nos llevaron a rebelarnos contra el sistema para dar el poder al pueblo”, resume.

Ríos habla de la difícil situación que viven ambas para reintegrarse a la sociedad. Por una parte, corren riesgo físico. Desde el armisticio, tal y como apuntábamos al principio, han sido asesinados 76 desarmados de las FARC y 20 familiares. Hay además 6 desaparecidos. En su caso, viven con un pie en las zonas que el Gobierno asignó para quienes combatieron (Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación) y otro en la ciudad, de forma semiclandestina. No dan sus nombres verdaderos (siguen utilizando el de la guerra) y tampoco cuentan a sus vecinos a qué se dedicaron durante tantos años. Dicen estar dispuestas a verse cara a cara con sus víctimas. “Con dolor del alma. Doble, el nuestro y el suyo. Porque no ha habido una guerra sin crueldad”, apunta la universitaria, reconociendo los errores que cometió su grupo contra la población civil. No tiene claro si quienes sufrieron sus embestidas están más preparados que ellas para la reconciliación, pero sí reconoce su nobleza y su absoluta voluntad de paz y de conocer la verdad para que nunca más se repitan esas décadas de sangre y fuego. Ellas, por su parte, aseguran que jamás repetirían y no barajan la opción de volver a armarse.

Amanda Ríos empezó en la guerrilla durante las vacaciones de sus estudios universitarios
Amanda Ríos empezó en la guerrilla durante las vacaciones de sus estudios universitarios

Más allá de la empatía y de los intentos de comprensión por parte de unos y otros, el país debe resolver cuestiones como qué empleos y medios de vida se les otorgan a unas personas que durante años no supieron hacer otra cosa que combatir y en muchos casos no pisaron una escuela o una ciudad. En La Habana, el Gobierno se comprometió a darles un sueldo mínimo durante un tiempo, casa y posibilidad de trabajo, casi siempre en el campo. Las promesas están lejos de cumplirse.

Flor González también tomó las armas. Fue hace ya muchos años. Lo hizo como combatiente del M19. Lleva ya veinte reinsertada. Hoy trabaja en la Universidad del Cauca y charla sobre su pasado militar de forma distendida y clara. Uno de sus hijos escucha atento la conversación mientras prepara un trabajo para el instituto. Como las excomandantes, no cree que la guerra haya terminado. Al contrario, para ella la situación ahora es peor, ya que los actores, comenta, están difuminados y nadie sabe quién es quién. Aparte, señala, el ambiente está más polarizado. La gente ve el país en blanco o negro y cuando se le pregunta, como ha ocurrido en los dos últimos referendos, vota incomprensiblemente por seguir en guerra y dice sí a la corrupción. Colombia, Locombia como se nombra algunas veces a esa esquina de América, es difícil de explicar. Para entenderla hay que introducir en el saco variables como bandos armados (legales e ilegales), desigualdad, narcotráfico, desplazados, armas y corrupción, por citar algunas.

“Para empezar a entendernos deberíamos plantear un buen diccionario del lenguaje de la guerra y la paz. Porque ahora todo el país habla del ‘proceso’ y todo lo que tiene que ver con ello suena muy bonito, pero está muy alejado de nosotros. Es un lenguaje de la élite, pertenece a quienes estuvieron en La Habana, pero sigue faltando realidad. Nos perdemos en conferencias y en cátedras que hablan de reinserción, rehabilitación, dejación de armas, reincorporación… Pero la verdad del país es que seguimos en una guerra, aunque se considere un hecho aislado que sucede en los territorios. Los muertos, los líderes sociales, son muertos aislados”, señala contundente.

Para Flor Fernández, en Colombia se da un juego maldito que asume que todo aquel que tomó las armas es malo y no se juzga al corrupto que dirige el funcionamiento del país. “¿De qué estamos hablando cuando aquí hay presidentes como Uribe que tienen un vínculo directo con los paramilitares? Y si hablamos de narcos, solo hace falta pensar en Samper”, apunta la exguerrillera. Ella, ya reinsertada y con familia, tuvo en un momento dado que huir de su país y exiliarse. Entonces estaba en la diana de los paramilitares.

