La invisibilidad oficial de la violencia sexual: ‘Ya es hora de que me creas’

La frase “No volvería a denunciar” fue la más repetida entre las múltiples mujeres entrevistadas para el informe Ya es hora de que me creas, publicado por Amnistía Internacional (AI) sobre violencia sexual contra las mujeres. A pesar de haber aumentado, España ocupa el puesto 25 de los 32 analizados en número de denuncias. El motivo para no acudir a las autoridades, según el director de la ONG, Esteban Beltrán, es que las mujeres no creen que sirva para nada. “No son creídas”, apuntó tajante.

El estudio denuncia que España lleva 30 años en los que las violencias son invisibles debido a la carencia de políticas públicas para luchar contra la violencia sexual. Para el responsable de AI, la violencia sexual en España fuera de la pareja o expareja es masiva e impacta en la vida de millones de mujeres en España y “es oficialmente invisible”.

Amnistía Internacional señala varias cuestiones que obstaculizan que las víctimas y supervivientes de la violencia machista denuncien y puedan gozar de sus derechos. Para empezar, subraya esa invisibilidad como un problema de base, tanto cuantitativo como cualificativo, e insiste en la inacción durante tres décadas de una política que no ha mirado y puesto remedio al horror que sufren el 13,7% de las mujeres españolas que reconocen haber sufrido violencia machista a lo largo de su vida, según la Macroencuesta de Violencia Contra la Mujer 2015.

Otro impedimento es, según el informe, la indefinición de una política pública común en todo el Estado. Asimismo, denuncia la falta de especialización del personal que atiende a las mujeres (policías, servicios médicos, jurídicos…), la necesidad de que exista una denuncia para que se garantice la intervención de personal forense y unos procesos judiciales que no resultan traumáticos para las víctimas, que vuelven a ser revictimizadas. “No puede ser que las víctimas tengan miedo de quienes deben protegerlas”, señaló la autora del informe, Bárbara Tardón.

Realizado durante este ejercicio, la investigación constata que no existen a nivel estatal campañas de información que aclaren qué hacer cuando la víctima ha sido violada o ha sufrido cualquier otro tipo de violencia sexual. La prueba es que el procedimiento que debe seguir una mujer es distinto según la comunidad en la que viva, si es que existe protocolo. Es lo que AI denomina “la lotería de las comunidades autónomas”. Otra forma de comprobarlo, señalaron, es lanzar la siguiente pregunta al aire: “¿Qué hay que hacer si te violan: primero al hospital (¿vale cualquiera?) o a una comisaría (¿vale cualquiera?)”. No hay cifras, defiende la ONG, que ofrezcan una dimensión real de la violencia sexual. Tampoco hay, subraya, recursos especializados.

A Blanca, por ejemplo, no la creyeron. Blanca estaba en la sala, no quiso ser fotografiada pero no tuvo reparos en contar el peregrinaje que tuvo que sufrir cuando la violaron, a pocos portales de su domicilio. En su caso, según llegó a su hogar, se lo contó a su madre y salieron juntas a una comisaría: no era la buena, la preparada con personal para atenderlas; de esa se fueron a otra –donde tras un interrogatorio de cinco horas–, no la creyeron. De allí partieron a un hospital, tampoco era el bueno. De allí, y en bus, se trasladaron a otro donde el forense seguía sin creerla… Pasaron casi 17 horas hasta que la atendieron y pudo volver a casa a bañarse y descansar. A Mónica Méndez, la madre de Raquel, una joven de 15 años que se suicidó víctima de acoso por Internet, tampoco la creyeron. O lo hicieron tarde, cuando la niña estaba muerta, explicó Méndez ante la prensa.

“La ropa, la hora, el alcohol, la raza, la etnia, la situación migratoria de la mujer… son todo estereotipos que siguen mermando la credibilidad de las mujeres y que está en la raíz del problema”, denunció Beltrán, un factor al que se suma la falta de formación del grupo de profesionales que atiende a las víctimas.

Seis medidas para garantizar los derechos de las mujeres

Para abordar la invisibilidad, el cuestionamiento y la desprotección de las víctimas de violencia sexual, Amnistía Internacional propone:

  • Recopilar datos que permitan dimensionar el problema para impulsar así políticas públicas, coordinadas con los gobiernos autonómicos, para la prevención, sensibilización, información, atención y reparación de las víctimas.
  • Crear servicios especializados como teléfonos disponibles las 24 horas del día, los 365 días del año, y garantizar la existencia de centros especializados en violencia sexual en todos los territorios del Estado español.
  • Revisar, actualizar y garantizar la aplicación el Protocolo Común para la Actuación Sanitaria ante la Violencia de Género, incluida la violencia sexual, de 2012.
  • Reformar el Código Penal en lo referente a todos los delitos sexuales, garantizando que se protege la autonomía sexual y el consentimiento libremente dado, de acuerdo con los estándares internacionales.
  • Facilitar asistencia letrada gratuita e inmediata a las víctimas, formar y sensibilizar a todos los operadores jurídicos en contacto con las víctimas. Se trata de adaptar las instancias judiciales para que sean espacios que garanticen la confidencialidad y seguridad de las víctimas y sus familiares.
  • Impulsar la reparación de las víctimas, no solo desde el punto de vista de una compensación económica, sino contemplando la restitución, rehabilitación, satisfacción y garantías de no repetición.