Tras años combatiendo en las filas del M19, Flor González se reinsertó hace dos décadas. Ahora trabaja en la Universidad del Cauca
Tras años combatiendo en las filas del M19, Flor Fernández se reinsertó hace dos décadas. Ahora trabaja en la Universidad del Cauca

En su opinión, para que las mujeres y hombres que como ella se armaron puedan volver a ser ciudadanos, hace falta acompañamiento del Estado. Desde un punto de vista social, dice, es necesario articular una vuelta a las comunidades de donde salieron esas personas. “Hay que llevarlas a los lugares desde los que se perdieron y seguir un proceso de transición. Esa gente no puede volver sola, debe hacerlo con ese Estado que nunca estuvo y que fue la razón por la que empuñamos las armas. Hay que pensar en convertirnos todos en gestores de paz, en volver a reconstruir lazos y acabar con el desarraigo familiar que crea una guerra. Lo segundo es ver qué aptitudes tienen. No vale con idear -desde Bogotá- un proyecto productivo y olvidarlos en el campo”.

Respecto a las cuestiones más relacionadas con el género y la guerra, es contundente. No duda de que las combatientes lo tienen más complicado para volver a ser ciudadanas: “Quienes hacen las políticas de reinserción son hombres”, explica. También habla de la existencia de una “política vaginal” dentro de las guerrillas, algo que no está en ningún manual y pocas reconocen. “El problema del machismo es estructural y se da en la guerra y en la paz. Lo único a lo que nos podemos agarrar es que ahora somos más conscientes y estamos más preparadas, pero el patriarcado está en todas partes”.

En su caso, no tuvo hijos mientras combatía: “Imposible en un campamento”. Decidió ser madre tras dejar las armas. Su compañero también guerreó. A los niños no les contaron que habían sido parte de la guerra hasta que fueron lo suficientemente mayores. No lo hicieron para que no se autolimitaran política y socialmente. No querían que cayesen en esa división del mundo en buenos y malos y porque, como apuntaban sus compañeras, la guerra duele desde cualquier lado. Hoy, conocedores de su historia, ambos hijos se sienten orgullosos de su pasado. Y ahí, el adolescente, que nos ha servido café, se acerca, sonríe y besa a su madre.

—“Si la guerra sigue, si no se han resuelto los problemas, ¿qué os queda? El panorama es duro. ¿Hay esperanza para la paz?”, le preguntamos.

—“Nos queda soñar y sí hay cierta esperanza, la de nuestros hijos”, contesta. Victoria Sandino, senadora de las FARC y excombatiente, coincide: “Colombia ha cambiado y dado pasos importantes. Nunca antes se había pensado que la izquierda sacara ocho millones de votos. La gente ha empezado a perder el miedo. No obstante, se deben dar cambios estructurales para que haya justicia social. No se justifica que en este país, con un territorio tan rico y diverso, mueran niños de hambre, y eso pasa en El Chocó, en la Guajira y en Bogotá. No se justifica que siga existiendo una población tan numerosa con vocación agropecuaria y tantas tierras, y que no se asignen tierras. Eso tiene que cambiar, pero repito, hay esperanza”.   

“SIN EMBARGO, FRENTE A LA OPRESIÓN, EL SAQUEO Y EL ABANDONO, NUESTRA RESPUESTA ES LA VIDA. NI LOS DILUVIOS NI LAS PESTES, NI LAS HAMBRUNAS NI LOS CATACLISMOS, NI SIQUIERA LAS GUERRAS ETERNAS A TRAVÉS DE LOS SIGLOS Y LOS SIGLOS HAN CONSEGUIDO REDUCIR LA VENTAJA TENAZ DE LA VIDA SOBRE LA MUERTE…. ANTE ESTA REALIDAD SOBRECOGEDORA, LOS INVENTORES DE FÁBULAS QUE TODO LO CREEMOS, NOS SENTIMOS CON EL DERECHO DE CREER QUE TODAVÍA NO ES DEMASIADO TARDE PARA EMPRENDER LA CREACIÓN DE LA UTOPÍA CONTRARIA. UNA NUEVA Y ARRASADORA UTOPÍA DE LA VIDA, DONDE NADIE PUEDA DECIDIR POR OTROS HASTA LA FORMA DE MORIR, DONDE DE VERAS SEA CIERTO EL AMOR Y SEA POSIBLE LA FELICIDAD, Y DONDE LAS ESTIRPES CONDENADAS A CIEN AÑOS DE SOLEDAD TENGAN POR FIN Y PARA SIEMPRE UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD SOBRE LA TIERRA”. (EXTRACTO DEL DISCURSO DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ AL RECOGER EL PREMIO NOBEL DE LITERATURA EN 1982).