Para la realización del informe se ha analizado la respuesta de las autoridades y las instituciones españolas, se ha realizado 13 entrevistas individuales a mujeres víctimas y supervivientes de violencia sexual, además de otras 13 a familiares, que accedieron a hablar con la organización en nombre de las mujeres y adolescentes agredidas. Se hicieron también dos entrevistas grupales. Además, Amnistía Internacional se ha entrevistado con 13 ONG y con 57 profesionales (del mundo de la abogacía, psicología, sociología, psiquiatría, medicina y fiscalía, entre otros ámbitos).

Publicado en https://www.lamarea.com/2018/11/23/informe-subraya-desamparo-mujeres-ante-estado/

Nosotras corremos. Por la resistencia y por una nueva forma de conjugar

Leo en un tweet: “Según Salvamento Marítimo TODAS las mujeres del Aquarius han sufrido violencia sexual”. Unos días antes, y también relacionado con el drama de las personas que huyen de su país para no morir, la activista Helena Maleno afirmaba en una entrevista que las mujeres, para llegar aquí, deben normalizar la violencia. Contaba que es una cuestión de supervivencia, porque si no lo haces, te mueres. “Se exponen a las violencias ligadas a la trata de personas y a ser explotadas durante el tránsito para poder llevar a cabo el viaje, por no hablar de los abusos y violaciones sistemáticas. Normalizar la violencia es una gran estrategia para no morirte”. Lolita, una Berta Cáceres de Guatemala, una defensora de los derechos humanos que tuvo que huir de su país para que no la matasen dice que quiere vivir y que no nació para ser ni violada ni asesinada. Porque el norte de Centroamérica, lo denuncia Naciones Unidas, está considerado como una de las regiones sin guerra más peligrosas del mundo para ser mujer.

Pero ojo, no hace falta irse lejos, el caluroso 19 de junio cerrábamos la jornada en España con el asesinato de tres mujeres por terrorismo machista. Al día siguiente, hubo otra más. Cuatro mujeres menos a seguir. Cuatro mujeres asesinadas por el mero hecho de haber nacido mujer. El día que empecemos a contar este drama con la misma seriedad que tratamos otros terrorismos la historia empezará a cambiar.

Pero para eso hace falta cambiar la forma de contar y mirar. Lo primero está muy relacionado con el lenguaje y con la visibilización de las mujeres en todas las esferas. Para modificar la mirada hay que aprender a pensar las cosas desde otra perspectiva, la que se empieza a ver si uno se coloca las gafas violetas. No es fácil: las transformaciones nunca lo han sido.

Lo interesante es que se ha roto el tarro y el sentir de las mujeres en la lucha por nuestros legítimos derechos, aquí y allá, es imparable; es global y es local. “El mundo, el de las mujeres, llevaba un tiempo despertando de una calma chicha que había durado demasiado. Y crujía por todas partes. Cada movimiento encontraba cada vez más réplicas y más rápidas, más sonoras; cada una rompía en mayor o menor escala con un prejuicio, una cifra, una tradición, una orden”, explica la periodista Isabel Valdés en su libro Violadas o muertas, un alegato contra todas las ‘manadas’. La calle no callará más: ahí estamos nosotras. Se vio el 8M, porque al día siguiente amanecimos con el asombro de una parte de una sociedad que por fin se plantea que debamos hablar de consejo de ministras, si somos más. Un mundo donde banqueras como Ana Botín confesaba hace unas semanas que sí es feminista, algo, decía en la entrevista, que no hubiese afirmado hace diez años.

Sigo feliz tras la lección de la hija de un amigo. Con 8 años le pidieron que conjugase el verbo correr en presente de indicativo. “Yo corro/ tú corres / ella corre / nosotras corremos / vosotras corréis / ellas corren”, dijo. Sin darse cuenta, la pequeña ya ha hecho suyo que lo personal es político. Yo corro con ella para buscar las conexiones entre la experiencia personal y las grandes estructuras sociales y políticas, así se cambia el mundo.

Este artículo de opinión se publicó primero en el nº5 de la revista Más Mujeres a Seguir (MAS), edición en papel y en el newsletter: Newsletter MAS

Perspectiva de género, también en las fiestas

‘A pocos días del primer txupinazo del que van a poder disfrutar el asesino de Nagore Laffage y los violadores de La Manada, aparecen muchas iniciativas para demostrar la indignación de las mujeres. Que no vayamos, por ejemplo. O que vayamos de negro’,decía hace apenas unos días en Vice la activista y feminista vasca Irantzu Varela. Ella está en totalmente desacuerdo: ella aboga por contar con el legítimo derecho de salir.

Porque sí, estamos indignadas, estamos hartas de la violencia, pero ante todo, la consigna de las feministas navarras y de todo el mundo es clara: la calle y la noche son nuestras también (faltaba más) y nadie nos puede arrebatar el derecho de disfrutar una fiestas, de emborracharnos, de ponernos una camiseta o de quitárnosla.