Publicado en ttp://www.mujeresaseguir.com/social/noticia/1118397048615/mujeres-de-armas-tomar.1.html

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Victoria Sandino: “La paz es un sueño para Colombia”

Durante 20 años estuvo enmontañada, es decir, fue guerrillera y combatió fusil en ristre al Estado, históricamente ausente en gran parte de las tierras colombianas. Judith Simanca Herrera, más conocida como Victoria Sandino, excomandante de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), es hoy senadora y forma parte de la dirección de Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, el partido fundado en agosto de 2017 por los excombatientes de la guerrilla tras firmar la paz con el Gobierno. Además de a la guerra, su nombre quedará asociado a la perspectiva de género que se incluyó en el acuerdo, el primero en entender que la paz es cuestión de hombres y de mujeres.

Victoria –su nombre– sería hoy hablar de paz, pero la realidad del país no lo permite, sobre todo si una sale de los despachos ministeriales de Bogotá. El ELN, como otra de las guerrillas históricas del país, ha ocupado los espacios donde se encontraban las FARC y amenaza a los hombres y mujeres del campo, un espacio que se disputa con los narcos mexicanos, ya en la zona, los disidentes de las FARC, los paramilitares y las bandas criminales (bacrims). En ese caos y con un país tremendamente polarizado, caen los pobres y los defensores de los derechos humanos, que inoportunan. También los antiguos miembros de la guerrilla.

¿Qué habría que hacer para que se dé una reinserción exitosa de todos esos excombatientes? ¿Cómo se vuelve a una vida normal tras no haber conocido otra realidad que la guerra? 

Para que se dé una reinserción exitosa hace falta mucha voluntad política, la que pactamos en La Habana, la que queremos y soñamos los hombres y mujeres de las FARC. Lo que hay que hacer es concretar lo pactado. Y eso hay que hacerlo en muchas facetas. En política, garantizándose que todo nuestro personal pueda participar en una esfera cualquiera como ciudadano; en lo económico, haciendo que se materialicen los proyectos productivos, que se asignen las tierras ya que la mayoría de nuestra gente tiene vocación agropecuaria y es lo que pactamos y soñamos. En cuanto a seguridad, debemos hablar desde dos planos: el jurídico y el personal. Por una parte, según lo que pactamos, la Ley de Amnistía debía permitir la salida de la cárcel de más de 4.000 de nuestros integrantes. Pero hoy, después de casi dos años del acuerdo, más de 370 personas siguen en prisiones. Y así y todo, el Gobierno –en contra de lo establecido– quiere cambiar esas reglas que habíamos previsto. Es decir, se quiere derogar que la gente pueda amnistiarse, que pueda pasar a la JEP (Jurisprudencia Especial para la PAZ), que tenga las garantías de las que hablamos allí. El Congreso pretende cambiar esa reglamentación para mandar a toda la dirección [de las FARC] a la cárcel o a la extradición.

Y por supuesto hay que hablar de seguridad personal. Desde la firma, han asesinado a 76 de nuestros compañeros, a 20 de sus familiares y hay 6 desaparecidos. Nuestra integridad física está en riesgo.

En los territorios las comunidades están amenazadas por el ELN, los paras, los narcos de Sinaloa, la disidencia de las FARC… Eso no es paz.

Sí, la barbarie de la guerra sigue allí. Aquí siempre se ha pretendido ver una sola parte de la guerra, la de las FARC, pero la historia es otra y en ella entran muchos más actores. Para que se dé la paz el Estado debe estar presente en los territorios, pero no solo con fuerzas militares sino con inversión social. La institucionalidad debe resolver los problemas de las comunidades, donde hoy faltan profesores, carreteras, servicios médicos y programas de nutrición para que los niños no se desvanezcan en las escuelas.

¿Qué sería entonces la paz?

La paz es un sueño para nosotros, pero también una esperanza. La paz es que pare la persecución contra los líderes y lideresas sociales, que la lucha por los derechos sociales no nos cueste la vida. La paz es también que se amplíe la democracia y podamos disfrutar de este país tan hermoso, tan inmenso y diverso.

¿Están más preparadas las víctimas para mirarse cara a cara con el otro que los excombatientes?