 

Ante esa máxima, importa poco el color de la camiseta, pero ojo, las navarras, que son las que llevan allí luchando durante décadas por tener unas fiestas sin violencias sexuales hacia las mujeres, quieren seguir portando la camiseta blanca, la oficial. La negra, comentan, supone luto y ellas, en sanfermines, quieren reír, bailar y gozar.

Porque estamos hartas de que a la mitad de la población le haya tocado el placer y a la otra media el complacer’, señalaba estos días la feminista Teresa Saez Barrao en Pamplona. Ellas, las pamplonicas, llevarán una chapa roja que dice “no a la violencia” y un pañuelo violeta. Eso sí, les parece estupendo que el resto de mujeres se vista de negro ese día 6.

Porque lo que hay que cambiar es “la cultura de la violación”, esa terrible idea que marca los espacios para que no seamos libres de hacer lo que queramos: de divertirnos. Las feministas rechazamos de la manera más contundente esa creencia de que si sales, te besas con alguien o vistes así, te puede ocurrir. Tampoco la ebriedad justifica nada; ni es un atenuante en ellos, como dijo la justicia en el asesinato de Nagore Laffage a manos de José Diego Yllanes, un hecho calificado de homicidio por un jurado popular.

Lo que sí debe hacer la Justicia es escucharnos, porque esa justicia patriarcal alienta a las manadas y perpetúa la violencia.

Lo que sí debe hacer la ciudadanía es salir a la calle para denunciar que nos tocan, nos violan y abusan porque nos consideran objetos sexuales.

Lo que sí debemos hacer es contarlo y acudir a las instituciones (en Pamplona, desde el caso de La Manada se han incrementado en porcentajes superiores al 20%. Y no es que ocurra más, es que se cuenta más).

Lo que sí hay que hacer es pedir a las autoridades que pongan medios y recursos para evitar esas violencias. Por una parte, medidas previas, educación y concienciación sobre esas múltiples y cotidianas violencias contras las mujeres. Y por la otra, perspectiva de género, también en las fiestas, y en la hora de planificar una ciudad con rutas de transporte nocturnas, iluminación, puestos de seguridad…

Hermanas, si nos tocan a una, nos tocan a todas. Hermanos, despertad y apoyadnos en estas y en todas las fiestas, la calle también es nuestra. Y ahora: ¡Viva San Fermín!

Publicado en Más de la mitad, blog de 20 minutos

Un alegato para abrir los ojos contra la violación

Esto va solo de abrir los ojos. Abrir los ojos y ver esa fina pero penetrante capa que lo cubre todo y subyace todo. Y precisamente porque está en todas partes, para quien no quiere verla, no está en ninguna”, escribe la periodista Isabel Valdés en Violadas o muertas, de Península breve. El libro se define como un alegato contra todas las “manadas y sus cómplices” y está escrito con rabia. Con la rabia que la reportera ha recogido en la calle de las miles y miles de mujeres indignadas con la sentencia de La Manada primero, y la puesta en libertad de los cinco hombres que metieron a una chica de 18 años en un portal y la penetraron anal, bucal y vaginalmente.

“Las bromas que generaban los vídeos y las fotografías de La Manada también sirven para explicar la complicidad o la connivencia (o ambas) que la cultura de la violación (en cualquiera de sus estadios) necesita para seguir rampante y campante. Por este motivo, esto iba a abrir los ojos y darnos cuenta de cómo nace, se construye, se extiende y se mantiene. Ellos porque son criados con el rol activo en la barbarie. Nosotras porque lo somos en el pasivo. Todos engordados y malnutridos con la misma burda mentira del patriarcado”, espeta la reportera de El País en las páginas del volumen que ahora sale a la venta. Interrogada sobre la supuesta neutralidad que corresponde a su oficio, la periodista asevera que hay temas donde no cabe la distancia. “Nunca podríamos ser neutrales con un nazi o un pederasta. Hay temas donde los medios debemos posicionarnos a favor de la igualdad y en contra de la violencia. No hay más”.

Portada del libro, Violadas o Muertas

Portada del libro, Violadas o Muertas

La narración es trepidante y está estructurada por unos capítulos tan angustiosos como los que debió padecer esa joven “cuando le jodieron la vida”, dice la escritora en el primer capítulo del libro. Se titula “37 minutos” y su lectura duele: narra de una manera fría y quirújica ese lapso de tiempo en que la introdujeron el portal pamplonica para vejarla, grabarla, robarla y humillarla. A continuación, en “Once horas y cuarenta y cinco minutos”, se relatan dos mundos, el de ellos, reflejado en los mensajes en los que se jalean y celebran haberse follado entre cinco a una mujer y el de ella, “abatida” y absolutamente confusa, en shock, tanto como para ni saber si la habían penetrado cuatro o cinco hombres. En ese tiempo ella fue asistida por médicos, especialistas y declaró. En ese tiempo, ellos –esos “hijos sanos del patriarcado”, como los define la autora, fueron cercados. Su fiesta empezaba a cambiar de tono.

Y tras esa importante y valiente denuncia de la víctima, un acto que puede haber provocado un antes y un después de la sociedad española ante las violencias machistas, Isabel Valdés da un tiempo al lector para subrayar que no habla de un caso aislado y resaltar que en España se denuncia una violación cada ocho horas. Aprovecha también para dedicar unas líneas a las muchas violencias contra las mujeres: malos tratos, matrimonios forzados, desigualdad salarial… y al hartazgo de las féminas contra esas violencias. “El mundo, el de las mujeres, llevaba un tiempo despertando de una calma chicha que había durado demasiado. Y crujía por todas partes… La Manada puso la realidad ante las narices de todos”, apunta la periodista que habla de este momento como “el fin del silencio”.

Recuerda también a Nagore Laffagge, otra joven violada en San Fermines en 2008. En su caso, opuso resistencia. La mataron. Sería lo que la periodista y escritora define como una “violada ideal”, porque calla, porque ya no puede hablar. Ese concepto hace alusión también a las actitudes por las que se juzgó a la víctima antes, durante y después, lo que ha venido haciendo la justicia patriarcal. Es decir, en el previo: ojo con las miradas, las minifaldas, un tacón demasiado alto o el estado de embriaguez; si te ocurre: grita y di “no” de una forma rotunda, no importa cuántos sean, que te estén intimidando o su edad… Araña, grita, pelea, déjate la piel… Y por último: si has sido violada, denuncia inmediatamente y “llora, adelgaza 15 kilos o engorda 20, deja el instituto, la universidad, el posgrado o el doctorado si estás estudiando, el trabajo en caso de que te hayas incorporado a la vida laboral; si tomas la temeraria decisión de seguir con esas rutinas, hazlo bajo los criterios del duelo de los años cincuenta”, apunta el texto.

“Nuestra revolución camina, a ratos lenta y a ratos desbocada, pero blindada, en bloque sin repliegues. Es imparable”

El libro que Isabel Valdés define como “de urgencia” termina con un capítulo que la autora ha titulado “Bienvenidas a la resistencia”. En él, Valdés narra el jueves 26 de marzo de 2018, el día que se leyó la sentencia, una de las más esperadas, más polémicas y con mayor agitación de la historia de la democracia española, una jornada que venía precedida de un 8M que hizo historia en España por la movilización de las mujeres en las calles, un hecho que saltó a las portadas de todo el mundo.

“Nosotras esperábamos… Esperábamos que la justicia creyese y compartiese, que se hubiese metido en nuestra piel…”, asevera la periodista para intentar entender aquel veredicto que solo hablaba y penaba por abuso a aquella barbarie. “De fondo latía la percepción, también distinta, sobre cuándo, cuánto y cómo nos sentimos intimidadas o violentadas… Porque esto va de poder. El suyo…”, prosigue para cerrar con la sensación que arde estos días en las calles, un alegato –el del feminismo- contra todas las manadas, la de una revolución que no tiene vuelta atrás. “No vamos a ceder espacio. Ya no. Nuestra revolución camina, a ratos lenta y a ratos desbocada, pero blindada, en bloque sin repliegues. Es imparable”, concluye la reportera.

El libro cuenta además con un prólogo de la abogada Cristina Almeida y un epílogo de Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, que cierra el volumen con un “ojalá algún día podamos afirmar que la ley emana realmente del pueblo”.

Publicado en Público

Si son ciclistas son escándalo. Si son mujeres, un suceso

Tres mujeres han sido asesinadas este fin de semana. Hoy, lunes, los principales diarios no sacan en sus portadas ninguna referencia. En el interior de sus páginas, sí, y en ellas, las muertas “han muerto” y no han sido asesinadas. Hay una enorme diferencia. Se muere de una forma transitiva, se muere por un accidente o una enfermedad. Pero asesinar es “matar a una persona con premeditación o con otra circunstancia agravante”, que es lo que ha ocurrido en estos tres casos, que no son los únicos y que se suman a una larga lista en lo que va de año. Y no nos inmutamos: los consideramos sucesos.

Porque la muerte -porque fue un terrible accidente perpetrado por una persona al volante de un coche- de los ciclistas hace apenas unas semanas alteró nuestro psique. Y no solo eso, también el de las autoridades, que desde el fatal episodio hablan, con todo el tino del mundo, de legislar de una forma diferente: se trata de evitar esos inútiles fallecimientos. ¿Y en cuanto a nosotras, las asesinadas de una forma no accidental? ¿Dónde están los medios, dónde los políticos, dónde el dinero  necesario para pensar en las políticas de prevención?, ¿dónde está el Pacto de Estado? Nos están asesinando. Somos más las asesinadas por violencia machista que por la violencia etarra. ¿Otra vez hay que decirlo?

“¿Dónde están los hombres rebelándose contra el machismo que asesina mujeres? ¿Por qué callan y asumen la violencia como si fuera un suceso?”, grita desde las redes el feminista Octavio Salazar. Yo añado. ¿Y nosotros, los periodistas, dónde estamos?