Yo creo que las víctimas han hecho un proceso absolutamente loable y admirable. Desde que estábamos en el proceso quisieron participar y lo primero que decían era: “No se levanten de la mesa. Terminen esta guerra, hagan la paz”. Las víctimas tienen mucha esperanzas en este proceso. Aunque también  incertidumbres y decepción. Ahora lo que hay que hacer es garantizar la restitución de los derechos que se les arrebataron. Porque tras la firma, quienes han hecho actos de reparación hemos sido nosotros, algo con lo que no ha cumplido todavía ni el Gobierno ni el Estado colombiano.

¿Es fácil mirarlos y reconocer el dolor que causaron?

Nosotros reconocemos ataques por parte de las FARC que no nos enorgullecen, pero que ocurrieron. Hoy decimos que se haga verdad y justicia. De hecho, las mujeres nos estamos reuniendo con las víctimas. Es duro pero es también un proceso muy bonito de sanación, de reconocimiento y de identificar que nosotros también tenemos dolores y padecimos el conflicto. Muchas nos fuimos a la guerra como consecuencia de un conflicto que no era político, era económico.

¿A usted qué le quitó la guerra?

(Respira) La guerra me quitó muchos afectos. La guerra me quitó a muchas personas que amaba. Y no solo en los años en que estuve como combatiente; antes también. Yo entré en la guerra empujada por la violencia, yo fui parte de la Unión Patriótica [partido de izquierdas], yo viví parte de ese genocidio en el que mataron a más de 5.000 personas.

Hablemos de género. ¿Qué significó incluir esa perspectiva en el acuerdo?

Supuso que por primera vez en la historia de un acuerdo de paz logramos incluir que se reconociera que las mujeres habíamos sido impactadas de manera diferencial y que era necesario tomar medidas específicas, tanto en la norma como en las políticas públicas. Ese enfoque significa garantizar sus derechos fundamentales y con los de ellas, los de la toda la población. Diría, además, con todo el respeto y humildad, porque esto es un acumulado del movimiento de mujeres colombianas, que, tras el derecho a voto de las mujeres, el acuerdo de paz y el enfoque de género es, para las colombianas, la segunda conquista más importante de la historia reciente del país.

¿Una mujer guerrillera tiene un estigma mayor a la hora de reincorporarse?

Definitivamente. El estigma que padecemos hombres y mujeres que hemos estado en la guerra y que estamos haciendo el tránsito a la vida civil es durísimo. Nos tratan de asesinos, de violadores, pero a nosotras en particular se nos castiga más. Y eso ocurre porque tuvimos la osadía de tomar un arma, de dejar a nuestros hijos, de no tenerlos… porque la maternidad era incompatible con aquello. Hoy tenemos, por ejemplo, unos problemas muy complejos cuando esas madres están queriendo recuperar a sus hijos. Algunos desaparecieron, otros fueron dados en adopción, otros… jamás lo entendieron.

Vayamos a otro punto, las mujeres utilizadas como botín de guerra. 

Sí, definitivamente, las mujeres fueron utilizadas como botín de guerra. Tanto sus cuerpos como su propia existencia. Desde todos los ángulos. Cuando los paramilitares incursionaban, las principales víctimas eran las mujeres. Las abusaban, las violaban y luego las mataban. Hay pruebas, pero no hay justicia: esos delitos no se han juzgado.

Perdón, ¿y las FARC no violaron a las mujeres?

Voy. Voy por partes. Entiéndame que yo tengo una visión propia. Pero hoy, tras el acuerdo, se quiere olvidar de tajo lo que hicieron los paramilitares. Y en esto, también hay que acusar a las fuerzas militares [de abusos y violaciones]. Por nuestra parte, sí, tengo que señalar que es seguro, que a pesar de las normas rigurosas que teníamos que condenaban cualquier tipo de violencia contra las mujeres, en el contexto de la guerra ocurrieron hechos de ese tipo por parte de integrantes de nuestra organización.

Entonces, ¿reconocerán esas violaciones? Porque todos, también las fuerzas del Estado, cuentan con normas que dicen que no se puede violentar a las mujeres. 

Sí. Tendrán que salir y hacerlo. Todos. Ahí está la JEP. El problema es el de siempre, que no hablamos solo de los actores armados. Aquí todo el mundo participaba. La clase política dirigente no tenía el fusil directamente, pero sí financiaba, promovía y facilitaba para que se crearan estas violencias contras las mujeres. Afortunadamente esos delitos no pueden ser amnistiados.

¿Qué papel puede jugar ahora la comunidad internacional?