 “Porque violentar a una mujer es fracturar el núcleo básico de la sociedad y, cuando nosotros tratamos el tema con tanta ligereza estamos poniéndonos del lado de los violentos y olvidando a las víctimas. Para los periodistas, la violencia contra las mujeres no es una noticia importante. Es un breve, un suceso. Los medios hemos cosificado a las mujeres. No podemos hablar de una primera ministra sin contar cómo viste, pareciese que vernos en bikini fuese noticia… Es absurdo. Debemos empezar a contar que las mujeres no somos un par de zapatos, unas medias ni un escote perfecto. Y por último, no hay una conciencia y un compromiso claro por parte de los periodistas (y no hablo de los medios) con las víctimas de la violencia para entender que esa mujer puede ser su hermana, su hija o ella misma. Cuando escribimos sobre ellas, las tratamos como a seres de segunda categoría, no nos ponemos en sus zapatos”, respondía Jineth Bedoya en Ethic.

Y luego dirán que somos feminazis. 

 

 

“Lo más importante no es el perdón, es la verdad”: Jineth Bedoya

«Míreme bien la cara hijueputa; míremela porque no se le va a olvidar nunca», le espetaron a Jineth Bedoya (1974) los tres hombres que la violaron y la torturaron hace más de una década. No se imaginaban aquellos paramilitares colombianos el efecto bumerán que tendría su acción. Hoy, la periodista, nominada a Premio Nobel de la Paz y activista por los derechos humanos, no deja de encararse con quien haga falta para gritar que mientras ella habla una mujer siria está siendo violada en los campos de refugiados y diez casos de violencia contra mujeres caen en el olvido. Y aunque su caso fue declarado crimen de lesa humanidad, no está cerrado; hace apenas unos meses, la reportera tuvo que narrar por duodécima vez lo sucedido en el día de la violación ante sus verdugos y la Administración. «La justicia de este país me está obligando a revictimizarme, y el Tribunal Superior de Bogotá me ha obligado a que vuelva a contar mi violación. Esto no solo me pasa a mí, les pasa a muchas mujeres que, como yo, han sido víctimas», señalaba Bedoya, cabeza de la campaña ‘No es hora de callar’ .

No es su única batalla. Está también implicada en el proceso de paz: «La gente cree que nos arrodillamos ante las FARC. No. Les estamos diciendo: es hora de que digan la verdad, que reconozcan que violaron, que forzaron abortos, que utilizaban a las mujeres. Y si no lo hacen, iremos a los Tribunales Internacionales para que respondan. Así que tienen esa oportunidad. Yo no, no dejo de soñar», confiesa a Ethic.

Abanderas una campaña denominada ‘No es hora de callar’. ¿Es suficiente con hablar?

Hablar es un paso fundamental y hay que darlo para soltar parte del dolor que se lleva dentro. Porque crees que llevas una vida normal y no es cierto, llevas algo, sientes que te jala, que te va pesando y te arrastra. Hay que hablar. Y eso no significa siempre ir a la fiscalía o a la policía. Puedes hacerlo con alguien al que simplemente le verbalices: «Me está pasando esto». Es un paso definitivo para, después de lanzar ese primer grito, amarrar a esas primeras palabras toda una cadena de cosas que vienen detrás, como buscar un acompañamiento psicosocial o acudir a las autoridades para denunciar. Hablar es armarse de fuerza para decir: «No me equivoqué al abrir la boca. La culpable no soy yo. El culpable es quien me hizo el daño». Entonces, efectivamente, no es suficiente con hablar, pero sí es lo esencial.

Y el perdón de los verdugos ¿es suficiente? 

La palabra perdón se ha devaluado mucho. No sé cuántas veces me habrán preguntado a mí si yo lo había hecho. Y ahí pregunto: ¿qué significa dar perdón? Tras darle muchas vueltas, yo no he podido. Y no puedo hacerlo porque no tengo la libertad para llegar a mi casa tranquila y acostarme sin amenazas. Yo llego a mi casa sabiendo que al día siguiente me tengo que volver meter en un coche blindado, mover de una forma limitada, renunciar a disfrutar de unas vacaciones en mi país y vivir rodeada de escoltas. ¿Tú crees que así se puede perdonar? Pero sobre todo: ¿tú crees que se puede perdonar cuando no se sabe la verdad? Lo más importante no es el perdón; es la verdad. El perdón es el resultado final de un proceso, y no al revés. Antes de eso tiene que llegar la verdad.

A ti te revictimizaron. Se dijo que eras las amante de un guerrillero…

Todos los días me pasa y escucho frecuentemente que me lo merecí. Dos días después de mi secuestro, todavía en la clínica, me llamó un colega y me dijo que estaban contando que me habían violado porque era la amante de Yesid Arteta [miembro de las FARC en prisión cuando ocurrieron los hechos]. ¡Malnacidos! Ahora ya lo puedo digerir, pero a mí me quisieron deslegitimizar como mujer para justificar lo que me habían hecho. Y no, todo era inventado, pero si hubiera sido verdad, si yo hubiese sido la novia de ese guerrillero, eso jamás justificaría ninguno de los atropellos físicos y verbales que tuve que afrontar. Hoy ya se sabe que aquella mentira salió de la inteligencia militar. Montaron la historia, se la contaron a unos periodistas y ese rumor se convirtió en verdad para muchos. Durante muchos años me hizo mucho daño, porque se metieron con mi dignidad como persona. Pero hoy todo eso ya es anécdota y me parece muy válido hablar de ello para que no le pase a otra mujer. No se puede justificar una agresión por ser blanca, negra o salir con menganito.