La comunidad tiene un papel fundamental para que se logre este acuerdo. Primero, debe estar presente en el territorio. Y dos, tiene que estar conminando al Gobierno para que cumpla lo prometido: nosotros lo hemos hecho. Cumplimiento y puesta en marcha. Hacen falta resultados específicos en materia de implementación.

Aparte, puede ayudar con apoyo técnico y recursos económicos. Porque muchos países de la comunidad internacional aportaron para la guerra, para fortalecer a las fuerzas militares y al Estado que seguía atacando a las comunidades y territorios. Invitamos a esos países ricos, que tienen además intereses en el país, que aporten, que inviertan para que esta paz llegue a los territorios y a la Colombia profunda, a esa que nunca ha conocido un escenario distinto al olvido, a la miseria, a la pobreza y a la guerra.

A pesar de todo, ¿cómo ve el futuro?

Hay esperanza. Colombia ha cambiado y dado pasos importantes. Nunca antes se había pensado que la izquierda sacara ocho millones de votos. La gente ha empezado a perder el miedo. No obstante, se deben dar cambios estructurales para que haya justicia social. No se justifica que en este país, con un territorio tan rico y diverso, mueran niños de hambre y eso pasa en El Chocó, en la Guajira y en Bogotá. No se justifica que existiendo una población tan numerosa con vocación agropecuaria y tantas tierras, no se asignen tierras. Eso tiene que cambiar, pero repito, hay esperanza.

Por cierto, su partido aparece totalmente dividido, ¿se rompe?

Yo diría que no, que simplemente hay discusión. FIN

Publicado en La Marea https://m.lamarea.com/2018/11/02/victoria-sandino-la-paz-es-un-sueno-

Cien años de mujeres sin ojos

Poder hablar de Cien años de soledad es ya de por sí un placer, una invitación a soñar, a sentir el hielo en el Caribe, trasportarse y entrar en una dimensión suprema. En el 50 cumpleaños de la publicación del libro (@libros.com y la Universidad Rey Juan Carlos), me han pedido cómo ve y pinta el genio García Márquez a las mujeres. La respuesta es difícil, porque en este gran viaje no hay una, sino cerca de una veintena de féminas que durante el macondiano siglo son un pilar fundamental para que transcurra la historia. Las hay fuertes y prácticas, como la matriarca Úrsula Iguarán; modernas como Amaranta Ürsula; monjas (Meme), vírgenes, niñas bellísimas (sic), prostitutas, como Pilar Ternera; cometierras como Rebeca Buendía… mujeres fascinantes y muy diversas, como la novela.

¿Pero, qué qué tienen en común? Dos cosas, me atrevo a afirmar. Una, están supeditadas a la historia de los hombres, y dos, no tienen ojos, porque no ven, o quizás más acertado sería decir, no sienten. Me atrevería a sugerir que al autor cartagenero se le olvidó en sus fantásticas descripciones apuntar que ellas son ciegas por algún misterioso motivo. Igual que por un mágico suceder damos por válido que los hijos del incesto nacen con cola de cerdo. Les ocurren cosas, muchas, muchísimas y extravagantes y nos las creemos, pero narradas desde la óptica de los vencedores, los que hacen guerras, los hombres que marcan el destino de esos Cien años de soledad. 

Y sí, a algunas de ellas les gusta el sexo, o más bien diría que lo practican, o peor, son forzadas. Hay también profesionales. Hay para todos los gustos en tan extraordinario siglo. Pero quisiera ver a mujeres con los ojos y piel necesaria para sentir los orgasmos (como ellos, que los anhelan y uno siente que se suben por las paredes hirviendo de deseo). Ellas no tienen ojos ni piel para querer cabalgar sobre un hombre y saber qué es el placer.  Todo lo contrario. Hasta la tenaz Úrsula:

“Temiendo que el corpulento y voluntarioso marido la violara dormida, Úrsula se ponía antes de acostarse un pantalón rudimentario que su madre le fabricó con lona de velero y reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que se cerraba por delante con una gruesa hebilla de hierro”.

Son mujeres relegadas a hacer la casa, lo íntimo y ¡no se hartan!. No odian planchar, ni la obligación diaria de vestir a sus hijos, darles de comer y ocuparse del campo. Porque a ellos les vemos distraídos, en sus cosas (que puede ser la nada) o sus grandes epopeyas, el propio transcurrir del libro. Y sigo con la matriarca, la más fuerte y presente en la novela.

“Fue esa la época en que [José Arcadio Buendía] adquirió el hábito de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena”. 

O. 

“Gracias a ella, los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sinencalar, los rúsiticos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios”…

Las violan y allí no pasa nada. Las mujeres sin ojos no sufren. Es un hecho. Y así sabemos de Pilar Ternera:

“Se llamaba Pilar Ternera. Habían formado parte del éxodo que culminó con la fundación de Macondo, arrastrada por su familia para separarla del hombre que la violó a los catorce años y siguió amándola hasta los veintidós, pero que nunca se decidió a hacer pública la situación porque era un hombre ajeno”. (Pobrecito, diría yo)

Ni cuando ascienden a los cielos se percatan. Los hechos pasan por ellas. Así muere Remedios la bella.

“Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”

¿Machismo en unas mujeres supeditadas al destino del hombre? Sí, como el de la época. Pero especialmente porque no hay una perspectiva de género, que no es otra cosa que contar las historias desde la mirada de las mujeres. El otro día en un texto periodístico sobre las mujeres y la guerra explicaba con un ejemplo en qué consiste esa mirada. Y voy a Colombia, como periodista, como buscadora de historias, que es algo que hace también un literato. Así se explica qué es la perspectiva de género en la guerra, hoy, en 2017. Si entre el 51 y 52% de los 6,5 millones de desplazados por el conflicto son mujeres, mujeres sin sus esposos -que están muertos o desaparecidos-; mujeres pobres; mujeres que tienen a sus hijos en alguno de los bandos o incluso en bandos contrarios; mujeres que viven con la carga de hijas violadas por los actores armados; mujeres que sostienen a sus familias; mujeres (y duele la reiteración) que han sufrido hasta dos y tres desplazamientos y que los lugares donde se asientan siguen sufriendo la violencia física y económica…, y no lo vemos, ¿qué país estamos contando? ¿Qué país contaba Gabo?

Pero bien, García Márquez en Cien años de soledad es un literato que decimos bebe de la observación miope, matizo. Y demos por válido el contexto en el que lo cuenta, los años 60.  Asumamos que nadie pasaría el filtro del feminismo. ¿Dónde quedaría Nabokov y su Lolita?, por citar un ejemplo. Y pasan los años, cuatro décadas, y ¿qué decimos de Historia de mis putas tristes, también de García Márquez.

“El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen”, hasta el final: “Ay, mi sabio triste (…) Esa pobre criatura está lela de amor por ti”.

Bien, dejemos la corrección política en las artes. Volvamos al periodismo, a lo una autobiografía, que sería algo parecido a una crónica de un grande, Pablo Neruda. Hace poco señalaba  la sorpresa que me supuso releer Confieso que he vivido, un perfecto ejemplo de cómo normalizamos el machismo y la violencia contra las mujeres. En la primera lectura no lo vi el abuso. Confieso mi miopía.

“Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.

Ella pasaba sin oír ni mirar. 

Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

Como periodistas sí tenemos una responsabilidad en empezar a hacer las cosas bien. Nos toca desaprender. A todos y todas. Porque si yo fuese redactora jefe de un medio y un reportero me cuenta una historia que solo representan al 50% de las voces, lo daría por inválido. Si solo me contase la voz de los ganadores, le diría qué dónde está su instinto y olfato.

Y caemos en el tópico y nos empeñamos en seguir viendo el mundo solo con unos ojos. En El mundo árabo-islámico como ellas no lo contaron, de Carmen Valiña, se plantea cómo las grandes corresponsales españolas no han relatado los conflictos de un modo muy distinto al de sus colegas. “Es casi imposible distinguirlo del de sus colegas masculinos. Desde la adopción sistemática del punto de vista oficial en Occidente hasta la tendencia a ningunear a los seres de carne y hueso que viven en esa región, pasando por la confusión entre la religión musulmana y las acciones deleznables de algunos grupos que le hacen interpretaciones fundamentalistas, el género del informador parece influir muy poco”, señalaba Javier Valenzuela, en una reseña del libro. “No han contado el formidable esfuerzo de millones de mujeres desde el Atlántico al Índico para ir accediendo a los estudios y los trabajos, ni sus nuevos planteamientos en la vida familiar, con voluntad de tener menos hijos y más presencia en la vida laboral, civil y política”.