¿Cómo diría que anda la Justicia colombiana de salud? 

En Colombia yo diría que la instituciones prácticamente no existen. Están, pero no actúan. Tenemos unas leyes avanzadísimas para las mujeres, contamos una normativa específica sobre feminicidio… pero, ¿cuántas veces se aplican? Y no me refiero al conflicto armado. Hablo de lo que ocurre a una mujer cuando llega a su casa y recibe diez puñaladas de su marido. Por eso, para mí, la Justicia en Colombia es inexistente, es paupérrima, es mediocre, no está comprometida: no existe. Eso en lo cotidiano, porque si nos vamos a lo que ha ocurrido durante la guerra hay que denunciar que ni siquiera hay unanimidad para investigar lo qué han vivido las mujeres en las zonas rurales.

Hay quien sostiene que estamos viviendo una guerra contra las mujeres.

Es que muchos hombres se sienten amenazados por los avances que las mujeres hemos logrado a nivel global en los últimos años. En la última década hemos vivido una especie de despertar para decir que nos estaban matando, fue como nuestra ‘primavera’. Y cuando hemos hecho oír nuestra voz, muchos nos llaman feminazis, locas y cuentan que les odiamos.

Hablemos de los medios de comunicación y su responsabilidad a la hora de contar la violencia de género. 

Creo que los medios de comunicación tenemos el 50 por ciento de responsabilidad en todos estos asesinatos, amenazas y golpes. Porque violentar a una mujer es fracturar el núcleo básico de la sociedad y, cuando nosotros tratamos el tema con tanta ligereza estamos poniéndonos del lado de los violentos y olvidando a las víctimas. Y digo esto porque, para los periodistas, la violencia contra las mujeres no es una noticia importante. Es un breve, un suceso. Los medios hemos cosificado a las mujeres. No podemos hablar de una primera ministra sin contar cómo viste, pareciese que vernos en bikini fuese noticia… Es absurdo. Debemos empezar a contar que las mujeres no somos un par de zapatos, unas medias ni un escote perfecto. Y por último, no hay una conciencia y un compromiso claro por parte de los periodistas (y no hablo de los medios) con las víctimas de la violencia para entender que esa mujer puede ser su hermana, su hija o ella misma. Cuando escribimos sobre ellas, las tratamos como a seres de segunda categoría, no nos ponemos en sus zapatos.

Como periodista, feminista, activista y directiva del diario Tiempo, ¿cómo vives ese tratamiento de los medios hacia la violencia contra las mujeres?

En Tiempo, en nuestra redacción hay una lucha muy fuerte. No con la directiva del periódico, que desde el primer día entendió que debíamos apropiarnos del tema. El problema está más en la redacción, donde hubo una lucha muy grande. Me ha costado siete años para que los hombres entiendan que este es un tema que es noticia y que debe tener un espacio en las páginas principales, más allá de si es 25 de noviembre u 8 de marzo. Las redacciones, como todas las organizaciones, están permeadas por el sistema patriarcal. Y mientras sigamos contando lo mismo, nos seguirán matando.

¿Dónde queda la objetividad?

En este activismo yo me arriesgo a implicarme sin ningún tipo de duda. ¡Estamos hablando de un tema que afecta directamente los derechos humanos! Y quien diga que el periodismo es objetivo es un gran mentiroso. Pero, además, cuando te pones a mirar cómo manejas el periodismo y el activismo en temas de violencia de género, siempre respondo que hacerlo de una forma profesional es completamente compatible. Porque yo entendí, desde mi posición, siendo víctima, siendo periodista, que sin los medios de comunicación no podemos transformar esta realidad. Y, lógicamente, cuando te sientas a escribir sobre un caso, claro que hay que tener cuatro dedos de frente para mirar porque de ese universo de mujeres que somos violentadas, siempre habrá un mínimo por ciento de casos (¿un dos?)  que son falsos y ahí no te puedes equivocar. Pero se trata de seguir los mismos parámetros del buen periodismo: comprobar, contrapreguntar, consultar todas las fuentes, tener una duda, tener mil. Siempre. No importa el caso. Eso no lo he perdido, no lo perderé y me ayuda a equilibrar ese activismo que dices.

Eres un referente público en Colombia, una bandera, una mujer valiente y un testimonio valiosísimo, pero eso tiene un precio personal: has renunciado a una vida normal. ¿Merece la pena?

Renuncié a una vida normal en tranquilidad, hijos, familia y duele, sí, pero hay cosas que pesan más en mi vida después de todos estos años. Decidí por voluntad propia convertirme en lo que soy hoy: una voz para llegar a las mujeres, y eso vale mas que todos los secuestros, amenazas, calumnias y todo lo que ha podido pasar. Duele, pero hay cosas que pesan más en mi vida después de todos estos años. FIN

Publicado originalmente en la revista Ethic.