La buena noticia ahora es verlo y empezar a corregir la historia, porque la “verdadera historia está con las víctimas”, como dice Luz Marina Bernal, lideresa de las Madres de Soacha. Y debemos tomar posición y contar las guerras, si hablamos de conflictos, con los ojos de todos, también de las mujeres. ¿Hasta dónde? Yo diría que hasta que

“No estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara náuseas, que lograra que la sola idea de la guerra diera asco. Que pareciera de locos. Que hiciera vomitar a los generales”

 

Mirar la guerra desde los ojos de las mujeres

(Publicado originalmente en el Huffington Post, Huffington Post. )

Colombia resulta fascinante: puede ocurrir de todo. Por la parte macondiana y más colorida, recuerdo manifestaciones de ladrones autorizadas en las que los maleantes gritaban que los auténticos malos no eran ellos. Gritaban a cara descubierta, ese día que podían, que quienes robaban estaban en las instituciones. También viví cómo en un cine rural al aire libre la entrada era diferente si se optaba por leer los subtítulos al revés; desde el otro lado de la pantalla. Pero si entramos en el drama, desde allí nos hemos hasta aburrido de ver masacres. Y absurdos, como a un Pablo Escobar que desde la cárcel recibía putas y manejaba el cartel de drogas. Más. Para un curioso, un inquieto, un periodista resulta fácil hablar con una persona que dice ser mercenario y dedicarse a matar. Pero ojo, tras ese espectáculo (cuidado, periodistas; cuidado, audiencias), hay que reiterar que Colombia es un lugar que se desangra por una guerra que resulta imposible de datar: no son 52 años, son muchos más. Porque allí, el conflicto es la desigualdad, que mata. Y son muchos los muertos y las muertas de esa esquina de América del Sur, son millones los desplazados, incontables las mujeres utilizadas como botín de guerra, los mutilados físicos y psíquicos y las víctimas de esa atrocidad que se llama guerra. Como cuento en el prólogo del libro que publico ahora con libros.comMujeres al frente, las guerras siempre me han llamado la atención.

Supe siempre que mi abuelo Mario había participado en la guerra, la nuestra, y aquello me provocaba tantas preguntas… Mi abuelo, aquel señor grande y tierno que comprendía y nos permitía siempre todo. No solíamos estar solos; por allí andaban también mi abuela y mi hermano. No obstante, recuerdo buscar momentos a solas para preguntarle si él había matado. En mi cabeza de menos de diez años me resultaba imposible que aquel señor que me protegía y daba cariño, hubiese disparado a otro hombre. Su respuesta a mi pregunta directa fue ambigua. Con tristeza y muy despacio, como costándole las palabras, me llegó a contar que aquello fue lo más triste con lo que jamás un hombre se puede enfrentar y que solo esperaba que nunca jamás se repitiese. Entendí que sí mató.

Con las muchas inquietudes que me sigue provocando nuestra guerra civil o cualquier otra, porque al final, todas son las mismas, Colombia y su guerra me ha respondido a muchas de mis dudas. Aunque en Mujeres al frente (tanto el libro como la película), quizás la clave esté en mirar el conflicto desde otra perspectiva, desde los ojos de ellas, las mujeres, quienes no suelen engrosar las filas de combatientes, pero sí ponen muertos, sus hijos que caen matando; sus hijas, que son violadas; sus maridos, muertos o ausentes, sus muchas miserias… Me paré en ellas porque en Colombia, desde hace años, de una forma silente y soterrada, las mujeres llevan inventándose alternativas a la muerte. Dicen algo tan obvio como que la violencia solo provoca violencia y están hartas del patriarcado y de que impere la ley del más fuerte. Repiten que la indiferencia mata, que no hay paz sin desarrollo. Afirman también que necesitan de la memoria para construir un nuevo país que no repita el horror de matar y matar. Quieren una Colombia democrática, y no hay democracia sin mujeres, por eso es importante que se las oiga. Y hay que hacerlo por dos motivos obvios: uno, por justicia, y dos, porque plantean ideas diferentes y porque las actuales, las de seguir apostándole a la violencia solo ha tintado los ríos de sangre.

Termino con sus nombres, que son quienes han hecho posible esta gran historia. Las protagonistas de Mujeres al frente son la campesina Nelly Zelandia; la afrocolombiana Luz Marina Becerra; la candidata al Nobel de la Paz Luz Marina Bernal; la ex comandante del M19 Vera Grabe; la fundadora de la Ciudad de las Mujeres, Patricia Guerrero; la lideresa comunal Mayerlis Angarita y la socióloga Beatriz Montoya. A todas ellas les agradezco sus lecciones de vida. Suelo repetir que ojalá fueran presidentas porque “no estaría mal escribir un libro sobre la guerra que provocara náuseas, que lograra que la sola idea de la guerra diese asco. Que pareciese de locos. Que hiciera vomitar a los generales”. Esta última afirmación es de Svetlana Alexiévich, Nobel de Literatura. Lo dice en su libro la Guerra no tiene rostro de mujer. Algo así pretende ser Mujeres al frente. FIN

Perspectiva de género y paz, más paz

Una reforma agraria que incluya a las mujeres, la participación femenina y el reconocimiento de la violencia sexual hacia las mujeres, principales puntos de un acuerdo para la paz que incluye aspectos de genero.

El pasado 24 de julio, el gobierno colombiano y las FARC acordaban incluir perspectiva de género en la Mesa de Conversaciones de Paz de La Habana. “Hay evidencias cuantitativas de experiencias en otros países de que cuando se introduce el concepto de género en una situación de postconflicto, las probabilidades de que los acuerdos sean sostenibles en el tiempo se multiplican”, afirma la española Belén Sanz, directora de ONU Mujeres Colombia y testigo presencial de estos casi tres años de negociaciones. Y hablar de las mujeres en la construcción de la paz, significa visibilizar el impacto diferenciado que tiene la guerra entre unos y otros, explica la representante de Naciones Unidas. Sanz lo ilustra con ejemplo claro: “De los 6,5 millones de desplazados y desplazadas del conflicto, el 52 por ciento son mujeres; mujeres sin sus esposos, que están o muertos o desaparecidos; pobres; con hijos en alguno de los bandos o incluso en bandos contrarios; con hijas violadas por los actores armados… Mujeres que sostienen a sus familias y han sufrido hasta dos y tres desplazamientos y que en los nuevos sitios donde se asientan viven en el permanente riesgo de sufrir nuevamente violencia física y económica. Sus narrativas no tienen nada que ver con la de los hombres. No verlo es no entender la guerra que han sufrido el país”, señala. Pero bajo la perspectiva de género, las mujeres (tanto las presentes en Cuba –en uno y otro bando- como las víctimas que han narrado en La Habana los horrores que han vivido y las organizaciones feministas que llevan años trabajando incansablemente por una sociedad más equitativa y justa), ven en los acuerdos de paz una oportunidad histórica para transformar el país.

Según el comunicado conjunto que emitieron Gobierno y las Farc, el compromiso de incluir asuntos de género, se basa en ocho puntos que remueven el sistema actual. Entre ellos destacan, el acceso y formalización igualitarios de la propiedad rural; la búsqueda de un modelo que garantice los derechos económicos, sociales y culturales de las mujeres y personas con identidad sexual diversa; la erradicación de los cultivos ilícitos y la promoción de la participación femenina en espacios de representación, toma de decisiones y resolución de conflictos. El grupo de especialistas en género presente en La Habana ha tratado también un asunto ausente hasta hace nada en la sociedad colombiana: la violencia sexual y la utilización de las mujeres como botín de guerra. En este sentido, también consta la toma de medidas de prevención y protección que atiendan los riesgos específicos de las mujeres; el acceso a la verdad, justicia y garantías de no repetición, y el reconocimiento público y difusión de la labor realizada por mujeres como sujetas políticas.

“Hemos presenciado la culminación de una fase crítica del trabajo de la subcomisión de género, que es un mecanismo único en la historia de la resolución de conflictos. La aplicación de este compromiso será la prueba clave de una paz duradera, y satisfará las aspiraciones más elevadas de las colombianas y los colombianos respecto a contar con una sociedad justa, equitativa, inclusiva y democrática”, apunta el comunicado de Naciones Unidas sobre la firma. Queda ahora la formalización y materialización del pacto, ya que desde hace décadas existen avanzadas leyes en Colombia relacionadas con la participación de las mujeres en la política, la devolución de tierras a los campesinos y la violencia sexual y feminicidio. Tampoco es nueva la resolución 1325 de Naciones Unidas, que ha cumplido ya 15 años, y que habla de la importancia del papel de las mujeres en la construcción de la paz… “No solo es el fin del conflicto. Hay que trabajar ahora para que la igualdad no solo sea formal, sino sustantiva. Hay que hacer que las leyes se cumplan y entender que los procesos de paz son momentos de transición donde se pueden remover y acelerar los cambios”, opina Belén Sanz.

(Publicado en www.elpais.es). Seguiré contando en otros medios como fueron los años de negociación y más detalles del acuerdo.