#Yotecreo. Falsas son un 0,14 de las denuncias

Si te roban la cartera, no debes demostrarlo en comisaría. Basta decir que tus enseres desaparecieron y que no sabes más. Si te violan, sí. Te toca abrir las piernas, mostrar los morados y relatar cómo, cuándo y dónde. Sí, es normal, hay que demostrar todo delito, pero… , ¿qué creemos y qué no, quién lo hace, bajo qué criterios? Sí, es posible que las mujeres mientan ante un delito tan atroz, pero vayamos al dato, a la realidad: según la Fiscalía General del Estado, las denuncias falsas por violencia machista presentadas en 2015 en España son el 0,014% del total. De las 129.292 mujeres que acudieron a la Justicia el pasado año, solo 18 se han tramitado como falsas. En periodismo dicen que cuando tu madre te afirme que te quiere, no la creas, que la progenitora debe aportar pruebas para que la afirmación se dé como válida. Estas estadísticas deberían servir, cuanto menos, para escuchar a quienes denuncian agresiones, principalmente mujeres.

“Hace unos años, fui violada. El agresor, a quien yo conocía, era en ese momento en quien más confiaba. No denuncié inmediatamente; lo cierto es que me costó mucho contárselo a alguien. Primero guardé silencio, tratando de comprender yo sola cómo algo así podía estar ocurriendo. Lloré mucho, me castigué, traté de apartarlo de mi cabeza y, al final, un día, fue incontenible: acudí a dos amigas y les conté lo que pude. El resto, lo que no fui capaz de expresar en palabras, lo dibujé”, contaba en nombre de Ana, una mujer real, la Asociación de Mujeres de Guatemala. Lo han hecho bajo una campaña denominada Yo te creo. Es en su nombre y en el de todas y con esta iniciativa batallan contra la falta de credibilidad de las víctimas sexuales. Su objetivo: concienciar sobre la injusticia y la revictimización a la que se ven sometidas las mujeres agredidas y sobre cuya palabra recae la sospecha de forma constante. ¿Por qué dudamos más de ellas que de cuando tu compañero de oficina te dice que le han quitado la cartera? La campaña también pretende combatir los estereotipos sobre el consentimiento y sus límites en las relaciones sexuales. Porque lamentablemente para la prensa e instituciones pesa el “mito” de las denuncias falsas.

 “Creí en la justicia. Me equivoqué. El proceso fue devastador. Pasé por varios juristas y psicólogos que ni comprendieron ni creyeron mi historia, como tampoco la creyó la jueza del caso. Me acribillaron a preguntas que no buscaban esclarecer los hechos, sino convencerme de que era yo la culpable”, señala Ana en su relato. En su caso, la denuncia fue desestimada. Se alegó que es muy raro que una víctima de violación tenga estudios universitarios o acuda a manifestaciones contra la violencia machista. “Creer o no a las mujeres puede marcar el camino a la resilencia”, señala Mercedes Hernández, presidenta de la Asociación que ha lanzado la campaña.

La periodista Jineth Bedoya, víctima de violencia machista, y subdirectora del principal diario colombiano, El Tiempo, lo tiene claro: “Sí, cuando te sientas a escribir sobre un caso, claro que hay que tener cuatro dedos de frente para mirar y ser profesional. Porque lamentablemente, de ese universo de mujeres que somos violentadas, siempre habrá un dos por ciento de historias falsas y ahí no te puedes equivocar. Pero en el resto de los casos, hay que levantarse y gritar para hacer un especial de cuatro páginas, porque nos están matando y miramos para otro lado. Luego hay que seguir los mismos parámetros del periodismo bien hecho: comprobar, contrapreguntar, consultar todas las fuentes tener una duda, tener mil. Siempre. No importa el caso. Eso no le he perdido, no lo perderé y me ayuda a equilibrar mi activismo”, señala cómo fórmula para empezar a cambiar las cosas y que las mujeres no sufran una nueva revictimización, sean creídas y tratadas con la dignidad que merecen. FIN.

Jineth Bedoya, una valiente que no calla

“Míreme bien la cara hijueputa; míremela porque no se le va a olvidar nunca”, le espetaron a Jineth Bedoya los tres malnacidos que la violaron y la torturaron. No se imaginaban aquellos paramilitares colombianos el efecto bumerán que tendría su acción. Hoy, la periodista, nominada a Premio Nobel de la Paz y activista por los derechos humanos, no deja de encararse con quien haga falta para gritar #NoesHoradeCallar #bastaya #25N #niunamenos.

“Hace 16 años ese grupo de hombres creyó que me iban a callar. Quiero decirles que potenciaron mi voz, la voz de todas las mujeres del mundo que somos violadas”, señalaba estos días en España con ocasión del Día contra la violencia de género. Mientras transcurría el acto al que estaba invitada, “una mujer siria estaba siendo violada en los campos de refugiados y diez casos de violencia contra mujeres caerían en el olvido y la impunidad”, apuntó.

La violencia de género es una pandemia mundial, una enfermedad que nos está carcomiendo. Nuestro paso, el de las víctimas, es sobrevivir, levantar la cabeza y tener la firmeza de decirlo, ¿cuál es su compromiso?”, pregunta haciéndose gigante, ocupando cada vez más espacio en la sala, cada vez con más firmeza y con la severidad de un titán imparable. Quizás en ese momento esté recordando la cara de aquellos salvajes que un día cambiaron su vida y la convirtieron, a su pesar, en una bandera contra la violencia de género.

Un símbolo que no deja de invitar a las mujeres a un cambio. Y también a ellos, necesarios en esa contienda por la igualdad: “Necesitamos hombres que crean en las mujeres. Necesitamos hombres que crean que atacar a una mujer es atacarles a ellos”, afirma la reportera mientras asevera que ellas, las víctimas, no quieren seguir hablando entre ellas: “Hace falta que los medios, los poderosos, se atrevan a hacerlo y asumir su responsabilidad”.

Como periodista, Bedoya tiene otra invitación para sus compañeros de gremio, la de revisar el papel que juegan en la violencia de género. “Yo lo entendí a la fuerza. Quiénes escribimos contamos con los micrófonos de la radio y la imagen, somos responsables del 50% de la violencia”. Denuncia a la profesión por cosificar a la mujer, y de no ser profesionales a la hora de contar, por ejemplo, que el hogar es hoy el lugar más peligroso.

“Cada una, cada uno de ustedes piense cuál es su compromiso”, lanza. Bedoya no tiene frases gratis. Todas tocan, como de alguna forma todas hemos sido tocadas o violentadas (una de cada tres en Europa, según Naciones Unidas). “Podemos cambiar el mundo. Podemos cambiar el mundo de una mujer. Váyanse con esa reflexión”. Ella, no cabe duda, lo hace con una valentía y un coraje dignos de admiración.

Jineth Bedoya visitó España invitada por Oxfam Intermón, como una de sus avanzadoras, mujeres que empujan el mundo por una sociedad más justa e igualitaria. En el año 2000 recibió el Premio Internacional de Libertad de Prensa (Canadá) y en 2001 fue galardonada con el Premio a la Valentía en el Periodismo por la Fundación Women’s Media (EEUU). También se le dio el Premio al Coraje en el Periodismo internacional de la Escuela de Periodismo y Televisión de la Universidad de Kentucky (EEUU) y el Premio Reach all Women in War Anna Politkovskaya en 2016.

Publicado originalmente en el Blo de Mujeres El País, http://elpais.com/elpais/2016/11/28/mujeres/1480346746_724123.html

Una invitación a romper el silencio

Un tercio de las mujeres europeas ha sufrido la violencia física o sexual: 62 millones. Este dato terrorífico arrojado por un estudio de la Unión Europea hace pocos semestres arrojaba una terrible realidad, el horror está aquí y no lo contamos, callamos. Pruebe a preguntar en su círculo de amistades. Saque la conversación entre mujeres. Silencio. Una de cada tres sabe de esas manos de más, pero callamos por miedo, por pudor, por pánico, por horror, por pundonor, por el qué dirán, por temor, por dolor… pero callamos.

Hay que ser valiente para denunciar y gritar. Y más, si toca cerca. Y eso es lo que hace Chelo Álvarez-Stehle, la directora de Sands of Silence, un premiadísimo documental que ahora se puede ver por toda España. Parte de un tabú para todos, el abuso a una menor, la hermana pequeña de la cineasta. Ocurrió un día cualquiera, cuando todos los hermanos jugaban en la playa, su playa, la de unos niños. Y para recrearlo, la documentalista mete una cámara en varias cenas y encuentros familiares en las que en vez de discutir sobre la política nacional, levantan la losa del silencio y dolor y hablan y se dejan filmar.

Lo hizo durante años. ¿Lo contamos? ¿Hacemos de esto un tema de denuncia de lo que pasa en tantos hogares, parques, salas de reuniones y ascensores? La hermana está presente siempre, pero no solo en su historia, que es lo que realza la cinta. Ella impulsa un relato narrado en primera persona que salta de la intimidad de un salón en una casa de Logroño al mundo entero.

Porque Chelo Álvarez-Stehle pasa de lo individual a lo universal y aprovecha sus viajes durante 15 años por Nepal, India y México para, cámara en mano, enlazar voces de otras mujeres que han sufrido abusos. Poco a poco, a modo de diario íntimo, casi de confesión, la directora de Sand of Silence expone los bajos fondos de la trata sexual desde Asia a América Latina.

La historia es enorme, como lo es el hecho de que una de cada tres mujeres hayamos sufrido la violencia física o sexual, pero la documentalista la acota y hace que el espectador se adentre en las muchas cuestiones a las que se enfrentan las supervivientes, convertidas en defensoras de esta causa. Pero ese viaje por el mundo, de la mano de un par de heroínas que —como la pequeña de los Álvarez-Stehle— rompen el silencio, no acaba con ellas, y al final, la cinta vuelve a la directora para regresar a cada uno de nosotros y confrontar los fantasmas del pasado. Ella lo hace. También las mujeres a las que filma, todo un ejemplo de cine y de vida.

Originalmente publicado en el Blog Mujeres, El País.